jueves, 30 de diciembre de 2010



Se la rallán

"También estaba Reynaldo, el santafesino, que esa noche parecía medio incómodo, él, tan tranquilo siempre. Estaban también dos morochos nuevos, muy sosegados, que sonreían siempre y decían lo justo. ¿Serían santiagueños? Y una bizquita medio gaita, una retacona de piernas feas, culo grande y tetas abiertas hacia los costados, que se hacía la otra cuando la pellizcábamos sin asco por debajo de la mesa. Creo que en un momento tenía tres manos debajo de la pollera. Pero ella dejaba hacer. Eso sí, si la cosa venía por encima de la mesa, ¡ahí no! Porque se veía, ¿no? Entonces miraba p´ al otro lado y rempujaba la mano suelta que la quería tetear. Carmelo, el que faltaba de la barra, se había soltao por un momento pa bailarse unos chamamés y algún valseado con una petisita dientuda y flaca de cabello teñido, prestada por dos o tres piezas nomás por una barra amiga, porque como siempre las minas escaseaban. Yo pellizcaba nomás, ¿pa qué iba a bailar?, y le metía al vinacho y la cerveza caliente. El aire estaba quieto, húmedo, sofocante. Una bruma rojiza descendía sobre la ribera. Los parlantes ensordecían. Pero yo tranquilo, sirviéndome nomás. Por´ai oía gritos de mujeres, puteadas, amenazas, voces roncas y machazas, ruidos de botellazos y vidrios rotos. También vi volar unas sillas y hasta tuve que cuerpear una mesa que andaba por el aire buscando dónde aterrizar. Pero yo tranquilo entre tintacho y pellizcón, mano izquierda y mano derecha, ¡el tinto del lao del corazón! Al rato, supongo que yo estaría diciendo macanas, pero ya me había instalado, ya estaba sumergido en una densa, en una gran mancha multicolor, con voces distantes. De pronto se iluminaba algún detalle: un brazo, un bracito, una blusita bien rellenita, unos dientachos blancos de jeta sucia, dos o tres cabecitas en la sombra, una enorme boca pintarrajeada de mujer... Después la mancha dentro de la cual estaba, se fue oscureciendo más y más hasta volverse negra, con una o dos lucecitas nada más, allá lejos. Y yo me sentía un botecito amarrao en la orilla, barquineando en las olitas y cabeceando, ¡poc! ¡poc! ¡poc!, la canoa ancha de al lado. Cuando la mancha se hizo negra del todo, mi cabeza se hundió plácidamente en un mar de tinieblas. Al rato largo, supongo, me desperté sobresaltado. ¡Un grito pelado, agudo, de mujer a la distancia! ¿Lo habría traído la brisa? Ya se venía la fresca desde el río inmundo. Yo estaba molido, tirado en un yuyal, en medio de los pajonales y juncales de la costa. ¡Y a mi lado roncaba a pierna suelta la petisita bizca y macetuda! ¿Qué me decís? ¿Yo era el ganador? ¿Me la había ganado a lo macho o me había tocado de último? Nunca lo supe."







(Fragmento de La piel de caballo, de Ricardo Zelarayán. La borrachera como una gran mancha multicolor chispeante. Y el laburo poético, sobre todo, en el lenguaje de la muchachada que año a año migra a Buenos Aires desde el norte argentino.)




jueves, 23 de diciembre de 2010

salsa




Me gustaría conocer a una mujer que no se parezca en nada a las que conocí hasta ahora. Lo cual es poco probable, dado que siempre me desenvuelvo por los mismos círculos, donde siempre me encuentro con la misma gente. Acá estoy, por ejemplo, en el cumpleaños de Gabriel. Hace más de veinte años que terminó el secundario, y con él y el resto de los ex compañeros del curso todavía nos seguimos juntando. De nuestras viejas compañeras, la mayoría están casadas, y las tres o cuatro que están solteras no me producen nada en especial. Lo que probablemente se deba a que tampoco yo les produzco nada en especial a ellas. Tengo ganas de conocer a una mujer que no tenga nada que ver con la gente que me conoce. Una que no sepa mi nombre. Que no sepa cómo soy, dónde nací, ni qué es lo que hago de mi vida.

