miércoles, 15 de octubre de 2008

LA CAMISA DEL DRAGÓN

Mi amiga me la había traído de Córdoba. Era una camisa verde fosforescente, de manga larga, con un estampado en el pecho que a primera vista no pude descifrar. Tuve que estirar la camisa en la mesa para verlo: era un dragón rojo, escupiendo fuego rojo. En la espalda, había un dragón idéntico, pero intensamente azul.

–Gracias, Laurita.

–¿Te gusta?

–Está bárbara.

–Carlos me dijo que no iba con tu personalidad. Pero la vendedora nos contó que estas camisas son amuletos muy populares contra la mala suerte, y enseguida me acordé de vos.

–¿De mí?

–Sí. Vos siempre te quejás de tu suerte. Se me ocurrió que esto a lo mejor te podía ayudar.

Le agradecí el gesto con un abrazo. Pensé que hacía mucho tiempo que no abrazaba a nadie. Cuando ella y Carlos se fueron, un rato más tarde, guardé la camisa cuidadosamente en el ropero, sabiendo que nunca la iba a usar.

El tema es que, esa misma noche, el destino me jugó una mala pasada. En el Chaco no llovía desde hacía nueve meses. Justo la noche en que me decido a lavar mi ropa, se larga un diluvio universal. Cuando al otro día me levanto, hay ríos revueltos en las calles, los árboles flotan arrancados de raíz, y, en la terraza, las únicas dos camisas que tengo para ir a trabajar parecen trapos, están casi disueltas contra el piso.

Revolví toda la casa buscando una alternativa. Pero mi vestuario no abunda, y no me quedó otra que ponerme la camisa del dragón. Estuve un rato mirándome al espejo del baño. Después me dije: “Es solamente una camisa. Es nada más que una camisa”. Y salí a enfrentarme al mundo.

Diez metros tardó la mañana en desalentarme.

Rosa, mi vecina, me miró con las cejas levantadas.

–Hoy se lo ve distinto, joven.

Yo me rasqué la frente.

–Qué desastre la tormenta –le señalé la calle.

–Sí, la verdad es que nunca vi algo así –me dijo ella, sin dejar de mirar mi camisa.

Me despedí enseguida y caminé hasta la avenida del centro. En vez de colectivos estaban pasando lanchas. Le habían pegados carteles a las proas, para indicar el número de línea. Yo me subí a la veintidós. Durante todo el trayecto no dejé de sentirme observado. De tanto en tanto, la lancha quedaba varada y yo aprovechaba la distracción para vigilar a los pasajeros. Había dos señoras de anteojos. Cuatro chicos con guardapolvos. Un señor con boina y bastón. Cuando llegamos a la zona alta de la ciudad y me levanté para bajarme, escuché que una de las señoras comentaba: “Esto en nuestros tiempos no se veía”. Yo lo sentí una agresión injusta. Me pasé todo el camino hasta la oficina tratando de digerir el comentario.

De la parada hasta la empresa había seis cuadras. Generalmente iba despacio, mirando baldosas; tardaba media hora en cruzarlas. Pero aquella mañana las hice volando. No quería cruzarme a ningún conocido.

Hubo un silencio sepulcral en el trabajo cuando me vieron entrar. Por un instante, fueron seis caras pálidas, absortas, mirándome sin comentarios. Era la primera vez que llegaba temprano en años. Yo retomé el tema del que hablaban.

–Qué tormenta la de anoche.

Marcos se largó a reír.

–¿De dónde sacaste ese mantel?

Me cargaron toda la tarde. Mi jefe fue él único que me defendió.

–Vos no le hagas caso a éstos. Para cambiar hay que ser corajudo.

Yo lo único que quería era que no me viera Natalia. Natalia trabaja en el piso de arriba, es la que atiende el teléfono. Es una morochita linda, tiene un tatuaje en el ombligo y todas las noches pienso un minuto en ella. Cuando Jorge me mandó a llevarle unos papeles, interiormente lo odié. A veces me molesta que, de las treinta personas que somos en esta empresa, veintinueve puedan darme órdenes. Pero no me quedó otra que ir. Si quiero que Natalia me mire con otros ojos, tengo que subir escalón por escalón, con paciencia y sacrificio, hasta que un día llegue a ser yo el jefe de todos.

Natalia sonrió cuando me vio entrar.

–¿Cambio de look?

–Cambio de look.

La chica me miraba, con picardía, con ingenuidad. Yo le alcancé los papeles.

–Gracias, Fabi –me dijo.

