jueves, 12 de febrero de 2009

una loquita linda



Ella no era de ninguno de los lugares que se ven en los mapas.

Internet, las películas, los libros, los programas de televisión, los diarios, todo, hasta lo que te enseñan en el colegio o en la facultad, es una mentira, todo es un fraude, me decía, con una seriedad, elocuencia y resolución en su forma de gesticular y modular la voz que terminaron por hacer flaquear mis convicciones más íntimas.

Este es el secreto más grande de la historia, me había dicho, antes de develarme el misterio en un tono de voz tenue, casi inaudible, como si hubiera un micrófono implantado en mi almohada.

Al principio pensé que era una loquita linda, comunicándose conmigo por el medio pérfido y agridulce de las indirectas. Pero fue cuestión de que se explayara, con retóricas solemnes y caricias melosas, para que su discurso revelador me persuadiera de que era la más linda y loquita de todas las chicas.

Vos sos argentino, me dijo. Sí, por eso yo te digo vos. Eso es lo que te hicieron creer. Qué. Que sos argentino. Está en mi documento, nací acá, como mis viejos, como mi hermana, todos somos argentinos. Yo te voy a decir la verdad. Y me miró intensamente a los ojos, como buscándose en el reflejo de mis pupilas neutras. No existe Argentina, dijo, no existe nada de lo que vos creés que sos vos.

En mi pieza tengo un poster de Maradona, en el mundial del ochenta y seis, con una camiseta blanca a rayas celestes (o celeste a rayas blancas).

Ella me dijo: Es un complot, los países, los medios, la plata. Un complot de quién. De una Familia, dijo, de la Familia más poderosa del mundo. Y qué hace esta Familia. Gobiernan. A todos. A todos. Y qué ganan. Vanidad, les gusta la vanidad de la plata. Te considerás una mujer vanidosa. Ellos gobiernan al mundo. Desde cuándo. Vienen de Grecia, desde el año sesenta y seis. Antes o después de Cristo. Lo de Cristo también es una mentira, sentenció, y sonrió cuando le puse la tapita de la cerveza en el ombligo.

Estábamos en mi cama, yo moldeaba su cuerpo desnudo, ella fumaba y miraba el techo.

La Biblia es una forma de dominación, la crearon ellos, esa Familia, igual que los libros, la tele, las películas, nos dominan desde todos lados; dijo la chica. El año sesenta y seis, dije, con ínfulas de pensativo yo. Sí, pero su calendario no tiene nada que ver con el tuyo, con el nuestro, ellos tienen otra noción, su calendario, su cronos, empieza desde el momento en que el primer hombre copuló con la primera mujer. Es un calendario viejito, entonces. No, no te creas, es mucho menos antiguo de lo que pensás.


Está desvariando, había pensado al principio. Teníamos una cerveza en la cama, tomábamos del pico, fumando, mirando el techo, pasándonos el humo de boca a boca.

Sabés lo que hizo esta Familia, me preguntó. Qué hicieron. Es el secreto más oculto de la humanidad. Contámelo, no me dejes con esta intriga.

Cuántos continentes hay, se inclinó en la cama la chica. Cuántos qué. Continentes. Seis. Cuáles. América, Asia, África, Europa, Oceanía, y la desértica Antártica. Ése es el secreto más reservado, dijo ella. Cuál. No son seis continentes. Ah no. Hay un continente más.

La chica aspiraba el porrito delicado con una devoción sensual. Tosió. Volvió a mirarme.

Existe otro continente en el mundo, ése es el secreto más guardado de toda la historia. Nunca lo hubiera podido imaginar, le dije yo. La chica señaló el televisor apagado: Los mapas, Internet, la tele, toda la historia que te enseñaron el colegio, todo es una mentira, un fraude perpetrado a espaldas nuestras. Por qué nunca escuché hablar de eso. Porque es un secreto, un complot. Cómo se llama ese continente. No tiene nombre, es inmenso, más grande que los otros seis continentes juntos, el descubrimiento de América fue fraguado por la Familia para encubrir la existencia de este continente mágico, incluso las películas, viste que en las películas yanquees, durante la guerra fría, la temática eran los extraterrestres maliciosos, ortivas, aviesos, bueno, eso también fue una estrategia de ellos para que le tuviéramos miedo a lo otro, a los que viven allá, en el continente extraño. Ahora que lo pienso, le dije, con los brazos cruzados abajo de la cabeza, cómo nunca me lo puse a pensar.

Le besé un lóbulo de la oreja. La chica me empujó. Estoy hablando en serio, dijo.

De dónde salió esta loquita linda, pensé yo, mirándole la frente.

En ese continente no existe la plata, no existe la tele, no existen los diarios, no hay edificios, no hay Internet, no saben de nosotros, no tienen familias, digo, no tienen familias en el sentido tradicional-religioso nuestro: un papá espiritual, Dios, un papá físico, José; una mamá virgen, María, una mamá puta, Magdalena; nosotros tenemos oposiciones, te das cuenta, tenemos dualidades, bien o mal, justo o injusto, pero ellos no, ellos tienen todo mezclado, no tienen Biblias, no tienen libros, ni trenes ni religiones, no hay cuadros, la gente allá habla, sí, pero no como nosotros, el lenguaje de ellos es mucho más complejo, tienen una palabra distinta para cada situación, un árbol puede llamarse de una forma determinada en un determinado momento, y llamarse de otra forma en otro, y se entienden, porque el nombre, la palabra, no es lo esencial de su lenguaje, sino el tono, el gesto, ellos se comprenden entre sí a partir del tono y de los gestos. Puedo interrumpirte. Podés hacerlo, de hecho ya lo hiciste. Hay perros allá. Hay, hay muchos, pero muchos perros, duermen hasta en las ramas de los árboles. Entonces, me tiré encima, quiero conseguirme un boleto para ese continente tuyo.

Hicimos el amor otra vez. La chica abría y cerraba los ojos despacio, yo la veía como en cámara lenta, idealizada por la lente del amor profundo y adormilado de las cuatro y media de la madrugada. Todo lo que te dije es verdad, me avisó la chica, con cuidado, susurrándome en la boca.


Vos lo viste con tus propios ojos, le pregunté. Ella me dijo: Es ahí donde vivo, ése es mi gran secreto. Y qué haces acá. Vine a buscarte a vos.

Le pedí el número de teléfono. La inexplicable loquita linda me lo anotó con una birome en la mano. Me gustás mucho, me dijo, y me sonó musical, como las hojas de eucalipto que sueltan las guitarras. Yo le contesté lo mismo y después me quise ir a vivir a su casa.



















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