miércoles, 3 de diciembre de 2008

UN SAPO EN EL TACHO



Esta madrugada me despertó un sapo. Yo andaba por el séptimo sueño, cuando sentí que el tacho de basura daba un saltito en la oscuridad. Pensé: ¿Desde cuándo los tachos se mueven solos? Así que encendí la luz para despejar la duda, y el corazón se me subió a la boca: un sapo enorme, grueso, estaba atrapado adentro del tacho.

Salí de la pieza sin hacer ruido, para no alterar su inmovilidad. Pero a los dos segundos, cuando volví a entrar con una escoba, el sapo me esperaba a la expectativa, a un costado de la mesita de luz.

Tardé cerca de media hora en echarlo. Tuve que correr la cama, el ropero, las sillas, de un lado para el otro. El bicho se me escabullía por todas partes, rebotaba como una pelota de goma, por acá, por allá.

Mi hermano me gritó desde su pieza.

-¿Por qué no te tocás una samba?

Al final, con una serie de escobazos, lo empujé hasta la puerta. Afuera caía un diluvio. El sapo empezó a saltar por la noche y desapareció entre unos helechos.

Me cuidé de cerrar bien la ventana antes de volver a acostarme. Evidentemente, el sapo entró por ahí. Ahora, no me explico cómo. Tuvo que haber sido un salto de mucha destreza.

Luciana no entiende cómo le puedo tener asco a los sapos. Yo tampoco entiendo de dónde me sale, ya lo tengo incorporado, pero es verdad que levantar al bicho de entrada, cuando estaba en el tacho, hubiese sido lo más fácil. Yo no me hubiera hecho tanto lío y él se hubiera ahorrado la tunda.

Fue la idea del tacto lo que me hizo descartar esa opción. Pensar en las patitas frías y ásperas del bicho luchando para escapárseme de entre los dedos, debatiéndose con esa panza fofa y pálida, con ese lomo escamoso y húmedo, con esa cabecita de ojos amarillos parecida al culo de un pollo. Me desalentó algo totalmente imaginario.

Pero bueno, a Dios gracias, el sapo ya no está. Tengo que pensar en otra cosa si quiero volver a dormirme. Pensar en lo que sea, nada que me importe mucho, hasta que la mente me empiece a divagar y me hunda en el sueño.

Y hablando del sueño, ¿qué era lo que estaba soñando antes de que este bicho me despertara? Porque estaba teniendo un sueño muy nítido, al punto de que tardé varios segundos en distinguir el sonido del tacho que se sacudía, de los sonidos del sueño que soñaba. Yo no soy de tener sueños así.

Pero ahora me acuerdo. Me acuerdo y me agarro la cabeza, con un gesto teatral, como si alguien pudiera preguntarme: ¿Te sentís bien, che?

Me acuerdo que soñé con Marina. Justo hoy. Justo con ella. En el sueño estábamos abrazados en esta misma cama, como dos pimpollos. Ella me acariciaba y sonreía; sonreía y suspiraba. Los ojos de Marina eran azules y aguados y me miraban con amor.

A mí nunca me interesó el significado de los sueños. Pero éste, particularmente, me puso a pensar. ¿Cómo vengo a soñar con Marina justo hoy, a un día de casarme con Luciana? ¿Cómo mi subconsciente me traiciona así?

Lo que más me confunde no es haber soñado con una mujer que no veo hace cuatro años, sino la consciencia de que lo disfruté. En el sueño Marina estaba preciosa. Calladita y tímida como la última vez que la vi.

Todavía, idealizando un poco, me puedo acordar de ella. Sabía pocas cosas de su mundo, pero la quise mucho soñando cómo sería tenerla en el mío. Un malentendido muy sonso fue lo que nos distanció. Ella creía que yo la buscaba solamente para hacer el amor, mientras que yo, por mi parte, pensaba que era ella la que me buscaba para eso. Y sin despedidas de por medio, nos dejamos de ver.

No volví a tener noticias suyas hasta mucho tiempo después, cuando coincidimos en el Chat y yo aproveché la casualidad para escribirle lo que en su momento no me había animado a decirle en persona: que había estado muy enamorado de ella. Se lo escribí creyendo que así me iba a poder perdonar a mí mismo semejante falta de personalidad. Yo sentía algo por ella, algo inexplicable pero concreto, y nunca se lo había dicho.

