viernes, 18 de diciembre de 2009

prefiero que me haga compañía




Todas las tardes Jorge sacaba su silla de mimbre a la vereda y se sentaba a mirar los autos que pasaban. Usaba siempre una musculosa blanca, llena de manchas fluorescentes (a veces Marta escuchaba los gritos de su mujer, del otro lado de las paredes: ¡Otra vez te volcaste, animal! ¡El tinto no sale, bestia!); una musculosa blanca que quizás en otros tiempos podía quedarle bien, pero que ahora le dejaba descubiertos los dos o tres mechones de pelo blanco y grasoso que tenía en el pecho, y se arremangaba el pantalón hasta las rodillas; se le veían las piernas huesudas, a Jorge, dos palitos con medias grises y sandalias.

Marta lo descubría cada día más flaco. Comentaba su parecer con las vecinas, ¿lo vieron a don Jorge? Sí. Está muy delgado. Una lástima. Me da lástima ver a don Jorge así. Pero se lo merece. Pero no, es un hombre grande ya. Pobre hombre, la verdad. Pobre don Jorge.

El viejo las veía pasar y las saludaba con una sonrisa, o más bien con lo que quedaba de esa sonrisa, dos dientes endebles, un par de frontales sueltos, un misterio cómo el solo roce de la lengua no se los arrancaba de las encías; aunque todavía sobrevivía la mirada punzante de viejo galán, qué tal Marta, cómo va Rosa, qué cuenta Julia, la mirada de mujeriego invencible; las señoras le sonreían y se iban murmurando entre ellas; pobre hombre, éste. Pobre don Jorge.

Después, cuando se hacía de noche, entraba a la casa arrastrando muy despacio por el pasillo su silla de mimbre, y la ponía a un lado de la radio, y se quedaba escuchando tango o folclore, según cómo estuviera de humor; se quedaba escuchando música y tomando tinto del pico, mirando la pared, hasta que los ojos se le cerraban y el sueño lo sorprendía en su silla, con la cabeza apoyada entre los brazos; a un costado, el vaso con medio trago de alcohol, y del otro, un pucho todavía encendido.


**


Un miércoles de ese verano se despertó ahí, en la cocina, con dolor de huesos. También una picazón, un zumbido, le ardía a la altura de los intestinos. Sintió el peso viscoso de sus órganos, abajo de la piel, la articulación medio oxidada de los huesos, como caños que se raspan, un raspón duro, escalofriante; la punta de una pala arañando el concreto.

Entonces no pensó, sino que su organismo luchó sin él para incorporar el cuerpo y hacerlo caminar hasta la heladera. Algo ya, lo que fuera, revisó los estantes, un tinto, un blanco, algún licor; pero no había nada, nada, esa mañana. El dolor le tiembla en el cuerpo entero.

Así que sale de la casa y cruza la calle hasta el almacén. A Lucho lo cargó entre los brazos, pensar que te tuve acá, Luchito, entre los brazos, y Lucho le fía el vino, es lo que se debe, le fía también los fideos, está bien, y Jorge vuelve a su casa muy despacio, con la bolsa en una mano, encorvado abajo del sol.

–¿Cómo está, Marta?

Su vecina barre la vereda.

–Con calor, don Jorge –contesta–, con calor. ¿Usted?

–Como los dioses.

Y se va. Marta mira cómo el viejo lucha para poner un pie adelante del otro, cada paso duele, cuesta, encorvado, con la misma ropa que el día anterior, y la misma que el anterior a ése; Marta sospecha que quizás hace semanas, o meses, quién sabe, que no se baña.

–Don Jorge –lo llama–, hice guiso de arroz. Hice de más. Puedo alcanzarle un plato, si quiere.

Jorge no contesta, no escucha. Marta se acerca, se lo repite; pobre viejo, de verdad hace meses que no se baña.

–¿Seguro, linda? Termino de comprar fideos.

–Para mí no es problema.

