viernes, 23 de enero de 2009

el secreto de eurasia




Gabriela siempre creía que yo le estaba ocultando algo. A los dos años de estar de novios tuve que renunciar a un trabajo porque empezó a sospechar que la engañaba con una compañera de oficina. Un día encontró en el bolsillo de mi campera un pedacito de papel con un número de teléfono. Era el de una amiga de la facultad, pero Gabriela no solamente no me creyó, sino que estuvo varios meses sacando a colación el incidente. Cada vez que yo no podía ir a tal lado con ella, soltaba un bufido y me decía: “Saludos a tu Marcelita.” Después cortaba.
Así era ella: protectora, leal; genuinamente agobiante. Yo la amaba mucho. De verdad la quería.
Me dan ganas de tirarme contra las paredes cada vez que me acuerdo de lo que le hice.
Resulta que Gabriela era de una familia muy numerosa. Todos los domingos su clan se juntaba a almorzar. Eran nueve hermanas, seis cuñados, seis tías, cinco tíos, la abuela, el padre (un gallego áspero que se tenía que sentar en dos sillas) y la madre (una libanesa diminuta que siempre me hablaba en su idioma natal). Esos almuerzos eran una ebullición de gritos. Las hermanas hablaban todas al mismo tiempo, las tías discutían con los tíos, la abuela miraba la pared, el padre tragaba sin masticar, la madre lloraba a cántaros sus hondos himnos orientales.
Un día pedí permiso para ir al baño. Crucé el comedor con una sensación gratificante de exilio. Ya había alcanzado el pasillo, cuando vi a una de las tías, la menor, apoyada en la pared.
Está ocupado, me avisó en voz baja, señalando la puerta del baño. Está bien, espero acá. Me apoyé a un costado de ella.
Hacía dos meses que iba a esa casa todos los domingos, que almorzaba enfrente de esa mujer, y era la primera vez que cruzábamos palabra. De ella solamente sabía el nombre, Eurasia, y la edad, veintiséis años: la misma cantidad, curiosamente, que la separaba de su hermana más cercana en el cronos. Eurasia tenía el cuestionable privilegio de ser la arquetípica tía solterona a una edad prematura.
A mí me gustaban sus pantalones de joggins. Parecían moldeados por una mano divina; le acariciaban las piernas, se las abrazaban.
¿Cómo te llamás?, me preguntó bostezando. Sergio. Sergio, ¿sos novio o marido? Novio. ¿De quién? De Gabriela. Nunca te vi, ¿es la primera vez que venís? No, ya vine un par de veces. La chica se sacó un mechón de la frente y me miró con un gesto enigmático. Tené cuidado, me dijo: Esta casa está llena de locos.
Alguna especie de intuición me instigó a creerle. Hubo un silencio largo. Seguíamos apoyados en la pared, de cara a la puerta del baño.
¿Por qué tardan tanto?, le pregunté. Shh, me dijo, y me puso un índice en la boca: Es tu suegro. ¿El gallego?, le pregunté en voz baja. Sí, entró hace dos horas, yo creo que todavía tiene para rato.
Eurasia me invitó a que le convidara un cigarrillo. Salimos al patio, nos sentamos en el escalón de la puerta.
Decime, me dijo, ¿hace cuánto que estás de novio? Seis años. ¿No te querés casar? No, todavía soy muy chico. ¿Cuántos años tenés? Treinta y siete. Decime, ¿sos fiel? Intachablemente fiel. Así me gusta. ¿Vos? ¿Yo qué? ¿Estás de novia? Yo soy la solterona, ¿no te contó nada Gabriela? No. Bueno, a mí no me dejan salir de noche.
Había tal picardía y tal nostalgia en su forma de hablar que enseguida sentí que la quería.
Eurasia fumaba mirando los helechos en las macetas, apoyaba el cigarrillo en la boca y le daba un beso suave, lento, que le llenaba de humo los labios.
¿Querés que te muestre mi casa?, se levantó. Bueno.
Subimos a la terraza y me señaló un edificio: Allá está. ¿En qué piso vivís? El cuarto.
La chica me había puesto una mano en la cintura, mientras con la otra me señalaba el cuarto piso donde vivía. Después sentí que la mano en mi cintura se apretaba, se estiró en puntitas de pie y me besó en la boca con sus labios sabor a humo.
No le cuentes a nadie de esto, me pidió después, por favor. No te preocupes, le contesté encandilado: Yo sé guardar secretos.
El domingo siguiente mi suegra nos deleitó con unos fideos en forma de moño. En cierto punto Eurasia se levantó y me guiñó un ojo desde la puerta. Yo la seguí. (Había estado toda la semana pensando en ella. Cada vez que me quedaba callado, Gabriela me acariciaba el lóbulo de la oreja y me decía: Te amo tanto, pero tanto… ¿Cuándo nos vamos a casar, cuándo? Perdoname, princesa, le decía yo, pero mi corazón es de Eurasia. Gabriela entonces soltaba una carcajada muda, espasmódica, me besaba sin dejar de reírse y seguía acariciándome el lóbulo de la oreja.)
Seguí a Eurasia por las escaleras. Ahí estábamos en la terraza, juntos de nuevo. “Reina de mis insomnios”, pensé. Ella me señaló el balcón.
Mirá, dejé a mi gato afuera para que lo conozcas. No lo veo. Está ahí, es esa manchita amarilla.
Me hice una visera con las manos para que no me encandilara el sol. Mientras lo buscaba, Eurasia me dio un beso tímido en el cuello.