Cuando volví abajo, me sentía mucho mejor. Soporté las bromas de los muchachos sin contestarles hasta que se hizo la hora de salir.

En la puerta encendí mi primer y último cigarrillo del día. Caminé hasta la parada de colectivos, tan apurado en irme como había llegado. Pero en la esquina me crucé con una imagen que me sobresaltó. Era Natalia. Rara vez coincidimos. “¿Qué hacés? –le dije–. ¿Vas para allá?” Empezamos a caminar juntos. Natalia era una chica simpática y yo me sentía cómodo conversando con ella.

En cierto punto, me gritaron desde un auto.

–¡Llevala volando, dragón!

Yo miré el coche que se iba. Me habían empezado a transpirar las manos.

–Es una linda camisa –me miró de reojo Natalia.

–Yo me la puse porque me la regaló una amiga. Por eso.

–Pero a mí me gusta. Es una camisa... única.

Era la primera vez que charlaba con ella sobre algo que no tuviera que ver con el trabajo. Cuando llegamos a la avenida del centro, la corriente ya había bajado, y los colectivos habían vuelto a pasar. Yo me subí al mismo colectivo que tenía que tomarse ella. No me importó no saber dónde iba a dejarme ni que estuviera lleno de gente. Durante el trayecto, charlamos con fluidez. En compañía de Natalia, no sentía que nadie me estuviera juzgando. Antes de que se bajara, la invité a mirar una película esa noche. Ella me contestó que sí.

Me bajé dos paradas después. Empecé a caminar a la deriva. La buena nueva de que iba a salir con Natalia me distrajo al punto de que tardé un rato en darme cuenta de que no sabía dónde estaba. Y en cualquier momento podía oscurecer. Le pregunté a una señora por la dirección. Ella miró mi camisa y siguió de largo apurada, sin contestarme. Un viento frío había empezado a soplar. Era un aire helado, desconocido, que me empujaba los pelos y la cara. Pensé que el viento era una señal del destino, diciéndome para qué lado me convenía avanzar. Lo seguí sin esfuerzo; él mismo me arrastraba, me hacía flotar en el aire.

Tuve motivos para cambiar de rumbo cuando vi que empezaba a adentrarme en una zona oscura. Las calles estaban desiertas, las puertas y las ventanas de las casas ya se habían cerrado, y no se veían los edificios de la ciudad. En una esquina, de repente, dos muchachos me cruzaron. Me preguntaron si tenía hora. Yo les contesté que estaban por ser las siete, mientras volvía a caminar. Pero uno me agarró del brazo, se levantó la remera y vi el relámpago de un cuchillo. Me robaron todo. La billetera, la mochila; hasta los zapatos. Antes de que se fueran, les pregunté si sabían cómo llegar a la calle Éxodo Toba. Uno de los muchachos me recomendó que me tomara el dieciséis. Yo no sabía dónde estaba la parada y el otro me dijo: “Seguí derecho dos cuadras, después hacé tres a la izquierda y otra más a la derecha”.

Fue una providencia encontrármelos justo en ese momento. Media hora después, ya estaba en mi casa, tranquilo, listo para bañarme y cambiarme. Por un segundo, cuando tuve que elegir qué ropa me iba a poner, consideré la opción de la camisa. Pero al final la descarté. La guardé cuidadosamente en mi ropero y me quedé con una remera.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

siempre es lindo leer tus cuentos =)...



(L)

Anónimo dijo...

Master de masters! Excelente lo suyo. Usted es un amigo y no sólo eso, si no que un compañero en tinta, como quien diría. Acabo de leer esto que me pareció genial y le tengo que decir eso mismo, que me pareció verdaderamente genial. Y no se abrume por lo repetitivo de mis expresiones; tome a la redundancia como el gesto de quien se queda impresionado con lo que lee y repite una exclamación. Lo felicito por esto y por lo que seguro vendrá.
Espero poder leer más.
Un abrazo. Chobi.

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

aquí está una de tus fans...
¡Felicidades! Ya tienes tu blog.
Varios consejos: como los relatos suelen ser más largos, cambia de formato. Vete a seleccionar plantilla, mira formatos de plantilla que sea más ancho en la página el texto como stretch demin o estrech demin light...
otra cosa, cuando cuelgues en el foro un texto al final lo firmas y pones un hiperbinculo que nos traiga a tu blog, así recordarás a los compañeros la dire de tu bolg
besotes

ATHO dijo...

¡Bravo!
¡Adelante!
Estaré al tanto de tus cuentos.
Un abrazo