jueves, 11 de diciembre de 2008

LOS AÑOS NO PASAN PARA SIMÓN


El peluquero más antiguo de Lomas se llama Simón Leoncio Prado. Había llegado de Paraguay mucho antes de que naciéramos, con el aval de haber ganado el concurso en innovación estilística “Pedro Juan Caballero 1973” (el diploma, enmarcado, todavía está colgado encima del espejo de su local), para instalarse a fines de la indescifrable década del setenta en la zona comercial de Arco, la más populosa del barrio, en uno de los cruces de las cinco esquinas.

La edad de Simón es todo un misterio. Muchos, por deducción, creemos que anda por los cincuenta, pero es difícil calculársela porque los años pasan y pasan y el tipo sigue siempre igual. Flaco, flaquísimo, como las seis de la tarde en el reloj. Siempre con la misma melena de rulos, larga, reluciente de gel, que tenía la primera vez que lo vimos.

Lo único que se intensificó fue su sordera. Ya de pibes teníamos que gritarle al oído para decirle cómo queríamos el corte. Hubo algún que otro episodio lamentable porque Simón, si no entendía bien lo que uno le pedía, no se gastaba en volver a preguntar. Directamente lo interpretaba a su manera.

Pero nosotros seguimos yendo durante años, más por una cuestión de geografía que de lealtad para con él. Su peluquería es la que queda más cerca, y además está en el barrio, Lomas querido, donde uno se siente en casa.

Con la muchachada somos de ponerles sobrenombres a todos. Maliciosamente, a Simón le tocó “Ardilla”. Tiene los dos dientitos de adelante para afuera. Simón no sabe nada de su apodo. Es un código nuestro; cuando vamos a la peluquería solamente le decimos Simón.

En la banda somos seis, siete; los mismos que jugamos al fútbol todos los sábados. Los años pasan para todos, y hay varios que ya se casaron, otros que se fueron a vivir por otros rumbos, pero lo que no cambia es que los sábados, en la cancha, estemos siempre los mismos.

El único que sigue soltero es Javi. Javi es un pibe que se toma todo con calma; nunca lo vimos enojarse por algo.

Hace unos días, cuando yo ya me estaba destapando una fresca para ver el partido, me sonó el celular.

–Eze, ¿me acompañás del Ardilla?

–No, Javi, ahora no puedo.

–Dale, guacho, un toque nomás.

–No puedo, ¡juega Boca, gallina!

–Dale, dale, dale.

–No.

–Dale, dale, dale.

Al final no me quedó otra que acompañarlo. Nos encontramos en la esquina y empezamos a pedalear hasta el Arco.

–Che, Eze –me dijo–. No se lo cuentes a nadie.

–Sí.

–Me estoy hablando con una chica.

–No me digas, ¡buena Javi! ¿Por eso te venís a rasurar?

–Sí, mañana la voy a llevar al cine.

–¡Ésa es la actitud! Yo no te quería decir nada, pero esa melena pide tijera hace rato.

Javi tiene en la cabeza una peluca desproporcionada que no se corta más o menos desde el secundario. Así que esta chica debe ser un caso especial. Javi está dispuesto a cortarse el pelo nomás por darle una buena impresión, y uno no cambia tanto a no ser que una mujer realmente le guste.

Pero a nuestro amigo ya por teléfono yo lo había notado distinto. ¡Me insistió para que lo acompañara a la peluquería! ¿Desde cuándo Javi insiste en algo?

–Esta mina te gusta, ¿no cierto?

–Sí –me dice–. Es simpática. Es buena. Es linda.

Javi me habla como cauteloso, sin querer demostrar mucha emoción, pero lo entiendo, no debe querer crear muchas expectativas, por las dudas de que al final no pase nada.

En la peluquería solamente había una señora.

–Buenas tardes, jóvenes –nos abrió la puerta Simón.

¡Simón, maestro! Hacía tanto que no lo veía.

Nos sentamos y Javi empezó a ojear unas revistas. Yo miraba de reojo el reloj. ¡Falta media hora para que juegue Boquita!

–¿Este corte que te parece?

Javi me señala la foto de un rubio tostado y blandito, con el jopo en diagonal.

–No sé, chabón, hacete lo que quieras.

–Pero aconsejame algo, vos que sabés de esto.

–Yo no tengo ni idea, Javi, pero ahora le preguntás al ardilla, él te va a saber decir.

Simón le estaba haciendo la tintura a la señora, en un sillón especialmente diseñado. Me fijo en las cosas. Todo sigue en su lugar. El diploma “Pedro Juan Caballero 1973”, colgado arriba del espejo. El portarretrato encima del mostrador, con la foto de su familia.

Simón también es un calco de lo que era. Con sus lentes de intelectual, con sus vaqueros ajustados, con su camisa verde a rayas (con los pibes nos preguntamos si no tendrá varias del mismo modelo); con esa melena larga y morocha de rulos, brillantes y engelados, a lo Patricia Sosa.

Javi sigue pispeando distintos cortes de pelo, yo leyendo el diario, cuando un alarido de espanto nos hace saltar en las sillas.

–¡No! ¡No! ¡No! ¡Te pedí castaño, hombre!

La señora, teñida de un rubio platinado despampanante, se mira al espejo aterrada.

¡Puta madre!, pensé. Simón tuvo que volver a teñirla y yo me perdí el primer tiempo de Boca.

Cuando la señora se fue, un rato más tarde, ya se estaba haciendo de noche.

–¡Vieja de mierda! –revoleó las tinturas Simón.

Después nos miró de refilón, acomodando la silla.

–¿Quién se corta?

–Él –le dije.

Javi se sentó de cara al espejo.

–Qué corte te hacés.

–¿Qué?

–Que qué corte te hacés.

–¿Qué?

Conviene decir que para entender a Simón hay que tener una sensibilidad especial. Ardilla habla gangoso, como si tuviera la boca llena de comida; cualidad que se intensifica cuando anda enojado.

Javi al final descifró el murmullo y le señaló la foto que me había mostrado antes.

–¿Este corte de rubia? No hay problema, caballero –le dijo Simón.

Y empezó su obra de arte. Los tijeretazos iban y venían, bien regulados, precisos. Ni una mosca se movía en el aire fresco del local. Solamente era el morder de las tijeras, el roce de los mechones que se caían al piso.

Pero fue cuestión de minutos para que pasara lo inevitable. Ardilla encendió la maquinita. Yo levanté la mirada del diario, expectante. En los viejos tiempos, cuando esa maquinita se encendía, significaba que algo impredecible podía pasar. Era como el lapidario torno de los dentistas.

–Atrás dejamelo desmechado –se apura en decirle Javi, conocedor de la reputación de esa cortadora de pasto brutal.

Pero Simón no lo llega a escuchar. Fiuuuu: la maquinita arrasa con todo lo que se encuentra a su paso.

–No, la máquina no –insiste Javi.

–¿Qué?

–Que atrás me lo dejés desmechado.

Simón sonríe.

–Lamentablemente –le explica–, eso ya no va a poder ser.

Y sigue pasando la maquinita, muy concentrado en su faena; fiuuuu por un lado, fiuuuu por este otro; fiuuuu por todas partes; la peluca de Javi se desarma a borbotones y forma una cordillera en el suelo.

Simón me mira, de repente.

–¿De qué te reís?

–No, de nada.

–¿Y de qué te reís? Mirá que ahora seguís vos.

–No, por hoy te la debo. Vos hacele un buen corte a mi amigo, que mañana tiene que ver a una mina.

Simón lo mira a Javi, con la maquinita en una mano.

–Ah ¿tenés que ver a una mina?

Entonces apaga la máquina, la apoya en el mostrador y mira por la ventana con una sonrisita pícara, como vigilando que no haya nadie cerca.

–Yo te voy a hablar de minitas, campeón. Yo tuve muchas minitas.

Javi se rasca la frente.

–¿Ah, sí?

–Uff, si supieras lo que era yo... –Simón cruza los brazos atrás de la espalda, alternando su mirada de lince entre mi amigo y las luces de la calle–. Cuando tenía tu edad, no paraba de fifar.

La cara de Javi es un canto a la incomodidad y no puedo evitar sentirme culpable. Yo le pido perdón con la mirada. ¡Se me escapó, viejo, cuando estoy nervioso no me doy cuenta de lo que digo!

