jueves, 26 de noviembre de 2009



“EL FÚTBOL FRANCÉS Y LA INMIGRACIÓN AFRICANA”



El exitismo: un vicio universal


Gracias a una generación dorada de jugadores, la selección francesa de fútbol ganó su primer mundial en 1998, venciendo en la final nada más y nada menos que a Brasil. El líder del equipo era Zinedine Zidane, el último mito vivo del fútbol. De su mano Francia también alcanzó a conquistar, dos años después, la prestigiosa Eurocopa, el torneo que reúne a las selecciones más importantes del continente europeo. De esta manera, en menos de dos años, el país galo consiguió ingresar al selecto grupo de las potencias futbolísticas, en una racha de triunfos sin precedentes en la historia de su fútbol.

Sin embargo, la lógica del exitismo deportivo exige que un equipo se mantenga en la cima más allá de los laureles ya cosechados. Cuando Francia, con la ausencia por lesión de su máxima estrella, Zidane, fracasó de manera rotunda en el mundial de Corea-Japón, la sociedad francesa destronó de su pedestal a los mismos ídolos que había sabido encumbrar apenas un par de años atrás. Una encuesta dejó entrever que la mayoría de los parisienses no se sentían representados por su seleccionado nacional. El motivo: diez de los once jugadores titulares eran descendientes de africanos. Nueve de ellos, negros. La imagen no se corresponde con la que el francés de cuna tiene de sí mismo. No es, por supuesto, la que pretende devolver al mundo.

Paradójicamente, cuando en el mundial del 2006 el seleccionado francés vuelve a subir al podio, esta vez con Zidane a la cabeza, la opinión pública cambia de parecer. Obnubilados por el triunfo, los franceses aclaman a este equipo virtuoso, valiente, hambriento de gloria, tal como lo supieron hacer con el anterior. El detalle de que sea un equipo de sangre africana queda definitivamente relegado a un segundo plano ahora que el mundo se rinde ante la magia del seleccionado tricolor.



El fútbol como espejo de una sociedad


El fútbol es el deporte más practicado en el mundo. Moviliza culturas enteras, es parte del folclore cotidiano de infinidad de países, y, por lo tanto, proyecta muchos de los conflictos latentes en el imaginario de una sociedad.

Francia es un ejemplo muy singular. En 1958, cuando estaban en plena guerra con Argelia, los franceses toman conciencia de la lucha independentista de ese país africano, hasta el momento una colonia, a través del fútbol. ¿Cómo es que pasó esto? Gracias a la valentía de Mekhloufi, Zitouni y Rouaï, jugadores argelinos de renombre internacional que jugaban en el torneo francés. De un momento al otro, abandonan el país junto a otro contingente de jugadores ilustres para conformar en el exilio el equipo de Frente de Liberación Nacional. La noticia, claro está, causa conmoción: a sólo dos meses del mundial de 1958, los franceses se quedan sin sus principales elementos. Es un movimiento arriesgado, pero los jugadores argelinos consiguen su objetivo: poner en un primer plano el movimiento independentista. A través del fútbol, apoyan la causa de su nación y promueven la toma de conciencia en Francia sobre la lucha por su independencia.



Argelia y un fútbol inestable pero solidario


Unas décadas luego de la independencia, la selección argelina ya es dueña de un estilo propio de juego, lujoso, eficaz, de gran virtuosismo técnico, que despierta admiración a nivel mundial. Un triunfo histórico sobre Alemania, en el mundial de 1982, más la consecución de la Copa Africana de Naciones, en 1990, convierten al equipo argelino en un motivo de orgullo nacional.

