domingo, 21 de mayo de 2017




                                               Esperar un gol






Cuando faltaban un par de meses para que arrancara el mundial de Brasil Mariel me dejó. Fue mi culpa. Había seguido a mi deseo con los ojos vendados, sin importarme la pared de ladrillos que me esperaba del otro lado. Y durante varios días me quedé rumiando en la penumbra hasta que descubrí un dato de color que me sirvió de placebo: casualmente o no, para los mundiales de Alemania y Sudáfrica también me había separado (en 2006 de Laura; en 2010 de Silvina). Dos rupturas que a la larga, más allá del despelote inicial, terminaron siendo para bien. Era como si inconscientemente yo hubiera tentado esas separaciones antes de que llegara el mundial para durante un mes hacer el duelo mirando fútbol. Con amigos o solo en mi pieza, la cuestión era llenarme la cabeza de fútbol, fútbol, fútbol; no pensar, sumergido en la brea de contemplar lo que no dependía de mí, tomando alcohol hasta estallar.  

Intentaba llevarlo para ese lado, sí; pero ahora con Mariel las cosas eran distintas. Yo ya no era el pendejo que había sido. Acababa de cumplir los treinta y Mariel y yo estábamos conviviendo. Así que la separación me pegó en varios puntos a la vez: cuando junio arrancó, no solamente no sabía dónde estaba parado en un plano emocional, sino también me había endeudado hasta las pelotas. Debía varias cuotas de expensas, cable, luz y celular. Me subí a la bicicleta financiera de recargar mes a mes la tarjeta y empecé a devorar mis ahorros de los últimos años. Pensaba tanto en la guita que ya no podía pensar en cómo me sentía.

—Tano asqueroso —me terminó diciendo un pibe cuando le hablé del asunto—. Los ahorros son para gastarlos.  

Y fue así como, embobado por el mundial, yo me agarré tanto de esas palabras que el viernes 20 de junio de 2014, un día antes de que la selección jugara contra Irán, mensajeé a un pibe metido en el submundo de las apuestas de la Web y le dije que me apostara 100 dólares (los últimos que me quedaban en la cuenta) a que ganaba Argentina. El premio era escueto pero seguro: 20 dólares. Casi trescientos pesos (a esas alturas más que nobles) que me caían regalados del cielo. Si la selección perdía o empataba perdía mi colchón. Pero el rival era ese.

Irán.

A la selección, con todos los cracks que tenía, no le quedaba otra que comérselo. Yo había visto en vivo jugar a esos pibes. Apenas un año atrás, mi viejo nos había invitado a mí y a mis hermanos a ver Argentina contra Ecuador por las eliminatorias. El monumental, inflado por la corriente fresca del Río de la Plata, era una heladera. De repente el equipo salió a precalentar y vimos a pocos metros a los mismos tipos que tantas veces habíamos visto por televisión jugando en Europa.

La pulga. Di María. Agüero. Mascherano. El Pipa Higuaín. Ahora, sin pantallas de por medio, solamente nos separaba el aire. Eran petisos y desgarbados; parecían muñequitos de cotillón antes que los atletas de elite, admirados en todo el mundo, que la tele decía que eran. Más todavía cuando sonaron los himnos, con los equipos parados en una sola hilera, y uno se los ponía a comparar; de un lado, los negros hiperbólicos, hinchados y pétreos de la selección ecuatoriana; del otro, los mínimos sietemesinos de la selección local.

Hasta que el partido arrancó. Entonces la física se volvió otra cosa. Nunca más en mi vida iba a volver a ver algo así. Entendí por qué le dicen “Fideo” a Di María; no solo por su escuálida contextura de tallarín, sino también por la plasticidad de sus piernas, que se deslizaban blandas por el pasto, pero propulsadas a la vez por una inteligencia eléctrica que sabía más que él y que le metieron un pase sacrílego entre líneas al Kun Agüero intuyendo su movimiento hacia el centro del área antes de que nosotros nos empezáramos a preguntar cómo carajo había hecho para verlo. Entendí por qué Messi era Messi, elegido a esas alturas cuatro veces consecutivas el mejor jugador del planeta, cuando levantó un pase de Gago en mitad de la cancha y por espacio de unos treinta metros se largó a correr como loco, la pelota pegada al pie como si fuera uno más de sus huesos, soportando los topetazos ecuatorianos y la propia presión del aire hasta que en las inmediaciones del área se la cedió a Higuaín con un toque preciso al espacio y el Pipa, a la carrera, sin interrumpir la inercia de la jugada, la acomodó para dejarla correr unos metros y después darle duro a contrapié del arquero.

Argentina esa noche terminó ganando 4 a 0.

La sucesión de victorias como esa, en las que Argentina se daba el gusto de apabullar a media máquina, casi sin esforzarse, a rivales que en los años recientes siempre le habían resultado incómodos, me dio la pauta de que para el mundial de Brasil teníamos chances más que serias de romper la malaria.

