viernes, 18 de diciembre de 2009

prefiero que me haga compañía




Todas las tardes Jorge sacaba su silla de mimbre a la vereda y se sentaba a mirar los autos que pasaban. Usaba siempre una musculosa blanca, llena de manchas fluorescentes (a veces Marta escuchaba los gritos de su mujer, del otro lado de las paredes: ¡Otra vez te volcaste, animal! ¡El tinto no sale, bestia!); una musculosa blanca que quizás en otros tiempos podía quedarle bien, pero que ahora le dejaba descubiertos los dos o tres mechones de pelo blanco y grasoso que tenía en el pecho, y se arremangaba el pantalón hasta las rodillas; se le veían las piernas huesudas, a Jorge, dos palitos con medias grises y sandalias.

Marta lo descubría cada día más flaco. Comentaba su parecer con las vecinas, ¿lo vieron a don Jorge? Sí. Está muy delgado. Una lástima. Me da lástima ver a don Jorge así. Pero se lo merece. Pero no, es un hombre grande ya. Pobre hombre, la verdad. Pobre don Jorge.

El viejo las veía pasar y las saludaba con una sonrisa, o más bien con lo que quedaba de esa sonrisa, dos dientes endebles, un par de frontales sueltos, un misterio cómo el solo roce de la lengua no se los arrancaba de las encías; aunque todavía sobrevivía la mirada punzante de viejo galán, qué tal Marta, cómo va Rosa, qué cuenta Julia, la mirada de mujeriego invencible; las señoras le sonreían y se iban murmurando entre ellas; pobre hombre, éste. Pobre don Jorge.

Después, cuando se hacía de noche, entraba a la casa arrastrando muy despacio por el pasillo su silla de mimbre, y la ponía a un lado de la radio, y se quedaba escuchando tango o folclore, según cómo estuviera de humor; se quedaba escuchando música y tomando tinto del pico, mirando la pared, hasta que los ojos se le cerraban y el sueño lo sorprendía en su silla, con la cabeza apoyada entre los brazos; a un costado, el vaso con medio trago de alcohol, y del otro, un pucho todavía encendido.


**


Un miércoles de ese verano se despertó ahí, en la cocina, con dolor de huesos. También una picazón, un zumbido, le ardía a la altura de los intestinos. Sintió el peso viscoso de sus órganos, abajo de la piel, la articulación medio oxidada de los huesos, como caños que se raspan, un raspón duro, escalofriante; la punta de una pala arañando el concreto.

Entonces no pensó, sino que su organismo luchó sin él para incorporar el cuerpo y hacerlo caminar hasta la heladera. Algo ya, lo que fuera, revisó los estantes, un tinto, un blanco, algún licor; pero no había nada, nada, esa mañana. El dolor le tiembla en el cuerpo entero.

Así que sale de la casa y cruza la calle hasta el almacén. A Lucho lo cargó entre los brazos, pensar que te tuve acá, Luchito, entre los brazos, y Lucho le fía el vino, es lo que se debe, le fía también los fideos, está bien, y Jorge vuelve a su casa muy despacio, con la bolsa en una mano, encorvado abajo del sol.

–¿Cómo está, Marta?

Su vecina barre la vereda.

–Con calor, don Jorge –contesta–, con calor. ¿Usted?

–Como los dioses.

Y se va. Marta mira cómo el viejo lucha para poner un pie adelante del otro, cada paso duele, cuesta, encorvado, con la misma ropa que el día anterior, y la misma que el anterior a ése; Marta sospecha que quizás hace semanas, o meses, quién sabe, que no se baña.

–Don Jorge –lo llama–, hice guiso de arroz. Hice de más. Puedo alcanzarle un plato, si quiere.

Jorge no contesta, no escucha. Marta se acerca, se lo repite; pobre viejo, de verdad hace meses que no se baña.

–¿Seguro, linda? Termino de comprar fideos.

–Para mí no es problema.

Así que Marta ahora se apura en preparar un guiso de arroz, pedacitos de tomate, tajitos de morrón, su marido y su hijo no almuerzan en la casa, trabajan, los dos, comen en sus trabajos.

También le lleva una bolsa con pan. Tiene que hacer un esfuerzo para respirar por la boca, en la casa del viejo, sin que él se dé cuenta, a ver si se ofende; se rasca la nariz, inspira y expira, mientras Jorge se sienta en su silla a escuchar la radio.

–Abra las ventanas, don Jorge, tiene que abrir sus ventanas, deje que corra el aire.

Jorge dice:

–El viento de la noche me hace doler los huesos.

–Ábralas por la mañana. Las casas necesitan luz.

Ella las abre y la luz entra a la casa, son como las personas, las casas, y en la de Jorge la luz empieza a mostrar lo que en la oscuridad había quedado tapado, el polvo en el suelo, las botellas vacías, desparramadas por acá, por allá, papeles también, puchos mordidos, envoltorios de fideos, pobre hombre, se dice Marta, mientras Jorge almuerza despacio, escuchando la radio, en esta casa no parece haber vida.

Sale por la puerta de entrada; vuelve a entrar con un escobillón, un secador, un trapo, un balde.

–No hace falta que hagas nada, querida.

–Pero para mí no es problema, don Jorge.

Así que mientras él almuerza, ella limpia. Junta las botellas, los papeles, barre, lustra, baldea los pisos. Son las dos de la tarde cuando termina de limpiar. Es otra la casa, desde los pisos sube un aroma fresco, aunque las paredes sigan impregnadas de un olor a transpiración antigua.

Jorge, a todo esto, descansa. Se queda dormido, inclinado en su silla de mimbre. Ella no se da cuenta hasta unos minutos después. Cree que está pensando, al principio. Pero no, se acerca, lo mira, y Jorge está durmiendo, con los brazos estirados a lo largo del cuerpo; sueña con el sueño manso de los viejos.

–Don Jorge –susurra.

Insiste, don Jorge. Recuéstese. Limpié su habitación. Tendí las sábanas. Abrí su ventana. Lustré los muebles y barrí el polvo de los rincones. Recuéstese, don Jorge.

Pero Jorge sigue durmiendo en esa posición incómoda, rígido, con la espalda apoyada en el respaldo de la silla. Por la puerta abierta del patio entra el rumor del barrio, ladridos, gritos lejanos de pibes; el murmullo de los colectivos viejos, motores zumbantes en la siesta.

Marta se inclina a un costado de Jorge, dubitativa. Sabe que está siendo indiscreta, pero aproxima su cara a la de él. Mira sus párpados pálidos. No se mueven, no tiemblan, no viven. Tampoco parece que se le estuviera moviendo el pecho. Si no fuera por el soplido de su respiración, dudaría de que, ¿de qué? Jorge está durmiendo en paz.

La incomoda la idea de que el viejo pueda despertarse. En cualquier momento Jorge puede abrir los ojos, para encontrarse a media mano con la cara de ella.

Pero lo sigue mirando igual. Examina el laberinto de sus arrugas, la protuberancia del mentón; los escasos hilos de pelo que le brotan del cráneo. No puede creer que, en otro tiempo, todas sus fantasías hubieran girado alrededor de ese hombre. No puede creer que por ese mismo hombre se haya quedado noches enteras sin dormir. Su vecino, el buen mozo del barrio, el mujeriego invencible; no había nadie en la manzana que no supiera de sus macanas.

Pobre Luisa. Te señalaban con el dedo, en los cumpleaños, sin que te dieras cuenta. Aunque quizás sí; quizás sí lo supieras. Luisa. Pobre mujer.

Ahora haría falta que se bañe él, piensa Marta, mientras se va de la casa.


**


–Esta tarde fui a lo de Jorge.

–¿Y? –le pregunta su marido, sin terminar de tragar.

–Le llevé algo de comer. Le ordené un poco, también. Su casa estaba hecha un desastre. Me da lástima, ese hombre. Se dejó estar.

–Siempre vivió de joda, el tipo. Uno cosecha lo que siembra.

Marta apoya los codos en la mesa.

–Pero es un hombre grande, ya. Me da lástima.

–Vos no tenés nada que ver con eso.

–Sí. Ya sé.

Unos minutos después, mientras Luis termina su vaso de vino, Marta levanta la mesa. Lava los platos, de espaldas a él; la ventana de la mesada está abierta, y por la ventana puede mirar la noche en el patio.

Le agradezco infinitamente lo que hizo en mi casa, le había dicho Jorge esa tarde.

Él, sentado en su silla de mimbre, como todos los días, mirando la calle. Ella había salido a hacer las compras. Carne, fue a comprar. Carne, le había pedido de cenar su marido.

Para mí no fue nada, don Jorge. Para mí fue todo, le sonríe el viejo, con sus dos dientes brillantes. Discúlpeme que me quedé dormido, le dice después. Está bien, no se preocupe. No duermo bien en la noche, por eso me quedo dormido durante el día. No se preocupe, don Jorge, ¿le gustó el guiso? Un manjar, mire lo que le digo, hacía años que no comía nada así. Me alegro, todavía sobró un poco, mañana le alcanzo, si quiere. Aceptaría, pero no la quiero molestar. No es ninguna molestia. Entonces nuevamente tengo que darle las gracias.

