viernes, 17 de marzo de 2017

tres o cuatro segundos de esperanza



En el tren sentía retorcijones, las manos frías, como solamente me pasaba cuando estaba yendo a encontrarme con una extraña. Después de seis meses sin dirigirme la palabra Estefanía había decidido romper el hielo y me había mandado un mail. Me saludaba con una formalidad distante para después terminar citándome en un bar de Ballester (La Perla) ese mismo jueves a las seis de la tarde.

Yo traté de contestarle con el mismo tono y después le puse: Dale. A las seis nos vemos allá.

Cuando salí del trabajo pasé por casa, me pegué una ducha y salí a la calle con un jean y una camisa. No había hecho media cuadra cuando me pareció que la camisa era demasiado y volví a casa y me la cambié por una remera. Pero en la esquina me volví a arrepentir; me vi con la remera puesta en el reflejo de una vidriera y pensé que me convenía más confiar en mi primer impulso; no hizo ni un solo gesto el portero del edificio vecino cuando me vio pasar por quinta vez en cinco minutos, ahora con la misma camisa del principio.

Hacía tiempo que no me sentía tan nervioso, con ese ácido frío en el estómago. No esperaba una reconciliación, ni tampoco la pretendía; la verdad es que solamente después de perder toda esperanza de arreglarme con Estefanía había empezado a recuperar mi autoestima. Trataba de no pensar en lo que estaba por venir, mientras el tren avanzaba una estación atrás de la otra acercándose a Ballester. Mis nervios estaban claramente orientados por el temor: el temor a una discusión, el temor a que ella todavía no hubiera superado el asunto; el temor a que aquel reencuentro reavivara las inseguridades que tantos insomnios me había costado aplacar.

Llegué a La Perla un rato antes de las seis; el bar quedaba a dos cuadras de la estación, me senté y le dije a la mesera que no, que todavía no necesitaba nada. No sabía cómo esperar a Estefanía, cómo me convenía que ella me encontrara; si distraído, mirando el celular; si reconcentrado, en pose melancólica, mirando el atardecer en la ventana; o si así, tal como estaba: inquieto, asustado, vigilando todo, cambiando cada dos por tres de posición en la silla.

Estefanía llegó veinte minutos tarde; demasiado para una chica que siempre había renegado de la gente impuntual. Me dio un beso en la mejilla; se había perfumado bien, con un perfume de los caros; no supe qué pensar de eso.

¿Cómo estás?, sonrió.

Ver que estaba tan nerviosa como yo me hizo sentir más tranquilo. Se sentó del otro lado, vigiló el panorama del bar. A pesar del nombre, era un bar lindo, con onda; estaban pasando rock nacional, había espejos, luces de colores; Estefanía le pidió a la mesera la carta y después me miró: ¿Querés una cerveza o un trago? Un jugo. Dale, se largó a reír. En serio, dejé el alcohol. Ella me estudió con los ojos entornados, como si no me creyera o como si tratara de averiguar qué había atrás de esa revelación sorpresiva. La mesera volvió. Una cerveza, dijo Estefanía. Cuando la miré ella levantó las cejas. Vamos a tomar una cerveza, Javier. Está bien. Antes de que la trajeran ella se levantó y fue al baño. Recién en ese momento aflojé los hombros, moví el cuello y me permití respirar. Respiré fuerte. Fue como si largara en una sola bocanada todo el estrés acumulado en el tren.

Estefanía volvió con el pelo suelto. Me habló de su trabajo. De su familia. Del nuevo departamento adonde se había mudado. A medida que me actualizaba de lo que había sido de su vida durante aquellos meses su imagen, su cara, sus ojos, sus manos, su cuerpo, su voz; sus anillos, sus aros; sus inmensos y cadenciosos rulos desparramados; todo de repente me volvió a parecer familiar, reconocible, cercano. Como volver a una vieja casa en la que uno vivió muchos años y encontrarla oscura, y después, de a poco, una a una, ir prendiendo todas las luces.

¿Y vos?, me dijo al final. ¿Vos cómo estás?

Acá estoy. Bien. Todo como siempre. Nada nuevo que contar desde que te fuiste de casa. Esto último no se lo dije. Nada más le describí en voz baja la misma rutina plácida pero desestimulante en que había consistido mi vida durante los últimos años y que ella ya conocía de memoria. Al final cerré con un “ninguna novedad”, y en el silencio que sobrevino a esa frase fui consciente de que ya tenía treinta y seis años y de que sin darme cuenta el futuro, ese gran futuro del que siempre me había agarrado para justificar la chatura insustancial de mi presente, ya estaba ahí, ya había llegado, y mirando hacia atrás no había nada real en mi vida, nada de lo que pudiera enorgullecerme o me hiciera sentir bien salvo ella, Estefanía, los viajes que habíamos hecho, los polvos que habíamos tenido, el tiempo que habíamos pasado juntos en dirección a ese gran futuro que ahora nos encontraba separados, con una botella de cerveza en el medio.

Voy al baño.

Vaya, nomás.

El baño era diminuto. Solamente cuando me paré enfrente del inodoro me di cuenta de las ganas que tenía de mear. Me miré en el espejo mientras me lavaba las manos. Tenía los ojos rojos, secos. Quizás la de esa tarde era mi última oportunidad. Quizás nunca más Estefanía iba a darme una chance así, los dos solos, en un bar tranquilo, con la noche cayendo en la ventana.

Cómo empezar. Qué decirle. Cómo acercarme a ella. Seis meses me parecían mucho tiempo, pero quizás me equivocaba. Quizás mis seis meses no habían sido tanto tiempo para ella como lo habían sido para mí. Quizás nada de lo que yo hiciera o dijera iba a servir de algo.

Ella estaba revisando su teléfono cuando volví a la mesa. Apenas me senté guardó el celular y me miró a los ojos: Nos debíamos esta charla. Yo asentí sin abrir la boca. Quizás hubiera tenido que hablar antes con vos, me dijo, pero creeme que no podía. Está bien, no te preocupes. Ella se acarició las manos con nerviosismo antes de volver a mirarme.

Ahora que ya pasó el tiempo, quiero saber.