–¿Te puedo dar un consejo? –pregunta Simón, y no espera a que Javi le conteste–. Para enamorar a esta chica tenés que darle una buena tunda en la cama. Hacele caso a uno que ya la vivió. Cuando tenía tu edad, en Pedro Caballero, me paseaba con seis minitas a la vez. Y si no andaba con más, era por falta de tiempo.

Javi mira para abajo y yo me meto para darle un respiro:

–¡Qué grande Simón!

Ardilla se vuelve a poner los anteojos. Saca las navajas, se inclina; empieza a moldear las patillas. De repente me dice:

–¿Tu amigo es medio sonso, no?

–No, es un amigazo –le contesto.

–Pero no habla.

Javi sigue mirando para abajo. Pone una mueca... Javi, ¡qué pibe más tímido!

–Decime –le dice Simón–, entre nosotros, ¿vos ya le viste la cara a Cristo?

–¿Yo? –se rasca la nuca Javi.

–Sí.

Simón, ¡callate de una vez!

–No, yo no.

–¿No? ¿Y qué esperás?

La respuesta de Javi lo agarra tan desprevenido al Ardilla como a mí:

–A estar enamorado.

–¿A qué?

–Que quiero esperar a estar enamorado.

Simón se vuelve a dar vuelta y me mira. Busca mi complicidad; pero ahora soy yo el que está mirando el suelo.

–Mirá vos –le empieza a decir Simón, en un tonito paternal–. Vos sos un romántico. Y te entiendo. Todos somos románticos. ¿A mi mujer cómo te pensás que la conquisté? La magia son los poemas.

–¿Sos poeta, Simón? –me vuelvo a meter.

–El mejor de todos... Pero, vos, muchacho, ¿cómo te llamabas?

–Javi.

–¿Cómo?

–Javi.

–Vos, Gabi, haceme caso, que mis palabras te van a guiar al éxito –lo mira a los ojos con un índice en alto–. Primero, antes que nada, a esta chica tenés que regalarle algo que nadie le haya regalado antes. Si no tenés guita, escribile un poema, o una carta, lo que quieras, como hice yo. Tratala con respeto, decile que es hermosa; tenés que portarte como un caballero. Pero después, si todo sale bien, como un varón, sin miedo, ¡a la mierda el romanticismo!, dale una buena tunda en la cama. Ahí te vas a dar cuenta. Si ella es la indicada, se va a quedar, y a vos te va a gustar que se quede. Y si no, nada de tangos, viejo, ¡a fifar con otra y se acabó!

Simón dio los últimos retoques con la navaja. Después agarró un espejo y le mostró a Javi cómo le había quedado el marote desde distintos ángulos. Nuestro amigo parecía otro. ¡Qué ironía! ¡Cómo el pelo, que tanto tiene que ver con la personalidad de uno (o, por lo menos, con lo que los demás ven de uno), puede depender pura y exclusivamente de la inspiración de otra persona!

Yendo al caso de aquella tarde, Simón no estaba en su jornada de mayor iluminación.

–Buenas noches, Simón.

–Chau, muchachos. Y vos, pibe, acordate de mis consejos... ¡Vas a ver que no fallan!

Y salimos apurados del local. Mi amigo lo primero que hizo fue encender un pucho.

–Che –me dijo en la esquina–, Ardilla me mató.

–No, boludo, te queda bien.

–¿Vos decís?

Javi vigilaba su nuevo look en el reflejo de una vidriera. Yo entonces me acordé de por qué hacía tanto que no me iba a cortar el pelo a lo de Simón. ¡Simón, criminal de cabelleras! ¡Le tendrían que dar trabajos comunitarios! Pero no dije nada. En vez de eso, le palmeé el hombro a mi amigo.

–Sí, en serio, más o menos zafa... Pero, de última, ¿qué te importa? Si esta chica vale la pena de verdad, no se va a fijar en un corte de pelo.

Empezamos a pedalear. Llegamos a la esquina de su casa y Javi me dio la mano.

–Nos vemos, che. Gracias por acompañarme.

–Nos vemos, loco –y mientras me iba le grité–: ¡Y el sábado llevá las piernas!

Me fui pedaleando a sesenta kilómetros por hora, a ver si llegaba para el segundo tiempo de mi Boquita querido.

Al final, a Javi le fue bien en el cine. A las pocas semanas nos contó que se había puesto de novio; nos lo contó mirando para otro lado, como queriendo disimular su entusiasmo, pero con una sonrisa que no le entraba en la boca.

Así que, hoy por hoy, en el equipo ya no quedan solteros.

Simón, por otra parte, sigue laburando en la misma esquina de siempre. El otro día pasé y vi que habían instalado un cartel nuevo en la entrada: “Simón Leoncio Prado. Estilista Unisex”. Simón justo estaba en la puerta y me saludó. Yo le devolví el saludo con la mano y enseguida me acordé de la última vez que había ido a su peluquería, para acompañar a Javi. De eso ya pasaron varios años y Simón todavía me reconoce. Es reconfortante saber que en algunos lugares nunca vas a ser un extraño.







miércoles, 3 de diciembre de 2008

UN SAPO EN EL TACHO



Esta madrugada me despertó un sapo. Yo andaba por el séptimo sueño, cuando sentí que el tacho de basura daba un saltito en la oscuridad. Pensé: ¿Desde cuándo los tachos se mueven solos? Así que encendí la luz para despejar la duda, y el corazón se me subió a la boca: un sapo enorme, grueso, estaba atrapado adentro del tacho.

Salí de la pieza sin hacer ruido, para no alterar su inmovilidad. Pero a los dos segundos, cuando volví a entrar con una escoba, el sapo me esperaba a la expectativa, a un costado de la mesita de luz.

Tardé cerca de media hora en echarlo. Tuve que correr la cama, el ropero, las sillas, de un lado para el otro. El bicho se me escabullía por todas partes, rebotaba como una pelota de goma, por acá, por allá.

Mi hermano me gritó desde su pieza.

-¿Por qué no te tocás una samba?

Al final, con una serie de escobazos, lo empujé hasta la puerta. Afuera caía un diluvio. El sapo empezó a saltar por la noche y desapareció entre unos helechos.

Me cuidé de cerrar bien la ventana antes de volver a acostarme. Evidentemente, el sapo entró por ahí. Ahora, no me explico cómo. Tuvo que haber sido un salto de mucha destreza.

Luciana no entiende cómo le puedo tener asco a los sapos. Yo tampoco entiendo de dónde me sale, ya lo tengo incorporado, pero es verdad que levantar al bicho de entrada, cuando estaba en el tacho, hubiese sido lo más fácil. Yo no me hubiera hecho tanto lío y él se hubiera ahorrado la tunda.

Fue la idea del tacto lo que me hizo descartar esa opción. Pensar en las patitas frías y ásperas del bicho luchando para escapárseme de entre los dedos, debatiéndose con esa panza fofa y pálida, con ese lomo escamoso y húmedo, con esa cabecita de ojos amarillos parecida al culo de un pollo. Me desalentó algo totalmente imaginario.

Pero bueno, a Dios gracias, el sapo ya no está. Tengo que pensar en otra cosa si quiero volver a dormirme. Pensar en lo que sea, nada que me importe mucho, hasta que la mente me empiece a divagar y me hunda en el sueño.

Y hablando del sueño, ¿qué era lo que estaba soñando antes de que este bicho me despertara? Porque estaba teniendo un sueño muy nítido, al punto de que tardé varios segundos en distinguir el sonido del tacho que se sacudía, de los sonidos del sueño que soñaba. Yo no soy de tener sueños así.

Pero ahora me acuerdo. Me acuerdo y me agarro la cabeza, con un gesto teatral, como si alguien pudiera preguntarme: ¿Te sentís bien, che?

Me acuerdo que soñé con Marina. Justo hoy. Justo con ella. En el sueño estábamos abrazados en esta misma cama, como dos pimpollos. Ella me acariciaba y sonreía; sonreía y suspiraba. Los ojos de Marina eran azules y aguados y me miraban con amor.

A mí nunca me interesó el significado de los sueños. Pero éste, particularmente, me puso a pensar. ¿Cómo vengo a soñar con Marina justo hoy, a un día de casarme con Luciana? ¿Cómo mi subconsciente me traiciona así?