Ya en la gran cita, sin embargo, el debut contra Bosnia me había dejado un regusto ambiguo. Messi, pese a la euforia tribal de la multitud de los hinchas argentinos revueltos en el Maracaná, había arrancado tierno, dubitativo, con más nervios que ganas. Como aplastado por las patas del elefante de las más de cuarenta millones de almas que habíamos volcado en él todas nuestras penurias cotidianas. Pero cuando en el segundo tiempo el tipo se rehízo e hizo ese golazo pegado al palo, cuando lo vi gritar en cámara lenta, las venas salientes, chorreando baba, mostrando al mundo la casaca vernácula, me empecé a sentir más calmado.

Argentina no había jugado bien, pero Messi se había desvirgado de la sequía edípica del mundial de Sudáfrica y ahora venía Irán. Irán: me sonaba a guerra. A cabras. A directores de cine. Un amigo recuperado de la rula siempre comentaba por Whatsapp lo que pagaba Argentina. 

Al borde del abismo que durante esos meses era mi vida le escribí:

—Voy con cien dólares.

Vi el partido en lo de Mauro, en Loma Hermosa, en el mismo comedor, en el mismo sillón y con los mismos pibes con que había visto el último mundial de Sudáfrica. También estaba Alberto, el padre de Mauro, un sesentón enorme y ancho de ojos bíblicos que antes de que empezara cada partido se echaba en su sillón individual. Había chupado y fumado tanto en su vida que ahora, que ya no lo dejaba la salud, no le quedaba otra que vernos chupar y fumar a nosotros. En el comedor había botellas de cervezas vacías tiradas por todas partes y una niebla de tabaco que si uno levantaba una mano casi que la podía empujar.

Antes de que empezara el partido comenté en voz alta mi empresa.

Si ganaba Argentina, ganaba veinte dólares. Si empatábamos o perdíamos, se me iban cien.

No aclaré que eran los últimos.

—Estás loco  —dijo uno. 

—Na. Ganamos seguro —dijo otro.

Y el tercero:

—Hiciste bien.

Pero, a los pocos minutos de que arrancara el partido, ya no me sentía tan seguro de haber hecho bien. Un iraní macizo de apellido viscoso le dio a Di María una patada en la tibia que sonó en el comedor de la casa de Mauro como un ruido ambiental más. La voracidad y la fricción iraníes fueron ganando en intensidad y confianza a medida que crecían los minutos del partido y la debilidad argentina. De vez en cuando Silvia, la madre de Mauro, salía de la pieza adonde el hijo la había mandado y se frenaba en el comedor. Era entrerriana y cada vez que los iraníes pegaban o se acercaban a nuestra área soltaba un gemido afligido, como un chapucay triste y bajo.

—Má —le gritaba Mauro sin dejar de mirar el televisor—. Andate. 

A nosotros nos gusta ver los partidos callados. Siempre fuimos así. El partido de un lado y nosotros del otro, soltando comentarios o ruidos guturales solamente de vez en cuando. Más todavía si se trata de mundial. Durante un mundial, el fútbol late adentro de la cabeza las veinticuatro horas del día, como una bomba en cuenta regresiva. Y hay un momento, íntimo y fugaz, en el que cada uno desde su mambo toma consciencia de que no es solamente fútbol lo que está en juego, sino algo más grande, demasiado grande como para que entre en uno; más bien es como una energía sagrada, atemporal, desparramada en el aire, que cruza las pantallas y las redes y que conecta a las millones y millones de cabezas que a todo lo largo y ancho del mundo ahora están mirando lo mismo; un rito universal, ya asentado en la Historia, que no va a cambiar nada pero que al mismo tiempo a nadie le importa que no cambie nada. Es como si la humanidad fuera un nene encerrado en el marco panóptico de un aula y cada cuatro años se le concediera un mes, uno solo, de recreo. Entonces emociones fuertes. Pertenencias. Razas. Naciones. Historias. Historias atrás de esas razas y de esas naciones que se quieren mostrar, imponer, canalizar. La guerra sublimada sobre la verde cabellera de todas las tumbas. Una ficción surrealista en vivo y en directo para todo el planeta. La batalla real de los grandes dioses posmodernos. La novel religión de las masas. Carne y sangre de un juego destinado a perdurar por los siglos de los siglos. 

Yo tendría que haberlo previsto. Tendría que haber analizado todo más en frío antes de poner tanta guita en juego. Cuando los jugadores iraníes salieron a la cancha me acuerdo de que sonreí por el look que tenían, adecuado al estándar estético del futbolista de tipo europeo, moldeado por la figura de Cristiano Ronaldo y su entorno publicitario: todos de gimanasio, anabólicos, divinos, con peinados de estilista.

Con soberbia argento me acuerdo de que sonreí.

Y los tipos eran técnicamente inferiores, sí, varios una madera; pero lo compensaban con un despliegue físico agobiante y por sobre todo con una entereza mental que no se permitía distracciones. Jugaban inflados por la gravitación de un espíritu que ya no tenía nada que ver con el fútbol, y que parecía más bien nacido de las largas generaciones de hombres taciturnos que reverberaban en su sangre. El choque era casi abusivo: los hijos del imperio Persa, una raza milenaria, sólida y prístina, frente al infantil y enclenque mestizaje argentino.

