viernes, 23 de enero de 2009

el secreto de eurasia




Gabriela siempre creía que yo le estaba ocultando algo. A los dos años de estar de novios tuve que renunciar a un trabajo porque empezó a sospechar que la engañaba con una compañera de oficina. Un día encontró en el bolsillo de mi campera un pedacito de papel con un número de teléfono. Era el de una amiga de la facultad, pero Gabriela no solamente no me creyó, sino que estuvo varios meses sacando a colación el incidente. Cada vez que yo no podía ir a tal lado con ella, soltaba un bufido y me decía: “Saludos a tu Marcelita.” Después cortaba.
Así era ella: protectora, leal; genuinamente agobiante. Yo la amaba mucho. De verdad la quería.
Me dan ganas de tirarme contra las paredes cada vez que me acuerdo de lo que le hice.
Resulta que Gabriela era de una familia muy numerosa. Todos los domingos su clan se juntaba a almorzar. Eran nueve hermanas, seis cuñados, seis tías, cinco tíos, la abuela, el padre (un gallego áspero que se tenía que sentar en dos sillas) y la madre (una libanesa diminuta que siempre me hablaba en su idioma natal). Esos almuerzos eran una ebullición de gritos. Las hermanas hablaban todas al mismo tiempo, las tías discutían con los tíos, la abuela miraba la pared, el padre tragaba sin masticar, la madre lloraba a cántaros sus hondos himnos orientales.
Un día pedí permiso para ir al baño. Crucé el comedor con una sensación gratificante de exilio. Ya había alcanzado el pasillo, cuando vi a una de las tías, la menor, apoyada en la pared.
Está ocupado, me avisó en voz baja, señalando la puerta del baño. Está bien, espero acá. Me apoyé a un costado de ella.
Hacía dos meses que iba a esa casa todos los domingos, que almorzaba enfrente de esa mujer, y era la primera vez que cruzábamos palabra. De ella solamente sabía el nombre, Eurasia, y la edad, veintiséis años: la misma cantidad, curiosamente, que la separaba de su hermana más cercana en el cronos. Eurasia tenía el cuestionable privilegio de ser la arquetípica tía solterona a una edad prematura.
A mí me gustaban sus pantalones de joggins. Parecían moldeados por una mano divina; le acariciaban las piernas, se las abrazaban.
¿Cómo te llamás?, me preguntó bostezando. Sergio. Sergio, ¿sos novio o marido? Novio. ¿De quién? De Gabriela. Nunca te vi, ¿es la primera vez que venís? No, ya vine un par de veces. La chica se sacó un mechón de la frente y me miró con un gesto enigmático. Tené cuidado, me dijo: Esta casa está llena de locos.
Alguna especie de intuición me instigó a creerle. Hubo un silencio largo. Seguíamos apoyados en la pared, de cara a la puerta del baño.
¿Por qué tardan tanto?, le pregunté. Shh, me dijo, y me puso un índice en la boca: Es tu suegro. ¿El gallego?, le pregunté en voz baja. Sí, entró hace dos horas, yo creo que todavía tiene para rato.
Eurasia me invitó a que le convidara un cigarrillo. Salimos al patio, nos sentamos en el escalón de la puerta.
Decime, me dijo, ¿hace cuánto que estás de novio? Seis años. ¿No te querés casar? No, todavía soy muy chico. ¿Cuántos años tenés? Treinta y siete. Decime, ¿sos fiel? Intachablemente fiel. Así me gusta. ¿Vos? ¿Yo qué? ¿Estás de novia? Yo soy la solterona, ¿no te contó nada Gabriela? No. Bueno, a mí no me dejan salir de noche.
Había tal picardía y tal nostalgia en su forma de hablar que enseguida sentí que la quería.