Lo que más me confunde no es haber soñado con una mujer que no veo hace cuatro años, sino la consciencia de que lo disfruté. En el sueño Marina estaba preciosa. Calladita y tímida como la última vez que la vi.

Todavía, idealizando un poco, me puedo acordar de ella. Sabía pocas cosas de su mundo, pero la quise mucho soñando cómo sería tenerla en el mío. Un malentendido muy sonso fue lo que nos distanció. Ella creía que yo la buscaba solamente para hacer el amor, mientras que yo, por mi parte, pensaba que era ella la que me buscaba para eso. Y sin despedidas de por medio, nos dejamos de ver.

No volví a tener noticias suyas hasta mucho tiempo después, cuando coincidimos en el Chat y yo aproveché la casualidad para escribirle lo que en su momento no me había animado a decirle en persona: que había estado muy enamorado de ella. Se lo escribí creyendo que así me iba a poder perdonar a mí mismo semejante falta de personalidad. Yo sentía algo por ella, algo inexplicable pero concreto, y nunca se lo había dicho.

Pero, a esas alturas, decirlo no me sirvió. Al contrario, acentuó mi nostalgia. Luciana ya estaba en mi vida y Marina tenía que convertirse en un recuerdo apagado, como una foto tierna que se mira de noche, muy de vez en cuando.

Y ahora, cuando ya hace años que no pienso en ella, a mi subconsciente se le ocurre evocarla. No me lo puedo explicar. Esto me abre un montón de dudas sobre qué es lo que siento. Quizás hay otra persona adentro mío, una que no me habla, que no me escucha, que no me ve, pero que se entretuvo todos estos años pensando en Marina a mis espaldas. Quizás nunca dejé de quererla, y por esto de que las emociones van por un camino distinto al de los pensamientos, no pude darme cuenta.

Pero basta. Basta de tener estas ideas. Ahora necesito dormir. Tengo que descansar un rato, lo que sea, para mañana estar bien lúcido. Quiero comer y brindar con los amigos y parientes, y bailar hasta las siete de la mañana. Quiero que Luciana sea feliz y dejar de pensar en todo.

Unos botones de luz flotan en la persiana. Como quien no quiere la cosa, ya se está asomando el sol. El sol del sábado en el que voy a casarme. Dentro de unas horas, Luciana va a dejar de ser mi novia para pasar a ser mi mujer. Dentro de unas horas, yo voy a dejar de ser su novio para pasar a ser su marido. Ni siquiera quiero pensar en la convivencia. ¿Cómo va a ser dormir todos los días en la misma cama con la misma persona? ¿Llegará un punto en que terminemos soñando las mismas cosas?

Esta sola idea me araña. ¿Qué pasa si un día vuelvo a soñar con Marina? ¿Qué pasa si un día le empiezo a hablar entre sueños, como un sonámbulo? Durmiendo tan cerca, Luciana lo puede escuchar. Tantos años para que, de golpe, en una noche cualquiera, la confianza se deshilache. No, no quiero ni pensar en eso.

Así que me concentro para poner la mente en blanco. Pero no puedo. Cuando me golpean la puerta, a eso de las nueve de la mañana, todavía sigo mirando la pared. Es mi vieja, con el teléfono en la mano. Última vez, viejita querida, que me golpeás esta puerta y me encontrás amanecido, despeinado, en este dormitorio arado de madrugada y olor a cigarrillo.

La saludo, me deja el teléfono; se va.

–Sí.

–Buen día, amor, ¿cómo estás? –escucho la voz de Luciana en el teléfono.

–Todo bien, Lu, ¿vos?

Conversamos un rato largo, de cualquier cosa, antes de preguntarnos por las expectativas que tenemos para la noche. A ella se la nota tranquila, pero me confiesa que tiene algo de ansiedad.

–No sabés –le cuento un rato después, antes de despedirnos–. Esta madrugada me despertó un sapo.

–¿Cómo un sapo?

Al principio, Luciana no me cree; piensa que le estoy haciendo una broma. Pero entonces yo me enfoco en describirle todos los detalles de la situación y puedo convencerla de que pasó de verdad.

–Pobrecito –me dice, y se larga a reír.

Luciana sabe cómo soy. Sabe que no me gustan los sapos. No es que los odie o les tenga miedo; solamente me incomodan. Poder liberarnos el uno del otro fue un proceso desagradable, tanto para él como para mí.

Pero ella ahora se ríe de lo que pasó, y escuchar esa risita suave, ventosa, marina, compensa los sufrimientos de la batalla. Me hace relajar, me contagia, y yo también me largo a reír, sin entender muy bien por qué, pero cómplice de un momento de comunión, de la intimidad de reírme con ella.




jueves, 27 de noviembre de 2008

DICIEMBRE



Nosotros se lo dijimos en voz baja, como hablando un secreto:

–Cuidate, loco. Por favor cuidate.

Se lo pedimos de corazón, o con el pedacito mínimo de corazón que nos quedaba a esas alturas, pero perfectamente conscientes de que en esa empresa él, el corajudo, estaba arriesgando la vida.

Y por eso al principio no lo queríamos dejar ir.

–No, no, no.

–En serio, no.

–Sos un amigo.

–No te vamos a dejar solo en esta.

Y aunque entonces estábamos firmemente decididos a no dejarlo caer en semejante locura, poco a poco se nos fue ablandando la convicción, hasta que al final casi le lustramos el asiento de la bici para que por lo menos encarara la muerte con el traste feliz (porque estábamos seguros de que lo menos drástico que lo podía esperar allá afuera era la muerte).

Cuando llegó la hora, a él se lo vio más tranquilo que nunca. Nos despidió con un apretón de manos a cada uno, nos vemos guachos, vuelvo en diez minutos, hasta llegó a sonreír, y salió de la casa disparado, pedaleando como ciego por la madrugada nublada, antes de que se lo tragara la sombra inmensa que había en la esquina, esa negrura absoluta del otro lado de la cuadra que todavía nosotros no habíamos alcanzado a pisar.

A todo esto, en el barrio hacía doce días que se había cortado la luz. Hacía casi dos semanas que vivíamos todos encerrados en esa misma casa de ladrillos, sin ventanas y con las puertas clavadas, aislados de todo lo que estaba pasando. De los vecinos ya no teníamos noticias. De vez en cuando se escuchaba algún grito, pero nadie pretendía salir.

Los primeros días de encierro nos torturó hasta el delirio el calor. Vivir era una cosa tan pegajosa que nos quedábamos dormidos hasta estando parados. Los muebles se derretían de la humedad. En la cocina se había formado una laguna humeante que no se terminaba de secar nunca, porque el mismo vapor que subía viciando el aire después se desarmaba a chorros desde los techos.

Pero el infierno de la temperatura pasó a un segundo plano en la sexta jornada de reclusión, cuando cenamos pan con manteca y azúcar sabiendo que era lo último que nos quedaba de comer.

De ahí en adelante, la vida se pareció a un entresueño. Andábamos por la casa como sonámbulos, sin hablar, sin mirarnos, revisando recoveco por recoveco, cajón por cajón, con las gargantas llenas de una saliva viscosa que teníamos que devolver para no ahogarnos.

La sobrellevamos como pudimos. A uno de los muchachos se le ocurrió hervir las hilachas de unas sábanas por evocar los fideos que nos aturdían la imaginación. Fue un banquete de paraíso que recién vinimos a valorar como tal varios días después, cuando nos terminamos comiendo en crudo hasta los cepillos del escobillón, y uno de los muchachos gritó mamá, mamá, mamá, y se desmayó para siempre.

Eso fue al noveno día. Esa misma tarde, él, el corajudo, se plantó de cara a la puerta.

–Voy a pedir ayuda, muchachos. Voy a salir.

Su voz fantasmagórica fue toda una novedad. Nosotros, despatarrados como trapos por el piso nauseabundo y pegoteado de transpiración, creíamos que la habíamos soñado. Hacía días que no lo escuchábamos hablar.

Pero cuando abrimos los ojos, no había dudas de que había hablado él, lo pudimos ver nítidamente, solitario de cara a la puerta, como una aparición de otra época, más flaco que las seis de la tarde en el reloj, en cuero, barbudo, descalzo, doblado a la mitad por el esfuerzo que le recriminaba el acto de sostenerse en sus piernas, y cuando asomó la playera azulada, como una nave deshecha, sucia, con las llantas desinfladas y los rayos machucados por la frustración del encierro, nos dimos cuenta de que este pibe nos había hablado de verdad, y de que estaba pensando en salir en serio.

