domingo, 27 de septiembre de 2009

Nick tanto (no me acuerdo ahora el apellido), en la cara de Peter Folk (mi nuevo ídolo desde ayer), dice:

-Está en el aire. ¿No les parece a ustedes? Para mí está en el aire.

Sus compañeros de laburo, con los platos de spaguetti enfrente, lo miran. No saben qué contestar. Algunos se largan a reír.

La mujer de Nick, una rubia preciosa, dulce, pero "loca", también lo mira.

¿Qué es lo que flota en el aire? ¿El nacimiento de los chicos? ¿La vida? ¿Los celos? ¿La infidelidad?

Uno también mira al tipo y tiene la sensación de que hay "algo" que flota en el aire. Ese algo flota sin llegarse a mostrar.

Pero con esa sola sugerencia, con la sola intuición de que un designio inexplicable motiva las actitudes de esta gente, uno puede experimentar (incluso sin la conciencia de estar haciéndolo) sus conflictos.

¿Para querernos hay que chocar? ¿Eso es lo que flota en el aire?

Uno es un personaje más adentro de la narración. El final pinta para ser un nudo en la garganta, al principio; después todo se alivia, es un vasito de cerveza helada un día de mucho calor.

¿El estilo? Decir todo sin decir nada. Un gesto, una mirada, un comentario al azar; fragmentos que hacen a la tensión, construyen distintos puntos de vista. Es una película que cierra, redonda y simple, no le falta ni le sobra nada.

Es bueno encontrar perlas que a uno lo puedan conmover. Hacía tiempo que no me pasaba eso con una película.



"UNA MUJER BAJO LA INFLUENCIA", de John Cassavetes.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

dónde está Valeria Finle





–¿Me vas a dejar?



–Nunca.



–No quiero que volvamos a pelearnos. No me hace bien.



–Yo tampoco quiero que volvamos a pelearnos.



–¿Entonces me amás?



–Mucho.



–¿Hasta dónde?



–Hasta el cielo.



–¿Tan poquito?



–Bueno, te amo hasta Plutón.



–Yo te amo hasta el planeta que venga después de Plutón. Pero ida y vuelta.



Valeria me besó con los ojos cerrados y después se puso de perfil para que yo pudiera besarle la mejilla. Entonces sonrió y yo le besé los pómulos, los labios, las pestañas largas y onduladas, y después me incliné encima de ella y le miré los ojos cerrados. Era su sonrisa de perfil, mientras los párpados le temblaban y se aguantaba la risa. Su sonrisa de perfil. Eso es lo que me llevo del mundo.



Valeria se quedó dormida a los pocos minutos. Yo no tuve su suerte. Abrí un libro y me entretuve leyendo un rato; hasta que los ojos empezaron a picarme y lo solté en la mesita de luz. Eran las tres y media de la madrugada. Lo sé porque en ese momento sonó el timbre y mi primera reacción fue fijarme en la hora. Crucé el pasillo y miré. Eran dos hombres de traje. Uno tenía un portafolios. El otro tenía anteojos. Entorné la puerta para preguntarles qué precisaban, pero ellos la empujaron con disimulo. Disculpe la molestia, ¿es usted Sebastián Peralta? Sí, soy yo, ¿en qué puedo ayudarles? Buscamos a Valeria Finle, tenemos información de que se encuentra en su domicilio. Entraron. No lo tomen a mal, pero antes me gustaría que se identifiquen. Acabamos de decírselo, somos los que buscamos a Valeria Finle. Me refiero a algún tipo de identificación personal. Míreme, señor Peralta, dijo el de anteojos. Yo lo miré. Me mantuvo la mirada unos segundos sin hacer un gesto. ¿Se encuentra Valeria Finle en la casa o no? No voy a contestarle, primero dígame de qué se trata esto, si no preferiría que usted y su compañero se retiren. Una vez más, somos los que buscamos a Valeria Finle. Esto es un despropósito, por favor retírense. Los hombres se miraron. ¿Con qué derecho nos lo exige? Es mi propiedad. No es su propiedad, usted alquila. ¿Cómo lo sabe? Sabemos todo de usted, señor Peralta. Usted firmó un contrato de alquiler, ahora aténgase a los efectos. ¿A qué efectos? Hay ambigüedades no contempladas en las cláusulas de su contrato. En todo caso, precisó el de anteojos, no contempladas por usted. No entiendo de qué me están hablando, se los repito una vez más, retírense o no me va a quedar otra opción que llamar a la policía. ¿Usted siempre fue de prejuzgar?, me da la impresión de que malinterpreta nuestras tareas. Nos cree en situación de ilegalidad. Pero nada más lejos de nuestras intenciones, señor Peralta, que transgredir la ley; de hecho, nada más lejos de la realidad. La realidad es simple, es llana, señor Peralta; nosotros buscamos a Valeria Finle, y queda en usted colaborar o no con nuestra empresa, en efecto legítima. Usted parece ser sensato, señor Peralta. Sí, usted parece ser un hombre con perspectiva, lo suficientemente lúcido para comprender el sentido de lo que hacemos. De qué me están hablando. De lo que hacemos. De nuestra búsqueda. Sabemos que ella se encuentra en su domicilio. Lo sabemos con exactitud, señor Peralta.



El portafolios se abrió. No alcancé a ver lo que había adentro porque un impacto indoloro me cegó la vista. Vi blanco. Poco a poco el blanco empezó a ceder, y volvió el contraste de los colores y las cosas. Había unos zapatos relucientes, inmóviles, a pocos centímetros de mi ángulo de visión. Los zapatos, de golpe, se movieron. Levanté la vista y el de los anteojos cruzaba el comedor. En sus brazos estaba Valeria. Valeria tenía un pañuelo en la boca, que el de los anteojos apretaba con una mano, mientras que con la otra la envolvía por la cintura. Usted nos vio, señor Peralta, dijo el hombre del portafolios. Usted sabe quiénes somos. Me levanté. Suéltenla, hijos de puta, no tengo idea de quiénes son. Hubo otro impacto sordo; todo volvió a estar blanco de nuevo. Somos los que buscamos a Valeria Finle, fue lo último que escuché antes de desmayarme.





**



–Oficial, quisiera denunciar un secuestro.



