viernes, 16 de octubre de 2009

natalia era cine




Cuando estábamos en el secundario, Natalia venía a mi casa los viernes y los sábados a mirar películas. Durante el último año vimos todas las de Godard. Pero también era común que alquiláramos la primera que encontráramos en el video, cualquiera con tal de que sea desconocida, para sorprendernos, o defraudarnos; a esas alturas daba lo mismo una cosa o la otra, mientras se pudiera improvisar.

Después, si la película valía la pena, nos quedábamos un rato comentándola; pero si no, ella me miraba de reojo, y antes de que terminara yo entendía que era mejor dejarla a la mitad. Lo que no me molestaba, incluso cuando la película sí se avenía a mis gustos, porque cuando ya no había qué mirar o decir ella se desperezaba en la cama y me dejaba que le besara la boca.

Fue una lástima cuando se puso de novia, en el sentido de que empezó a visitarme solamente cuando el novio se iba a bailar, lo que pasaba dos o tres veces por mes, o incluso, en las peores ráfagas del invierno, una.

Uno de esos viernes Natalia lloró. Hasta ese día, nunca la había visto llorar. La película era muy buena, pero dudé de que fuera para tanto; así que puse stop y le pregunté qué le pasaba. Nada, me contestó, pero entendeme que no te amo; lo que me sorprendió mucho, tanto que no supe qué decirle mientras se levantaba y se iba del dormitorio.

Así que parte de conocer a Natalia fue acostumbrarme a actitudes como ésa.

Cuando la volví a ver habían pasado seis meses, mucho tiempo, dos estaciones; Natalia se había cambiado el peinado y yo ya me había olvidado de cómo era su look anterior. No le reproché la ausencia, ella tampoco reprochó la mía. Solamente dijimos: Cómo nos colgamos, che; en tono de broma. Aunque sabía pocas cosas de mi amiga, con eso me alcanzaba para saber qué era lo que le gustaba y qué lo que no; y entre esto último estaba hablar del pasado; cada vez que nos encontráramos todo tenía que ser nuevo.

Y ella, como compensando mi comprensión, volvió al mes siguiente. Y después volvió al otro. Y después de eso empezó a venir mucho más seguido. Era verano. Devoramos Bergman; hacíamos el amor y nos quedábamos fumando hasta que sentíamos en la ventana el vaivén de los bondis, mirando el techo, charlando, con la cerveza tibia transpirando en la mesita de luz.

Volvíamos a ser los de antes. Natalia me hablaba de su trabajo, de sus estudios; no volvió a hablarme de su situación personal, por lo que yo sentí innecesario hablarle de la mía. De hecho, no le comenté que me había puesto de novio hacía unos dos meses. Aunque quizás Natalia se diera cuenta cuando yo le decía que tal noche o tal otra no podía verla; yo, que nunca había tenido cosa mejor que hacer de mis noches que mirar películas con ella.

En invierno sus visitas se hicieron más espaciadas; pero al otro verano volvieron a ser constantes. Así fue siempre en general; digo siempre por decir varios años, quizás seis. Nuestros ciclos coincidían con los del sol. Yo a veces la pensaba, qué andará haciendo, me decía, y quizás a los pocos días o a las pocas semanas volvía a tener noticias suyas, como si nos juntara un hilo invisible; era cuestión de tirar de un lado para que el otro sintiera el tirón, y entonces nos llamábamos, y volvíamos a estar juntos de nuevo.

Pero por alguno de esos veranos me casé. Me mudé a otro barrio y Natalia me felicitó por teléfono. Estaba contenta por mí, yo también lo estaba; pero le dije que me habían recomendado una de Polanski, y ella de golpe se quedó callada, por un segundo tuve un teléfono vacío en la mano; hasta que escuché: Yo también me voy a casar; lo que no tenía nada que ver con lo que yo le había dicho, pero que me dio a entender que por un tiempo largo no iba a haber más buenas películas para mí.

Y este tiempo largo duró unos dos años. Quizás tres. Daría lo mismo si dijera veinte; hubo un punto en el que los años para nosotros fueron solamente números; no variaba la esencia de la cuestión, que era que cada uno, desde su mundo, sabía seguir pensando al otro.

Pero un día, después de todos esos años, nos encontramos en la calle; no puede decirse que haya sido al azar. En realidad yo caminaba desde hacía horas, sin un rumbo en concreto, dando vueltas a ese hilo invisible que nos juntaba, y de golpe ella estaba ahí; quizás ella también hacía horas que caminaba, dando vueltas al hilo nuestro.

Nos saludamos, charlamos a un costado de la gente que pasaba, y cuando ya no hubo qué decir le comenté que en el cine estaban dando una buena de Kaufman, a lo que ella me contestó bueno, y terminamos viéndola ese mismo fin de semana, en un cine alejado de todo, después de lo cual fuimos a charlar a un hotel.

