sábado, 14 de marzo de 2009

las dos caras de aimé



Fabián vivía idealizando a las mujeres. A los veinticinco años, dos después de casarse con Silvina, nos vino con que se había enamorado de una profesora de su facultad. Él le mandaba cartas anónimas por mail. Solamente le aclaraba que iba a una de sus clases, que la admiraba, y que tarde o temprano iba a ser suya. Su objetivo era que Aimé (la profesora) se diese cuenta sola de quién era él por los ojos (él no dejaba de mirarla fijamente, con concentración, durante toda la clase).

Al final ella pareció descubrir quién era el sonso que le mandaba las cartas. Eso, por lo menos, fue lo que pensó Fabián cuando Aimé hizo un comentario totalmente desacostumbrado de su estilo: “Joyce era de una arrogancia rayana en la idiotez”. Fabián había entregado un trabajo práctico sobre Joyce justo la semana anterior, y captó la indirecta enseguida.

Ahí me di cuenta de que se había fijado en mí, nos dijo unos años más tarde. Si una mujer te ataca, es síntoma de que está interesada.

Fabián era un personaje muy singular con las mujeres. Hasta que conoció a Silvina, todos pensábamos que estaba destinado a ser un cazador solitario. No es que fuera un harapo, ni que no tuviera personalidad para tratar con el sexo opuesto. Su problema era que aspiraba a mujeres imposibles. Se enamoraba y nos hablaba con la boca pastosa de alcohol de chicas que no tenían nada que ver con su vida.

Y si bien siempre encontraba argumentos para convencerse de sus posibilidades, a la hora de la verdad, nunca concretaba nada. Ni siquiera se daba la posibilidad de intentar. Su excusa era que esos amores, tan intensos en sus insomnios, se hubieran arruinado de volverse reales.

Había tal combinación de ingenuidad y de insolencia en sus anhelos que era imposible no sentir cierta admiración por este loquito triste y solitario que era Fabián.

Así que cuando vino al bar y nos dijo que se había enamorado de su profesora de la facultad, todos pensamos que estaba pasando por una etapa de regresión. Escuchamos su descripción atentamente, sin hacer comentarios. "Es la simbiosis perfecta entre picardía y candidez, entre calle y elegancia", nos decía, con los ojos brillantes.

Y cuando nos dábamos cuenta de que Fabián volvía a ser el de antes, con esa elocuencia ingenua y soñadora que también nos hacía soñar a nosotros, vino Leo, con una duda totalmente innecesaria, a tirar un balde de agua fría en la mesa.

–¿Y Silvina? –le dijo–. Vos estás casado. Lo más bajo que le podés hacer a tu mujer ahora es engañarla.

Todos nos reímos, no porque Leo no tuviera razón en lo que decía, sino porque era difícil que Fabián pudiera engañarla de hecho.

Nadie había tomado su enamoramiento en serio. Hasta que, dos meses después, la noticia de su divorcio nos dejó con la boca abierta.

–Era separarme o serle infiel a Silvina –nos explicó él, a los pocos días.

La pregunta inevitable fue: ¿Cómo estás tan seguro de que la profesora quiere estar con vos?
Él entonces nos contestó con naturalidad:

–Se le nota en los ojos.


**


Y fue algo así lo que pasó: antes de que terminara la última clase del año, Fabián salió apurado del aula, se fumó un cigarrillo en el pasillo y esperó a su profesora apoyado en la puerta de la facultad.

Su profesora salió.

–Aimé –la llamó él, con un tartamudeo infantil.

Ella se dio vuelta en la vereda y él le dijo:

–Fui yo el que te escribí las cartas.

–¿Qué cartas? –le preguntó ella, como mirándose un dedo raspado.

–Las que te mandaron por mail.

Hubo un silencio sepulcral.

–Ah.

–¿Te gustaron?

–Sí –miró el suelo Aimé. Y levantó los hombros, como si no se le ocurriera nada que decirle–. Sí.

