miércoles, 16 de septiembre de 2009

dónde está Valeria Finle





–¿Me vas a dejar?



–Nunca.



–No quiero que volvamos a pelearnos. No me hace bien.



–Yo tampoco quiero que volvamos a pelearnos.



–¿Entonces me amás?



–Mucho.



–¿Hasta dónde?



–Hasta el cielo.



–¿Tan poquito?



–Bueno, te amo hasta Plutón.



–Yo te amo hasta el planeta que venga después de Plutón. Pero ida y vuelta.



Valeria me besó con los ojos cerrados y después se puso de perfil para que yo pudiera besarle la mejilla. Entonces sonrió y yo le besé los pómulos, los labios, las pestañas largas y onduladas, y después me incliné encima de ella y le miré los ojos cerrados. Era su sonrisa de perfil, mientras los párpados le temblaban y se aguantaba la risa. Su sonrisa de perfil. Eso es lo que me llevo del mundo.



Valeria se quedó dormida a los pocos minutos. Yo no tuve su suerte. Abrí un libro y me entretuve leyendo un rato; hasta que los ojos empezaron a picarme y lo solté en la mesita de luz. Eran las tres y media de la madrugada. Lo sé porque en ese momento sonó el timbre y mi primera reacción fue fijarme en la hora. Crucé el pasillo y miré. Eran dos hombres de traje. Uno tenía un portafolios. El otro tenía anteojos. Entorné la puerta para preguntarles qué precisaban, pero ellos la empujaron con disimulo. Disculpe la molestia, ¿es usted Sebastián Peralta? Sí, soy yo, ¿en qué puedo ayudarles? Buscamos a Valeria Finle, tenemos información de que se encuentra en su domicilio. Entraron. No lo tomen a mal, pero antes me gustaría que se identifiquen. Acabamos de decírselo, somos los que buscamos a Valeria Finle. Me refiero a algún tipo de identificación personal. Míreme, señor Peralta, dijo el de anteojos. Yo lo miré. Me mantuvo la mirada unos segundos sin hacer un gesto. ¿Se encuentra Valeria Finle en la casa o no? No voy a contestarle, primero dígame de qué se trata esto, si no preferiría que usted y su compañero se retiren. Una vez más, somos los que buscamos a Valeria Finle. Esto es un despropósito, por favor retírense. Los hombres se miraron. ¿Con qué derecho nos lo exige? Es mi propiedad. No es su propiedad, usted alquila. ¿Cómo lo sabe? Sabemos todo de usted, señor Peralta. Usted firmó un contrato de alquiler, ahora aténgase a los efectos. ¿A qué efectos? Hay ambigüedades no contempladas en las cláusulas de su contrato. En todo caso, precisó el de anteojos, no contempladas por usted. No entiendo de qué me están hablando, se los repito una vez más, retírense o no me va a quedar otra opción que llamar a la policía. ¿Usted siempre fue de prejuzgar?, me da la impresión de que malinterpreta nuestras tareas. Nos cree en situación de ilegalidad. Pero nada más lejos de nuestras intenciones, señor Peralta, que transgredir la ley; de hecho, nada más lejos de la realidad. La realidad es simple, es llana, señor Peralta; nosotros buscamos a Valeria Finle, y queda en usted colaborar o no con nuestra empresa, en efecto legítima. Usted parece ser sensato, señor Peralta. Sí, usted parece ser un hombre con perspectiva, lo suficientemente lúcido para comprender el sentido de lo que hacemos. De qué me están hablando. De lo que hacemos. De nuestra búsqueda. Sabemos que ella se encuentra en su domicilio. Lo sabemos con exactitud, señor Peralta.



El portafolios se abrió. No alcancé a ver lo que había adentro porque un impacto indoloro me cegó la vista. Vi blanco. Poco a poco el blanco empezó a ceder, y volvió el contraste de los colores y las cosas. Había unos zapatos relucientes, inmóviles, a pocos centímetros de mi ángulo de visión. Los zapatos, de golpe, se movieron. Levanté la vista y el de los anteojos cruzaba el comedor. En sus brazos estaba Valeria. Valeria tenía un pañuelo en la boca, que el de los anteojos apretaba con una mano, mientras que con la otra la envolvía por la cintura. Usted nos vio, señor Peralta, dijo el hombre del portafolios. Usted sabe quiénes somos. Me levanté. Suéltenla, hijos de puta, no tengo idea de quiénes son. Hubo otro impacto sordo; todo volvió a estar blanco de nuevo. Somos los que buscamos a Valeria Finle, fue lo último que escuché antes de desmayarme.