Sin embargo, el conflicto con Francia persiste. Muchos de los jugadores del seleccionado argelino siguen desempeñándose en el torneo francés. Encuentran en el país europeo una estructura económica y social de la que su propio país carece. Las autoridades argelinas, en un arranque nacionalista, instan a Mekhloufi, por entonces director técnico del equipo, a citar sólo a los jugadores que participen en el torneo local. Éste, sin embargo, decide privilegiar la calidad de los futbolistas que juegan en la otra costa del mediterráneo. En Francia, explica, hay una rutina de entrenamiento que favorece la explosión de todo el potencial de un jugador. En Argelia, en cambio, las condiciones de trabajo son otras. La falta de estabilidad en su fútbol pone en foco las carencias de una sociedad estragada por la violencia política y social. El desempleo, el hambre, la pobreza, son obstáculos cotidianos que los argelinos, tal como pasa en el campo de juego, sólo pueden combatir siendo solidarios entre sí. El fútbol aparece como una de las escasas posibilidades con las que cuentan para evadir la pobreza.



La ilusión que subyace al fútbol


Muchos de los chicos de las clases populares crecen con la esperanza de un día ser grandes futbolistas. Además de gloria, se les promete ganar mucho dinero, lo que les permitiría sacar a sus familias de la pobreza. En este sentido, el fútbol promueve una ilusión de movilidad social que pocas veces alcanza a volverse efectiva. Como observa Dahleb, otro ilustre jugador argelino que supo militar en el equipo de Frente de Liberación Nacional, de los miles de jóvenes argelinos que año a año migran a Francia en busca de mejores horizontes de vida, sólo unos pocos alcanzan a ser futbolistas profesionales. El resto es condenado a vivir en guetos, sin una vivienda propia ni un trabajo digno, víctimas de la discriminación y la marginación social. Esta discriminación puede advertirse hasta en los mismos estadios. Es recurrente, admite Dahleb, que grupos de extrema derecha se infiltren en las tribunas para insultar de manera impune a los jugadores negros. Gran parte de los franceses, como el escenario del fútbol parece indicar, tiene dificultades para asumir los rasgos de la nueva fisonomía de su nación. Fisonomía que fue evidente para el mundo entero tras el mundial que la selección francesa ganó en 1998: el equipo titular estaba compuesto en su gran mayoría por descendientes de africanos.



Conjetura sobre el futuro


La supremacía física de la raza negra es un prejuicio generalizado que, sin embargo, día a día encuentra argumentos para sostenerse. Fuera en atletismo, en básquet o en fútbol, la excelencia deportiva es alcanzada en general más por negros que por blancos. Los ejemplos son innumerables; la NBA, la mejor liga de básquet del mundo; Brasil, pentacampeón mundial de fútbol; los Juegos Olímpicos, donde se desempeñan los corredores más veloces del planeta; en todos los ámbitos deportivos acostumbra a imponerse la raza negra. No puede afirmarse que haya un vínculo entre esta supremacía física y la explosión demográfica; pero es un hecho que en países como los Estados Unidos la población negra aumenta al tiempo que la población blanca disminuye. En este sentido, no es de extrañar que, a corto o largo plazo, los negros en Norteamérica terminen por constituir la raza predominante. La elección de Obama es el signo visible de una paradoja histórica: los mismos que fueron oprimidos, segregados, explotados, son los que hoy por hoy tienen en sus manos el mango de la conducción política. Francia, país del arte y la cultura, choca con esta realidad cada día más evidente.



Zidane, un caballero


Zinedine Zidane, hijo de padres argelinos, así como también el mejor futbolista de los últimos veinte años, no reniega de sus orígenes. En 2001, los seleccionados de Francia y Argelia van a enfrentarse por primera vez luego de la guerra. Es un partido histórico para la integración de ambos países. El encuentro será en París y los medios de la ciudad están convulsionados; apenas tres meses después del atentado a las torres gemelas, la psicosis general instaura la sospecha de posibles atentados de grupos radicales argelinos. Zidane, sin embargo, ajeno a la neurosis colectiva, se desenvuelve como un caballero. En la previa del partido, da muestras de carácter y de fidelidad para con sus raíces enfrentándose a los medios franceses. Ante la inquietud de un periodista sobre lo que espera para el partido, responde: “Espero que sea un buen espectáculo para nosotros, los franceses, y para nosotros, los argelinos”. La sencillez de su juego se trasluce en la sencillez del concepto. Para él, no hay diferencia que justifique el rencor y la ruptura entre un país y otro. Todos, dice Gizu, somos nosotros.

