Así que Marta ahora se apura en preparar un guiso de arroz, pedacitos de tomate, tajitos de morrón, su marido y su hijo no almuerzan en la casa, trabajan, los dos, comen en sus trabajos.

También le lleva una bolsa con pan. Tiene que hacer un esfuerzo para respirar por la boca, en la casa del viejo, sin que él se dé cuenta, a ver si se ofende; se rasca la nariz, inspira y expira, mientras Jorge se sienta en su silla a escuchar la radio.

–Abra las ventanas, don Jorge, tiene que abrir sus ventanas, deje que corra el aire.

Jorge dice:

–El viento de la noche me hace doler los huesos.

–Ábralas por la mañana. Las casas necesitan luz.

Ella las abre y la luz entra a la casa, son como las personas, las casas, y en la de Jorge la luz empieza a mostrar lo que en la oscuridad había quedado tapado, el polvo en el suelo, las botellas vacías, desparramadas por acá, por allá, papeles también, puchos mordidos, envoltorios de fideos, pobre hombre, se dice Marta, mientras Jorge almuerza despacio, escuchando la radio, en esta casa no parece haber vida.

Sale por la puerta de entrada; vuelve a entrar con un escobillón, un secador, un trapo, un balde.

–No hace falta que hagas nada, querida.

–Pero para mí no es problema, don Jorge.

Así que mientras él almuerza, ella limpia. Junta las botellas, los papeles, barre, lustra, baldea los pisos. Son las dos de la tarde cuando termina de limpiar. Es otra la casa, desde los pisos sube un aroma fresco, aunque las paredes sigan impregnadas de un olor a transpiración antigua.

Jorge, a todo esto, descansa. Se queda dormido, inclinado en su silla de mimbre. Ella no se da cuenta hasta unos minutos después. Cree que está pensando, al principio. Pero no, se acerca, lo mira, y Jorge está durmiendo, con los brazos estirados a lo largo del cuerpo; sueña con el sueño manso de los viejos.

–Don Jorge –susurra.

Insiste, don Jorge. Recuéstese. Limpié su habitación. Tendí las sábanas. Abrí su ventana. Lustré los muebles y barrí el polvo de los rincones. Recuéstese, don Jorge.

Pero Jorge sigue durmiendo en esa posición incómoda, rígido, con la espalda apoyada en el respaldo de la silla. Por la puerta abierta del patio entra el rumor del barrio, ladridos, gritos lejanos de pibes; el murmullo de los colectivos viejos, motores zumbantes en la siesta.

Marta se inclina a un costado de Jorge, dubitativa. Sabe que está siendo indiscreta, pero aproxima su cara a la de él. Mira sus párpados pálidos. No se mueven, no tiemblan, no viven. Tampoco parece que se le estuviera moviendo el pecho. Si no fuera por el soplido de su respiración, dudaría de que, ¿de qué? Jorge está durmiendo en paz.

La incomoda la idea de que el viejo pueda despertarse. En cualquier momento Jorge puede abrir los ojos, para encontrarse a media mano con la cara de ella.

Pero lo sigue mirando igual. Examina el laberinto de sus arrugas, la protuberancia del mentón; los escasos hilos de pelo que le brotan del cráneo. No puede creer que, en otro tiempo, todas sus fantasías hubieran girado alrededor de ese hombre. No puede creer que por ese mismo hombre se haya quedado noches enteras sin dormir. Su vecino, el buen mozo del barrio, el mujeriego invencible; no había nadie en la manzana que no supiera de sus macanas.

Pobre Luisa. Te señalaban con el dedo, en los cumpleaños, sin que te dieras cuenta. Aunque quizás sí; quizás sí lo supieras. Luisa. Pobre mujer.

Ahora haría falta que se bañe él, piensa Marta, mientras se va de la casa.


**


–Esta tarde fui a lo de Jorge.

–¿Y? –le pregunta su marido, sin terminar de tragar.