Decime.

¿Por qué lo hiciste?

Yo me recliné en la silla. Sabía que me lo iba a preguntar. En el fondo sabía que todo el encuentro iba a girar alrededor de esa pregunta. Pero mientras estaba en el tren traté de no pensar en eso, me forcé a mí mismo a no pensar, porque cuando llegara el momento quería que saliera de mí lo primero que me viniera a la cabeza; ser franco, no calcular, tener por fin un gesto humano, aunque sea uno solo, con ella.

Estuve yendo al psicólogo estos meses, ¿sabés?

Estefanía volvió a entornar los ojos. Parecía más sorprendida todavía que cuando le dije que quería jugo. Sabía que mi aversión por la psicología era proporcional a mi compulsión cotidiana por tomar alcohol.

¿Y? ¿Te ayudó? Me contuvo, le contesté. Solamente en ese sentido me ayudó. Y pude descubrir algunas cosas, charlando con el tipo, nada distinto a lo que había resuelto charlando con mis amigos, pero creo que de alguna manera cuando me lo dijo el psicólogo me sirvió para corroborarlo. ¿Qué cosas? Que tengo serios problemas de autoestima. De ahí que chupaba tanto. Y que necesitaba tanto gustarles a otras mujeres. ¿Que me gustaras a mí no te alcanzaba? No. Necesitaba sentirme querido por otras. Deseado por otras mujeres. Cuando estaba con otras me sentía orgulloso. Me hacía sentir más hombre. Pero así y todo nunca dejé de estar seguro de que te quería a vos. Nunca se me pasó por la cabeza dejarte. Está bien, dijo Estefanía, pasándole un dedo al vidrio transpirado de la botella. Por eso fui al psicólogo, le dije. Más por mí, por mis problemas, que por vos. Necesitaba un cambio. Sabés que mis viejos no tenían una relación sana. Solamente después de que pasara todo esto me di cuenta de que había absorbido ese vínculo, de que lo tenía demasiado incorporado, y ahora estoy tratando de correrme de ese lugar. Lamento muchísimo no haberlo hecho antes. Lamento muchísimo haberte lastimado. No fueron unos meses fáciles. Decimelo a mí, dijo Estefanía, sonriendo con lástima. Fue un trastorno para mí todo lo que pasó. Fue un cachetazo inesperado. De un día para el otro estaba sin nada, en la calle, sin mi ropa, sin todas mis cosas. De un día para el otro tuve que empezar de cero. Te mandé mails, le contesté. Muchos mails pidiéndote que te quedes vos en casa, o que vuelvas a buscar tus cosas, que me iba yo. No podía volver, Javier, me contestó Estefanía mirándose las rodillas. No a esa casa. No a ese lugar. Creeme que no podía. Todavía todas tus cosas están ahí. ¿No las tiraste?, me preguntó en broma. Yo sonreí. ¿Cómo las iba a tirar? Por eso quería que nos viéramos, dijo Estefanía, y después hizo una pausa, mirando el piso.

Su pausa habrá durado unos tres o cuatro segundos, demasiado para el ritmo de una conversación en la que teníamos tanto para decirnos que casi hablábamos pisándonos. O quizás solamente fui yo el que lo percibió así. Quizás solamente en mi cabeza esos pocos segundos se expandieron, se ensancharon, lo suficiente como para que en su dimensión entraran todo tipo de especulaciones.

“Por eso quería que nos viéramos”, acababa de decirme ella. Por sus cosas. Por las cosas que todavía estaban en mi casa. ¿Qué me quería decir con eso?

Ahora todo empezaba a encajar. Me citaba en un bar, me hablaba de su vida, después me preguntaba por la mía; me pedía explicaciones, las mismas que antes nunca había querido escuchar, sobre lo que había pasado. 

¿Estefanía estaba dejando todo atrás? ¿Estaba tratando de perdonarme? ¿Todavía había chances de que volviera a casa?

Los primeros meses después de la separación yo la había pasado tan mal que ni siquiera podía ponerme a pensar en lo mal que la podía estar pasando ella. Volvía del trabajo y ahí estaban todas sus cosas, sus galletas de arroz en la alacena, su mate sucio en la mesada, sus cremas para el pelo y la piel en la repisa del baño, las tazas de café heredadas de su abuela en los estantes del comedor; nuestras fotos juntos pegadas en la heladera. Y su ropa, en el armario de la pieza; cada vez que me cambiaba veía su ropa ahí, tal como ella la había dejado, doblada con orden y prolijidad en su sector del ropero. Yo no me animaba a tocar nada; ni siquiera pude descolgar el toallón celeste que después de bañarse había dejado tendido en el lavadero.

Así fueron esos meses, con sus cosas como suspendidas en el tiempo, flotando en el instante previo a que lo descubriera todo y se fuera de la casa apurada y me bloqueara en el Facebook y el Whatsapp y el teléfono y no me volviera a hablar. De alguna manera, me di cuenta después, ese mismo temor reverencial que no me había dejado tocar ninguna de sus cosas también me había suspendido en el tiempo a mí; de alguna manera seguía creyendo que Estefanía en cualquier momento iba a volver para descolgar su toallón celeste como si nada hubiera pasado.

Hasta que un buen día mi duelo terminó. Se acercaba el verano; el cambio de estación llegaba para confirmar que una etapa se había acabado; irremediablemente el pasado se alejaba. Entonces en varios bolsones guardé su ropa y sus adornos y su mate y sus cremas y sus fotos y sus útiles y sus toallas y sus zapatos y tiré las galletas de arroz y todas las cosas que siempre comía ella, algunas vencidas desde hacía rato, y entonces me reconforté con la tranquilidad de saber que ya no tenía ninguna esperanza. Ninguna. Yo no iba a ver a Estefanía de nuevo.