**



–Oficial, quisiera denunciar un secuestro.



Nombre. Sebastián Peralta. Domicilio. Avenida Juan Manuel de Rosas, al 3452. Nombre de la víctima. Valeria Finle. Cuénteme. Se la llevaron hace unos minutos. Quiénes. Dos hombres. Pudo ver si poseían algún vehículo. No, me golpearon en el interior de la casa, después quedé inconsciente. Cómo vestían. De traje. Algunas señas particulares. Uno tenía anteojos, el otro un portafolios negro. A qué hora acaeció el siniestro. Cuatro menos veinte de la madrugada. Conoce a los victimarios. No, nunca los había visto. En ese caso, por qué los dejó entrar. Entraron a la fuerza. Pero usted tuvo que abrirles la puerta. Sí, la abrí, pero fueron ellos los que la empujaron. No tendría que haberlo hecho. Es que tenían un aspecto decente. ¿Es usted de los que juzgan a las personas por su apariencia? No precisamente, oficial, en cualquier caso no comprendo en qué puede incumbirle esto a la investigación. Mi función es deducir, señor Peralta; me cuesta entender que un hombre les abra la puerta a dos sujetos que no conoce a las cuatro menos veinte de la madrugada. ¿Qué está sugiriendo? Nada que en un principio no haya sugerido usted. No los conozco, nunca antes los había visto en mi vida. ¿Pero ellos a usted sí lo conocían? Sí, tenían información sobre mí y sobre ella. ¿Quién es ella? Me refiero a la víctima, Valeria Finle. De ahora en adelante procure evitar los pronombres; comprenda que para una eficaz investigación de los hechos requerimos la máxima precisión. Entendido. Dígame, ¿qué le dijeron estos hombres una vez usted, a las cuatro menos veinte de la madrugada, los dejó ingresar a su domicilio? Le repito que no les permití el ingreso, ellos lo hicieron a la fuerza. No se detenga en sutilezas, por favor, esto lo único que genera es una dilación en nuestras labores. Me dijeron que buscaban a Valeria Finle. Preguntaron por ella. Sí, pero yo me negué a contestarles hasta que se identificaran, motivo por el cual me golpearon y derribaron. ¿Le preguntan por Valeria Finle y luego directamente lo golpean? No, en el ínterin me dijeron varias cosas. ¿“Varias cosas”?, le reitero que para la investigación son de suma importancia las precisiones, no omita ni un solo detalle. Recuerdo que me hablaron de mi contrato de alquiler, que había cláusulas que yo no había contemplado. ¿A colación de qué le hablaron de estas cláusulas en su contrato? No recuerdo, precisamente, a colación de qué, pero yo lo consideré una maniobra de distracción. ¿Usted les respondió algo al respecto? No, oficial, únicamente volví a pedirles que se identificaran. Prosiga. Luego no recuerdo más, entre la tensión del instante, la conmoción psicológica que me produjo el secuestro, sinceramente no puedo recordar lo que sucedió después. ¿“Conmoción psicológica”? Me refiero al impacto de la situación, nunca me había pasado algo como esto y sinceramente sigo en estado de shock, oficial, me horroriza la idea de lo que puedan hacerle a Valeria Finle, esa mujer es mi vida, es lo único que tengo en el mundo. Evite los sentimentalismos, señor Peralta, tampoco colaboran con nuestras tareas; dígame, ¿cómo se la llevaron? El hombre de anteojos la amordazó y se la llevó a rastras. ¿Usted dónde se encontraba? En el piso, aturdido por el golpe. ¿Desde allí lo vio? Sí, desde allí, el otro sujeto se encontraba a mi lado, yo podía ver sus zapatos. ¿Vio la marca de estos zapatos? No, oficial. Prosiga. Después, al alejarse hacia la puerta el hombre que estaba a mi lado, me incorporé, intenté detenerlos, pero me propinaron un nuevo golpe que fue el que me dejó inconsciente. ¿Ellos le dijeron algo? No. ¿Y usted a ellos? Sí, recuerdo que les dije que la soltaran y los insulté. ¿Qué insulto en concreto pronunció? Creo haberles dicho “hijos de puta”. Gran equívoco, señor Peralta, gran equívoco. ¿A qué se refiere? A nadie le gusta ser insultado, y