–Le llevé algo de comer. Le ordené un poco, también. Su casa estaba hecha un desastre. Me da lástima, ese hombre. Se dejó estar.

–Siempre vivió de joda, el tipo. Uno cosecha lo que siembra.

Marta apoya los codos en la mesa.

–Pero es un hombre grande, ya. Me da lástima.

–Vos no tenés nada que ver con eso.

–Sí. Ya sé.

Unos minutos después, mientras Luis termina su vaso de vino, Marta levanta la mesa. Lava los platos, de espaldas a él; la ventana de la mesada está abierta, y por la ventana puede mirar la noche en el patio.

Le agradezco infinitamente lo que hizo en mi casa, le había dicho Jorge esa tarde.

Él, sentado en su silla de mimbre, como todos los días, mirando la calle. Ella había salido a hacer las compras. Carne, fue a comprar. Carne, le había pedido de cenar su marido.

Para mí no fue nada, don Jorge. Para mí fue todo, le sonríe el viejo, con sus dos dientes brillantes. Discúlpeme que me quedé dormido, le dice después. Está bien, no se preocupe. No duermo bien en la noche, por eso me quedo dormido durante el día. No se preocupe, don Jorge, ¿le gustó el guiso? Un manjar, mire lo que le digo, hacía años que no comía nada así. Me alegro, todavía sobró un poco, mañana le alcanzo, si quiere. Aceptaría, pero no la quiero molestar. No es ninguna molestia. Entonces nuevamente tengo que darle las gracias.

Las gracias. A Marta le gusta pensar en esas palabras simples, mientras lava los platos.

Piensa, también, todos los días ella lava esos platos. Piensa, todos los días hace de comer, y limpia y barre y lustra y ordena, y lava y plancha y guarda la ropa. Todos los días hace eso en su casa.

¿Cuándo fue la última vez que Luis o su hijo se lo agradecieron? Ya no se lo acuerda.

¿Cuándo fue la última vez que Luis la miró con una mirada como la de Jorge esa tarde, intensa, brillante, enfocada solamente en ella? Hace un esfuerzo de memoria; pero tampoco hay rastros de una mirada como ésa.


**


Cumple con su palabra, al día siguiente, y le lleva a Jorge el almuerzo. Cambia el menú, esta vez. En lugar de guiso, prepara carne con papas condimentadas con hojas de romero al horno. También le lleva un flan de vainilla.

Él tarda en abrirle la puerta. Cuando lo hace, Marta levanta las cejas, sorprendida. Jorge ya no tiene puesta su musculosa blanca de siempre, sino una camisa amarilla desabrochada a la altura del pecho. También reemplazó el pantalón de joggins agujereado por uno de vestir emparchado. Jorge a su vez se bañó; la piel ya no le brilla como ayer; Marta se da cuenta de que incluso se peinó para un lado los hilitos del pelo.

Las ventanas están abiertas; la luz del mediodía entra a chorros en la casa. Es una casa con vida. Marta sonríe halagada.

–Le traje carne con papas, don Jorge.

El viejo le hace un espacio en la puerta. ¿Puede ser que se haya puesto colonia?, se pregunta mientras pasa a un lado de él.

Entran a la cocina. Marta sabe que quedó pendiente la limpieza del patio. Deja el plato en la mesa, guarda el flan en la heladera, y se dispone a empezar sus tareas. Pero Jorge la retiene.

–No, querida. Hoy no.

Ella se queda quieta, a un lado de la puerta.

–Pero para mí no es molestia, don Jorge.

–No, no se trata de eso.

–¿Y entonces?

–No quiero almorzar solo –la mira el viejo–. Prefiero que me haga compañía en la mesa.

Ella duda un instante, pero el viejo la mira con tanta insistencia que está bien, asiente, está bien. Se sienta. Él pregunta: ¿Usted ya almorzó? Sí, no se preocupe. Coma algo, dele, no me haga sentir incómodo. Jorge insiste, se levanta, busca un plato. Ella lo vuelve a consentir. No había almorzado, en realidad; tiene mucha hambre, se da cuenta, de golpe, mientras Jorge le sirve el plato; pero come con lentitud, masticando a cuentagotas cada bocado, para seguir el ritmo del viejo.