Nombre. Sebastián Peralta. Domicilio. Avenida Juan Manuel de Rosas, al 3452. Nombre de la víctima. Valeria Finle. Cuénteme. Se la llevaron hace unos minutos. Quiénes. Dos hombres. Pudo ver si poseían algún vehículo. No, me golpearon en el interior de la casa, después quedé inconsciente. Cómo vestían. De traje. Algunas señas particulares. Uno tenía anteojos, el otro un portafolios negro. A qué hora acaeció el siniestro. Cuatro menos veinte de la madrugada. Conoce a los victimarios. No, nunca los había visto. En ese caso, por qué los dejó entrar. Entraron a la fuerza. Pero usted tuvo que abrirles la puerta. Sí, la abrí, pero fueron ellos los que la empujaron. No tendría que haberlo hecho. Es que tenían un aspecto decente. ¿Es usted de los que juzgan a las personas por su apariencia? No precisamente, oficial, en cualquier caso no comprendo en qué puede incumbirle esto a la investigación. Mi función es deducir, señor Peralta; me cuesta entender que un hombre les abra la puerta a dos sujetos que no conoce a las cuatro menos veinte de la madrugada. ¿Qué está sugiriendo? Nada que en un principio no haya sugerido usted. No los conozco, nunca antes los había visto en mi vida. ¿Pero ellos a usted sí lo conocían? Sí, tenían información sobre mí y sobre ella. ¿Quién es ella? Me refiero a la víctima, Valeria Finle. De ahora en adelante procure evitar los pronombres; comprenda que para una eficaz investigación de los hechos requerimos la máxima precisión. Entendido. Dígame, ¿qué le dijeron estos hombres una vez usted, a las cuatro menos veinte de la madrugada, los dejó ingresar a su domicilio? Le repito que no les permití el ingreso, ellos lo hicieron a la fuerza. No se detenga en sutilezas, por favor, esto lo único que genera es una dilación en nuestras labores. Me dijeron que buscaban a Valeria Finle. Preguntaron por ella. Sí, pero yo me negué a contestarles hasta que se identificaran, motivo por el cual me golpearon y derribaron. ¿Le preguntan por Valeria Finle y luego directamente lo golpean? No, en el ínterin me dijeron varias cosas. ¿“Varias cosas”?, le reitero que para la investigación son de suma importancia las precisiones, no omita ni un solo detalle. Recuerdo que me hablaron de mi contrato de alquiler, que había cláusulas que yo no había contemplado. ¿A colación de qué le hablaron de estas cláusulas en su contrato? No recuerdo, precisamente, a colación de qué, pero yo lo consideré una maniobra de distracción. ¿Usted les respondió algo al respecto? No, oficial, únicamente volví a pedirles que se identificaran. Prosiga. Luego no recuerdo más, entre la tensión del instante, la conmoción psicológica que me produjo el secuestro, sinceramente no puedo recordar lo que sucedió después. ¿“Conmoción psicológica”? Me refiero al impacto de la situación, nunca me había pasado algo como esto y sinceramente sigo en estado de shock, oficial, me horroriza la idea de lo que puedan hacerle a Valeria Finle, esa mujer es mi vida, es lo único que tengo en el mundo. Evite los sentimentalismos, señor Peralta, tampoco colaboran con nuestras tareas; dígame, ¿cómo se la llevaron? El hombre de anteojos la amordazó y se la llevó a rastras. ¿Usted dónde se encontraba? En el piso, aturdido por el golpe. ¿Desde allí lo vio? Sí, desde allí, el otro sujeto se encontraba a mi lado, yo podía ver sus zapatos. ¿Vio la marca de estos zapatos? No, oficial. Prosiga. Después, al alejarse hacia la puerta el hombre que estaba a mi lado, me incorporé, intenté detenerlos, pero me propinaron un nuevo golpe que fue el que me dejó inconsciente. ¿Ellos le dijeron algo? No. ¿Y usted a ellos? Sí, recuerdo que les dije que la soltaran y los insulté. ¿Qué insulto en concreto pronunció? Creo haberles dicho “hijos de puta”. Gran equívoco, señor Peralta, gran equívoco. ¿A qué se refiere? A nadie le gusta ser insultado, y menos cuando el improperio no está dirigido a uno, sino a la madre de uno, que, y más particularmente en este caso, nada tiene que ver con los hechos. ¿Está usted justificando el proceder de los hombres, oficial? ¿Usted, señor Peralta, infiere que yo estoy justificando el proceder de estos hombres? De acuerdo a sus últimas palabras, eso fue lo que me pareció percibir. En consecuencia, está usted acusándome de incurrir en apología del delito. No es lo que dije. Pero es lo que se desprende de su declaración, es lo que en ella se encuentra implícito. Oficial. Escúcheme, señor Peralta, primero escúcheme; tengo veintiséis años de trabajar en esta dependencia, sirviendo a casos como el suyo, ¿realmente usted considera productivo para la investigación el cuestionar de esa manera mi integridad moral? Oficial. ¿Realmente no encuentra infructuosa su declaración?, ¿con qué ánimo, con qué espíritu puedo encarar mi labor luego de verse mi honra y mis servicios a la comunidad calificados en modo tan peyorativo? Oficial, disculpe, son las circunstancias, realmente me abruman, no me dejan pensar con claridad. Le reitero que evite los sentimentalismos, señor Peralta; en cualquier caso, me urge hacerle comprender la frustración que siento cuando personas como usted denigran nuestras tareas, todos en esta institución trabajamos y arriesgamos la vida día a día por vocación, no lo hacemos por dinero, como la mayoría de los mercenarios que hoy pululan en los ámbitos estatales; no, señor Peralta, no, si nos encontramos de este lado es únicamente por abnegación para con la comunidad de la que usted y nuestras familias forman parte, e insisto en que su acusación, haya sido ésta voluntaria o no, me agravia no solamente a mí como hombre, sino también a la institución policial en su conjunto. Realmente me siento arrepentido, oficial, nunca tuve en cuenta todos estos aspectos. Por egoísmo, señor Peralta, no los tuvo en cuenta por egoísmo; cree que el mundo gira alrededor suyo y de sus problemas; cree que todo le es debido. Discúlpeme, oficial. Acepto sus disculpas, como corresponde a cualquier hombre de bien; pero, en cualquier caso, ya no puedo ayudarlo. No entiendo, ¿a qué se refiere? A lo que le dije, ya no podemos hacer nada por usted. ¿Por mi equívoco? No, no por su equívoco, aunque éste de por sí ya resultaría móvil suficiente; sino por las circunstancias; no encuentro ilegalidad alguna en los hechos. ¿De qué me está hablando, oficial? En primer lugar, dos hombres ingresan a su domicilio porque usted les abre la puerta; en segundo lugar, ellos lo conocen a usted y también conocen a Valeria Finle, lo que indica algún tipo de vínculo que usted por oscuras razones no quiere asentar; por último, tampoco usted tiene prueba alguna de que haya sido un secuestro, solamente vio salir a Valeria Finle en los brazos de otro hombre. Pero ella estaba amordazada, oficial, la forzaron, la sacaron a rastras. ¿Está seguro de que fue así, señor Peralta?, ¿cómo puede aseverar que lo que vio no fue más bien el efecto de una impresión interna que el de una percepción de la realidad?, en otras palabras, si prefiere que sea llano, es más que probable que usted solamente haya visto lo que quiso ver. Oficial, ellos me golpearon. Porque usted los insultó, usted los insultó, señor Peralta, y me sorprende que todavía no le hayan hecho ninguna denuncia por daños morales; en todo caso, de lo único que estoy seguro es de que no hay ningún secuestro, nadie secuestró a Valeria Finle, y agradezca que haga oídos sordos de la acusación que usted acaba de hacerme con tanta ligereza, porque de lo contrario ya móviles de esta dependencia estarían yendo en su busca.





**





Miro mi mano derecha. Después miro la izquierda. Las dos tiemblan de forma convulsiva. No puedo sostener el teléfono. Trago aire. Respiro de a una bocanada por vez. Mis manos se amansan. Vuelvo a marcar.



–¿Quién es?