(pa francés, la prof una genia)









“Pero, por lo general, aquellos a los que hemos maltratado son precisamente quienes más concitan nuestro odio”.

(En Foe, de J. M. Coetzee)





***



El borracho


El borracho siempre dice su verdad

Como los chicos y los honestos

El borracho siempre dice lo que piensa

No escucha lo que le dicen los otros

No le importa, en realidad, lo que tengan para decir los otros

Para el borracho no hay más verdad que la suya

Ni olvido más piadoso que el de un sorbito más

Uno, solamente uno más

Va construyendo su valentía, el borracho, de a poco

Y después se inclina en su silla

Y levanta el brazo

Y a todos nos causa gracia

Cómo empieza a bardear al sobrio

Pobre tipo, le dice

Sos un pobre tipo

Es una risa

Cómo el borracho

Descansa al sobrio


El borracho es feliz así

Tiene que hacer reír

Siempre, pero siempre

Va a cantar lo que piensa

Es todo coraje

Franco

Impetuoso

Nada que ver

Con el sobrio

Que se agazapa

Que se calla

Que enrosca en su silla

Mirándolo

Y piensa

Qué tipo, éste, siempre

Tan asustado












miércoles, 18 de noviembre de 2009






Uno te mira en las ventanillas de los trenes

Como en un espejo abajo del agua

Y después solamente piensa

En tus piecitos tibios


Uno hace todo lo que puede para mirarte con soltura

Uno piensa de qué forma te puede pensar

Uno calcula cuánto tiempo nos quedará de euforia

Antes de que los ojos se mezclen

Antes de que las bocas se nos llenen de agua



Uno es como es

Pero se esfuerza por quererte de lleno

Sin parámetros

Al punto de hacer de vos

Un mundo invisible

Una tierra de puro vapor











***











Futuro

No sé nada

Dame una pista

Por acá

Por allá

Decime cuál

Sos tan próximo

A veces me gustaría tenerte lejos

Y lo sabés

Lo sabés futuro

Pero acá estás

Después de estas letras

Llegaste

Y te fuiste

Y volvés

Y acá estás

Acá estamos

Aire

Movimiento

Casi no me doy cuenta

Casi














***
















Me gustó desde la primera vez que la vi.

Teníamos en común la mirada.

Siempre nos mirábamos.

Un día le dije: Soy tímido.

Qué buscás para cambiar.

Un punto de inflexión.

Siempre fui así, muchachita.

Esperando que el viento cambie de rumbo porque sí.














desvarios 2006 (revisando)













Yo no le tengo miedo a la muerte.

Me asusta más, por ejemplo,

que la mujer que yo quiero

un día no me quiera.


Me asusta mi ventana

que haya gente

mirándome en la sombra

y que no les guste

mi cara de los lunes a las seis.


Igual yo prefiero tirar una moneda al aire

para averiguar a quién busco.


Me asustan las bromas quizás.

Pero no la muerte.
















***












Ayer a las seis de la tarde

me gustó sentarme en un banco.

Plaza sola y un alma.

Miré un árbol.

Unos nubarrones de melón

se acostaban arriba.

Yo no sabía la hora.

No me gusta usar reloj.


Cuándo.

A las seis de la tarde

me gustó pensar en vos.

Me acordé que estaba solo,

triste, burdo, inverosímil,

no tenía nombre

mientras en aquella plaza

nadie me llamaba del hombro.


Mi casa queda muy lejos.

Queda muy lejos todo de acá.

Vos, seguro, me hubieras preguntado en qué pensaba.

No sé, te habría dicho.

Andando en bicicleta.











