jueves, 30 de julio de 2009

Blanca

Siempre te aburrías conmigo

Mirabas para otro lado

Y abrías la boca

Para bostezar

Esperabas con ansiedad el colectivo

Y me decías me voy

Me cansaste

Quiero que entiendas

Que no te amo


Pero después la vida te aburría

Blanca

Así eras vos

Todo te aburría

Y volvías a la vereda de mi casa

Para contarme lo aburrida que estabas

Y a mí me daba lo mismo

Aunque tuvieras una remerita blanca

Y se te viera el ombligo

Y a veces me hablaras con los ojos brillantes

De las cosas que te gustan más

Blanca

Cómo me gustaba escucharte

Cuando estabas aburrida

Y venías a verme


Y a veces

También muy de vez en cuando

Tus ojos cerrados

Lloraban

Yo besaba la gotita

Y vos me decías

No me importás

Y me mirabas

Un rato

Y yo

No sabía qué hacer

Para conmoverte

Para que no te fueras otra vez de mi casa


Blanca

Tendría que habértelo dicho

Blanca

Mi sol

No te entendía

No te escuché

Cómo me gustaba

Que te aburrieras conmigo

Te amaba

Pero no te lo dije

Un día te lo dijo otro

Y no te volví a ver

cecilia y ezequiel se encuentran en el estacionamiento



Hace varios minutos que Ezequiel y Cecilia caminan silenciosos; él fumando, ella mirando las vidrieras; cada uno atento a sus soliloquios internos, a imaginar lo que pudiera estar pensando el otro. ¿Te gustó la película?, rompe el mutismo ella.
–Más o menos –contesta él, y suelta un hilo largo de humo–. No me gusta cuando son tan predecibles.
Después tira el cigarrillo.
Faltan unos pocos escalones, los bajan, y ahora ya están en el estacionamiento subterráneo. No se ve gente por ninguna parte y quedan muy pocos autos. Se entiende: rozan las dos y media de la madrugada.
–¿Dónde dejamos el coche? –pregunta Ezequiel.
–Por allá –señala ella.
Siguen avanzando por el estacionamiento, en dirección al punto que señaló Cecilia. Ezequiel bosteza y con el bostezo suelta un alarido gutural, totalmente innecesario. Cecilia conoce de sobra ese gesto, y sabe que su marido solamente puede hacerlo por dos motivos: para demostrarle su hastío, su aburrimiento, o por una especie de insinuación sensual. Ella se inclina por adjudicarlo al primero.
–¿Estás segura de que dejamos el auto allá? –pregunta él.
Cecilia no habla, solamente suelta un bufido, que es toda la contestación que necesita su marido por ahora. Después apura el paso. A los pocos segundos, saca una distancia considerable. El estacionamiento es de una estructura colosal, proporcional a la del shopping, y a medida que se adentran buscando el auto dejan de verse las paredes fronterizas.
–Pará un poco –dice él.
–Apurate entonces –contesta ella–. Lo menos que necesito ahora es ir a paso de hombre.
Ezequiel suelta una risita larga, acentuada, prepotente; es su forma de decirle: mirá cómo me tomo en serio tus comentarios.
Cecilia escucha la risita irónica, es un gesto que siempre la irritó; pero ahora no puede prestarle atención, no puede enfocarse en desdeñar la soberbia de su marido, porque termina de darse cuenta de que al sector hacia el cual están caminando ahora no es el mismo en el que ella pensaba que habían dejado el coche.
Desde lejos ve una camioneta, un Torino, un Dunna, atrás de los cuales supuestamente tenía que estar el auto. Pero, a medida que se acerca, puede vislumbrar que su presunción era equivocada. Este sería el momento más indicado para que ella se diese vuelta y propusiese a su marido buscar el auto por otra parte. Pero no lo hace. Un impulso irresistible la empuja a seguir caminando, todavía más rápido, con más énfasis que antes. Admitir su error a estas alturas es una opción que su orgullo no puede considerar.
–Me parece que el auto está del otro lado –sugiere él, sin afirmarlo, en voz baja, casi con dulzura; muy conciente de que esa repentina amabilidad va a irritarla todavía más.
En efecto, Cecilia le contesta con rigidez:
–No, te dije que el auto está allá.
Y sigue avanzando. Es un movimiento arriesgado, pero ella lo asume con entereza. Sabe que ya no puede volverse atrás. La verdadera ubicación del auto acaba de convertirse en una cuestión trascendental para ella. Ya no se trata de dónde está el auto en sí, sino de la resolución de una guerra librada sin descanso durante los últimos ocho meses: Tu razón contra la mía. Gota a gota, discusión a discusión, fueron llenando el vaso de una convivencia plagada de forcejeos como éste. Cecilia no quiere que el vaso rebalse a favor de su marido. No lo podría tolerar.
Así que sigue ahondándose en el laberinto. Él la sigue desde atrás, con una mirada de furor, con una sensación de triunfo que lo colma de euforia. Ya no está aburrido, ya no tiene ganas de criticar la película soporífera que su mujer eligió por recomendación de una amiga. Se siente lúcido, con más vitalidad de que la que haya tenido en mucho tiempo. Está dispuesto a caminar horas y horas atrás de su mujer con tal de llegar al punto definitivo (porque sabe que, tarde o temprano, ese punto va a llegar) en el que ella tenga que admitir el equívoco.
Pero Cecilia no va a ceder fácilmente; el desaliento no está en su carácter. Sigue caminando entre los autos dormidos, con tal actitud de resolución, que nadie, salvo él, su propio marido, podría imaginar el vaivén de inseguridades que la abruma ahora.