–Marcos, soy Sebastián. Se llevaron a Valeria. Vení a casa. Estoy desesperado.



Lo espero en la puerta, girando la mirada con desconfianza de un lado para el otro. El coche frena en la vereda; Marcos lo apaga, se baja; se acerca al trote. ¿Qué pasó? Se la llevaron. ¿Quiénes? Dos tipos. ¿Llamaste a la policía? La policía está con ellos. ¿Con quiénes? Con quienes se la llevaron. Tengo los ojos mojados. No sé qué hacer. Quedate tranquilo, dice Marcos, tranquilizate que tenés que pensar.



Pienso. Pienso. Él también piensa y de golpe me mira. Tiene las cejas juntas. Escuchame, ¿te acordás de Julio? ¿Tu amigo? Sí, el padre es abogado penal, el tipo sabe de todo esto, a lo mejor pueda asesorarnos. Llamalo entonces. No, no, me dice, dándose vuelta, mejor vamos yendo para allá.



Durante el trayecto vigilamos los movimientos del barrio con atención. Pero es una madrugada de martes. Hace frío y no hay un alma en la calle. De vez en cuando algún gato. De vez en cuando algún perro. Marcos sostiene con una mano el volante y con la otra el celular. Cuando llegamos a la casa de Julio, las luces ya están encendidas.



Éste es Sebastián, nos presenta. Atrás de Julio, el abogado. Con pantalón, camisa y corbata. Prolijamente peinado con gel. Me pide que no omita ni un solo detalle. Él asiente cuando le preciso que uno de los hombres llevaba un portafolios negro. ¿Puede ser que el otro tuviera barba candado, midiera aproximadamente metro noventa y usara anteojos? Sí. Entonces ya sé de quiénes me habla, dice el abogado, seriamente, y niega con la cabeza. ¿De quiénes?, pregunta Julio. Son los que buscan a Valeria Finle, ¿así se llama la mujer? Así, le digo. Los conozco, sé adónde pueden habérsela llevado, pero es todo un dilema. ¿Adónde se la llevaron? Tienen un depósito cerca de la ruta. ¿Cuál es el dilema? Son tipos bastante jodidos. Tengo un arma, dice Marcos. Nada de armas, contesta el abogado. Y me apunta con el índice. Vamos a ir solamente él y yo, no considero otra alternativa, ¿está claro? Está claro, le contesta Marcos, y me mira con resignación, pero comprensivo.





**





–¿Usted es el marido de Valeria Finle?



–No, soy su pareja.



Vamos en una 4 x 4 con proporciones de lancha, oriunda de Japón. El abogado me mira. No frena en ninguna esquina ni respeta semáforos. ¿Hace cuánto que conviven? Dos meses. ¿Y no se aburren? Generalmente no. El abogado hace un gesto sugerente. Le explico: Nos aburrimos tanto como puede aburrirse cualquier pareja. Pero el suyo es un caso especial, ¿no cierto? No veo qué tiene de especial. ¿Cómo que no lo ve?, estamos hablando nada más y nada menos que de Valeria Finle. ¿Qué tiene eso? Usted lo sabe mejor que nadie. Me refiero a cómo sabe usted de ella. Por los mismos hombres que se la han llevado de su domicilio, tengo noticias de que hace tiempo la están buscando, y por lo que cuentan, no se trataría de una mujer más. Y ellos, estos hombres, ¿quiénes son? Son los que buscan a Valeria Finle. Está bien, ¿pero qué es lo que hacen, de dónde vienen? Nadie sabe de dónde vienen ni qué es lo que hacen, salvo que son tipos jodidos y que buscan a Valeria Finle. No puedo entender esta situación, realmente me desborda. Lo importante es que se tranquilice, usted deje todo en mis manos; mientras sepa mantenerse entero de mente, mientras se mantenga firme en su posición, nadie va a poder acusarlo de nada. ¿Pero de qué podrían acusarme, doctor? El abogado me mira de reojo. No se haga el opa conmigo, Peralta. ¿De qué habla? ¿Usted me considera tan ingenuo como para creer que simplemente les abrió la puerta a dos extraños en plena madrugada?, vamos, Peralta, vamos; tengo años manejando estos asuntos, a cualquiera puede pasarle, aburrirse de una relación, predisponer un delito. Está bien, todo el mundo se volvió loco. No, Peralta, sonríe el abogado, no todo el mundo se volvió loco, es solamente usted, usted está loco por Valeria Finle, y es comprensible, una mujer como ella puede desorientar a cualquiera.



Veo que el abogado pisa el acelerador. Vamos a ciento treinta por hora. En todo caso, sigue, lo positivo de su situación es que podemos argumentar demencia temporal, algún tipo de brote sicótico, la pérdida de la razón es un paliativo eficiente de cara a los tribunales; siempre y cuando, claro está, usted sepa mantenerse en su rol. No tengo nada que esconder, doctor, sinceramente no lo comprendo, y en el caso de que su incongruencia, de alguna manera que no llego a entrever, pueda sostenerse, ¿por qué recurriría a la policía?, ¿por qué entonces yo recurriría a usted? La respuesta es sencilla: por culpa, Peralta; es tan sencilla y evidente que me sorprende no haya logrado dilucidarla antes; ¿es que no lo puede ver?, ¿tan ciego lo han dejado las circunstancias?, fue usted el que dejó que secuestraran a Valeria Finle, y es por culpa que ahora quiere recuperarla. Esto es inadmisible; discúlpeme, pero es un disparate. No, no lo es de ninguna manera, reflexione, Peralta, recule, ¿qué es lo que usted está haciendo en este instante?, ¿le gusta pasear de noche?, ¿le gusta despertar a sus amigos a estas alturas de un martes? Cuál es su punto. Mi punto, Peralta, es que usted es el secuestrador, usted ahora está buscando a Valeria Finle de la misma manera en que supieron hacerlo esos hombres, usted es esos hombres. No hay comparación posible entre mi caso y el de ellos, estos tipos se la llevaron contra su voluntad. ¿Sugiere que lo que lo diferencia de ellos es que a usted Valeria Finle lo eligió?, ¿puede estar seguro de eso? Puedo jurarlo. Su negligencia es conmovedora, Peralta; mire, si lo analizamos fríamente, y desde ya discúlpeme la perorata, podemos inferir que los vínculos afectivos son construcciones culturales, ¿estamos de acuerdo?, construcciones que pueden llegar a ser tan artificiosas como lo son, por caso, los vínculos comerciales; éstos, sabrá, están condicionados por múltiples aspectos, sean de tipo psicológico, económico, político, por no hablar del sexual; mi punto es, bajo todas estas limitaciones, ¿usted sigue creyendo que ella fue realmente libre para elegirlo?, ¿no considera que incluso el amor es un tipo de opresión política, quizás la más inexplicable de las opresiones, pero opresión política al fin?, ¿nunca pensó en su relación con Valeria Finle como una lucha de poderes desigual, en la que usted se aprovechó del hecho de que ella lo amara más a usted de lo que usted cree amarla a ella? Usted está enfermo. ¿Estoy enfermo, Peralta, o es que usted no quiere ver sino lo que quiere? Soy inocente, doctor, yo amo a Valeria, soy incapaz de hacerle algo así. Usted no es inocente, Peralta, usted fue inconsciente, y la inconsciencia en nuestro proceder no nos exime de culpabilidad; hay un caso más que elocuente al respecto, ¿conoce la historia de Edipo? La conozco. Entonces sabrá que Edipo se casa con su madre y comete incesto, delito aberrante, si los hay; ahora, al momento de contraer matrimonio con ella, ¿él sabía que esta mujer, Yocasta, era su madre? No, tengo entendido que no lo sabía. No, en efecto, Edipo no lo sabía, se casa con ella desconociendo que se trataba ni más ni menos de la mujer que lo parió; sin embargo, y es esto lo que estoy tratando de explicarle, cuando por fin la terrible verdad se le revela, el haber desconocido quién era en realidad Yocasta para él no implica una absolución, no, Peralta, él se considera culpable más allá de que su delito haya sido involuntario, ¿comprende hacia dónde voy?, si usted predispuso el secuestro de Valeria Finle, haya sido de manera consciente o no, usted es definitivamente culpable; usted debería, si es que ya no lo ha hecho, arrancarse los ojos.