Eurasia fumaba mirando los helechos en las macetas, apoyaba el cigarrillo en la boca y le daba un beso suave, lento, que le llenaba de humo los labios.
¿Querés que te muestre mi casa?, se levantó. Bueno.
Subimos a la terraza y me señaló un edificio: Allá está. ¿En qué piso vivís? El cuarto.
La chica me había puesto una mano en la cintura, mientras con la otra me señalaba el cuarto piso donde vivía. Después sentí que la mano en mi cintura se apretaba, se estiró en puntitas de pie y me besó en la boca con sus labios sabor a humo.
No le cuentes a nadie de esto, me pidió después, por favor. No te preocupes, le contesté encandilado: Yo sé guardar secretos.
El domingo siguiente mi suegra nos deleitó con unos fideos en forma de moño. En cierto punto Eurasia se levantó y me guiñó un ojo desde la puerta. Yo la seguí. (Había estado toda la semana pensando en ella. Cada vez que me quedaba callado, Gabriela me acariciaba el lóbulo de la oreja y me decía: Te amo tanto, pero tanto… ¿Cuándo nos vamos a casar, cuándo? Perdoname, princesa, le decía yo, pero mi corazón es de Eurasia. Gabriela entonces soltaba una carcajada muda, espasmódica, me besaba sin dejar de reírse y seguía acariciándome el lóbulo de la oreja.)
Seguí a Eurasia por las escaleras. Ahí estábamos en la terraza, juntos de nuevo. “Reina de mis insomnios”, pensé. Ella me señaló el balcón.
Mirá, dejé a mi gato afuera para que lo conozcas. No lo veo. Está ahí, es esa manchita amarilla.
Me hice una visera con las manos para que no me encandilara el sol. Mientras lo buscaba, Eurasia me dio un beso tímido en el cuello.
¿Le contaste a alguien de lo nuestro? A nadie; pero no pude dejar de pensar en vos. Decime, ¿te gusto? Me fascinás. ¿Qué es lo que más te gusta de mí? Tus ojos, son los más tiernos y profundos que vi en mi vida. No, es muy triste lo que me estás diciendo. Me gustan tus piernas. Bueno, ahí vamos un poco mejor.
Eurasia volvió a besarme, labios sabor a humo, mano apretada en mi espalda. ¿Me extrañaste?, me preguntó en la boca. Tanto que me dolió respirar. ¿Entonces querés verme? Dónde. En mi casa. Cuándo. El miércoles. El miércoles a las cinco estoy allá. Trae chocolates sí o sí, Sergito, porque si no, no te dejo entrar.
Como los miércoles a la tarde siempre veía a Gabriela, tuve que decirle que me iba a jugar al fútbol. Llamé a amigos que no veía desde hacía años para poder juntar los equipos. Después del partido, me bañé, me peiné, me perfumé en el club, y fui directo a la casa de Eurasia.
¿Y los chocolates?, me preguntó ella, muy seria en el umbral. Cuando le dije que me los había olvidado, me cerró la puerta en la cara.
No volví a golpear. No hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que Eurasia siempre hablaba en serio. Así que corrí hasta el kiosco de la esquina. Volví con un chocolate y un mono de peluche. Cuando Eurasia los vio (al mono y a los chocolates), me agarró de la cintura, me empujó hasta su cama y, antes de que pudiera desnudarme, estábamos haciendo el amor.
Después de un rato, vi que abría el cajón de la mesita y sacaba un porrito. Eurasia fumaba con una devoción sensual. El gato dormía encima de la mesa, a un costado del cenicero. En cierto punto, se despertó. Bostezó, se sentó en sus piernas posteriores, y se quedó ahí, quieto, pensativo, mirándome.