Las gracias. A Marta le gusta pensar en esas palabras simples, mientras lava los platos.

Piensa, también, todos los días ella lava esos platos. Piensa, todos los días hace de comer, y limpia y barre y lustra y ordena, y lava y plancha y guarda la ropa. Todos los días hace eso en su casa.

¿Cuándo fue la última vez que Luis o su hijo se lo agradecieron? Ya no se lo acuerda.

¿Cuándo fue la última vez que Luis la miró con una mirada como la de Jorge esa tarde, intensa, brillante, enfocada solamente en ella? Hace un esfuerzo de memoria; pero tampoco hay rastros de una mirada como ésa.


**


Cumple con su palabra, al día siguiente, y le lleva a Jorge el almuerzo. Cambia el menú, esta vez. En lugar de guiso, prepara carne con papas condimentadas con hojas de romero al horno. También le lleva un flan de vainilla.

Él tarda en abrirle la puerta. Cuando lo hace, Marta levanta las cejas, sorprendida. Jorge ya no tiene puesta su musculosa blanca de siempre, sino una camisa amarilla desabrochada a la altura del pecho. También reemplazó el pantalón de joggins agujereado por uno de vestir emparchado. Jorge a su vez se bañó; la piel ya no le brilla como ayer; Marta se da cuenta de que incluso se peinó para un lado los hilitos del pelo.

Las ventanas están abiertas; la luz del mediodía entra a chorros en la casa. Es una casa con vida. Marta sonríe halagada.

–Le traje carne con papas, don Jorge.

El viejo le hace un espacio en la puerta. ¿Puede ser que se haya puesto colonia?, se pregunta mientras pasa a un lado de él.

Entran a la cocina. Marta sabe que quedó pendiente la limpieza del patio. Deja el plato en la mesa, guarda el flan en la heladera, y se dispone a empezar sus tareas. Pero Jorge la retiene.

–No, querida. Hoy no.

Ella se queda quieta, a un lado de la puerta.

–Pero para mí no es molestia, don Jorge.

–No, no se trata de eso.

–¿Y entonces?

–No quiero almorzar solo –la mira el viejo–. Prefiero que me haga compañía en la mesa.

Ella duda un instante, pero el viejo la mira con tanta insistencia que está bien, asiente, está bien. Se sienta. Él pregunta: ¿Usted ya almorzó? Sí, no se preocupe. Coma algo, dele, no me haga sentir incómodo. Jorge insiste, se levanta, busca un plato. Ella lo vuelve a consentir. No había almorzado, en realidad; tiene mucha hambre, se da cuenta, de golpe, mientras Jorge le sirve el plato; pero come con lentitud, masticando a cuentagotas cada bocado, para seguir el ritmo del viejo.

Hay un tango, de fondo. Se escucha en la radio, en la radio que hay en la mesada. Es una canción conocida; Marta pudo escucharla alguna vez. Hace un esfuerzo; quizás cuando era chica, una nena, de once o doce años, y jugaba con sus hermanos mayores en el patio, abajo de la parra, pudo haber escuchado ese tema. Del otro lado de la medianera, Jorge ponía sus tangos a todo volumen. Siempre eran las mismas canciones, el mismo disco, repitiéndose una y otra vez.

Ella los detestaba, al principio; tango, música triste, música de viejos. Pero una tarde salió a barrer el patio, y casi sin darse cuenta estaba sentada en su silla, mirando la parra, sin hacer nada que no fuera escuchar esos tangos. Se preguntaba, entonces, qué estaría haciendo ese hombre alto, buen mozo y misterioso, del que todas las mujeres hablaban, del otro lado de la medianera.

Tiene una imagen, de esa época, que vuelve a su mente más veces de lo que le gustaría admitir. Era una tarde llena de nubarrones, la tormenta amenazaba, y su madre la había mandado a buscar la ropa a la terraza. Ella subió las escaleras saltando los escalones de dos en dos. Entonces los vio. En el patio vecino, Jorge bailando tango con una mujer. Bailaban encima del pasto, desnudos, los dos, Jorge y esa mujer. Jorge la tenía apretada de la cintura con una mano. Con la otra, sostenía en el aire la mano de su compañera. Marta nunca había visto a un hombre desnudo. Se agachó y bajó las escaleras en puntas de pie.

Pero antes de bajar el último escalón, se quedó quieta, mirando para arriba. No puede acordarse qué fue lo que pensó durante esos segundos, pero, para cuando quiso darse cuenta, estaba de nuevo en la terraza, a un costado de la medianera, espiando a los amantes por entre las hojas de la parra. Jorge guiaba a la mujer en silencio. Su cuerpo era oscuro y hermoso. La llovizna lo salpicaba.

Jorge ahora come sin hablar. Ella lo mira de reojo. Después mira el patio. ¿Ése es el mismo lugar en donde vio bailar a los amantes? ¿Este hombre puede ser el mismo que aquél?

–Está muy bueno –dice Jorge, mirando su plato–. Cocina como una santa, usted.

Marta, distraída, tarda en asimilar el significado de las palabras.

–Gracias, don Jorge. Me alegro que le guste.

Jorge la mira. Traga un pedacito mínimo de carne, degustándolo, sin masticar. Después levanta su vaso de vino, toma un sorbo, y se pasa la lengua por los labios.

–Luisa también.

–¿Luisa?

–Luisa también cocinaba como una santa.

–¿Ah sí?

Jorge asiente.

–Me imagino cuánto la debe extrañar.

–Sí. Sobre todo de noche. Se hace grande esta casa, de noche. Puedo estar horas despierto, mirando aquella pared. Nunca sé en qué estoy pensando.

Marta baja su mentón del puño.

–La quería.

–Sí. Sí.

–¿Y ella?

–También. Luisa. Ella pudo haber tenido a cualquiera. Era hermosa. Usted lo sabe. Pero me eligió. Estuvimos juntos durante más de treinta años. Fuimos siempre muy buenos compañeros. Treinta años es mucho tiempo.

Marta acomoda los cubiertos a un costado de su plato.

–Los años, don Jorge. No sé si pasan los años. Fíjese. Acá estamos, usted y yo.

–¿A qué se refiere?

–A que no sé si pasan los años.

Jorge la mira en silencio unos segundos. Ella tiene los ojos clavados en la ventana; no parece prestarle atención. El viejo sigue mirándola. Después se rasca el mentón, toma un sorbo de vino y termina de comer lo que hay en su plato.


**


Después de levantar la mesa, después de lavar los platos, Marta sale a barrer las hojas del patio. Las hojas están adheridas al piso, y ella tiene que hundir la escoba lentamente y sacarla con vigor. No hay árboles en la casa de Jorge; las hojas son las mismas que el viento arranca de su parra.

Escucha los tangos, mientras barre. La música sale por la ventana de la cocina; es una música que no la instiga a barrer. Para peor el sol le da directo en la cara, y puede sentir cómo las gotas de transpiración se le escurren por el pelo y por la nuca, y entran en la intimidad de su espalda.

Hace mucho calor; un calor espeso, sin viento. Marta siente que le falta el aire y apoya las manos un segundo en la escoba para descansar.

En ese momento se da cuenta de que, apoyado en el marco de la ventana, Jorge la mira. Es difícil saber desde hace cuánto tiempo que él está ahí. Cree verlo sonreír, pero no puede asegurarlo. La culpa la tiene esta transpiración que le chorrea por la frente y le empaña los ojos. Se los seca con el dorso de la mano. Entonces ve que no, él no sonríe. Solamente la mira en silencio, con ojos inexpresivos.

Vuelve a barrer, de espaldas a él. A los pocos segundos ve una sombra, alargándose en el pasto. Es el viejo, con un vaso de agua. En el vaso tintinean tres hielos.

–Déjelo, Marta. No me siento cómodo viéndola trabajar así.

Ella se da vuelta. Sostiene el vaso. El sorbo helado de agua entra a su cuerpo como una punzada. Mientras soporta ese dolor refrescante, mira la terraza. No sabe por qué razón su mirada fue a posarse ahí. Podría haber sido en cualquier otro lado. Sus pensamientos, a la vez, también se están posando en lugares en los que no deberían.

¿Qué le está pasando? Le cuesta tragar el agua. Le cuesta pensar. ¿Es el calor? Siente un escalofrío, cruzándola de cuerpo entero. Es un aviso de algo. El paisaje a su alrededor, en efecto, se está volviendo amarillento, pálido. Se apura en refugiarse en la sombra, a un costado de la casa. Trastabilla. Se desploma en un banco.

–Marta –se acerca con preocupación el viejo–, ¿se siente bien?

Marta respira de a intervalos.

–Sí, sí; es el calor.

La mano con la que sostiene el vaso le tiembla. Jorge lo ve.

–Marta, ¿qué le pasa?

El mareo no cede. Escucha sus pensamientos y la voz del viejo como si vinieran de lejos. Como si Jorge y sus pensamientos estuvieran en las profundidades de un mar. A su alrededor, ve todo amarillo.

–Es mi marido.

–¿Su marido?

