sábado, 5 de septiembre de 2009

quiénes con los perros


Hasta que no me lo dijo Marcos, yo no me había dado cuenta. Me avergüenza esta distracción, pero con el asunto de los perros, la verdad, ¿quién hubiera podido? Con los ladridos, con el chapotear de los dientes, con las veredas llenas de mierda, mi atención y la de todos pasaba por otro lado. Ya habíamos soñado con la posibilidad de la erradicación, mezclar arsénico con comida enlatada y desparramarla en todas las esquinas del barrio, pero estuvo el inconveniente de la falta de recursos, por un lado, y por el otro el dilema moral que una empresa semejante implicaba.

Es fácil ser idealista cuando no te tocan el culo, gritaba Oscar, con la cara apoyada en la ventana. Todo el tiempo lo decía. Después se levantaba, con las fosas nasales infladas, y caminaba de un lado para el otro masticando insultos, llevándose por delante chicos y muebles. Entonces uno se acercaba a la ventana en la que había estado él, todavía empañada por la bronca, y ahí estaban ellos, los perros, a lo largo y ancho de la vereda, despatarrados en las calles, en las ramas de los árboles, en los techos de las paradas; algunos ladrando, otros durmiendo; perros, perros, perros, de todos los tamaños y colores, en cada uno de los rincones del barrio.

Si bien nuestro encierro todavía se contaba en meses, su germen puede remontarse a unos cuarenta años atrás. Todo empezó con una jauría de seis o siete perros que llegó de nadie supo dónde y se estableció en unos de los descampados del barrio. En ese descampado Oscar jugaba a la pelota de chico, y la cosa no sería digna de reportarse de no ser por la perra blanca (así quedó para la posteridad, la perra blanca, blanca de cuerpo entero, albina, como bañada en pintura, blanca hasta las pupilas, hasta las uñas de las patas, hasta el centro mismo de su ser).

La perra paría a un ritmo sobrenatural. Un día los pibes escucharon un alarido. Soltaron la pelota, se metieron en los yuyales y ahí estaba ella, con una lauchita roja entre las piernas. La perra los fue mirando uno a uno, soltó otro alarido, y otra lauchita emergió. Pero después emergió otra. Y después otra. Y así muchas más. Oscar nos contó que todos los pibes la miraban como alucinados. Cuando empezó a hacerse de noche, la perra había parido treinta y seis.

Los cachorros crecieron, se desparramaron por el barrio; al principio la gente se divertía, era una escena pintoresca, los perritos yendo de acá para allá, trastabillando, husmeando; incluso varios fueron adoptados. Pero a fines de ese verano, la perra volvió a parir. Esta vez cincuenta y cinco. No son números estimativos, ni idealizados por la inclemencia de las actuales circunstancias, sino que hubo gente que los numeró de oído, la perra soltaba un alarido por cachorro, con los ojos empapados de lágrimas, mientras alrededor aullaban los de la generación anterior, debatiéndose por alcanzar los pezones, a esas alturas en carne viva.

Para cuando vino el tercer parto, la perspectiva de los vecinos era otra. Un día el almacenero se despertó con una manada de cachorros adentro de su casa. Habían dado vuelta el negocio, y derruido las plantas, y masticado los muebles y electrodomésticos. La misma situación se repitió en otras casas. Los perros habían empezado a incomodar. Una tarde de abril que Oscar nunca olvidó, la perra soltó un alarido de dolor tan intenso que se escuchó en todas las casas del barrio. Entonces el padre de Oscar, que fumaba escuchando la radio, se levantó. Acompañame, dijo. Oscar hizo caso a la orden del padre, y los dos cruzaron en camioneta las dos cuadras que los separaban del descampado, y entraron a los yuyales y ahí estaba la perra blanca, con las patas estiradas, pariendo una inverosimilitud de cachorros sin respirar. Ellos presenciaron el prodigio. Cuando el parto terminó, había setenta y cuatro lauchitas en la tierra. El padre de Oscar las fue poniendo en una bolsa. Dejó la bolsa en la cúpula de su camioneta y volvió con una soga. El padre levantó a la perra blanca y le ató la soga al cuello. Después la sostuvo en el aire mientras ataba la soga a la rama de un árbol. Después la soltó. Oscar nunca se olvidó de esa imagen. Los ojos salidos para afuera de la perra blanca, mientras pataleaba en el aire, y soltaba unos alaridos que parecían gritos de mujer (cada vez que piensa en ese día, son gritos de mujer los que escucha en su mente).

