jueves, 11 de diciembre de 2008

LOS AÑOS NO PASAN PARA SIMÓN


El peluquero más antiguo de Lomas se llama Simón Leoncio Prado. Había llegado de Paraguay mucho antes de que naciéramos, con el aval de haber ganado el concurso en innovación estilística “Pedro Juan Caballero 1973” (el diploma, enmarcado, todavía está colgado encima del espejo de su local), para instalarse a fines de la indescifrable década del setenta en la zona comercial de Arco, la más populosa del barrio, en uno de los cruces de las cinco esquinas.

La edad de Simón es todo un misterio. Muchos, por deducción, creemos que anda por los cincuenta, pero es difícil calculársela porque los años pasan y pasan y el tipo sigue siempre igual. Flaco, flaquísimo, como las seis de la tarde en el reloj. Siempre con la misma melena de rulos, larga, reluciente de gel, que tenía la primera vez que lo vimos.

Lo único que se intensificó fue su sordera. Ya de pibes teníamos que gritarle al oído para decirle cómo queríamos el corte. Hubo algún que otro episodio lamentable porque Simón, si no entendía bien lo que uno le pedía, no se gastaba en volver a preguntar. Directamente lo interpretaba a su manera.

Pero nosotros seguimos yendo durante años, más por una cuestión de geografía que de lealtad para con él. Su peluquería es la que queda más cerca, y además está en el barrio, Lomas querido, donde uno se siente en casa.

Con la muchachada somos de ponerles sobrenombres a todos. Maliciosamente, a Simón le tocó “Ardilla”. Tiene los dos dientitos de adelante para afuera. Simón no sabe nada de su apodo. Es un código nuestro; cuando vamos a la peluquería solamente le decimos Simón.

En la banda somos seis, siete; los mismos que jugamos al fútbol todos los sábados. Los años pasan para todos, y hay varios que ya se casaron, otros que se fueron a vivir por otros rumbos, pero lo que no cambia es que los sábados, en la cancha, estemos siempre los mismos.

El único que sigue soltero es Javi. Javi es un pibe que se toma todo con calma; nunca lo vimos enojarse por algo.

Hace unos días, cuando yo ya me estaba destapando una fresca para ver el partido, me sonó el celular.

–Eze, ¿me acompañás del Ardilla?

–No, Javi, ahora no puedo.

–Dale, guacho, un toque nomás.

–No puedo, ¡juega Boca, gallina!

–Dale, dale, dale.

–No.

–Dale, dale, dale.

Al final no me quedó otra que acompañarlo. Nos encontramos en la esquina y empezamos a pedalear hasta el Arco.

–Che, Eze –me dijo–. No se lo cuentes a nadie.

–Sí.

–Me estoy hablando con una chica.

–No me digas, ¡buena Javi! ¿Por eso te venís a rasurar?

–Sí, mañana la voy a llevar al cine.

–¡Ésa es la actitud! Yo no te quería decir nada, pero esa melena pide tijera hace rato.

Javi tiene en la cabeza una peluca desproporcionada que no se corta más o menos desde el secundario. Así que esta chica debe ser un caso especial. Javi está dispuesto a cortarse el pelo nomás por darle una buena impresión, y uno no cambia tanto a no ser que una mujer realmente le guste.

Pero a nuestro amigo ya por teléfono yo lo había notado distinto. ¡Me insistió para que lo acompañara a la peluquería! ¿Desde cuándo Javi insiste en algo?

–Esta mina te gusta, ¿no cierto?

–Sí –me dice–. Es simpática. Es buena. Es linda.

Javi me habla como cauteloso, sin querer demostrar mucha emoción, pero lo entiendo, no debe querer crear muchas expectativas, por las dudas de que al final no pase nada.

En la peluquería solamente había una señora.

–Buenas tardes, jóvenes –nos abrió la puerta Simón.

¡Simón, maestro! Hacía tanto que no lo veía.

Nos sentamos y Javi empezó a ojear unas revistas. Yo miraba de reojo el reloj. ¡Falta media hora para que juegue Boquita!

–¿Este corte que te parece?

Javi me señala la foto de un rubio tostado y blandito, con el jopo en diagonal.

–No sé, chabón, hacete lo que quieras.

–Pero aconsejame algo, vos que sabés de esto.