¿Te gusta Miguel?, me acarició Eurasia. ¿Qué Miguel? Mi gato. Mira como un viejo tu gato. Es muy inteligente, mira como un sabio, yo lo amo. ¿A mí me amás? Por supuesto, yo tengo amor para todos. Pero yo quiero que me ames solamente a mí. Mirá qué egocéntrico que me saliste. Estoy pensando en dejar a mi novia. ¿A Gabriela, por qué? No le quiero mentir. No le mientas. ¿Y cómo pensás que se sentiría si le hablara de lo que pasó recién? Entonces mentile. Yo no soy de ésos. Vos me dijiste que sabías guardar secretos, dijo Eurasia, dándose vuelta.
Miguel se había bajado de la mesa y se había subido a la cama. Eurasia le pasó una mano por el lomo, le dobló las orejas, y el gato se onduló.
Ay, pobrecito él, empezó a reírse Eurasia: Se asusta cuando le doblan las orejas. Después le acarició el pecho y le dijo: Sos el más bonito de todos. Miguel empezó a ronronear.
El sábado a la noche conversé con Gabriela. Fuimos a un bar. Me tomé una cerveza y le dije que estaba enamorado de otra. Al principio no se lo tomó tan mal.
Está bien, el amor es impredecible, me dijo. Y me preguntó: ¿Se puede saber de quién? De Eurasia. ¿De quién?
No hizo falta que se lo repitiera. Levantó su vaso y me volcó el contenido en la cara. Creo que porque no sabía escupir.
Sos un hijo de puta, gritó en voz baja. Perdoname, me siento muy mal. ¿Mal, mal?, y cómo me tengo que sentir yo, hijo de puta, ojalá te pise un camión. Yo solamente me guío por lo que siento, entendeme. No te voy a entender, nadie te va a entender nunca, ¿sabés por qué?, porque sos falso, Sergio, nunca decís lo que pensás ni lo que sentís ni lo que hacés, y yo todo este tiempo como una boluda, pero basta, basta para mí, ¡que seas muy feliz con mi tía, boludo!
Cuando Gabriela se fue, me tomé siete cervezas más y fui a la casa de Eurasia. Ella bajó al umbral en camisón. Estaba medio dormida.
¿Qué pasa?, me preguntó. No, nada, solamente quería verte. Pero es un poco tarde. ¿Puedo pasar? No, perdoname, pero ahora no te puedo invitar; parecés un patito mojado, Sergio, ¿pasó algo? Recién terminé con Gabriela. ¿En serio? La dejé por vos. No sé qué decirte. Decime que me amás; decime que lo único que querés ahora es que entre a tu casa. No, pero ahora no puedo. ¿Por qué? Está mi novio arriba. ¿Quién? Mi novio. ¿Estás hablando de Miguel? No, de mi novio, una persona, un hombre, mi novio. Ah, te olvidaste de contarme un pequeño detalle. Es que no lo sabe nadie, estamos saliendo desde hace un mes. Yo pensé que eras la solterona. Ya no, pero por favor no se lo cuentes a nadie. No te preocupes, soy una tumba, tu secreto está a salvo. ¿Vos te sentís bien? Sí, ahora me voy a mi casa a dormir una siesta, ojalá me dure catorce años. No, no tengas esos pensamientos, la vida es lo mejor, hay que vivirla. Te amo, Eurasia, te amo con todo mi corazón. Yo también te amo, Sergio, pero es tarde. Bueno, me voy entonces; saludos a Miguel. Está bien, se los mando; se despidió Eurasia para siempre.
Cuando volví a casa y me acosté, la cabeza me empezó a dar vueltas. Eurasia y Gabriela giraban y giraban en las paredes, tan rápido que a veces se confundían en la vorágine y parecían una sola criatura. La verdad es que lo mejor que me pudo pasar en ese momento fue quedarme dormido. Basta de pensar. Hay mujeres que vienen al mundo para volvernos locos. 






