jueves, 23 de octubre de 2008

EL PRIMER HOMBRE QUE NO MURIÓ


Me estoy quedando dormido, cuando siento la descarga eléctrica. Me sobresalto, trago aire, cambio de posición. No me llego a preguntar de dónde vino ese golpe oscuro, ese sismo de cuerpo entero. Estoy muy cansado. Siento el sueño que me aplasta y desvirtúa las ideas.

Abro los ojos. Lo primero que veo es un árbol. Atrás del árbol, un cielo negro, la luna. Mis manos tocan el pasto húmedo y frío. Me duelen los huesos de la espalda. Un líquido ardiente y viscoso fluye desde algún punto de mi cráneo, discurre por mi nuca, me empapa los hombros. Toco el líquido y me miro la mano. Es sangre. El dolor del cráneo se intensifica. Los párpados me pesan y todo se pone oscuro.

Abro los ojos de nuevo. Escucho el ventilador, el ruido de las cortinas que rozan las paredes. Tengo las piernas llenas de una transpiración fría. Alrededor, todo es oscuridad. Una noche ciega. Sigo muy cansado, pero ahora otra sensación me inunda, se impone a la del agobio: es el terror. Me satura un terror inmenso; no puedo saber a qué. Me hace sentir muy débil. Algo en la oscuridad me acecha, y me siento triste. No tengo fuerzas para enfrentarme a lo que sea que me esté acechando. Voy a morir.

Mi mejilla está húmeda, helada. Quiero levantarla, secarme, entender dónde estoy. Intento moverme, pero me duele el cuerpo. Son miles de agujas que me salpican la carne cada vez que pretendo levantarme. Sí, es pasto. Estoy inmóvil y dolorido en un yuyal. Abro los ojos; veo el árbol. Veo las estrellas. Veo la luna.

Sé cuáles son mis chances. Si no quiero morir, tengo que levantarme ahora. Hacer un esfuerzo, soportar el dolor. Entiendo de dónde viene mi angustia. Hay una bestia agazapada en la oscuridad. Ella puede sentir el aroma dulzón de mi sangre. Puede inspirar el olor amargo de mi terror. Merodea el valle toda la noche. El árbol es mi refugio. Mi salvación. No voy a morir esta noche.

¿De dónde sale este miedo hondo que no puedo entender? Fue esa descarga. Ese golpe oscuro, esa caída. El sueño me transporta al sueño de los otros. Me levanto. No lo soñé. No es un sueño este dolor de mi carne. La bestia me acecha, agazapada, alerta en la sombra. No hay tiempo para rendirse al miedo. Tengo que alcanzar el árbol, arrastrar las piernas, gemir en voz baja.

¿Qué habrá sentido el primer hombre que murió? ¿Qué habrá pensado en el instante previo a que todo se apagara? ¿Habrá creído que empezaba un sueño más? ¿Y después? ¿Los otros? ¿Qué habrán pensado los otros cuando lo encontraron inerte, helado, rodeado de moscas? Lo voy a lograr. Mis manos ya se deslizan en la piel áspera del árbol. Me trepo. Los otros hombres descansan, duermen en las ramas. Sigo trepando. Entonces pasa. Siento el viento. La bestia salta desde la oscuridad. Su rugido saca volando a los pájaros. Los otros hombres se despiertan. Ninguno cae.

El miedo no cede. Mi almohada arde; la transpiración fría me salpica las piernas. No quiero morir. No quiero quedarme dormido acá adentro. La bestia clava sus garras en la corteza del árbol. Su aliento espeso me hace llorar los ojos. La bestia no puede alcanzarme. Estoy a salvo. Lo miro desde la rama alta. Los otros hombres sueltan piedras. La bestia ruge, inspira el olor amargo del terror. Termina alejándose.

Dentro de miles de años, mis descendientes van a soñar mis sueños. Mis miedos más profundos. Van a soñar que no pude morir. Abro los ojos. Estoy solo en mi pieza; puedo escuchar el ventilador. En la ventana se ve la luz del día.





1 comentario:

Anónimo dijo...

te lo dije antes y te lo vuelvo a decir... me encanta!



(L)