¿Pero realmente había perdido toda esperanza? Recién sentado en aquel bar, durante ese silencio de tres o cuatro segundos en el que Estefanía miraba el piso como pensando, me entraron dudas acerca de eso. Ya no me sentía tan convencido de haber olvidado a Estefanía. Ya no podía poner las manos en el fuego por eso. Me vinieron a la cabeza algunas fotos mentales de lo que había sido mi rutina en esos últimos meses sin ella; cada vez que me echaba en el sillón del comedor a mirar fútbol o alguna película no era raro que en el reflejo de la pantalla momentáneamente oscurecida se viera el reflejo de los bolsones llenos de todas sus cosas amontonados del otro lado de la puerta del comedor, en el lavadero. No era raro que por un segundo los mirara fijamente. O cuando volvía borracho de algún bar, por ejemplo (no había sido del todo honesto con Estefanía; todavía no había podido renunciar al alcohol social), ¿no me quedaba a veces mirando como en estado de autismo o de levitación, descuajeringado por el escabio, la mesita de luz que ella había traído de su casa cuando se mudó conmigo? Una mesita de luz, en un rincón de la pieza, con los cajones vacíos. ¿Me estaba engañando? ¿De verdad había perdido toda esperanza?

La pausa de Estefanía en el bar terminó de repente. Levantó los ojos y me miró un segundo antes de concentrarse en vigilar cómo una de sus manos rasguñaba la madera de la mesa. Necesito mis cosas, Javier, dijo. Hay muchas cosas ahí que no son mías. Y otras que las quiero volver a tener. Estefanía, tus cosas están ahí para lo que necesites. Pero no hace falta que te las lleves. Sentí un ardor intenso en la cara: Podés volver, le dije. Estaba pensando eso. Podés volver a casa y quedarte. A mí me gustaría. Es lo que quiero.

Ella se enderezó contra el respaldo de la silla. Cuando vi que rasguñaba más fuerte la mesa, que intensificaba el movimiento sin despegar la mirada de ahí, entendí. Entendí todo antes de que me lo dijera.

Javier.

¿Qué pasa? ¿Te parece una mala idea?

No es eso.

¿Entonces?

Javier… No estoy sola yo.

Qué bueno, sonreí. ¿Conociste a alguien? ¿De verdad?

Ella se quedó quieta mirándome. Los ojos de repente se le habían puesto brillantes. Javier, dijo, y se interrumpió para tragar saliva: Javier, perdoname. Yo volví a sonreír: Está bien, no hace falta que me pidas perdón. Al contrario, te felicito. El ardor se había quedado flotando en mi cara, no se movía de ahí. Como ella me miraba sin abrir la boca le dije: En serio, no te preocupes. Fue algo que se me ocurrió recién; una posibilidad, nada más. Javier, perdóname, pensé que... No me pidas más perdón porque me vas a hacer enojar en serio, la interrumpí en tono de broma. Pero ella apenas sonrió un segundo y después empezó a moverse muy despacio en la silla, haciendo círculos muy lentos con el cuerpo, como si tratara de reprimir un dolor.

¿Y cómo se llama? ¿Dónde lo conociste?

Ella no contestó. Yo no dejaba de sonreír.

Dale. Solamente quiero saber eso.

Javier. Yo te amaba mucho.

¿No me vas a decir el nombre? Solamente quiero saber cómo se llama.

Hubiera seguido insistiendo, hubiera podido seguir un rato largo así, pero en ese momento Estefanía bajó la cabeza y empezó a lagrimear. Empezó a lagrimear con angustia, sin hacer ruido, con el cuello hundido entre los hombros. Me sentí desarmado. Nunca había compartido tantas cosas con una mujer como lo había hecho con ella. No había ninguna necesidad de seguir lastimándola. Ninguna de dejarle esa imagen de mí.

Estefi, podés pasar a buscar tus cosas cuando quieras. Ella seguía lagrimeando, de cara al piso, como si le diera vergüenza que la mirara. Yo también te amaba, ¿sabés?, le dije, acariciándole una mano. Nunca te lo dije. No sé por qué. Pero te amaba. Y todavía te amo. Javier, dijo Estefanía, alejando la mano. Se puso a revisar su cartera. Sacó unas carilinas. Yo aproveché que se limpiaba para mirar la ventana. Solté el aire apretado contra las costillas. Ya era de noche. Un tipo de gorra pasaba con su bolso por la vereda. Seguramente venía de laburar. Después miré la hora. En veinte minutos pasaba el último tren. Ya me convenía ir yendo a la estación, pensé. Después no había nada directo que me llevara a casa.      





   



miércoles, 8 de febrero de 2017

Italia es un pájaro azul





Traté de ser lo más directo posible. La miré a Carolina y después de un preámbulo para romper el hielo le dije que ya no estaba enamorado de ella y que no tenía ningún proyecto que la involucrara. Carolina se acomodó en la silla y se quedó mirando con ojos perdidos el ventanal del balcón. Las macetas. La ropa tendida. Ya empezaba a hacerse de noche. ¿Qué te pasa? ¿No decís nada? Ella se tomó su tiempo para levantar los ojos. No me lo esperaba, dijo. No me esperaba todo esto. Ahora necesito tiempo para pensar. Tengo que ver qué voy a hacer de mi vida. Y me miró de reojo: Y voy a buscar departamento. No hay problema con eso, le contesté. Puedo irme un tiempo a lo de mi hermano y bancarte hasta que encuentres algo. Ella negó con la cabeza, tajante. No. Bancame esta semana, nada más. Estos días me pongo a buscar y si no cualquier cosa me voy yo. ¿A lo de tus viejos? No, a lo de mis viejos no. Sería un retroceso. ¿Entonces? Por eso no te preocupes, dijo, mientras se levantaba y caminaba hasta la pieza. Yo me las voy a arreglar.

Cuando se fue me encerré en el baño y me di una de las duchas más largas de mi vida. Estaba bastante sorprendido por la tranquilidad con que Carolina se había tomado el asunto. Antes de hablar con ella mi mayor temor era que se pusiera a llorar o me hiciera alguna escena y que la culpa me ablandara. Pura neurosis, pensé, mientras el agua caía encima de mi frente. Ahora que podía poner en perspectiva las cosas, me quedaba claro lo poco que la conocía. 