viernes, 9 de enero de 2009

EL ALOI



Los truenos me despertaron temprano, pero yo me quedé un rato más en la cama, pensando en los sueños que había tenido. Había soñado muchas cosas diferentes, que no tenían explicación ni parecían presagiar nada. Pero me gustó acordarme de uno muy raro, que pasaba adentro de un subte. Yo estaba parado en el pasillo, esperando a que llegara mi estación, cuando una chica hermosa y desconocida se me acercaba entre la marea de gente, y me daba un beso lento en la boca. Yo me dejaba besar sin importarme lo inusual de la situación. Después las puertas del subte se abrían y la chica me soltaba sin decirme nada. Se bajaba con el resto de los pasajeros, y yo quería seguirla, preguntarle por lo menos el nombre; pero el aluvión de gente que había empezado a entrar no me dejaba salir. Yo empujaba y empujaba, y siempre aparecían más hombros, codos y carteras, tirándome para atrás. Seguía en ésas, luchando con la multitud, mirando a la chica que cada vez estaba más lejos, cuando sentía el ruido de una explosión muy fuerte, y la onda expansiva me hacía cerrar los ojos. Cuando los volví a abrir, vi el cielo nublado en la ventana, escuché el trueno que sacudía los vidrios, y supe que estaba solo en mi pieza. No había nadie a mi alrededor. Pero todavía podía sentir el beso de esa extraña en la boca.

Cuando me levanté, a eso de las doce, después de estar horas y horas mirando la lluvia, todavía seguía lloviendo. A esas alturas, ya no pensaba en la mujer del sueño, sino en Estefanía. No sabía si me convenía mandarle un mensaje al celular o no. Mauricio me había dicho que siempre después de salir con una chica, él dejaba que pasaran un par de días antes de llamarla de nuevo. “Si no uno parece desesperado, y a las minas les gusta lo informal. Nos quieren rebeldes para después domarnos. Las minas son así.”

Al final decidí llamarla. Estuvo bueno tomar esa decisión y descubrir que ella se había puesto contenta; fue como dejar sentado desde el comienzo que nosotros nos íbamos a manejar con nuestras propias reglas. Le comenté que la noche anterior la había pasado muy bien, y que quería verla de nuevo. Ella dijo que no había problema.

–Esta noche si querés nos podemos ver.

–Listo. Te paso a buscar y vamos a mirar una película.

–¿Pasas a las diez?

–A las diez estoy allá.

–Bueno, besos... Y mucha suerte en el partido.

La había conocido hacía unas dos semanas y ya se acordaba de que los sábados juego al fútbol. Qué atenta.

A las tres y cinco de la tarde, cuando salí de casa, ya había parado la lluvia. Fue una suerte, porque tenía que cruzar pedaleando casi cuarenta cuadras hasta llegar al Aloi. El partido empezaba a las tres, pero a los que vivíamos lejos no nos decían nada si llegábamos diez minutos tarde. La travesía en bici me servía como una especie de precalentamiento, y a mitad de camino siempre me encontraba con Mauro. “¿Cómo andás, guacho?” “¿Todo bien?” Después él sacaba un churrito de la galera y el resto del trayecto lo hacíamos volando.

Estefanía sabía que yo fumaba. Una amiga que me conocía del secundario le había contado, y la primera noche que salimos me dejó en claro lo que opinaba sobre el asunto.

–No me gusta que lo hagas, no... ¿Por qué te lastimás así?

Esa noche conocí a Estefanía tal como era: una chica de su casa, íntegra, correcta; una buena chica. Aplicada en sus estudios, que nunca llega tarde a trabajar, que los domingos almuerza con la abuela; que siempre dice lo que piensa. Me pidió que le dijera la verdad, y yo le contesté que sí, que de vez en cuando me fumaba algún churrito, que hacía seis meses me había quedado sin trabajo, que nunca había tenido novia y que tampoco me gustaba estudiar.

–¿Por qué?

–Porque las facultades son todas tendenciosas. Yo prefiero leer y aprender por mi cuenta.

–Pero en un aula podés interactuar. Podés conocer gente con tus mismos gustos y ponerte un objetivo.

Yo no tenía muy en claro cuáles eran mis gustos ni mi objetivo en la vida; pero sí que me dispersaba matar tardes con los pibes, mirando las minas que iban y venían por la vereda, con el sabor de una cervecita tibia en la boca.

