jueves, 30 de julio de 2009

cecilia y ezequiel se encuentran en el estacionamiento



Hace varios minutos que Ezequiel y Cecilia caminan silenciosos; él fumando, ella mirando las vidrieras; cada uno atento a sus soliloquios internos, a imaginar lo que pudiera estar pensando el otro. ¿Te gustó la película?, rompe el mutismo ella.
–Más o menos –contesta él, y suelta un hilo largo de humo–. No me gusta cuando son tan predecibles.
Después tira el cigarrillo.
Faltan unos pocos escalones, los bajan, y ahora ya están en el estacionamiento subterráneo. No se ve gente por ninguna parte y quedan muy pocos autos. Se entiende: rozan las dos y media de la madrugada.
–¿Dónde dejamos el coche? –pregunta Ezequiel.
–Por allá –señala ella.
Siguen avanzando por el estacionamiento, en dirección al punto que señaló Cecilia. Ezequiel bosteza y con el bostezo suelta un alarido gutural, totalmente innecesario. Cecilia conoce de sobra ese gesto, y sabe que su marido solamente puede hacerlo por dos motivos: para demostrarle su hastío, su aburrimiento, o por una especie de insinuación sensual. Ella se inclina por adjudicarlo al primero.
–¿Estás segura de que dejamos el auto allá? –pregunta él.
Cecilia no habla, solamente suelta un bufido, que es toda la contestación que necesita su marido por ahora. Después apura el paso. A los pocos segundos, saca una distancia considerable. El estacionamiento es de una estructura colosal, proporcional a la del shopping, y a medida que se adentran buscando el auto dejan de verse las paredes fronterizas.
–Pará un poco –dice él.
–Apurate entonces –contesta ella–. Lo menos que necesito ahora es ir a paso de hombre.
Ezequiel suelta una risita larga, acentuada, prepotente; es su forma de decirle: mirá cómo me tomo en serio tus comentarios.
Cecilia escucha la risita irónica, es un gesto que siempre la irritó; pero ahora no puede prestarle atención, no puede enfocarse en desdeñar la soberbia de su marido, porque termina de darse cuenta de que al sector hacia el cual están caminando ahora no es el mismo en el que ella pensaba que habían dejado el coche.
Desde lejos ve una camioneta, un Torino, un Dunna, atrás de los cuales supuestamente tenía que estar el auto. Pero, a medida que se acerca, puede vislumbrar que su presunción era equivocada. Este sería el momento más indicado para que ella se diese vuelta y propusiese a su marido buscar el auto por otra parte. Pero no lo hace. Un impulso irresistible la empuja a seguir caminando, todavía más rápido, con más énfasis que antes. Admitir su error a estas alturas es una opción que su orgullo no puede considerar.
–Me parece que el auto está del otro lado –sugiere él, sin afirmarlo, en voz baja, casi con dulzura; muy conciente de que esa repentina amabilidad va a irritarla todavía más.
En efecto, Cecilia le contesta con rigidez:
–No, te dije que el auto está allá.
Y sigue avanzando. Es un movimiento arriesgado, pero ella lo asume con entereza. Sabe que ya no puede volverse atrás. La verdadera ubicación del auto acaba de convertirse en una cuestión trascendental para ella. Ya no se trata de dónde está el auto en sí, sino de la resolución de una guerra librada sin descanso durante los últimos ocho meses: Tu razón contra la mía. Gota a gota, discusión a discusión, fueron llenando el vaso de una convivencia plagada de forcejeos como éste. Cecilia no quiere que el vaso rebalse a favor de su marido. No lo podría tolerar.
Así que sigue ahondándose en el laberinto. Él la sigue desde atrás, con una mirada de furor, con una sensación de triunfo que lo colma de euforia. Ya no está aburrido, ya no tiene ganas de criticar la película soporífera que su mujer eligió por recomendación de una amiga. Se siente lúcido, con más vitalidad de que la que haya tenido en mucho tiempo. Está dispuesto a caminar horas y horas atrás de su mujer con tal de llegar al punto definitivo (porque sabe que, tarde o temprano, ese punto va a llegar) en el que ella tenga que admitir el equívoco.
Pero Cecilia no va a ceder fácilmente; el desaliento no está en su carácter. Sigue caminando entre los autos dormidos, con tal actitud de resolución, que nadie, salvo él, su propio marido, podría imaginar el vaivén de inseguridades que la abruma ahora.
–¿Vamos a caminar mucho más? –pregunta Ezequiel.
Cecilia sabe que la de su marido es una provocación desleal en la que no le conviene caer. Pero está tan perpleja, tiene tan poco dominio de sus actos, que impulsivamente se da vuelta, sin dejar de caminar, y lo mira con todo el odio del que son capaces de demostrar sus ojos, los mismos ojos que una vez miraron a ese hombre con ternura, a ese hombre que ahora la mira con una mueca altanera, arisca.