***




















PENSAR EN EL BESO


Miraste alguna vez la pared

Viste todas las cosas que te dice

Te habla en voz alta

Te cuenta por acá

Mejor por allá

Elección que es fácil que dude

Y duda


O los ojos de tu perro

Alguna vez te quedaste mirándolos

Son inteligentes

Te entienden más

De lo que vos

Los entendés a ellos

Así las cosas

Así

Cada segundo

Lleno

Y si mirás la hora

Qué tiene para decirte

Numeritos

Uia

Los años

La vida

Numeritos

Signos

Ecos

Nada en su lugar

En cambio la pared

En cambio el movimiento ése

De esos dedos ojos pies

Que te quieren

Te buscan

Están ahí

Cuando se te caen los ojos como piedras

Y todo es un mirar para adentro

Flotante y azul de luz tierna y de ruidos

Entendés a lo que voy

Ese segundo que es cada segundo

Es la vida

Yéndose

Imperdonable

Mente

Yéndose

Cada segundo

Vos te das cuenta

Contame

Tenés los ojos para decirme

Qué ves afuera

Decime

Linternitas velan tus párpados

Y sombra y sombra y sombra y vos

Y vos paradito en la sombra mirando

Linternitas disimuladas

Qué ves

Cuando mirás para adelante

Al costado de perfil de reojo

Una mirada de trescientos sesenta grados

Ver todo

Los ojos de tu perro

Y estar seguro

De lo que amás

Amás

Estás seguro

Cuando mirás la pared y te preguntás todas estas cosas

Por ejemplo a quién

Porque después viene

Y lo tenés que saber

Después viene la lluvia

La ventana en la gota

Mi pestaña en tu lágrima

Y si no lo sabés

Y si no lo miraste

No tenés en claro las chances

Y es importante descubrir los colores

El ruido que hay en tus huesos

Cuando movés el dedo de la mano izquierda

O el de la derecha

Estás vivo

Impresionante e inverosímil

Mente

Podés leer que ahora

A

Hora

Es

Todo

Y estodo

Y es

Todo

Este segundo de todo

Es todo

Y después

Pueden venir otros todos

Pero todo sigue siendo

Todo

Alguna vez pensaste

En la nada

Que hay en el todo

Segundo que va

Numerito que viene

Aire en la hora

Lo tragás

Es mío

Es tuyo

Alguna vez miraste la noche sin

Mirar la palabra noche

Atento solamente a la

A la

Esa cosa nada oscura

Ese hondo cargado en sombra

Por qué el mundo no vive de noche

Por qué no nos levantamos de noche

Qué tiene de malo la no

Che

Y si durmiéramos la siesta de noche

Y si la mañana fuera una noche

Alguna vez te sentiste solo en la

Che

Mirando la pared y el perro el árbol

Tenés que prestar más atención

Enfocarte

Río ojos

Los ojos tienen eso que te gusta

Eso que amás

Amar ojos

Cuando la música llena los vientos

Y vuelan

Vuelan

Y tu alma vuela

Qué tiene tu alma que puede volar

Y las luces vuelan

Y los colores

Y vos sabés que amás eso

Tan indefinible

Como un beso que se abre

Volador

Concreto

Y tuyo

Sobre todo

Amor

Tuyo





















lunes, 9 de noviembre de 2009

De la cumbia villera

Esta es la letra del hit Su florcita, de Agrupación Marilyn, grupo de cumbia que alcanzó la fama en 2007. Fue su tema más reconocido y se bailaba en todos los boliches y bares del GBA.

Ahora, ¿se puede seguir un tema sin prestarle atención a lo que dice la letra?

Y sí. De hecho, Su florcita se cantaba y bailaba con euforia. O, más bien, la canción permitía bailar con euforia y alegría el lamento de Santiago, el cantante, que narra el drama con una voz visceral, salida del fondo del estómago.

Si la cumbia villera canta, grita y denuncia circunstancias límites de vida, lo hace así, permitiendo la alegría del baile, o el desahogo del movimiento.