Estoy por replicar, pero el abogado frena abruptamente la camioneta. El chirrido de las llantas en el pavimento saca volando a unos pájaros.



–Es acá –señala un galpón el abogado–. Ahora bajemos. Pero le advierto: déjeme tratar a mí con estos tipos. Se lo advierto por el bien de Valeria Finle. Usted solamente manténgase en su rol.





**





Es un portón de chapa oxidada. El abogado golpea. Un perro en las cercanías ladra. Nadie sale. Vuelve a golpear.



Sale, a los pocos segundos, uno de los hombres de traje.



–Doctor –dice.



–Caballero –responde el abogado.



Es el hombre de anteojos. Cuando me descubre, estira los brazos alrededor del cuerpo.



–Veo, señor Peralta, que es un hombre pertinaz.



El recuerdo de lo que le hizo a Valeria me desarma. Dónde está ella, dígame dónde está ella porque no respondo. ¿Ella?, ¿se refiere usted a Valeria Finle? Dónde está. Está con nosotros. Dónde, hijo de puta. Cuide su vocabulario, señor Peralta; considérelo un consejo.



Me acerco unos pasos, pero el abogado me agarra de un brazo. Usted sabrá disculparlo, dice mirando al hombre de traje, el joven está un poco excitado. Comprendo que lo esté, doctor, lo comprendo perfectamente, todos estamos excitados, Valeria Finle es una mujer peculiar. Hijo de puta. Señor Peralta, tranquilícese, sepa sobrellevar con dignidad su derrota; la señorita Finle ya eligió y, mal que le pese a usted, nos ha elegido a nosotros. Peralta, tercia el abogado, afirma que la señorita está enamorada de él. ¿Puede, señor Peralta, corroborar lo que el doctor aquí acaba de asentar? Puedo jurarlo. ¿Puede usted jurarlo al punto de ponernos en la obligación de matarla si ella lo niega? Ella me ama, sí, puedo jurarlo. Recuerde que no es su vida la que está en juego, sino la de Valeria Finle. Lo sé. Entonces entremos y que ella misma disponga.



Abre la puerta. En el centro del galpón hay una mujer de espaldas. Vestida. Con los brazos estirados a lo largo del cuerpo. Mira un punto de la pared del fondo. Yo la veo a contraluz. Todo está oscuro, salvo por la lámpara de kerosén que brilla colgada de una de las columnas. Ahí está ella, dice el hombre; inquiérala. Doy un paso, pero hay una voz a mis espaldas. No, inquiérala desde dónde está. Me doy vuelta. Veo la brasa de un cigarrillo consumiéndose en la sombra. Reconozco la voz. Es la del hombre del portafolios. Doctor. Caballero, responde el abogado; ¿volvió al tabaco? Son tiempos duros. Dígamelo a mí. Nos trajo a este joven; Peralta. Peralta dice estar enamorado. ¿De Valeria Finle? De la misma. No le falta tenacidad. Aparentemente no.



La mujer sigue parada en el centro del galpón. No se mueve. Una estatua. Un maniquí. Cualquier cosa inanimada, la espalda sinuosa como una guitarra y los brazos quietos a un costado de las caderas. Valeria, amor mío, podemos volver a casa, solamente deciles a estos tipos que me amás. Valeria no contesta. Vale, por favor, escuchame, es importante que les digas a estos tipos lo que me dijiste hoy, deciles que me amás, deciles que me amás hasta el planeta que viene después de Plutón, pero ida y vuelta. Escucho unas risitas, atrás mío. Pero Valeria sigue sin contestar.



Su silencio me deprime. Es su vida la que está en juego. Así que decido poner en juego la mía. Doy un salto. Corro por el galpón y me acerco a ella. Vale, estos hombres quieren matarte. Miro su cara. Los hombres también se acercan. El del portafolios me sostiene de un brazo. El otro me golpea en el estómago y en la nariz. Sangro. Pero esta no es Valeria Finle. Grito: Esta no es Valeria Finle. Los hombres se quedan quietos. Miran a la mujer. ¿Cómo que no es Valeria Finle? La mujer tiene los ojos cerrados. Ésta no es. ¿De qué está hablando, Peralta? No me cabe la menor duda de que es ella. Se equivocan. ¿Está seguro, Peralta? Estoy seguro, díganme dónde está Valeria, hijos de puta. El de anteojos me incrusta un rodillazo en el estómago. Me caigo, sin aire. El del portafolios, pensativo, mira a la mujer. Es una pena que esté dormida y no podamos preguntárselo a ella misma. Despertémosla. Imposible, doctor, sería un sacrilegio; mírela, nunca vi una cosa tan delicada durmiendo. Es de verdad delicada. Como una pluma, dice el de anteojos. Como la pluma de un ángel, precisa el del portafolios.



Los hombres miran obnubilados a la mujer y yo aprovecho para levantarme. El ruido del portón les interrumpe el embrujo. ¿Qué es lo que hace, Peralta? Me voy, todos ustedes están enfermos. ¿No le parece la suya una categorización un tanto despectiva? Me importa un carajo lo que piensen, por qué no pueden hablar como personas normales. No vitupere nuestra forma de expresarnos, usted es un racista. Sí, Peralta, un racista. ¿Y qué es lo que piensa hacer ahora? ¿Adónde va? Voy a buscar a Valeria. Nosotros llevamos años buscándola. Como verá, no es tan sencillo encontrar a Valeria Finle. Porque ninguno de ustedes la conoce, los miré antes de irme, ninguno de ustedes sabe quién es.





**





¿Vos sí?, me pregunto, mirando baldosas. Es de noche. Todavía están encendidos los postes de luz. Un viento helado raspa los árboles, y también me raspa a mí, mientras avanzo. Hasta que la camioneta del abogado se interpone. Abre la puerta. Suba, Peralta, lo alcanzo. Hace frío. Le digo: Está bien. Subo a su camioneta.



–No siguió mi plan –me amonesta el doctor, una vez arriba.



–No tuve otra opción.