Mientras estamos haciendo la sobremesa, una de las casadas se me acerca con un vaso de vino. Cómo estás, me pregunta. Yo le contesto: Estoy. Ninguna novedad en el trabajo. Tampoco nada nuevo en la familia. A mis hijos los veo muy poco. No salgo nunca y hace años que no me tomo vacaciones. Un tiempo más así y voy a terminar siendo lo que se dice un tipo pudiente. Ella no me pregunta por mi ex. Sabe que Mabel se casó el año pasado con un abogado rosarino. Ese tipo, mal que bien, me sacó un peso de encima. Pero vos, me dice mi amiga, ¿vos cómo estás? Bien, le digo yo, bien. Y apoyo el vaso de vino en la mesa, y me apuro en preguntarle por sus hijos. No es que realmente me interese saberlo. Pero esta mujer cuando le preguntan por sus hijos no para de hablar un segundo. Y eso me evita tener que hablar a mí.

No sé en qué momento empezaron a cansarme estos reencuentros. La verdad es que ya no puedo sentirme identificado con ninguna de estas personas. Esta noche me planteé seriamente no venir; pero a los pocos minutos ya me estaba bañando, preparándome para venir a la casa de Gabriel. Creo que me empujó la costumbre, que me arrastró la inercia. A veces siento que lo único que hice en todos estos años fue eso, flotar entre costumbres, vivir por inercia. Ya no reflexiono sobre lo que hago, mucho menos sobre lo que los demás opinan de mí. Me dicen que tengo que hacer algo de mi vida, que no puedo seguir así, que nunca llamo a nadie, que hace tiempo que me ven estancado. Mi ex mujer, por ejemplo, que me decía: Tu ego agota, Guillermo. Tu ego me agota a mí, y a la larga también te va a agotar a vos. Ella entendía por ego mi tendencia a reconcentrarme en mí mismo. Y yo nunca se lo negué. Acá estoy, de hecho, mirando a esta mujer que me habla de sus hijos sin poder escuchar una palabra.

A eso de las dos Gabriel se levanta de la mesa y pone música en el equipo a todo volumen. Durante la cena ya nos había comentado que estaba tomando clases de salsa. Y ahora ahí está, con los ojos cerrados, bailando solo en medio del living. Mientras baila sonríe con una mueca que nunca le vi. Yo sé que estoy borracho, pero incluso en este estado me avergüenzo por él. La mujer lo dejó a principios de año, todos en esta sala lo sabemos; no sé qué es lo que nos pretende demostrar. Pero él insiste, levanta de la silla a una de las casadas, y la hace dar vueltas alrededor de la mesa. Todos lo aplauden. Es un alivio cuando a los pocos minutos la canción termina.

Antes de que me vaya, Gabriel me dice al oído: Che, Guille, ¿por qué no te venís a tomar clases de salsa? No bien me lo dice, yo saco las llaves del auto. No, Gabi, dejá. En serio, me dice, venite a mover un poco el esqueleto; además eso está lleno de mujeres. Yo lo miro de reojo. Gabriel todavía tiene en la boca esa sonrisa, medio irritante, medio ridícula. Y a mí no sé qué me pasa, pero la sola idea de verlo bailar otra vez, de golpe, me tienta. Y le digo: Está bien. El martes pasame a buscar.

Así que el martes a las ocho estoy ahí, con Gabriel, en la puerta del gimnasio donde dan las clases de salsa. El salón es bastante amplio, hay un espejo inmenso en una pared, y, tal como Gabriel me había avisado, está lleno de mujeres. La gran mayoría de nuestra edad; lo que en una primera instancia me significa una decepción. El profesor, parado en el centro de la pista, tiene puesto un pantalón blanco y ajustado, y una camisa también blanca, desabrochada a la altura del pecho. Es morocho y alto, y mientras baila no deja de sonreír un segundo. Ahora entiendo de dónde sacó ese gesto irritante Gabriel. Este tipo bailando es un maestro, me dice mi amigo, antes de presentármelo.