Mauro ya me estaba esperando cuando llegué. Nuestro punto de encuentro era una placita descuidada, llena de yuyales, que quedaba enfrente del colegio donde habíamos estudiado. Mi amigo tenía el botinero en una mano y el porrito humeante en la otra. Me convidó una seca.

–No, no, dejá. Si no después no corro nada.

Me miró con las cejas levantadas.

–¿Te sentís bien, loco?

–Perfecto.

Se trepó a su bici, puso el botinero en el manubrio y arrancamos viaje.

A los diez minutos, más o menos, llegamos al Aloi. Parecía un galpón, visto desde afuera. El techo era de chapa y los paredones altos y despintados. En la entrada había un cartel de madera: “Hora 40 pesos”.

Cuando entramos en la cancha, ya todos estaban cambiados, en sus lugares, esperándonos.

–¡Siempre tarde, loco! –gritó Mauricio.

Me empecé a poner los botines. Miré el panorama del Aloi, el clima tenso, de expectación, que uno respira en el aire cuando el partido está a punto de empezar. El Negro, uno de los pilares del equipo rival, probaba puntería desde la mitad de la cancha. Blum. Blum. Blum. El Chino también estaba probando el arco, y los dos le estaban pegando mal. Yo tuve la intuición de que por fin íbamos a ganarles.

Los equipos eran siempre los mismos. Por una cuestión de comodidad, o arbitrariedad, nos habíamos dividido por geografía. Los de Churruca por un lado y los de Loma Hermosa por otro. El Negro y el Chino eran la columna vertebral de los de Churruca. Mauro, Mauricio, el Pitu, Esteban y yo vivíamos en Loma Hermosa, y veníamos jugando juntos desde los primeros tiempos del Aloi.

Y puedo jurar que nos rompíamos el alma para ganar. Pero últimamente no había caso. Hacía meses que veníamos perdiendo. Los de Churruca nos ganaban sobre la hora, o nos daban vuelta partidos increíbles de seis, siete goles de diferencia. Nosotros ya no sabíamos qué hacer. “¡Les falta sangre! ¡Hijos!”, nos gritaba el Negro. Al principio lo puteábamos, le poníamos diez mil excusas. Pero a medida que las derrotas se fueron acumulando, ya no nos dio la cara ni para contestar.

–¡Bueno, che! ¡Empezamos! –gritó el Negro.

Todos nos acomodamos. Mauricio se paró en el medio, apoyó la pelota en el suelo, miró para un lado, después para el otro, y sacó. La pelota ahora rueda, se desliza, rota por el pastito de caucho como un planeta en miniatura, hasta amansarse abajo del botín de Mauro. Mauro se la pasa a Esteban, de Esteban va al Pitu; del Pitu la bocha viene a mí. ¿A quién se la doy?, ¿a éste?, ¿al otro?, ¿la sigo teniendo? (¿quién fue el que comparó esta esfera codiciada con el centro de una mujer?). De a poco el equipo empieza a correr, a mostrarse, sabemos que no importa lo que haya pasado hasta ahora, mucho menos lo que pueda venir después, lo único que vale ahora es ganar, llevarse una buena nueva a casa, tirarse al suelo, pedirla, poner el cuerpo hasta que nos ardan las venas; siempre sin perder la frialdad; si nos meten un gol, listo, a sacar y a empezar de nuevo. La consigna en el Aloi es ser lo que uno es hasta el límite; sacrificarse y dejar bien parado al equipo.

El partido estuvo áspero los primeros veinte minutos. Nos empujábamos; había poca claridad; ninguno de los dos equipos había metido un gol y pintaba ser un asunto parejo. Pero en cierto punto el Negro metió un derechazo desde la mitad de la cancha, y después, como una oleada, los de Churruca se nos vinieron encima.

