viernes, 19 de junio de 2009

la desconocida del tren


El tren va frenando despacio, y yo miro por la ventanilla para ver si veo a mi novia antes de que se abran las puertas. Pero en el andén hay una multitud y no la puedo encontrar. Las puertas se abren con un bufido, y la marea de gente empieza a dispersarse en los pasillos del vagón, todos apurados para ganar los asientos vacíos, y en todo ese tumulto que entra y entra y entra, yo sigo sin encontrar a mi novia. Estoy tan concentrado buscándola, que no me doy cuenta cuando se me acerca una chica. La extraña se sienta al lado mío, me sonríe, acerca su boca a mi boca, me besa, y yo no sé qué hacer. Miro para todos lados, confundido, las puertas se cerraron hace dos segundos, ya no quedan asientos, los pasillos ahora están agolpados de gente, hombres y mujeres uno al lado de la otra, en una intimidad húmeda, incómoda, comunista, sensual.


–¿Qué buscás? –me pregunta la extraña.


Ella me está mirando, con los ojos entornados, medio pícara, medio ingenua, y apoya una mano en la manga de mi buzo. Yo no quiero ser mezquino y también la miro, y me pregunto: “¿Qué sueño habré soñado recién?”. Entonces ahí va el tren, la nave destartalada agarra ritmo de nuevo, se bambolea como una cuna, los rieles se desangran, que qué busco, busco a mi novia, nos íbamos a encontrar acá, íbamos a viajar juntos, le mandé un mensaje hace un ratito, te espero en el segundo vagón, contando desde adelante, le avisé. Pienso en todo eso, mirando a la extraña; pero está claro que no voy a comentarle nada.


En vez de eso, me hago el distraído, me hago el no te escuché, todavía puedo sentir el pellizco tierno de su boca, el estampido sobrenatural, el beso, fugaz, hondo, el más hondo que me hayan dado en la vida. ¿Por qué no me lo puedo acordar? A la extraña ahora se la ve borrosa, no puedo ponerla en foco, se la ve difusa, solamente sé que es bonita, pícara, cándida, y que todavía me sigue mirando a la cara.


–¿Te pasa algo?


Se acerca, me aprisiona. Yo le digo lo que no pienso.


–No, estoy cansado nada más.


Vuelvo a desviar la mirada. ¿Y si me ve mi novia?, me araña la duda. Esta desconocida me acaricia, me pasa un dedo por la palma de la mano, se inclina de repente, vuelve a sonreír, y me acerca la boca justo una fracción de segundo antes de que yo desvíe la mía, con tacto, con prudencia, mirando por allá, mirando por acá, como quien no quiere la cosa, porque si me ve mi novia, aguerrida defensora de la fidelidad, porque si me ve ahora, con esta chica pasándome la boca, empapándome la mejilla, ¿cómo se lo voy a explicar?, ¿qué le puedo decir sobre el asunto sin caer en el cinismo? No, no, en serio, mi amor, te juro que no la conozco, te juro que nunca la vi en mi vida, fue ella la que se acercó. Claro, claro, no se pudo resistir a tus encantos; chao, nene, no te quiero ver más.


Y así, mientras pienso en qué haría si pasara esto, si pasara esto otro, la desconocida pone la frente en mi hombro, me acaricia una pierna despacio, es la mano de una quinceañera ciega consolando al papá, y yo ya estoy listo, en cualquier momento el corazón se me sale de órbita, soy feliz, qué le voy a hacer, el loco más feliz de los nueve planetas.


Hasta que pasa.


Son las siete y pico de la mañana, es invierno, todavía no sale el sol; acá adentro del vagón las luces están encendidas y las ventanillas están como espejos. Y ahí, en el reflejo, a tres asientos del mío, de golpe encuentro a mi novia. Eso es lo que pasa. La veo ahí, sentada. Quiero decir, la veo con nitidez. Es ella, y está charlando entusiasmada, muy cerca de mí, de mi espanto. No sé con quién conversa; desde mi perspectiva la visión de su interlocutor está obstruida, negada por la cabeza de ella, por su espalda y por sus rulitos castaños, rulitos cuasi dorados; una maraña de virutas de oro. Me tapo los ojos con la mano, sutilmente, y la extraña que ahora me hace compañía de golpe siente mi sensación, se le transmiten mis nervios, los siente porque la sangre me empieza a vacilar en las venas, es una ósmosis, una traslación de espíritus.


–¿Te pasa algo? –me pregunta.


Hace no más de un minuto me preguntaste lo mismo. Eso es lo primero que se me ocurre, pero no me gusta ser tan directo con los extraños. En vez de eso, sigo tapándome la cara, con disimulo, no sea cosa que mi novia se de vuelta y me encuentre expuesto en semejante situación.


La desconocida sigue mirándome; parece perpleja. Me suelta la mano y yo aprovecho el desliz para encorvarme, estirar las piernas abajo del asiento, como si quisiese dormirme una siesta, eso es lo que me gustaría ahora, dormirme una siesta de años.