No me gustaba cómo se había dado todo, pero aquel era un camino de una sola salida. Aunque hacía solamente tres meses que estábamos viviendo juntos, a mí se me había hecho una eternidad. Al principio no sonaba tan mal, la idea de vivir con Carolina. Nos habíamos conocido un año atrás, trabajando en una empaquetadora en Nueva Zelanda. Éramos parte de un mismo grupo de amigos, de esos grupos maleables, distorsionados, que se forman en los viajes. Aunque tardamos un par de meses en conectar, cuando lo hicimos hubo buena onda, nos llevamos bien y terminamos cortándonos solos. Durante dos meses nos separamos del resto y fuimos a recorrer Asia, cargando una mochila cada uno, parando en distintas casas y pensiones. Cada día había un lugar nuevo para conocer, gente nueva a nuestro alrededor, tantas experiencias juntas hacían que el tiempo se ensanchara. A veces íbamos de la mano y pensaba: Esta chica es otra cosa. Había piel, una química sexual que me transformó en alguien que nunca había imaginado que podía llegar a ser. Era una morocha hermosa de veintitrés años de ojos indígenas y labios prepotentes y tetas bien puestas y suavemente agresivas. Un día tomando birra en una playa vietnamita le dije que cuando volviéramos a Buenos Aires estaría bueno irnos a vivir juntos. Se lo dije en chiste, nos reíamos, creía estar seguro de que ella también se lo había tomado en broma.

Pero me equivocaba.

Dos semanas después, cuando yo ni me acordaba de lo que le había dicho en la playa, pasábamos enfrente de una vidriera en Tailandia y Carolina me apretó una mano: Mirá qué lindo tapiz. Ideal para que pongamos en casa.

Sonrió mirándome y yo también sonreí, sin alma para enfriar la intimidad cálida de su mano en mi mano. Pero ese comentario fue solamente el primero de varios del mismo estilo, y yo nunca les puse un freno pensando que todavía faltaba para volver a Buenos Aires, que en todo caso ya iba a haber tiempo para aclarar las cosas, si es que no eran también en broma los comentarios de ella.

Pero a medida que se acercaba el momento de volver al país las bromas crecieron tanto en intensidad que hubo un punto en que ella ya hablaba de la convivencia como si fuera un hecho. Tendría que haber sabido frenar la pelota de nieve a tiempo, pero era difícil. Te amo, me decía ella, mordiéndome el mentón, con su cuerpo caliente pegado al mío. 

Allá, a miles y miles de kilómetros de casa, donde nadie sabía mi nombre y donde era demasiado fácil sentirse flotando en el vacío, Carolina era mi único cable a tierra.

Y en esa sintonía volvimos a Buenos Aires. A los dos o tres días de llegar, mientras se nos reacomodoban los relojes biológicos y saludábamos a familiares y amigos, Carolina me mandó un mensaje preguntando cuándo se iba a mudar a mi departamento (no preguntando si lo iba a hacer, sino sencillamente cuándo) y a mí, tal como me había pasado en Asia, me faltaron huevos para apedrear su entusiasmo.

Antes de irme de viaje, después de romperme el alma laburando ocho años en el peaje de la autopista y pedirles cooperación a mis viejos, había podido comprar mi propio departamento. Quedaba en Ballester, dos ambientes, bien ubicado, durante los años que me borré viajando se lo había prestado a mi hermano. Carolina trajo sus cosas en la camioneta del padre un sábado y, mientras la ayudaba a cargar los bolsones en el ascensor, con el viejo mirándonos de atrás, fui por primera vez consciente de que me estaba metiendo en algo que no iba a poder manejar.

Nunca antes había convivido en mi vida, y por eso el primer mes tuvo algo de aventura y experimentación, una intensidad parecida a la que habíamos conocido viajando por Asia, en el sentido de que tenía todas las ventajas de la novedad y te distraía de las imperfecciones. Pero un mes, nada más, habrá sido. Después volví a ser yo, con todas las desventajas del caso; volví a sentir los mismos quiebres y la misma inconstancia anímica que un par de años atrás me habían llevado a viajar. 

Así que a las pocas semanas empecé a soltar señales de ese cansancio en la casa, a ver si ella las agarraba. Cuando Carolina me empezaba a hablar de tener hijos, por ejemplo (yo todavía no podía creer que la piba me hablara de hijos cuando estábamos juntos desde hacía nada), le decía que no quería ser padre, que lo único que quería era viajar. Se lo decía plenamente consciente de que no estaba en sus planes volver a irse. ¿Y cuándo querés viajar? El año que viene, junto un par de mangos laburando con mi hermano y me voy. ¿Solo? Solo o con vos, por supuesto que estás invitada. Pero acabo de conseguir laburo. Bueno, entonces renunciá y viajá conmigo.

Ella me miraba de reojo y no decía nada.    

Y otras veces, cuando el calor era tan espeso que ninguno de los dos podía pegar un ojo, y Carolina volvía con la idea de traer el aire que tenía en la casa de los padres, yo me daba cuenta de que era capaz de soportar cualquier cosa con tal de que ella no hiciera una inversión que la atara a la casa.

Con el ventilador estamos bien. No todos los días va a hacer el calor que hizo hoy.

Ella resoplaba en la oscuridad y seguía dando vueltas en la cama hasta que de pura resignación se quedaba dormida.

Yo ya empezaba a notar mi impaciencia. Cada vez que Carolina ensuciaba un plato que yo terminaba de lavar o que barría con la mano las migas que había encima de la mesa para tirarlas al piso o que subía de más el volumen de la tele mientras yo escuchaba música en la pieza, tenía que hacer un esfuerzo consciente, premeditado, para no decirle nada. Por momentos me irritaba el solo hecho de verla llegar al departamento, de escuchar cómo masticaba, de que me quisiera tocar.

A medida que pasaban los días me sentía cada vez más encerrado en mi propia frustración y no siempre podía contenerme. Apenas empezaba a tratarla mal, agarraba mis cosas y salía. Me fumaba un cigarrillo en la plaza. Abajo de los postes de luz las alemanas más dulces de Ballester pasaban como un viento. Poco a poco la idea de volver a viajar al año siguiente, la ilusión de hacer efectiva esa posibilidad que únicamente se me había ocurrido para que Carolina entendiera que lo nuestro era temporal, se me fue convirtiendo en un proyecto concreto, en una isla lejana pero real a la que viajaba mentalmente todo el tiempo para sentirme mejor. Imaginarme en otro país, tratando con otra gente, laburando de otras cosas, fue la única manera que encontré durante esas semanas de sostener sin quemarme tanta tensión interna.