Entonces dejamos de economizar las energías que se gastan en la función del habla para hacerlo entrar en razón.

–No, loco, no.

–Ni en pedo.

–Que ni se te ocurra.

–No te vamos a dejar.

Pero nuestra disuasión no sirvió de mucho, y él ya había empezado a rasguñar los tablones clavados en la puerta de la entrada, cuando uno de los muchachos se le paró enfrente y lo agarró del brazo.

–No la abras.

–Soltame.

–No te voy a soltar.

El corajudo se dio vuelta con un empujón del codo y empezaron a tratarse a los golpes. Nadie los fue a separar. Los dos estaban tan endebles que las piñas iban y venían como en cámara lenta.

Terminaron durmiéndose en el piso, convalecientes uno por los arrebatos del otro, y recién se volvieron a despertar dos días después.

Y contra todo lo que nosotros hubiéramos podido sospechar, cuando el corajudo abrió los ojos y se levantó de un salto, todavía seguía firme en su propósito de encarar el mundo allá afuera (cuando en la casa por lo menos la muerte se podía aplazar en la espera de que volviera la luz, y con la luz, los beneficios y milagros del resto del mundo), gritando que tengo que salir, que tengo que salir, más seguro de sí mismo que nunca, con pedacitos de sangre coagulada alrededor de la mueca.

Y nosotros, al borde del delirio, mientras el olor de los muertos empezaba a descomponer las paredes, nos dimos cuenta de que él, el corajudo, era la única manera de no volver a concebir lo inconcebible, lo inimaginable; la antropofagia que nos ardía en la boca.

Y entonces casi gateamos hasta la puerta para ayudarlo a desclavar los mismos tablones que antes le habíamos negado con tanta porfía.

Y cuando por fin la puerta se abrió, cuando a la casa entró como una humareda el aire espeso y recalentado de la noche (un vapor todavía más congestionado que el que nos habíamos acostumbrado a respirar ahí adentro), varios empezaron a temblar de frío, otros de ansiedad, y casi todos de indecisión.

Y no era para menos. Afuera, una sombra de humo anegaba las calles a todo lo largo y ancho del barrio. No había luna. No había cielo. El humo de la oscuridad lo tapaba todo. Ni siquiera uno podía alcanzar a ver lo que había en la vereda de enfrente. Pero el silencio fue lo que más nos inquietó. El silencio en la intemperie se sentía tan tenso y sólido como el que flotaba adentro de la casa.

Entonces él, el corajudo, se trepó a su bici. Se lo veía tranquilo, destinado.

–¿Van a dejar que se vaya? –preguntó el mismo que lo había peleado–. ¿En serio van a dejar que se vaya?

Nadie contestó. Nadie. En vez de eso, nos acercamos y le palmeamos el hombro al corajudo, desde la entrada, sin pisar la vereda.

–Cuidate, loco. Por favor cuidate.

Y lo dejamos ir. Alzó vuelo por la calle, como ciego, como sonámbulo, en esa oscuridad absoluta. Movido por una energía secreta que uno no podía saber si nacía de su propia ansiedad o del coraje que le transmitía saber que lo admirábamos.

Y él, volando en el aire, con la playera azulada, deshecha, desapareciendo en la cortina negra que envolvía la esquina, fue lo último que alcanzamos a ver.

Uno de los muchachos se apuró en volver a cerrar la puerta. Entonces el otro, el mismo que se había agarrado con el corajudo dos noches atrás, se paró en el centro de la casa y nos fue señalando uno a uno, con una voz afónica, oblicua, arada de odio:

–Lo dejaron solo, egoístas. Cagones. Lo dejaron salir solo.

Y estuvo claro que el dardo nos tocó un punto neurálgico, porque uno de los muchachos le contestó con un empujón en la cara y a nadie le disgustó esa reacción.

Pero el otro, el empujado, siguió desde el suelo, con un hilito de voz, empañado de lágrimas.

–Lo dejaron solo, egoístas. Cagones. Cagones. Lo dejaron salir solo.

Y cada uno se tiró donde pudo, con su aliento, con su desnudez, con su hambre llena de espinas, escuchando como un eco interminable: sooolo, sooolo, sooolo; hasta que al rato nos quedamos dormidos.

Y esa noche, en esa casita turbia que se derrumbaba de a pedazos y en la que hasta las cosas más íntimas se habían vuelto conjuntas, todos terminamos soñando los mismos sueños. Primero fueron unos caracoles salados; que nos comíamos la cáscara, con bicho y todo adentro, y nadie podía decir que no fuera un manjar. Y soñamos que una mujer bendita, llena de uvas y de quesos, nos daba de mamar y una mano con plata (diez, veinte, treinta, y hasta treinta y cinco pesos) para comprar un kilo de carne en el súper.

Y después soñamos también con él, con él en su bici azulada, pedaleando y flotando en la calle hasta desaparecer en la esquina, tragado por esa sombra impredecible, de una negrura absoluta. Y del otro lado de esa sombra, en el sueño, estábamos nosotros, derrumbados en el pavimento, medio muertos de bronca y de cansancio, rogando que volviera la luz.

Fue justo en esa parte cuando uno de los muchachos sintió que un vientito con algo de mar le estaba acariciando la cara. Abrió los ojos y entonces lo vio: un ángel, con las alas anchas, desplegadas, empujando las aspas del ventilador de techo. Pensó que alucinaba, que todavía no había emergido del sueño, pero cuando se inclinó, cuando se restregó dos veces la mirada, era un ángel nítido lo que había flotando a un costado del ventilador de techo.

Y fue cuestión de segundos para que estuviéramos todos despiertos, agolpados alrededor de él, mirando esas aspas que giraban y giraban y giraban, eufóricos, incrédulos, pero íntimamente satisfechos de haber sobrevivido a nuestros propios límites.

Así que nomás nos fuimos dando la mano el uno al otro, recaudando fuerzas para la aventura de salir a la calle y volver a vivir como Dios manda (todos, todos, todos), y enterarnos de cómo había andado el asunto durante todo ese tiempo que anduvimos sin luz, y averiguar dónde estaba nuestro amigo, el corajudo, el único que se había animado a ponerle el pecho a la sombra.


miércoles, 12 de noviembre de 2008

ÉSE NO PODÍA DORMIR



A eso de las cuatro, la voz de Laura me hace abrir los ojos.

-Cantame algo, Eze. Si me querés, quedate y cantame algo al oído.

Me inclino en la cama y miro a Laura de reojo. Al principio pienso que me está haciendo una broma. Pero la sigo mirando un rato, sin moverme en la oscuridad, y no veo que se despierte.

Cuando el despertador irrumpe en la mañana, me doy cuenta de que estuve toda la noche despierto. Laura abre los ojos. Bosteza.

-¿Cómo dormiste, amor?

-Bien -le contesto-. ¿Vos?

-Bien. La verdad es que dormí muy bien.

Tengo los brazos de Laura alrededor de la nuca. La escucho suspirar.

-¿Sabías que hablás dormida?

-¿Yo?

-Sí. Anoche te escuché.

-No, no sabía. Nunca nadie me lo dijo.

Sonríe, se levanta; camina hasta el baño.

-¿Y qué decía? -me pregunta, intrigada, desde la puerta.

-No, no me acuerdo. Yo estaba medio dormido y no entendí nada.

Laura cierra la puerta del baño y siento el ruido de la ducha. Dentro de veinte minutos, esa puerta se va a abrir y voy a ver a Laura con el pelo mojado, envuelta en un toallón. De a poco vamos estableciendo nuestros ritos personales en la casa.

Con Laura nos vinimos a vivir juntos hace dos semanas. Por el momento, puedo decir que la convivencia es más complicada de lo que creía. Hay que desbaratar toda una intimidad. Antes podía dar vueltas en la cama, buscando la posición justa para cada pensamiento. Si quería, me podía quedar leyendo hasta tarde, fumar un cigarrillo o mirar fotos viejas. Ahora todo eso se acabó. Tengo que considerar el sueño de Laura. Todas las noches, no bien se acuesta, duerme como un bebé. Recién anoche me entero de que habla entre sueños.