–¿Te estás muriendo de sueño, no? –me sonríe la desconocida.


Yo pongo una mueca, mi conato fue sonreír, pero no se puede decir que eso haya sido una sonrisa, estoy muy nervioso, tengo cemento en los gestos. El tren sigue y sigue andando. Vuelve a parar. Yo tenía los ojos cerrados, los abro, y la desconocida todavía sigue acá, ahora leyendo un libro, un tomo viejo, ancestral, milenario, de tapas coloradas, con caligrafía de Biblia, las páginas se le deshacen en los dedos a esta extraña, que lee a una velocidad prodigiosa, dos páginas por minuto, yo me pregunto qué leerá, en medio de esta situación absurda, todavía me hago un tiempo para preguntarme qué estará leyendo esta chica, es por la costumbre, siempre me interesa saber lo que leen los demás, incluso los extraños, sobre todo si son extraños, como si eso me pudiera ayudar a conocerlos.


Entonces las puertas se abren, muchos bajan, otros tantos suben, yo le saco provecho al vaivén de gente entrando y saliendo del vagón para enderezarme en el asiento y mirar de nuevo el reflejo de la ventanilla. Mi novia, mi chica, sigue ahí. Conversa, ella. Imagino su voz honda, su voz dulce, ahora apagada por el murmullo de las voces y los roces. ¿Con quién charlarás, chiquita? Hoy iba a ser tuyo, hoy ibas a ser mía. ¿Qué hace esta extraña acá? La desconocida sigue leyendo, pero no le voy a preguntar qué lee, no le voy a preguntar el nombre, no quiero saber qué hace acá conmigo ni incomodarla con tanta encuesta. Mejor me levanto un poquito en el asiento, antes de que se cierren las puertas, y cuelo la mirada entre la ola de espaldas, codos y carteras que desfilan por el pasillo. Me inclino para un lado, después para el otro, hasta poder descubrir quién es el que charla con mi chica. Y cuando lo veo, cuando por fin sé quien es, no lo creo, me digo, algo está sobrando (o faltando), esto no puede estar pasando de verdad, pero persisto, pongo lo mejor de mí con tal de aclarar la visión, entorno los ojos, me levanto un poco más, casi estoy levantado, la señora que pasa se corre, lo vuelvo a ver, y sí, ahora que la imagen sobrevive indeleble, no hay dudas, el que está sentado con mi chica, charlando entre susurros, soy yo. Me parece increíble, me cuesta aprehenderlo, pero es así, soy yo; hoy es un día único.


Así que cuando el tren vuelve a arrancar, sigo congelado en esa posición, como un autómata, sin sentarme ni levantarme, rígido entre dos decisiones. La visión es tan repelente, me congestiona, me aturde tanto que ni siquiera me puede alterar la voz de mi compañera de asiento, repitiéndome por décimo novena vez: “¿Te pasa algo?”. Y sí, muchachita, algo me está pasando, y no es para menos, un tipo con mi boca, con mi nariz y mis ojos se está haciendo pasar por mí, está charlando con mi novia, le está enrulando el pelo con mis manos, con mi propia boca le está besando la boca, esa boquita nupcial, tibia, secreta, qué disparate, pienso, pero claro, es comprensible que no le comente nada de todo esto a la extraña.


Ella tiene la mirada triste, de repente.


–Vos estás pensando en ella, ¿no?


Ahora estoy sentado, mirando la ventanilla, escuché claramente lo que me dijo, pero no se lo niego, ni siquiera la miro, no tengo por qué mentir; antes no me molestaba mentir, es más, me hacía enorgullecer de mi imaginación; pero ahora no tengo motivos, solamente está esa imagen, yo besando a mi novia, a tres asientos del mío, y el orgullo, en este instante de claridad, no me llega a los tobillos, no me roza ni las plantas de los pies. Los árboles, los edificios, los autos, se empiezan a distorsionar en la ventanilla. El tren anda al galope, a los tumbos; se sacude en los rieles. No puedo soportar la idea de esa visión. Me tortura haberme visto a mí mismo tan feliz, con mi novia, pero desde los ojos de otro. Saber que esa felicidad es mía, que es mía por derecho, y no poderla sentir. Así que cuando el tren empieza a aminorar la marcha, me levanto. Chao, bomboncito, chao. La desconocida no se da vuelta cuando me despido de ella. El tren va frenando despacio, las puertas se abren, y yo me bajo con el tumulto solo, me dejo tranquilo en ese tren.













2 comentarios:

Chobi dijo...

Siempre es un verdadero placer leerte, máquina de máquinas, master de masters. Un abrazo grande de parte de uno de sus admiradores. El Chobi.

Un desvarío por jueves dijo...

Gracias Chobi, una alegría tener noticias tuyas.

Que ande todo bien por allá y espero sus escritos prontamente.