El padre se subió a la camioneta, Oscar lo siguió. Fueron hasta uno de los bordes del barrio, ahí el padre frenó la camioneta. Bajaron. Caminaron hasta la baranda del zanjón. El padre le pidió ayuda para sostener la bolsa con los cachorros, que parecía viva por las patadas que daban adentro. Después la soltaron en el arroyo. Los chillidos se desvanecieron en una espuma.

Mientras volvían a la casa, unos minutos después, Oscar lloró con disimulo. Lloró sin hacer ruido, mirando la ventanilla. Pero el padre se dio cuenta cuando vio cómo le temblaba la panza. Le puso una mano en el hombro y le dijo: No fue tu culpa. Oscar no contestó. Volvió a su casa llorando en silencio, mirando los perros agrupados en las esquinas, pensando en lo que le terminaba de decir el padre.


**


Todo lo anterior Oscar nos lo contó hace poco, tomando vino, mirando la ventana. Para tolerar el encierro, casi todos los vecinos hacían lo mismo, tomar vino, mirar la ventana. Los perros, a esas alturas, ya le habían agarrado el mango a la vida. Nadie había hecho el conteo, pero se estimaba que eran más de tres mil, acumulados en un radio de diez cuadras, y expandiéndose día a día en una invasión geométrica. Los vecinos vivían encerrados desde hacía unos dos años. Los gobernaba el miedo. Todo había empezado con la muerte de uno de los vecinos más entrañables de Loma Hermosa. Se llamaba Julio. Ese día había salido a trabajar. Como siempre, sacó su camioneta, se bajó para cerrar el portón, esquivando lomos y mandíbulas, y cuando volvió a subir, pasó. Los perros ladraban, aullaban, nos olían; pero hasta ese día nunca nos habían atacado. Si había hambre, se comían entre ellos. Más de una vez nos despertaron en plena madrugada los alaridos y explosiones de las batallas de los perros. Al otro día las veredas aparecían salpicadas de sangre, huesos y mechones. Pero nunca habían atacado a una persona. Eran solamente molestia en un sentido práctico (esperar a que se corran para poder pasar los autos, salir con ropa vieja para que no nos moleste ensuciarnos, etc.), si no (lo que colaboró en provocar la ofuscación de los vecinos) en un sentido económico (el metro cuadrado había bajado drásticamente desde que se corrió la novedad de la plaga).

Hasta que un martes Julio sacó la camioneta, iba para el laburo, como todos los días, se bajó para cerrar el portón, y cuando volvió a subirse se encontró con un ejemplar inmenso sentado en el asiento del acompañante. No tuvo tiempo de reaccionar. El perro se sintió invadido, pegó un salto y le mordió el cuello. Julio murió escuchando de fondo el silbido de la bocina que apretaba su frente.

La noticia de la muerte de Julio corrió de boca en boca como un aliento de horror. A partir de ese día, todos empezamos a mirar a los perros con otros ojos. La mirada de la desconfianza y el miedo. Las mujeres se recluyeron en una soledad perpetua; los hombres iban a trabajar transpirando. Si había que comprar comida, o si tenían que salir por cualquier otra urgencia, salían con armas, sin mirar a ningún perro a los ojos. La vida cotidiana podía sostenerse a ese ritmo siempre y cuando se considerara el caso de Julio como una eventualidad única.

