miércoles, 29 de octubre de 2008

RICARDO EL PROFETA

Yo siempre lo escuchaba, muy conciente de que los suyos eran solamente unos desvaríos de borracho, pero también con la casi traslúcida intuición de que esas palabras (unas veces incomprensibles, otras veces punzantes) venían desde el riñón mismo de la vida para contarme profunda e inequívocamente todo lo que me preocupaba saber de mi futuro.

Todo después de ese día en que me dijo:

–La mujer que no buscás es la que te está esperando.

Él iba por la cuarta cerveza, y miraba a una morocha de pelos negros y lacios, sentada en la mesa de al lado. Yo no me sentía de buenos ánimos, y un presagio como ése, tan genérico, tan simplista, no colaboraba en nada con mi situación. Así que tragué aire y, con un coraje que no acostumbro tener, le dije lo peor que se le podía decir:

–Me parece que ya te está subiendo el alcohol, profeta.

Lo hice con la alevosa intención de ofenderlo (yo sabía que ésa era la única forma de que me hiciera un pronóstico más elaborado, un poco más específico, porque él, en el fondo, era un borrachito muy orgulloso; no le gustaba que nadie le desprestigiara los augurios).

Seis segundos después, con una mirada llena de tranquilidad, pero incapaz de disimular el ego ultrajado, me dijo:

–La mujer que te espera tiene una hebilla azul. La vas a encontrar en un tren. Vos vas a estar leyendo un libro, y ella te va a mirar. Pero cuando levantes la mirada, ya no te va a estar mirando.

A esas alturas, era bien sabido por todos que los presagios de nuestro amigo siempre terminaban diciendo la verdad. Así que el anuncio de que una mujer concreta me estaba esperando en un tren me conmovió. Después de darle las gracias, después de palmearle el hombro, me levanté de la silla con la sensación de que a partir de ese momento empezaba otra vida distinta.

El profeta se llamaba Ricardo. Los sábados a la tarde, hasta bien entrada la noche, uno a uno íbamos rotando en la mesa del bar para sentarnos a un costado del maestro. Nosotros siempre le consultábamos sobre nuestro porvenir. Los honorarios eran una cerveza por cabeza; él solamente se encorvaba en el rincón más oscuro del antro, con su legendaria camiseta de Chacarita, con su proverbial cigarrillo pegado a la boca, y nos escuchaba atentamente, nos aprehendía una a una las inquietudes, para después dejarnos más solitarios y atrevidos que nunca con sus profecías infalibles, a prueba de cualquier tipo de azar.

Pero su popularidad de adivino, hoy por hoy mítica, se fue fundando de a poco. Con los muchachos nunca nos vamos a olvidar de esa tarde nublada en que por primera vez Ricardo sacó a luz sus milagros. Estábamos distraídos, charlando en nuestra mesa de siempre, cuando una amiga que ya no frecuentamos comentó al azar que les tenía terror a las arañas. Entonces él se enderezó en la silla (gesto que, a la postre, terminó siendo la señal sesgada de que todos en la mesa nos teníamos que callar) y soltó este comentario enigmático, inaprensible, inolvidable para siempre:

–Pensá en el nombre.

Solamente eso dijo. Nadie entendió ni se preocupó en entender qué era lo que Ricardo había querido decir, hasta el sábado siguiente, cuando esa misma amiga entró al bar empujando mesas, con una mueca que lo mismo podía ser de alegría que de espanto, y nos gritó en voz baja: “Adivinen qué”. La chica estaba embarazada de un mes.

Unas semanas más tarde, cuando todos ya lo empezábamos a mirar de reojo, pasó lo de Gabriel. Ése fue el incidente con el que se nos terminarían de disipar las dudas.

Resulta que Gabriel había conocido a una chica que lo volvía loco (fueron ésas sus palabras). Pero él estaba de novio desde hacía más de seis años, y esta nueva aparición, Laura, le exigía que terminara la relación con su novia si quería seguir viéndola. Gabriel no se podía decidir. Laura era lo que él siempre había soñado, pero no la conocía más que en encuentros fugaces, y no quería arriesgar una relación estable por un capricho que ni siquiera sabía decirse hasta qué punto era real.

Entonces se armó una discusión feroz en la mesa, entre lo que estaban a favor de que dejara a su novia, y los que estaban en contra de ése y cualquier otro tipo de idealización. Ricardo escuchó la discusión abstraído (como generalmente escuchaba todo, sin hacer comentarios, con el vaso en la mano, tomando un sorbo atrás del otro, haciendo solamente el intervalo necesario para respirar y digerir el elixir de sus prodigios).