Quiero tener hijos, me miró en la cama. Su cuerpo había cambiado, también había cambiado el mío; pero nosotros no habíamos cambiado nada. Yo le dije que también quería tener hijos, pero más adelante. Cuándo es más adelante. Yo le dije: No sé. El asunto se había vuelto confuso, nunca había asociado esas dos palabras, Natalia, hijos; Natalia para mí era cine, una cerveza de madrugada, algún hotel, algún librito de poesías chinas que ella me leía hasta que se terminaran los turnos; poesía lenta y silenciosa que yo escuchaba en su voz con los ojos cerrados.

Pero una noche de ésas ella se sentó. De verdad quiero hijos, me dijo. La chica tenía una pupila empañada (una, la otra se la tapaba el flequillo), y yo la miré confundido, pensando en qué me convenía decir. Pero el silencio, mientras yo pensaba, se alargaba, y Natalia nunca se sentía cómoda en silencio, así que se levantó y me dijo: Sabés, empezó a cambiarse, durante todos estos años no te extrañé. Confesión que admiré desde la cama, encandilado; todavía después de tanto tiempo Natalia seguía siendo sincera conmigo.

Y se fue. De un día para el otro dejó de llamarme. Yo, por mi parte, tampoco la llamé a ella. Pero, a veces, hay que decirlo, levantaba el teléfono y pensaba las primeras palabras para decirle; nada más que después lo soltaba porque me daba cuenta de que no había mucho qué contar; mi vida, durante ese tiempo, no había cambiado nada en relación a lo que era antes de que ella se fuera.

Pero miento, en realidad sí había cambiado, solamente que dudaba de que a Natalia pudiera interesarle. Mi mujer, por ejemplo, me había dejado; fue de mutuo acuerdo; ella quería blanco, yo negro; ella quería mar, yo montaña; ella quería tener hijos, a lo que yo contesté: No sé.

Así que estuve solo de nuevo, empecé a ir al cine los viernes, me sentaba con un vaso de cerveza, entre butacas vacías, y después salía a caminar. Una noche de esas me acordé de Natalia. La llamé para ver cómo estaba, más que nada por curiosidad, de vez en cuando pensaba en las vidas de los otros; y hablamos un rato largo, como en los viejos tiempos, antes de citarnos en un bar.

Y cuando la vi después de tanto tiempo, Natalia era otra, había vuelto a cambiar de peinado, se vestía diferente, también era otra su forma de mirar. Yo esperé un rato para darle un beso, me sentí obligado a hacerlo, y ella fue generosa y también me besó; pero a los pocos minutos había cambiado de humor.

No sé qué hago acá, me decía. Yo no pude ser más lúcido: Estás conmigo, le contesté. Pero Natalia seguía diciéndome no sé qué hago acá, tengo un hijo, Sebastián, ya no somos chicos, ya no somos chicos. Y me pidió paz, algo así me dijo, quiero paz; la misma paz que yo sentía en ese momento, que la tenía de vuelta conmigo, es la que me pidió le dejara.

Porque hay cosas que tienen que decirse, me dijo. Yo siempre te amé, fue lo que me dijo después. Y se quedó en silencio, y yo también me quedé en silencio, preguntándome qué era lo que me tocaba decir a mí, algo que nunca le hubiera dicho, como tener un hijo, o que la amaba; pero no llegué a decírselo porque Natalia se levantó y se fue del bar apurada, sin despedirse; tendría que haberlo previsto, sabiendo cómo es.

Hace años, muchos años, de esa noche; creo que si la estoy contando ahora es justamente para acercarla; pero este tiempo sin verla me ayudó a pensar, cuando la encuentre voy a demostrárselo, voy a decirle lo que nunca le dije; quizás después miremos una película, tengo una muy buena que me estoy reservando para ese momento.

Mientras, la espero. Tanto la espero, incluso, que a veces el tiempo pareciera no pasar; se estira, se alarga, el tiempo, y Natalia no llega, Natalia no llama. Es lo que implica haberme enamorado a estas alturas, que el tiempo no pase. Pero no me quejo; yo conocí a mi amor así.


















6 comentarios:

Paula Sol dijo...

hola! me gusto mucho el cuento, encima el nombre natalia tiene es como que me hace acordar a los "natalia natalia" no? como que son desaparecidos y esta mina es justamnete asi aparece, desaparece, nosé tiene algo que ver o fue casualidad?

Un desvarío por jueves dijo...

gracias por la lectura, profe, sabés que ni lo había pensado?

pero es válido, sí

nos seguimos leyendo, che, cuidese

Is_a_bell. dijo...

el anterior (poema??)
es cortazariano
!!!

bello!
éstéfanio!

Gonzalo dijo...

Voy a decir algo que odio decir en los comentarios pero vale la pena: wow... me encantó che!
Primero, por la prosa que usas para escribir. Segundo porque creo que todos tuvimos una "Natalia", que vino, se fue, nos hizo conocer el amor... y... aca estamos, transitando el mundo, algunos con el corazón en la mano otros con el corazón en su lugar, pero transitamos el mundo, mientras el amor está ahi... junto a su factor sorpresa, tan fundamental como el amor mismo.
Bien che!
Saludos
Alguien que anda por alli

Un desvarío por jueves dijo...

gonzalo: gracias por el comentario, che, una motivacion!


isabell qué parangón, cuidese poeta

Sol dijo...

hermoso