Pero no faltó mucho tiempo para que las noticias de otros asesinatos empezaran a usurpar nuestras charlas. Antonia, muerta y devorada por cuatro perros hambrientos. Había salido a sacar la basura. Cristián, estudiante de veintidós años de edad, pisó accidentalmente la pata de una perra en celo. Iba a comprar cigarrillos. La perra chilló, como su antecesora primaria, y la jauría se le tiró encima. Unos días después, los padres solamente encontraron hilachas de la ropa del hijo, descuajeringadas en la calle.

El salvajismo de las noticias fue el que gradualmente instauró entre los vecinos la reclusión absoluta. Nadie más salió. La mayoría aprovechó los resarcimientos laborales para comprar provisiones y armas. Se abastecieron como para poder estar en sus casas sin salir durante años. Nadie sabía qué era lo que podía pasar. Las noticias de los asesinatos seguían multiplicándose. Se los comentaban entre ellos, después de mirar los noticieros. Charlar por teléfono o vía Internet se convirtió en el intercambio social privilegiado. Comparaban lo que decían los periodistas con lo que en realidad había pasado. Loma Hermosa, de un día para el otro, se había vuelto un emergente único. Perros. Perros. Perros. Los vecinos, creyendo contar con la anuencia pública, propusieron la alternativa de un saneamiento general. De hecho, desde hacía semanas varios se habían agarrado la costumbre de subirse en plena tarde a la terraza y empezar a soltar tiros. Pum. Pum. Pum. También por esos días aparecieron los accidentes de tráfico. Autos, camionetas, incluso casas rodantes; cuando se abrían los portones, siempre morían perros.

Pero el dilema no se resolvió. Los perros en Loma Hermosa se contaban de a miles, y la posibilidad de una erradicación sistemática a cargo del estado fue reprendida y vituperada desde un comienzo por diversos organismos autónomos. Los defensores de los derechos del animal tildaron a los vecinos de Loma Hermosa de “repulsivos”. Es fácil ser idealista cuando no te tocan el culo, gritaba Oscar, con las fosas nasales infladas. Otros organismos humanitarios, a su vez, convinieron en calificarlos de “inconsecuentes”: si se proponía una empresa de semejante inhumanidad, el proyecto también debía abarcar a los ejemplares domésticos (nosotros también teníamos perros en nuestras casas, mascotas). A Oscar se le salieron lágrimas de bronca cuando escuchó el comunicado. Él no estaba de acuerdo, al principio, con un proceso de saneamiento; pero su postura fue mermando de grado a medida que pasaban los meses, y nos llegaban noticias de más ataques, de más muertes en los alrededores. Hasta que al final terminó por suscribir a ése y a cualquier otro método que propusieran los vecinos en la batalla contra los perros.

La enorme presión pública que ejercieron los organismos humanitarios y las asociaciones privadas dilató el proceder municipal durante años; que es lo mismo que decir: todos los reclamos quedaron en la nada. La derecha y la izquierda se pusieron de acuerdo en impugnar la “omnipotencia de este grupo de represores que se cree en condiciones de desviar las tendencias evolutivas de la naturaleza” (sic). Así que los vecinos de Loma Hermosa eran enemigos tanto de la naturaleza como de los hombres. Faltaba solamente que fueran enemigos de Dios, lo que, ya que estamos reportando todo, tampoco demoró en pasar. Si bien se habían establecido capillas de emergencia en los bordes del barrio, con el correr del tiempo los perros fueron usurpándolas. Nos llegó el rumor de que uno de los párrocos fue violentado mientras dormía. Se habló (por lo menos así nos llegó a nosotros) de una violencia sexual. Los perros, ávidos, musculosos, descendientes directos o indirectos de la inagotable perra albina, tenían costumbres reprobables. Pero fue un rumor infundado. Pudo ser una tergiversación más de las tantas que discurrían por esos días.

