martes, 6 de octubre de 2009

después cierra los ojos




Él había estado tomando desde la tarde del viernes, desde que salió del trabajo y pasó por el bar de las cinco esquinas a saludar, entre otros, al Toto, un oso de ojos llenos de ojeras negras al que le dicen cabezón por costumbre, pero que en realidad no lo es, sino que tiene el cuerpo muy chico en comparación a la cabeza, y le invitó una cerveza, y yo le invito otra, y antes de que se pueda dar cuenta el dueño ya nos está fiando hasta las cajas, porque dicen los que saben que para hablar de la vida como Dios manda no se permite otra cosa que vino, la sangre de mi salvador, del color de las moras.

Así que todo se vuelve oscilante, y él abrió la billetera y apagó el celular, antes de que a eso de las tres el Negro sacara el Falcón de cinco puertas donde con amor y esmero una noche supieron entrar dieciséis, la misma noche que cruzaron ruta 8 al fondo, al fondo, al fondo, de largo por los descampados de los milicos en campo de Mayo y el tanque como una reliquia dispuesto en un valle de pulcro pasto inglés, el mismo donde el Toto desahogó un meo interminable sin apercibirse del cabo que prorrumpía en improperios a escasos metros suyos, hasta que después El Japonés emergió del desierto con sus precarios carteles de neón, relucientes en el frío sin luna ni estrellas de las tres y media de la madrugada, con las paraguayitas y las misioneras ululando en la niebla de los cuartitos, y él que por allá y él que por acá, termina llevándose a la más titilante de todas, pero es una lástima, corazón, una lástima, amor mío, cuando lo peor de mi noche no es desear y no poder tener, sino desear, tener, pero no poder sentir, para que ella se imponga con su amor de oro, aprendé de mí que soy feliz, corazón mío, mi amor, y le sonríe con una malicia tierna al oído agarrate porque de acá no te vas caminando.

Así que era piadoso ver el sol, de vuelta, de vuelta, cuando la cumbia santiagueña explota en los tímpanos, y desarbola las chapas del Falcón la voz agrietada y doliente del Koly Arce en compañía de su legendario quinteto imperial, entre palmas y acordeones, temo que un día te vuelva a buscar, cantan golpeando el techo, y él también canta, gritando como un mudo mientras por adentro sus pensamientos insisten en volverla a buscar, cuando yo interpreto la poesía según mis propios términos y más ahora que mi designio es no quedarme dormido de acá hasta la noche y mantenerme lejos de la posibilidad de que me controle eso que siempre pasa adentro del sueño, porque si el Koly Arce le canta a una mujer infiel él va a agarrarse de las mismas palabras pero con otra intención y estamos en el mismo verso nada más que él le va a cantar a ella, a la otra, a la que ahora mismo busca en la gilera con el loco medio relativo de Toto, y ahí está la parada del tranza llena de pendejitos amanecidos atrevidos que tenés diez pa la tiza, porque si no hay tiza al colegio no va él ni yo ni nadie, y el Toto que se sustrae de todo espamento abriendo su billetera de cuero con veinte mangos tristes, tomá, tomá, tomá, pero no, pero no, dice él, a mí guachito, a mí me venís a bardear, y te pongo un viaje que fue lo que hizo antes de sacar la gilera arando, nublando de tierra y de humo el pasillo con cruces del señor Jesucristo mi libertador, y le grita al Toto cagón a estos guachos les falta educación, y hasta considera volver al pasillo con la 22 del mismísimo cagón del Toto, para educarlos, para educarlos, aunque al final no da porque ya tiene la tiza en el bolsillo y con la tiza tiramos hasta el asado, y que nadie venga a decirme a mí cómo tengo que escuchar la poesía del Koly Arce.