Cuando terminó el primer tiempo estaba claro para todos que al partido psicológicamente lo gobernaba Irán.

100 dólares.

¿Quién carajo me mandó a apostar?

Antes de que arrancara el segundo tiempo mis expectativas se renovaron. Bueno, pensé, capaz en el vestuario Sabella les dijo a los jugadores algo conmovedor. O capaz los jugadores mismos se dieron cuenta: Puta. Somos Argentina. Somos fútbol. Nacemos, crecemos, sufrimos y morimos rodeados de fútbol. En todas las fábricas y en todas las oficinas y en las aulas y en las plazas hay fútbol. Pibes de seis años pateando en un descampado sin luces un atardecer frío de lluvia. 

Nuestra Historia. Nuestra cultura. Nuestra identidad.

Y por un largo trecho se la notó, a la identidad argentina, luchando mano a mano contra la iraní. Se vio el tumulto y el individualismo, pero sobre todo las ganas, el hambre de latir hacia adelante. Laterales plantados en campo rival, desbordes, centros, paredes, diagonales, gambetas; clásicos volantes por izquierda y derecha tratando, a la manera de alfiles, de hurgar el perímetro. Pero nada. Los tipos rechazaban todo. Poco a poco el impulso se volvió un desorden sin claridad ni energías ni esperanzas.

Messi había vuelto a la paja.   

Fue el "chiquito” Romero hacia el final el que durante los largos minutos de desamparo del equipo terminó salvando dos y hasta tres veces lo que hubiera podido ser un vergonzoso gol de Irán. Más cuando la multitud superficialmente amable pero esencialmente ladina de los brasileros que poblaba en grandes cantidades las plateas del Mineirão abandonó su felina cautela inicial para empezar, a medida que se consolidaba el empate, a medida que parecía que ningún argentino iba a hacer un gol jamás, a mofarse de los hinchas nacionales.

Cada vez que los iraníes rebotaban un centro se escuchaba el vitoreo de los brazucas. Cada vez que un argentino erraba un pase los abucheos caían como continentes brumosos en el audio satelital. “Irán, Irán”, coreaban los hijos de puta. No estaba en la cancha, pero así y todo en ese sillón, tomando birra a lo evangelista, escuchando el bardo de nuestros enemigos naturales, me sentía adentro de una pesadilla.

100 dólares.

Treinta minutos del segundo tiempo. Irán enfrente, con serias posibilidades de ganar en contraataque. Brasil miraba. Europa miraba. El mundo entero (sea lo que fuere que esa abstracción signifique) miraba.

100 dólares.

¿Ese empate asqueroso me manchaba a mí? ¿También sobre mi persona caía esa violenta cagada de paloma? 

100.

A los treinta y cinco minutos, aprovechando una falta en campo nuestro, me levanté apurado y fui al baño. Dibujé eles en el inodoro. Eran casi las tres de la tarde. Había desayunado cerveza y todavía no tenía un pedazo de pan en el estómago. Cuando apreté el botón sentí que lo que se iba por el desagüe era mi vida. Chau ahorros. Chau Messi. Chau fútbol. Chau.

Miré mis ojos torcidos en el espejo, con la cabeza dando vueltas:

—Tu culpa.

Cuando volví a sentarme ya casi era el minuto cuarenta. Había estado en el baño más tiempo del que había creído. Prendí un pucho. De ahí en adelante dejé de ver jugadores. Dejé de ver fútbol. Empecé a sentirme bien, muy bien, devastado por uno de esos momentos de lucidez metafísica que solamente se alcanzan en los apogeos de la borrachera. También dejaron de estar al lado mis amigos y Alberto. Eran sombras, nada más, animales vestidos que respiraban a mi alrededor, mirando como embobados esa tarde de ese sábado de ese año perdido en la inmensidad de la muerte una lámpara inmensa y plana de colores que brillaba apoyada contra una pared del comedor.

En ese estado miré a Zavaleta sacar el lateral. Miré a Lavezzi bordeando el área. Miré a Messi agarrando la pelota, cerrándose hacia el centro, buscando el claro hacia el arco. Miré cómo le daba con la zurda. Un golpe combado, exquisito. Miré cómo la pelota golpeaba la red.

Miré todo eso sin verlo. Pero cuando la pelota entró, y el relator en la tele y los pibes al lado y Alberto en su sillón empezaron a gritar, lo vi. Por una fracción de segundo lo vi todo.

Vi las manos de Mariel, cebando el mate a la tarde, cuando volvía a casa después de trabajar. Vi su espalda, envuelta en una toalla, los hombros salpicados de gotas de la ducha. Vi sus labios de perfil, sus ojos cerrándose de a poco, mientras el día en la ventana se apagaba despacio.

Entonces sentí como si adentro mío hubiera una explosión. Algo que caía en cascada desde mi cabeza y rebotaba en mi estómago, y después, desde ahí, empujado por la explosión, llegaba a mis amígdalas.