menos cuando el improperio no está dirigido a uno, sino a la madre de uno, que, y más particularmente en este caso, nada tiene que ver con los hechos. ¿Está usted justificando el proceder de los hombres, oficial? ¿Usted, señor Peralta, infiere que yo estoy justificando el proceder de estos hombres? De acuerdo a sus últimas palabras, eso fue lo que me pareció percibir. En consecuencia, está usted acusándome de incurrir en apología del delito. No es lo que dije. Pero es lo que se desprende de su declaración, es lo que en ella se encuentra implícito. Oficial. Escúcheme, señor Peralta, primero escúcheme; tengo veintiséis años de trabajar en esta dependencia, sirviendo a casos como el suyo, ¿realmente usted considera productivo para la investigación el cuestionar de esa manera mi integridad moral? Oficial. ¿Realmente no encuentra infructuosa su declaración?, ¿con qué ánimo, con qué espíritu puedo encarar mi labor luego de verse mi honra y mis servicios a la comunidad calificados en modo tan peyorativo? Oficial, disculpe, son las circunstancias, realmente me abruman, no me dejan pensar con claridad. Le reitero que evite los sentimentalismos, señor Peralta; en cualquier caso, me urge hacerle comprender la frustración que siento cuando personas como usted denigran nuestras tareas, todos en esta institución trabajamos y arriesgamos la vida día a día por vocación, no lo hacemos por dinero, como la mayoría de los mercenarios que hoy pululan en los ámbitos estatales; no, señor Peralta, no, si nos encontramos de este lado es únicamente por abnegación para con la comunidad de la que usted y nuestras familias forman parte, e insisto en que su acusación, haya sido ésta voluntaria o no, me agravia no solamente a mí como hombre, sino también a la institución policial en su conjunto. Realmente me siento arrepentido, oficial, nunca tuve en cuenta todos estos aspectos. Por egoísmo, señor Peralta, no los tuvo en cuenta por egoísmo; cree que el mundo gira alrededor suyo y de sus problemas; cree que todo le es debido. Discúlpeme, oficial. Acepto sus disculpas, como corresponde a cualquier hombre de bien; pero, en cualquier caso, ya no puedo ayudarlo. No entiendo, ¿a qué se refiere? A lo que le dije, ya no podemos hacer nada por usted. ¿Por mi equívoco? No, no por su equívoco, aunque éste de por sí ya resultaría móvil suficiente; sino por las circunstancias; no encuentro ilegalidad alguna en los hechos. ¿De qué me está hablando, oficial? En primer lugar, dos hombres ingresan a su domicilio porque usted les abre la puerta; en segundo lugar, ellos lo conocen a usted y también conocen a Valeria Finle, lo que indica algún tipo de vínculo que usted por oscuras razones no quiere asentar; por último, tampoco usted tiene prueba alguna de que haya sido un secuestro, solamente vio salir a Valeria Finle en los brazos de otro hombre. Pero ella estaba amordazada, oficial, la forzaron, la sacaron a rastras. ¿Está seguro de que fue así, señor Peralta?, ¿cómo puede aseverar que lo que vio no fue más bien el efecto de una impresión interna que el de una percepción de la realidad?, en otras palabras, si prefiere que sea llano, es más que probable que usted solamente haya visto lo que quiso ver. Oficial, ellos me golpearon. Porque usted los insultó, usted los insultó, señor Peralta, y me sorprende que todavía no le hayan hecho ninguna denuncia por daños morales; en todo caso, de lo único que estoy seguro es de que no hay ningún secuestro, nadie secuestró a Valeria Finle, y agradezca que haga oídos sordos de la acusación que usted acaba de hacerme con tanta ligereza, porque de lo contrario ya móviles de esta dependencia estarían yendo en su busca.





**





Miro mi mano derecha. Después miro la izquierda. Las dos tiemblan de forma convulsiva. No puedo sostener el teléfono. Trago aire. Respiro de a una bocanada por vez. Mis manos se amansan. Vuelvo a marcar.