¿Le contaste a alguien de lo nuestro? A nadie; pero no pude dejar de pensar en vos. Decime, ¿te gusto? Me fascinás. ¿Qué es lo que más te gusta de mí? Tus ojos, son los más tiernos y profundos que vi en mi vida. No, es muy triste lo que me estás diciendo. Me gustan tus piernas. Bueno, ahí vamos un poco mejor.
Eurasia volvió a besarme, labios sabor a humo, mano apretada en mi espalda. ¿Me extrañaste?, me preguntó en la boca. Tanto que me dolió respirar. ¿Entonces querés verme? Dónde. En mi casa. Cuándo. El miércoles. El miércoles a las cinco estoy allá. Trae chocolates sí o sí, Sergito, porque si no, no te dejo entrar.
Como los miércoles a la tarde siempre veía a Gabriela, tuve que decirle que me iba a jugar al fútbol. Llamé a amigos que no veía desde hacía años para poder juntar los equipos. Después del partido, me bañé, me peiné, me perfumé en el club, y fui directo a la casa de Eurasia.
¿Y los chocolates?, me preguntó ella, muy seria en el umbral. Cuando le dije que me los había olvidado, me cerró la puerta en la cara.
No volví a golpear. No hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que Eurasia siempre hablaba en serio. Así que corrí hasta el kiosco de la esquina. Volví con un chocolate y un mono de peluche. Cuando Eurasia los vio (al mono y a los chocolates), me agarró de la cintura, me empujó hasta su cama y, antes de que pudiera desnudarme, estábamos haciendo el amor.
Después de un rato, vi que abría el cajón de la mesita y sacaba un porrito. Eurasia fumaba con una devoción sensual. El gato dormía encima de la mesa, a un costado del cenicero. En cierto punto, se despertó. Bostezó, se sentó en sus piernas posteriores, y se quedó ahí, quieto, pensativo, mirándome.
¿Te gusta Miguel?, me acarició Eurasia. ¿Qué Miguel? Mi gato. Mira como un viejo tu gato. Es muy inteligente, mira como un sabio, yo lo amo. ¿A mí me amás? Por supuesto, yo tengo amor para todos. Pero yo quiero que me ames solamente a mí. Mirá qué egocéntrico que me saliste. Estoy pensando en dejar a mi novia. ¿A Gabriela, por qué? No le quiero mentir. No le mientas. ¿Y cómo pensás que se sentiría si le hablara de lo que pasó recién? Entonces mentile. Yo no soy de ésos. Vos me dijiste que sabías guardar secretos, dijo Eurasia, dándose vuelta.
Miguel se había bajado de la mesa y se había subido a la cama. Eurasia le pasó una mano por el lomo, le dobló las orejas, y el gato se onduló.
Ay, pobrecito él, empezó a reírse Eurasia: Se asusta cuando le doblan las orejas. Después le acarició el pecho y le dijo: Sos el más bonito de todos. Miguel empezó a ronronear.
El sábado a la noche conversé con Gabriela. Fuimos a un bar. Me tomé una cerveza y le dije que estaba enamorado de otra. Al principio no se lo tomó tan mal.
Está bien, el amor es impredecible, me dijo. Y me preguntó: ¿Se puede saber de quién? De Eurasia. ¿De quién?
No hizo falta que se lo repitiera. Levantó su vaso y me volcó el contenido en la cara. Creo que porque no sabía escupir.
Sos un hijo de puta, gritó en voz baja. Perdoname, me siento muy mal. ¿Mal, mal?, y cómo me tengo que sentir yo, hijo de puta, ojalá te pise un camión. Yo solamente me guío por lo que siento, entendeme. No te voy a entender, nadie te va a entender nunca, ¿sabés por qué?, porque sos falso, Sergio, nunca decís lo que pensás ni lo que sentís ni lo que hacés, y yo todo este tiempo como una boluda, pero basta, basta para mí, ¡que seas muy feliz con mi tía, boludo!
Cuando Gabriela se fue, me tomé siete cervezas más y fui a la casa de Eurasia. Ella bajó al umbral en camisón. Estaba medio dormida.
¿Qué pasa?, me preguntó. No, nada, solamente quería verte. Pero es un poco tarde. ¿Puedo pasar? No, perdoname, pero ahora no te puedo invitar; parecés un patito mojado, Sergio, ¿pasó algo? Recién terminé con Gabriela. ¿En serio? La dejé por vos. No sé qué decirte. Decime que me amás; decime que lo único que querés ahora es que entre a tu casa. No, pero ahora no puedo. ¿Por qué? Está mi novio arriba. ¿Quién? Mi novio. ¿Estás hablando de Miguel? No, de mi novio, una persona, un hombre, mi novio. Ah, te olvidaste de contarme un pequeño detalle. Es que no lo sabe nadie, estamos saliendo desde hace un mes. Yo pensé que eras la solterona. Ya no, pero por favor no se lo cuentes a nadie. No te preocupes, soy una tumba, tu secreto está a salvo. ¿Vos te sentís bien? Sí, ahora me voy a mi casa a dormir una siesta, ojalá me dure catorce años. No, no tengas esos pensamientos, la vida es lo mejor, hay que vivirla. Te amo, Eurasia, te amo con todo mi corazón. Yo también te amo, Sergio, pero es tarde. Bueno, me voy entonces; saludos a Miguel. Está bien, se los mando; se despidió Eurasia para siempre.
Cuando volví a casa y me acosté, la cabeza me empezó a dar vueltas. Eurasia y Gabriela giraban y giraban en las paredes, tan rápido que a veces se confundían en la vorágine y parecían una sola criatura. La verdad es que lo mejor que me pudo pasar en ese momento fue quedarme dormido. Basta de pensar. Hay mujeres que vienen al mundo para volvernos locos. 






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