–Yo no tengo ni idea, Javi, pero ahora le preguntás al ardilla, él te va a saber decir.

Simón le estaba haciendo la tintura a la señora, en un sillón especialmente diseñado. Me fijo en las cosas. Todo sigue en su lugar. El diploma “Pedro Juan Caballero 1973”, colgado arriba del espejo. El portarretrato encima del mostrador, con la foto de su familia.

Simón también es un calco de lo que era. Con sus lentes de intelectual, con sus vaqueros ajustados, con su camisa verde a rayas (con los pibes nos preguntamos si no tendrá varias del mismo modelo); con esa melena larga y morocha de rulos, brillantes y engelados, a lo Patricia Sosa.

Javi sigue pispeando distintos cortes de pelo, yo leyendo el diario, cuando un alarido de espanto nos hace saltar en las sillas.

–¡No! ¡No! ¡No! ¡Te pedí castaño, hombre!

La señora, teñida de un rubio platinado despampanante, se mira al espejo aterrada.

¡Puta madre!, pensé. Simón tuvo que volver a teñirla y yo me perdí el primer tiempo de Boca.

Cuando la señora se fue, un rato más tarde, ya se estaba haciendo de noche.

–¡Vieja de mierda! –revoleó las tinturas Simón.

Después nos miró de refilón, acomodando la silla.

–¿Quién se corta?

–Él –le dije.

Javi se sentó de cara al espejo.

–Qué corte te hacés.

–¿Qué?

–Que qué corte te hacés.

–¿Qué?

Conviene decir que para entender a Simón hay que tener una sensibilidad especial. Ardilla habla gangoso, como si tuviera la boca llena de comida; cualidad que se intensifica cuando anda enojado.

Javi al final descifró el murmullo y le señaló la foto que me había mostrado antes.

–¿Este corte de rubia? No hay problema, caballero –le dijo Simón.

Y empezó su obra de arte. Los tijeretazos iban y venían, bien regulados, precisos. Ni una mosca se movía en el aire fresco del local. Solamente era el morder de las tijeras, el roce de los mechones que se caían al piso.

Pero fue cuestión de minutos para que pasara lo inevitable. Ardilla encendió la maquinita. Yo levanté la mirada del diario, expectante. En los viejos tiempos, cuando esa maquinita se encendía, significaba que algo impredecible podía pasar. Era como el lapidario torno de los dentistas.

–Atrás dejamelo desmechado –se apura en decirle Javi, conocedor de la reputación de esa cortadora de pasto brutal.

Pero Simón no lo llega a escuchar. Fiuuuu: la maquinita arrasa con todo lo que se encuentra a su paso.

–No, la máquina no –insiste Javi.

–¿Qué?

–Que atrás me lo dejés desmechado.

Simón sonríe.

–Lamentablemente –le explica–, eso ya no va a poder ser.

Y sigue pasando la maquinita, muy concentrado en su faena; fiuuuu por un lado, fiuuuu por este otro; fiuuuu por todas partes; la peluca de Javi se desarma a borbotones y forma una cordillera en el suelo.

Simón me mira, de repente.

–¿De qué te reís?

–No, de nada.

–¿Y de qué te reís? Mirá que ahora seguís vos.

–No, por hoy te la debo. Vos hacele un buen corte a mi amigo, que mañana tiene que ver a una mina.

Simón lo mira a Javi, con la maquinita en una mano.

–Ah ¿tenés que ver a una mina?

Entonces apaga la máquina, la apoya en el mostrador y mira por la ventana con una sonrisita pícara, como vigilando que no haya nadie cerca.

–Yo te voy a hablar de minitas, campeón. Yo tuve muchas minitas.

Javi se rasca la frente.

–¿Ah, sí?

–Uff, si supieras lo que era yo... –Simón cruza los brazos atrás de la espalda, alternando su mirada de lince entre mi amigo y las luces de la calle–. Cuando tenía tu edad, no paraba de fifar.

La cara de Javi es un canto a la incomodidad y no puedo evitar sentirme culpable. Yo le pido perdón con la mirada. ¡Se me escapó, viejo, cuando estoy nervioso no me doy cuenta de lo que digo!