Hay un tango, de fondo. Se escucha en la radio, en la radio que hay en la mesada. Es una canción conocida; Marta pudo escucharla alguna vez. Hace un esfuerzo; quizás cuando era chica, una nena, de once o doce años, y jugaba con sus hermanos mayores en el patio, abajo de la parra, pudo haber escuchado ese tema. Del otro lado de la medianera, Jorge ponía sus tangos a todo volumen. Siempre eran las mismas canciones, el mismo disco, repitiéndose una y otra vez.

Ella los detestaba, al principio; tango, música triste, música de viejos. Pero una tarde salió a barrer el patio, y casi sin darse cuenta estaba sentada en su silla, mirando la parra, sin hacer nada que no fuera escuchar esos tangos. Se preguntaba, entonces, qué estaría haciendo ese hombre alto, buen mozo y misterioso, del que todas las mujeres hablaban, del otro lado de la medianera.

Tiene una imagen, de esa época, que vuelve a su mente más veces de lo que le gustaría admitir. Era una tarde llena de nubarrones, la tormenta amenazaba, y su madre la había mandado a buscar la ropa a la terraza. Ella subió las escaleras saltando los escalones de dos en dos. Entonces los vio. En el patio vecino, Jorge bailando tango con una mujer. Bailaban encima del pasto, desnudos, los dos, Jorge y esa mujer. Jorge la tenía apretada de la cintura con una mano. Con la otra, sostenía en el aire la mano de su compañera. Marta nunca había visto a un hombre desnudo. Se agachó y bajó las escaleras en puntas de pie.

Pero antes de bajar el último escalón, se quedó quieta, mirando para arriba. No puede acordarse qué fue lo que pensó durante esos segundos, pero, para cuando quiso darse cuenta, estaba de nuevo en la terraza, a un costado de la medianera, espiando a los amantes por entre las hojas de la parra. Jorge guiaba a la mujer en silencio. Su cuerpo era oscuro y hermoso. La llovizna lo salpicaba.

Jorge ahora come sin hablar. Ella lo mira de reojo. Después mira el patio. ¿Ése es el mismo lugar en donde vio bailar a los amantes? ¿Este hombre puede ser el mismo que aquél?

–Está muy bueno –dice Jorge, mirando su plato–. Cocina como una santa, usted.

Marta, distraída, tarda en asimilar el significado de las palabras.

–Gracias, don Jorge. Me alegro que le guste.

Jorge la mira. Traga un pedacito mínimo de carne, degustándolo, sin masticar. Después levanta su vaso de vino, toma un sorbo, y se pasa la lengua por los labios.

–Luisa también.

–¿Luisa?

–Luisa también cocinaba como una santa.

–¿Ah sí?

Jorge asiente.

–Me imagino cuánto la debe extrañar.

–Sí. Sobre todo de noche. Se hace grande esta casa, de noche. Puedo estar horas despierto, mirando aquella pared. Nunca sé en qué estoy pensando.

Marta baja su mentón del puño.

–La quería.

–Sí. Sí.

–¿Y ella?

–También. Luisa. Ella pudo haber tenido a cualquiera. Era hermosa. Usted lo sabe. Pero me eligió. Estuvimos juntos durante más de treinta años. Fuimos siempre muy buenos compañeros. Treinta años es mucho tiempo.

Marta acomoda los cubiertos a un costado de su plato.

–Los años, don Jorge. No sé si pasan los años. Fíjese. Acá estamos, usted y yo.

–¿A qué se refiere?

–A que no sé si pasan los años.

Jorge la mira en silencio unos segundos. Ella tiene los ojos clavados en la ventana; no parece prestarle atención. El viejo sigue mirándola. Después se rasca el mentón, toma un sorbo de vino y termina de comer lo que hay en su plato.