Marta siente un temblor en el pecho. El temblor sube, por el cuello, y le alcanza la boca.

–Mi marido me engañó.

Jorge se reclina en el banco, con las cejas juntas. Marta solamente ve su contorno. Se siente torpe, absurda, temblando a un lado del viejo. Se siente sucia, con las gotas calientes de transpiración salpicándole la frente.

–¿Luis? ¿Cómo lo sabe?

–Lo vi.

–Marta, ¿está segura?

–Yo lo vi.

Lo dice una vez más: Lo vi. Entonces se larga a llorar. Llora y levanta una mano y se cubre los ojos. Con esa misma mano se seca la transpiración y las lágrimas. La conciencia de lo que está haciendo la abruma. Sólo los locos le abren su corazón a un extraño. Estoy loca. Estoy loca. Pero lo vi. Yo lo vi.

Jorge piensa que consolarla es lo debido, y le apoya una mano en el hombro. Pero hay una tensión, una dureza en ese hombro, que es como si quemara, así que levanta la mano de nuevo.

–Marta, ¿qué puedo hacer?

–No sé. No sé, don Jorge. Luis no sabe que lo vi. Luis no lo sabe.

–¿No se lo dijo?

–No. No. Durante todos estos días me porté como si no lo supiera. No se lo dije –Marta llora con espasmos–. Me porté como si no lo hubiera visto. ¿Eso qué quiere decir?

–¿Qué piensa usted?

–¿Por qué lo hizo? Eso es lo que pienso. Tantos años. Toda una vida. ¿Usted sabe lo que es? ¿A usted, Jorge, alguna vez le mintieron?

–Entiendo cómo se debe sentir –dice el viejo, mirando la pila despareja de hojas acumuladas en un rincón del patio.

–¿Usted sabe lo que se siente, Jorge? ¿Usted lo entiende?

Jorge no contesta.

–No se puede vivir mintiéndoles a los que uno quiere. Eso no es vida. No se puede vivir así.

–Marta, uno cuando es joven. Uno puede equivocarse hasta cuando es viejo.

–Usted no se hace una idea. Mi marido merecería morir solo.

–Marta, yo no sé cómo es su relación con él; pero, escúcheme, sea lo que sea que su marido haya hecho, eso no quita que la quiera. Eso no quita que se arrepienta. Puedo jurarle que su marido está arrepentido.

Ella parece abrir la boca como si fuera a decir algo, pero la vuelve a cerrar. Se levanta. Empieza a caminar hacia la puerta.

–¿Qué pasa? –le pregunta el viejo, siguiéndola.

–No lo molesto más, don Jorge. Me voy a mi casa. Disculpe por esto.

–Marta, me deja preocupado.

–Estoy bien. Ya estoy bien, don Jorge.

–Espere. Hablemos. No se vaya de mi casa así.

Ella se da vuelta, antes de cruzar la puerta. Lo mira, detenidamente, de arriba abajo. Es una mirada que al viejo le cuesta descifrar. Puede haber odio en esa mirada. O compasión. A Jorge le cuesta distinguir un sentimiento del otro. La mirada de Marta se transforma a medida que lo mira.

Ella, por su parte, tampoco sabe qué hay en la mirada del viejo. Son solamente un par de ojos colorados, diminutos, casi hundidos en las arrugas. Un hombre antiguo y débil que apenas puede sostenerse en sus piernas.

Se acerca y le acaricia la cara áspera, como de piedra.

–Déjeme irme.

Y mientras está ahí, acariciándolo, lo besa. Un beso fugaz, su boca toca la de él un instante, siente la rugosidad de los labios, de los labios grises de viejo.

Después se va.

–Marta –la llama Jorge.

Ella lo escucha, mientras cruza la puerta, pero sigue de largo, con apuro, por la cocina, por el comedor, sin darse vuelta, como escapándose de ese instante en el que hizo lo que termina de hacer; todavía no puede creer que, de hecho, lo haya terminado de hacer.


**


Hoy besé a otro hombre. Hoy besé a un hombre distinto a Luis.

Marta mira por la ventana de la calle, de vez en cuando. Jorge no está en la vereda. Por primera vez en el verano no está ahí, sentado en su silla de mimbre, mirando cómo pasan los autos. No lo ve en toda la tarde.

Cuando vuelve su marido ya es de noche. Cenan solos. Pablo no va a venir. Avisó más temprano que cenaba en la casa de su novia. Su novia es una buena chica; a Marta le cae bien. Parece ser una mujer responsable. Una mujer en la que se puede confiar.

Dios mío, soy una mujer infiel. Hoy besé a un hombre distinto a Luis. Dios. Le juré fidelidad. Le juré fidelidad ante Dios. Y hoy le fui infiel. Traicioné a mi marido y también le fui infiel a Dios.

Luis come rápido, sin conversar, mirando un partido de fútbol. Marta también mira la tele. Pero tiene un nudo en el estómago y no puede probar bocado. Levanta la mesa cuando su marido termina de cenar. Los platos, los vasos y los cubiertos. Los acomoda en la pileta, abre la canilla. Luis todavía mira el partido.

No lo pudiste controlar. No lo pudiste controlar. Pero hoy besaste a un hombre distinto a Luis. ¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Merece morir solo, ahora que no sabe lo que hiciste?

En ese momento siente un pinchazo en el índice. Dice: Ay. Un ay suave, casi mordido. Apretó mucho la esponja; refregó de más el cuchillo. Una medialuna de sangre se le dibuja en el dedo.

–¿Qué pasó, gorda? –pregunta Luis desde la mesa.

–No es nada –contesta ella.

Pero Luis ve el dedo lastimado y se levanta. Mira la herida, la examina. Después abre la alacena, revisa los estantes; vuelve con una curita y una botella de alcohol. Le agarra la mano a su mujer y la moja abajo de la canilla. Apretá los dientes, le dice, antes de desinfectar la herida. Pone la curita, con suavidad. Recién entonces ve que su mujer tiene los ojos mojados.

–¿Qué pasa? ¿Te duele mucho?

–No, no es eso.

–¿Entonces?

Ella se mira la curita.

–Hoy fui a lo de Jorge. Fui esta tarde, a llevarle algo de comer –Marta lo mira a los ojos, de repente–. ¿Vos sabías cómo el viejo se portaba con su mujer?

Hay un silencio. Se miran. Ella insiste:

–¿Lo sabías?

Luis asiente con la cabeza.

–Yo lo vi –dice Marta.

Una gotita le cruza la cara desde el pómulo hasta el mentón. Él la mira sin moverse.

–¿Qué viste?

–Vi cómo él la engañaba. No sé si te lo conté. Jorge estaba con una mujer. No era Luisa. Yo los vi desde la terraza.

–Marta, ¿qué pasa?

–Me acordé de eso. No sé si te lo conté.

–Marta.

–Pero dejá. No me hagas caso.

–Marta, ¿qué pasa?

Luis alarga un brazo como si quisiera tocarla. Pero Marta retrocede un paso; se aleja del brazo que quiere tocarla.

–En serio, Luis. Dejá. Será que hoy no me siento de humor.

Esta mano hoy acarició una cara que no es la tuya. Estos labios hoy besaron los labios de un hombre distinto a vos.

Da una vuelta alrededor de la mesa y sale de la cocina por la puerta del patio.

Luis la mira cruzar la puerta. No la sigue. Gira la cara y por la ventana la ve sentarse en un banco, en la oscuridad.

Marta no se da vuelta. Sentada abajo de la parra, no lo ve; no ve cómo su marido la mira.

Ella, ahora, solamente escucha. Escucha el tango que viene de la casa de al lado. La luna flota entre las hojas largas y lisas de la parra, y ella mira esa imagen, escuchando de fondo el tango de Jorge, la música que él eligió escuchar esa noche, sentada en un banco del patio.

No puede ver cómo su marido ahora se sienta en la mesa, cómo mira la pared fijamente, y apoya la cabeza entre los brazos.










sábado, 5 de diciembre de 2009







"La casa renacía de sus cenizas y yo navegaba en el amor de Delgadina con una intensidad y una dicha que nunca conocí en mi vida anterior. Gracias a ella me enfrenté por primera vez con mi ser natural mientras transcurrían mis noventa años. Descubrí que mi obsesión de que cada cosa estuviera en su puesto, cada asunto en su tiempo, cada palabra en su estilo, no era el premio merecido de una mente en orden, sino al contrario, todo un sistema de simulación inventado por mí para ocultar el desorden de mi naturaleza. Descubrí que no soy disciplinado por virtud, sino como reacción contra mi negligencia; que parezco generoso por encubrir mi mezquindad, que me paso de prudente por mal pensado, que soy conciliador para no sucumbir a mis cóleras reprimidas, que sólo soy puntual para que no se sepa cuán poco me importa el tiempo ajeno. Descubrí, en fin, que el amor no es un estado del alma sino un signo del zodíaco".
