Italia fue la primera opción que me planteé. Haciendo averiguaciones supe que mi viejo ya tenía la ciudadanía y que por ende la carpeta en la embajada ya estaba abierta. Estaba a un trámite y medio, nada más, de tener mi propio pasaporte de ciudadano europeo. Una noche después de cenar tragué un sorbo de vino que me dolió como si fuera de vidrio y le comenté mis planes a Carolina. ¿Italia? Pero si vos no sabés italiano. Yo levanté los hombros. Cuando me fui a Nueva Zelanda tampoco sabía inglés. Las piernas se me sacudían con un tic inconsciente, abajo de la mesa. Ella me miró de reojo y soltó los platos en la pileta. Está bien que quieras seguir viajando, ¿pero yo? Vos te podés venir conmigo. Y, viendo que no decía nada, agregué: O también te podés quedar acá, en el departamento.

Carolina se largó a reír, se dio vuelta y empezó a caminar al baño.

Nunca sé cuándo hablás en serio, dijo.

Esa noche me fui a dormir con la sensación de que ella había malinterpretado el mensaje, pero al otro día, cuando llegó a casa, me di cuenta de que lo había entendido perfectamente. En vez de abrazarme y besarme con su humor luminoso de costumbre, Carolina fue todo frialdad. Me saludó tocándome apenas, como apurada, como si yo solamente fuera un obstáculo entre ella y el resto de las cosas que tenía que hacer. Durante los días siguientes su trato fue el mismo. Me hablaba poco y nada. Miraba la tele tomando mate sola o se la pasaba chateando en Internet. Descubrí que su indiferencia me irritaba tanto como antes sus demostraciones de afecto, y ya no necesitaba discutir con ella o gritarle algo para sentir que no podía estar un segundo más en esa casa. Agarraba mis llaves, mi celular y mis cigarrillos y salía a caminar por ahí sin decirle nada.

El sexo, si lo teníamos, era su forma de confesarme todo. Se estiraba en la cama y se quedaba quieta, muda, con las piernas y los brazos abiertos; parecía solamente esperar con impaciencia a que yo por fin acabara. De vez en cuando me acordaba de lo que habíamos sido en Asia, todos transpirados y hambrientos cojiendo en los bulos de madera más calurosos del mundo, mientras del otro lado de la puerta se escuchaban los alaridos aturdidos de los que volvían de juerga, y una espuma triste se me desparramaba en el pecho. 

Me di cuenta de que el viaje a Italia estaba lejos, muy lejos todavía, como para seguir prolongando una relación que me agotaba. Fueran seis meses, nueve o un año, no podía seguir rebotando contra las paredes de durloc de esa situación indeseada. Yo me había metido en ese quilombo, ahora me tocaba hacerme cargo y salir. Contra todo lo que esperaba, Carolina no se puso a llorar ni me hizo ningún escándalo cuando una tarde, apenas llegó del trabajo, le pedí que se sentara y la miré a los ojos y le dije que ya no estaba enamorado y que no tenía ningún proyecto con ella. Al contrario, sentí como si la aliviara escuchar de mi boca lo que los dos sabíamos pero que hasta ese momento ninguno se había animado a explicitar.

Bancame esta semana. Me voy a poner a buscar departamento, dijo.

Estaba sorprendido por la calma con que se lo había tomado. Apenas terminamos de hablar fui a darme una ducha, y me expliqué su tranquilidad pensando que probablemente ella también había dejado de estar enamorada de mí. 

Por eso me agarró tan desarmado lo que pasó después. Durante toda esa semana Carolina, en lugar de moverse para conseguir dónde vivir, en lugar de enfriar las cosas en vistas de que estábamos por separarnos, volvió a ser la de antes. Volvió a ser la misma que había sido antes de que yo le dijera que me iba a Italia. La implacable morocha de Asia. La india adolescente que se llevaba por delante todo. Cuando llegaba del trabajo me abrazaba de atrás. Me besaba el cuello. Me hacía chistes. Me decía, mordiéndome el mentón: ¿Me amás? En Internet veía un sillón que le gustaba y me miraba con una sonrisa maligna: Cuando vos y yo nos casemos me gustaría que nos regalen uno como este. 

Yo le sonreía porque ella sonreía; ya no sabía cómo manejarme. A veces estaba a punto de decirle: Pero lo que hablamos la semana pasada, ¿lo escuchaste? ¿No tenés nada que decirme de eso? Pero su sentido del humor era una cosa avasallante que envolvía la tarde y a mí me daba lástima ensuciarlo pensando que después todavía nos esperaba la noche, y después de la noche la mañana. Por momentos ella parecía reconocer mi hermetismo, mi cabeza prendida fuego en la oscuridad, y me decía: Estamos entrando en una nueva etapa de la relación, mi amor. ¿Sabés? Nada más que eso.

En la cama también se había vuelto otra. Hacía cosas que nunca le había visto hacer. Cosas que ninguna otra que hubiera conocido antes me había hecho o había dejado que le hiciera. Apenas acababa me daban ganas de que me tragara la tierra. Ella me besaba los ojos cerrados. ¿Estás bien?, me decía mi hermano, cuando me veía llegar al galpón de su empresa con el humor destruido. Todo normal. Él me dejaba un paquete de cigarrillos a la mitad y se iba. A veces en el colectivo me pasaba varias paradas a propósito solamente para volver caminando despacio a casa. Miraba los árboles. La gente. Los perros. Miraba todo con una especie de nostalgia anticipada, acordándomelo como si ya estuviera en el futuro, viviendo en Italia.