**


Después de levantar la mesa, después de lavar los platos, Marta sale a barrer las hojas del patio. Las hojas están adheridas al piso, y ella tiene que hundir la escoba lentamente y sacarla con vigor. No hay árboles en la casa de Jorge; las hojas son las mismas que el viento arranca de su parra.

Escucha los tangos, mientras barre. La música sale por la ventana de la cocina; es una música que no la instiga a barrer. Para peor el sol le da directo en la cara, y puede sentir cómo las gotas de transpiración se le escurren por el pelo y por la nuca, y entran en la intimidad de su espalda.

Hace mucho calor; un calor espeso, sin viento. Marta siente que le falta el aire y apoya las manos un segundo en la escoba para descansar.

En ese momento se da cuenta de que, apoyado en el marco de la ventana, Jorge la mira. Es difícil saber desde hace cuánto tiempo que él está ahí. Cree verlo sonreír, pero no puede asegurarlo. La culpa la tiene esta transpiración que le chorrea por la frente y le empaña los ojos. Se los seca con el dorso de la mano. Entonces ve que no, él no sonríe. Solamente la mira en silencio, con ojos inexpresivos.

Vuelve a barrer, de espaldas a él. A los pocos segundos ve una sombra, alargándose en el pasto. Es el viejo, con un vaso de agua. En el vaso tintinean tres hielos.

–Déjelo, Marta. No me siento cómodo viéndola trabajar así.

Ella se da vuelta. Sostiene el vaso. El sorbo helado de agua entra a su cuerpo como una punzada. Mientras soporta ese dolor refrescante, mira la terraza. No sabe por qué razón su mirada fue a posarse ahí. Podría haber sido en cualquier otro lado. Sus pensamientos, a la vez, también se están posando en lugares en los que no deberían.

¿Qué le está pasando? Le cuesta tragar el agua. Le cuesta pensar. ¿Es el calor? Siente un escalofrío, cruzándola de cuerpo entero. Es un aviso de algo. El paisaje a su alrededor, en efecto, se está volviendo amarillento, pálido. Se apura en refugiarse en la sombra, a un costado de la casa. Trastabilla. Se desploma en un banco.

–Marta –se acerca con preocupación el viejo–, ¿se siente bien?

Marta respira de a intervalos.

–Sí, sí; es el calor.

La mano con la que sostiene el vaso le tiembla. Jorge lo ve.

–Marta, ¿qué le pasa?

El mareo no cede. Escucha sus pensamientos y la voz del viejo como si vinieran de lejos. Como si Jorge y sus pensamientos estuvieran en las profundidades de un mar. A su alrededor, ve todo amarillo.

–Es mi marido.

–¿Su marido?

Marta siente un temblor en el pecho. El temblor sube, por el cuello, y le alcanza la boca.

–Mi marido me engañó.

Jorge se reclina en el banco, con las cejas juntas. Marta solamente ve su contorno. Se siente torpe, absurda, temblando a un lado del viejo. Se siente sucia, con las gotas calientes de transpiración salpicándole la frente.

–¿Luis? ¿Cómo lo sabe?

–Lo vi.

–Marta, ¿está segura?

–Yo lo vi.

Lo dice una vez más: Lo vi. Entonces se larga a llorar. Llora y levanta una mano y se cubre los ojos. Con esa misma mano se seca la transpiración y las lágrimas. La conciencia de lo que está haciendo la abruma. Sólo los locos le abren su corazón a un extraño. Estoy loca. Estoy loca. Pero lo vi. Yo lo vi.

Jorge piensa que consolarla es lo debido, y le apoya una mano en el hombro. Pero hay una tensión, una dureza en ese hombro, que es como si quemara, así que levanta la mano de nuevo.

–Marta, ¿qué puedo hacer?

–No sé. No sé, don Jorge. Luis no sabe que lo vi. Luis no lo sabe.

–¿No se lo dijo?