Y fue después de un rato, cuando la discusión de Gabriel ya había caducado y todos flotábamos en otra nueva disputa, que Ricardo se enderezó en la silla, le pidió un cigarrillo a uno de los muchachos, y soltó este comentario en el aire, sin mirar a ninguno en particular:

–De ahora en más estate atento a la paloma.

Como con los muchachos no nos animamos a inquirirlo acerca de a quién estaba dirigida la advertencia, estuve varias semanas (y el sentido común me dice que no fui el único) vigilando con recelo los avatares de esos bichos raros y emplumados en los árboles, en las plazas, en el cielo infinito; abierto a cada mínima señal que pudieran transmitirme.

Ninguno, en su persecución personal, previó que el comentario estuviera dirigido a Gabriel.

Tres años después, cuando ya estaba felizmente casado, Gabriel nos confesó que, el día en que se decidió a dejar a su ex novia, había tenido un sueño en el que una paloma entraba a su pieza mientras dormía, y le soltaba un proyectil en la frente. Nos contó que cuando el impacto lo despertaba (todavía adentro del sueño), se encontraba con que el bicho estaba picoteando unos anillos de vidrio en la alfombra, con que en la ventana flotaba un amanecer verde (“era nítidamente verde, como la pared de mi casa de ahora”, nos dijo), y con que en su cama estaba durmiendo Laura; la que, a la larga, terminaría siendo su mujer.

Desde ese día, incluso para los que antes se habían mostrado más escépticos, el de Ricardo se volvió un talento innegable. Todos consideramos una consecuencia natural el hecho de que su reputación, con el correr de los años, fuera creciendo de forma exponencial. Ya no estaba circunscrita a las fronteras del barrio, sino que venían a consultarlo desde parajes urgentes, provincias nevadas, culturas remotas.

Ricardo, al contrario de lo que se pudiera sospechar, nunca se dejó influir por semejante ebullición. Siguió siendo el mismo nabo de siempre. El mismo flaco introvertido, desgarbado, petiso, de rulos oscuros y díscolos. Con su cerveza en la mano, con su cigarrillo en la boca, con ese mismo hielo de inexpresión en la mirada que para cualquiera que no lo conociera podía pasar por arrogancia, por soberbia, pero que para nosotros, para los que estuvimos con él desde el principio, era un sello inconfundible de su nostalgia, una marca indeleble de su eterna, inexplicable y honda tristeza.


**


Fue un punto de inflexión en mi vida la tarde en que el profeta me anunció que una mujer de hebilla azul me estaba esperando en un tren. Sus palabras, más por el contexto que por lo que decían en sí, me tocaron un punto neurálgico.

Por ese entonces, hacía tiempo que yo venía enamorado de una mujer que no quería estar conmigo ni me atendía cuando la llamaba. Lo que más me molestaba era saber que ella estaba de novia con un rubio blandito de ojos azules que no me llegaba a los talones. No, no es que no me llegara a los talones. Pero lo que sí era seguro era que ese tipo no estaba a la altura de ella.

Yo siempre le hablaba de esta chica a Ricardo. Había sido compañera mía en el colegio y, una noche de verano que nunca me pude olvidar, me besó en una esquina secreta, abajo de la luna, ondulándonos al compás de los grillos. No me podía explicar el porqué, pero algo en mis pensamientos me decía que solamente podía ser ella mi compañera ideal, ésa con la que estaba destinado a pasear por la vida.

Yo siempre le hablaba, pero, por una obstinación que en su momento no pude entender, Ricardo nunca me quiso vaticinar nada con respecto a ella. Nunca una palabra, ni siquiera algún gestito de compasión por el cual yo pudiera extraer mis propias conjeturas. En mi interior, creía que lo que pasaba era que el profeta no me podía entender. Que mi caso era tan singular, tan apartado de toda norma, que, incluso ante una clarividencia privilegiada como la suya, comparecía indescifrable.

Nunca, hasta esa tarde en que me dijo que la que me esperaba era justamente la que yo no buscaba, se me ocurrió pensar que el largo y terco silencio de Ricardo para con mi persona era todo el augurio que necesitaba darme.

Conmocionado por sus primeras palabras sobre el asunto, cometí, no solamente la imprudencia de requerir más información, sino de hacerlo por el temerario método (que a muchos antes ya les había costado perder su amistad) de cuestionar la veracidad de su pronóstico.