–Pero escúcheme, principiante, no haber seguido mi plan fue un magro error. Esos hombres pudieron haberlo matado. De hecho, me sorprende que no lo hayan hecho. Agradezca a la providencia por la belleza de esa mujer.



Puedo ver a esa mujer de nuevo. Silenciosa. Oscura. Soñando.



–Es tristísimo, Doctor.



–¿De qué habla?



–De esa mujer. Ya no estoy seguro de que no fuera Valeria.



El abogado frena la camioneta. Pero usted mismo la vio; usted mismo juró y perjuró que no era ella. Lo sé, pero ya no puedo asegurarlo.



Entonces lloro. Lloro como hacía años no lloraba adelante de nadie. El abogado me mira. Peralta, lo lamento, pero ya no podemos volver. ¿Usted vio cómo dormía esa mujer? Peralta, tranquilícese, lo suyo es tristeza. ¿Dónde está Valeria? Ésa es la pregunta que nos hacemos todos. ¿Y si era ella? ¿De qué le sirve preguntárselo ahora? Volvamos. No, Peralta, ¿quiere que nos maten?, recapacite, ¿está usted seguro de que era ella? No, no lo estoy. Le repito, entonces, que no merece la pena. Pero era una mujer única, ¿me entiende? Lo entiendo, Peralta, lo entiendo, y por eso mismo le aconsejo: olvídese de ella; respete su intuición; cuando la vio, supo instantáneamente que no era Valeria Finle. Es que ahora no puedo asegurarlo. Hágame caso, Peralta, no se deje llevar por la nostalgia; Valeria, la verdadera, está esperando por usted; no la decepcione, por bien suyo se lo digo; no se decepcione a sí mismo.





**





El abogado me despide con un apretón de manos. Cierro la puerta de su camioneta. Se va. En la casa solamente encuentro silencio. Los muebles. La ventana. El televisor apagado. Un portarretrato de vidrio, en la mesita de luz. Me acuesto y lo miro a la luz de la lámpara. Somos nosotros. Valeria y yo en San Bernardo. Sonrientes. Atardecía. Ella con una blusa azul. A un costado, espejados, mis ojos. Mudos. Vacíos. Mirándolos.



El timbre, agrietando el silencio de la casa, me sobresalta. Dejo la foto en la mesita y cruzo el pasillo. Trago saliva. Son los hombres de traje. Sí. Vienen a matarme. Vienen a matarme. Pero no. El de los anteojos tiene una mujer entre los brazos. Enciendo la luz del umbral. Es la mujer del galpón.



El del portafolios me pide que le abra. Aquí nos tiene de nuevo, señor Peralta. ¿Qué es lo que quieren? Venimos a poner las cosas en su lugar. El de anteojos aparece atrás. La mujer inconsciente en sus brazos es Valeria. Me acerco, pero el del portafolios me agarra. Espere, señor Peralta. ¿Qué pasa? ¿No se pregunta usted por qué le trajimos a esta mujer? Por culpa. ¿Qué es eso?, pregunta el de anteojos. No, señor Peralta, no por culpa, precisamente. ¿Entonces? Nos ha obligado el contrato.



El portafolio se abre. El hombre de traje saca un contrato. Lee: “La infidelidad será un estado mental. En caso de cualquier contravención, la implicada será inmediatamente restituida al locatario”. ¿Qué significa esto? Usted firmó el contrato, señor Peralta. No recuerdo haber firmado ninguno contrato como éste. Puede comprobarlo usted mismo. Me alcanzan los papeles. Cuando los examino, no hay dudas: es mi firma la que se encuentra abajo de la última cláusula. Mi inconfundible caligrafía. Mi vacilante trazo.



¿Cuándo lo firmé? Esta misma madrugada. No lo recuerdo. Entonces está condenado a imaginarlo. ¿Quién es la implicada? Esta mujer. ¿Quién es el locatario? Usted mismo. Es decir, ¿ustedes me están restituyendo una mujer a la que no conozco? Exacto, señor Peralta. Pero ella no me fue infiel. Nadie le ha dicho lo contrario. Y yo tampoco le fui infiel a ella. No veo por qué hubiere de serlo. ¿Cuál fue entonces la contravención? Déjeme responderle con otra pregunta, ¿qué es para usted la infidelidad? Ésa sería la pregunta correcta, señor Peralta. ¿Es infidelidad lo olvidado? ¿Es infidelidad lo no dicho? ¿Existe lo no dicho, señor Peralta? A esas ambigüedades nos referíamos. A lo no dicho, a esos resquicios en su contrato. Insisto en que no recuerdo haber firmado ningún contrato como este. Desconfíe de su memoria, señor Peralta; su memoria es como este contrato, está llena de agujeros. Es lógico que recuerde solamente lo que quiere. Pero tuvo razón en un punto: no conocemos a Valeria Finle. No sabemos quién es. La hemos engañado. Porque esta mujer no es Valeria Finle, señor Peralta.



El hombre de anteojos cruza el pasillo y por la puerta veo que suelta a Valeria en la cama. Ella sigue durmiendo. Ahora nos retiramos, señor Peralta. Disculpe por las molestias ocasionadas. Cuando crucemos esta puerta, no va a volver a saber de nosotros. Pero aun así seguiremos buscándola. Nunca vamos a dejar de buscar a Valeria Finle.





**





Los hombres se van. El sol comienza a asomarse poco a poco, mientras el silencio vuelve a la casa. Cruzo el pasillo hasta la habitación. Valeria duerme como si flotara. Me siento en el borde de la cama. Le acaricio el pelo. Cuando suena el despertador, a los pocos minutos, todavía sigo mirándola.



–Buen día.



–Buen día.



Valeria se despereza. Me mira. Cómo dormiste, amor. Bien, ¿vos? Yo dormí intranquila. Qué paso. Tuve muchos sueños; desde hoy te juro que odio los sueños. Contame. Primero soñé que viajaba en un bote; en el bote había un perro que aullaba. Qué pasaba. No me acuerdo mucho; en ese momento todo se dispersó. Sí. Pero después también tuve una pesadilla; éramos muchas personas, encerradas en una casa; no teníamos de comer, no teníamos luz; todo siempre estaba oscuro y hacía frío; lloré y vos me diste la mano; tu mano estaba calentita, pero no sé si eso pasó en el sueño o en la realidad, ¿vos me agarraste la mano durante la noche? Sí, creo que sí. Gracias; ¿pero ahora me abrazás?


Cuando me inclino para abrazarla, me doy cuenta de que me olvidé el contrato encima de la mesita de luz. El mismo que me trajeron los hombres, puedo verlo abajo de la lámpara. Así que mientras Valeria sonríe, estiro un brazo y lo guardo en el cajón con disimulo. Me digo: los tipos de traje ya no van a volver. No hubo ninguna contravención. Todo esto es un estado mental.


















sábado, 5 de septiembre de 2009

quiénes con los perros


Hasta que no me lo dijo Marcos, yo no me había dado cuenta. Me avergüenza esta distracción, pero con el asunto de los perros, la verdad, ¿quién hubiera podido? Con los ladridos, con el chapotear de los dientes, con las veredas llenas de mierda, mi atención y la de todos pasaba por otro lado. Ya habíamos soñado con la posibilidad de la erradicación, mezclar arsénico con comida enlatada y desparramarla en todas las esquinas del barrio, pero estuvo el inconveniente de la falta de recursos, por un lado, y por el otro el dilema moral que una empresa semejante implicaba.