–¿Te puedo dar un consejo? –pregunta Simón, y no espera a que Javi le conteste–. Para enamorar a esta chica tenés que darle una buena tunda en la cama. Hacele caso a uno que ya la vivió. Cuando tenía tu edad, en Pedro Caballero, me paseaba con seis minitas a la vez. Y si no andaba con más, era por falta de tiempo.

Javi mira para abajo y yo me meto para darle un respiro:

–¡Qué grande Simón!

Ardilla se vuelve a poner los anteojos. Saca las navajas, se inclina; empieza a moldear las patillas. De repente me dice:

–¿Tu amigo es medio sonso, no?

–No, es un amigazo –le contesto.

–Pero no habla.

Javi sigue mirando para abajo. Pone una mueca... Javi, ¡qué pibe más tímido!

–Decime –le dice Simón–, entre nosotros, ¿vos ya le viste la cara a Cristo?

–¿Yo? –se rasca la nuca Javi.

–Sí.

Simón, ¡callate de una vez!

–No, yo no.

–¿No? ¿Y qué esperás?

La respuesta de Javi lo agarra tan desprevenido al Ardilla como a mí:

–A estar enamorado.

–¿A qué?

–Que quiero esperar a estar enamorado.

Simón se vuelve a dar vuelta y me mira. Busca mi complicidad; pero ahora soy yo el que está mirando el suelo.

–Mirá vos –le empieza a decir Simón, en un tonito paternal–. Vos sos un romántico. Y te entiendo. Todos somos románticos. ¿A mi mujer cómo te pensás que la conquisté? La magia son los poemas.

–¿Sos poeta, Simón? –me vuelvo a meter.

–El mejor de todos... Pero, vos, muchacho, ¿cómo te llamabas?

–Javi.

–¿Cómo?

–Javi.

–Vos, Gabi, haceme caso, que mis palabras te van a guiar al éxito –lo mira a los ojos con un índice en alto–. Primero, antes que nada, a esta chica tenés que regalarle algo que nadie le haya regalado antes. Si no tenés guita, escribile un poema, o una carta, lo que quieras, como hice yo. Tratala con respeto, decile que es hermosa; tenés que portarte como un caballero. Pero después, si todo sale bien, como un varón, sin miedo, ¡a la mierda el romanticismo!, dale una buena tunda en la cama. Ahí te vas a dar cuenta. Si ella es la indicada, se va a quedar, y a vos te va a gustar que se quede. Y si no, nada de tangos, viejo, ¡a fifar con otra y se acabó!

Simón dio los últimos retoques con la navaja. Después agarró un espejo y le mostró a Javi cómo le había quedado el marote desde distintos ángulos. Nuestro amigo parecía otro. ¡Qué ironía! ¡Cómo el pelo, que tanto tiene que ver con la personalidad de uno (o, por lo menos, con lo que los demás ven de uno), puede depender pura y exclusivamente de la inspiración de otra persona!

Yendo al caso de aquella tarde, Simón no estaba en su jornada de mayor iluminación.

–Buenas noches, Simón.

–Chau, muchachos. Y vos, pibe, acordate de mis consejos... ¡Vas a ver que no fallan!

Y salimos apurados del local. Mi amigo lo primero que hizo fue encender un pucho.

–Che –me dijo en la esquina–, Ardilla me mató.

–No, boludo, te queda bien.

–¿Vos decís?

Javi vigilaba su nuevo look en el reflejo de una vidriera. Yo entonces me acordé de por qué hacía tanto que no me iba a cortar el pelo a lo de Simón. ¡Simón, criminal de cabelleras! ¡Le tendrían que dar trabajos comunitarios! Pero no dije nada. En vez de eso, le palmeé el hombro a mi amigo.

–Sí, en serio, más o menos zafa... Pero, de última, ¿qué te importa? Si esta chica vale la pena de verdad, no se va a fijar en un corte de pelo.

Empezamos a pedalear. Llegamos a la esquina de su casa y Javi me dio la mano.

–Nos vemos, che. Gracias por acompañarme.

–Nos vemos, loco –y mientras me iba le grité–: ¡Y el sábado llevá las piernas!

Me fui pedaleando a sesenta kilómetros por hora, a ver si llegaba para el segundo tiempo de mi Boquita querido.

Al final, a Javi le fue bien en el cine. A las pocas semanas nos contó que se había puesto de novio; nos lo contó mirando para otro lado, como queriendo disimular su entusiasmo, pero con una sonrisa que no le entraba en la boca.