Una tarde de esas entré al departamento y Carolina todavía no había llegado. Salí al balcón a fumar. Entonces lo vi. Un pájaro azul, con largas aureolas rojas y verdes alrededor de los ojos, enorme como una paloma, tirado encima de una de las macetas con cactus y flores que Carolina había traído de su casa. Estaba quieto, pero vivo; de vez en cuando le vibraban las alas. Nunca había visto un pájaro así en mi vida. Me daba mucha impresión, el bicho, agonizando encima de la maceta, en ese espacio cerrado en ángulo recto de la baranda. Me alejé y terminé el cigarrillo en la otra punta del balcón, tratando de no prestarle atención. Después volví a entrar a la cocina.

Cuando Carolina llegó, mientras se acercaba a saludarme, miré de reojo la maceta; el pájaro ya no estaba. Ella me abrazó, me besó la boca; tenía la piel de la cara pegoteada por la transpiración. Yo seguí navegando por Internet mientras ella entraba al baño y se lavaba las manos y se refrescaba la cara. Mientras después salía y sacaba de la heladera algo de tomar y se preparaba la merienda. Nunca antes fui tan consciente de cada uno de sus movimientos. Nunca percibí con tanta claridad las cosas que hacía, cómo se movía en la casa, los eslabones que cada día formaban la larga cadena de sus hábitos.

Uno de estos movimientos, como siempre, fue, varios minutos después, abrir el ventanal para ir a regar, con una jarra de plástico, sus plantas.

De repente el grito. 

Ay.

Y la vi entrar a la cocina dando unos saltos angustiados.

Tenía la jarra apretada entre los brazos temblorosos, como si envolviera a un bebé muy hambriento, hinchado por la histeria.

Dios mío, dijo. ¿Qué? Dios mío, volvió a decir. ¿Qué? ¿Qué pasa? Ella cerró los ojos. Afuera, gritó, en el balcón. ¿En el balcón qué? Ahí, dijo. Ahí. Y abrió los ojos por un segundo y me señaló la maceta. Atrás de esa maceta. Hay un pájaro. Y yo miré lo que ella señalaba y ahí estaba el enorme pájaro azul, de colores vivos y fosforescentes, las alas extendidas.

Ya está muerto, le dije.

No, me contestó Carolina. Está vivo. Recién lo vi moverse. Dios. Dios.

Estaba muy nerviosa. La jarra en las manos se le sacudía. Por momentos temblaba tanto como el pájaro allá afuera, abajo del sol.

Yo negué con la cabeza.

Está muerto, le dije, mirando la computadora. Es el calor. Los pájaros se mueren cuando está tan pesado.

Realmente hacía mucho calor. Dos pasos que uno daba y empezaba a transpirarte todo.

No. Recién lo vi moverse. Por favor, Emiliano. Por Dios. Levantalo. Todavía se puede salvar. Sacalo de ahí.

La miré sonriendo. Cuando vivía en Suárez me había tocado levantar bichos mucho más repugnantes que ese. Ratas, sapos, hasta murciélagos. Era una hermosura, ese bicho, en comparación con otros. Pero solamente quería estar ahí. Carolina parecía muy nerviosa y yo solamente quería seguir donde estaba, mirando mi computadora.

¿Por qué no lo levantás vos?, le pregunté. Si está vivo, ¿por qué no lo levantás vos y si tanto te interesa salvarlo lo llevás a la veterinaria?

Ella me contestó a los gritos, no pude entender bien qué me decía, pero gritaba tanto que me acerqué solamente para que se callara.

Emiliano, por favor. Está vivo. No quiero que se muera en mi balcón, con mis plantas. Por favor. De verdad.

Y casi parecía que imploraba, soltó la jarra en la mesa y tenía las dos manos juntas, los dedos entrelazados, y me miraba.

Por un segundo pensé en que ella nunca me decía así, “Emiliano”. Siempre había sido “Emi” para ella. Pero no pude pensar mucho más porque de repente se puso a llorar. La voz se le agrietó y le empezó a temblar la boca y se le empaparon los ojos y en cuestión de segundos le rodaban las lágrimas por la cara, una atrás de la otra, mientras me pedía que por favor sacara a ese pájaro de su balcón. 

Era la primera vez que la veía llorar. El corazón me empezó a latir fuerte, casi lo podía sentir en el cuello. Era como si tuviera al pájaro azul ahí, adentro de la garganta, tratando de salir a los picotazos.  

La puta madre, dije en voz baja. Después grité: La puta madre.

Carolina estaba llorando como una nena, con hipo. Entré, busqué la pala y la escoba, gritando la puta madre, la puta madre, por qué no lo hacés vos, y después salí y me paré enfrente del pájaro de plumas azules. Estaba quieto, pero apenas lo rocé con el cepillo de la escoba las alas se le empezaron a mover de nuevo. Lo barrí para subirlo a la pala, lo mantuve apretado con la escoba para que no se moviera mientras entraba a la casa, y después salí al pasillo y llamé al ascensor. Carolina seguía llorando, compungida, la voz rota.

¿Qué vas a hacer? Está vivo todavía, me decía. ¿Qué vas a hacer?

¿Qué querés hacer vos?, le grité con el estómago, en pleno pasillo, a pesar de los vecinos. ¿Qué querés hacer vos?

El ascensor ya había subido hasta el sexto y ella todavía no había contestado.  

¿Qué querés hacer?, volví a gritar.

Bajé solo en el ascensor, con el pájaro todavía vivo, vibrante, abajo de la presión de la escoba.

Me miré en el espejo. Tenía los ojos rojos. La boca seca. Durante varios segundos me miré, presionando cada vez más fuerte con la escoba, hasta que las puertas del ascensor se abrieron en planta baja.

Salí a la calle. Corría un viento fresco a la sombra. Una mujer que baldeaba la vereda en la casa de al lado me miró un segundo antes de seguir haciendo lo suyo. Un viejo de boina, en la vereda de enfrente, avanzaba apoyado en un bastón. Un auto doblaba rápido, allá en la esquina; enseguida atrás aparecía una bicicleta.