–¿Quién es?



–Marcos, soy Sebastián. Se llevaron a Valeria. Vení a casa. Estoy desesperado.



Lo espero en la puerta, girando la mirada con desconfianza de un lado para el otro. El coche frena en la vereda; Marcos lo apaga, se baja; se acerca al trote. ¿Qué pasó? Se la llevaron. ¿Quiénes? Dos tipos. ¿Llamaste a la policía? La policía está con ellos. ¿Con quiénes? Con quienes se la llevaron. Tengo los ojos mojados. No sé qué hacer. Quedate tranquilo, dice Marcos, tranquilizate que tenés que pensar.



Pienso. Pienso. Él también piensa y de golpe me mira. Tiene las cejas juntas. Escuchame, ¿te acordás de Julio? ¿Tu amigo? Sí, el padre es abogado penal, el tipo sabe de todo esto, a lo mejor pueda asesorarnos. Llamalo entonces. No, no, me dice, dándose vuelta, mejor vamos yendo para allá.



Durante el trayecto vigilamos los movimientos del barrio con atención. Pero es una madrugada de martes. Hace frío y no hay un alma en la calle. De vez en cuando algún gato. De vez en cuando algún perro. Marcos sostiene con una mano el volante y con la otra el celular. Cuando llegamos a la casa de Julio, las luces ya están encendidas.



Éste es Sebastián, nos presenta. Atrás de Julio, el abogado. Con pantalón, camisa y corbata. Prolijamente peinado con gel. Me pide que no omita ni un solo detalle. Él asiente cuando le preciso que uno de los hombres llevaba un portafolios negro. ¿Puede ser que el otro tuviera barba candado, midiera aproximadamente metro noventa y usara anteojos? Sí. Entonces ya sé de quiénes me habla, dice el abogado, seriamente, y niega con la cabeza. ¿De quiénes?, pregunta Julio. Son los que buscan a Valeria Finle, ¿así se llama la mujer? Así, le digo. Los conozco, sé adónde pueden habérsela llevado, pero es todo un dilema. ¿Adónde se la llevaron? Tienen un depósito cerca de la ruta. ¿Cuál es el dilema? Son tipos bastante jodidos. Tengo un arma, dice Marcos. Nada de armas, contesta el abogado. Y me apunta con el índice. Vamos a ir solamente él y yo, no considero otra alternativa, ¿está claro? Está claro, le contesta Marcos, y me mira con resignación, pero comprensivo.





**





–¿Usted es el marido de Valeria Finle?



–No, soy su pareja.



Vamos en una 4 x 4 con proporciones de lancha, oriunda de Japón. El abogado me mira. No frena en ninguna esquina ni respeta semáforos. ¿Hace cuánto que conviven? Dos meses. ¿Y no se aburren? Generalmente no. El abogado hace un gesto sugerente. Le explico: Nos aburrimos tanto como puede aburrirse cualquier pareja. Pero el suyo es un caso especial, ¿no cierto? No veo qué tiene de especial. ¿Cómo que no lo ve?, estamos hablando nada más y nada menos que de Valeria Finle. ¿Qué tiene eso? Usted lo sabe mejor que nadie. Me refiero a cómo sabe usted de ella. Por los mismos hombres que se la han llevado de su domicilio, tengo noticias de que hace tiempo la están buscando, y por lo que cuentan, no se trataría de una mujer más. Y ellos, estos hombres, ¿quiénes son? Son los que buscan a Valeria Finle. Está bien, ¿pero qué es lo que hacen, de dónde vienen? Nadie sabe de dónde vienen ni qué es lo que hacen, salvo que son tipos jodidos y que buscan a Valeria Finle. No puedo entender esta situación, realmente me desborda. Lo importante es que se tranquilice, usted deje todo en mis manos; mientras sepa mantenerse entero de mente, mientras se mantenga firme en su posición, nadie va a poder acusarlo de nada. ¿Pero de qué podrían acusarme, doctor? El abogado me mira de reojo. No se haga el opa conmigo, Peralta. ¿De qué habla? ¿Usted me considera tan ingenuo como para creer que simplemente les abrió la puerta a dos extraños en plena madrugada?, vamos, Peralta, vamos; tengo años manejando estos asuntos, a cualquiera puede pasarle, aburrirse de una relación, predisponer un delito. Está bien, todo el mundo se volvió loco. No, Peralta, sonríe el abogado, no todo el mundo se volvió loco, es solamente usted, usted está loco por Valeria Finle, y es comprensible, una mujer como ella puede desorientar a cualquiera.