Así que, hoy por hoy, en el equipo ya no quedan solteros.

Simón, por otra parte, sigue laburando en la misma esquina de siempre. El otro día pasé y vi que habían instalado un cartel nuevo en la entrada: “Simón Leoncio Prado. Estilista Unisex”. Simón justo estaba en la puerta y me saludó. Yo le devolví el saludo con la mano y enseguida me acordé de la última vez que había ido a su peluquería, para acompañar a Javi. De eso ya pasaron varios años y Simón todavía me reconoce. Es reconfortante saber que en algunos lugares nunca vas a ser un extraño.







miércoles, 3 de diciembre de 2008

UN SAPO EN EL TACHO



Esta madrugada me despertó un sapo. Yo andaba por el séptimo sueño, cuando sentí que el tacho de basura daba un saltito en la oscuridad. Pensé: ¿Desde cuándo los tachos se mueven solos? Así que encendí la luz para despejar la duda, y el corazón se me subió a la boca: un sapo enorme, grueso, estaba atrapado adentro del tacho.

Salí de la pieza sin hacer ruido, para no alterar su inmovilidad. Pero a los dos segundos, cuando volví a entrar con una escoba, el sapo me esperaba a la expectativa, a un costado de la mesita de luz.

Tardé cerca de media hora en echarlo. Tuve que correr la cama, el ropero, las sillas, de un lado para el otro. El bicho se me escabullía por todas partes, rebotaba como una pelota de goma, por acá, por allá.

Mi hermano me gritó desde su pieza.

-¿Por qué no te tocás una samba?

Al final, con una serie de escobazos, lo empujé hasta la puerta. Afuera caía un diluvio. El sapo empezó a saltar por la noche y desapareció entre unos helechos.

Me cuidé de cerrar bien la ventana antes de volver a acostarme. Evidentemente, el sapo entró por ahí. Ahora, no me explico cómo. Tuvo que haber sido un salto de mucha destreza.

Luciana no entiende cómo le puedo tener asco a los sapos. Yo tampoco entiendo de dónde me sale, ya lo tengo incorporado, pero es verdad que levantar al bicho de entrada, cuando estaba en el tacho, hubiese sido lo más fácil. Yo no me hubiera hecho tanto lío y él se hubiera ahorrado la tunda.

Fue la idea del tacto lo que me hizo descartar esa opción. Pensar en las patitas frías y ásperas del bicho luchando para escapárseme de entre los dedos, debatiéndose con esa panza fofa y pálida, con ese lomo escamoso y húmedo, con esa cabecita de ojos amarillos parecida al culo de un pollo. Me desalentó algo totalmente imaginario.

Pero bueno, a Dios gracias, el sapo ya no está. Tengo que pensar en otra cosa si quiero volver a dormirme. Pensar en lo que sea, nada que me importe mucho, hasta que la mente me empiece a divagar y me hunda en el sueño.

Y hablando del sueño, ¿qué era lo que estaba soñando antes de que este bicho me despertara? Porque estaba teniendo un sueño muy nítido, al punto de que tardé varios segundos en distinguir el sonido del tacho que se sacudía, de los sonidos del sueño que soñaba. Yo no soy de tener sueños así.

Pero ahora me acuerdo. Me acuerdo y me agarro la cabeza, con un gesto teatral, como si alguien pudiera preguntarme: ¿Te sentís bien, che?

Me acuerdo que soñé con Marina. Justo hoy. Justo con ella. En el sueño estábamos abrazados en esta misma cama, como dos pimpollos. Ella me acariciaba y sonreía; sonreía y suspiraba. Los ojos de Marina eran azules y aguados y me miraban con amor.

A mí nunca me interesó el significado de los sueños. Pero éste, particularmente, me puso a pensar. ¿Cómo vengo a soñar con Marina justo hoy, a un día de casarme con Luciana? ¿Cómo mi subconsciente me traiciona así?

Lo que más me confunde no es haber soñado con una mujer que no veo hace cuatro años, sino la consciencia de que lo disfruté. En el sueño Marina estaba preciosa. Calladita y tímida como la última vez que la vi.