Es fácil ser idealista cuando no te tocan el culo, gritaba Oscar, con la cara apoyada en la ventana. Todo el tiempo lo decía. Después se levantaba, con las fosas nasales infladas, y caminaba de un lado para el otro masticando insultos, llevándose por delante chicos y muebles. Entonces uno se acercaba a la ventana en la que había estado él, todavía empañada por la bronca, y ahí estaban ellos, los perros, a lo largo y ancho de la vereda, despatarrados en las calles, en las ramas de los árboles, en los techos de las paradas; algunos ladrando, otros durmiendo; perros, perros, perros, de todos los tamaños y colores, en cada uno de los rincones del barrio.

Si bien nuestro encierro todavía se contaba en meses, su germen puede remontarse a unos cuarenta años atrás. Todo empezó con una jauría de seis o siete perros que llegó de nadie supo dónde y se estableció en unos de los descampados del barrio. En ese descampado Oscar jugaba a la pelota de chico, y la cosa no sería digna de reportarse de no ser por la perra blanca (así quedó para la posteridad, la perra blanca, blanca de cuerpo entero, albina, como bañada en pintura, blanca hasta las pupilas, hasta las uñas de las patas, hasta el centro mismo de su ser).

La perra paría a un ritmo sobrenatural. Un día los pibes escucharon un alarido. Soltaron la pelota, se metieron en los yuyales y ahí estaba ella, con una lauchita roja entre las piernas. La perra los fue mirando uno a uno, soltó otro alarido, y otra lauchita emergió. Pero después emergió otra. Y después otra. Y así muchas más. Oscar nos contó que todos los pibes la miraban como alucinados. Cuando empezó a hacerse de noche, la perra había parido treinta y seis.

Los cachorros crecieron, se desparramaron por el barrio; al principio la gente se divertía, era una escena pintoresca, los perritos yendo de acá para allá, trastabillando, husmeando; incluso varios fueron adoptados. Pero a fines de ese verano, la perra volvió a parir. Esta vez cincuenta y cinco. No son números estimativos, ni idealizados por la inclemencia de las actuales circunstancias, sino que hubo gente que los numeró de oído, la perra soltaba un alarido por cachorro, con los ojos empapados de lágrimas, mientras alrededor aullaban los de la generación anterior, debatiéndose por alcanzar los pezones, a esas alturas en carne viva.

Para cuando vino el tercer parto, la perspectiva de los vecinos era otra. Un día el almacenero se despertó con una manada de cachorros adentro de su casa. Habían dado vuelta el negocio, y derruido las plantas, y masticado los muebles y electrodomésticos. La misma situación se repitió en otras casas. Los perros habían empezado a incomodar. Una tarde de abril que Oscar nunca olvidó, la perra soltó un alarido de dolor tan intenso que se escuchó en todas las casas del barrio. Entonces el padre de Oscar, que fumaba escuchando la radio, se levantó. Acompañame, dijo. Oscar hizo caso a la orden del padre, y los dos cruzaron en camioneta las dos cuadras que los separaban del descampado, y entraron a los yuyales y ahí estaba la perra blanca, con las patas estiradas, pariendo una inverosimilitud de cachorros sin respirar. Ellos presenciaron el prodigio. Cuando el parto terminó, había setenta y cuatro lauchitas en la tierra. El padre de Oscar las fue poniendo en una bolsa. Dejó la bolsa en la cúpula de su camioneta y volvió con una soga. El padre levantó a la perra blanca y le ató la soga al cuello. Después la sostuvo en el aire mientras ataba la soga a la rama de un árbol. Después la soltó. Oscar nunca se olvidó de esa imagen. Los ojos salidos para afuera de la perra blanca, mientras pataleaba en el aire, y soltaba unos alaridos que parecían gritos de mujer (cada vez que piensa en ese día, son gritos de mujer los que escucha en su mente).

El padre se subió a la camioneta, Oscar lo siguió. Fueron hasta uno de los bordes del barrio, ahí el padre frenó la camioneta. Bajaron. Caminaron hasta la baranda del zanjón. El padre le pidió ayuda para sostener la bolsa con los cachorros, que parecía viva por las patadas que daban adentro. Después la soltaron en el arroyo. Los chillidos se desvanecieron en una espuma.

Mientras volvían a la casa, unos minutos después, Oscar lloró con disimulo. Lloró sin hacer ruido, mirando la ventanilla. Pero el padre se dio cuenta cuando vio cómo le temblaba la panza. Le puso una mano en el hombro y le dijo: No fue tu culpa. Oscar no contestó. Volvió a su casa llorando en silencio, mirando los perros agrupados en las esquinas, pensando en lo que le terminaba de decir el padre.


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Todo lo anterior Oscar nos lo contó hace poco, tomando vino, mirando la ventana. Para tolerar el encierro, casi todos los vecinos hacían lo mismo, tomar vino, mirar la ventana. Los perros, a esas alturas, ya le habían agarrado el mango a la vida. Nadie había hecho el conteo, pero se estimaba que eran más de tres mil, acumulados en un radio de diez cuadras, y expandiéndose día a día en una invasión geométrica. Los vecinos vivían encerrados desde hacía unos dos años. Los gobernaba el miedo. Todo había empezado con la muerte de uno de los vecinos más entrañables de Loma Hermosa. Se llamaba Julio. Ese día había salido a trabajar. Como siempre, sacó su camioneta, se bajó para cerrar el portón, esquivando lomos y mandíbulas, y cuando volvió a subir, pasó. Los perros ladraban, aullaban, nos olían; pero hasta ese día nunca nos habían atacado. Si había hambre, se comían entre ellos. Más de una vez nos despertaron en plena madrugada los alaridos y explosiones de las batallas de los perros. Al otro día las veredas aparecían salpicadas de sangre, huesos y mechones. Pero nunca habían atacado a una persona. Eran solamente molestia en un sentido práctico (esperar a que se corran para poder pasar los autos, salir con ropa vieja para que no nos moleste ensuciarnos, etc.), si no (lo que colaboró en provocar la ofuscación de los vecinos) en un sentido económico (el metro cuadrado había bajado drásticamente desde que se corrió la novedad de la plaga).

Hasta que un martes Julio sacó la camioneta, iba para el laburo, como todos los días, se bajó para cerrar el portón, y cuando volvió a subirse se encontró con un ejemplar inmenso sentado en el asiento del acompañante. No tuvo tiempo de reaccionar. El perro se sintió invadido, pegó un salto y le mordió el cuello. Julio murió escuchando de fondo el silbido de la bocina que apretaba su frente.

La noticia de la muerte de Julio corrió de boca en boca como un aliento de horror. A partir de ese día, todos empezamos a mirar a los perros con otros ojos. La mirada de la desconfianza y el miedo. Las mujeres se recluyeron en una soledad perpetua; los hombres iban a trabajar transpirando. Si había que comprar comida, o si tenían que salir por cualquier otra urgencia, salían con armas, sin mirar a ningún perro a los ojos. La vida cotidiana podía sostenerse a ese ritmo siempre y cuando se considerara el caso de Julio como una eventualidad única.