Unos minutos después, cuando se da inicio a la clase, me entero de que para empezar a bailar tenemos que buscar una compañera. Estamos obligados a eso. Pero yo me niego. Por el momento prefiero esperar, le digo a Gabriel. Él se me queda mirando y yo le pido que primero vaya y baile él, así puedo ver cómo es el asunto. Bueno, pero en la próxima te quiero ver bailar sí o sí, ¿me escuchaste? Sí, le digo yo, sí. Él empieza a caminar entre la gente, saludando a algunos, hasta quedarse parado enfrente de una rubia. Es flaca y muy bajita. Se saludan con un beso en cada mejilla, y después de que se apaguen algunas luces en el techo, en los parlantes empiezan a resonar los timbales y las trompetas de la salsa.

Recién ahí me doy cuenta de que no tengo nada que hacer acá. La rubia baila como una gacela. Gira y gira alrededor de Gabriel, que se esfuerza, que intenta quebrar la cintura a la par de ella; pero que no puede seguirla. La idea de que en breve yo esté dando un espectáculo parecido me aturde. Miro para un lado, miro para el otro, y todos bailan como si tuvieran un demonio adentro del cuerpo. Simplemente no tendría que haberme expuesto a todo esto. Ahora podría estar en mi casa, con una cerveza en la mano, mirando el partido.

Me doy vuelta y me escondo en un rincón del salón, bien apartado del resto. Desde ahí puedo ver a Gabriel, bailando a un lado del espejo. Cuando la canción termina, veo que me busca con la mirada, pero que no me encuentra. Así que sigue bailando con la rubia un rato más. En el espejo inmenso que hay atrás suyo, diminuto y oscuro, yo puedo ver mi reflejo. Está mi cara en miniatura, quieta y muda en un ángulo, y a un lado el reflejo del cuerpo grueso y torpe de Gabriel.

Ya pasaron varios tema, cuando Gabriel se da vuelta para secarse la cara y me ve. Se acerca a mi refugio, con la rubia de la mano. ¿Dónde estabas?, me dice, pensé que te habías ido. Fui a tomar un poco de aire. ¿Te sentís bien?, me pregunta la rubia, estás pálido. Es el color natural de él, le dice Gabriel. La rubia asiente con alivio, y yo veo que su mano se acerca en el aire, que se acerca a mi brazo y me toca un codo: Entonces te venís a la pista con nosotros. Me lo dice como una orden, pero en su voz casi me parece un piropo.

Mientras caminamos, Gabriel y la rubia conversan entre ellos. De golpe ella cabecea, se mete entre el barullo ondulante de gente, y a los pocos segundos vuelve con una mujer. Es una morocha de pelo largo y enrulado. La morocha se para enfrente mío, se corre el flequillo a un costado, y me dice: ¿Bailamos? Veo que la rubia y Gabriel nos dejan solos. Yo sé que ya no hay vuelta atrás y le contesto: Está bien.

Pongo una mano en su cintura. La musculosa que la morocha tiene puesta es muy ajustada, y puedo sentir abajo de la tela la tensión de sus músculos, la solidez de sus caderas. Cuando sus piernas van para un lado, su cintura va para el otro, y también se sacude su pelo, su pelo largo y enrulado, y yo puedo sentir el perfume que tiene su pelo, cada vez que me toca la cara.

¿Es la primera vez que venís?, me dice. ¿Se nota mucho?, le contesto yo. Ella sonríe: Tenés que soltarte más. ¿Y cómo hago?, nunca había bailado salsa. Mirá, son solamente tres pasos. A ver. Primero adelantás un pie, lo retrocedés, y después retrocedés el otro. Yo miro mis pies; mis pies buscan hacerle caso a esta mujer. ¿Así? Así, pero fijate también de relajar un poco la cintura, y los hombros, sobre todo tenés que relajar los hombros. Y ella se endereza en la pista, mientras me lo dice, y me aprieta y relaja los hombros.

