lunes, 2 de noviembre de 2009

alternativa




Gritos. Corridas. Golpes. Algo se cae. Algo, creo, se parte. El ventilador, mientras, está encendido. La puerta, a su vez, cerrada. El viento sacude las cortinas, las mueve para un lado, para el otro. El ventilador las hace bailar, parecen las alas de una paloma, a la luz del velador, las cortinas. Aunque pueden parecer, en realidad, cualquier cosa que se mueva. Debo estar desconcentrado.

Los gritos siguen. Yo fumo. Me acuesto. Fumo hasta sentirme asqueado. Enciendo uno atrás del otro. La gracia es que todo me duela al punto de ya no sentir nada; ojalá el humo se pudiera vomitar. Pero no. Se me queda en los pulmones, flotando, es una intrusión, un abuso; como otra alma, digamos, que se me mete por la boca, y pesa, y molesta.

Pero calavera no chilla. Todavía no terminás éste, viejo, que ya estás encendiendo otro.

Sería un espectáculo, algo digno de verse, si se lo pudiera ver en una película. De vez en cuando, la gente que uno conoce se deforma, o transforma; se vuelve grotesca. Como en las películas; los buenos actores se saben deformar. Digamos, hay un momento para ser normales, tranquilos, mirar la hora, bostezar; pero hay otros en los que nace el choque de uno con el mundo, con el resto, con todo. Estos dos boludos, mientras, siguen gritando. No me dejan pensar en paz.

Apago la tele. Me siento en la cama. Ya está. Puedo soportar lo que sea. Fumo. Daría un dedo por un vaso de algo. Vino. Agua. Tengo que hacer la tarea. La vieja de matemática mañana va a calentarse conmigo. ¿Y las ecuaciones, Peralta? No las hice, profesora. ¿Por qué? No las entiendo. Es solamente un asunto de práctica, Peralta. Lo que pasa es que tampoco me interesa entenderlas. ¿Ah no? No, creo que son inútiles. Lo noto inconforme con el plan de estudio, ¿tiene algún problema en ir a planteárselo al director? Ninguno. Entonces vaya derechito a la dirección. Y usted váyase derechito a cagar. ¿Cómo dijo?

Pero no. No. Eso significaría más problemas; probablemente, la expulsión. Si serás cobarde. Todavía acá, especulando, no salís de ser un mocito más en un colegio de curas.

¿Qué es lo que tengo que hacer, Dios? ¿Levantarme? ¿Meterme? Decime. No creo en vos, está bien; pero qué desahogo hablarte. Envidio a los que creen; tienen una base espiritual, ahí afuera, que los sostiene. Yo solamente me tengo a mí mismo. Mamá me decía: Tenés que creer en algo. Yo le decía: Creo en mí. Y te hablo, Dios, y como no hay nadie en esta pieza, sé que me estoy hablando a mí. Como si fueras un segundo Javier. O mi subconsciente. Pero ayuda, hablarte; ahora que te hablo, tengo que decir que sí. Se puede ordenar lo que se piensa. En el pensamiento, en cambio, todo se bifurca, se parte; son olas, yendo de acá para allá; empujan las paredes del cráneo. Pienso: en la Biblia, a Dios los personajes le dicen Padre. Pienso: extraño el minuto en que pueda estar en paz. La paz de una mente en blanco, limpia, sin gritos, corridas, ni histeria.

Pero reculemos. ¿Y si estos gritos solamente existen en mí? Digamos, ¿si son solamente voces en mi mente? Algún grado de esquizofrenia, tendré. Pero todos, hoy por hoy, tenemos algún grado de esquizofrenia. Lo bueno de generalizar es que dejo de sentirme solo. Y no estoy solo, si lo pensamos: hay ideas, imágenes y ruidos por todas partes. Es una saturación, lo de hoy. Los antiguos, en cambio, escuchaban el ruido del viento, del agua; algún rumor de montaña. Los antiguos no tenían locutores; miraban la luna o el sol o la lluvia, y ahí estaba la divinidad. Yo apago la tele para escuchar silencio, y lo que me queda son gritos. Quiero paz. Insisto, ¿a quién le estás hablando? No sé. El ateísmo duele. Los creyentes, por su parte, noche a noche le hablan a su Dios. Rezan; tienen una estrella que los desborda. Si los locos hablan solos, su locura es poética. Le cantan a lo que no está.

Mamá siempre creyó en Dios y también tenía la costumbre de creer en mí. A veces me decía: No seas como yo. Pero ésa era una empresa imposible; yo no sabía cómo era ella. Nunca lo supe. La gente que uno más quiere se deforma; se vuelve grotesca. Mamá gritaba. Yo no sabía qué decía. La escuchaba. Pero gritaba. Sos muy chico para no creer en nada. ¿Nunca tuvo quince años, mamá? Cómo habrá sido ella, me pregunto, a los quince. Cómo habrá pensado, cómo se habrá soñado a sí misma, a esa edad. Lo imposible. No conocer el pasado de los que conocen todo de mí. Estoy en una posición de desventaja. Para siempre. Me juré, mirándola: No voy a ser como vos. Como si de hecho se pudiera no ser eso, lo que se desconoce.