–¿Vamos a caminar mucho más? –pregunta Ezequiel.
Cecilia sabe que la de su marido es una provocación desleal en la que no le conviene caer. Pero está tan perpleja, tiene tan poco dominio de sus actos, que impulsivamente se da vuelta, sin dejar de caminar, y lo mira con todo el odio del que son capaces de demostrar sus ojos, los mismos ojos que una vez miraron a ese hombre con ternura, a ese hombre que ahora la mira con una mueca altanera, arisca.
Pero enseguida se repele a sí misma por haberle demostrado una emoción. Intenta corregirse.
–¿Entonces dónde está el auto? –dice, con tranquilidad.
–Por allá –dice él–. Te dije que por allá.
–Está bien, vamos para allá, entonces.
–Me tendrías que haber escuchado. Eso es porque nunca me escuchás.
–Está bien.
–Eso es porque siempre, pero siempre, te creés la dueña de la verdad.
Cecilia sabe cuál es su posición. Sabe cuáles son los movimientos más convenientes. Sabe que ahora no le conviene contestar. Cuánto más terca se muestre, más posibilidades le da a él de ufanarse de su victoria. Asume un rol de completa sumisión para trasladar el peso de la situación a su marido. Le cuesta, claro está. Antes tiene que tragar aire, desechar de su mente los comentarios de su rival, comentarios que si no fuera por su voluntad y concentración en la disputa la empujarían al desastre.
Pero hace bien. Ahora es él el que va adelante, guiando la excursión por el estacionamiento, y aunque se sienta muy cansada (fue una caminata relativamente agotadora), Cecilia está rogando de todo corazón que el auto no esté en el sector que su marido le señaló al principio. Ella también está dispuesta a caminar horas y horas, como un rato antes lo había estado Ezequiel, con tal de que las circunstancias no lo favorezcan.
Y, de hecho, ahora él ya no está tan seguro como antes. Cegado por la ilusión de ver derrotada a su mujer, nunca se fijó en cuál era el rumbo que estaba tomando la búsqueda. Solamente la seguía, mirándola con su sonrisita triunfal, absolutamente inconsciente de qué sector recorrían, por cuál pasillo doblaban, y de ahí que, en este momento, no tenga la más mínima noción de dónde pueda estar el auto.
Está perdido, en dos palabras. Hace más de diez minutos que caminan, en sentido inverso al que venían caminando antes; diez minutos que hubieran sobrado para encontrar el sector en el que él aseguraba que estaba el coche. Angustiado por semejante revés de la suerte, Ezequiel no se puede concentrar. Solamente escucha el eco de los pasos de su mujer, siguiéndolo, juzgándolo de cerca. Siente toda la tensión de su mirada acusadora, endureciéndole los hombros, la nuca. Sus piernas vacilan, y puede escuchar nítidamente este pensamiento en la frente de ella: Caminás como un nabo.
Corrobora su sospecha cuando escucha la tos. Él conoce de memoria ese espasmo indolente, afectado. A estas alturas del partido, solamente puede significar una cosa: reto, burla, indicación de superioridad moral. Cecilia lo está reprimiendo, con esa tosesita le está gritando a la cara: ¿Quién es el que siempre quiere tener la razón? Es una carcajada, esa tosesita. Ezequiel se da vuelta; no puede resistir más la situación.
–Estamos perdidos.
Cecilia sonríe; sabe que él le termina de firmar el armisticio.
–Vos estás perdido.
–No, los dos estamos perdidos. Y perdidos por tu culpa.
–Ah ¿si?
–Sí. Nunca te tendría que haber seguido.
–Nunca me tendrías que haber seguido.
–No me tomes el pelo.
–No te tomo el pelo.
Ella sigue sonriendo. Él esconde la cara.
–¿Y ahora?
–¿Y ahora qué? –pregunta ella.
–¿Y ahora qué hacemos?
Cecilia se queda mirándolo. La sonrisa, poco a poco, se empieza a desdibujar. Ella ahora se está dando cuenta de que, si bien lo disfrutó, si bien fue una copa dulce de vino el haber visto caer en su propio juego a su marido, encontrar el auto es un objetivo que le incumbe a los dos. Y la verdad es que los dos, jugando cada uno a su manera, se habían perdido. Es tarde, muy tarde, y con la conciencia de que la derrota es mutua, también le llega el peso del cansancio, de su egoísmo, de la dimensión de esa situación absurda que ella misma había colaborado en crear.
Ezequiel, por otra parte, no se siente mucho mejor que ella. Se está dando cuenta de lo ridículo de su actitud. Él también se siente cansado, ahora daría todo por estar en la cama, en los brazos tibios de su mujer, comentando el argumento de esa película que, si bien no le puso la piel de gallina, tampoco le disgustó. Están parados uno enfrente de la otra. Están callados, con los brazos a los costados, ninguno sabe qué hacer. Hasta que Cecilia se acerca, despacio, como dubitativa, y Ezequiel la abraza. No hablan, no tienen mucho que decirse más allá de lo que ese gesto transmite.
Se sueltan, se miran. Entonces Ezequiel ve que a su mujer se le enciende la mirada. Cecilia está mirando un punto atrás de él.
–No te puedo creer –dice.
Ezequiel se da vuelta y ve que ahí está, donde lo habían dejado unas horas antes, escondido atrás de una camioneta con cúpula, el auto.