Veo que el abogado pisa el acelerador. Vamos a ciento treinta por hora. En todo caso, sigue, lo positivo de su situación es que podemos argumentar demencia temporal, algún tipo de brote sicótico, la pérdida de la razón es un paliativo eficiente de cara a los tribunales; siempre y cuando, claro está, usted sepa mantenerse en su rol. No tengo nada que esconder, doctor, sinceramente no lo comprendo, y en el caso de que su incongruencia, de alguna manera que no llego a entrever, pueda sostenerse, ¿por qué recurriría a la policía?, ¿por qué entonces yo recurriría a usted? La respuesta es sencilla: por culpa, Peralta; es tan sencilla y evidente que me sorprende no haya logrado dilucidarla antes; ¿es que no lo puede ver?, ¿tan ciego lo han dejado las circunstancias?, fue usted el que dejó que secuestraran a Valeria Finle, y es por culpa que ahora quiere recuperarla. Esto es inadmisible; discúlpeme, pero es un disparate. No, no lo es de ninguna manera, reflexione, Peralta, recule, ¿qué es lo que usted está haciendo en este instante?, ¿le gusta pasear de noche?, ¿le gusta despertar a sus amigos a estas alturas de un martes? Cuál es su punto. Mi punto, Peralta, es que usted es el secuestrador, usted ahora está buscando a Valeria Finle de la misma manera en que supieron hacerlo esos hombres, usted es esos hombres. No hay comparación posible entre mi caso y el de ellos, estos tipos se la llevaron contra su voluntad. ¿Sugiere que lo que lo diferencia de ellos es que a usted Valeria Finle lo eligió?, ¿puede estar seguro de eso? Puedo jurarlo. Su negligencia es conmovedora, Peralta; mire, si lo analizamos fríamente, y desde ya discúlpeme la perorata, podemos inferir que los vínculos afectivos son construcciones culturales, ¿estamos de acuerdo?, construcciones que pueden llegar a ser tan artificiosas como lo son, por caso, los vínculos comerciales; éstos, sabrá, están condicionados por múltiples aspectos, sean de tipo psicológico, económico, político, por no hablar del sexual; mi punto es, bajo todas estas limitaciones, ¿usted sigue creyendo que ella fue realmente libre para elegirlo?, ¿no considera que incluso el amor es un tipo de opresión política, quizás la más inexplicable de las opresiones, pero opresión política al fin?, ¿nunca pensó en su relación con Valeria Finle como una lucha de poderes desigual, en la que usted se aprovechó del hecho de que ella lo amara más a usted de lo que usted cree amarla a ella? Usted está enfermo. ¿Estoy enfermo, Peralta, o es que usted no quiere ver sino lo que quiere? Soy inocente, doctor, yo amo a Valeria, soy incapaz de hacerle algo así. Usted no es inocente, Peralta, usted fue inconsciente, y la inconsciencia en nuestro proceder no nos exime de culpabilidad; hay un caso más que elocuente al respecto, ¿conoce la historia de Edipo? La conozco. Entonces sabrá que Edipo se casa con su madre y comete incesto, delito aberrante, si los hay; ahora, al momento de contraer matrimonio con ella, ¿él sabía que esta mujer, Yocasta, era su madre? No, tengo entendido que no lo sabía. No, en efecto, Edipo no lo sabía, se casa con ella desconociendo que se trataba ni más ni menos de la mujer que lo parió; sin embargo, y es esto lo que estoy tratando de explicarle, cuando por fin la terrible verdad se le revela, el haber desconocido quién era en realidad Yocasta para él no implica una absolución, no, Peralta, él se considera culpable más allá de que su delito haya sido involuntario, ¿comprende hacia dónde voy?, si usted predispuso el secuestro de Valeria Finle, haya sido de manera consciente o no, usted es definitivamente culpable; usted debería, si es que ya no lo ha hecho, arrancarse los ojos.



Estoy por replicar, pero el abogado frena abruptamente la camioneta. El chirrido de las llantas en el pavimento saca volando a unos pájaros.