–No. No. Durante todos estos días me porté como si no lo supiera. No se lo dije –Marta llora con espasmos–. Me porté como si no lo hubiera visto. ¿Eso qué quiere decir?

–¿Qué piensa usted?

–¿Por qué lo hizo? Eso es lo que pienso. Tantos años. Toda una vida. ¿Usted sabe lo que es? ¿A usted, Jorge, alguna vez le mintieron?

–Entiendo cómo se debe sentir –dice el viejo, mirando la pila despareja de hojas acumuladas en un rincón del patio.

–¿Usted sabe lo que se siente, Jorge? ¿Usted lo entiende?

Jorge no contesta.

–No se puede vivir mintiéndoles a los que uno quiere. Eso no es vida. No se puede vivir así.

–Marta, uno cuando es joven. Uno puede equivocarse hasta cuando es viejo.

–Usted no se hace una idea. Mi marido merecería morir solo.

–Marta, yo no sé cómo es su relación con él; pero, escúcheme, sea lo que sea que su marido haya hecho, eso no quita que la quiera. Eso no quita que se arrepienta. Puedo jurarle que su marido está arrepentido.

Ella parece abrir la boca como si fuera a decir algo, pero la vuelve a cerrar. Se levanta. Empieza a caminar hacia la puerta.

–¿Qué pasa? –le pregunta el viejo, siguiéndola.

–No lo molesto más, don Jorge. Me voy a mi casa. Disculpe por esto.

–Marta, me deja preocupado.

–Estoy bien. Ya estoy bien, don Jorge.

–Espere. Hablemos. No se vaya de mi casa así.

Ella se da vuelta, antes de cruzar la puerta. Lo mira, detenidamente, de arriba abajo. Es una mirada que al viejo le cuesta descifrar. Puede haber odio en esa mirada. O compasión. A Jorge le cuesta distinguir un sentimiento del otro. La mirada de Marta se transforma a medida que lo mira.

Ella, por su parte, tampoco sabe qué hay en la mirada del viejo. Son solamente un par de ojos colorados, diminutos, casi hundidos en las arrugas. Un hombre antiguo y débil que apenas puede sostenerse en sus piernas.

Se acerca y le acaricia la cara áspera, como de piedra.

–Déjeme irme.

Y mientras está ahí, acariciándolo, lo besa. Un beso fugaz, su boca toca la de él un instante, siente la rugosidad de los labios, de los labios grises de viejo.

Después se va.

–Marta –la llama Jorge.

Ella lo escucha, mientras cruza la puerta, pero sigue de largo, con apuro, por la cocina, por el comedor, sin darse vuelta, como escapándose de ese instante en el que hizo lo que termina de hacer; todavía no puede creer que, de hecho, lo haya terminado de hacer.


**


Hoy besé a otro hombre. Hoy besé a un hombre distinto a Luis.

Marta mira por la ventana de la calle, de vez en cuando. Jorge no está en la vereda. Por primera vez en el verano no está ahí, sentado en su silla de mimbre, mirando cómo pasan los autos. No lo ve en toda la tarde.

Cuando vuelve su marido ya es de noche. Cenan solos. Pablo no va a venir. Avisó más temprano que cenaba en la casa de su novia. Su novia es una buena chica; a Marta le cae bien. Parece ser una mujer responsable. Una mujer en la que se puede confiar.

Dios mío, soy una mujer infiel. Hoy besé a un hombre distinto a Luis. Dios. Le juré fidelidad. Le juré fidelidad ante Dios. Y hoy le fui infiel. Traicioné a mi marido y también le fui infiel a Dios.

Luis come rápido, sin conversar, mirando un partido de fútbol. Marta también mira la tele. Pero tiene un nudo en el estómago y no puede probar bocado. Levanta la mesa cuando su marido termina de cenar. Los platos, los vasos y los cubiertos. Los acomoda en la pileta, abre la canilla. Luis todavía mira el partido.

