jueves, 26 de noviembre de 2009



“EL FÚTBOL FRANCÉS Y LA INMIGRACIÓN AFRICANA”



El exitismo: un vicio universal


Gracias a una generación dorada de jugadores, la selección francesa de fútbol ganó su primer mundial en 1998, venciendo en la final nada más y nada menos que a Brasil. El líder del equipo era Zinedine Zidane, el último mito vivo del fútbol. De su mano Francia también alcanzó a conquistar, dos años después, la prestigiosa Eurocopa, el torneo que reúne a las selecciones más importantes del continente europeo. De esta manera, en menos de dos años, el país galo consiguió ingresar al selecto grupo de las potencias futbolísticas, en una racha de triunfos sin precedentes en la historia de su fútbol.

Sin embargo, la lógica del exitismo deportivo exige que un equipo se mantenga en la cima más allá de los laureles ya cosechados. Cuando Francia, con la ausencia por lesión de su máxima estrella, Zidane, fracasó de manera rotunda en el mundial de Corea-Japón, la sociedad francesa destronó de su pedestal a los mismos ídolos que había sabido encumbrar apenas un par de años atrás. Una encuesta dejó entrever que la mayoría de los parisienses no se sentían representados por su seleccionado nacional. El motivo: diez de los once jugadores titulares eran descendientes de africanos. Nueve de ellos, negros. La imagen no se corresponde con la que el francés de cuna tiene de sí mismo. No es, por supuesto, la que pretende devolver al mundo.

Paradójicamente, cuando en el mundial del 2006 el seleccionado francés vuelve a subir al podio, esta vez con Zidane a la cabeza, la opinión pública cambia de parecer. Obnubilados por el triunfo, los franceses aclaman a este equipo virtuoso, valiente, hambriento de gloria, tal como lo supieron hacer con el anterior. El detalle de que sea un equipo de sangre africana queda definitivamente relegado a un segundo plano ahora que el mundo se rinde ante la magia del seleccionado tricolor.



El fútbol como espejo de una sociedad


El fútbol es el deporte más practicado en el mundo. Moviliza culturas enteras, es parte del folclore cotidiano de infinidad de países, y, por lo tanto, proyecta muchos de los conflictos latentes en el imaginario de una sociedad.

Francia es un ejemplo muy singular. En 1958, cuando estaban en plena guerra con Argelia, los franceses toman conciencia de la lucha independentista de ese país africano, hasta el momento una colonia, a través del fútbol. ¿Cómo es que pasó esto? Gracias a la valentía de Mekhloufi, Zitouni y Rouaï, jugadores argelinos de renombre internacional que jugaban en el torneo francés. De un momento al otro, abandonan el país junto a otro contingente de jugadores ilustres para conformar en el exilio el equipo de Frente de Liberación Nacional. La noticia, claro está, causa conmoción: a sólo dos meses del mundial de 1958, los franceses se quedan sin sus principales elementos. Es un movimiento arriesgado, pero los jugadores argelinos consiguen su objetivo: poner en un primer plano el movimiento independentista. A través del fútbol, apoyan la causa de su nación y promueven la toma de conciencia en Francia sobre la lucha por su independencia.



Argelia y un fútbol inestable pero solidario


Unas décadas luego de la independencia, la selección argelina ya es dueña de un estilo propio de juego, lujoso, eficaz, de gran virtuosismo técnico, que despierta admiración a nivel mundial. Un triunfo histórico sobre Alemania, en el mundial de 1982, más la consecución de la Copa Africana de Naciones, en 1990, convierten al equipo argelino en un motivo de orgullo nacional.