El hecho fue que la iglesia calificó a los vecinos del barrio como “mensajeros de Satán”. Ahora sí, dijo la vieja loca del barrio, si Dios contra nosotros, ¿quién es con nosotros? Las personas se aislaban en sus dormitorios, las familias en sus casas, la comunidad en el barrio, y todo alrededor era un espacio vacío y silencioso en el que se multiplicaban los perros. Muchos vecinos se habían ido después de la primer Santa Rosa. Habían crecido ríos revueltos en las calles y los perros inflados flotaban contra las rejas de las casas. Cuando la inundación bajó, Oscar, con la cara apoyada en el vidrio, vio los autos que se iban en caravana. Cobardes, decía. Cobardes. Los perros que volvieron de las zonas altas no tardaron en ocupar las casas vacías, y el círculo demográfico de Loma Hermosa quedó reducido a unas seis, siete cuadras. Como una miguita de pan apoyada en el centro de una alfombra; esa imagen puede dar una idea de lo que éramos nosotros en comparación a la proliferación de los perros. A los diez años, cuando la reclusión ya era absoluta, otra tormenta similar volvió a inundar el barrio. Puta, dijo Oscar, que todavía seguía con la cara en la ventana, tendríamos que habernos ido.

Y si hasta ahí todavía éramos nosotros, creímos volvernos locos cuando un día quisimos encender la tele y la tele no se encendió. Probamos con la luz del techo. Tampoco. Tampoco andaban el teléfono y los ventiladores, ni las radios y las computadoras. Nos habían dejado sin luz.

Ahora sí, dijo la vieja loca del barrio, con las manos colgadas de las rejas, escupiendo perros, pero hablándole solamente a ellos; sin música, ¿quiénes somos nosotros?

De un día para el otro nos despedimos del cine. Ya no hubo fútbol para dispersar el tedio. Nos quedamos sin noticias del mundo. Pero lo peor de todo fue la pérdida de la hora. Hasta ese momento muchos vecinos habían sabido sobrellevar el encierro llevando una rutina sistemática de acuerdo a una planificación fija. Esta planificación dependía del reloj. Ya incomunicados, sin relojes, ni pilas en los despertadores, el discurrir cotidiano de muchos perdió toda coherencia. Los vecinos dormían cuando tenían sueño, comían cuando tenían hambre, y así las necesidades biológicas dejaron de corresponder a los fragmentos del día culturalmente estipulados. Oscar miraba la ventana de noche y durante el día se la pasaba despatarrado en el suelo. Dormía la siesta a la misma hora que los perros. Sin reloj, y de tanto mirarlos, había terminado por adquirir sus mismas costumbres. Pillaba en los árboles; dejó de hablar; comía palomas cuando el bicho todavía no había dejado de mover las alas.

Porque por primera vez el hambre se había vuelto un problema concreto para los vecinos de Loma Hermosa. Antes siempre había sido una abstracción. Cuando escuchaban ese nombre, hambre, solamente pensaban en un rasguño, en saliva. Pero con la reclusión descubrieron su influencia mental. Veían comida en las velas y los trapos, y se quedaban dormidos estando parados. Ese estado, en momentos urgentes, los llevó a comer perros. Con el tiempo fueron diseñando sistemas de cultivo. Se hicieron granjas al estilo holandés en los patios, una dieta vegetariana en su totalidad que los volvió desgarbados y huesudos. Poco a poco muchos fueron olvidándose de las acusaciones de antropofagia que habían recaído en varios de los vecinos. Este tipo de rumores corrían de una casa a otra, lo que da cuenta de que los habitantes de Loma Hermosa, a través de paredes y de rejas, seguían comunicándose entre sí. Pero está claro que nunca había mucho qué contar. Los más, como Oscar, se quedaban todo el día callados, mirando la ventana. Los menos, como Marcos, buscaban alguna forma de reconstruir la vida tal como era antes de que todo el asunto empezara, o mejor dicho, de construirla tal como tendría que haber sido.