Y para cuando lo vemos esa misma noche está claro que ya nadie quiere decirle nada al respecto, se lo ve pálido, hambriento, moviendo involuntariamente la boca a la manera de un dorado arado de sed, la mueca torcida para un lado, el cuello reculando para el otro, pero todavía locuaz, de una facundia indeclinable, dispuesto a convencernos de las mismas cosas de las que él está convencido, aunque dentro de esa coherencia no es raro que haya licencias, y si ahora me gusta blanco, y dentro de diez minutos me gusta negro, sigo dispuesto a defender lo que pienso, porque el blanco y el negro forman parte de eso, y si así y todo lo desdicen se propone defenestrar a voluntad a cualquiera, y en la mesa el puño hace pum, pum, pum, porque yo laburo desde los doce viejo, sabés las cuadras que te faltan a vos y a vos y a vos, me rompo el culo todos los días para darles de comer a mi mujer y a mis hijos, y si hay que volver con la cabeza gacha, lo hacemos, porque yo le digo a mi mujer que puedo irme dos o tres días de casa pero que a la larga ella siempre sabe que termino volviendo.

Y escuálido, breve y flaco como se lo ve, nadie sabe adónde le van a parar tantos litros, pero te juro que se sienta con su vaso a las siete y recién se levanta a las tres, cuando el vino que le entra por la boca empieza a rebotar en la garganta con el que ya tiene adentro, y si no le devuelve a la tierra sus frutos le cuesta un poco más que de lo contrario, pero así y todo prosigue en su labor de soñar, cierra los ojos como si el vaso fuese un pecho de vidrio y vemos la nuez que sube y baja y baja y sube como la cabeza de un náufrago pidiendo auxilio abajo de la piel, sos, sos, sos, peleando abajo de algo que se instala en su forma de ser instalando en el mismo acto de instalarse los ensueños de otra vida en la que es rico, o no está casado con su mujer, o nunca tuvo a sus hijos, y entonces es un pibe lleno de vitalidad y de inteligencia y ambiciones, y no este esclavo avejentado, laburante en negro de una fábrica de muebles, intuyendo viernes por viernes una llanura yerma de lunes iguales, sin ilusiones, sin ilusión, la gente generalmente desprestigia el poder que tiene la ilusión sobre el quehacer de este pibe.

Y una a una las botellas se van vaciando, y la tiza dónde está, y vengan los caramelos y churros y demás menesteres de la ilusión a la hora en que los murciélagos empiezan a acomodarse en las ramas, los colectivos a pocear las rutas, los viejos a comprar el pan, y él apoya un codo en la mesa con un ojo abierto y el otro cerrado, escupiendo que éste es un ladrón, que éste otro carcacho de vaca, pero que el aburrido digo para no nombrar lo innombrable mató veinte pibes y es la peor bosta en este país en que sos piola si cagás al otro tal como hizo la mano de Dios para cagar al inglés y el inglés para cagarnos a todos, se saca del alma la ponzoña que lo pudre de cuerpo entero y mientras lo vemos cabecear todos sabemos lo que viene, que se está por dormir, como siempre después de su avatar biodegradable va a rendir la cabeza entre los brazos, eso es lo que esperamos que pase de un instante a otro, pero hoy, contrariamente a nuestras sospechas, él sobrevive, sí, se levanta de la silla con una mueca de dolor y empieza a caminar de un lado al otro de la terraza, esforzándose en no cruzar la diagonal de los pies, mirando el sol rojo que nace en un ángulo del barrio, trastabillando, también, muchas veces, pero enseguida dispuesto a seguir caminando, a dar vueltas alrededor de la mesa pensando sus pensamientos, a no quedarse quieto ni un solo segundo porque sabe que con la quietud viene la modorra y que con la modorra la muerte diaria del sueño, y después cuando se despierte y el lunes ya esté ahí, tan cerca, tan cerca, se pregunta qué va a ser de todo esto, eh, de toda esta paz, de este zumbido tenue, dulce y lleno de ilusión que puede sentir como propio mientras no cierre los ojos.



















































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