Fabián nos contó que en ese momento no sabía qué hacer. La planificación que había hecho para hablar con ella se le había evaporado desde el momento en que la vio salir a la calle. Él pensaba decirle algo como "buenas noches, disculpame que te moleste, pero antes de que te fueras quería felicitarte por las clases, fueron muy didácticas", y ella tenía que decir "gracias", y sonreír y mirar para abajo, dándole pie para que él pudiera seguir "fueron muy amenas, sabés cómo llegarle al alumno, el único problema, por lo menos el único problema que particularmente tuve yo, fue que durante tus clases me sentía como esos nenitos de la primaria que se enamoran de la maestra y la miran todo el tiempo como embobados –se lo iba a decir gesticulando, moviendo las manos con soltura, para darle verosimilitud al discurso– porque sos una mujer preciosa y me fascinás, aunque solamente conozca de vos el rol que cumplís de profesora, tu carácter dulce y generoso se trasluce, y es eso lo que me fascina de vos", y según la mirada, el clima que despidiera ella en ese momento, Fabián podía elegir entre varias de las frases que tenía preparadas para no dejarla pensar, ése era el objetivo, según nos contó, no dejarla pensar, enredar a su profesora al punto de que ella supiese que la estaban halagando, pero sin dejar que pensase en lo que esas palabras querían decir; es la labia, nos decía, a una profesora hay que entrarle por la labia.

Y nosotros lo admirábamos, porque sabíamos que en el tema de tratar con mujeres no había nadie como él. Cuando éramos pibes, podía estar horas en un boliche luchando con la misma (nosotros seguros de que no tenía chances), y el tipo al final ganaba, nadie sabía cómo, pero al final Fabián ganaba; siempre tenía un hombro donde apoyar la frente.

Y era raro que nunca hubiera tenido una novia ni que nos hablara de haber estado con alguna mujer. Muchos pensaban que no hablaba de su intimidad por modestia (lo que hacía que lo admiráramos todavía más; el hecho de que se jactara menos de sus éxitos que de sus fracasos), pero lo que otros comentaban por ahí era que había llegado a Silvina sin conocerle la cara a Cristo. Fabián hacía oídos sordos de los rumores; siempre parecía seguro cuando le hablaba a las mujeres; un caballero, un irrespetuoso; según el rol, según cómo venga la noche.

Sí, es la labia, nos decía. Pero también nos avisó que el asunto se complica cuando realmente se admira a una mujer. Entonces las manos transpiran, las rodillas tiemblan, y las palabras son como pedacitos de papel que hay que sacar de un balde lleno de agua. Fabián realmente admiraba a su profesora.

–¿Te gustaron?

–Sí –le había contestado ella-. Sí.

A ella le habían gustado las cartas. Nada más. Nada menos. El plan perpetrado durante meses ya no servía de nada, porque la verbosidad se le había estancado entre los dientes. Fabián nos contó que no sabía qué decir. En ese momento le costaba ver en Aimé, en su hermosa profesora de la facultad, una mujer que no tuviera que ver con Silvina.

Con Silvina era cuestión de un abrazo para llegar al beso, nos dijo. Y en esa situación, la de una profesora respetable parada enfrente de un alumno tímido, un abrazo hubiese sido tan ridículo como ponerse a cantar una serenata. La monotonía del matrimonio había apagado su instinto de la improvisación.

La rutina es lo que está agotando tu relación con Silvina, le había pronosticado Leo, unos meses antes del divorcio: El matrimonio es una forma de trabajo; requiere esfuerzo y creatividad para que el vínculo no se asfixie.

Fabián era consciente de que para conquistar a Aimé también hacía falta reconquistar su pasado. La separación lo había dejado suspendido en una especie de reminiscencia constante. Todas las mujeres en las que pensaba le traían el recuerdo de su desilusión. Pero, a esas alturas, no le parecía ético arrepentirse del paso que había dado. No hay nada más irresponsable que no hacer lo que uno siente, nos decía: Y lo mío con Silvina ya no daba para más.

Nosotros no creíamos en la postura que Fabián adoptaba adelante nuestro. Pensábamos que una etapa de duelo, dadas sus circunstancias, no solamente era comprensible, sino necesaria. Pero él lo negaba rotundamente, con el índice en el aire, enfatizando lo que decía: No, no, no, no. Para mí hay que despertarse a la mañana y hacer lo que uno vino a hacer al mundo sin fijarse en lo que pasó hasta ayer. A todos nos pareció una ambigüedad que lo dijera con un vaso de vino en la mano.

¿Qué recuerdos necesitaba ahogar Fabián? Había estado dos años de casado. Silvina era la mujer que había irrumpido en su anhelo inconfesado de vivir soltero hasta la muerte. Ella fue la que lo impelió a que buscara trabajo. A los seis meses de noviazgo, le mostró su agenda para que él pudiera ver que, no solamente la fecha de su cumpleaños ya estaba inscripta ahí, sino también la de toda su familia: papá de Fabi, 29 de agosto; mamá de Fabi, 15 de junio; Francisco, 11 de octubre.