Pero no faltó mucho tiempo para que las noticias de otros asesinatos empezaran a usurpar nuestras charlas. Antonia, muerta y devorada por cuatro perros hambrientos. Había salido a sacar la basura. Cristián, estudiante de veintidós años de edad, pisó accidentalmente la pata de una perra en celo. Iba a comprar cigarrillos. La perra chilló, como su antecesora primaria, y la jauría se le tiró encima. Unos días después, los padres solamente encontraron hilachas de la ropa del hijo, descuajeringadas en la calle.

El salvajismo de las noticias fue el que gradualmente instauró entre los vecinos la reclusión absoluta. Nadie más salió. La mayoría aprovechó los resarcimientos laborales para comprar provisiones y armas. Se abastecieron como para poder estar en sus casas sin salir durante años. Nadie sabía qué era lo que podía pasar. Las noticias de los asesinatos seguían multiplicándose. Se los comentaban entre ellos, después de mirar los noticieros. Charlar por teléfono o vía Internet se convirtió en el intercambio social privilegiado. Comparaban lo que decían los periodistas con lo que en realidad había pasado. Loma Hermosa, de un día para el otro, se había vuelto un emergente único. Perros. Perros. Perros. Los vecinos, creyendo contar con la anuencia pública, propusieron la alternativa de un saneamiento general. De hecho, desde hacía semanas varios se habían agarrado la costumbre de subirse en plena tarde a la terraza y empezar a soltar tiros. Pum. Pum. Pum. También por esos días aparecieron los accidentes de tráfico. Autos, camionetas, incluso casas rodantes; cuando se abrían los portones, siempre morían perros.

Pero el dilema no se resolvió. Los perros en Loma Hermosa se contaban de a miles, y la posibilidad de una erradicación sistemática a cargo del estado fue reprendida y vituperada desde un comienzo por diversos organismos autónomos. Los defensores de los derechos del animal tildaron a los vecinos de Loma Hermosa de “repulsivos”. Es fácil ser idealista cuando no te tocan el culo, gritaba Oscar, con las fosas nasales infladas. Otros organismos humanitarios, a su vez, convinieron en calificarlos de “inconsecuentes”: si se proponía una empresa de semejante inhumanidad, el proyecto también debía abarcar a los ejemplares domésticos (nosotros también teníamos perros en nuestras casas, mascotas). A Oscar se le salieron lágrimas de bronca cuando escuchó el comunicado. Él no estaba de acuerdo, al principio, con un proceso de saneamiento; pero su postura fue mermando de grado a medida que pasaban los meses, y nos llegaban noticias de más ataques, de más muertes en los alrededores. Hasta que al final terminó por suscribir a ése y a cualquier otro método que propusieran los vecinos en la batalla contra los perros.

La enorme presión pública que ejercieron los organismos humanitarios y las asociaciones privadas dilató el proceder municipal durante años; que es lo mismo que decir: todos los reclamos quedaron en la nada. La derecha y la izquierda se pusieron de acuerdo en impugnar la “omnipotencia de este grupo de represores que se cree en condiciones de desviar las tendencias evolutivas de la naturaleza” (sic). Así que los vecinos de Loma Hermosa eran enemigos tanto de la naturaleza como de los hombres. Faltaba solamente que fueran enemigos de Dios, lo que, ya que estamos reportando todo, tampoco demoró en pasar. Si bien se habían establecido capillas de emergencia en los bordes del barrio, con el correr del tiempo los perros fueron usurpándolas. Nos llegó el rumor de que uno de los párrocos fue violentado mientras dormía. Se habló (por lo menos así nos llegó a nosotros) de una violencia sexual. Los perros, ávidos, musculosos, descendientes directos o indirectos de la inagotable perra albina, tenían costumbres reprobables. Pero fue un rumor infundado. Pudo ser una tergiversación más de las tantas que discurrían por esos días.

El hecho fue que la iglesia calificó a los vecinos del barrio como “mensajeros de Satán”. Ahora sí, dijo la vieja loca del barrio, si Dios contra nosotros, ¿quién es con nosotros? Las personas se aislaban en sus dormitorios, las familias en sus casas, la comunidad en el barrio, y todo alrededor era un espacio vacío y silencioso en el que se multiplicaban los perros. Muchos vecinos se habían ido después de la primer Santa Rosa. Habían crecido ríos revueltos en las calles y los perros inflados flotaban contra las rejas de las casas. Cuando la inundación bajó, Oscar, con la cara apoyada en el vidrio, vio los autos que se iban en caravana. Cobardes, decía. Cobardes. Los perros que volvieron de las zonas altas no tardaron en ocupar las casas vacías, y el círculo demográfico de Loma Hermosa quedó reducido a unas seis, siete cuadras. Como una miguita de pan apoyada en el centro de una alfombra; esa imagen puede dar una idea de lo que éramos nosotros en comparación a la proliferación de los perros. A los diez años, cuando la reclusión ya era absoluta, otra tormenta similar volvió a inundar el barrio. Puta, dijo Oscar, que todavía seguía con la cara en la ventana, tendríamos que habernos ido.

Y si hasta ahí todavía éramos nosotros, creímos volvernos locos cuando un día quisimos encender la tele y la tele no se encendió. Probamos con la luz del techo. Tampoco. Tampoco andaban el teléfono y los ventiladores, ni las radios y las computadoras. Nos habían dejado sin luz.

Ahora sí, dijo la vieja loca del barrio, con las manos colgadas de las rejas, escupiendo perros, pero hablándole solamente a ellos; sin música, ¿quiénes somos nosotros?

De un día para el otro nos despedimos del cine. Ya no hubo fútbol para dispersar el tedio. Nos quedamos sin noticias del mundo. Pero lo peor de todo fue la pérdida de la hora. Hasta ese momento muchos vecinos habían sabido sobrellevar el encierro llevando una rutina sistemática de acuerdo a una planificación fija. Esta planificación dependía del reloj. Ya incomunicados, sin relojes, ni pilas en los despertadores, el discurrir cotidiano de muchos perdió toda coherencia. Los vecinos dormían cuando tenían sueño, comían cuando tenían hambre, y así las necesidades biológicas dejaron de corresponder a los fragmentos del día culturalmente estipulados. Oscar miraba la ventana de noche y durante el día se la pasaba despatarrado en el suelo. Dormía la siesta a la misma hora que los perros. Sin reloj, y de tanto mirarlos, había terminado por adquirir sus mismas costumbres. Pillaba en los árboles; dejó de hablar; comía palomas cuando el bicho todavía no había dejado de mover las alas.

