jueves, 30 de abril de 2009

nunca le vas a tener miedo a nada



Soñábamos que nada de lo del día anterior había existido, que las cosas que pasan nunca se pueden volver a recrear tal como se dieron en el momento en que pasaron, que lo único que cuenta es el ahora y el después que pueda venir de ahora en adelante (pero sin obsesionarse por el adelante que no tenga que ver con el ahora), y que todo lo demás era un artilugio, una obra de teatro con actores de cuestionable calibre representada en nuestra imaginación, repetitiva y ruidosa.

Yo me daba cuenta de que todavía no había hablado con nadie en todo el día. Entonces fue cuestión de salir a la calle y preguntarle a una señora: Disculpe, ¿tiene hora, por casualidad? No me acuerdo de lo que me contestó. Pero sí de esta duda ácida, tranquila, esparciéndose a lo largo y ancho de mi nostalgia: Antes de este instante, ¿fue real lo anterior?

Cuando fue factible la palabra, la modulación del sonido, nos empezamos a cagar de la risa.

Mi frente tiene forma de caverna, me dije, de cara al espejo. Imaginé que adentro de esa cueva, con un poco de compresión, con un poco de esfuerzo, podían entrar todas las personas y situaciones que había visto y vivido desde que tengo memoria. O incluso desde antes, cuando toda mi suerte eran dos pezoncitos con forma de cereza, y pensaba con tranquilidad: Ahá. Ahá. Ahá.

Podían vivir todos acá adentro porque lo de afuera ya había pasado, y soñábamos que lo anterior era una espuma esparciéndose, ya no tenía consistencia a partir de cada momento dejado en el vaso.

Y él tomaba, sí, y tanto habrá tomado que caminaba por el andén esquivando conos como en una canchita, quebrando la cintura con la pelota pegada al pie, y era evidente que el mundo entero, por lo menos a sus ojos, siempre había girado alrededor suyo.

Entonces fue también productiva la risa, el sentido de regurgitar la palabra amorfa, desencajada en los dientes, y él y nosotros éramos uno en una escena muy espectacular que al día siguiente se tenía que quedar en la nada.

Así que cuando al otro día me desperté y me vi el dolor de las manos, supe que el de mi cuerpo había sido un fraude, una denuncia viva de lo que vivíamos haciendo.

Y eran así, me cruzaban las manos, las cicatrices tenían una pronunciación de arvejitas, muy flagrantes como para negar que en lo nuestro habíamos sido los mejores. Y, a todo esto, lo otro fue emergiendo muy tranquilamente, subía despacio en el ambiente espeso de la madrugada hasta quedar flotando en el aire con una predisposición casi transparente, pero al mismo tiempo sólida, con el contorno visible de una mano y un grito, y un chumbo de juguete en la mano, y todas esas cosas que son o van a tener que ser mías por derecho.

Y soñábamos que habían sido unos buenos brindis, unas charlas llenas de huecos que la noche poco a poco se iba a encargar de sellar, mientras él jugaba al fútbol en el andén gritándole a la gente que era feliz, mientras yo me reía de las caras de la gente, los actores de reparto en esta función nuestra que al otro día nos teníamos que olvidar sí o sí, persignándonos porque alguien pudo haber salido diezmado.

Y era una luna que nos absolvía con su tonalidad perfecta, y el tiempo un bollito de euforia, de humo y de papel, y él se había puesto con corazón y garra a representar el rol de mártir que tanto denostamos en su momento, tirado en las vías, y yo, contrariamente a lo que hubiera podido sospechar, lo envidié, y le dije sos la peor valentía que admiro, y él se mordió la risa instantánea en el acto de extender los brazos en forma de cruz, con los ojos cerrados, las piernas cruzadas como si fueran una sola, con las mismas palabras que no pude entender al otro día (ni en ninguno de los otros días que procuraron desterrar a ése, el nefasto) rayándole los dientes, y yo lo seguía admirando todavía más, al punto de que quise emular su sentido de la integridad sin tener en cuenta el hecho de que una pierna no puede avanzar sin la voluntad de cooperación de la otra, y fue de golpe que el cielo se veía como una pantalla moviéndose en horizontal, arriba, arriba, arriba, hasta que el tercer riel resucitó de entre los muertos, con las manos en una intensidad de sangre, una lluvia de agujas salpicándome como si mi esqueleto quisiese transgredir la represión de su forma, y yo, desesperado de la paz y de la angustia, le dije ya nunca le voy a poder tener miedo a nada, a nada, y él no me hizo caso, no me siguió, se quedó en su rol burdo, encomiable, mientras se veía a lo lejos un punto amarillo, ese misterio que se acercaba tronando y escupiendo chispas, y él todavía sin levantarse, y yo con un resquicio de lucidez que me alcanzaba para entender lo que estaba pasando, lo que estaba por pasar, para gritarle si te levantás ahora ya nunca le vas a poder tener miedo a nada, y ese puntito amarillo se iba haciendo de una claridad cegadora, y mi amigo sonriendo, con las manos abiertas como si buscara el perdón o la lluvia, fue lo último que vi, la mueca casi imperceptible en las comisuras, mirando el cielo con los ojos cerrados, antes de que se lo tragara la soledad inmensa de nuestra función, antes de que soñáramos que nada de lo del día anterior había sido real.

















jueves, 2 de abril de 2009

PESCADOR





Eduardo mira al pescador. El pescador miraba el agua. El agua piensa, pensó el pescador. Qué mirará el pescador, pensó Eduardo. Se acercó tanteando las maderas del muelle. Un grupo de gente se había formado en torno al pescador. Era un hombre viejo. El sedal de la caña bajaba como un rayo oblicuo hacia el agua. Qué es lo que pasa, preguntó Eduardo. Uno de los hombres le dijo: Nadie sabe. Solamente eso: Nadie sabe. Será un pez gordo. Será una sirena extraviada. La gente, agolpada alrededor del pescador, miraba el agua. El sedal tenso que escondía su secreto en el agua. El pescador giró el carrete. Le temblaron los brazos; escupió. El secreto del sedal todavía no emergía. Nadie sabe. Nadie sabe lo que hay abajo del agua.