Francisco es el hermano mayor de Fabián, y también su ídolo. Varias de las actitudes rebuscadas de nuestro amigo se pueden explicar conociendo a su hermano. Es difícil encontrar a un tipo más predecible en la tierra que Francisco. Tenía un par de medias establecidas de antemano para cada uno de los días de la semana. Fabián siempre intentaba ser lo contrario a él. En el fondo, el uno y el otro se complementaban, como la rama y la hoja, o como cualquier par de cosas que estuvieran ligadas muy íntimamente, pero fueran esencialmente distintas.

Algo así, supusimos con los muchachos, era lo que había pasado en el matrimonio de Fabián. Él buscaba oponerse a Silvina, discutir a partir de las causas más insignificantes, para encontrar el vínculo que no sentía en lo espiritual. Fabián era la hoja. En otoño caía; un tiempo después volvía a nacer. Silvina era la rama obstinada, inamovible en su punto de apoyo. Era una mujer estable. Fabián, por su parte, carecía de esa estructura psíquica. Amaba sus propios sueños; mujeres hondas, irreales, idealizadas por su imaginación desbordante. Fabián estaba enamorado de él mismo. En esencia, eran muy distintos.

Cuando vio por primera vez a Aimé, supo instantáneamente que algo en su cosmovisión interna se había quebrado. La hoja se dejó caer; era cuestión de tiempo para que viniera el divorcio. La tarde en que nos enteramos de la separación, nos dijo: No sé qué voy a sentir mañana, pero sé lo que siento hoy. La hoja estaba tirada en la vereda; uno camina y siente el crujir. Fabián adoraba ese crujir de la hoja. Significaba libertad.


**


Y la libertad llegó. Nadie supo qué procesos mentales lo llevaron a tomar esa decisión tan drástica de un día para el otro, pero nosotros le dimos ánimos desde el principio.
Fabián estaba enamorado de Aimé. Nos contó que cuando la fue a esperar a la puerta de la facultad, y ella le contestó que sí le habían gustado las cartas (solamente dijo "sí"), se sintió intimidado. Lo primero que le salió decirle fue:

–¿Te gustaría que vayamos a tomar algo?

El discurso planeado no hubiera servido de nada.

–¿Cuándo?

–Ahora.

Aimé sonrió. Miró un punto en la calle.

–No, no sé.

–Dale. Cinco minutos.

Hubo otro silencio helado.

–Yo para preguntarte un par de dudas que me quedaron de tus clases –insistió Fabián.

Ella lo miró de reojo. Sonrió. Se mordió los labios.

–Bueno, está bien. Cinco minutos.

Según lo que nos dijo Fabián, lo que lo animó a insistir fue el hecho de que Aimé parecía todavía más intimidada que él. No se besaron esa tarde, solamente charlaron. En cierto punto, nuestro amigo apoyó una mano en la de ella. Aimé, como un ratito antes en la vereda, lo miraba de reojo y sonreía.

Unos años después, Fabián nos decía: No hay nada como enamorar a un sueño.
¿Aimé, la inalcanzable profesora de la facultad, la que nosotros pensamos que era otro de sus amores imposibles, podía enamorarse de él?

Fueron a mirar una película. Antes de que empezara la función, Fabián se inclinó en la butaca y le dio en la mejilla un beso despacio. Aimé se dio vuelta y le devolvió el gesto con una lentitud semejante, pero en la boca.

Siguieron encontrándose una o dos veces por semana durante dos meses. En agosto, hicieron el amor. Fabián nos lo contó indirectamente; se le notaba la euforia cuando íbamos a jugar al fútbol; cuando tomaba un vaso de cerveza y la sonrisa no le entraba en la boca.

En noviembre, se sintió preparado para estabilizar la relación. Hasta ese momento, lo único que habían pactado era serse fiel el uno a la otra, pero sin el enternecedor apelativo de noviazgo. Para qué ponerle nombre a las cosas; así estamos bien, nos decía Fabián. Cuatro meses tardó en cambiar de opinión. Nuestro amigo, la hoja voluble, ciclotímica; a veces nos gustaba y otras nos desesperaba que fuera tan contradictorio.