Recién cuando me acerqué al canasto de basura bajé los ojos. Las alas ya no se movían. 







lunes, 23 de enero de 2017

gorda comiendo sandía en la hamaca paraguaya




Un verano hace muchos años trabajé de jardinero en San Isidro. Iba casi todos los días para allá. Mi vecino se había jubilado, sabía que estaba sin laburo y me recomendó con sus clientes. A veces lo llevaba a mi hijo para que me diera una mano. Walter tenía doce años. Pelusa en lugar de bigotes. La voz como indecisa, todavía entre de hombre y de nene. Me ayudaba bastante. Era un chico fuerte. Nunca se negaba a nada.

Habrán sido cerca de cuatro meses. Si el clima acompañaba, hacíamos dos casas por día. Salvo los sábados, cuando nos tocaba ir a una casona de la calle Los Álamos con un parque tan grande que laburarlo nos ocupaba toda la mañana y toda la tarde. La dueña era una mujer muy gorda, de la que por más esfuerzo que haga no me puedo acordar el nombre. Tenía unos ojos enormes y celestes que cuando te miraban fijo te hacían temblar, pero en general era una tipa generosa y cálida. Cuando el día estaba pesado, por ejemplo, lo invitaba a Walter a pasar a la casa para tomar chocolatada “bien fresquita” (así le decía). Walter me miraba dudando mientras la gorda nos miraba a los dos. Andá, le sonreía yo, ponete la remera y andá. Y él se ponía la remera y después iba, se alejaba con la mujer sin abrir la boca.

¿Cómo es la casa por adentro?, le preguntaba más tarde, cuando volvíamos en la chata a Podestá. Linda, contestaba él, con la cara apoyada contra la ventanilla. Está llena de cuadros.

No sé de dónde la sacaba la gorda, si la había heredado de la familia o de algún marido muerto, pero que la tenía, la tenía. Parecía un castillo, la casa. Debía tener como diez piezas. El fondo era enorme en serio, te cansabas de mirarlo, nada más. Tenía un quincho moderno y lujoso donde siempre nos cambiábamos con Walter, enfrente de una pileta gigante de agua cristalina; a veces me quedaba fumando un cigarrillo con el pibe que se la limpiaba. La señora no tiene marido, me decía el chico cuando yo, haciéndome el que no, buscaba sacarle información. Pero así y todo era ella, más que la casa, lo que te ponía a pensar. Estoy seguro de que si me la hubiera cruzado por la calle y hubiera hablado dos palabras con ella sin saber la casa que tenía igual me hubiera dado cuenta de que era gente de mucha plata. Pasaba al lado tuyo y se le sentía un perfume de los caros que después te quedaba rebotando en el estómago. Las manos llenas de joyas y esos ojos celestes de princesa extranjera que nunca había visto en ninguna de las negras de Podestá. Grandes y celestes de verdad, como el agua de la pileta, como los que tienen las reinas de los concursos de belleza. Para mí, como exagerando, debía tener cincuenta años. Era una mujer hermosa y muy educada, siempre te trataba de usted. Cuando uno le hacía un chiste, se reía de verdad. Con los hombros, con la panza. Se reía entera.

Ya eran mediados de febrero. Por esos días, después de varias entrevistas, me enteré de que había quedado en la Celkach de Pacheco, que por aquel tiempo tercerizaba para Volkswagen. Me hizo entrar un conocido; un golpe de fortuna después de varios años de malaria. Le avisé a la gorda que el otro sábado iba a ser el último que trabajaba en su casa. Qué pena, dijo. Recién cuando le expliqué los motivos sonrió. ¿Autopartes? Lo felicito. Eso parece ser lo suyo. La miré a los ojos con desconfianza pero no encontré ninguna saña. Al contrario, se acercó y me acarició un brazo: Si es para bien, Horacio, me alegro mucho por usted. Y ya se estaba yendo cuando se dio vuelta para mirarme: ¿Y Walter? ¿En qué anda? Ahí está. En cama. Por eso no vino hoy. Ella negó con la cabeza. Hermoso, su chico. Mándele saludos de mi parte.

La gorda, a diferencia de otros clientes, pagaba siempre a fin de mes. Había sido bastante generosa a la hora de arreglar los números, así que traté de que las cosas terminaran bien para todos. Ese último sábado le pedí a Walter que viniera, más que nada pensando en lo bien que se llevaba ella con él. Lo desperté a las siete. Parecía desganado. No con sueño. Más bien tirándose a chanta. Hacía varias semanas que no me acompañaba a la casona de Los Álamos. Dos veces seguidas porque estuvo enfermo (raro, él, que nunca se enfermaba, que estaba toda la semana sano, ayudándome en otras casas, y que de repente el viernes a la noche se le jorobaba la salud; ya me asustaba que me estuviera saliendo torcido, como las cucarachas de la esquina), otra porque le pidió a la madre ir a la casa de un amigo y ella le dio permiso sin consultármelo. Siempre lo consintió demasiado.

Levantate ya, le dije despacio, tranquilo, sin alzar la voz. Cambiate, lavate la cara y ponete las zapatillas. Si en cinco minutos no estás en la camioneta me vas a obligar a volver.

Walter se pasó una mano por los ojos.

Está bien.

Aquella mañana no nos abrió la puerta la gorda, sino la mucama, una misionera que se deslizaba como una sombra y que de vez en cuando se acercaba al fondo para preguntarnos si necesitábamos algo. Nosotros empezamos a trabajar. Cada tanto paraba para tomar un poco de aire, el calor era insoportable, y miraba la casa a ver si la gorda salía. Pero ya estábamos entrando en la tarde, nos faltaba hora, hora y media para terminar, y de ella todavía no había noticias. No me gustaba la idea de irnos de ahí sin verla. No me gustaba para nada. Ya la veía a la misionera diciéndonos no, la señora no me dejó nada, con cara asustadiza; ya me imaginaba que iba a tener que volver en la semana nada más que para buscar la plata. Y cuando se trata de eso, es difícil; cuando se trata de exigir lo que te corresponde, podés tocar el timbre una vez y después esperar y después volver a tocar el timbre todas las veces que quieras que igual nadie va a abrirte la puerta. Aquella mujer no parecía ese tipo de gente, pero cuántos habré conocido que no parecían ser así y que después a la hora de cerrar las cuentas se perdían.

