lunes, 27 de julio de 2009

olvidarse un lunes



Reducción de personal. Solamente eso. Que estaban muy contentos con mi trabajo, pero que cómo andan las cosas, lamentablemente no hay nada qué hacer. Me despidieron con un apretón de manos. Cualquier novedad te contactamos.

Bueno, no tengo por qué preocuparme. No tengo por qué preocuparme. Pero el semáforo estaba en rojo y lloré. Apoyé la frente en el volante y, confesarlo me avergüenza, lloré. Me avergüenza porque no es de hombres llorar. Un varón no se preocupa, se ocupa. Así que levantá la cabeza. A ponerle el pecho al asunto. Así. Como un varón. Con coraje. Con actitud. Con dignidad.

Pasa que la puerta del dormitorio estaba entre abierta. Hay un resquicio y los veo. Primero a ella. Desnuda. A un costado, también en pelotas, a mi hermano menor. Él se levanta y sale del dormitorio. Me aclara. Esto no es lo que parece. Pero tranquilo, dice, y hablamos después.

Si esto pasara en un libro o en una película, no me parecería creíble. Pero esto es la vida. Esto es real. Y sí hay algo de lo que no me cabe duda, es de que lo increíble sí tiene asidero en la vida real (¿un avión derrumba edificios?, ¿un blanco compra negros?, ¿un carpintero pobre es ídolo de medio mundo?).

Mi mujer se cubre con una sábana. Se cubre con apuro, como si nunca la hubiera visto desnuda. Llora. Perdoname, dice, es que son tan parecidos. Yo no estoy de acuerdo. Mi hermano menor es alto y va al gimnasio. Quizás sí coincidamos en la voz. Ella sigue llorando. Yo le digo que se abrigue. Después salgo. Salgo y en la puerta me doy cuenta de que me acobardé. No le dije lo que pasó en la oficina.

Lo único que me despierta de esta pesadilla es el bum, el terremoto del coche entero, las estalactitas de vidrio que me salpican las manos. Sos pelotudo. Es un remisero gordo, fornido, de prolija barba candado. Me olvidé de apretar los frenos. Puede pasar. Con tantas cosas en la mente, cualquier puede olvidarse de apretar un freno. El gordo me baja como a un muñeco. Floto en el aire. Todas las sensaciones que vienen a continuación son gratas. El choque del piso. El sabor de la mugre. El pavimento que me raspa el mentón. Las piñas que van y vienen, como autómatas, llenándome de frutillitas la cara. No reacciono en ningún momento. Hay un placer en este gemir, en este soportar los golpes. Es el dolor. Sentirlo significa que vivo. Vivo. De qué te reís, paspado. Estoy triste. El hombre deja de pegarme. Me pide los datos. Se va.

Así que ahora, por primera vez en años, me apoyo en la baranda del río. Siempre paso por este puente. Cómo nunca me hice un tiempo para mirar. Hay una ondulación en el agua; las luces rebotan en la superficie. Yo en mi interior también tengo una luz. Me pregunto cómo rebotará esta luz en la superficie. Pero no, no tengas esos pensamientos. Pero bueno, bueno, no puedo evitarlo. Tiene que haber un lugar mejor para mí. Flotar en el agua. Como en la placenta. Como antes de que todo esto empezara.

El muchacho apareció de la nada. Uno se concentra en su luz interna y deja de prestarle atención a lo que hay a su alrededor. Se desentiende de situaciones peores; mucho más drásticas. Este muchacho, por ejemplo, que me apunta con un revólver. No debe tener más de quince años. Pero qué fuerza para mantenerse en pie. Un padre alcohólico, una madre de ciento treinta y siete kilos; dos hermanos muertos; golpizas; drogas; hambre; dolor. No hay un solo punto de comparación entre su vida y la mía. Y yo que me preocupo por haberme quedado sin trabajo. Que me culpo por la insatisfacción sexual de mi mujer. Circunstancias que solamente aturden mi orgullo. Pavadas. Nada que no tenga arreglo. Tomá. Le di mi billetera. Antes de que se fuera, caminé hasta el auto y también le di mi portafolio. Espero que de acá en adelante todo nos vaya mejor, pienso mientras lo miro.

Es solamente un lunes. Esa es la verdad. Mañana será martes. Mañana pasado será miércoles. ¿Después quién va a acordarse de todo esto? Es probable que nadie más que vos. Tenés que aprender a manejar tu memoria. Ser menos narcisista. Fijate que en tus recuerdos casi no existen los otros; todo siempre gira alrededor tuyo. Es difícil despegarse, te entiendo, pero, de última, si no los podés tolerar, si el miércoles todos estos recuerdos todavía te abruman, ya sabés que siempre tenés la posibilidad de escribir. Esa es la mejor panacea que se me ocurre. Escribí tus recuerdos bien egocéntricamente, como si solamente fueran a leerlos los muertos. Acomodalos en vertical, uno encima del otro, y después releelos, no diez, sino cien veces. Incluso mil veces. Releé tus recuerdos hasta que ni a vos mismo te parezcan creíbles, hasta que desaparezcan en la truchada de la ficción, y recién ahí, harto de tu ego, puedas empezar de cero.