—Gol.

Mientras los pibes saltaban, empujándose entre ellos, empujándome a mí; mientras Alberto también gritaba, echado en el sillón; mientras Silvia entraba al comedor, arrastrada por el magnetismo de nuestra euforia; mientras todo eso pasaba, yo me acerqué a la tele gigante en HD y con un índice casi apoyado en la pantalla apunté al tipo que del otro lado del vidrio, tranquilo, como si solamente fichara después de haber cumplido con la jornada laboral, trotaba atrás del arco, asumiendo la titularidad de su gol.

—Sos Dios —empecé a gritarle—. Hijo de puta. Sos Dios.

Se lo grité tantas veces que hubo un momento en que me quedé gritando solo, repitiendo las mismas palabras como un autómata.  

—Sos Dios. Hijo de puta. Sos Dios.

Y enseguida saqué el celular.

Cuando al otro día me desperté, después de un sábado entero con la tele mental apagada, los remordimientos del borracho me apabullaron como un balde lleno de piedras. Tenía varios mensajes en el Whatsapp. Los pibes se reían. Les comentaban a otros cómo yo había gritado, lo doblado que estaba; cómo le había empezado a gritar a Messi apuntando el televisor, puteando como un drogui, adelante de los padres de Mauro. Leí los mensajes con un humor famélico, drenado por la penumbra árida de la resaca. Aunque la selección había ganado, aunque Messi lo había vuelto a hacer y mis ahorros se habían salvado, no podía sacarme de la boca un regusto agrio.

Hasta que a las seis de la tarde el celular vibró en mi mesita de luz. Yo me estaba echando una siesta encerrado en la oscuridad vaporosa de la pieza, con las persianas bajas. Pero cuando leí el mensaje fue como si ahí adentro explotara el sol y las ventanas se abrieran y un viento fresco de mar revolviera el ámbito. 

Era Mariel, respondiéndome el mensaje que yo le había escrito el día anterior, en la casa de Mauro, pocos minutos después de que Messi hiciera el gol.

Su respuesta me cambió la tarde, la noche que le seguía a la tarde, los días, la semana, la vida.

"Yo también", decía.







jueves, 18 de mayo de 2017



The Babadook: la fantasía de matar a un hijo




En Fantasy: literatura y subversión, Rosemary Jackson señala que el género fantástico en la literatura surge cuando se instaura la desconfianza: ya no es posible creer en lo que los personajes ven ni en lo que la voz que registra los hechos (fuera en primera o tercera persona) nos narra. Ya en el terreno del cine, la confusión de lo fantástico se focaliza en el “ojo” de la cámara. Desde que lo siniestro viene a problematizar la visión, lo que la cámara reproduce puede tratarse tanto de un registro objetivo, “documental”, de los hechos, como de una percepción meramente subjetiva desprendida de la perspectiva de uno de los personajes. Acontecimientos “irreales” son presentados al espectador como si fueran “reales”: la naturaleza de la narración es tergiversada al punto de que uno ya no sabe qué es lo que verdaderamente está pasando.

The Babadook (2015) es un ejemplo cabal de este procedimiento. A diferencia de la película de terror típica, caracterizada por la irrupción de lo sobrenatural (monstruos, zombies, vampiros, etc.), en este caso el terror es efecto de elementos psíquicos que se desgajan de la interioridad de Amelia (una sublime, estentórea, Essie Davis). Nunca queda del todo claro cuánto de lo que vemos es real y cuánto solo una oscura proyección de su mente.

La verosimilitud de su alienación está dada por el trasfondo trágico de su pasado. Sabemos esto: Amelia perdió a su marido en un accidente de tráfico (que le cercenó la cabeza, como comprobaremos después, a la mitad), cuando él la estaba llevando a dar a luz a Samuel. Samuel, el chico en cuestión (por Noah Wiseman, en otra actuación impresionante), es presentado desde el vamos como un pibe con serios problemas de conducta, que hostiga a todos los que lo rodean, pero sobre todo, una y otra vez, a su madre. Ella muestra una paciencia ilimitada, en lo que parece otra abrasante ofrenda de amor maternal; lo protege y lo defiende de los gestos despectivos que el chico padece en el ámbito del colegio y también en el familiar.

Sin embargo, a medida que el clima del relato se tensa, comprendemos el origen de los problemas de Samuel, el estado de abandono en que se encuentra. La óptica de la narración comienza a virar y notamos que Samuel (a quien su madre, por ejemplo, nunca le celebra el cumpleaños por su coincidencia con la fecha de muerte del padre) no es el victimario de Amelia; es, en realidad, la víctima. Dicho viraje coincide en la trama de la película con la aparición del Babadook.

El Babadook, el monstruo, lo “otro”, es el factor que introduce en la película el elemento de lo fantástico. Su figura, en términos psicoanalíticos, se corresponde con lo que Freud denomina el “Doble”: la presencia sobrenatural que protegía al hombre primitivo de la muerte y que el hombre moderno heredaría bajo la forma de la auto observación crítica de ese estadio primigenio. La misma entidad que a los bebés y a los locos (herederos contempóraneos de la psiquis del homo troglodita, tan incapaces como este de diferenciar al mundo externo del propio Yo) les sirve de protección, a nosotros, tipos pensantes, suspendidos en el entumecido páramo de la cordura, solo nos infunde rechazo, recelo, desconfianza, temor.