lunes, 27 de julio de 2009

olvidarse un lunes



Reducción de personal. Solamente eso. Que estaban muy contentos con mi trabajo, pero que cómo andan las cosas, lamentablemente no hay nada qué hacer. Me despidieron con un apretón de manos. Cualquier novedad te contactamos.

Bueno, no tengo por qué preocuparme. No tengo por qué preocuparme. Pero el semáforo estaba en rojo y lloré. Apoyé la frente en el volante y, confesarlo me avergüenza, lloré. Me avergüenza porque no es de hombres llorar. Un varón no se preocupa, se ocupa. Así que levantá la cabeza. A ponerle el pecho al asunto. Así. Como un varón. Con coraje. Con actitud. Con dignidad.

Pasa que la puerta del dormitorio estaba entre abierta. Hay un resquicio y los veo. Primero a ella. Desnuda. A un costado, también en pelotas, a mi hermano menor. Él se levanta y sale del dormitorio. Me aclara. Esto no es lo que parece. Pero tranquilo, dice, y hablamos después.

Si esto pasara en un libro o en una película, no me parecería creíble. Pero esto es la vida. Esto es real. Y sí hay algo de lo que no me cabe duda, es de que lo increíble sí tiene asidero en la vida real (¿un avión derrumba edificios?, ¿un blanco compra negros?, ¿un carpintero pobre es ídolo de medio mundo?).

Mi mujer se cubre con una sábana. Se cubre con apuro, como si nunca la hubiera visto desnuda. Llora. Perdoname, dice, es que son tan parecidos. Yo no estoy de acuerdo. Mi hermano menor es alto y va al gimnasio. Quizás sí coincidamos en la voz. Ella sigue llorando. Yo le digo que se abrigue. Después salgo. Salgo y en la puerta me doy cuenta de que me acobardé. No le dije lo que pasó en la oficina.