Fueron cinco, diez minutos de pesadilla. Todavía no caíamos de la prepotencia del primer gol, que hubo un corner desde la izquierda, el Negro puso un centro al vacío y el Chino enganchó una de esas boleas que estoy seguro de que puede probar de hacerla cincuenta veces más que solamente le va a salir una. El tercer gol fue una macana de Esteban. El cuarto la pifié yo. Antes de que nos pudiéramos dar cuenta, estábamos perdiendo por siete. Mauricio se paró en el medio y gritó con el alma:

–¡Vamos, loco! ¡Hoy corremos todos, eh!

Lo que más nos complicaba era que el Chino parecía en uno de esos días iluminados, cuando no queda otra que esperarlo, cerrar las piernas por las dudas, y rogar que pifie la mira. Nosotros buscábamos encerrarlo desde atrás, pero él adivinaba nuestros movimientos sin mirarnos, de espaldas, como si estuviera jugando el partido tres segundos adelantado. Nos hacía pasear de un lado para el otro; taquito por acá, rabona por allá. Mauricio era ancho como dos Chinos juntos y con un corpazo lo dejó despatarrado en el piso. Le dio la mano, para ayudarlo a levantarse.

–¿Todo bien, no cierto?

El Chino se acarició la mitad de la cara que le había quedado roja.

-Todo bien.

Nuestro equipo estaba decaído. Mauro sin aire, Esteban con las rodillas peladas; Mauricio medio amanecido, repitiendo la cerveza de la noche anterior; el Pitu con los huesos molidos por el laburo.

Yo por un segundo pensé en Estefanía. Pensé en su vocecita portuaria deseándome suerte, y no sé por qué eso me hizo sentir que era yo el que le tenía que poner el pecho a la situación del equipo.

–¡Despiértense, pajeros!

Todos miraron para abajo, menos Mauro.

–¡Y vos tocá una, muerto!

Los conflictos internos eran una mala señal. Para peor me habían empezado a arder las piernas, como si las tuviera enredadas entre alambres de púa, y después de cada pique la boca se me llenaba de una baba flemática que tenía que escupir para no ahogarme.

Todos estábamos cansados, todavía más cansados cuando nos dábamos cuenta de que no había forma de dar vuelta el partido. Si seguíamos corriendo a esas alturas era más que nada por una cuestión de honor. Nuestra suerte era vender la derrota lo más caro posible. No dejar que nos pintaran la cara.

Faltaban pocos minutos para terminar. El Negro ahora la tiene por la izquierda, la está amasando, Mauricio le sale al cruce con los tapones de punta y él se la lleva pegada a la línea con unos firuletes que no tienen razón de ser. Así que entiendo que llega mi momento, tengo que poner la cara ahora, por mí, por los nuestros, a mí no me la vas a pisar, te voy a hacer sentir el rigor, gato, lo que opinamos de tus gambetitas, y entonces empiezo la carrera, me le acerco a los saltos, con los dientes apretados, a los tumbos, pumba, pumba, pumba, que el Negro se de cuenta de que se le está acercando la locomotora Gabriel, y que no estoy jodiendo, esto va en serio, mientras alzo la patada voladora, apuntándole al lugar que le quiero apuntar, todos sabemos que el Negro esta tarde no se va a ir caminando.

Pero todo pasó muy rápido. Cuando el choque es inminente, cuando mi patada está flotando en el aire y ya no hay forma de volver atrás, el Negro gira en su eje abruptamente, la pelota se desliza con displicencia por debajo de su botín derecho, y lo único que alcanzo a ver es que la pelota avanza como pidiendo permiso por ahí, por abajo, por donde más me duele; entre las piernas.

Y ser consciente de eso me desespera, tanto que cruzo las piernas pensando que la pelota sigue estando donde estaba hasta hace una fracción de segundo, cuando lo único que encuentro es el aire y la sensación de que el mundo gira en vertical.

Y desde el piso puedo ver al Negro, yéndose con el pechito inflado y un brazo en taza en dirección al arco. Después escucho el Blum. Al final perdimos por quince.