Es una lástima que exista la posibilidad, la alternativa, en el sentido de que uno sabe que se pudo hacer algo, pero en vez de hacerlo, se quedó donde estaba, fumando, mirando el techo. Es una cagada; pero una cagada, bien mirado, placentera. Tocar fondo es tan dulce, intenso, como tocar el cielo. Lo irrespirable, a mi ver, es el punto medio. Satura, sofoca, quedarse en el punto medio. Es indispensable circular. Cambiar. Transformarse.

Yo, esta noche, toco fondo vomitando. Me tiro a un costado del tacho. Siento las contracciones en mi estómago; doy a luz un líquido que no vale la pena describir; prefiero decir, por el momento: vomito palabras. Es la primera vez que fumo un paquete, y en una sola noche. Casi sin respirar. Me lloran los ojos. Me los refriego. ¿Qué es lo que tengo que hacer? Una voz, pido, algo que me responda, me ordene. No soporto esta libertad inmensa; el abanico infinito de posibilidades que me ofrece todo esto. Necesito un índice apuntando en alguna dirección. Soy un perro con las orejas gachas. Los gritos no paran. Me gustaría cerrar los ojos, dormir; hacer el amor en el sueño.

Pero no puedo. Doy vueltas en la cama; tengo las orejas calientes; arde mi almohada; queman los gritos. Hay ruido de pasos, afuera. Corridas. Sillas que se caen. Jarrones que se parten. Gritos hondos, deformados. Abro los ojos para entender bien lo que dicen; lo que es una estupidez; no puedo verlos; la sordera no está en los ojos. Puedo ver, sí, la noche, la ventana en la noche, las cortinas que van y vienen, como alas, a la luz del velador. El televisor apagado. Un portarretratos, en la mesita de luz. El cenicero, colmado de puchos. Un libro leído a la mitad, tirado en el piso.

Los gritos, de golpe, paran. Son las doce. A los pocos minutos golpean la puerta. Abro. Es papá. En la pieza flota una humareda intensa. Él tiene que entrar empujándola. ¿Estás fumando? Sí. ¿Por qué? Porque tengo ganas. Se queda callado, mirándome. Mi viejo, ahí, en la puerta. ¿Te sentís bien? Sí, le digo. Sigue mirándome. Después mira la ventana. Dice: Hasta mañana. Hasta mañana. Te quiero. Yo también.

El Padre. Estoy hecho a su imagen y semejanza. A veces me pregunto: ¿No será él el que se fue haciendo a semejanza mía? Mi viejo abre la puerta; trastabilla; el vino le hace bien a la circulación. Se pierde en el pasillo.

Vuelvo a estar solo. Escucho el ruido de otras puertas que se cierran, algunos pasos que caminan; el silencio vuelve a la casa, a esta casa, por naturaleza, ruidosa. Yo me sé sus espasmos de memoria. Los picaportes que bailan, las ventanas que crujen, las puertas que chillan, abriéndose solas. Escucho el idioma de la casa, el rumor de las respiraciones; de a poco, el barrio entero entra en la rosa del sueño; ya no hay ruido de autos ni colectivos; un silencio marítimo, ventoso, oscila en las veredas.

Todo duerme; pero no es mi caso; no va a ser mi caso esta noche. Hay algo que no me deja estar en paz. Me siento muy cansado, pero no puedo cerrar los ojos. Es un murmullo, al principio; lo siento de lejos, como el de un tren, escupiendo chispas, asomándose a lo lejos. Después el murmullo se hace más claro, próximo, nítido; no tardo en descubrir de qué se trata; son gritos. Molestos, intensos; puedo escucharlos de cerca. Los oídos me arden; están en mí, los gritos, por mí, para mí. Me recriminan que pude hacer algo, y no lo hice. Las cosas, éstas, pudieron ser de otra forma, pero no lo fueron. No puedo soportar la idea de esa alternativa; me asfixia.

Así que me levanto. Saco la carpeta del colegio. Paso de largo por las hojas de matemática. Me quedo en la hoja final. Y, con una birome, así, apurado, como vengan, copio lo que me dicen los gritos. Los amanso. Ahí, afuera, son solamente palabras; dejan de gritar. Algo se cae. Algo, creo, se parte. El ventilador, mientras, está encendido. La puerta, a su vez, cerrada.























2 comentarios:

Paula Sol dijo...

a mi siempre me preguntan "¿Para que sirve el análisis sintáctico?"
"a vos seguro que para nada, si vas a ser un infeliz toda tu vida!!!" debería contestarles jajaj
se creen transgresores , esa pregunta ya es cliché..
me gustó el poema del futbol che y el texto también, como siempre, me lo devoré,

algún día espero poder aprender a escribir en prosa..

Un desvarío por jueves dijo...

Pobre el gremio, cuando los pibes andan en la edad del pavo (igual me callo que gramatica siempre fue mi cuco)

Y prosa, ¿aprender?, ud escribala, que la estaré leyendo, por supuesto, la de matemática te diría: practique, srita, practique, (y acá estamos, practicando).

Gracias por comentar, te leo genia