Lo único que me despierta de esta pesadilla es el bum, el terremoto del coche entero, las estalactitas de vidrio que me salpican las manos. Sos pelotudo. Es un remisero gordo, fornido, de prolija barba candado. Me olvidé de apretar los frenos. Puede pasar. Con tantas cosas en la mente, cualquier puede olvidarse de apretar un freno. El gordo me baja como a un muñeco. Floto en el aire. Todas las sensaciones que vienen a continuación son gratas. El choque del piso. El sabor de la mugre. El pavimento que me raspa el mentón. Las piñas que van y vienen, como autómatas, llenándome de frutillitas la cara. No reacciono en ningún momento. Hay un placer en este gemir, en este soportar los golpes. Es el dolor. Sentirlo significa que vivo. Vivo. De qué te reís, paspado. Estoy triste. El hombre deja de pegarme. Me pide los datos. Se va.

Así que ahora, por primera vez en años, me apoyo en la baranda del río. Siempre paso por este puente. Cómo nunca me hice un tiempo para mirar. Hay una ondulación en el agua; las luces rebotan en la superficie. Yo en mi interior también tengo una luz. Me pregunto cómo rebotará esta luz en la superficie. Pero no, no tengas esos pensamientos. Pero bueno, bueno, no puedo evitarlo. Tiene que haber un lugar mejor para mí. Flotar en el agua. Como en la placenta. Como antes de que todo esto empezara.

El muchacho apareció de la nada. Uno se concentra en su luz interna y deja de prestarle atención a lo que hay a su alrededor. Se desentiende de situaciones peores; mucho más drásticas. Este muchacho, por ejemplo, que me apunta con un revólver. No debe tener más de quince años. Pero qué fuerza para mantenerse en pie. Un padre alcohólico, una madre de ciento treinta y siete kilos; dos hermanos muertos; golpizas; drogas; hambre; dolor. No hay un solo punto de comparación entre su vida y la mía. Y yo que me preocupo por haberme quedado sin trabajo. Que me culpo por la insatisfacción sexual de mi mujer. Circunstancias que solamente aturden mi orgullo. Pavadas. Nada que no tenga arreglo. Tomá. Le di mi billetera. Antes de que se fuera, caminé hasta el auto y también le di mi portafolio. Espero que de acá en adelante todo nos vaya mejor, pienso mientras lo miro.

Es solamente un lunes. Esa es la verdad. Mañana será martes. Mañana pasado será miércoles. ¿Después quién va a acordarse de todo esto? Es probable que nadie más que vos. Tenés que aprender a manejar tu memoria. Ser menos narcisista. Fijate que en tus recuerdos casi no existen los otros; todo siempre gira alrededor tuyo. Es difícil despegarse, te entiendo, pero, de última, si no los podés tolerar, si el miércoles todos estos recuerdos todavía te abruman, ya sabés que siempre tenés la posibilidad de escribir. Esa es la mejor panacea que se me ocurre. Escribí tus recuerdos bien egocéntricamente, como si solamente fueran a leerlos los muertos. Acomodalos en vertical, uno encima del otro, y después releelos, no diez, sino cien veces. Incluso mil veces. Releé tus recuerdos hasta que ni a vos mismo te parezcan creíbles, hasta que desaparezcan en la truchada de la ficción, y recién ahí, harto de tu ego, puedas empezar de cero.










lunes, 6 de julio de 2009



-¿También usted le avisó a mi madre que yo vendría? –le pregunté.

-No. Y a propósito, ¿qué es de tu madre?

-Murió –dije.

-¿Ya murió? ¿Y de qué?

-No supe de qué. Tal vez de tristeza. Suspiraba mucho.

-Eso es malo. Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace. ¿De modo que murió?

-Sí. Quizás usted debió saberlo.

-¿Y por qué iba a saberlo? Hace muchos años que no sé nada.

-Entonces, ¿cómo es que dio usted conmigo?

-...

-¿Está usted viva, Damiana? ¡Dígame, Damiana!

Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías. Las ventanas de las casas abiertas al cielo, dejando asomar las varas correosas de la yerba. Bardas descarapeladas que enseñaban sus adobes revenidos.

-¡Damiana! –grité-. ¡Damiana Cisneros!

Me contestó el eco: “¡...ana ...neros! ¡...ana ...neros!”








(¿Cien años de soledad habría existido sin Pedro Páramo? De Rulfo, es-pec-ta-cu-lar)





















“Era una maravilla bajar los largos tramos de escaleras y tener conciencia de que el trabajo se me había dado bien. Cada día seguía trabajando hasta que una cosa tomaba forma, y siempre me interrumpía cuando veía claro lo que tenía que seguir. Así estaba seguro de continuar al día siguiente. Pero a veces, cuando empezaba un cuento y no había modo de que arrancara, me sentaba ante la chimenea y apretaba una monda de mandarina y caían gotas en la llama y yo observaba el chisporroteo azulado. De pie, miraba los tejados de París y pensaba: “No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas”. De modo que al cabo escribía una frase verídica, y a partir de allí seguía adelante. Entonces se me daba fácil porque siempre había una frase verídica que yo sabía o había observado o había oído decir. En cuanto me ponía a escribir como un estilista, o como uno que presenta o exhibe, resultaba que aquella labor de filacterio y de voluta sobraba, y era mejor cortar y poner en cabeza la primera sencilla frase indicativa verídica que hubiera escrito. En aquel cuarto tomé la decisión de escribir un cuento sobre cada cosa que me fuera familiar. Tenía esa intención presente siempre que escribía, y me daba una disciplina buena y severa.”






(En París era una fiesta. Lecciones del maestro Hemingway.)










miércoles, 1 de julio de 2009






"Vos sos un joven realista, que no ignora lo que cuesta vivir. Entonces sabrás que los hijos son caros de mantener, carísimos, son un lujo, se diría que sólo los millonarios pueden permitírselos. Y los hombres, sobre todo los pobres, esto lo habrás pensado por tu cuenta más de una vez, no están unidos por necesidad con su prole. No son ellos los que quedan embarazados [...]. ¿No te parece que sería mucho más lógico que todos los hombres pobres abandonaran a su suerte a sus mujeres embarazadas o paridas? ¿No es lo que harías vos, si estuvieras en tus cabales? La única explicación para que no lo hagan es que ellos mismos se vuelven mujeres, y entonces no pueden abandonarlas, no pueden abandonarse a sí mismos. Ahí tenés tu ejemplo.

-Pero no se vuelven mujeres de verdad. Es una metáfora.

-No, qué va. La metáfora no existe. La transformación es real, más real imposible porque ahí se termina la realidad. Quizás lo entiendas mejor en términos de concepto, fuera del ejemplo, que siempre engaña. Todo parte del impulso sexual, y la fantasía de base en ese terreno es la disponibilidad de las mujeres. Eso es lo que está latente en tu vida: la joven desamparada, más bella que todos tus sueños, que se pone en tus manos, en todo su abandono, porque no tiene nada ni a nadie en el mundo... En los hechos, fuera de tu cabeza, esa fantasía se apoya y se apoyará siempre en la existencia de los pobres; si has visto un hombre pobre, más pobre que vos, un mendigo, un desocupado, si lo has vislumbrado buscando empleo o buscando una víctima para robarle, sabrás que también existen mujeres pobres... Por extrapolación, verás que la idea se hace realidad."








(En La guerra de los gimnasios, del entrañable delirante de Aira)





Pintor

Hace rato la vieja empezó a dar vueltas. Mira, chistea, sube y baja las escaleras.


Desde que llegó el hijo, murmuran de a dos.


Abren cajones y puertas. Hay ruidos de manijas y llaves.


La vieja pasa por el comedor.


Yo pinto. Cumplo con lo que vine a hacer a esta casa, pero tengo cemento en la nuca mientras la vieja me mira.


Hace rato que van, vienen; revisan, hablan.


Y entonces la vieja que dice: Para qué llamaste a este negro.


En la cocina.


Para qué llamaste a este negro.


Así que junto, limpio, ordeno y me voy. Dejo tal como está lo que vine a hacer a esta casa y me voy.


Vieja loca, le tendría que haber dicho.


Yo pinto.