Walter no se daba cuenta de nada, rastrillaba fuerte, apurado. Lo notaba tenso, duro, como un perro atragantado. En un momento le chiflé para ir a tomar un poco de agua y cuando estábamos entrando al quincho vi que tenía unas gotas rojas en la base de la muñeca. Seguí el hilo de las gotas y vi que un rasguño le cruzaba el brazo izquierdo desde la muñeca hasta casi el hueco del codo. Lo agarré de ese mismo brazo. ¿Y esto? Él se miró la herida y levantó los hombros.

No sé.

Traté de contenerme.

¿Sos boludo, pendejo? Lo empujé. Walter, de verdad, ¿sos boludo?

En el baño del quincho le lavé la sangre. El rasguño en algunos tramos se volvía bastante profundo, era difícil pensar que no se hubiera dado cuenta mientras se lo hacía. ¿Con qué se lo hizo? ¿Con alguna rama? ¿Con el clavo salido del mango del rastrillo? ¿Con las espinas de las enredaderas? ¿No lo sentiste? No. ¿Nada? Él volvió a negar con la cabeza. Lo miré muy fijo a los ojos, agarrándolo fuerte de un hombro, para que me entendiera bien lo que quería explicarle: Walter, cuando trabajás tenés que prestar atención a lo que hacés. ¿Me escuchás? Sos grande. Lo último que necesitamos ahora con tu mamá es esto. Walter dijo que sí con la cabeza y después soltó un suspiro mientras yo le apretaba la herida con un pedazo de tela que me había arrancado de la remera.

Mantenelo así que ahora vuelvo.

Salí puteando del quincho, en voz baja, por las dudas de que hubiera alguien dando vueltas. El sol de lleno en los ojos era una cosa que no te dejaba ver nada. Por eso tardé en reconocer qué era lo que se movía entre dos columnas de madera, varios metros más allá, cerca de la casa. Recién cuando la sombra de un árbol me cubrió los rayos del sol pude verlo con claridad. Fue tan absurdo que por un segundo me pareció como si estuviera en un sueño, donde según mi experiencia las cosas absurdas pasan y todo sigue como si nada. Era ella, la gorda. Tirada en la hamaca paraguaya. Desnuda. Comiendo sandía abajo del sol. Las tetas inmensas se le resbalaban para los costados. El pelo negro y lacio desparramado en los hombros. Seguí caminando como si no la hubiera visto. Pero ella me vio, y vio también que la había visto. Se levantó despacio, haciendo equilibrio para no caerse de la hamaca, que se torcía abajo de su peso, y acomodó los pies en la suave felpa del pasto que yo había cortado. Horacio, dijo, sin levantar la voz aunque estuviéramos lejos, convencida de que de cualquier manera yo iba a escucharla. El sol ahora me daba directo en la nuca. A ella en la cara. Tuvo que cubrirse los ojos con una mano.

Horacio, ¿adónde va tan apurado? ¿Necesita algo?

Me animé a levantar los ojos. La gorda solamente tenía puesta una bombacha roja de encaje. Mi hijo se cortó, le dije. ¿Su hijo? ¿Walter? Se seguía acercando mientras me hablaba. Volví a levantar los ojos. Traté de concentrar mi mirada en su cara. Ella no hacía ningún esfuerzo para cubrirse. Walter, sí. ¿Qué pasó? Se cortó con unas ramas. Madre de Dios. No se preocupe. No es nada grave. Madre de Dios, repitió la gorda, ¿quiere que llame a urgencias? No, no hace falta. Es un rasguño, nada más. Con unas gasas y alcohol nos arreglamos. La gorda se pasó una mano por la frente, brillante por la transpiración.

Mandemeló, dijo. Mandemeló ahora mismo para la casa que lo vemos.

Y cerró los ojos, de repente, resoplando fuerte, como mareada. Madre de Dios, volvió a decir. Mándelo ahora.

Después se dio vuelta y empezó a caminar despacio, zigzagueante, hasta la casa.

Yo crucé el parque. Mientras me acercaba al quincho sentí un temblor fuerte en el cuello que me duró hasta que entré y encontré a Walter sentado a un costado de la parrilla. Se apretaba la tela al brazo, tal como le había pedido. No parecía haber visto nada. Vamos, le dije. Él me miró sin entender. Vamos, le repetí.

Dejamos todo así como estaba, el pasto a medio cortar en el fondo, la máquina abajo del sol, y salimos por la puerta que había al costado de la casa. Tuve que pegarle un par de palazos al candado. Los perros ya nos conocían. Mientras forzábamos la puerta nos miraban moviendo la cola, jadeantes, como si estuviéramos jugando.

Este chico está raro, había dicho mi mujer, me acuerdo, a las pocas semanas de que yo empezara a llevar a Walter a trabajar a San Isidro. Está cambiado, este chico, decía.

Yo no le había prestado atención. Era difícil seguirla. Mi mujer siempre fue de hablar demasiado. Pero en ese momento, mientras le daba al candado con la pala, esas palabras habían vuelto a mi cabeza y me golpeaban como si fueran martillos, o como si fueran los mismos palazos que yo le estaba dando al candado en la puerta. Recién ahora me lo ponía a pensar. Todos los sábados de diciembre, todos los sábados de enero. Chocolatada bien fresquita. Walter se quedaba casi una hora ahí adentro, a veces más, mientras yo terminaba de hacer el laburo. Me gustaba que mi hijo le gustara a una mujer así, de la alta sociedad; me gustaba pensar que él iba a poder aprender de ella algo que le sirviera para la vida.

El semáforo en la Rotonda estaba en rojo. Los autos se empezaban a apilar. Miré a Walter. Él se seguía apretando el pedazo de tela sobre la herida. Todavía no podía sacarme de la cabeza las tetas enormes de esa mujer, hermosas y brillantes a la luz del sol, manchadas con las gotas rojas de la sandía que masticaba tirada en la hamaca con los ojos perdidos. Walter miraba la ventanilla. Recién cuando le hablé me di cuenta de que había estado varios segundos sin respirar. Me salió la voz quebrada.

Hijo, ¿te duele?

Él se volvió a mirar el brazo, después se acomodó en el asiento y negó con la cabeza.