El tema es que Aimé no estuvo de acuerdo con su idea. No se sentía lista para profundizar el vínculo. La condicionaban experiencias anteriores. Había estado de novia con un tipo durante seis años en los que tuvo más momentos de tristeza y desaliento que de plenitud emocional. "Era un tipo falso", le contó. El tipo nunca la había engañado, técnicamente hablando; pero había tardado dos años en confesarle que estaba enamorado de otra. Aimé había estado saliendo con un espejismo. "Yo en el fondo sabía lo que estaba pasando. Lo sabía porque sufría, porque me quedaba llorando sin entender por qué; porque cuando estaba conmigo él parecía aburrirse."

Y lo dejó. Fue un golpe duro para su psiquis tomar conciencia de que la persona en la que había depositado y proyectado su propia persona, sus planes a corto y a largo plazo, había sido un fraude. "Fue como sentir que yo misma era un fraude."

Recién con los años empezó a ver esa experiencia desde otra perspectiva. "Yo siempre supe en lo que me estaba metiendo. Antes de conocerlo, sabía que él era un tipo inestable. Pero, así y todo, lo elegí. Yo decidí introducir ese desequilibrio en mi vida, y no lo puedo culpar. Me mintió, pero yo sabía lo que estaba pasando. No, no me arrepiento de la experiencia. Esos años ya forman parte de mi persona; me dejaron ser lo que soy ahora."

Aimé estaba feliz de ser lo que era.

Fabián, mientras escuchaba la historia del noviazgo de Aimé, empezó a sentir por ella la misma empatía espiritual que nunca había podido sentir por Silvina. Silvina no sabía lo que era sufrir por amor. Él había sido su primer hombre, y, hasta antes de conocerlo, ella nunca había estado enamorada. Una noche, durante una disputa, él se lo dijo con todas las letras: Vos no sabés lo que es amar sin que te amen. Silvina lo miró a los ojos: Vos solamente sufrís por ideas, le contestó. Y le mostró las lágrimas casi con orgullo: Pero yo soy real.

Estaban entrando en la peor época de su relación. Fabián creía que había sido un pecado casarse tan joven. Pero tampoco podía arrepentirse de la experiencia. En ese punto, se sentía muy identificado con Aimé. Esos años ya formaban parte de su persona, y lo dejaban ser el que era.

Silvina, además, había sido una compañera inestimable. Si se peleaban todo el tiempo, por lo menos esas disputas habían servido para sostener el vínculo. Pensó que quizás una ilusión parecida era la que había mantenido a Aimé atada a un hombre fraudulento durante tantos años.

El resultado: ella ahora sentía desconfianza para afrontar una nueva relación. Fabián era impulsivo; para él todo lo anterior ya había quedado atrás. Aimé, en cambio, no podía bajar las defensas hasta que no estuviera cien por ciento segura de que el tipo en cuestión fuera confiable.

Así que éstos fueron los motivos con los que Fabián se explicó el hecho de que ella no estuviera de acuerdo con formalizar el lazo.

–Me rechazó con tanta elegancia que casi no me di cuenta –nos confesó, a los pocos días.

–De lo que tampoco parece que te hayas dado cuenta –le contestó Leo–, es de que a Aimé el novio le
hizo exactamente lo mismo que vos le hiciste a Silvina.

Fabián lo miró con las cejas arrimadas; fue un gesto entre reflexivo y confuso. El comentario de Leo le terminaba de abrir una perspectiva distinta. Porque era verdad: nunca había hecho esa asociación. Ahora que se lo ponía pensar, era incomprensible que no la hubiera hecho antes.

En cuestión de segundos, recapituló la historia que le había contado Aimé. Recorrió minuciosamente sus palabras, y se preguntó si esa historia, tal como ella se la había contado, no escondía una segunda intención. Pensó que quizás la chica, inconsciente o voluntariamente (eso no lo podía deducir), había elegido esas palabras, justo esas palabras, solamente para darle a entender lo que en realidad pensaba de él.

“¿Será que ella piensa que soy un fraude?”, se empezó a preguntar. “¿Aimé piensa que soy un desequilibrio innecesario en su vida?” Las sospechas lo golpeaban como dardos, mientras volvía a su casa. “Quizás me rechazó porque piensa que yo sigo enamorado de Silvina.” Encendió un pucho. “O quizás no. Quizás lo que me quiso dar a entender con su historia es que sigue enamorada de ese tipo.”

Las inquietudes lo mareaban, pero, a la larga, todas desembocaban en una sola: “¿Qué es lo que sentirá esta chica por mí?”