Hoy es miércoles y según nuestro trato me toca cocinar a mí. Cuando vuelvo del trabajo, pido una pizza. Laura llega de la facultad, nos saludamos; nos sentamos a comer. Las primeras noches, lo primero que hacíamos era contarnos las cosas que nos habían pasado durante el día. Hoy los dos estamos cansados, comemos con apuro y conversamos poco y nada.

Después de ordenar la cocina, nos acostamos. Me desvisto, me acerco; Laura no quiere hacer el amor. Yo no insisto mucho. Los ojos se me caen del sueño. Me doy vuelta. Apago la luz. No sé cuánto tiempo pasa, que escucho la voz de nuevo:

-Quedate, Eze. Si me querés, quedate y cantame algo al oído.

Me siento en la cama y la miro. Laura tiene los ojos cerrados. Si no fuera porque ella es la única persona que hay en el dormitorio, podría jurar que ésa no fue su voz. Podría jurar que hay otra mujer, escondida abajo de la cama, haciéndose pasar por ella.

Miro el reloj en la mesita. Ya son las tres de la madrugada. Me sorprende. Yo creía que habían pasado quince minutos, como mucho, desde que nos acostamos. Laura duerme, pasea en el sueño con vaya a saber uno quién. ¿Cómo no se da cuenta de que no puedo pegar un ojo?

Al otro día vuelvo a ir a trabajar amanecido. Me puse a contar: son más de sesenta horas sin sueño. Durante la jornada, me la paso adentro de una burbuja. Los ojos me pican; las luces están más blancas que de costumbre. Escucho poco, hablo menos. Las cosas que hago, las hago sin pensar; me desenvuelvo por inercia, me dejo pasear por la rutina.

Al final de la jornada, pienso que pude sobrellevar el asunto bastante bien. Hasta que estoy parado en la puerta de casa y me doy cuenta de que no tengo las llaves. Reviso los bolsillos, el bolso; pero no hay caso. Ni siquiera tengo idea de dónde las pude haber dejado. Me siento en el descanso de las escaleras. Tengo hambre y me pesan los ojos. ¿Por qué tarda tanto Laura?

Un rato más tarde la veo asomarse por el pasillo.

-¿Por qué tardaste tanto? ¿Dónde estabas?

-Estaba en la facu, amor. Siempre llego a esta hora. ¿Te pasa algo?

-No, no. Está bien. Perdí las llaves.

Laura me acaricia la frente.

-No te preocupes. Deben estar en tu oficina.

Entramos. Ella sonríe. Se la ve feliz.

¿Por qué sonríe? ¿Por qué se la ve feliz?

Me disgusta empezar a sospechar. ¿Quién será "Eze"? Conozco a Laura desde hace años y nunca la escuché nombrar a ningún Ezequiel.

Durante la cena, estoy a un paso de preguntárselo. Pero no lo hago. La duda se queda ahí, raspándome la boca.

Esta vez nos vamos a acostar sin limpiar. Laura me da un beso en el cuello. Yo no me resisto. Apaga la luz. Cierro los ojos. Ya no quiero pensar en nada. Tengo un cansancio inmenso y los sentidos me empiezan a vacilar. Siento que me estoy sumergiendo en el agua. Los murmullos del barrio, la respiración de Laura, el tictac del reloj; todo se escucha como algodonado. El abismo del sueño se está abriendo en mi cabeza, y yo hago lo posible para inclinarme en ese abismo; me quiero hundir para siempre. Pero entonces hay una voz. Hay una voz nítida llamándome del otro lado.

-Si me amás, Eze, si de verdad me amás, quedate y cantame algo al oído.

Abro los ojos. Estoy tan sobresaltado que tardo unos segundos en darme cuenta de lo que termina de pasar. Laura está soñando con "Eze" de nuevo. Le termina de hablar a él. Acostada al lado mío. Miro los botones de luz en la persiana. De golpe se me ocurre que este tipo tiene que estar por acá.

Y no me equivoco. Cuando cuelgo la cabeza en el vacío, cuando miro abajo de la cama, ahí está él. Solamente le veo las piernas. Es como un cuerpo partido a la mitad. Y lo más llamativo de todo es que la mitad de mi cuerpo, colgada en el aire, congenia perfectamente con la otra mitad estirada en el piso.

¿Dónde están la cabeza, los ojos y las manos? Me bajo de la cama y cruzo el dormitorio en puntitas de pie. Como esperaba, el tipo está sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en la mesita. Yo me quedo quieto, en medio de la pieza.

-¿Qué hacés?

Él se pone un índice en la boca.

-Shh. No la despiertes.

Sigo el hilo de su mirada. Laura tiene una mano abajo de la almohada y la otra apoyada en la mano de él. Parece otra mujer, ahora que la miro. Los ojos, la nariz, la boca; ésos no son sus rasgos.

-¿Le cantás? -me pregunta él.

-¿Qué?

-Si le cantás. A ella le gusta que le canten.

-Laura es mi mujer. Andate.

-¿Entonces no le cantás?

-Andate ahora.

-Shh, hablá en voz baja. ¿Qué culpa tiene ella de que no puedas dormir?

-No importa. Andate.

-Dicen que el sueño es un asunto de conciencia. ¿Hay algo que te remuerde a vos?

-Andate.

-Contame, ¿la engañaste?

-No.

-¿Es eso? ¿Engañaste a esta preciosura?

-No. No. No. Andate. Andate. Solamente andate.

-Está bien. Me voy ahora para que no la despiertes. Mirá qué hermosa que se la ve dormida.

El tipo saca las piernas de abajo de la cama. Después se arrodilla, inclina su cara encima de la de Laura, y por un segundo pienso que la va a besar.

Y la besa. Desde donde estoy, veo que la besa.

Lo agarro del buzo. Él se levanta. Los dos nos miramos sin hablar. ¿Se dará cuenta de que me tiembla la mano? Lo suelto. Nos seguimos mirando. Después veo la ventana, cruzo el dormitorio y empiezo a subir la persiana. La subo hasta que aparece la luna. Y con la luna, aparece la noche clara, cargada de estrellas.

Él se inclina y cuenta los seis pisos que lo separan del suelo. No se resiste. No grita. Cae lento y mudo, como un mueble. Cae oscilante y liviano, como una hoja.

Lo único que queda ahora en la ventana es la noche. Me doy vuelta. Ahí está Laura, soñando, y entiendo que el tipo tenía razón: durmiendo se la ve hermosa. Me acuesto y apoyo una mano en su cintura, con cuidado, para no despertarla. Su respiración es tan mansa que casi no se siente. Después cierro los ojos y me quedo dormido enseguida.

jueves, 6 de noviembre de 2008

PRIMERA MUERTE

Somos como Adán y Eva

antes de mamá y papá.

En la persiana flotan tres botones de luz.

Yo te escucho lejos.

El reloj hace tic tac.

Tic tac. Tic tac.

Nos hundimos juntos.

Dolor mío, terrestre.


No me arrepiento después de lo que pase.

Abro los ojos y te veo sobrevivir.

Me das un beso que no duele

y estoy en tus hombros

soñando.

miércoles, 29 de octubre de 2008

RICARDO EL PROFETA

Yo siempre lo escuchaba, muy conciente de que los suyos eran solamente unos desvaríos de borracho, pero también con la casi traslúcida intuición de que esas palabras (unas veces incomprensibles, otras veces punzantes) venían desde el riñón mismo de la vida para contarme profunda e inequívocamente todo lo que me preocupaba saber de mi futuro.

Todo después de ese día en que me dijo:

–La mujer que no buscás es la que te está esperando.

Él iba por la cuarta cerveza, y miraba a una morocha de pelos negros y lacios, sentada en la mesa de al lado. Yo no me sentía de buenos ánimos, y un presagio como ése, tan genérico, tan simplista, no colaboraba en nada con mi situación. Así que tragué aire y, con un coraje que no acostumbro tener, le dije lo peor que se le podía decir:

–Me parece que ya te está subiendo el alcohol, profeta.

Lo hice con la alevosa intención de ofenderlo (yo sabía que ésa era la única forma de que me hiciera un pronóstico más elaborado, un poco más específico, porque él, en el fondo, era un borrachito muy orgulloso; no le gustaba que nadie le desprestigiara los augurios).

