miércoles, 26 de agosto de 2009



“Ella no estaba. Pero de golpe allí estaba, no sé cómo, no la vi venir, ni la oí venir, y eso que estaba alerta. Digamos que llovía, eso nos cambiará, un poco. Se cobijaba bajo un paraguas, naturalmente, debía tener un vestuario fabuloso. Le pregunté si venía todas las tardes. No, dijo, sólo de vez en cuando. El banco estaba demasiado húmedo para osar sentarse. Caminábamos de arriba abajo, la tomé del brazo, por curiosidad, para ver si me daba gusto, pero no me daba ningún gusto, de manera que la dejé. ¿Y por qué estos detalles? Para retardar el desenlace. Veía un poco mejor su rostro. La encontré normal, su cara, una cara como hay millones. Bizqueaba, pero esto no lo supe hasta más tarde. No parecía ni joven ni vieja, su cara, estaba como suspendida entre la frescura y el marchitamiento. Yo soportaba mal, en esa época, este tipo de ambigüedad. En cuanto a saber si era bella, su cara, o si había sido bella, o si tenía probabilidades de volverse bella, confieso que me vi incapaz. He visto caras en algunas fotos que quizás hubiera podido calificarlas de bellas, de haber tenido algunas nociones sobre la belleza. Y el rostro de mi padre, en el lecho de muerte, me había hecho entrever la posibilidad de una estética de lo humano. Pero los rostros de los vivos, siempre haciendo muecas, con la sangre a flor de piel, ¿podían considerarse objetos?”.

(Primer amor, de Beckett. Esa literatura que se encuentra muy, pero muuuuy de vez en cuando).

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