**


Me avergüenza confesarlo, pero tengo que admitir que hasta que él no me lo dijo, algunos meses después, yo no me había dado cuenta. Quizás porque yo era como los de la especie de Oscar, y andaba todo el día soñoliento, esperando por algo, por cualquier cosa, pero deseando en el fondo que nada pasara. Porque, sí, los vecinos de Loma Hermosa habían adoptado la costumbre de vivir encerrados, y en esa costumbre se sentían a resguardo de cualquier eventualidad. La vida era predecible. Se levantaban cuando ya no tenían sueño, iban al patio, trabajaban la granja, volvían a las casas y se quedaban horas y horas mirando la pared, las ventanas, el televisor apagado, los microondas, las máquinas de afeitar, todas esas cosas que una vez habían comprado con plata, con esos papelitos plagados de números y dibujos; pero la plata, a esas alturas, también se había convertido en una reliquia inútil.

Oscar ya no tenía esperanzas de que todo volviera a la normalidad, de hecho ya se había olvidado de cómo era aquella normalidad, así como también de lo mucho que la detestaba; pero antes de que empezara a perder conciencia de sí mismo y de su entorno había guardado un billete en una cajita de plástico, había escondido la cajita abajo de la cama, y me consta que todavía sigue ahí. Para recordar, nos decía entre sueños. El resto de los billetes tuvieron mejor uso durante el tercer invierno, cuando Marcos los usó para avivar una fogata en el comedor. Los puso adentro de un tacho de lata y ahí estaba nuestra estufa. Nos moríamos de frío. Muchos vecinos también usufructuaron para este fin los libros. Se abrigaron al calor de Dostoievski, Bécquer, Faulkner y Coehlo. Ya no leían; los más ahora se inclinaban por la escritura. Marcos fue el principal propulsor. Iba saltando paredes de casa en casa, llevando noticias de un lado para el otro, desempeñando en apariencia un rol mediático, pero con el íntimo designio de que los desidiosos como Oscar se inclinaran por escribir sus pensamientos en lugar de pensarlos. Ése es el primer paso para que después los digan, nos sugestionaba. No creía en el saber; creía en el pensamiento libre y la comunicación. Poco a poco, con una labor solapada pero activa, fue instaurando en cada una de las casas de Loma Hermosa el mismo método que había implementado en la nuestra. Nosotros escribíamos nuestros pensamientos tal como los escuchábamos, sin respetar preceptos ni fórmulas, y después se los dábamos de leer a los demás. Intercambiábamos impresiones, recuerdos, nostalgias, pero la mayoría de las veces expectativas, y esa comunión nos mantuvo vivos para pensar en un futuro posible. El impedimento material no nos obstruyó en ningún momento. Cuando ya no hubo hojas, escribimos en cartones. Cuando ya no hubo cartones, lo hicimos en las sábanas. Nos sorprendió descubrir que siempre había más y más lugares donde escribir, y que por más blanco de mente que uno se sintiera, siempre que nos sentáramos las palabras empezaban a salir las unas atrás de las otras, y con las palabras también la vida, así que dejamos de mirar la ventana.

Oscar un día escribió: No fue su culpa. Hay una energía que nos subordina a todos. Nos subordina en todas las casas.

Nosotros le preguntamos a Marcos si era verdad que estaban escribiendo en todas las casas. Él nos contestó que sí. Le preguntamos si fue él el que había logrado que escribieran en todas las casas. Él nos contestó que solamente les llevaba cartones para que lo hicieran. Entonces le preguntamos cómo había hecho para repartir cartones en las casas que quedaban en otras manzanas, si era verdad eso de que todos estaban escribiendo en todas las casas. Y era verdad, parece, porque él miró para abajo y nos confesó: Caminé entre los perros.