Porque por primera vez el hambre se había vuelto un problema concreto para los vecinos de Loma Hermosa. Antes siempre había sido una abstracción. Cuando escuchaban ese nombre, hambre, solamente pensaban en un rasguño, en saliva. Pero con la reclusión descubrieron su influencia mental. Veían comida en las velas y los trapos, y se quedaban dormidos estando parados. Ese estado, en momentos urgentes, los llevó a comer perros. Con el tiempo fueron diseñando sistemas de cultivo. Se hicieron granjas al estilo holandés en los patios, una dieta vegetariana en su totalidad que los volvió desgarbados y huesudos. Poco a poco muchos fueron olvidándose de las acusaciones de antropofagia que habían recaído en varios de los vecinos. Este tipo de rumores corrían de una casa a otra, lo que da cuenta de que los habitantes de Loma Hermosa, a través de paredes y de rejas, seguían comunicándose entre sí. Pero está claro que nunca había mucho qué contar. Los más, como Oscar, se quedaban todo el día callados, mirando la ventana. Los menos, como Marcos, buscaban alguna forma de reconstruir la vida tal como era antes de que todo el asunto empezara, o mejor dicho, de construirla tal como tendría que haber sido.


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Me avergüenza confesarlo, pero tengo que admitir que hasta que él no me lo dijo, algunos meses después, yo no me había dado cuenta. Quizás porque yo era como los de la especie de Oscar, y andaba todo el día soñoliento, esperando por algo, por cualquier cosa, pero deseando en el fondo que nada pasara. Porque, sí, los vecinos de Loma Hermosa habían adoptado la costumbre de vivir encerrados, y en esa costumbre se sentían a resguardo de cualquier eventualidad. La vida era predecible. Se levantaban cuando ya no tenían sueño, iban al patio, trabajaban la granja, volvían a las casas y se quedaban horas y horas mirando la pared, las ventanas, el televisor apagado, los microondas, las máquinas de afeitar, todas esas cosas que una vez habían comprado con plata, con esos papelitos plagados de números y dibujos; pero la plata, a esas alturas, también se había convertido en una reliquia inútil.

Oscar ya no tenía esperanzas de que todo volviera a la normalidad, de hecho ya se había olvidado de cómo era aquella normalidad, así como también de lo mucho que la detestaba; pero antes de que empezara a perder conciencia de sí mismo y de su entorno había guardado un billete en una cajita de plástico, había escondido la cajita abajo de la cama, y me consta que todavía sigue ahí. Para recordar, nos decía entre sueños. El resto de los billetes tuvieron mejor uso durante el tercer invierno, cuando Marcos los usó para avivar una fogata en el comedor. Los puso adentro de un tacho de lata y ahí estaba nuestra estufa. Nos moríamos de frío. Muchos vecinos también usufructuaron para este fin los libros. Se abrigaron al calor de Dostoievski, Bécquer, Faulkner y Coehlo. Ya no leían; los más ahora se inclinaban por la escritura. Marcos fue el principal propulsor. Iba saltando paredes de casa en casa, llevando noticias de un lado para el otro, desempeñando en apariencia un rol mediático, pero con el íntimo designio de que los desidiosos como Oscar se inclinaran por escribir sus pensamientos en lugar de pensarlos. Ése es el primer paso para que después los digan, nos sugestionaba. No creía en el saber; creía en el pensamiento libre y la comunicación. Poco a poco, con una labor solapada pero activa, fue instaurando en cada una de las casas de Loma Hermosa el mismo método que había implementado en la nuestra. Nosotros escribíamos nuestros pensamientos tal como los escuchábamos, sin respetar preceptos ni fórmulas, y después se los dábamos de leer a los demás. Intercambiábamos impresiones, recuerdos, nostalgias, pero la mayoría de las veces expectativas, y esa comunión nos mantuvo vivos para pensar en un futuro posible. El impedimento material no nos obstruyó en ningún momento. Cuando ya no hubo hojas, escribimos en cartones. Cuando ya no hubo cartones, lo hicimos en las sábanas. Nos sorprendió descubrir que siempre había más y más lugares donde escribir, y que por más blanco de mente que uno se sintiera, siempre que nos sentáramos las palabras empezaban a salir las unas atrás de las otras, y con las palabras también la vida, así que dejamos de mirar la ventana.

Oscar un día escribió: No fue su culpa. Hay una energía que nos subordina a todos. Nos subordina en todas las casas.

Nosotros le preguntamos a Marcos si era verdad que estaban escribiendo en todas las casas. Él nos contestó que sí. Le preguntamos si fue él el que había logrado que escribieran en todas las casas. Él nos contestó que solamente les llevaba cartones para que lo hicieran. Entonces le preguntamos cómo había hecho para repartir cartones en las casas que quedaban en otras manzanas, si era verdad eso de que todos estaban escribiendo en todas las casas. Y era verdad, parece, porque él miró para abajo y nos confesó: Caminé entre los perros.

Todos lo comprobamos con nuestros propios ojos esa misma tarde, cuando nos subimos a la terraza y lo vimos descolgarse de la pared en la esquina, y caminar, de hecho, entre los perros. Ninguno lo atacó. Lo dejaron pasar; algunos se le tiraban encima, pero era un vaivén inocente, el de un nene jugando. Vimos cómo se trepaba a la pared de la esquina de enfrente, con los cartones atados al lomo, y desaparecía de nuestra perspectiva.

La novedad de que los perros también podían acostumbrarse a nosotros nos empujó a salir. Oscar meditó unas horas en el portón antes tocar el canasto de basura y volver. Volvió pálido, con la frente perlada de gotas sucias, pero ostentando la primera sonrisa limpia de nostalgia en años. Su ejemplo nos incentivó al resto. Repetimos el mismo procedimiento. Tocar el canasto, el hierro tibio, oxidado, con la marea de perros rozándonos las piernas, los ladridos, los bufidos, con las narices llenas de olor a mierda; el olor espeso y dulce de la libertad. Los vecinos de Loma Hermosa empezaron a salir de sus casas. Amagues tímidos, al principio; de una cuadra a la otra después. Avanzaban con cautela, pero al mismo tiempo con una curiosidad fascinada, como si recién los hubieran puesto en el mundo.

Fue en ese momento cuando Marcos me hizo caer en la cuenta de eso que durante todos esos años yo había tenido en la sombra. Me señaló la gente desde la vereda de la casa y me dijo:

-¿Te diste cuenta? Nosotros somos más que los perros.

Miré para un lado. Después miré para el otro. Después lo miré a él, entorné los ojos, y volví a mirar lo increíble. Era verdad. Por todas partes había pibes. Muchos, muchísimos pibes. Chicos, nenes, de cuatro o cinco años, corriendo entre perros avejentados, llenos de canas. Perros lentos, cansados, que los pibes empujaban mientras corrían. Alguno se quedaba quieto y los acariciaba. Los chicos concebidos durante el encierro y que nunca habían conocido lo que era andar en la calle. Una cantidad inmensa de pibes que no dejaba de salir y salir de las casas, corriendo, llorando, gritando, riéndose, flacos, diminutos, pero vitales, llevándose por delante a los perros, los últimos que quedaban en Loma Hermosa. Oscar tampoco podía creer lo que veía, se restregó los ojos, volvió a mirar, y no, mirando la ventana, escribiendo sus pensamientos, nunca se había dado cuenta de la barbaridad de pibes que habían nacido durante el encierro. Ahora sí, dijo la vieja loca del barrio, y los pibes pasaban por al lado y le gritaban vieja loca, vieja loca, estos pendejos de mierda, decía la vieja, y los pibes seguían de largo, chistándose, y se iban a molestar a los perros.