(En Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez. Cervantes hoy, Gabito mañana.)





jueves, 26 de noviembre de 2009



“EL FÚTBOL FRANCÉS Y LA INMIGRACIÓN AFRICANA”



El exitismo: un vicio universal


Gracias a una generación dorada de jugadores, la selección francesa de fútbol ganó su primer mundial en 1998, venciendo en la final nada más y nada menos que a Brasil. El líder del equipo era Zinedine Zidane, el último mito vivo del fútbol. De su mano Francia también alcanzó a conquistar, dos años después, la prestigiosa Eurocopa, el torneo que reúne a las selecciones más importantes del continente europeo. De esta manera, en menos de dos años, el país galo consiguió ingresar al selecto grupo de las potencias futbolísticas, en una racha de triunfos sin precedentes en la historia de su fútbol.

Sin embargo, la lógica del exitismo deportivo exige que un equipo se mantenga en la cima más allá de los laureles ya cosechados. Cuando Francia, con la ausencia por lesión de su máxima estrella, Zidane, fracasó de manera rotunda en el mundial de Corea-Japón, la sociedad francesa destronó de su pedestal a los mismos ídolos que había sabido encumbrar apenas un par de años atrás. Una encuesta dejó entrever que la mayoría de los parisienses no se sentían representados por su seleccionado nacional. El motivo: diez de los once jugadores titulares eran descendientes de africanos. Nueve de ellos, negros. La imagen no se corresponde con la que el francés de cuna tiene de sí mismo. No es, por supuesto, la que pretende devolver al mundo.

Paradójicamente, cuando en el mundial del 2006 el seleccionado francés vuelve a subir al podio, esta vez con Zidane a la cabeza, la opinión pública cambia de parecer. Obnubilados por el triunfo, los franceses aclaman a este equipo virtuoso, valiente, hambriento de gloria, tal como lo supieron hacer con el anterior. El detalle de que sea un equipo de sangre africana queda definitivamente relegado a un segundo plano ahora que el mundo se rinde ante la magia del seleccionado tricolor.



El fútbol como espejo de una sociedad


El fútbol es el deporte más practicado en el mundo. Moviliza culturas enteras, es parte del folclore cotidiano de infinidad de países, y, por lo tanto, proyecta muchos de los conflictos latentes en el imaginario de una sociedad.

Francia es un ejemplo muy singular. En 1958, cuando estaban en plena guerra con Argelia, los franceses toman conciencia de la lucha independentista de ese país africano, hasta el momento una colonia, a través del fútbol. ¿Cómo es que pasó esto? Gracias a la valentía de Mekhloufi, Zitouni y Rouaï, jugadores argelinos de renombre internacional que jugaban en el torneo francés. De un momento al otro, abandonan el país junto a otro contingente de jugadores ilustres para conformar en el exilio el equipo de Frente de Liberación Nacional. La noticia, claro está, causa conmoción: a sólo dos meses del mundial de 1958, los franceses se quedan sin sus principales elementos. Es un movimiento arriesgado, pero los jugadores argelinos consiguen su objetivo: poner en un primer plano el movimiento independentista. A través del fútbol, apoyan la causa de su nación y promueven la toma de conciencia en Francia sobre la lucha por su independencia.



Argelia y un fútbol inestable pero solidario


Unas décadas luego de la independencia, la selección argelina ya es dueña de un estilo propio de juego, lujoso, eficaz, de gran virtuosismo técnico, que despierta admiración a nivel mundial. Un triunfo histórico sobre Alemania, en el mundial de 1982, más la consecución de la Copa Africana de Naciones, en 1990, convierten al equipo argelino en un motivo de orgullo nacional.

Sin embargo, el conflicto con Francia persiste. Muchos de los jugadores del seleccionado argelino siguen desempeñándose en el torneo francés. Encuentran en el país europeo una estructura económica y social de la que su propio país carece. Las autoridades argelinas, en un arranque nacionalista, instan a Mekhloufi, por entonces director técnico del equipo, a citar sólo a los jugadores que participen en el torneo local. Éste, sin embargo, decide privilegiar la calidad de los futbolistas que juegan en la otra costa del mediterráneo. En Francia, explica, hay una rutina de entrenamiento que favorece la explosión de todo el potencial de un jugador. En Argelia, en cambio, las condiciones de trabajo son otras. La falta de estabilidad en su fútbol pone en foco las carencias de una sociedad estragada por la violencia política y social. El desempleo, el hambre, la pobreza, son obstáculos cotidianos que los argelinos, tal como pasa en el campo de juego, sólo pueden combatir siendo solidarios entre sí. El fútbol aparece como una de las escasas posibilidades con las que cuentan para evadir la pobreza.



La ilusión que subyace al fútbol


Muchos de los chicos de las clases populares crecen con la esperanza de un día ser grandes futbolistas. Además de gloria, se les promete ganar mucho dinero, lo que les permitiría sacar a sus familias de la pobreza. En este sentido, el fútbol promueve una ilusión de movilidad social que pocas veces alcanza a volverse efectiva. Como observa Dahleb, otro ilustre jugador argelino que supo militar en el equipo de Frente de Liberación Nacional, de los miles de jóvenes argelinos que año a año migran a Francia en busca de mejores horizontes de vida, sólo unos pocos alcanzan a ser futbolistas profesionales. El resto es condenado a vivir en guetos, sin una vivienda propia ni un trabajo digno, víctimas de la discriminación y la marginación social. Esta discriminación puede advertirse hasta en los mismos estadios. Es recurrente, admite Dahleb, que grupos de extrema derecha se infiltren en las tribunas para insultar de manera impune a los jugadores negros. Gran parte de los franceses, como el escenario del fútbol parece indicar, tiene dificultades para asumir los rasgos de la nueva fisonomía de su nación. Fisonomía que fue evidente para el mundo entero tras el mundial que la selección francesa ganó en 1998: el equipo titular estaba compuesto en su gran mayoría por descendientes de africanos.



Conjetura sobre el futuro


La supremacía física de la raza negra es un prejuicio generalizado que, sin embargo, día a día encuentra argumentos para sostenerse. Fuera en atletismo, en básquet o en fútbol, la excelencia deportiva es alcanzada en general más por negros que por blancos. Los ejemplos son innumerables; la NBA, la mejor liga de básquet del mundo; Brasil, pentacampeón mundial de fútbol; los Juegos Olímpicos, donde se desempeñan los corredores más veloces del planeta; en todos los ámbitos deportivos acostumbra a imponerse la raza negra. No puede afirmarse que haya un vínculo entre esta supremacía física y la explosión demográfica; pero es un hecho que en países como los Estados Unidos la población negra aumenta al tiempo que la población blanca disminuye. En este sentido, no es de extrañar que, a corto o largo plazo, los negros en Norteamérica terminen por constituir la raza predominante. La elección de Obama es el signo visible de una paradoja histórica: los mismos que fueron oprimidos, segregados, explotados, son los que hoy por hoy tienen en sus manos el mango de la conducción política. Francia, país del arte y la cultura, choca con esta realidad cada día más evidente.



Zidane, un caballero


Zinedine Zidane, hijo de padres argelinos, así como también el mejor futbolista de los últimos veinte años, no reniega de sus orígenes. En 2001, los seleccionados de Francia y Argelia van a enfrentarse por primera vez luego de la guerra. Es un partido histórico para la integración de ambos países. El encuentro será en París y los medios de la ciudad están convulsionados; apenas tres meses después del atentado a las torres gemelas, la psicosis general instaura la sospecha de posibles atentados de grupos radicales argelinos. Zidane, sin embargo, ajeno a la neurosis colectiva, se desenvuelve como un caballero. En la previa del partido, da muestras de carácter y de fidelidad para con sus raíces enfrentándose a los medios franceses. Ante la inquietud de un periodista sobre lo que espera para el partido, responde: “Espero que sea un buen espectáculo para nosotros, los franceses, y para nosotros, los argelinos”. La sencillez de su juego se trasluce en la sencillez del concepto. Para él, no hay diferencia que justifique el rencor y la ruptura entre un país y otro. Todos, dice Gizu, somos nosotros.

















(pa francés, la prof una genia)









“Pero, por lo general, aquellos a los que hemos maltratado son precisamente quienes más concitan nuestro odio”.

(En Foe, de J. M. Coetzee)





***



El borracho


El borracho siempre dice su verdad

Como los chicos y los honestos

El borracho siempre dice lo que piensa

No escucha lo que le dicen los otros

No le importa, en realidad, lo que tengan para decir los otros

Para el borracho no hay más verdad que la suya

Ni olvido más piadoso que el de un sorbito más

Uno, solamente uno más

Va construyendo su valentía, el borracho, de a poco

Y después se inclina en su silla

Y levanta el brazo

Y a todos nos causa gracia

Cómo empieza a bardear al sobrio

Pobre tipo, le dice

Sos un pobre tipo

Es una risa

Cómo el borracho

Descansa al sobrio


El borracho es feliz así

Tiene que hacer reír

Siempre, pero siempre

Va a cantar lo que piensa

Es todo coraje

Franco

Impetuoso

Nada que ver

Con el sobrio

Que se agazapa

Que se calla

Que enrosca en su silla

Mirándolo

Y piensa

Qué tipo, éste, siempre

Tan asustado












miércoles, 18 de noviembre de 2009






Uno te mira en las ventanillas de los trenes

Como en un espejo abajo del agua

Y después solamente piensa

En tus piecitos tibios


Uno hace todo lo que puede para mirarte con soltura

Uno piensa de qué forma te puede pensar

Uno calcula cuánto tiempo nos quedará de euforia

Antes de que los ojos se mezclen

Antes de que las bocas se nos llenen de agua



Uno es como es

Pero se esfuerza por quererte de lleno

Sin parámetros

Al punto de hacer de vos

Un mundo invisible

Una tierra de puro vapor











***











Futuro

No sé nada

Dame una pista

Por acá

Por allá

Decime cuál

Sos tan próximo

A veces me gustaría tenerte lejos

Y lo sabés

Lo sabés futuro

Pero acá estás

Después de estas letras

Llegaste

Y te fuiste

Y volvés

Y acá estás

Acá estamos

Aire

Movimiento

Casi no me doy cuenta

Casi














***
















Me gustó desde la primera vez que la vi.