Seis segundos después, con una mirada llena de tranquilidad, pero incapaz de disimular el ego ultrajado, me dijo:

–La mujer que te espera tiene una hebilla azul. La vas a encontrar en un tren. Vos vas a estar leyendo un libro, y ella te va a mirar. Pero cuando levantes la mirada, ya no te va a estar mirando.

A esas alturas, era bien sabido por todos que los presagios de nuestro amigo siempre terminaban diciendo la verdad. Así que el anuncio de que una mujer concreta me estaba esperando en un tren me conmovió. Después de darle las gracias, después de palmearle el hombro, me levanté de la silla con la sensación de que a partir de ese momento empezaba otra vida distinta.

El profeta se llamaba Ricardo. Los sábados a la tarde, hasta bien entrada la noche, uno a uno íbamos rotando en la mesa del bar para sentarnos a un costado del maestro. Nosotros siempre le consultábamos sobre nuestro porvenir. Los honorarios eran una cerveza por cabeza; él solamente se encorvaba en el rincón más oscuro del antro, con su legendaria camiseta de Chacarita, con su proverbial cigarrillo pegado a la boca, y nos escuchaba atentamente, nos aprehendía una a una las inquietudes, para después dejarnos más solitarios y atrevidos que nunca con sus profecías infalibles, a prueba de cualquier tipo de azar.

Pero su popularidad de adivino, hoy por hoy mítica, se fue fundando de a poco. Con los muchachos nunca nos vamos a olvidar de esa tarde nublada en que por primera vez Ricardo sacó a luz sus milagros. Estábamos distraídos, charlando en nuestra mesa de siempre, cuando una amiga que ya no frecuentamos comentó al azar que les tenía terror a las arañas. Entonces él se enderezó en la silla (gesto que, a la postre, terminó siendo la señal sesgada de que todos en la mesa nos teníamos que callar) y soltó este comentario enigmático, inaprensible, inolvidable para siempre:

–Pensá en el nombre.

Solamente eso dijo. Nadie entendió ni se preocupó en entender qué era lo que Ricardo había querido decir, hasta el sábado siguiente, cuando esa misma amiga entró al bar empujando mesas, con una mueca que lo mismo podía ser de alegría que de espanto, y nos gritó en voz baja: “Adivinen qué”. La chica estaba embarazada de un mes.

Unas semanas más tarde, cuando todos ya lo empezábamos a mirar de reojo, pasó lo de Gabriel. Ése fue el incidente con el que se nos terminarían de disipar las dudas.

Resulta que Gabriel había conocido a una chica que lo volvía loco (fueron ésas sus palabras). Pero él estaba de novio desde hacía más de seis años, y esta nueva aparición, Laura, le exigía que terminara la relación con su novia si quería seguir viéndola. Gabriel no se podía decidir. Laura era lo que él siempre había soñado, pero no la conocía más que en encuentros fugaces, y no quería arriesgar una relación estable por un capricho que ni siquiera sabía decirse hasta qué punto era real.

Entonces se armó una discusión feroz en la mesa, entre lo que estaban a favor de que dejara a su novia, y los que estaban en contra de ése y cualquier otro tipo de idealización. Ricardo escuchó la discusión abstraído (como generalmente escuchaba todo, sin hacer comentarios, con el vaso en la mano, tomando un sorbo atrás del otro, haciendo solamente el intervalo necesario para respirar y digerir el elixir de sus prodigios).

Y fue después de un rato, cuando la discusión de Gabriel ya había caducado y todos flotábamos en otra nueva disputa, que Ricardo se enderezó en la silla, le pidió un cigarrillo a uno de los muchachos, y soltó este comentario en el aire, sin mirar a ninguno en particular:

–De ahora en más estate atento a la paloma.

Como con los muchachos no nos animamos a inquirirlo acerca de a quién estaba dirigida la advertencia, estuve varias semanas (y el sentido común me dice que no fui el único) vigilando con recelo los avatares de esos bichos raros y emplumados en los árboles, en las plazas, en el cielo infinito; abierto a cada mínima señal que pudieran transmitirme.

Ninguno, en su persecución personal, previó que el comentario estuviera dirigido a Gabriel.

Tres años después, cuando ya estaba felizmente casado, Gabriel nos confesó que, el día en que se decidió a dejar a su ex novia, había tenido un sueño en el que una paloma entraba a su pieza mientras dormía, y le soltaba un proyectil en la frente. Nos contó que cuando el impacto lo despertaba (todavía adentro del sueño), se encontraba con que el bicho estaba picoteando unos anillos de vidrio en la alfombra, con que en la ventana flotaba un amanecer verde (“era nítidamente verde, como la pared de mi casa de ahora”, nos dijo), y con que en su cama estaba durmiendo Laura; la que, a la larga, terminaría siendo su mujer.

Desde ese día, incluso para los que antes se habían mostrado más escépticos, el de Ricardo se volvió un talento innegable. Todos consideramos una consecuencia natural el hecho de que su reputación, con el correr de los años, fuera creciendo de forma exponencial. Ya no estaba circunscrita a las fronteras del barrio, sino que venían a consultarlo desde parajes urgentes, provincias nevadas, culturas remotas.

Ricardo, al contrario de lo que se pudiera sospechar, nunca se dejó influir por semejante ebullición. Siguió siendo el mismo nabo de siempre. El mismo flaco introvertido, desgarbado, petiso, de rulos oscuros y díscolos. Con su cerveza en la mano, con su cigarrillo en la boca, con ese mismo hielo de inexpresión en la mirada que para cualquiera que no lo conociera podía pasar por arrogancia, por soberbia, pero que para nosotros, para los que estuvimos con él desde el principio, era un sello inconfundible de su nostalgia, una marca indeleble de su eterna, inexplicable y honda tristeza.


**


Fue un punto de inflexión en mi vida la tarde en que el profeta me anunció que una mujer de hebilla azul me estaba esperando en un tren. Sus palabras, más por el contexto que por lo que decían en sí, me tocaron un punto neurálgico.

Por ese entonces, hacía tiempo que yo venía enamorado de una mujer que no quería estar conmigo ni me atendía cuando la llamaba. Lo que más me molestaba era saber que ella estaba de novia con un rubio blandito de ojos azules que no me llegaba a los talones. No, no es que no me llegara a los talones. Pero lo que sí era seguro era que ese tipo no estaba a la altura de ella.

Yo siempre le hablaba de esta chica a Ricardo. Había sido compañera mía en el colegio y, una noche de verano que nunca me pude olvidar, me besó en una esquina secreta, abajo de la luna, ondulándonos al compás de los grillos. No me podía explicar el porqué, pero algo en mis pensamientos me decía que solamente podía ser ella mi compañera ideal, ésa con la que estaba destinado a pasear por la vida.

Yo siempre le hablaba, pero, por una obstinación que en su momento no pude entender, Ricardo nunca me quiso vaticinar nada con respecto a ella. Nunca una palabra, ni siquiera algún gestito de compasión por el cual yo pudiera extraer mis propias conjeturas. En mi interior, creía que lo que pasaba era que el profeta no me podía entender. Que mi caso era tan singular, tan apartado de toda norma, que, incluso ante una clarividencia privilegiada como la suya, comparecía indescifrable.

Nunca, hasta esa tarde en que me dijo que la que me esperaba era justamente la que yo no buscaba, se me ocurrió pensar que el largo y terco silencio de Ricardo para con mi persona era todo el augurio que necesitaba darme.

Conmocionado por sus primeras palabras sobre el asunto, cometí, no solamente la imprudencia de requerir más información, sino de hacerlo por el temerario método (que a muchos antes ya les había costado perder su amistad) de cuestionar la veracidad de su pronóstico.

Fue esa tarde cuando me di cuenta de que Ricardo tenía un respeto especial por mí. Me di cuenta en el momento en que le dije lo peor que se le podía decir, y él, en vez de ignorarme para siempre, se dio vuelta en la silla, me miró lleno de tranquilidad y, con el vaso suspendido entre la mesa y su boca, decretó el primer y último presagio que habría de hacer sobre mi vida:

–La mujer que te espera tiene una hebilla azul. La vas a encontrar en un tren. Vos vas a estar leyendo un libro, y ella te va a mirar. Pero cuando levantes la mirada, ya no te va a estar mirando.

Nunca supe en concreto qué fue lo que lo movió a hablarme ese día, pero mi presunción es que estaba harto (o compadecido) de que insistiera tanto hablándole de mi compañera del colegio.