La depresión y la solemnidad son vicios de otras clases sociales.


*****




Tan bonita, tan chiquita,
tan llena de sonrisa,
perfumada flor que crecía.

Doce años cumplíria,
de la escuela
no volvía.

Preocupada
se la ve a mamá.

Cuatro horas
se demora.

¿Qué pasó?
¿Por qué lloras?,
dijo una mujer,
y luego la abrazaba.

De repente
suena fuerte
el teléfono,
¿y quién atiende?,
la mamá
secándose las lagrimas.

Tu florcita,
la encontraron,
en un gran descampado.

Su madre grita
sin compasión.

Sin vida estaba,
tirada, golpeada,
¿Por qué?
¿Quién fue?

Cómo es que matan
a una niña tan pequeña.
Sólo tenía doce años.
Toda una vida por vivir.

Cómo es que matan
a una niña tan pequeña.
Sólo tenía doce años.
Toda una vida por vivir.

Por vivir...









lunes, 2 de noviembre de 2009

alternativa




Gritos. Corridas. Golpes. Algo se cae. Algo, creo, se parte. El ventilador, mientras, está encendido. La puerta, a su vez, cerrada. El viento sacude las cortinas, las mueve para un lado, para el otro. El ventilador las hace bailar, parecen las alas de una paloma, a la luz del velador, las cortinas. Aunque pueden parecer, en realidad, cualquier cosa que se mueva. Debo estar desconcentrado.

Los gritos siguen. Yo fumo. Me acuesto. Fumo hasta sentirme asqueado. Enciendo uno atrás del otro. La gracia es que todo me duela al punto de ya no sentir nada; ojalá el humo se pudiera vomitar. Pero no. Se me queda en los pulmones, flotando, es una intrusión, un abuso; como otra alma, digamos, que se me mete por la boca, y pesa, y molesta.

Pero calavera no chilla. Todavía no terminás éste, viejo, que ya estás encendiendo otro.

Sería un espectáculo, algo digno de verse, si se lo pudiera ver en una película. De vez en cuando, la gente que uno conoce se deforma, o transforma; se vuelve grotesca. Como en las películas; los buenos actores se saben deformar. Digamos, hay un momento para ser normales, tranquilos, mirar la hora, bostezar; pero hay otros en los que nace el choque de uno con el mundo, con el resto, con todo. Estos dos boludos, mientras, siguen gritando. No me dejan pensar en paz.

Apago la tele. Me siento en la cama. Ya está. Puedo soportar lo que sea. Fumo. Daría un dedo por un vaso de algo. Vino. Agua. Tengo que hacer la tarea. La vieja de matemática mañana va a calentarse conmigo. ¿Y las ecuaciones, Peralta? No las hice, profesora. ¿Por qué? No las entiendo. Es solamente un asunto de práctica, Peralta. Lo que pasa es que tampoco me interesa entenderlas. ¿Ah no? No, creo que son inútiles. Lo noto inconforme con el plan de estudio, ¿tiene algún problema en ir a planteárselo al director? Ninguno. Entonces vaya derechito a la dirección. Y usted váyase derechito a cagar. ¿Cómo dijo?

Pero no. No. Eso significaría más problemas; probablemente, la expulsión. Si serás cobarde. Todavía acá, especulando, no salís de ser un mocito más en un colegio de curas.

¿Qué es lo que tengo que hacer, Dios? ¿Levantarme? ¿Meterme? Decime. No creo en vos, está bien; pero qué desahogo hablarte. Envidio a los que creen; tienen una base espiritual, ahí afuera, que los sostiene. Yo solamente me tengo a mí mismo. Mamá me decía: Tenés que creer en algo. Yo le decía: Creo en mí. Y te hablo, Dios, y como no hay nadie en esta pieza, sé que me estoy hablando a mí. Como si fueras un segundo Javier. O mi subconsciente. Pero ayuda, hablarte; ahora que te hablo, tengo que decir que sí. Se puede ordenar lo que se piensa. En el pensamiento, en cambio, todo se bifurca, se parte; son olas, yendo de acá para allá; empujan las paredes del cráneo. Pienso: en la Biblia, a Dios los personajes le dicen Padre. Pienso: extraño el minuto en que pueda estar en paz. La paz de una mente en blanco, limpia, sin gritos, corridas, ni histeria.