Fue esa tarde cuando me di cuenta de que Ricardo tenía un respeto especial por mí. Me di cuenta en el momento en que le dije lo peor que se le podía decir, y él, en vez de ignorarme para siempre, se dio vuelta en la silla, me miró lleno de tranquilidad y, con el vaso suspendido entre la mesa y su boca, decretó el primer y último presagio que habría de hacer sobre mi vida:

–La mujer que te espera tiene una hebilla azul. La vas a encontrar en un tren. Vos vas a estar leyendo un libro, y ella te va a mirar. Pero cuando levantes la mirada, ya no te va a estar mirando.

Nunca supe en concreto qué fue lo que lo movió a hablarme ese día, pero mi presunción es que estaba harto (o compadecido) de que insistiera tanto hablándole de mi compañera del colegio.

La cuestión es que, después de escucharlo, mis hábitos se volvieron otros. Me compré una bolsa de novelas para leer en el tren. Cada vez que terminaba un párrafo, levantaba los ojos del libro de turno y miraba a mi alrededor, buscando los ojos que hasta un segundo antes me tendrían que haber estado mirando. Era importante que, en el momento en que alzara la mirada, esa chica me dejara de mirar. Era importante, por sobre todo, que tuviera puesta una hebilla azul. Me subí a trenes desconocidos, con estaciones ignotas y lejanas, solamente por tentar a la suerte.

Cuando el día se había hecho sábado, ya había terminado de leer seis libros, pero no había señales de la mujer que me esperaba.

Ricardo estaba en su rincón de siempre, rodeado de su multitud de admiradores, cuando entré al bar; lento, decepcionado. Él hizo un gesto con la mano para que desocuparan la silla que tenía a su derecha. Yo me senté. Le conté que no había encontrado a ésa que él me había dicho. Le dije que la necesitaba encontrar con urgencia, que hacía tiempo que me sentía solo, muy solo; le expliqué lo importante que era para mi salud mental que fuera un poco más específico.

Él no contestó a ninguna de mis exigencias. No dejaba de mirar fijamente la mesa de al lado. Yo seguí el hilo de su mirada, confundido, y descubrí, sentada, con un vaso de cerveza en la mano, a la misma morocha que él había estado mirando el sábado anterior.

Era una mujer hermosa, pero no llamativa; su hermosura incluso podía pasar desapercibida si se la miraba por primera vez. Pero era cuestión de mantenerse en el acto de mirarla, que algo en su presencia emergía muy despacio, casi imperceptiblemente, hasta envolverla de cuerpo entero, como un nimbo, como una lumbre que encandilaba cualquier facultad de comprensión. Y entonces uno sabía perfectamente que no podía haber en el mundo otra mujer de una hermosura más constante y original que la que tenía esa chica, sentada enfrente nuestro.

Ricardo la miraba en silencio.

–¿En qué andás pensando, maestro? –le pregunté.

Él no contestó. Por la abstracción de su silencio, me di cuenta de que sus pensamientos no tenían nada que ver con lo que miraba.

Era bien sabido por todos que a Ricardo, si había algo que lo irritaba, era que lo interrumpieran cuando estaba pensando. A esas alturas de su prestigio, nadie hubiera incurrido en el sacrilegio de desbaratar sus reflexiones crípticas, vedadas al común de los mortales. Nadie lo hubiera hecho, excepto yo. Cuando le palmeé el hombro, cuando lo arranqué de su inmenso mundo interno, los ojos le cambiaron sutilmente de color (incluso pareció parpadear), se inclinó en la silla, relajando los hombros, y soltó con un bufido el aire acumulado durante su ensimismamiento largo.

Entonces sentí que masticaba unas palabras, pero sin llegarlas a pronunciar; se quedaron ahí, rayándole los dientes.

Yo le pedí otra cerveza a la mesera y le serví un vaso a mi amigo. Él lo vació de un sorbo, sin respirar; vi la nuez que bajaba y subía, como la cabeza de un náufrago, pidiendo socorro abajo de la piel.

Entonces fui consciente de que era importante decirle lo que hacía mucho tiempo venía pensando.

–Vos nunca hablás de vos, Ricardo.

El profeta no contestó.

–Nunca se sabe las cosas que te pasan –volví a hablarle, volví a animarme.

Fue otro silencio de Ricardo.