–Es acá –señala un galpón el abogado–. Ahora bajemos. Pero le advierto: déjeme tratar a mí con estos tipos. Se lo advierto por el bien de Valeria Finle. Usted solamente manténgase en su rol.





**





Es un portón de chapa oxidada. El abogado golpea. Un perro en las cercanías ladra. Nadie sale. Vuelve a golpear.



Sale, a los pocos segundos, uno de los hombres de traje.



–Doctor –dice.



–Caballero –responde el abogado.



Es el hombre de anteojos. Cuando me descubre, estira los brazos alrededor del cuerpo.



–Veo, señor Peralta, que es un hombre pertinaz.



El recuerdo de lo que le hizo a Valeria me desarma. Dónde está ella, dígame dónde está ella porque no respondo. ¿Ella?, ¿se refiere usted a Valeria Finle? Dónde está. Está con nosotros. Dónde, hijo de puta. Cuide su vocabulario, señor Peralta; considérelo un consejo.



Me acerco unos pasos, pero el abogado me agarra de un brazo. Usted sabrá disculparlo, dice mirando al hombre de traje, el joven está un poco excitado. Comprendo que lo esté, doctor, lo comprendo perfectamente, todos estamos excitados, Valeria Finle es una mujer peculiar. Hijo de puta. Señor Peralta, tranquilícese, sepa sobrellevar con dignidad su derrota; la señorita Finle ya eligió y, mal que le pese a usted, nos ha elegido a nosotros. Peralta, tercia el abogado, afirma que la señorita está enamorada de él. ¿Puede, señor Peralta, corroborar lo que el doctor aquí acaba de asentar? Puedo jurarlo. ¿Puede usted jurarlo al punto de ponernos en la obligación de matarla si ella lo niega? Ella me ama, sí, puedo jurarlo. Recuerde que no es su vida la que está en juego, sino la de Valeria Finle. Lo sé. Entonces entremos y que ella misma disponga.



Abre la puerta. En el centro del galpón hay una mujer de espaldas. Vestida. Con los brazos estirados a lo largo del cuerpo. Mira un punto de la pared del fondo. Yo la veo a contraluz. Todo está oscuro, salvo por la lámpara de kerosén que brilla colgada de una de las columnas. Ahí está ella, dice el hombre; inquiérala. Doy un paso, pero hay una voz a mis espaldas. No, inquiérala desde dónde está. Me doy vuelta. Veo la brasa de un cigarrillo consumiéndose en la sombra. Reconozco la voz. Es la del hombre del portafolios. Doctor. Caballero, responde el abogado; ¿volvió al tabaco? Son tiempos duros. Dígamelo a mí. Nos trajo a este joven; Peralta. Peralta dice estar enamorado. ¿De Valeria Finle? De la misma. No le falta tenacidad. Aparentemente no.



La mujer sigue parada en el centro del galpón. No se mueve. Una estatua. Un maniquí. Cualquier cosa inanimada, la espalda sinuosa como una guitarra y los brazos quietos a un costado de las caderas. Valeria, amor mío, podemos volver a casa, solamente deciles a estos tipos que me amás. Valeria no contesta. Vale, por favor, escuchame, es importante que les digas a estos tipos lo que me dijiste hoy, deciles que me amás, deciles que me amás hasta el planeta que viene después de Plutón, pero ida y vuelta. Escucho unas risitas, atrás mío. Pero Valeria sigue sin contestar.



Su silencio me deprime. Es su vida la que está en juego. Así que decido poner en juego la mía. Doy un salto. Corro por el galpón y me acerco a ella. Vale, estos hombres quieren matarte. Miro su cara. Los hombres también se acercan. El del portafolios me sostiene de un brazo. El otro me golpea en el estómago y en la nariz. Sangro. Pero esta no es Valeria Finle. Grito: Esta no es Valeria Finle. Los hombres se quedan quietos. Miran a la mujer. ¿Cómo que no es Valeria Finle? La mujer tiene los ojos cerrados. Ésta no es. ¿De qué está hablando, Peralta? No me cabe la menor duda de que es ella. Se equivocan. ¿Está seguro, Peralta? Estoy seguro, díganme dónde está Valeria, hijos de puta. El de anteojos me incrusta un rodillazo en el estómago. Me caigo, sin aire. El del portafolios, pensativo, mira a la mujer. Es una pena que esté dormida y no podamos preguntárselo a ella misma. Despertémosla. Imposible, doctor, sería un sacrilegio; mírela, nunca vi una cosa tan delicada durmiendo. Es de verdad delicada. Como una pluma, dice el de anteojos. Como la pluma de un ángel, precisa el del portafolios.