Pero, a esas alturas, decirlo no me sirvió. Al contrario, acentuó mi nostalgia. Luciana ya estaba en mi vida y Marina tenía que convertirse en un recuerdo apagado, como una foto tierna que se mira de noche, muy de vez en cuando.

Y ahora, cuando ya hace años que no pienso en ella, a mi subconsciente se le ocurre evocarla. No me lo puedo explicar. Esto me abre un montón de dudas sobre qué es lo que siento. Quizás hay otra persona adentro mío, una que no me habla, que no me escucha, que no me ve, pero que se entretuvo todos estos años pensando en Marina a mis espaldas. Quizás nunca dejé de quererla, y por esto de que las emociones van por un camino distinto al de los pensamientos, no pude darme cuenta.

Pero basta. Basta de tener estas ideas. Ahora necesito dormir. Tengo que descansar un rato, lo que sea, para mañana estar bien lúcido. Quiero comer y brindar con los amigos y parientes, y bailar hasta las siete de la mañana. Quiero que Luciana sea feliz y dejar de pensar en todo.

Unos botones de luz flotan en la persiana. Como quien no quiere la cosa, ya se está asomando el sol. El sol del sábado en el que voy a casarme. Dentro de unas horas, Luciana va a dejar de ser mi novia para pasar a ser mi mujer. Dentro de unas horas, yo voy a dejar de ser su novio para pasar a ser su marido. Ni siquiera quiero pensar en la convivencia. ¿Cómo va a ser dormir todos los días en la misma cama con la misma persona? ¿Llegará un punto en que terminemos soñando las mismas cosas?

Esta sola idea me araña. ¿Qué pasa si un día vuelvo a soñar con Marina? ¿Qué pasa si un día le empiezo a hablar entre sueños, como un sonámbulo? Durmiendo tan cerca, Luciana lo puede escuchar. Tantos años para que, de golpe, en una noche cualquiera, la confianza se deshilache. No, no quiero ni pensar en eso.

Así que me concentro para poner la mente en blanco. Pero no puedo. Cuando me golpean la puerta, a eso de las nueve de la mañana, todavía sigo mirando la pared. Es mi vieja, con el teléfono en la mano. Última vez, viejita querida, que me golpeás esta puerta y me encontrás amanecido, despeinado, en este dormitorio arado de madrugada y olor a cigarrillo.

La saludo, me deja el teléfono; se va.

–Sí.

–Buen día, amor, ¿cómo estás? –escucho la voz de Luciana en el teléfono.

–Todo bien, Lu, ¿vos?

Conversamos un rato largo, de cualquier cosa, antes de preguntarnos por las expectativas que tenemos para la noche. A ella se la nota tranquila, pero me confiesa que tiene algo de ansiedad.

–No sabés –le cuento un rato después, antes de despedirnos–. Esta madrugada me despertó un sapo.

–¿Cómo un sapo?

Al principio, Luciana no me cree; piensa que le estoy haciendo una broma. Pero entonces yo me enfoco en describirle todos los detalles de la situación y puedo convencerla de que pasó de verdad.

–Pobrecito –me dice, y se larga a reír.

Luciana sabe cómo soy. Sabe que no me gustan los sapos. No es que los odie o les tenga miedo; solamente me incomodan. Poder liberarnos el uno del otro fue un proceso desagradable, tanto para él como para mí.

Pero ella ahora se ríe de lo que pasó, y escuchar esa risita suave, ventosa, marina, compensa los sufrimientos de la batalla. Me hace relajar, me contagia, y yo también me largo a reír, sin entender muy bien por qué, pero cómplice de un momento de comunión, de la intimidad de reírme con ella.




1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Buenas Master! Y acá estamos nomás, caminando nuevamente por esta senda tapizada de cuentos para mostrar que no me olvido de su producción senimental-artesanal. Vengo siguiendo el blog al pie de la letra, casi como si tuviera que concientizarme semanalmente que es necesario inspirar y espirar aire de la atmósfera. La ocasión se merece que diga que tengo una buena, mejor dicho, Muy Buena amalgama de sensaciones producida por tus cuentos capo. ¡Seguí así locura, que no se corte este chorro inspiración!
Un abrazo grande y estamos en contacto tigre.

CHOBI