Todos lo comprobamos con nuestros propios ojos esa misma tarde, cuando nos subimos a la terraza y lo vimos descolgarse de la pared en la esquina, y caminar, de hecho, entre los perros. Ninguno lo atacó. Lo dejaron pasar; algunos se le tiraban encima, pero era un vaivén inocente, el de un nene jugando. Vimos cómo se trepaba a la pared de la esquina de enfrente, con los cartones atados al lomo, y desaparecía de nuestra perspectiva.

La novedad de que los perros también podían acostumbrarse a nosotros nos empujó a salir. Oscar meditó unas horas en el portón antes tocar el canasto de basura y volver. Volvió pálido, con la frente perlada de gotas sucias, pero ostentando la primera sonrisa limpia de nostalgia en años. Su ejemplo nos incentivó al resto. Repetimos el mismo procedimiento. Tocar el canasto, el hierro tibio, oxidado, con la marea de perros rozándonos las piernas, los ladridos, los bufidos, con las narices llenas de olor a mierda; el olor espeso y dulce de la libertad. Los vecinos de Loma Hermosa empezaron a salir de sus casas. Amagues tímidos, al principio; de una cuadra a la otra después. Avanzaban con cautela, pero al mismo tiempo con una curiosidad fascinada, como si recién los hubieran puesto en el mundo.

Fue en ese momento cuando Marcos me hizo caer en la cuenta de eso que durante todos esos años yo había tenido en la sombra. Me señaló la gente desde la vereda de la casa y me dijo:

-¿Te diste cuenta? Nosotros somos más que los perros.

Miré para un lado. Después miré para el otro. Después lo miré a él, entorné los ojos, y volví a mirar lo increíble. Era verdad. Por todas partes había pibes. Muchos, muchísimos pibes. Chicos, nenes, de cuatro o cinco años, corriendo entre perros avejentados, llenos de canas. Perros lentos, cansados, que los pibes empujaban mientras corrían. Alguno se quedaba quieto y los acariciaba. Los chicos concebidos durante el encierro y que nunca habían conocido lo que era andar en la calle. Una cantidad inmensa de pibes que no dejaba de salir y salir de las casas, corriendo, llorando, gritando, riéndose, flacos, diminutos, pero vitales, llevándose por delante a los perros, los últimos que quedaban en Loma Hermosa. Oscar tampoco podía creer lo que veía, se restregó los ojos, volvió a mirar, y no, mirando la ventana, escribiendo sus pensamientos, nunca se había dado cuenta de la barbaridad de pibes que habían nacido durante el encierro. Ahora sí, dijo la vieja loca del barrio, y los pibes pasaban por al lado y le gritaban vieja loca, vieja loca, estos pendejos de mierda, decía la vieja, y los pibes seguían de largo, chistándose, y se iban a molestar a los perros.
























5 comentarios:

Lar dijo...

"pero con el íntimo designio de que los desidiosos como Oscar se inclinaran por escribir sus pensamientos en lugar de pensarlos."
un aplauso!!!!

Lar dijo...

Me hace acordar a una peli de terror de los 60 que el argumento es similar en esto de los animales que invaden la calle... flor de peliculón, The Birds (Los pájaros) de Alfred Hitchcock, lejos, mi director favorito... la viste?

Un desvarío por jueves dijo...

mil gracias por leerlo genia !


Y si, sí, la vi, Hitchcock, groso (a mi me gusto "recuerda", con ingrid bergman) pero no había hecho esa asociacion, aves-perros, es verdad, es una situacion parecida (sesgada imitacion)

Nos leemos compañera!

Lar dijo...

si bueno... si te deja muy en evidencia borrá mi segundo comentario no hay problema! jajajaja

Lar dijo...

a mí de mi alfred-querido me gusta Vertigo y Psicosis, je!
ahi nos olemos