jueves, 27 de noviembre de 2008

DICIEMBRE



Nosotros se lo dijimos en voz baja, como hablando un secreto:

–Cuidate, loco. Por favor cuidate.

Se lo pedimos de corazón, o con el pedacito mínimo de corazón que nos quedaba a esas alturas, pero perfectamente conscientes de que en esa empresa él, el corajudo, estaba arriesgando la vida.

Y por eso al principio no lo queríamos dejar ir.

–No, no, no.

–En serio, no.

–Sos un amigo.

–No te vamos a dejar solo en esta.

Y aunque entonces estábamos firmemente decididos a no dejarlo caer en semejante locura, poco a poco se nos fue ablandando la convicción, hasta que al final casi le lustramos el asiento de la bici para que por lo menos encarara la muerte con el traste feliz (porque estábamos seguros de que lo menos drástico que lo podía esperar allá afuera era la muerte).

Cuando llegó la hora, a él se lo vio más tranquilo que nunca. Nos despidió con un apretón de manos a cada uno, nos vemos guachos, vuelvo en diez minutos, hasta llegó a sonreír, y salió de la casa disparado, pedaleando como ciego por la madrugada nublada, antes de que se lo tragara la sombra inmensa que había en la esquina, esa negrura absoluta del otro lado de la cuadra que todavía nosotros no habíamos alcanzado a pisar.

A todo esto, en el barrio hacía doce días que se había cortado la luz. Hacía casi dos semanas que vivíamos todos encerrados en esa misma casa de ladrillos, sin ventanas y con las puertas clavadas, aislados de todo lo que estaba pasando. De los vecinos ya no teníamos noticias. De vez en cuando se escuchaba algún grito, pero nadie pretendía salir.

Los primeros días de encierro nos torturó hasta el delirio el calor. Vivir era una cosa tan pegajosa que nos quedábamos dormidos hasta estando parados. Los muebles se derretían de la humedad. En la cocina se había formado una laguna humeante que no se terminaba de secar nunca, porque el mismo vapor que subía viciando el aire después se desarmaba a chorros desde los techos.

Pero el infierno de la temperatura pasó a un segundo plano en la sexta jornada de reclusión, cuando cenamos pan con manteca y azúcar sabiendo que era lo último que nos quedaba de comer.

De ahí en adelante, la vida se pareció a un entresueño. Andábamos por la casa como sonámbulos, sin hablar, sin mirarnos, revisando recoveco por recoveco, cajón por cajón, con las gargantas llenas de una saliva viscosa que teníamos que devolver para no ahogarnos.

La sobrellevamos como pudimos. A uno de los muchachos se le ocurrió hervir las hilachas de unas sábanas por evocar los fideos que nos aturdían la imaginación. Fue un banquete de paraíso que recién vinimos a valorar como tal varios días después, cuando nos terminamos comiendo en crudo hasta los cepillos del escobillón, y uno de los muchachos gritó mamá, mamá, mamá, y se desmayó para siempre.

Eso fue al noveno día. Esa misma tarde, él, el corajudo, se plantó de cara a la puerta.

–Voy a pedir ayuda, muchachos. Voy a salir.

Su voz fantasmagórica fue toda una novedad. Nosotros, despatarrados como trapos por el piso nauseabundo y pegoteado de transpiración, creíamos que la habíamos soñado. Hacía días que no lo escuchábamos hablar.

Pero cuando abrimos los ojos, no había dudas de que había hablado él, lo pudimos ver nítidamente, solitario de cara a la puerta, como una aparición de otra época, más flaco que las seis de la tarde en el reloj, en cuero, barbudo, descalzo, doblado a la mitad por el esfuerzo que le recriminaba el acto de sostenerse en sus piernas, y cuando asomó la playera azulada, como una nave deshecha, sucia, con las llantas desinfladas y los rayos machucados por la frustración del encierro, nos dimos cuenta de que este pibe nos había hablado de verdad, y de que estaba pensando en salir en serio.

Entonces dejamos de economizar las energías que se gastan en la función del habla para hacerlo entrar en razón.

–No, loco, no.

–Ni en pedo.

–Que ni se te ocurra.

–No te vamos a dejar.

Pero nuestra disuasión no sirvió de mucho, y él ya había empezado a rasguñar los tablones clavados en la puerta de la entrada, cuando uno de los muchachos se le paró enfrente y lo agarró del brazo.

–No la abras.

–Soltame.

–No te voy a soltar.

El corajudo se dio vuelta con un empujón del codo y empezaron a tratarse a los golpes. Nadie los fue a separar. Los dos estaban tan endebles que las piñas iban y venían como en cámara lenta.

Terminaron durmiéndose en el piso, convalecientes uno por los arrebatos del otro, y recién se volvieron a despertar dos días después.

Y contra todo lo que nosotros hubiéramos podido sospechar, cuando el corajudo abrió los ojos y se levantó de un salto, todavía seguía firme en su propósito de encarar el mundo allá afuera (cuando en la casa por lo menos la muerte se podía aplazar en la espera de que volviera la luz, y con la luz, los beneficios y milagros del resto del mundo), gritando que tengo que salir, que tengo que salir, más seguro de sí mismo que nunca, con pedacitos de sangre coagulada alrededor de la mueca.