Entonces amagué a levantarme, pero él, intempestivamente, tosió. Lo vi enderezándose en su silla. Lo escuché pedirme un cigarrillo. Yo se lo di.

–Sentate –me dijo.

Y me senté.

–Yo no sé dónde está la mujer que te espera. Eso nadie te lo puede decir.

–Pero vos sí. Vos sabés de estas cosas, Ricardo; vos adivinás.

Él negó con el índice en el aire, enfatizándome lo que me decía, mirándome a los ojos.

–Pedime lo que quieras, cualquier cosa, pero no que adivine tu vida. Sos mi único amigo y no pienso hacerte eso.

Se sirvió un vaso, sirvió otro para mí, y cuando lo vi vaciar el suyo de otro sorbo largo, espeso, gutural, me di cuenta de que nuestra conversación había llegado a su fin.

“Nos vemos el sábado que viene”, me despedí, palmeándole el hombro. No me quedé esperando la respuesta que él igualmente no me hubiera alcanzado a dar. Antes de que terminara de levantarme, un cordobés de barba, que había viajado especialmente para verlo, ya se había sentado en mi silla para consultar su futuro.

Cuando estaba saliendo del bar, caí en la cuenta de un detalle que hasta ese momento me había pasado desapercibido. Desde la puerta, cuando me di vuelta, cuando miré casualmente una de las mesas, descubrí que la morocha, la de la hermosura simple y constante, tenía una hebilla azul atada en el pelo. Ricardo ahora ya no la miraba. Parecía muy concentrado decodificándole el futuro al cordobés.











jueves, 23 de octubre de 2008

EL PRIMER HOMBRE QUE NO MURIÓ


Me estoy quedando dormido, cuando siento la descarga eléctrica. Me sobresalto, trago aire, cambio de posición. No me llego a preguntar de dónde vino ese golpe oscuro, ese sismo de cuerpo entero. Estoy muy cansado. Siento el sueño que me aplasta y desvirtúa las ideas.

Abro los ojos. Lo primero que veo es un árbol. Atrás del árbol, un cielo negro, la luna. Mis manos tocan el pasto húmedo y frío. Me duelen los huesos de la espalda. Un líquido ardiente y viscoso fluye desde algún punto de mi cráneo, discurre por mi nuca, me empapa los hombros. Toco el líquido y me miro la mano. Es sangre. El dolor del cráneo se intensifica. Los párpados me pesan y todo se pone oscuro.

Abro los ojos de nuevo. Escucho el ventilador, el ruido de las cortinas que rozan las paredes. Tengo las piernas llenas de una transpiración fría. Alrededor, todo es oscuridad. Una noche ciega. Sigo muy cansado, pero ahora otra sensación me inunda, se impone a la del agobio: es el terror. Me satura un terror inmenso; no puedo saber a qué. Me hace sentir muy débil. Algo en la oscuridad me acecha, y me siento triste. No tengo fuerzas para enfrentarme a lo que sea que me esté acechando. Voy a morir.

Mi mejilla está húmeda, helada. Quiero levantarla, secarme, entender dónde estoy. Intento moverme, pero me duele el cuerpo. Son miles de agujas que me salpican la carne cada vez que pretendo levantarme. Sí, es pasto. Estoy inmóvil y dolorido en un yuyal. Abro los ojos; veo el árbol. Veo las estrellas. Veo la luna.

Sé cuáles son mis chances. Si no quiero morir, tengo que levantarme ahora. Hacer un esfuerzo, soportar el dolor. Entiendo de dónde viene mi angustia. Hay una bestia agazapada en la oscuridad. Ella puede sentir el aroma dulzón de mi sangre. Puede inspirar el olor amargo de mi terror. Merodea el valle toda la noche. El árbol es mi refugio. Mi salvación. No voy a morir esta noche.

¿De dónde sale este miedo hondo que no puedo entender? Fue esa descarga. Ese golpe oscuro, esa caída. El sueño me transporta al sueño de los otros. Me levanto. No lo soñé. No es un sueño este dolor de mi carne. La bestia me acecha, agazapada, alerta en la sombra. No hay tiempo para rendirse al miedo. Tengo que alcanzar el árbol, arrastrar las piernas, gemir en voz baja.