Teníamos en común la mirada.

Siempre nos mirábamos.

Un día le dije: Soy tímido.

Qué buscás para cambiar.

Un punto de inflexión.

Siempre fui así, muchachita.

Esperando que el viento cambie de rumbo porque sí.














desvarios 2006 (revisando)













Yo no le tengo miedo a la muerte.

Me asusta más, por ejemplo,

que la mujer que yo quiero

un día no me quiera.


Me asusta mi ventana

que haya gente

mirándome en la sombra

y que no les guste

mi cara de los lunes a las seis.


Igual yo prefiero tirar una moneda al aire

para averiguar a quién busco.


Me asustan las bromas quizás.

Pero no la muerte.
















***












Ayer a las seis de la tarde

me gustó sentarme en un banco.

Plaza sola y un alma.

Miré un árbol.

Unos nubarrones de melón

se acostaban arriba.

Yo no sabía la hora.

No me gusta usar reloj.


Cuándo.

A las seis de la tarde

me gustó pensar en vos.

Me acordé que estaba solo,

triste, burdo, inverosímil,

no tenía nombre

mientras en aquella plaza

nadie me llamaba del hombro.


Mi casa queda muy lejos.

Queda muy lejos todo de acá.

Vos, seguro, me hubieras preguntado en qué pensaba.

No sé, te habría dicho.

Andando en bicicleta.











***




















PENSAR EN EL BESO


Miraste alguna vez la pared

Viste todas las cosas que te dice

Te habla en voz alta

Te cuenta por acá

Mejor por allá

Elección que es fácil que dude

Y duda


O los ojos de tu perro

Alguna vez te quedaste mirándolos

Son inteligentes

Te entienden más

De lo que vos

Los entendés a ellos

Así las cosas

Así

Cada segundo

Lleno

Y si mirás la hora

Qué tiene para decirte

Numeritos

Uia

Los años

La vida

Numeritos

Signos

Ecos

Nada en su lugar

En cambio la pared

En cambio el movimiento ése

De esos dedos ojos pies

Que te quieren

Te buscan

Están ahí

Cuando se te caen los ojos como piedras

Y todo es un mirar para adentro

Flotante y azul de luz tierna y de ruidos

Entendés a lo que voy

Ese segundo que es cada segundo

Es la vida

Yéndose

Imperdonable

Mente

Yéndose

Cada segundo

Vos te das cuenta

Contame

Tenés los ojos para decirme

Qué ves afuera

Decime

Linternitas velan tus párpados

Y sombra y sombra y sombra y vos

Y vos paradito en la sombra mirando

Linternitas disimuladas

Qué ves

Cuando mirás para adelante

Al costado de perfil de reojo

Una mirada de trescientos sesenta grados

Ver todo

Los ojos de tu perro

Y estar seguro

De lo que amás

Amás

Estás seguro

Cuando mirás la pared y te preguntás todas estas cosas

Por ejemplo a quién

Porque después viene

Y lo tenés que saber

Después viene la lluvia

La ventana en la gota

Mi pestaña en tu lágrima

Y si no lo sabés

Y si no lo miraste

No tenés en claro las chances

Y es importante descubrir los colores

El ruido que hay en tus huesos

Cuando movés el dedo de la mano izquierda

O el de la derecha

Estás vivo

Impresionante e inverosímil

Mente

Podés leer que ahora

A

Hora

Es

Todo

Y estodo

Y es

Todo

Este segundo de todo

Es todo

Y después

Pueden venir otros todos

Pero todo sigue siendo

Todo

Alguna vez pensaste

En la nada

Que hay en el todo

Segundo que va

Numerito que viene

Aire en la hora

Lo tragás

Es mío

Es tuyo

Alguna vez miraste la noche sin

Mirar la palabra noche

Atento solamente a la

A la

Esa cosa nada oscura

Ese hondo cargado en sombra

Por qué el mundo no vive de noche

Por qué no nos levantamos de noche

Qué tiene de malo la no

Che

Y si durmiéramos la siesta de noche

Y si la mañana fuera una noche

Alguna vez te sentiste solo en la

Che

Mirando la pared y el perro el árbol

Tenés que prestar más atención

Enfocarte

Río ojos

Los ojos tienen eso que te gusta

Eso que amás

Amar ojos

Cuando la música llena los vientos

Y vuelan

Vuelan

Y tu alma vuela

Qué tiene tu alma que puede volar

Y las luces vuelan

Y los colores

Y vos sabés que amás eso

Tan indefinible

Como un beso que se abre

Volador

Concreto

Y tuyo

Sobre todo

Amor

Tuyo





















lunes, 9 de noviembre de 2009

De la cumbia villera

Esta es la letra del hit Su florcita, de Agrupación Marilyn, grupo de cumbia que alcanzó la fama en 2007. Fue su tema más reconocido y se bailaba en todos los boliches y bares del GBA.

Ahora, ¿se puede seguir un tema sin prestarle atención a lo que dice la letra?

Y sí. De hecho, Su florcita se cantaba y bailaba con euforia. O, más bien, la canción permitía bailar con euforia y alegría el lamento de Santiago, el cantante, que narra el drama con una voz visceral, salida del fondo del estómago.

Si la cumbia villera canta, grita y denuncia circunstancias límites de vida, lo hace así, permitiendo la alegría del baile, o el desahogo del movimiento.

La depresión y la solemnidad son vicios de otras clases sociales.


*****




Tan bonita, tan chiquita,
tan llena de sonrisa,
perfumada flor que crecía.

Doce años cumplíria,
de la escuela
no volvía.

Preocupada
se la ve a mamá.

Cuatro horas
se demora.

¿Qué pasó?
¿Por qué lloras?,
dijo una mujer,
y luego la abrazaba.

De repente
suena fuerte
el teléfono,
¿y quién atiende?,
la mamá
secándose las lagrimas.

Tu florcita,
la encontraron,
en un gran descampado.

Su madre grita
sin compasión.

Sin vida estaba,
tirada, golpeada,
¿Por qué?
¿Quién fue?

Cómo es que matan
a una niña tan pequeña.
Sólo tenía doce años.
Toda una vida por vivir.

Cómo es que matan
a una niña tan pequeña.
Sólo tenía doce años.
Toda una vida por vivir.

Por vivir...









lunes, 2 de noviembre de 2009

alternativa




Gritos. Corridas. Golpes. Algo se cae. Algo, creo, se parte. El ventilador, mientras, está encendido. La puerta, a su vez, cerrada. El viento sacude las cortinas, las mueve para un lado, para el otro. El ventilador las hace bailar, parecen las alas de una paloma, a la luz del velador, las cortinas. Aunque pueden parecer, en realidad, cualquier cosa que se mueva. Debo estar desconcentrado.

Los gritos siguen. Yo fumo. Me acuesto. Fumo hasta sentirme asqueado. Enciendo uno atrás del otro. La gracia es que todo me duela al punto de ya no sentir nada; ojalá el humo se pudiera vomitar. Pero no. Se me queda en los pulmones, flotando, es una intrusión, un abuso; como otra alma, digamos, que se me mete por la boca, y pesa, y molesta.

Pero calavera no chilla. Todavía no terminás éste, viejo, que ya estás encendiendo otro.

Sería un espectáculo, algo digno de verse, si se lo pudiera ver en una película. De vez en cuando, la gente que uno conoce se deforma, o transforma; se vuelve grotesca. Como en las películas; los buenos actores se saben deformar. Digamos, hay un momento para ser normales, tranquilos, mirar la hora, bostezar; pero hay otros en los que nace el choque de uno con el mundo, con el resto, con todo. Estos dos boludos, mientras, siguen gritando. No me dejan pensar en paz.

Apago la tele. Me siento en la cama. Ya está. Puedo soportar lo que sea. Fumo. Daría un dedo por un vaso de algo. Vino. Agua. Tengo que hacer la tarea. La vieja de matemática mañana va a calentarse conmigo. ¿Y las ecuaciones, Peralta? No las hice, profesora. ¿Por qué? No las entiendo. Es solamente un asunto de práctica, Peralta. Lo que pasa es que tampoco me interesa entenderlas. ¿Ah no? No, creo que son inútiles. Lo noto inconforme con el plan de estudio, ¿tiene algún problema en ir a planteárselo al director? Ninguno. Entonces vaya derechito a la dirección. Y usted váyase derechito a cagar. ¿Cómo dijo?