Todavía, idealizando un poco, me puedo acordar de ella. Sabía pocas cosas de su mundo, pero la quise mucho soñando cómo sería tenerla en el mío. Un malentendido muy sonso fue lo que nos distanció. Ella creía que yo la buscaba solamente para hacer el amor, mientras que yo, por mi parte, pensaba que era ella la que me buscaba para eso. Y sin despedidas de por medio, nos dejamos de ver.

No volví a tener noticias suyas hasta mucho tiempo después, cuando coincidimos en el Chat y yo aproveché la casualidad para escribirle lo que en su momento no me había animado a decirle en persona: que había estado muy enamorado de ella. Se lo escribí creyendo que así me iba a poder perdonar a mí mismo semejante falta de personalidad. Yo sentía algo por ella, algo inexplicable pero concreto, y nunca se lo había dicho.

Pero, a esas alturas, decirlo no me sirvió. Al contrario, acentuó mi nostalgia. Luciana ya estaba en mi vida y Marina tenía que convertirse en un recuerdo apagado, como una foto tierna que se mira de noche, muy de vez en cuando.

Y ahora, cuando ya hace años que no pienso en ella, a mi subconsciente se le ocurre evocarla. No me lo puedo explicar. Esto me abre un montón de dudas sobre qué es lo que siento. Quizás hay otra persona adentro mío, una que no me habla, que no me escucha, que no me ve, pero que se entretuvo todos estos años pensando en Marina a mis espaldas. Quizás nunca dejé de quererla, y por esto de que las emociones van por un camino distinto al de los pensamientos, no pude darme cuenta.

Pero basta. Basta de tener estas ideas. Ahora necesito dormir. Tengo que descansar un rato, lo que sea, para mañana estar bien lúcido. Quiero comer y brindar con los amigos y parientes, y bailar hasta las siete de la mañana. Quiero que Luciana sea feliz y dejar de pensar en todo.

Unos botones de luz flotan en la persiana. Como quien no quiere la cosa, ya se está asomando el sol. El sol del sábado en el que voy a casarme. Dentro de unas horas, Luciana va a dejar de ser mi novia para pasar a ser mi mujer. Dentro de unas horas, yo voy a dejar de ser su novio para pasar a ser su marido. Ni siquiera quiero pensar en la convivencia. ¿Cómo va a ser dormir todos los días en la misma cama con la misma persona? ¿Llegará un punto en que terminemos soñando las mismas cosas?

Esta sola idea me araña. ¿Qué pasa si un día vuelvo a soñar con Marina? ¿Qué pasa si un día le empiezo a hablar entre sueños, como un sonámbulo? Durmiendo tan cerca, Luciana lo puede escuchar. Tantos años para que, de golpe, en una noche cualquiera, la confianza se deshilache. No, no quiero ni pensar en eso.

Así que me concentro para poner la mente en blanco. Pero no puedo. Cuando me golpean la puerta, a eso de las nueve de la mañana, todavía sigo mirando la pared. Es mi vieja, con el teléfono en la mano. Última vez, viejita querida, que me golpeás esta puerta y me encontrás amanecido, despeinado, en este dormitorio arado de madrugada y olor a cigarrillo.

La saludo, me deja el teléfono; se va.

–Sí.

–Buen día, amor, ¿cómo estás? –escucho la voz de Luciana en el teléfono.

–Todo bien, Lu, ¿vos?

Conversamos un rato largo, de cualquier cosa, antes de preguntarnos por las expectativas que tenemos para la noche. A ella se la nota tranquila, pero me confiesa que tiene algo de ansiedad.

–No sabés –le cuento un rato después, antes de despedirnos–. Esta madrugada me despertó un sapo.

–¿Cómo un sapo?

Al principio, Luciana no me cree; piensa que le estoy haciendo una broma. Pero entonces yo me enfoco en describirle todos los detalles de la situación y puedo convencerla de que pasó de verdad.

–Pobrecito –me dice, y se larga a reír.

Luciana sabe cómo soy. Sabe que no me gustan los sapos. No es que los odie o les tenga miedo; solamente me incomodan. Poder liberarnos el uno del otro fue un proceso desagradable, tanto para él como para mí.

Pero ella ahora se ríe de lo que pasó, y escuchar esa risita suave, ventosa, marina, compensa los sufrimientos de la batalla. Me hace relajar, me contagia, y yo también me largo a reír, sin entender muy bien por qué, pero cómplice de un momento de comunión, de la intimidad de reírme con ella.