La cuestión es que, después de escucharlo, mis hábitos se volvieron otros. Me compré una bolsa de novelas para leer en el tren. Cada vez que terminaba un párrafo, levantaba los ojos del libro de turno y miraba a mi alrededor, buscando los ojos que hasta un segundo antes me tendrían que haber estado mirando. Era importante que, en el momento en que alzara la mirada, esa chica me dejara de mirar. Era importante, por sobre todo, que tuviera puesta una hebilla azul. Me subí a trenes desconocidos, con estaciones ignotas y lejanas, solamente por tentar a la suerte.

Cuando el día se había hecho sábado, ya había terminado de leer seis libros, pero no había señales de la mujer que me esperaba.

Ricardo estaba en su rincón de siempre, rodeado de su multitud de admiradores, cuando entré al bar; lento, decepcionado. Él hizo un gesto con la mano para que desocuparan la silla que tenía a su derecha. Yo me senté. Le conté que no había encontrado a ésa que él me había dicho. Le dije que la necesitaba encontrar con urgencia, que hacía tiempo que me sentía solo, muy solo; le expliqué lo importante que era para mi salud mental que fuera un poco más específico.

Él no contestó a ninguna de mis exigencias. No dejaba de mirar fijamente la mesa de al lado. Yo seguí el hilo de su mirada, confundido, y descubrí, sentada, con un vaso de cerveza en la mano, a la misma morocha que él había estado mirando el sábado anterior.

Era una mujer hermosa, pero no llamativa; su hermosura incluso podía pasar desapercibida si se la miraba por primera vez. Pero era cuestión de mantenerse en el acto de mirarla, que algo en su presencia emergía muy despacio, casi imperceptiblemente, hasta envolverla de cuerpo entero, como un nimbo, como una lumbre que encandilaba cualquier facultad de comprensión. Y entonces uno sabía perfectamente que no podía haber en el mundo otra mujer de una hermosura más constante y original que la que tenía esa chica, sentada enfrente nuestro.

Ricardo la miraba en silencio.

–¿En qué andás pensando, maestro? –le pregunté.

Él no contestó. Por la abstracción de su silencio, me di cuenta de que sus pensamientos no tenían nada que ver con lo que miraba.

Era bien sabido por todos que a Ricardo, si había algo que lo irritaba, era que lo interrumpieran cuando estaba pensando. A esas alturas de su prestigio, nadie hubiera incurrido en el sacrilegio de desbaratar sus reflexiones crípticas, vedadas al común de los mortales. Nadie lo hubiera hecho, excepto yo. Cuando le palmeé el hombro, cuando lo arranqué de su inmenso mundo interno, los ojos le cambiaron sutilmente de color (incluso pareció parpadear), se inclinó en la silla, relajando los hombros, y soltó con un bufido el aire acumulado durante su ensimismamiento largo.

Entonces sentí que masticaba unas palabras, pero sin llegarlas a pronunciar; se quedaron ahí, rayándole los dientes.

Yo le pedí otra cerveza a la mesera y le serví un vaso a mi amigo. Él lo vació de un sorbo, sin respirar; vi la nuez que bajaba y subía, como la cabeza de un náufrago, pidiendo socorro abajo de la piel.

Entonces fui consciente de que era importante decirle lo que hacía mucho tiempo venía pensando.

–Vos nunca hablás de vos, Ricardo.

El profeta no contestó.

–Nunca se sabe las cosas que te pasan –volví a hablarle, volví a animarme.

Fue otro silencio de Ricardo.

Entonces amagué a levantarme, pero él, intempestivamente, tosió. Lo vi enderezándose en su silla. Lo escuché pedirme un cigarrillo. Yo se lo di.

–Sentate –me dijo.

Y me senté.

–Yo no sé dónde está la mujer que te espera. Eso nadie te lo puede decir.

–Pero vos sí. Vos sabés de estas cosas, Ricardo; vos adivinás.

Él negó con el índice en el aire, enfatizándome lo que me decía, mirándome a los ojos.

–Pedime lo que quieras, cualquier cosa, pero no que adivine tu vida. Sos mi único amigo y no pienso hacerte eso.

Se sirvió un vaso, sirvió otro para mí, y cuando lo vi vaciar el suyo de otro sorbo largo, espeso, gutural, me di cuenta de que nuestra conversación había llegado a su fin.

“Nos vemos el sábado que viene”, me despedí, palmeándole el hombro. No me quedé esperando la respuesta que él igualmente no me hubiera alcanzado a dar. Antes de que terminara de levantarme, un cordobés de barba, que había viajado especialmente para verlo, ya se había sentado en mi silla para consultar su futuro.

Cuando estaba saliendo del bar, caí en la cuenta de un detalle que hasta ese momento me había pasado desapercibido. Desde la puerta, cuando me di vuelta, cuando miré casualmente una de las mesas, descubrí que la morocha, la de la hermosura simple y constante, tenía una hebilla azul atada en el pelo. Ricardo ahora ya no la miraba. Parecía muy concentrado decodificándole el futuro al cordobés.











jueves, 23 de octubre de 2008

EL PRIMER HOMBRE QUE NO MURIÓ


Me estoy quedando dormido, cuando siento la descarga eléctrica. Me sobresalto, trago aire, cambio de posición. No me llego a preguntar de dónde vino ese golpe oscuro, ese sismo de cuerpo entero. Estoy muy cansado. Siento el sueño que me aplasta y desvirtúa las ideas.

Abro los ojos. Lo primero que veo es un árbol. Atrás del árbol, un cielo negro, la luna. Mis manos tocan el pasto húmedo y frío. Me duelen los huesos de la espalda. Un líquido ardiente y viscoso fluye desde algún punto de mi cráneo, discurre por mi nuca, me empapa los hombros. Toco el líquido y me miro la mano. Es sangre. El dolor del cráneo se intensifica. Los párpados me pesan y todo se pone oscuro.

Abro los ojos de nuevo. Escucho el ventilador, el ruido de las cortinas que rozan las paredes. Tengo las piernas llenas de una transpiración fría. Alrededor, todo es oscuridad. Una noche ciega. Sigo muy cansado, pero ahora otra sensación me inunda, se impone a la del agobio: es el terror. Me satura un terror inmenso; no puedo saber a qué. Me hace sentir muy débil. Algo en la oscuridad me acecha, y me siento triste. No tengo fuerzas para enfrentarme a lo que sea que me esté acechando. Voy a morir.

Mi mejilla está húmeda, helada. Quiero levantarla, secarme, entender dónde estoy. Intento moverme, pero me duele el cuerpo. Son miles de agujas que me salpican la carne cada vez que pretendo levantarme. Sí, es pasto. Estoy inmóvil y dolorido en un yuyal. Abro los ojos; veo el árbol. Veo las estrellas. Veo la luna.

Sé cuáles son mis chances. Si no quiero morir, tengo que levantarme ahora. Hacer un esfuerzo, soportar el dolor. Entiendo de dónde viene mi angustia. Hay una bestia agazapada en la oscuridad. Ella puede sentir el aroma dulzón de mi sangre. Puede inspirar el olor amargo de mi terror. Merodea el valle toda la noche. El árbol es mi refugio. Mi salvación. No voy a morir esta noche.

¿De dónde sale este miedo hondo que no puedo entender? Fue esa descarga. Ese golpe oscuro, esa caída. El sueño me transporta al sueño de los otros. Me levanto. No lo soñé. No es un sueño este dolor de mi carne. La bestia me acecha, agazapada, alerta en la sombra. No hay tiempo para rendirse al miedo. Tengo que alcanzar el árbol, arrastrar las piernas, gemir en voz baja.

¿Qué habrá sentido el primer hombre que murió? ¿Qué habrá pensado en el instante previo a que todo se apagara? ¿Habrá creído que empezaba un sueño más? ¿Y después? ¿Los otros? ¿Qué habrán pensado los otros cuando lo encontraron inerte, helado, rodeado de moscas? Lo voy a lograr. Mis manos ya se deslizan en la piel áspera del árbol. Me trepo. Los otros hombres descansan, duermen en las ramas. Sigo trepando. Entonces pasa. Siento el viento. La bestia salta desde la oscuridad. Su rugido saca volando a los pájaros. Los otros hombres se despiertan. Ninguno cae.