¿Qué habrá sentido el primer hombre que murió? ¿Qué habrá pensado en el instante previo a que todo se apagara? ¿Habrá creído que empezaba un sueño más? ¿Y después? ¿Los otros? ¿Qué habrán pensado los otros cuando lo encontraron inerte, helado, rodeado de moscas? Lo voy a lograr. Mis manos ya se deslizan en la piel áspera del árbol. Me trepo. Los otros hombres descansan, duermen en las ramas. Sigo trepando. Entonces pasa. Siento el viento. La bestia salta desde la oscuridad. Su rugido saca volando a los pájaros. Los otros hombres se despiertan. Ninguno cae.

El miedo no cede. Mi almohada arde; la transpiración fría me salpica las piernas. No quiero morir. No quiero quedarme dormido acá adentro. La bestia clava sus garras en la corteza del árbol. Su aliento espeso me hace llorar los ojos. La bestia no puede alcanzarme. Estoy a salvo. Lo miro desde la rama alta. Los otros hombres sueltan piedras. La bestia ruge, inspira el olor amargo del terror. Termina alejándose.

Dentro de miles de años, mis descendientes van a soñar mis sueños. Mis miedos más profundos. Van a soñar que no pude morir. Abro los ojos. Estoy solo en mi pieza; puedo escuchar el ventilador. En la ventana se ve la luz del día.





miércoles, 15 de octubre de 2008

LA CAMISA DEL DRAGÓN

Mi amiga me la había traído de Córdoba. Era una camisa verde fosforescente, de manga larga, con un estampado en el pecho que a primera vista no pude descifrar. Tuve que estirar la camisa en la mesa para verlo: era un dragón rojo, escupiendo fuego rojo. En la espalda, había un dragón idéntico, pero intensamente azul.

–Gracias, Laurita.

–¿Te gusta?

–Está bárbara.

–Carlos me dijo que no iba con tu personalidad. Pero la vendedora nos contó que estas camisas son amuletos muy populares contra la mala suerte, y enseguida me acordé de vos.

–¿De mí?

–Sí. Vos siempre te quejás de tu suerte. Se me ocurrió que esto a lo mejor te podía ayudar.

Le agradecí el gesto con un abrazo. Pensé que hacía mucho tiempo que no abrazaba a nadie. Cuando ella y Carlos se fueron, un rato más tarde, guardé la camisa cuidadosamente en el ropero, sabiendo que nunca la iba a usar.

El tema es que, esa misma noche, el destino me jugó una mala pasada. En el Chaco no llovía desde hacía nueve meses. Justo la noche en que me decido a lavar mi ropa, se larga un diluvio universal. Cuando al otro día me levanto, hay ríos revueltos en las calles, los árboles flotan arrancados de raíz, y, en la terraza, las únicas dos camisas que tengo para ir a trabajar parecen trapos, están casi disueltas contra el piso.

Revolví toda la casa buscando una alternativa. Pero mi vestuario no abunda, y no me quedó otra que ponerme la camisa del dragón. Estuve un rato mirándome al espejo del baño. Después me dije: “Es solamente una camisa. Es nada más que una camisa”. Y salí a enfrentarme al mundo.

Diez metros tardó la mañana en desalentarme.

Rosa, mi vecina, me miró con las cejas levantadas.

–Hoy se lo ve distinto, joven.

Yo me rasqué la frente.

–Qué desastre la tormenta –le señalé la calle.

–Sí, la verdad es que nunca vi algo así –me dijo ella, sin dejar de mirar mi camisa.

Me despedí enseguida y caminé hasta la avenida del centro. En vez de colectivos estaban pasando lanchas. Le habían pegados carteles a las proas, para indicar el número de línea. Yo me subí a la veintidós. Durante todo el trayecto no dejé de sentirme observado. De tanto en tanto, la lancha quedaba varada y yo aprovechaba la distracción para vigilar a los pasajeros. Había dos señoras de anteojos. Cuatro chicos con guardapolvos. Un señor con boina y bastón. Cuando llegamos a la zona alta de la ciudad y me levanté para bajarme, escuché que una de las señoras comentaba: “Esto en nuestros tiempos no se veía”. Yo lo sentí una agresión injusta. Me pasé todo el camino hasta la oficina tratando de digerir el comentario.

De la parada hasta la empresa había seis cuadras. Generalmente iba despacio, mirando baldosas; tardaba media hora en cruzarlas. Pero aquella mañana las hice volando. No quería cruzarme a ningún conocido.

Hubo un silencio sepulcral en el trabajo cuando me vieron entrar. Por un instante, fueron seis caras pálidas, absortas, mirándome sin comentarios. Era la primera vez que llegaba temprano en años. Yo retomé el tema del que hablaban.