Eso es, en definitiva, el Babadook: el Doble de Amelia que viene a sublimar su deseo inconsciente (reiterado una y otra vez en sus alucinaciones) de matar a su hijo. La soberbia solvencia de Jeniffer Kent, directora y guionista de la película, está en el modo en que nos presenta la esquizofrenia de Amelia como un efecto del influjo del Babadook, y no a la inversa. Sus movimientos autómatas, como de juguete inanimado, acentúan el sentimiento siniestro. Si por un instante nos permitimos hacer a un lado al “monstruo” para en su lugar únicamente visualizarla a ella, sola en los cuartos de la casa, entregada a la locura de perseguir a Samuel, el terror es todavía más corrosivo: las secuencias de violencia y de maltrato que padece el chico pasarían a cobrar una crudeza patética.

La emergencia del género fantástico en el siglo XIX, concluye Jackson, fue en realidad la respuesta que la literatura enfrentó a la censura del pensamiento iluminista. Vino a reemplazar el espectro de lo “maravilloso puro” (el de las hadas, el de los dragones, el de los magos, etc.) que el Siglo de las Luces, con su defensa del raciocinio, había desterrado del imaginario social. Como suele suceder, sin embargo, una vez más el arte supo adelantarse a la ciencia: pocas décadas después de que lo fantástico comenzara a irrumpir en la esfera de la literatura, llegaría Freud para anunciar la existencia del subconsciente. Esto es, sea un fantasma, sea un espejismo, sea el impulso tanático de matar a un hijo, hay en cada uno de nosotros un elemento oscuro que el pensamiento nunca alcanza a tocar.




martes, 9 de mayo de 2017





Ojos



Ojos grandes. Anchos. Aturdidos
por el sol. Ojos tranquilos, confiables,
empañados
del café de la mañana.
Ojos que los dedos hostigan.
Frutos de los huesos
que nacen en los pies.
Y agrios. Frágiles. 
Acostumbrados a buscar. A perder.
A las fiestas de otros veranos 
de otros hombres
de otros años.
Y llenos, pensativos
cayendo hacia los padres.
Hacia el trabajo. Hacia la vida.
Hacia la caminata continua.
Hacia los paraguas y los tachos
en las veredas.
Tus ojos. Engañados y leales. Del clima 
del vapor, de la textura
del agua, con la pena
de los vidrios.
Ojos que miraba
y me miraban, y ahora
laten
atrás
de los párpados
de un recuerdo
cada vez más delgado.










jueves, 30 de marzo de 2017


Escribiéndote una carta amanecido


Hoy me gasté los últimos cien pesos del fondo común.
Una china de hielo al alba me vendió una cerveza.
Las gotas de birra son besos calientes ahora
sudando sobre las etiquetas que raspo
mientras te escribo:

“Un primer pensamiento mi hermano dirigió hacia vos
cuando todavía no sabíamos quién eras
y nos tirábamos
a estar solos
con el recuerdo de algo que no habíamos vivido.
Eras la reina de todas mis lenguas.
Hoy el pasado entra en cinco minutos”.

Acaricio el espejo cansado, ebrio de estar ebrio.
Tengo unos ojos orgullosos todavía.
La procesión que me camina la boca
está llena de los sabores de tu cuerpo.
Un día, que no va a ser este, voy a recordar
este escribir por escribir
una carta para vos que nunca termina.







viernes, 17 de marzo de 2017

tres o cuatro segundos de esperanza



En el tren sentía retorcijones, las manos frías, como solamente me pasaba cuando estaba yendo a encontrarme con una extraña. Después de seis meses sin dirigirme la palabra Estefanía había decidido romper el hielo y me había mandado un mail. Me saludaba con una formalidad distante para después terminar citándome en un bar de Ballester (La Perla) ese mismo jueves a las seis de la tarde.

Yo traté de contestarle con el mismo tono y después le puse: Dale. A las seis nos vemos allá.

Cuando salí del trabajo pasé por casa, me pegué una ducha y salí a la calle con un jean y una camisa. No había hecho media cuadra cuando me pareció que la camisa era demasiado y volví a casa y me la cambié por una remera. Pero en la esquina me volví a arrepentir; me vi con la remera puesta en el reflejo de una vidriera y pensé que me convenía más confiar en mi primer impulso; no hizo ni un solo gesto el portero del edificio vecino cuando me vio pasar por quinta vez en cinco minutos, ahora con la misma camisa del principio.

