miércoles, 12 de noviembre de 2008

ÉSE NO PODÍA DORMIR



A eso de las cuatro, la voz de Laura me hace abrir los ojos.

-Cantame algo, Eze. Si me querés, quedate y cantame algo al oído.

Me inclino en la cama y miro a Laura de reojo. Al principio pienso que me está haciendo una broma. Pero la sigo mirando un rato, sin moverme en la oscuridad, y no veo que se despierte.

Cuando el despertador irrumpe en la mañana, me doy cuenta de que estuve toda la noche despierto. Laura abre los ojos. Bosteza.

-¿Cómo dormiste, amor?

-Bien -le contesto-. ¿Vos?

-Bien. La verdad es que dormí muy bien.

Tengo los brazos de Laura alrededor de la nuca. La escucho suspirar.

-¿Sabías que hablás dormida?

-¿Yo?

-Sí. Anoche te escuché.

-No, no sabía. Nunca nadie me lo dijo.

Sonríe, se levanta; camina hasta el baño.

-¿Y qué decía? -me pregunta, intrigada, desde la puerta.

-No, no me acuerdo. Yo estaba medio dormido y no entendí nada.

Laura cierra la puerta del baño y siento el ruido de la ducha. Dentro de veinte minutos, esa puerta se va a abrir y voy a ver a Laura con el pelo mojado, envuelta en un toallón. De a poco vamos estableciendo nuestros ritos personales en la casa.

Con Laura nos vinimos a vivir juntos hace dos semanas. Por el momento, puedo decir que la convivencia es más complicada de lo que creía. Hay que desbaratar toda una intimidad. Antes podía dar vueltas en la cama, buscando la posición justa para cada pensamiento. Si quería, me podía quedar leyendo hasta tarde, fumar un cigarrillo o mirar fotos viejas. Ahora todo eso se acabó. Tengo que considerar el sueño de Laura. Todas las noches, no bien se acuesta, duerme como un bebé. Recién anoche me entero de que habla entre sueños.

Hoy es miércoles y según nuestro trato me toca cocinar a mí. Cuando vuelvo del trabajo, pido una pizza. Laura llega de la facultad, nos saludamos; nos sentamos a comer. Las primeras noches, lo primero que hacíamos era contarnos las cosas que nos habían pasado durante el día. Hoy los dos estamos cansados, comemos con apuro y conversamos poco y nada.

Después de ordenar la cocina, nos acostamos. Me desvisto, me acerco; Laura no quiere hacer el amor. Yo no insisto mucho. Los ojos se me caen del sueño. Me doy vuelta. Apago la luz. No sé cuánto tiempo pasa, que escucho la voz de nuevo:

-Quedate, Eze. Si me querés, quedate y cantame algo al oído.

Me siento en la cama y la miro. Laura tiene los ojos cerrados. Si no fuera porque ella es la única persona que hay en el dormitorio, podría jurar que ésa no fue su voz. Podría jurar que hay otra mujer, escondida abajo de la cama, haciéndose pasar por ella.

Miro el reloj en la mesita. Ya son las tres de la madrugada. Me sorprende. Yo creía que habían pasado quince minutos, como mucho, desde que nos acostamos. Laura duerme, pasea en el sueño con vaya a saber uno quién. ¿Cómo no se da cuenta de que no puedo pegar un ojo?

Al otro día vuelvo a ir a trabajar amanecido. Me puse a contar: son más de sesenta horas sin sueño. Durante la jornada, me la paso adentro de una burbuja. Los ojos me pican; las luces están más blancas que de costumbre. Escucho poco, hablo menos. Las cosas que hago, las hago sin pensar; me desenvuelvo por inercia, me dejo pasear por la rutina.

Al final de la jornada, pienso que pude sobrellevar el asunto bastante bien. Hasta que estoy parado en la puerta de casa y me doy cuenta de que no tengo las llaves. Reviso los bolsillos, el bolso; pero no hay caso. Ni siquiera tengo idea de dónde las pude haber dejado. Me siento en el descanso de las escaleras. Tengo hambre y me pesan los ojos. ¿Por qué tarda tanto Laura?

Un rato más tarde la veo asomarse por el pasillo.

-¿Por qué tardaste tanto? ¿Dónde estabas?

-Estaba en la facu, amor. Siempre llego a esta hora. ¿Te pasa algo?