Porque, en todos esos meses, Aimé nunca le había hablado de amor. Nunca le había dicho ni siquiera "te quiero". Dos palabras tan simplistas, ocho letritas huecas, ahora lo hacían dar vueltas en la cama. “Quizás no soy su tipo. Quizás solamente fui un pasatiempo en su vida.”


**


Con los muchachos nunca creímos que Fabián estuviera realmente enamorado de Aimé. Para nosotros, lo único que quería era atarse a la rama a toda costa. Fuera Silvina o la profesora, a él le daba igual. Buscaba en mujeres de carácter fuerte la estabilidad emocional que él por sí mismo no podía sostener. Hasta que llegaba el sacudón, la hoja se caía, y punto; a empezar de cero.

Quizás Aimé había intuido esta cualidad suya. Que era un tipo para pasar el rato, tomar mate, hablar de libros; no mucho más. Incluso Silvina, al comienzo de su relación con él, había pensado lo mismo. Pero Fabián estaba pasando por una época de hiperactividad (todo en su vida iba por épocas) en la que consiguió trabajo, en la que la llevaba a pasear, en la que pudo asumir el rol que Silvina le exigía, y por eso ella sonrió con los ojos mojados cuando él le habló de casamiento.

Yo creo en la justicia divina, nos decía el maestro, con su vaso de melancolía en la mano: La justicia divina es la culpa; a la larga, todos tienen lo que se merecen.

¿Él era un fraude? Necesitaba replantear su actitud de cara a la vida si quería tener una oportunidad con Aimé.

Después de la propuesta fallida de noviazgo, empezaron a verse menos. Él la llamaba, ella decía que necesitaba estudiar. Cuando ella lo llamaba a él, Fabián quería pagarle con la misma moneda, y le decía que tenía que salir con los amigos.

Con nosotros.

Nosotros nos dábamos cuenta de que Fabián estaba tomando mucho más que de costumbre. Volvía a ser el mismo borrachito de antes. Una noche, cuando volvíamos del bar, Fabián abrió la ventanilla del auto y apoyó la cara en el viento. Estoy profundamente deprimido, dijo. Después se empezó a reír. Todos nos quedamos callados, escuchando su risa.

Fue Leonardo el que lo interrumpió. Lo interrumpió diciéndole lo peor que se le hubiera podido decir en una circunstancia como ésa:

–Nunca tendrías que haber dejado a Silvina.

A nosotros nos pareció de una sinceridad brutal.

Pero la contestación de Fabián fue todavía más inesperada. Se estiró en el asiento del auto, tiró el cigarrillo por la ventana, y nos confesó: El otro día la fui a buscar al trabajo. Todos lo miramos con la boca abierta. Hubiéramos podido esperar cualquier cosa, menos eso.

Nos empezó a contar que había invitado a Silvina a tomar un café. Nos contó que estuvieron charlando un rato largo, que se actualizaron sobre cómo andaban, y que él al final le terminó pidiendo perdón. Le dijo que se sentía mal por haberle mentido tanto tiempo. Que se sentía un fraude. Silvina aceptó las disculpas. Pero cuando él le habló de volver a estar juntos, ella no quiso saber nada.

Fabián nos contó que entonces le pasó algo muy raro. Mientras la miraba a los ojos, en la cara de Silvina, por un segundo, pudo ver nítidamente la cara de Aimé. Nosotros pensamos que el vino y la melancolía lo estaban haciendo desvariar. Pero él insistió: No, no, no;.lo vi en serio: era la cara de esta chica en la cara de mi mujer. Se quedó callado un instante. Mi ex mujer, se corrigió.

Después subió la ventanilla y miró la noche del otro lado del vidrio.

–Nunca la tendría que haber dejado. Silvina me quería. Silvina me eligió y estaba contenta de estar conmigo.

Se quedó callado, de repente. Nosotros lo miramos de reojo. Fabián había empezado a lagrimear.

–No seas boludo –le dijo Leo–. Nadie sabe encarar mujeres como vos. Ya vas a encontrar una que te haga temblar la tierra.

Cada uno volvió a su casa pensando en lo que había pasado. Había sido muy raro ver al maestro así.

Cuando nos volvimos a encontrar, a las dos semanas, ninguno sacó a colación lo que había pasado esa noche. No queríamos hacerlo pasar por la vergüenza de acordarse de su llanto, porque lo conocíamos bastante como para saber que se sentía avergonzado.