En el baño los de Loma Hermosa nos cambiamos sin hablar. Estábamos desarticulados física y moralmente. La conciencia de ser partícipes de un fracaso de esa magnitud ni siquiera nos dejaba mirarnos, porque mirar al otro hubiese sido como duplicar la humillación: mi fracaso es también el tuyo. Nuestro silencio era una cuestión de vergüenza deportiva, más que nada. De homenajear el partido que pudimos haber hecho y no hicimos.

El primero en partir el silencio fue Mauro.

–Qué mal, che.

Su comentario abrió la canilla.

–Sí. Desastre.

–Horrible.

–El Chino estaba intratable.

–Para mí fue el calor. Nos quedamos sin aire.

Cuando el trauma se fue distorsionando, empezaron a aparecer otros comentarios menos drásticos, de esos que uno hace con los amigos: “¿Cómo te fue en la semana, che?”. “Acá andamos.” “¿Todo bien?” Lo bueno del Aloi es que, a la larga, lo que en la cancha pasa, en la cancha queda.

En la puerta el Negro me palmeó el hombro.

–Che, perdoname por lo del caño. Fue sin querer.

–Andá a cagar.

Le pedimos cuatro cervezas a Piero, el encargado del Aloi, y brindamos sentados en la vereda, todos, los ganadores y los vencidos; ellos para festejar; nosotros para ahogar las penas. A esas alturas, el cielo se había despejado y de la tormenta solamente quedaban charcos. Nosotros conversábamos de esto o lo otro, mirando los autos que pasaban, las minas con unas minifaldas como estornudos.

Al único que le hablé de Estefanía esa tarde fue a Mauro. Le dije que había conocido a una chica que me volvía loco. Le conté que curiosamente yo también le gustaba a ella.

–No me digas. ¡Al fin una, loco! Te felicito. Ponete de novio que te va a hacer bien.

–¿Vos decís?

–Más vale. ¿De qué te sirve estar solo? Pero eso sí: a esta Estefanía vos le tenés que dejar en claro de entrada que los sábados son del Aloi. Si la mina no respeta eso, tu espacio, tus amigos, tus tiempos, entonces no va.

Me despedí de la muchachada a eso de las ocho. Mauro me deseó suerte con Estefanía.

–Y mentalizate, que el sábado que viene hay que ganar.

–Listo –le contesté yo.

Volví a casa pensando en la ropa que me iba a poner para la noche. No sabía si llevar la camisa verde de mi hermano, o la remera que me habían regalado para los veintiuno, que tiraba menos facha que la camisa, pero que por lo menos no se la tenía que pedir prestada a nadie.

Pasé a buscar a Estefanía a eso de las diez. La chica se había pintado los ojos. Tenía una remerita blanca, bien ajustada al cuerpo. “Estás hermosa”, le dije. Estefanía sonrió, se peinó el pelo atrás de las orejas y me preguntó cómo me había ido en el partido.

–No, muy mal. Perdimos por goleada. Fue un desastre.

Ella se inclinó en el asiento y me dio un beso lento en la boca.

–No te preocupes –me habló al oído–. La próxima vas a ganar.

En el cine estaban dando una película de Almodovar. Estefanía se entusiasmó y me preguntó si podíamos ir a ver ésa. Yo la miré de reojo, sorprendido.

–¿Te gusta Almodovar?

–Me fascina. Miré todas las películas que hizo. ¿A vos no?

–No, sí, a mí también.

Hacía mucho tiempo que no iba al cine con una chica. Yo ya me había agarrado la costumbre de ir solo, y fue raro mirar “Hable con ella” con la mano suave de Estefanía acariciando mi mano.

En cierto punto, giré la vista y la miré con disimulo. Estefanía estaba linda y azulada, mirando la película con atención. Todavía seguía sorprendido de que ella hubiera elegido la misma película que yo hubiera ido a ver solo. Almodovar me va de verdad, y que justo también le gustara a la chica que había aparecido en mi vida, en ese momento me pareció la insinuación de algo, lo vi como una señal.