Y nosotros, al borde del delirio, mientras el olor de los muertos empezaba a descomponer las paredes, nos dimos cuenta de que él, el corajudo, era la única manera de no volver a concebir lo inconcebible, lo inimaginable; la antropofagia que nos ardía en la boca.

Y entonces casi gateamos hasta la puerta para ayudarlo a desclavar los mismos tablones que antes le habíamos negado con tanta porfía.

Y cuando por fin la puerta se abrió, cuando a la casa entró como una humareda el aire espeso y recalentado de la noche (un vapor todavía más congestionado que el que nos habíamos acostumbrado a respirar ahí adentro), varios empezaron a temblar de frío, otros de ansiedad, y casi todos de indecisión.

Y no era para menos. Afuera, una sombra de humo anegaba las calles a todo lo largo y ancho del barrio. No había luna. No había cielo. El humo de la oscuridad lo tapaba todo. Ni siquiera uno podía alcanzar a ver lo que había en la vereda de enfrente. Pero el silencio fue lo que más nos inquietó. El silencio en la intemperie se sentía tan tenso y sólido como el que flotaba adentro de la casa.

Entonces él, el corajudo, se trepó a su bici. Se lo veía tranquilo, destinado.

–¿Van a dejar que se vaya? –preguntó el mismo que lo había peleado–. ¿En serio van a dejar que se vaya?

Nadie contestó. Nadie. En vez de eso, nos acercamos y le palmeamos el hombro al corajudo, desde la entrada, sin pisar la vereda.

–Cuidate, loco. Por favor cuidate.

Y lo dejamos ir. Alzó vuelo por la calle, como ciego, como sonámbulo, en esa oscuridad absoluta. Movido por una energía secreta que uno no podía saber si nacía de su propia ansiedad o del coraje que le transmitía saber que lo admirábamos.

Y él, volando en el aire, con la playera azulada, deshecha, desapareciendo en la cortina negra que envolvía la esquina, fue lo último que alcanzamos a ver.

Uno de los muchachos se apuró en volver a cerrar la puerta. Entonces el otro, el mismo que se había agarrado con el corajudo dos noches atrás, se paró en el centro de la casa y nos fue señalando uno a uno, con una voz afónica, oblicua, arada de odio:

–Lo dejaron solo, egoístas. Cagones. Lo dejaron salir solo.

Y estuvo claro que el dardo nos tocó un punto neurálgico, porque uno de los muchachos le contestó con un empujón en la cara y a nadie le disgustó esa reacción.

Pero el otro, el empujado, siguió desde el suelo, con un hilito de voz, empañado de lágrimas.

–Lo dejaron solo, egoístas. Cagones. Cagones. Lo dejaron salir solo.

Y cada uno se tiró donde pudo, con su aliento, con su desnudez, con su hambre llena de espinas, escuchando como un eco interminable: sooolo, sooolo, sooolo; hasta que al rato nos quedamos dormidos.

Y esa noche, en esa casita turbia que se derrumbaba de a pedazos y en la que hasta las cosas más íntimas se habían vuelto conjuntas, todos terminamos soñando los mismos sueños. Primero fueron unos caracoles salados; que nos comíamos la cáscara, con bicho y todo adentro, y nadie podía decir que no fuera un manjar. Y soñamos que una mujer bendita, llena de uvas y de quesos, nos daba de mamar y una mano con plata (diez, veinte, treinta, y hasta treinta y cinco pesos) para comprar un kilo de carne en el súper.

Y después soñamos también con él, con él en su bici azulada, pedaleando y flotando en la calle hasta desaparecer en la esquina, tragado por esa sombra impredecible, de una negrura absoluta. Y del otro lado de esa sombra, en el sueño, estábamos nosotros, derrumbados en el pavimento, medio muertos de bronca y de cansancio, rogando que volviera la luz.

Fue justo en esa parte cuando uno de los muchachos sintió que un vientito con algo de mar le estaba acariciando la cara. Abrió los ojos y entonces lo vio: un ángel, con las alas anchas, desplegadas, empujando las aspas del ventilador de techo. Pensó que alucinaba, que todavía no había emergido del sueño, pero cuando se inclinó, cuando se restregó dos veces la mirada, era un ángel nítido lo que había flotando a un costado del ventilador de techo.

Y fue cuestión de segundos para que estuviéramos todos despiertos, agolpados alrededor de él, mirando esas aspas que giraban y giraban y giraban, eufóricos, incrédulos, pero íntimamente satisfechos de haber sobrevivido a nuestros propios límites.

Así que nomás nos fuimos dando la mano el uno al otro, recaudando fuerzas para la aventura de salir a la calle y volver a vivir como Dios manda (todos, todos, todos), y enterarnos de cómo había andado el asunto durante todo ese tiempo que anduvimos sin luz, y averiguar dónde estaba nuestro amigo, el corajudo, el único que se había animado a ponerle el pecho a la sombra.


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