Hacía tiempo que no me sentía tan nervioso, con ese ácido frío en el estómago. No esperaba una reconciliación, ni tampoco la pretendía; la verdad es que solamente después de perder toda esperanza de arreglarme con Estefanía había empezado a recuperar mi autoestima. Trataba de no pensar en lo que estaba por venir, mientras el tren avanzaba una estación atrás de la otra acercándose a Ballester. Mis nervios estaban claramente orientados por el temor: el temor a una discusión, el temor a que ella todavía no hubiera superado el asunto; el temor a que aquel reencuentro reavivara las inseguridades que tantos insomnios me había costado aplacar.

Llegué a La Perla un rato antes de las seis; el bar quedaba a dos cuadras de la estación, me senté y le dije a la mesera que no, que todavía no necesitaba nada. No sabía cómo esperar a Estefanía, cómo me convenía que ella me encontrara; si distraído, mirando el celular; si reconcentrado, en pose melancólica, mirando el atardecer en la ventana; o si así, tal como estaba: inquieto, asustado, vigilando todo, cambiando cada dos por tres de posición en la silla.

Estefanía llegó veinte minutos tarde; demasiado para una chica que siempre había renegado de la gente impuntual. Me dio un beso en la mejilla; se había perfumado bien, con un perfume de los caros; no supe qué pensar de eso.

¿Cómo estás?, sonrió.

Ver que estaba tan nerviosa como yo me hizo sentir más tranquilo. Se sentó del otro lado, vigiló el panorama del bar. A pesar del nombre, era un bar lindo, con onda; estaban pasando rock nacional, había espejos, luces de colores; Estefanía le pidió a la mesera la carta y después me miró: ¿Querés una cerveza o un trago? Un jugo. Dale, se largó a reír. En serio, dejé el alcohol. Ella me estudió con los ojos entornados, como si no me creyera o como si tratara de averiguar qué había atrás de esa revelación sorpresiva. La mesera volvió. Una cerveza, dijo Estefanía. Cuando la miré ella levantó las cejas. Vamos a tomar una cerveza, Javier. Está bien. Antes de que la trajeran ella se levantó y fue al baño. Recién en ese momento aflojé los hombros, moví el cuello y me permití respirar. Respiré fuerte. Fue como si largara en una sola bocanada todo el estrés acumulado en el tren.

Estefanía volvió con el pelo suelto. Me habló de su trabajo. De su familia. Del nuevo departamento adonde se había mudado. A medida que me actualizaba de lo que había sido de su vida durante aquellos meses su imagen, su cara, sus ojos, sus manos, su cuerpo, su voz; sus anillos, sus aros; sus inmensos y cadenciosos rulos desparramados; todo de repente me volvió a parecer familiar, reconocible, cercano. Como volver a una vieja casa en la que uno vivió muchos años y encontrarla oscura, y después, de a poco, una a una, ir prendiendo todas las luces.

¿Y vos?, me dijo al final. ¿Vos cómo estás?

Acá estoy. Bien. Todo como siempre. Nada nuevo que contar desde que te fuiste de casa. Esto último no se lo dije. Nada más le describí en voz baja la misma rutina plácida pero desestimulante en que había consistido mi vida durante los últimos años y que ella ya conocía de memoria. Al final cerré con un “ninguna novedad”, y en el silencio que sobrevino a esa frase fui consciente de que ya tenía treinta y seis años y de que sin darme cuenta el futuro, ese gran futuro del que siempre me había agarrado para justificar la chatura insustancial de mi presente, ya estaba ahí, ya había llegado, y mirando hacia atrás no había nada real en mi vida, nada de lo que pudiera enorgullecerme o me hiciera sentir bien salvo ella, Estefanía, los viajes que habíamos hecho, los polvos que habíamos tenido, el tiempo que habíamos pasado juntos en dirección a ese gran futuro que ahora nos encontraba separados, con una botella de cerveza en el medio.

Voy al baño.

Vaya, nomás.

El baño era diminuto. Solamente cuando me paré enfrente del inodoro me di cuenta de las ganas que tenía de mear. Me miré en el espejo mientras me lavaba las manos. Tenía los ojos rojos, secos. Quizás la de esa tarde era mi última oportunidad. Quizás nunca más Estefanía iba a darme una chance así, los dos solos, en un bar tranquilo, con la noche cayendo en la ventana.

Cómo empezar. Qué decirle. Cómo acercarme a ella. Seis meses me parecían mucho tiempo, pero quizás me equivocaba. Quizás mis seis meses no habían sido tanto tiempo para ella como lo habían sido para mí. Quizás nada de lo que yo hiciera o dijera iba a servir de algo.

Ella estaba revisando su teléfono cuando volví a la mesa. Apenas me senté guardó el celular y me miró a los ojos: Nos debíamos esta charla. Yo asentí sin abrir la boca. Quizás hubiera tenido que hablar antes con vos, me dijo, pero creeme que no podía. Está bien, no te preocupes. Ella se acarició las manos con nerviosismo antes de volver a mirarme.

Ahora que ya pasó el tiempo, quiero saber.

Decime.

¿Por qué lo hiciste?