Sin embargo, el conflicto con Francia persiste. Muchos de los jugadores del seleccionado argelino siguen desempeñándose en el torneo francés. Encuentran en el país europeo una estructura económica y social de la que su propio país carece. Las autoridades argelinas, en un arranque nacionalista, instan a Mekhloufi, por entonces director técnico del equipo, a citar sólo a los jugadores que participen en el torneo local. Éste, sin embargo, decide privilegiar la calidad de los futbolistas que juegan en la otra costa del mediterráneo. En Francia, explica, hay una rutina de entrenamiento que favorece la explosión de todo el potencial de un jugador. En Argelia, en cambio, las condiciones de trabajo son otras. La falta de estabilidad en su fútbol pone en foco las carencias de una sociedad estragada por la violencia política y social. El desempleo, el hambre, la pobreza, son obstáculos cotidianos que los argelinos, tal como pasa en el campo de juego, sólo pueden combatir siendo solidarios entre sí. El fútbol aparece como una de las escasas posibilidades con las que cuentan para evadir la pobreza.



La ilusión que subyace al fútbol


Muchos de los chicos de las clases populares crecen con la esperanza de un día ser grandes futbolistas. Además de gloria, se les promete ganar mucho dinero, lo que les permitiría sacar a sus familias de la pobreza. En este sentido, el fútbol promueve una ilusión de movilidad social que pocas veces alcanza a volverse efectiva. Como observa Dahleb, otro ilustre jugador argelino que supo militar en el equipo de Frente de Liberación Nacional, de los miles de jóvenes argelinos que año a año migran a Francia en busca de mejores horizontes de vida, sólo unos pocos alcanzan a ser futbolistas profesionales. El resto es condenado a vivir en guetos, sin una vivienda propia ni un trabajo digno, víctimas de la discriminación y la marginación social. Esta discriminación puede advertirse hasta en los mismos estadios. Es recurrente, admite Dahleb, que grupos de extrema derecha se infiltren en las tribunas para insultar de manera impune a los jugadores negros. Gran parte de los franceses, como el escenario del fútbol parece indicar, tiene dificultades para asumir los rasgos de la nueva fisonomía de su nación. Fisonomía que fue evidente para el mundo entero tras el mundial que la selección francesa ganó en 1998: el equipo titular estaba compuesto en su gran mayoría por descendientes de africanos.



Conjetura sobre el futuro


La supremacía física de la raza negra es un prejuicio generalizado que, sin embargo, día a día encuentra argumentos para sostenerse. Fuera en atletismo, en básquet o en fútbol, la excelencia deportiva es alcanzada en general más por negros que por blancos. Los ejemplos son innumerables; la NBA, la mejor liga de básquet del mundo; Brasil, pentacampeón mundial de fútbol; los Juegos Olímpicos, donde se desempeñan los corredores más veloces del planeta; en todos los ámbitos deportivos acostumbra a imponerse la raza negra. No puede afirmarse que haya un vínculo entre esta supremacía física y la explosión demográfica; pero es un hecho que en países como los Estados Unidos la población negra aumenta al tiempo que la población blanca disminuye. En este sentido, no es de extrañar que, a corto o largo plazo, los negros en Norteamérica terminen por constituir la raza predominante. La elección de Obama es el signo visible de una paradoja histórica: los mismos que fueron oprimidos, segregados, explotados, son los que hoy por hoy tienen en sus manos el mango de la conducción política. Francia, país del arte y la cultura, choca con esta realidad cada día más evidente.



Zidane, un caballero


Zinedine Zidane, hijo de padres argelinos, así como también el mejor futbolista de los últimos veinte años, no reniega de sus orígenes. En 2001, los seleccionados de Francia y Argelia van a enfrentarse por primera vez luego de la guerra. Es un partido histórico para la integración de ambos países. El encuentro será en París y los medios de la ciudad están convulsionados; apenas tres meses después del atentado a las torres gemelas, la psicosis general instaura la sospecha de posibles atentados de grupos radicales argelinos. Zidane, sin embargo, ajeno a la neurosis colectiva, se desenvuelve como un caballero. En la previa del partido, da muestras de carácter y de fidelidad para con sus raíces enfrentándose a los medios franceses. Ante la inquietud de un periodista sobre lo que espera para el partido, responde: “Espero que sea un buen espectáculo para nosotros, los franceses, y para nosotros, los argelinos”. La sencillez de su juego se trasluce en la sencillez del concepto. Para él, no hay diferencia que justifique el rencor y la ruptura entre un país y otro. Todos, dice Gizu, somos nosotros.

















(pa francés, la prof una genia)





2 comentarios:

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