Pero no. No. Eso significaría más problemas; probablemente, la expulsión. Si serás cobarde. Todavía acá, especulando, no salís de ser un mocito más en un colegio de curas.

¿Qué es lo que tengo que hacer, Dios? ¿Levantarme? ¿Meterme? Decime. No creo en vos, está bien; pero qué desahogo hablarte. Envidio a los que creen; tienen una base espiritual, ahí afuera, que los sostiene. Yo solamente me tengo a mí mismo. Mamá me decía: Tenés que creer en algo. Yo le decía: Creo en mí. Y te hablo, Dios, y como no hay nadie en esta pieza, sé que me estoy hablando a mí. Como si fueras un segundo Javier. O mi subconsciente. Pero ayuda, hablarte; ahora que te hablo, tengo que decir que sí. Se puede ordenar lo que se piensa. En el pensamiento, en cambio, todo se bifurca, se parte; son olas, yendo de acá para allá; empujan las paredes del cráneo. Pienso: en la Biblia, a Dios los personajes le dicen Padre. Pienso: extraño el minuto en que pueda estar en paz. La paz de una mente en blanco, limpia, sin gritos, corridas, ni histeria.

Pero reculemos. ¿Y si estos gritos solamente existen en mí? Digamos, ¿si son solamente voces en mi mente? Algún grado de esquizofrenia, tendré. Pero todos, hoy por hoy, tenemos algún grado de esquizofrenia. Lo bueno de generalizar es que dejo de sentirme solo. Y no estoy solo, si lo pensamos: hay ideas, imágenes y ruidos por todas partes. Es una saturación, lo de hoy. Los antiguos, en cambio, escuchaban el ruido del viento, del agua; algún rumor de montaña. Los antiguos no tenían locutores; miraban la luna o el sol o la lluvia, y ahí estaba la divinidad. Yo apago la tele para escuchar silencio, y lo que me queda son gritos. Quiero paz. Insisto, ¿a quién le estás hablando? No sé. El ateísmo duele. Los creyentes, por su parte, noche a noche le hablan a su Dios. Rezan; tienen una estrella que los desborda. Si los locos hablan solos, su locura es poética. Le cantan a lo que no está.

Mamá siempre creyó en Dios y también tenía la costumbre de creer en mí. A veces me decía: No seas como yo. Pero ésa era una empresa imposible; yo no sabía cómo era ella. Nunca lo supe. La gente que uno más quiere se deforma; se vuelve grotesca. Mamá gritaba. Yo no sabía qué decía. La escuchaba. Pero gritaba. Sos muy chico para no creer en nada. ¿Nunca tuvo quince años, mamá? Cómo habrá sido ella, me pregunto, a los quince. Cómo habrá pensado, cómo se habrá soñado a sí misma, a esa edad. Lo imposible. No conocer el pasado de los que conocen todo de mí. Estoy en una posición de desventaja. Para siempre. Me juré, mirándola: No voy a ser como vos. Como si de hecho se pudiera no ser eso, lo que se desconoce.

Es una lástima que exista la posibilidad, la alternativa, en el sentido de que uno sabe que se pudo hacer algo, pero en vez de hacerlo, se quedó donde estaba, fumando, mirando el techo. Es una cagada; pero una cagada, bien mirado, placentera. Tocar fondo es tan dulce, intenso, como tocar el cielo. Lo irrespirable, a mi ver, es el punto medio. Satura, sofoca, quedarse en el punto medio. Es indispensable circular. Cambiar. Transformarse.

Yo, esta noche, toco fondo vomitando. Me tiro a un costado del tacho. Siento las contracciones en mi estómago; doy a luz un líquido que no vale la pena describir; prefiero decir, por el momento: vomito palabras. Es la primera vez que fumo un paquete, y en una sola noche. Casi sin respirar. Me lloran los ojos. Me los refriego. ¿Qué es lo que tengo que hacer? Una voz, pido, algo que me responda, me ordene. No soporto esta libertad inmensa; el abanico infinito de posibilidades que me ofrece todo esto. Necesito un índice apuntando en alguna dirección. Soy un perro con las orejas gachas. Los gritos no paran. Me gustaría cerrar los ojos, dormir; hacer el amor en el sueño.

Pero no puedo. Doy vueltas en la cama; tengo las orejas calientes; arde mi almohada; queman los gritos. Hay ruido de pasos, afuera. Corridas. Sillas que se caen. Jarrones que se parten. Gritos hondos, deformados. Abro los ojos para entender bien lo que dicen; lo que es una estupidez; no puedo verlos; la sordera no está en los ojos. Puedo ver, sí, la noche, la ventana en la noche, las cortinas que van y vienen, como alas, a la luz del velador. El televisor apagado. Un portarretratos, en la mesita de luz. El cenicero, colmado de puchos. Un libro leído a la mitad, tirado en el piso.

Los gritos, de golpe, paran. Son las doce. A los pocos minutos golpean la puerta. Abro. Es papá. En la pieza flota una humareda intensa. Él tiene que entrar empujándola. ¿Estás fumando? Sí. ¿Por qué? Porque tengo ganas. Se queda callado, mirándome. Mi viejo, ahí, en la puerta. ¿Te sentís bien? Sí, le digo. Sigue mirándome. Después mira la ventana. Dice: Hasta mañana. Hasta mañana. Te quiero. Yo también.

El Padre. Estoy hecho a su imagen y semejanza. A veces me pregunto: ¿No será él el que se fue haciendo a semejanza mía? Mi viejo abre la puerta; trastabilla; el vino le hace bien a la circulación. Se pierde en el pasillo.

Vuelvo a estar solo. Escucho el ruido de otras puertas que se cierran, algunos pasos que caminan; el silencio vuelve a la casa, a esta casa, por naturaleza, ruidosa. Yo me sé sus espasmos de memoria. Los picaportes que bailan, las ventanas que crujen, las puertas que chillan, abriéndose solas. Escucho el idioma de la casa, el rumor de las respiraciones; de a poco, el barrio entero entra en la rosa del sueño; ya no hay ruido de autos ni colectivos; un silencio marítimo, ventoso, oscila en las veredas.

Todo duerme; pero no es mi caso; no va a ser mi caso esta noche. Hay algo que no me deja estar en paz. Me siento muy cansado, pero no puedo cerrar los ojos. Es un murmullo, al principio; lo siento de lejos, como el de un tren, escupiendo chispas, asomándose a lo lejos. Después el murmullo se hace más claro, próximo, nítido; no tardo en descubrir de qué se trata; son gritos. Molestos, intensos; puedo escucharlos de cerca. Los oídos me arden; están en mí, los gritos, por mí, para mí. Me recriminan que pude hacer algo, y no lo hice. Las cosas, éstas, pudieron ser de otra forma, pero no lo fueron. No puedo soportar la idea de esa alternativa; me asfixia.

Así que me levanto. Saco la carpeta del colegio. Paso de largo por las hojas de matemática. Me quedo en la hoja final. Y, con una birome, así, apurado, como vengan, copio lo que me dicen los gritos. Los amanso. Ahí, afuera, son solamente palabras; dejan de gritar. Algo se cae. Algo, creo, se parte. El ventilador, mientras, está encendido. La puerta, a su vez, cerrada.

























Entre hombres


Así que, francamente, Laércio Redondo,

no entiendo por qué no podés jugar fútbol.

El fútbol es un deporte de hombres dulces.

El fútbol es un deporte de hombres que se

quieren con locura.

El habilidoso es maltratado por el recio.

Y el recio se muere por maltratarlo con amor…

La vida es linda, Laércio.

En el campo se impone el recio

Y el enamorado corre detrás de él.

“Ven y voltéame, recio zaguero”.

Muchas veces escuche decirse esto entre hombres…

Vi hombres arrojarse al pasto para que otros

se arrojen detrás, es tan bonito el amor

corrompido, prohibido, escapado de las pacaterías

del mundo.

Cosas así hace el amor para sobrevivir y eso es

tan lindo.

Es así, querido Laercio, el fútbol es un deporte

de hombres que se quieren con locura.

Passolini, lo sabía bien y disfrutaba,

era capitán de un equipo de recios adolescentes…

…entre hombres, en medio de la calle;

el recio y el habilidoso,

el abrazo y el beso del gol, es como un

arrumaco después de un gran polvo.

Laércio, querido amigo, no te prives de lo mejor.

Todo es mejor y mágico entre hombres…





(Una voz única le canta al fútbol. De Washington Cucurto)




viernes, 16 de octubre de 2009

natalia era cine




Cuando estábamos en el secundario, Natalia venía a mi casa los viernes y los sábados a mirar películas. Durante el último año vimos todas las de Godard. Pero también era común que alquiláramos la primera que encontráramos en el video, cualquiera con tal de que sea desconocida, para sorprendernos, o defraudarnos; a esas alturas daba lo mismo una cosa o la otra, mientras se pudiera improvisar.