-No, no. Está bien. Perdí las llaves.

Laura me acaricia la frente.

-No te preocupes. Deben estar en tu oficina.

Entramos. Ella sonríe. Se la ve feliz.

¿Por qué sonríe? ¿Por qué se la ve feliz?

Me disgusta empezar a sospechar. ¿Quién será "Eze"? Conozco a Laura desde hace años y nunca la escuché nombrar a ningún Ezequiel.

Durante la cena, estoy a un paso de preguntárselo. Pero no lo hago. La duda se queda ahí, raspándome la boca.

Esta vez nos vamos a acostar sin limpiar. Laura me da un beso en el cuello. Yo no me resisto. Apaga la luz. Cierro los ojos. Ya no quiero pensar en nada. Tengo un cansancio inmenso y los sentidos me empiezan a vacilar. Siento que me estoy sumergiendo en el agua. Los murmullos del barrio, la respiración de Laura, el tictac del reloj; todo se escucha como algodonado. El abismo del sueño se está abriendo en mi cabeza, y yo hago lo posible para inclinarme en ese abismo; me quiero hundir para siempre. Pero entonces hay una voz. Hay una voz nítida llamándome del otro lado.

-Si me amás, Eze, si de verdad me amás, quedate y cantame algo al oído.

Abro los ojos. Estoy tan sobresaltado que tardo unos segundos en darme cuenta de lo que termina de pasar. Laura está soñando con "Eze" de nuevo. Le termina de hablar a él. Acostada al lado mío. Miro los botones de luz en la persiana. De golpe se me ocurre que este tipo tiene que estar por acá.

Y no me equivoco. Cuando cuelgo la cabeza en el vacío, cuando miro abajo de la cama, ahí está él. Solamente le veo las piernas. Es como un cuerpo partido a la mitad. Y lo más llamativo de todo es que la mitad de mi cuerpo, colgada en el aire, congenia perfectamente con la otra mitad estirada en el piso.

¿Dónde están la cabeza, los ojos y las manos? Me bajo de la cama y cruzo el dormitorio en puntitas de pie. Como esperaba, el tipo está sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en la mesita. Yo me quedo quieto, en medio de la pieza.

-¿Qué hacés?

Él se pone un índice en la boca.

-Shh. No la despiertes.

Sigo el hilo de su mirada. Laura tiene una mano abajo de la almohada y la otra apoyada en la mano de él. Parece otra mujer, ahora que la miro. Los ojos, la nariz, la boca; ésos no son sus rasgos.

-¿Le cantás? -me pregunta él.

-¿Qué?

-Si le cantás. A ella le gusta que le canten.

-Laura es mi mujer. Andate.

-¿Entonces no le cantás?

-Andate ahora.

-Shh, hablá en voz baja. ¿Qué culpa tiene ella de que no puedas dormir?

-No importa. Andate.

-Dicen que el sueño es un asunto de conciencia. ¿Hay algo que te remuerde a vos?

-Andate.

-Contame, ¿la engañaste?

-No.

-¿Es eso? ¿Engañaste a esta preciosura?

-No. No. No. Andate. Andate. Solamente andate.

-Está bien. Me voy ahora para que no la despiertes. Mirá qué hermosa que se la ve dormida.

El tipo saca las piernas de abajo de la cama. Después se arrodilla, inclina su cara encima de la de Laura, y por un segundo pienso que la va a besar.

Y la besa. Desde donde estoy, veo que la besa.

Lo agarro del buzo. Él se levanta. Los dos nos miramos sin hablar. ¿Se dará cuenta de que me tiembla la mano? Lo suelto. Nos seguimos mirando. Después veo la ventana, cruzo el dormitorio y empiezo a subir la persiana. La subo hasta que aparece la luna. Y con la luna, aparece la noche clara, cargada de estrellas.

Él se inclina y cuenta los seis pisos que lo separan del suelo. No se resiste. No grita. Cae lento y mudo, como un mueble. Cae oscilante y liviano, como una hoja.

Lo único que queda ahora en la ventana es la noche. Me doy vuelta. Ahí está Laura, soñando, y entiendo que el tipo tenía razón: durmiendo se la ve hermosa. Me acuesto y apoyo una mano en su cintura, con cuidado, para no despertarla. Su respiración es tan mansa que casi no se siente. Después cierro los ojos y me quedo dormido enseguida.

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