Yo me recliné en la silla. Sabía que me lo iba a preguntar. En el fondo sabía que todo el encuentro iba a girar alrededor de esa pregunta. Pero mientras estaba en el tren traté de no pensar en eso, me forcé a mí mismo a no pensar, porque cuando llegara el momento quería que saliera de mí lo primero que me viniera a la cabeza; ser franco, no calcular, tener por fin un gesto humano, aunque sea uno solo, con ella.

Estuve yendo al psicólogo estos meses, ¿sabés?

Estefanía volvió a entornar los ojos. Parecía más sorprendida todavía que cuando le dije que quería jugo. Sabía que mi aversión por la psicología era proporcional a mi compulsión cotidiana por tomar alcohol.

¿Y? ¿Te ayudó? Me contuvo, le contesté. Solamente en ese sentido me ayudó. Y pude descubrir algunas cosas, charlando con el tipo, nada distinto a lo que había resuelto charlando con mis amigos, pero creo que de alguna manera cuando me lo dijo el psicólogo me sirvió para corroborarlo. ¿Qué cosas? Que tengo serios problemas de autoestima. De ahí que chupaba tanto. Y que necesitaba tanto gustarles a otras mujeres. ¿Que me gustaras a mí no te alcanzaba? No. Necesitaba sentirme querido por otras. Deseado por otras mujeres. Cuando estaba con otras me sentía orgulloso. Me hacía sentir más hombre. Pero así y todo nunca dejé de estar seguro de que te quería a vos. Nunca se me pasó por la cabeza dejarte. Está bien, dijo Estefanía, pasándole un dedo al vidrio transpirado de la botella. Por eso fui al psicólogo, le dije. Más por mí, por mis problemas, que por vos. Necesitaba un cambio. Sabés que mis viejos no tenían una relación sana. Solamente después de que pasara todo esto me di cuenta de que había absorbido ese vínculo, de que lo tenía demasiado incorporado, y ahora estoy tratando de correrme de ese lugar. Lamento muchísimo no haberlo hecho antes. Lamento muchísimo haberte lastimado. No fueron unos meses fáciles. Decimelo a mí, dijo Estefanía, sonriendo con lástima. Fue un trastorno para mí todo lo que pasó. Fue un cachetazo inesperado. De un día para el otro estaba sin nada, en la calle, sin mi ropa, sin todas mis cosas. De un día para el otro tuve que empezar de cero. Te mandé mails, le contesté. Muchos mails pidiéndote que te quedes vos en casa, o que vuelvas a buscar tus cosas, que me iba yo. No podía volver, Javier, me contestó Estefanía mirándose las rodillas. No a esa casa. No a ese lugar. Creeme que no podía. Todavía todas tus cosas están ahí. ¿No las tiraste?, me preguntó en broma. Yo sonreí. ¿Cómo las iba a tirar? Por eso quería que nos viéramos, dijo Estefanía, y después hizo una pausa, mirando el piso.

Su pausa habrá durado unos tres o cuatro segundos, demasiado para el ritmo de una conversación en la que teníamos tanto para decirnos que casi hablábamos pisándonos. O quizás solamente fui yo el que lo percibió así. Quizás solamente en mi cabeza esos pocos segundos se expandieron, se ensancharon, lo suficiente como para que en su dimensión entraran todo tipo de especulaciones.

“Por eso quería que nos viéramos”, acababa de decirme ella. Por sus cosas. Por las cosas que todavía estaban en mi casa. ¿Qué me quería decir con eso?

Ahora todo empezaba a encajar. Me citaba en un bar, me hablaba de su vida, después me preguntaba por la mía; me pedía explicaciones, las mismas que antes nunca había querido escuchar, sobre lo que había pasado. 

¿Estefanía estaba dejando todo atrás? ¿Estaba tratando de perdonarme? ¿Todavía había chances de que volviera a casa?

Los primeros meses después de la separación yo la había pasado tan mal que ni siquiera podía ponerme a pensar en lo mal que la podía estar pasando ella. Volvía del trabajo y ahí estaban todas sus cosas, sus galletas de arroz en la alacena, su mate sucio en la mesada, sus cremas para el pelo y la piel en la repisa del baño, las tazas de café heredadas de su abuela en los estantes del comedor; nuestras fotos juntos pegadas en la heladera. Y su ropa, en el armario de la pieza; cada vez que me cambiaba veía su ropa ahí, tal como ella la había dejado, doblada con orden y prolijidad en su sector del ropero. Yo no me animaba a tocar nada; ni siquiera pude descolgar el toallón celeste que después de bañarse había dejado tendido en el lavadero.

Así fueron esos meses, con sus cosas como suspendidas en el tiempo, flotando en el instante previo a que lo descubriera todo y se fuera de la casa apurada y me bloqueara en el Facebook y el Whatsapp y el teléfono y no me volviera a hablar. De alguna manera, me di cuenta después, ese mismo temor reverencial que no me había dejado tocar ninguna de sus cosas también me había suspendido en el tiempo a mí; de alguna manera seguía creyendo que Estefanía en cualquier momento iba a volver para descolgar su toallón celeste como si nada hubiera pasado.