–Qué tormenta la de anoche.

Marcos se largó a reír.

–¿De dónde sacaste ese mantel?

Me cargaron toda la tarde. Mi jefe fue él único que me defendió.

–Vos no le hagas caso a éstos. Para cambiar hay que ser corajudo.

Yo lo único que quería era que no me viera Natalia. Natalia trabaja en el piso de arriba, es la que atiende el teléfono. Es una morochita linda, tiene un tatuaje en el ombligo y todas las noches pienso un minuto en ella. Cuando Jorge me mandó a llevarle unos papeles, interiormente lo odié. A veces me molesta que, de las treinta personas que somos en esta empresa, veintinueve puedan darme órdenes. Pero no me quedó otra que ir. Si quiero que Natalia me mire con otros ojos, tengo que subir escalón por escalón, con paciencia y sacrificio, hasta que un día llegue a ser yo el jefe de todos.

Natalia sonrió cuando me vio entrar.

–¿Cambio de look?

–Cambio de look.

La chica me miraba, con picardía, con ingenuidad. Yo le alcancé los papeles.

–Gracias, Fabi –me dijo.

Cuando volví abajo, me sentía mucho mejor. Soporté las bromas de los muchachos sin contestarles hasta que se hizo la hora de salir.

En la puerta encendí mi primer y último cigarrillo del día. Caminé hasta la parada de colectivos, tan apurado en irme como había llegado. Pero en la esquina me crucé con una imagen que me sobresaltó. Era Natalia. Rara vez coincidimos. “¿Qué hacés? –le dije–. ¿Vas para allá?” Empezamos a caminar juntos. Natalia era una chica simpática y yo me sentía cómodo conversando con ella.

En cierto punto, me gritaron desde un auto.

–¡Llevala volando, dragón!

Yo miré el coche que se iba. Me habían empezado a transpirar las manos.

–Es una linda camisa –me miró de reojo Natalia.

–Yo me la puse porque me la regaló una amiga. Por eso.

–Pero a mí me gusta. Es una camisa... única.

Era la primera vez que charlaba con ella sobre algo que no tuviera que ver con el trabajo. Cuando llegamos a la avenida del centro, la corriente ya había bajado, y los colectivos habían vuelto a pasar. Yo me subí al mismo colectivo que tenía que tomarse ella. No me importó no saber dónde iba a dejarme ni que estuviera lleno de gente. Durante el trayecto, charlamos con fluidez. En compañía de Natalia, no sentía que nadie me estuviera juzgando. Antes de que se bajara, la invité a mirar una película esa noche. Ella me contestó que sí.

Me bajé dos paradas después. Empecé a caminar a la deriva. La buena nueva de que iba a salir con Natalia me distrajo al punto de que tardé un rato en darme cuenta de que no sabía dónde estaba. Y en cualquier momento podía oscurecer. Le pregunté a una señora por la dirección. Ella miró mi camisa y siguió de largo apurada, sin contestarme. Un viento frío había empezado a soplar. Era un aire helado, desconocido, que me empujaba los pelos y la cara. Pensé que el viento era una señal del destino, diciéndome para qué lado me convenía avanzar. Lo seguí sin esfuerzo; él mismo me arrastraba, me hacía flotar en el aire.

Tuve motivos para cambiar de rumbo cuando vi que empezaba a adentrarme en una zona oscura. Las calles estaban desiertas, las puertas y las ventanas de las casas ya se habían cerrado, y no se veían los edificios de la ciudad. En una esquina, de repente, dos muchachos me cruzaron. Me preguntaron si tenía hora. Yo les contesté que estaban por ser las siete, mientras volvía a caminar. Pero uno me agarró del brazo, se levantó la remera y vi el relámpago de un cuchillo. Me robaron todo. La billetera, la mochila; hasta los zapatos. Antes de que se fueran, les pregunté si sabían cómo llegar a la calle Éxodo Toba. Uno de los muchachos me recomendó que me tomara el dieciséis. Yo no sabía dónde estaba la parada y el otro me dijo: “Seguí derecho dos cuadras, después hacé tres a la izquierda y otra más a la derecha”.

Fue una providencia encontrármelos justo en ese momento. Media hora después, ya estaba en mi casa, tranquilo, listo para bañarme y cambiarme. Por un segundo, cuando tuve que elegir qué ropa me iba a poner, consideré la opción de la camisa. Pero al final la descarté. La guardé cuidadosamente en mi ropero y me quedé con una remera.