Los hombres miran obnubilados a la mujer y yo aprovecho para levantarme. El ruido del portón les interrumpe el embrujo. ¿Qué es lo que hace, Peralta? Me voy, todos ustedes están enfermos. ¿No le parece la suya una categorización un tanto despectiva? Me importa un carajo lo que piensen, por qué no pueden hablar como personas normales. No vitupere nuestra forma de expresarnos, usted es un racista. Sí, Peralta, un racista. ¿Y qué es lo que piensa hacer ahora? ¿Adónde va? Voy a buscar a Valeria. Nosotros llevamos años buscándola. Como verá, no es tan sencillo encontrar a Valeria Finle. Porque ninguno de ustedes la conoce, los miré antes de irme, ninguno de ustedes sabe quién es.





**





¿Vos sí?, me pregunto, mirando baldosas. Es de noche. Todavía están encendidos los postes de luz. Un viento helado raspa los árboles, y también me raspa a mí, mientras avanzo. Hasta que la camioneta del abogado se interpone. Abre la puerta. Suba, Peralta, lo alcanzo. Hace frío. Le digo: Está bien. Subo a su camioneta.



–No siguió mi plan –me amonesta el doctor, una vez arriba.



–No tuve otra opción.



–Pero escúcheme, principiante, no haber seguido mi plan fue un magro error. Esos hombres pudieron haberlo matado. De hecho, me sorprende que no lo hayan hecho. Agradezca a la providencia por la belleza de esa mujer.



Puedo ver a esa mujer de nuevo. Silenciosa. Oscura. Soñando.



–Es tristísimo, Doctor.



–¿De qué habla?



–De esa mujer. Ya no estoy seguro de que no fuera Valeria.



El abogado frena la camioneta. Pero usted mismo la vio; usted mismo juró y perjuró que no era ella. Lo sé, pero ya no puedo asegurarlo.



Entonces lloro. Lloro como hacía años no lloraba adelante de nadie. El abogado me mira. Peralta, lo lamento, pero ya no podemos volver. ¿Usted vio cómo dormía esa mujer? Peralta, tranquilícese, lo suyo es tristeza. ¿Dónde está Valeria? Ésa es la pregunta que nos hacemos todos. ¿Y si era ella? ¿De qué le sirve preguntárselo ahora? Volvamos. No, Peralta, ¿quiere que nos maten?, recapacite, ¿está usted seguro de que era ella? No, no lo estoy. Le repito, entonces, que no merece la pena. Pero era una mujer única, ¿me entiende? Lo entiendo, Peralta, lo entiendo, y por eso mismo le aconsejo: olvídese de ella; respete su intuición; cuando la vio, supo instantáneamente que no era Valeria Finle. Es que ahora no puedo asegurarlo. Hágame caso, Peralta, no se deje llevar por la nostalgia; Valeria, la verdadera, está esperando por usted; no la decepcione, por bien suyo se lo digo; no se decepcione a sí mismo.





**





El abogado me despide con un apretón de manos. Cierro la puerta de su camioneta. Se va. En la casa solamente encuentro silencio. Los muebles. La ventana. El televisor apagado. Un portarretrato de vidrio, en la mesita de luz. Me acuesto y lo miro a la luz de la lámpara. Somos nosotros. Valeria y yo en San Bernardo. Sonrientes. Atardecía. Ella con una blusa azul. A un costado, espejados, mis ojos. Mudos. Vacíos. Mirándolos.



El timbre, agrietando el silencio de la casa, me sobresalta. Dejo la foto en la mesita y cruzo el pasillo. Trago saliva. Son los hombres de traje. Sí. Vienen a matarme. Vienen a matarme. Pero no. El de los anteojos tiene una mujer entre los brazos. Enciendo la luz del umbral. Es la mujer del galpón.



