lunes, 6 de julio de 2009



-¿También usted le avisó a mi madre que yo vendría? –le pregunté.

-No. Y a propósito, ¿qué es de tu madre?

-Murió –dije.

-¿Ya murió? ¿Y de qué?

-No supe de qué. Tal vez de tristeza. Suspiraba mucho.

-Eso es malo. Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace. ¿De modo que murió?

-Sí. Quizás usted debió saberlo.

-¿Y por qué iba a saberlo? Hace muchos años que no sé nada.

-Entonces, ¿cómo es que dio usted conmigo?

-...

-¿Está usted viva, Damiana? ¡Dígame, Damiana!

Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías. Las ventanas de las casas abiertas al cielo, dejando asomar las varas correosas de la yerba. Bardas descarapeladas que enseñaban sus adobes revenidos.

-¡Damiana! –grité-. ¡Damiana Cisneros!

Me contestó el eco: “¡...ana ...neros! ¡...ana ...neros!”








(¿Cien años de soledad habría existido sin Pedro Páramo? De Rulfo, es-pec-ta-cu-lar)















2 comentarios:

Facundo dijo...

Master, ciertamente mil gracias por su comentario, casi un halago para mí. Realmente me siento más que complacido.
Como siempre, no pierdo el hilo de tu sitio. Yo no soy buen crítico, definitivamente, pero en lo que a sentimientos se refiere todos somos duchos, y lo que acá se lee genera sensaciones extremas, asombrosas, en ocasiones hasta conmovedoras. Así que no debo más que sólo decir: siga adelante, así.
Qué no se pierda esta magia.
Un abrazo grande y estamos en contacto.

Lar dijo...

son muy copadas las cosas que hacés. me gustan cuando son consisas porque me dejan pensando. se dará que algún día nos juntaremos a delirar al respecto? y charlaremos de los modos de catársis que tenemos por medio de las expresiones artísticas? cuando se pasen las vacaciones por pandemia te invito unos mates en la bilbioteca de la facu.