Pero reculemos. ¿Y si estos gritos solamente existen en mí? Digamos, ¿si son solamente voces en mi mente? Algún grado de esquizofrenia, tendré. Pero todos, hoy por hoy, tenemos algún grado de esquizofrenia. Lo bueno de generalizar es que dejo de sentirme solo. Y no estoy solo, si lo pensamos: hay ideas, imágenes y ruidos por todas partes. Es una saturación, lo de hoy. Los antiguos, en cambio, escuchaban el ruido del viento, del agua; algún rumor de montaña. Los antiguos no tenían locutores; miraban la luna o el sol o la lluvia, y ahí estaba la divinidad. Yo apago la tele para escuchar silencio, y lo que me queda son gritos. Quiero paz. Insisto, ¿a quién le estás hablando? No sé. El ateísmo duele. Los creyentes, por su parte, noche a noche le hablan a su Dios. Rezan; tienen una estrella que los desborda. Si los locos hablan solos, su locura es poética. Le cantan a lo que no está.

Mamá siempre creyó en Dios y también tenía la costumbre de creer en mí. A veces me decía: No seas como yo. Pero ésa era una empresa imposible; yo no sabía cómo era ella. Nunca lo supe. La gente que uno más quiere se deforma; se vuelve grotesca. Mamá gritaba. Yo no sabía qué decía. La escuchaba. Pero gritaba. Sos muy chico para no creer en nada. ¿Nunca tuvo quince años, mamá? Cómo habrá sido ella, me pregunto, a los quince. Cómo habrá pensado, cómo se habrá soñado a sí misma, a esa edad. Lo imposible. No conocer el pasado de los que conocen todo de mí. Estoy en una posición de desventaja. Para siempre. Me juré, mirándola: No voy a ser como vos. Como si de hecho se pudiera no ser eso, lo que se desconoce.

Es una lástima que exista la posibilidad, la alternativa, en el sentido de que uno sabe que se pudo hacer algo, pero en vez de hacerlo, se quedó donde estaba, fumando, mirando el techo. Es una cagada; pero una cagada, bien mirado, placentera. Tocar fondo es tan dulce, intenso, como tocar el cielo. Lo irrespirable, a mi ver, es el punto medio. Satura, sofoca, quedarse en el punto medio. Es indispensable circular. Cambiar. Transformarse.

Yo, esta noche, toco fondo vomitando. Me tiro a un costado del tacho. Siento las contracciones en mi estómago; doy a luz un líquido que no vale la pena describir; prefiero decir, por el momento: vomito palabras. Es la primera vez que fumo un paquete, y en una sola noche. Casi sin respirar. Me lloran los ojos. Me los refriego. ¿Qué es lo que tengo que hacer? Una voz, pido, algo que me responda, me ordene. No soporto esta libertad inmensa; el abanico infinito de posibilidades que me ofrece todo esto. Necesito un índice apuntando en alguna dirección. Soy un perro con las orejas gachas. Los gritos no paran. Me gustaría cerrar los ojos, dormir; hacer el amor en el sueño.

Pero no puedo. Doy vueltas en la cama; tengo las orejas calientes; arde mi almohada; queman los gritos. Hay ruido de pasos, afuera. Corridas. Sillas que se caen. Jarrones que se parten. Gritos hondos, deformados. Abro los ojos para entender bien lo que dicen; lo que es una estupidez; no puedo verlos; la sordera no está en los ojos. Puedo ver, sí, la noche, la ventana en la noche, las cortinas que van y vienen, como alas, a la luz del velador. El televisor apagado. Un portarretratos, en la mesita de luz. El cenicero, colmado de puchos. Un libro leído a la mitad, tirado en el piso.