El del portafolios me pide que le abra. Aquí nos tiene de nuevo, señor Peralta. ¿Qué es lo que quieren? Venimos a poner las cosas en su lugar. El de anteojos aparece atrás. La mujer inconsciente en sus brazos es Valeria. Me acerco, pero el del portafolios me agarra. Espere, señor Peralta. ¿Qué pasa? ¿No se pregunta usted por qué le trajimos a esta mujer? Por culpa. ¿Qué es eso?, pregunta el de anteojos. No, señor Peralta, no por culpa, precisamente. ¿Entonces? Nos ha obligado el contrato.



El portafolio se abre. El hombre de traje saca un contrato. Lee: “La infidelidad será un estado mental. En caso de cualquier contravención, la implicada será inmediatamente restituida al locatario”. ¿Qué significa esto? Usted firmó el contrato, señor Peralta. No recuerdo haber firmado ninguno contrato como éste. Puede comprobarlo usted mismo. Me alcanzan los papeles. Cuando los examino, no hay dudas: es mi firma la que se encuentra abajo de la última cláusula. Mi inconfundible caligrafía. Mi vacilante trazo.



¿Cuándo lo firmé? Esta misma madrugada. No lo recuerdo. Entonces está condenado a imaginarlo. ¿Quién es la implicada? Esta mujer. ¿Quién es el locatario? Usted mismo. Es decir, ¿ustedes me están restituyendo una mujer a la que no conozco? Exacto, señor Peralta. Pero ella no me fue infiel. Nadie le ha dicho lo contrario. Y yo tampoco le fui infiel a ella. No veo por qué hubiere de serlo. ¿Cuál fue entonces la contravención? Déjeme responderle con otra pregunta, ¿qué es para usted la infidelidad? Ésa sería la pregunta correcta, señor Peralta. ¿Es infidelidad lo olvidado? ¿Es infidelidad lo no dicho? ¿Existe lo no dicho, señor Peralta? A esas ambigüedades nos referíamos. A lo no dicho, a esos resquicios en su contrato. Insisto en que no recuerdo haber firmado ningún contrato como este. Desconfíe de su memoria, señor Peralta; su memoria es como este contrato, está llena de agujeros. Es lógico que recuerde solamente lo que quiere. Pero tuvo razón en un punto: no conocemos a Valeria Finle. No sabemos quién es. La hemos engañado. Porque esta mujer no es Valeria Finle, señor Peralta.



El hombre de anteojos cruza el pasillo y por la puerta veo que suelta a Valeria en la cama. Ella sigue durmiendo. Ahora nos retiramos, señor Peralta. Disculpe por las molestias ocasionadas. Cuando crucemos esta puerta, no va a volver a saber de nosotros. Pero aun así seguiremos buscándola. Nunca vamos a dejar de buscar a Valeria Finle.





**





Los hombres se van. El sol comienza a asomarse poco a poco, mientras el silencio vuelve a la casa. Cruzo el pasillo hasta la habitación. Valeria duerme como si flotara. Me siento en el borde de la cama. Le acaricio el pelo. Cuando suena el despertador, a los pocos minutos, todavía sigo mirándola.



–Buen día.



–Buen día.



Valeria se despereza. Me mira. Cómo dormiste, amor. Bien, ¿vos? Yo dormí intranquila. Qué paso. Tuve muchos sueños; desde hoy te juro que odio los sueños. Contame. Primero soñé que viajaba en un bote; en el bote había un perro que aullaba. Qué pasaba. No me acuerdo mucho; en ese momento todo se dispersó. Sí. Pero después también tuve una pesadilla; éramos muchas personas, encerradas en una casa; no teníamos de comer, no teníamos luz; todo siempre estaba oscuro y hacía frío; lloré y vos me diste la mano; tu mano estaba calentita, pero no sé si eso pasó en el sueño o en la realidad, ¿vos me agarraste la mano durante la noche? Sí, creo que sí. Gracias; ¿pero ahora me abrazás?


Cuando me inclino para abrazarla, me doy cuenta de que me olvidé el contrato encima de la mesita de luz. El mismo que me trajeron los hombres, puedo verlo abajo de la lámpara. Así que mientras Valeria sonríe, estiro un brazo y lo guardo en el cajón con disimulo. Me digo: los tipos de traje ya no van a volver. No hubo ninguna contravención. Todo esto es un estado mental.


















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