Después, si la película valía la pena, nos quedábamos un rato comentándola; pero si no, ella me miraba de reojo, y antes de que terminara yo entendía que era mejor dejarla a la mitad. Lo que no me molestaba, incluso cuando la película sí se avenía a mis gustos, porque cuando ya no había qué mirar o decir ella se desperezaba en la cama y me dejaba que le besara la boca.

Fue una lástima cuando se puso de novia, en el sentido de que empezó a visitarme solamente cuando el novio se iba a bailar, lo que pasaba dos o tres veces por mes, o incluso, en las peores ráfagas del invierno, una.

Uno de esos viernes Natalia lloró. Hasta ese día, nunca la había visto llorar. La película era muy buena, pero dudé de que fuera para tanto; así que puse stop y le pregunté qué le pasaba. Nada, me contestó, pero entendeme que no te amo; lo que me sorprendió mucho, tanto que no supe qué decirle mientras se levantaba y se iba del dormitorio.

Así que parte de conocer a Natalia fue acostumbrarme a actitudes como ésa.

Cuando la volví a ver habían pasado seis meses, mucho tiempo, dos estaciones; Natalia se había cambiado el peinado y yo ya me había olvidado de cómo era su look anterior. No le reproché la ausencia, ella tampoco reprochó la mía. Solamente dijimos: Cómo nos colgamos, che; en tono de broma. Aunque sabía pocas cosas de mi amiga, con eso me alcanzaba para saber qué era lo que le gustaba y qué lo que no; y entre esto último estaba hablar del pasado; cada vez que nos encontráramos todo tenía que ser nuevo.

Y ella, como compensando mi comprensión, volvió al mes siguiente. Y después volvió al otro. Y después de eso empezó a venir mucho más seguido. Era verano. Devoramos Bergman; hacíamos el amor y nos quedábamos fumando hasta que sentíamos en la ventana el vaivén de los bondis, mirando el techo, charlando, con la cerveza tibia transpirando en la mesita de luz.

Volvíamos a ser los de antes. Natalia me hablaba de su trabajo, de sus estudios; no volvió a hablarme de su situación personal, por lo que yo sentí innecesario hablarle de la mía. De hecho, no le comenté que me había puesto de novio hacía unos dos meses. Aunque quizás Natalia se diera cuenta cuando yo le decía que tal noche o tal otra no podía verla; yo, que nunca había tenido cosa mejor que hacer de mis noches que mirar películas con ella.

En invierno sus visitas se hicieron más espaciadas; pero al otro verano volvieron a ser constantes. Así fue siempre en general; digo siempre por decir varios años, quizás seis. Nuestros ciclos coincidían con los del sol. Yo a veces la pensaba, qué andará haciendo, me decía, y quizás a los pocos días o a las pocas semanas volvía a tener noticias suyas, como si nos juntara un hilo invisible; era cuestión de tirar de un lado para que el otro sintiera el tirón, y entonces nos llamábamos, y volvíamos a estar juntos de nuevo.

Pero por alguno de esos veranos me casé. Me mudé a otro barrio y Natalia me felicitó por teléfono. Estaba contenta por mí, yo también lo estaba; pero le dije que me habían recomendado una de Polanski, y ella de golpe se quedó callada, por un segundo tuve un teléfono vacío en la mano; hasta que escuché: Yo también me voy a casar; lo que no tenía nada que ver con lo que yo le había dicho, pero que me dio a entender que por un tiempo largo no iba a haber más buenas películas para mí.

Y este tiempo largo duró unos dos años. Quizás tres. Daría lo mismo si dijera veinte; hubo un punto en el que los años para nosotros fueron solamente números; no variaba la esencia de la cuestión, que era que cada uno, desde su mundo, sabía seguir pensando al otro.

Pero un día, después de todos esos años, nos encontramos en la calle; no puede decirse que haya sido al azar. En realidad yo caminaba desde hacía horas, sin un rumbo en concreto, dando vueltas a ese hilo invisible que nos juntaba, y de golpe ella estaba ahí; quizás ella también hacía horas que caminaba, dando vueltas al hilo nuestro.

Nos saludamos, charlamos a un costado de la gente que pasaba, y cuando ya no hubo qué decir le comenté que en el cine estaban dando una buena de Kaufman, a lo que ella me contestó bueno, y terminamos viéndola ese mismo fin de semana, en un cine alejado de todo, después de lo cual fuimos a charlar a un hotel.

Quiero tener hijos, me miró en la cama. Su cuerpo había cambiado, también había cambiado el mío; pero nosotros no habíamos cambiado nada. Yo le dije que también quería tener hijos, pero más adelante. Cuándo es más adelante. Yo le dije: No sé. El asunto se había vuelto confuso, nunca había asociado esas dos palabras, Natalia, hijos; Natalia para mí era cine, una cerveza de madrugada, algún hotel, algún librito de poesías chinas que ella me leía hasta que se terminaran los turnos; poesía lenta y silenciosa que yo escuchaba en su voz con los ojos cerrados.

Pero una noche de ésas ella se sentó. De verdad quiero hijos, me dijo. La chica tenía una pupila empañada (una, la otra se la tapaba el flequillo), y yo la miré confundido, pensando en qué me convenía decir. Pero el silencio, mientras yo pensaba, se alargaba, y Natalia nunca se sentía cómoda en silencio, así que se levantó y me dijo: Sabés, empezó a cambiarse, durante todos estos años no te extrañé. Confesión que admiré desde la cama, encandilado; todavía después de tanto tiempo Natalia seguía siendo sincera conmigo.

Y se fue. De un día para el otro dejó de llamarme. Yo, por mi parte, tampoco la llamé a ella. Pero, a veces, hay que decirlo, levantaba el teléfono y pensaba las primeras palabras para decirle; nada más que después lo soltaba porque me daba cuenta de que no había mucho qué contar; mi vida, durante ese tiempo, no había cambiado nada en relación a lo que era antes de que ella se fuera.

Pero miento, en realidad sí había cambiado, solamente que dudaba de que a Natalia pudiera interesarle. Mi mujer, por ejemplo, me había dejado; fue de mutuo acuerdo; ella quería blanco, yo negro; ella quería mar, yo montaña; ella quería tener hijos, a lo que yo contesté: No sé.

Así que estuve solo de nuevo, empecé a ir al cine los viernes, me sentaba con un vaso de cerveza, entre butacas vacías, y después salía a caminar. Una noche de esas me acordé de Natalia. La llamé para ver cómo estaba, más que nada por curiosidad, de vez en cuando pensaba en las vidas de los otros; y hablamos un rato largo, como en los viejos tiempos, antes de citarnos en un bar.

Y cuando la vi después de tanto tiempo, Natalia era otra, había vuelto a cambiar de peinado, se vestía diferente, también era otra su forma de mirar. Yo esperé un rato para darle un beso, me sentí obligado a hacerlo, y ella fue generosa y también me besó; pero a los pocos minutos había cambiado de humor.

No sé qué hago acá, me decía. Yo no pude ser más lúcido: Estás conmigo, le contesté. Pero Natalia seguía diciéndome no sé qué hago acá, tengo un hijo, Sebastián, ya no somos chicos, ya no somos chicos. Y me pidió paz, algo así me dijo, quiero paz; la misma paz que yo sentía en ese momento, que la tenía de vuelta conmigo, es la que me pidió le dejara.

Porque hay cosas que tienen que decirse, me dijo. Yo siempre te amé, fue lo que me dijo después. Y se quedó en silencio, y yo también me quedé en silencio, preguntándome qué era lo que me tocaba decir a mí, algo que nunca le hubiera dicho, como tener un hijo, o que la amaba; pero no llegué a decírselo porque Natalia se levantó y se fue del bar apurada, sin despedirse; tendría que haberlo previsto, sabiendo cómo es.

Hace años, muchos años, de esa noche; creo que si la estoy contando ahora es justamente para acercarla; pero este tiempo sin verla me ayudó a pensar, cuando la encuentre voy a demostrárselo, voy a decirle lo que nunca le dije; quizás después miremos una película, tengo una muy buena que me estoy reservando para ese momento.

Mientras, la espero. Tanto la espero, incluso, que a veces el tiempo pareciera no pasar; se estira, se alarga, el tiempo, y Natalia no llega, Natalia no llama. Es lo que implica haberme enamorado a estas alturas, que el tiempo no pase. Pero no me quejo; yo conocí a mi amor así.


















martes, 6 de octubre de 2009

después cierra los ojos




Él había estado tomando desde la tarde del viernes, desde que salió del trabajo y pasó por el bar de las cinco esquinas a saludar, entre otros, al Toto, un oso de ojos llenos de ojeras negras al que le dicen cabezón por costumbre, pero que en realidad no lo es, sino que tiene el cuerpo muy chico en comparación a la cabeza, y le invitó una cerveza, y yo le invito otra, y antes de que se pueda dar cuenta el dueño ya nos está fiando hasta las cajas, porque dicen los que saben que para hablar de la vida como Dios manda no se permite otra cosa que vino, la sangre de mi salvador, del color de las moras.