El miedo no cede. Mi almohada arde; la transpiración fría me salpica las piernas. No quiero morir. No quiero quedarme dormido acá adentro. La bestia clava sus garras en la corteza del árbol. Su aliento espeso me hace llorar los ojos. La bestia no puede alcanzarme. Estoy a salvo. Lo miro desde la rama alta. Los otros hombres sueltan piedras. La bestia ruge, inspira el olor amargo del terror. Termina alejándose.

Dentro de miles de años, mis descendientes van a soñar mis sueños. Mis miedos más profundos. Van a soñar que no pude morir. Abro los ojos. Estoy solo en mi pieza; puedo escuchar el ventilador. En la ventana se ve la luz del día.





miércoles, 15 de octubre de 2008

LA CAMISA DEL DRAGÓN

Mi amiga me la había traído de Córdoba. Era una camisa verde fosforescente, de manga larga, con un estampado en el pecho que a primera vista no pude descifrar. Tuve que estirar la camisa en la mesa para verlo: era un dragón rojo, escupiendo fuego rojo. En la espalda, había un dragón idéntico, pero intensamente azul.

–Gracias, Laurita.

–¿Te gusta?

–Está bárbara.

–Carlos me dijo que no iba con tu personalidad. Pero la vendedora nos contó que estas camisas son amuletos muy populares contra la mala suerte, y enseguida me acordé de vos.

–¿De mí?

–Sí. Vos siempre te quejás de tu suerte. Se me ocurrió que esto a lo mejor te podía ayudar.

Le agradecí el gesto con un abrazo. Pensé que hacía mucho tiempo que no abrazaba a nadie. Cuando ella y Carlos se fueron, un rato más tarde, guardé la camisa cuidadosamente en el ropero, sabiendo que nunca la iba a usar.

El tema es que, esa misma noche, el destino me jugó una mala pasada. En el Chaco no llovía desde hacía nueve meses. Justo la noche en que me decido a lavar mi ropa, se larga un diluvio universal. Cuando al otro día me levanto, hay ríos revueltos en las calles, los árboles flotan arrancados de raíz, y, en la terraza, las únicas dos camisas que tengo para ir a trabajar parecen trapos, están casi disueltas contra el piso.

Revolví toda la casa buscando una alternativa. Pero mi vestuario no abunda, y no me quedó otra que ponerme la camisa del dragón. Estuve un rato mirándome al espejo del baño. Después me dije: “Es solamente una camisa. Es nada más que una camisa”. Y salí a enfrentarme al mundo.

Diez metros tardó la mañana en desalentarme.

Rosa, mi vecina, me miró con las cejas levantadas.

–Hoy se lo ve distinto, joven.

Yo me rasqué la frente.

–Qué desastre la tormenta –le señalé la calle.

–Sí, la verdad es que nunca vi algo así –me dijo ella, sin dejar de mirar mi camisa.

Me despedí enseguida y caminé hasta la avenida del centro. En vez de colectivos estaban pasando lanchas. Le habían pegados carteles a las proas, para indicar el número de línea. Yo me subí a la veintidós. Durante todo el trayecto no dejé de sentirme observado. De tanto en tanto, la lancha quedaba varada y yo aprovechaba la distracción para vigilar a los pasajeros. Había dos señoras de anteojos. Cuatro chicos con guardapolvos. Un señor con boina y bastón. Cuando llegamos a la zona alta de la ciudad y me levanté para bajarme, escuché que una de las señoras comentaba: “Esto en nuestros tiempos no se veía”. Yo lo sentí una agresión injusta. Me pasé todo el camino hasta la oficina tratando de digerir el comentario.

De la parada hasta la empresa había seis cuadras. Generalmente iba despacio, mirando baldosas; tardaba media hora en cruzarlas. Pero aquella mañana las hice volando. No quería cruzarme a ningún conocido.

Hubo un silencio sepulcral en el trabajo cuando me vieron entrar. Por un instante, fueron seis caras pálidas, absortas, mirándome sin comentarios. Era la primera vez que llegaba temprano en años. Yo retomé el tema del que hablaban.

–Qué tormenta la de anoche.

Marcos se largó a reír.

–¿De dónde sacaste ese mantel?

Me cargaron toda la tarde. Mi jefe fue él único que me defendió.

–Vos no le hagas caso a éstos. Para cambiar hay que ser corajudo.

Yo lo único que quería era que no me viera Natalia. Natalia trabaja en el piso de arriba, es la que atiende el teléfono. Es una morochita linda, tiene un tatuaje en el ombligo y todas las noches pienso un minuto en ella. Cuando Jorge me mandó a llevarle unos papeles, interiormente lo odié. A veces me molesta que, de las treinta personas que somos en esta empresa, veintinueve puedan darme órdenes. Pero no me quedó otra que ir. Si quiero que Natalia me mire con otros ojos, tengo que subir escalón por escalón, con paciencia y sacrificio, hasta que un día llegue a ser yo el jefe de todos.

Natalia sonrió cuando me vio entrar.

–¿Cambio de look?

–Cambio de look.

La chica me miraba, con picardía, con ingenuidad. Yo le alcancé los papeles.

–Gracias, Fabi –me dijo.

Cuando volví abajo, me sentía mucho mejor. Soporté las bromas de los muchachos sin contestarles hasta que se hizo la hora de salir.

En la puerta encendí mi primer y último cigarrillo del día. Caminé hasta la parada de colectivos, tan apurado en irme como había llegado. Pero en la esquina me crucé con una imagen que me sobresaltó. Era Natalia. Rara vez coincidimos. “¿Qué hacés? –le dije–. ¿Vas para allá?” Empezamos a caminar juntos. Natalia era una chica simpática y yo me sentía cómodo conversando con ella.

En cierto punto, me gritaron desde un auto.

–¡Llevala volando, dragón!

Yo miré el coche que se iba. Me habían empezado a transpirar las manos.

–Es una linda camisa –me miró de reojo Natalia.

–Yo me la puse porque me la regaló una amiga. Por eso.

–Pero a mí me gusta. Es una camisa... única.

Era la primera vez que charlaba con ella sobre algo que no tuviera que ver con el trabajo. Cuando llegamos a la avenida del centro, la corriente ya había bajado, y los colectivos habían vuelto a pasar. Yo me subí al mismo colectivo que tenía que tomarse ella. No me importó no saber dónde iba a dejarme ni que estuviera lleno de gente. Durante el trayecto, charlamos con fluidez. En compañía de Natalia, no sentía que nadie me estuviera juzgando. Antes de que se bajara, la invité a mirar una película esa noche. Ella me contestó que sí.

Me bajé dos paradas después. Empecé a caminar a la deriva. La buena nueva de que iba a salir con Natalia me distrajo al punto de que tardé un rato en darme cuenta de que no sabía dónde estaba. Y en cualquier momento podía oscurecer. Le pregunté a una señora por la dirección. Ella miró mi camisa y siguió de largo apurada, sin contestarme. Un viento frío había empezado a soplar. Era un aire helado, desconocido, que me empujaba los pelos y la cara. Pensé que el viento era una señal del destino, diciéndome para qué lado me convenía avanzar. Lo seguí sin esfuerzo; él mismo me arrastraba, me hacía flotar en el aire.

Tuve motivos para cambiar de rumbo cuando vi que empezaba a adentrarme en una zona oscura. Las calles estaban desiertas, las puertas y las ventanas de las casas ya se habían cerrado, y no se veían los edificios de la ciudad. En una esquina, de repente, dos muchachos me cruzaron. Me preguntaron si tenía hora. Yo les contesté que estaban por ser las siete, mientras volvía a caminar. Pero uno me agarró del brazo, se levantó la remera y vi el relámpago de un cuchillo. Me robaron todo. La billetera, la mochila; hasta los zapatos. Antes de que se fueran, les pregunté si sabían cómo llegar a la calle Éxodo Toba. Uno de los muchachos me recomendó que me tomara el dieciséis. Yo no sabía dónde estaba la parada y el otro me dijo: “Seguí derecho dos cuadras, después hacé tres a la izquierda y otra más a la derecha”.

Fue una providencia encontrármelos justo en ese momento. Media hora después, ya estaba en mi casa, tranquilo, listo para bañarme y cambiarme. Por un segundo, cuando tuve que elegir qué ropa me iba a poner, consideré la opción de la camisa. Pero al final la descarté. La guardé cuidadosamente en mi ropero y me quedé con una remera.