Los gritos, de golpe, paran. Son las doce. A los pocos minutos golpean la puerta. Abro. Es papá. En la pieza flota una humareda intensa. Él tiene que entrar empujándola. ¿Estás fumando? Sí. ¿Por qué? Porque tengo ganas. Se queda callado, mirándome. Mi viejo, ahí, en la puerta. ¿Te sentís bien? Sí, le digo. Sigue mirándome. Después mira la ventana. Dice: Hasta mañana. Hasta mañana. Te quiero. Yo también.

El Padre. Estoy hecho a su imagen y semejanza. A veces me pregunto: ¿No será él el que se fue haciendo a semejanza mía? Mi viejo abre la puerta; trastabilla; el vino le hace bien a la circulación. Se pierde en el pasillo.

Vuelvo a estar solo. Escucho el ruido de otras puertas que se cierran, algunos pasos que caminan; el silencio vuelve a la casa, a esta casa, por naturaleza, ruidosa. Yo me sé sus espasmos de memoria. Los picaportes que bailan, las ventanas que crujen, las puertas que chillan, abriéndose solas. Escucho el idioma de la casa, el rumor de las respiraciones; de a poco, el barrio entero entra en la rosa del sueño; ya no hay ruido de autos ni colectivos; un silencio marítimo, ventoso, oscila en las veredas.

Todo duerme; pero no es mi caso; no va a ser mi caso esta noche. Hay algo que no me deja estar en paz. Me siento muy cansado, pero no puedo cerrar los ojos. Es un murmullo, al principio; lo siento de lejos, como el de un tren, escupiendo chispas, asomándose a lo lejos. Después el murmullo se hace más claro, próximo, nítido; no tardo en descubrir de qué se trata; son gritos. Molestos, intensos; puedo escucharlos de cerca. Los oídos me arden; están en mí, los gritos, por mí, para mí. Me recriminan que pude hacer algo, y no lo hice. Las cosas, éstas, pudieron ser de otra forma, pero no lo fueron. No puedo soportar la idea de esa alternativa; me asfixia.

Así que me levanto. Saco la carpeta del colegio. Paso de largo por las hojas de matemática. Me quedo en la hoja final. Y, con una birome, así, apurado, como vengan, copio lo que me dicen los gritos. Los amanso. Ahí, afuera, son solamente palabras; dejan de gritar. Algo se cae. Algo, creo, se parte. El ventilador, mientras, está encendido. La puerta, a su vez, cerrada.

























Entre hombres


Así que, francamente, Laércio Redondo,

no entiendo por qué no podés jugar fútbol.

El fútbol es un deporte de hombres dulces.

El fútbol es un deporte de hombres que se

quieren con locura.

El habilidoso es maltratado por el recio.

Y el recio se muere por maltratarlo con amor…

La vida es linda, Laércio.

En el campo se impone el recio

Y el enamorado corre detrás de él.

“Ven y voltéame, recio zaguero”.

Muchas veces escuche decirse esto entre hombres…

Vi hombres arrojarse al pasto para que otros

se arrojen detrás, es tan bonito el amor

corrompido, prohibido, escapado de las pacaterías

del mundo.

Cosas así hace el amor para sobrevivir y eso es

tan lindo.

Es así, querido Laercio, el fútbol es un deporte

de hombres que se quieren con locura.

Passolini, lo sabía bien y disfrutaba,

era capitán de un equipo de recios adolescentes…

…entre hombres, en medio de la calle;

el recio y el habilidoso,

el abrazo y el beso del gol, es como un

arrumaco después de un gran polvo.

Laércio, querido amigo, no te prives de lo mejor.

Todo es mejor y mágico entre hombres…





(Una voz única le canta al fútbol. De Washington Cucurto)