No lo pudiste controlar. No lo pudiste controlar. Pero hoy besaste a un hombre distinto a Luis. ¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Merece morir solo, ahora que no sabe lo que hiciste?

En ese momento siente un pinchazo en el índice. Dice: Ay. Un ay suave, casi mordido. Apretó mucho la esponja; refregó de más el cuchillo. Una medialuna de sangre se le dibuja en el dedo.

–¿Qué pasó, gorda? –pregunta Luis desde la mesa.

–No es nada –contesta ella.

Pero Luis ve el dedo lastimado y se levanta. Mira la herida, la examina. Después abre la alacena, revisa los estantes; vuelve con una curita y una botella de alcohol. Le agarra la mano a su mujer y la moja abajo de la canilla. Apretá los dientes, le dice, antes de desinfectar la herida. Pone la curita, con suavidad. Recién entonces ve que su mujer tiene los ojos mojados.

–¿Qué pasa? ¿Te duele mucho?

–No, no es eso.

–¿Entonces?

Ella se mira la curita.

–Hoy fui a lo de Jorge. Fui esta tarde, a llevarle algo de comer –Marta lo mira a los ojos, de repente–. ¿Vos sabías cómo el viejo se portaba con su mujer?

Hay un silencio. Se miran. Ella insiste:

–¿Lo sabías?

Luis asiente con la cabeza.

–Yo lo vi –dice Marta.

Una gotita le cruza la cara desde el pómulo hasta el mentón. Él la mira sin moverse.

–¿Qué viste?

–Vi cómo él la engañaba. No sé si te lo conté. Jorge estaba con una mujer. No era Luisa. Yo los vi desde la terraza.

–Marta, ¿qué pasa?

–Me acordé de eso. No sé si te lo conté.

–Marta.

–Pero dejá. No me hagas caso.

–Marta, ¿qué pasa?

Luis alarga un brazo como si quisiera tocarla. Pero Marta retrocede un paso; se aleja del brazo que quiere tocarla.

–En serio, Luis. Dejá. Será que hoy no me siento de humor.

Esta mano hoy acarició una cara que no es la tuya. Estos labios hoy besaron los labios de un hombre distinto a vos.

Da una vuelta alrededor de la mesa y sale de la cocina por la puerta del patio.

Luis la mira cruzar la puerta. No la sigue. Gira la cara y por la ventana la ve sentarse en un banco, en la oscuridad.

Marta no se da vuelta. Sentada abajo de la parra, no lo ve; no ve cómo su marido la mira.

Ella, ahora, solamente escucha. Escucha el tango que viene de la casa de al lado. La luna flota entre las hojas largas y lisas de la parra, y ella mira esa imagen, escuchando de fondo el tango de Jorge, la música que él eligió escuchar esa noche, sentada en un banco del patio.

No puede ver cómo su marido ahora se sienta en la mesa, cómo mira la pared fijamente, y apoya la cabeza entre los brazos.










sábado, 5 de diciembre de 2009







"La casa renacía de sus cenizas y yo navegaba en el amor de Delgadina con una intensidad y una dicha que nunca conocí en mi vida anterior. Gracias a ella me enfrenté por primera vez con mi ser natural mientras transcurrían mis noventa años. Descubrí que mi obsesión de que cada cosa estuviera en su puesto, cada asunto en su tiempo, cada palabra en su estilo, no era el premio merecido de una mente en orden, sino al contrario, todo un sistema de simulación inventado por mí para ocultar el desorden de mi naturaleza. Descubrí que no soy disciplinado por virtud, sino como reacción contra mi negligencia; que parezco generoso por encubrir mi mezquindad, que me paso de prudente por mal pensado, que soy conciliador para no sucumbir a mis cóleras reprimidas, que sólo soy puntual para que no se sepa cuán poco me importa el tiempo ajeno. Descubrí, en fin, que el amor no es un estado del alma sino un signo del zodíaco".
















(En Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez. Cervantes hoy, Gabito mañana.)