En todo caso, Fabián disimuló su incomodidad muy bien. Es más, cualquiera hubiera podido decir que se lo veía contento. Eran otros sus gestos, era otra su actitud.

La primera media hora nos la pasamos hablando de fútbol. Tres cervezas tardó Fabián en contarnos que se había vuelto a encontrar con Aimé. Nos dijo que la fue a buscar a la casa y que salieron a caminar por su barrio. Ella le contó que ese tiempo que habían pasado sin verse la había ayudado a pensar. Le contó también que la había llamado su ex novio. Que el tipo la había citado en un café de la zona y que le había pedido perdón. Que quería volver a estar con ella.

–No me digas –dijo Leo.

–Sí te digo–le contestó Fabián.

El tipo le había pedido a Aimé otra oportunidad. Le dijo que había cambiado. Pero cuando le quiso dar un beso, ella no quiso saber nada. Estoy enamorada de otro, le contestó. Su convicción no vaciló ni siquiera cuando el tipo empezó a llorar como un nene, adelante de todos.

Fabián nos dijo que cuando Aimé iba por esta parte de la historia, a él le empezaron a flaquear las piernas. ¿Ella está enamorada de otro? No sabía a quién hacía referencia Aimé, pero tampoco intentó preguntárselo. A esas alturas, no hubiera soportado escuchar un nombre que no fuera el suyo.

–Pude sentir la bronca y la tristeza de ese tipo como si fueran mías –nos contó Fabián–. Uno toma una decisión, se arrepiente, y después ya no hay forma de volver atrás. Eso es lo peor que tienen estas cosas.

Fabián no se había animado a preguntarle a Aimé de quién estaba enamorada. Pero un rato más tarde, antes de despedirse de él en la puerta de su casa, la chica le hizo una confesión: Estoy arrepentida de lo que te contesté el otro día. ¿De qué?, le preguntó Fabián. De haberte dicho que
no.

Fabián se enderezó en la silla del bar, sin mirarnos, para disimular la sonrisa y darle un tono de sobriedad al relato.

–Ella me dijo que estaba arrepentida de haberme dicho que no cuando le propuse que fuéramos novios.

Resulta que Aimé había pensado que seguía enamorada de su ex. Pero cuando lo vio en persona, cara a cara, después de tantos meses de idealización, pudo asumir la realidad tal como era. Ese tipo y ella no tenían nada en común. Así de simple y concreto.

–Él la había cambiado –nos dijo Fabián–, y ella creía que volviendo a estar con él podía volver a ser la que era antes.

–Así que ella idealizaba –le dijo Leo–. Igual que vos.

–Tal cual.

Nosotros pensamos en Silvina, silenciosamente, y Fabián pareció percibir el efluvio de nuestros pensamientos, porque apoyó un brazo en la mesa y, tanteando un cigarrillo apagado, nos dijo:

–Silvina me cambió. No puedo negarme eso. Pero ella no es Aimé. Con Aimé tengo una posibilidad nueva y, por más parecidos que le encuentre, tengo que separarla de la idea de mi ex mujer para no meter la pata de nuevo.

Fabián nos contó que esa tarde, cuando se despidieron, Aimé lo sostuvo en un abrazo. Llamame mañana, le dijo: Quiero que me llames todos los días. Por supuesto, le contestó Fabián.

–Así que estoy de novio otra vez, muchachos –nos dijo el maestro.

Nosotros nos alegramos de corazón. Estábamos seguros de que Fabián, por fin, había encontrado a la mujer ideal. Pensamos que Aimé quería a nuestro amigo en un sentido mucho más hondo que Silvina. Ella había dejado de amar una idea, había rechazado el amor que esa idea le daba, solamente para estar con él. Aimé, a partir de esa decisión, se había vuelto una hoja vacilante, como desde siempre lo había sido Fabián. Si uno se soltaba, se soltaba también el otro. Después volvían a nacer con otra mente, en otra estación, y podían seguir juntos toda la vida, haciéndose bien.
































1 comentario:

Lar dijo...

che q buena onda me gusta me gusta. ojalá haya más desvaríos muy pronto, ojalá los jueves no se hagan rogar, los estaré esperando ansiosa!
(consejo práctico para q no te hinches de orgullo: leer textos largos en letra blanca y el fondo negro joden mucho la vista... después de un rato empezás a ver manchas a los costados... o capaz q soy yo, q soy medio miope...)
q loco, yo tuve una profe en la facu q se llama aimé. pasate a chusmear mi blog cuando tengas ganas