Así que todo se vuelve oscilante, y él abrió la billetera y apagó el celular, antes de que a eso de las tres el Negro sacara el Falcón de cinco puertas donde con amor y esmero una noche supieron entrar dieciséis, la misma noche que cruzaron ruta 8 al fondo, al fondo, al fondo, de largo por los descampados de los milicos en campo de Mayo y el tanque como una reliquia dispuesto en un valle de pulcro pasto inglés, el mismo donde el Toto desahogó un meo interminable sin apercibirse del cabo que prorrumpía en improperios a escasos metros suyos, hasta que después El Japonés emergió del desierto con sus precarios carteles de neón, relucientes en el frío sin luna ni estrellas de las tres y media de la madrugada, con las paraguayitas y las misioneras ululando en la niebla de los cuartitos, y él que por allá y él que por acá, termina llevándose a la más titilante de todas, pero es una lástima, corazón, una lástima, amor mío, cuando lo peor de mi noche no es desear y no poder tener, sino desear, tener, pero no poder sentir, para que ella se imponga con su amor de oro, aprendé de mí que soy feliz, corazón mío, mi amor, y le sonríe con una malicia tierna al oído agarrate porque de acá no te vas caminando.

Así que era piadoso ver el sol, de vuelta, de vuelta, cuando la cumbia santiagueña explota en los tímpanos, y desarbola las chapas del Falcón la voz agrietada y doliente del Koly Arce en compañía de su legendario quinteto imperial, entre palmas y acordeones, temo que un día te vuelva a buscar, cantan golpeando el techo, y él también canta, gritando como un mudo mientras por adentro sus pensamientos insisten en volverla a buscar, cuando yo interpreto la poesía según mis propios términos y más ahora que mi designio es no quedarme dormido de acá hasta la noche y mantenerme lejos de la posibilidad de que me controle eso que siempre pasa adentro del sueño, porque si el Koly Arce le canta a una mujer infiel él va a agarrarse de las mismas palabras pero con otra intención y estamos en el mismo verso nada más que él le va a cantar a ella, a la otra, a la que ahora mismo busca en la gilera con el loco medio relativo de Toto, y ahí está la parada del tranza llena de pendejitos amanecidos atrevidos que tenés diez pa la tiza, porque si no hay tiza al colegio no va él ni yo ni nadie, y el Toto que se sustrae de todo espamento abriendo su billetera de cuero con veinte mangos tristes, tomá, tomá, tomá, pero no, pero no, dice él, a mí guachito, a mí me venís a bardear, y te pongo un viaje que fue lo que hizo antes de sacar la gilera arando, nublando de tierra y de humo el pasillo con cruces del señor Jesucristo mi libertador, y le grita al Toto cagón a estos guachos les falta educación, y hasta considera volver al pasillo con la 22 del mismísimo cagón del Toto, para educarlos, para educarlos, aunque al final no da porque ya tiene la tiza en el bolsillo y con la tiza tiramos hasta el asado, y que nadie venga a decirme a mí cómo tengo que escuchar la poesía del Koly Arce.

Y para cuando lo vemos esa misma noche está claro que ya nadie quiere decirle nada al respecto, se lo ve pálido, hambriento, moviendo involuntariamente la boca a la manera de un dorado arado de sed, la mueca torcida para un lado, el cuello reculando para el otro, pero todavía locuaz, de una facundia indeclinable, dispuesto a convencernos de las mismas cosas de las que él está convencido, aunque dentro de esa coherencia no es raro que haya licencias, y si ahora me gusta blanco, y dentro de diez minutos me gusta negro, sigo dispuesto a defender lo que pienso, porque el blanco y el negro forman parte de eso, y si así y todo lo desdicen se propone defenestrar a voluntad a cualquiera, y en la mesa el puño hace pum, pum, pum, porque yo laburo desde los doce viejo, sabés las cuadras que te faltan a vos y a vos y a vos, me rompo el culo todos los días para darles de comer a mi mujer y a mis hijos, y si hay que volver con la cabeza gacha, lo hacemos, porque yo le digo a mi mujer que puedo irme dos o tres días de casa pero que a la larga ella siempre sabe que termino volviendo.

Y escuálido, breve y flaco como se lo ve, nadie sabe adónde le van a parar tantos litros, pero te juro que se sienta con su vaso a las siete y recién se levanta a las tres, cuando el vino que le entra por la boca empieza a rebotar en la garganta con el que ya tiene adentro, y si no le devuelve a la tierra sus frutos le cuesta un poco más que de lo contrario, pero así y todo prosigue en su labor de soñar, cierra los ojos como si el vaso fuese un pecho de vidrio y vemos la nuez que sube y baja y baja y sube como la cabeza de un náufrago pidiendo auxilio abajo de la piel, sos, sos, sos, peleando abajo de algo que se instala en su forma de ser instalando en el mismo acto de instalarse los ensueños de otra vida en la que es rico, o no está casado con su mujer, o nunca tuvo a sus hijos, y entonces es un pibe lleno de vitalidad y de inteligencia y ambiciones, y no este esclavo avejentado, laburante en negro de una fábrica de muebles, intuyendo viernes por viernes una llanura yerma de lunes iguales, sin ilusiones, sin ilusión, la gente generalmente desprestigia el poder que tiene la ilusión sobre el quehacer de este pibe.

Y una a una las botellas se van vaciando, y la tiza dónde está, y vengan los caramelos y churros y demás menesteres de la ilusión a la hora en que los murciélagos empiezan a acomodarse en las ramas, los colectivos a pocear las rutas, los viejos a comprar el pan, y él apoya un codo en la mesa con un ojo abierto y el otro cerrado, escupiendo que éste es un ladrón, que éste otro carcacho de vaca, pero que el aburrido digo para no nombrar lo innombrable mató veinte pibes y es la peor bosta en este país en que sos piola si cagás al otro tal como hizo la mano de Dios para cagar al inglés y el inglés para cagarnos a todos, se saca del alma la ponzoña que lo pudre de cuerpo entero y mientras lo vemos cabecear todos sabemos lo que viene, que se está por dormir, como siempre después de su avatar biodegradable va a rendir la cabeza entre los brazos, eso es lo que esperamos que pase de un instante a otro, pero hoy, contrariamente a nuestras sospechas, él sobrevive, sí, se levanta de la silla con una mueca de dolor y empieza a caminar de un lado al otro de la terraza, esforzándose en no cruzar la diagonal de los pies, mirando el sol rojo que nace en un ángulo del barrio, trastabillando, también, muchas veces, pero enseguida dispuesto a seguir caminando, a dar vueltas alrededor de la mesa pensando sus pensamientos, a no quedarse quieto ni un solo segundo porque sabe que con la quietud viene la modorra y que con la modorra la muerte diaria del sueño, y después cuando se despierte y el lunes ya esté ahí, tan cerca, tan cerca, se pregunta qué va a ser de todo esto, eh, de toda esta paz, de este zumbido tenue, dulce y lleno de ilusión que puede sentir como propio mientras no cierre los ojos.



















































LA LENGUA MADRE

Los empresarios españoles se llevan de nuestro país el producto de:

-Trenes

-Subtes

-Teléfonos

-Internet

-Autopistas

-Aereopuertos


Día a día se lo llevan. El boleto de subte que pagás, se va para allá. Lo mismo el importe del tren (hacé la cuenta: un peso multiplicado por un par de millones todos los días). Lo mismo los mensajes de texto y las llamadas.

Los nueves de Julio en los colegios se festeja la independencia.

Los pibes cantan el himno; izan la bandera.

La duda:

¿Qué festejamos?

¿No somos todavía una colonia?

Cuando el Word, en el que ahora estoy escribiendo, corrige ABAJO por DEBAJO, o ingresa automáticamente la palabra DETRÁS cuando uno escribe ATRÁS, me pregunto:

¿Quién diseñó este sistema de corrección?

Si un gran porcentaje de los argentinos, en su coloquio diario, dice “ATRÁS de esa mochila”, o “ATRÁS de ese banco”, o “ATRÁS de esa maestra”, y viene el Word de Microsoft, basado en los preceptos de la Real Academia Española, y dice que no, que en realidad se escribe “DETRÁS de esa mochila”, o “DETRÁS de ese banco”, o “DETRÁS de esa maestra”... ¿No estaríamos hablando de una imposición cultural?

¿No estaríamos dejando que nos impongan algo que no es nuestro?

O, mejor dicho:

¿No estaríamos dejando que nos roben algo que es NUESTRO (como pasa con el producto de los subtes, o los trenes, o los teléfonos, o los peajes), quiero decir, nuestra santa forma de hablar todos los días?

¿Cómo se explica la pobreza en un país con recursos para dar de comer tranqui a más de trescientos millones de personas?

¿El lenguaje, el pensamiento, no tienen nada que ver con esa brutalidad? ¿Son inocentes? ¿Somos inocentes de que nos roben?

¿O se trata, más bien, de que los cultos saben escribir y expresarse correctamente, por ser amplios conocedores del idioma español, y el resto de los argentinos habla mal, habla como no se debe (estos brutos) por desconocer las leyes más rudimentarias de la lengua ibérica?