Hasta que un buen día mi duelo terminó. Se acercaba el verano; el cambio de estación llegaba para confirmar que una etapa se había acabado; irremediablemente el pasado se alejaba. Entonces en varios bolsones guardé su ropa y sus adornos y su mate y sus cremas y sus fotos y sus útiles y sus toallas y sus zapatos y tiré las galletas de arroz y todas las cosas que siempre comía ella, algunas vencidas desde hacía rato, y entonces me reconforté con la tranquilidad de saber que ya no tenía ninguna esperanza. Ninguna. Yo no iba a ver a Estefanía de nuevo.

¿Pero realmente había perdido toda esperanza? Recién sentado en aquel bar, durante ese silencio de tres o cuatro segundos en el que Estefanía miraba el piso como pensando, me entraron dudas acerca de eso. Ya no me sentía tan convencido de haber olvidado a Estefanía. Ya no podía poner las manos en el fuego por eso. Me vinieron a la cabeza algunas fotos mentales de lo que había sido mi rutina en esos últimos meses sin ella; cada vez que me echaba en el sillón del comedor a mirar fútbol o alguna película no era raro que en el reflejo de la pantalla momentáneamente oscurecida se vieran los bolsones llenos de todas sus cosas amontonados del otro lado de la puerta, en el lavadero. No era raro que por un segundo los mirara fijamente. O cuando volvía borracho de algún bar, por ejemplo (no había sido del todo honesto con Estefanía; todavía no había podido renunciar al alcohol social), ¿no me quedaba a veces mirando como en estado de autismo o de levitación, descuajeringado por el escabio, la mesita de luz que ella había traído de su casa? Una mesita de luz, en un rincón de la pieza, con los cajones vacíos. ¿Me estaba engañando? ¿De verdad había perdido toda esperanza?

La pausa de Estefanía en el bar terminó de repente. Levantó los ojos y me miró un segundo antes de concentrarse en vigilar cómo una de sus manos rasguñaba la madera de la mesa. Necesito mis cosas, Javier, dijo. Hay muchas cosas ahí que no son mías. Y otras que las quiero volver a tener. Estefanía, tus cosas están ahí para lo que necesites. Pero no hace falta que te las lleves. Sentí un ardor intenso en la cara: Podés volver, le dije. Estaba pensando eso. Podés volver a casa y quedarte. A mí me gustaría. Es lo que quiero.

Ella se enderezó contra el respaldo de la silla. Cuando vi que rasguñaba más fuerte la mesa, que intensificaba el movimiento sin despegar la mirada de ahí, entendí. Entendí todo antes de que me lo dijera.

Javier.

¿Qué pasa? ¿Te parece una mala idea?

No es eso.

¿Entonces?

Javier… No estoy sola yo.

Qué bueno, sonreí. ¿Conociste a alguien? ¿De verdad?

Ella se quedó quieta mirándome. Los ojos de repente se le habían puesto brillantes. Javier, dijo, y se interrumpió para tragar saliva: Javier, perdoname. Yo volví a sonreír: Está bien, no hace falta que me pidas perdón. Al contrario, te felicito. El ardor se había quedado flotando en mi cara, no se movía de ahí. Como ella me miraba sin abrir la boca le dije: En serio, no te preocupes. Fue algo que se me ocurrió recién; una posibilidad, nada más. Javier, perdóname, pensé que... No me pidas más perdón porque me vas a hacer enojar en serio, la interrumpí en tono de broma. Pero ella apenas sonrió un segundo y después empezó a moverse muy despacio en la silla, haciendo círculos muy lentos con el cuerpo, como si tratara de reprimir un dolor.

¿Y cómo se llama? ¿Dónde lo conociste?

Ella no contestó. Yo no dejaba de sonreír.

Dale. Solamente quiero saber eso.

Javier. Yo te amaba mucho.

¿No me vas a decir el nombre? Solamente quiero saber cómo se llama.

Hubiera seguido insistiendo, hubiera podido seguir un rato largo así, pero en ese momento Estefanía bajó la cabeza y empezó a lagrimear. Empezó a lagrimear con angustia, sin hacer ruido, con el cuello hundido entre los hombros. Me sentí desarmado. Nunca había compartido tantas cosas con una mujer como lo había hecho con ella. No había ninguna necesidad de seguir lastimándola. Ninguna de dejarle esa imagen de mí.

Estefi, podés pasar a buscar tus cosas cuando quieras. Ella seguía lagrimeando, de cara al piso, como si le diera vergüenza que la mirara. Yo también te amaba, ¿sabés?, le dije, acariciándole una mano. Nunca te lo dije. No sé por qué. Pero te amaba. Y todavía te amo. Javier, dijo Estefanía, alejando la mano. Se puso a revisar su cartera. Sacó unas carilinas. Yo aproveché que se limpiaba para mirar la ventana. Solté el aire apretado contra las costillas. Ya era de noche. Un tipo de gorra pasaba con su bolso por la vereda. Seguramente venía de laburar. Después miré la hora. En veinte minutos pasaba el último tren. Ya me convenía ir yendo a la estación, pensé. Después no había nada directo que me llevara a casa.