Pero enseguida se repele a sí misma por haberle demostrado una emoción. Intenta corregirse.
–¿Entonces dónde está el auto? –dice, con tranquilidad.
–Por allá –dice él–. Te dije que por allá.
–Está bien, vamos para allá, entonces.
–Me tendrías que haber escuchado. Eso es porque nunca me escuchás.
–Está bien.
–Eso es porque siempre, pero siempre, te creés la dueña de la verdad.
Cecilia sabe cuál es su posición. Sabe cuáles son los movimientos más convenientes. Sabe que ahora no le conviene contestar. Cuánto más terca se muestre, más posibilidades le da a él de ufanarse de su victoria. Asume un rol de completa sumisión para trasladar el peso de la situación a su marido. Le cuesta, claro está. Antes tiene que tragar aire, desechar de su mente los comentarios de su rival, comentarios que si no fuera por su voluntad y concentración en la disputa la empujarían al desastre.
Pero hace bien. Ahora es él el que va adelante, guiando la excursión por el estacionamiento, y aunque se sienta muy cansada (fue una caminata relativamente agotadora), Cecilia está rogando de todo corazón que el auto no esté en el sector que su marido le señaló al principio. Ella también está dispuesta a caminar horas y horas, como un rato antes lo había estado Ezequiel, con tal de que las circunstancias no lo favorezcan.
Y, de hecho, ahora él ya no está tan seguro como antes. Cegado por la ilusión de ver derrotada a su mujer, nunca se fijó en cuál era el rumbo que estaba tomando la búsqueda. Solamente la seguía, mirándola con su sonrisita triunfal, absolutamente inconsciente de qué sector recorrían, por cuál pasillo doblaban, y de ahí que, en este momento, no tenga la más mínima noción de dónde pueda estar el auto.
Está perdido, en dos palabras. Hace más de diez minutos que caminan, en sentido inverso al que venían caminando antes; diez minutos que hubieran sobrado para encontrar el sector en el que él aseguraba que estaba el coche. Angustiado por semejante revés de la suerte, Ezequiel no se puede concentrar. Solamente escucha el eco de los pasos de su mujer, siguiéndolo, juzgándolo de cerca. Siente toda la tensión de su mirada acusadora, endureciéndole los hombros, la nuca. Sus piernas vacilan, y puede escuchar nítidamente este pensamiento en la frente de ella: Caminás como un nabo.
Corrobora su sospecha cuando escucha la tos. Él conoce de memoria ese espasmo indolente, afectado. A estas alturas del partido, solamente puede significar una cosa: reto, burla, indicación de superioridad moral. Cecilia lo está reprimiendo, con esa tosesita le está gritando a la cara: ¿Quién es el que siempre quiere tener la razón? Es una carcajada, esa tosesita. Ezequiel se da vuelta; no puede resistir más la situación.
–Estamos perdidos.
Cecilia sonríe; sabe que él le termina de firmar el armisticio.
–Vos estás perdido.
–No, los dos estamos perdidos. Y perdidos por tu culpa.
–Ah ¿si?
–Sí. Nunca te tendría que haber seguido.
–Nunca me tendrías que haber seguido.
–No me tomes el pelo.
–No te tomo el pelo.
Ella sigue sonriendo. Él esconde la cara.
–¿Y ahora?
–¿Y ahora qué? –pregunta ella.
–¿Y ahora qué hacemos?
Cecilia se queda mirándolo. La sonrisa, poco a poco, se empieza a desdibujar. Ella ahora se está dando cuenta de que, si bien lo disfrutó, si bien fue una copa dulce de vino el haber visto caer en su propio juego a su marido, encontrar el auto es un objetivo que le incumbe a los dos. Y la verdad es que los dos, jugando cada uno a su manera, se habían perdido. Es tarde, muy tarde, y con la conciencia de que la derrota es mutua, también le llega el peso del cansancio, de su egoísmo, de la dimensión de esa situación absurda que ella misma había colaborado en crear.
Ezequiel, por otra parte, no se siente mucho mejor que ella. Se está dando cuenta de lo ridículo de su actitud. Él también se siente cansado, ahora daría todo por estar en la cama, en los brazos tibios de su mujer, comentando el argumento de esa película que, si bien no le puso la piel de gallina, tampoco le disgustó. Están parados uno enfrente de la otra. Están callados, con los brazos a los costados, ninguno sabe qué hacer. Hasta que Cecilia se acerca, despacio, como dubitativa, y Ezequiel la abraza. No hablan, no tienen mucho que decirse más allá de lo que ese gesto transmite.
Se sueltan, se miran. Entonces Ezequiel ve que a su mujer se le enciende la mirada. Cecilia está mirando un punto atrás de él.
–No te puedo creer –dice.
Ezequiel se da vuelta y ve que ahí está, donde lo habían dejado unas horas antes, escondido atrás de una camioneta con cúpula, el auto.

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