Quién es esta extraña que me está enseñando a bailar. Quién es esta mujer que me toca los hombros.

Mientras bailamos, el profesor de la clase se pasea por el salón dando indicaciones en voz alta. Acá adentro casi no corre aire, y él se desabrocha la camisa hasta el último botón. Sus abodminales perfectos me hacen pensar en lo que yo podría haber tenido, si me hubiera tomado la vida de otra manera. Todo él desborda energía. Cuando camina no pisa; zapatea. A mí me cae mal. Me doy vuelta, y la morocha que respira al lado mío mira de reojo al hombre, mientras yo la miro a ella. Nunca en mi vida me imaginé bailando salsa, le digo. Entonces estás haciendo bien, me mira la morocha, está bueno animarse a probar cosas diferentes.

Yo me esfuerzo en sintonizar mis movimientos con los de ella. Pero esta mujer es generosa y se cuida más bien de ir a la par de los míos. Así que hace mucho que venís a bailar. Sí, me dice, desde hace un par de años todos los martes estoy acá. ¿Y qué es lo que te gusta de esto? ¿Qué es lo que me gusta de esto?, a ver, nunca me lo pregunté, pero si tengo que dar una respuesta, te diría que porque me distiende, me relaja; cuando bailo me olvido de todo, no me hace falta pensar.

Yo la miro de reojo. Miro a la extraña que tengo entre los brazos. Miro su boca, sus pestañas largas y onduladas. Yo quiero bailar como vos. Yo también quiero olvidarme de todo, no pensar en nada. Quiero que se me meta en la sangre el latido de la tuya, sentir la música, el tumtum de tu sangre, morocha, mientras bailamos mudos con los cuerpos pegados. Veo que la estás agarrando la mano, me dice. ¿Te parece? Sí, se te nota en la actitud.

La clase termina. Yo me despido de la mujer como veo que hacen todos, con un beso en cada mejilla. Gracias por tu paciencia, le digo. No fue nada, me contesta, pero espero que insistas, que sigas así; te fue muy bien, por ser tu primera vez.

En el auto me siento realmente cansado. Gabriel no para de hablar. Yo no veo la hora de llegar a casa, de darme una ducha, de tomarme una cerveza negra helada. Ésa siempre fue mi música, mi baile. Mi manera de dejar de pensar.

De golpe el zumbido que había estado flotando en el auto se interrumpe. Miro a un costado y Gabriel me está mirando. ¿Pasa algo?, le pregunto. No, me contesta, te estaba preguntando si te gustó la clase, qué te pareció. Bien, le digo, me gustó; el profesor me pareció un boludo, pero el ambiente en general, sí, me gustó.

Gabriel frena el coche en la puerta de mi casa. ¿Y?, me dice, ¿el martes que viene te prendés? No creo, le contesto, la verdad es que no creo; ya no me siento para estos trotes. Pero a mediados de la semana lo llamo, al final, llamo a mi amigo, y le termino diciendo que sí.





viernes, 17 de diciembre de 2010



Infancia

"Siempre tengo el mismo sueño. 
Como si el sueño quisiera
obligarme a volver
a aquellos lugares amados
hasta el dolor
donde estaba la casa de mi abuelo,
donde hace cuarenta años nací
sobre la mesa de comer.
Cuando quiero entrar
en la casa, algo me lo impide.
A menudo veo ese sueño.
Y cuando veo las paredes
de troncos y la oscuridad
del zaguán, ya en sueños sé
que sólo es un sueño.
Y la alegría se ensombrece
a la espera del despertar.
A veces ocurre algo
y no vuelvo a soñar
con la casa y los pinos en torno
a la casa de mi infancia.
Entonces me hace falta
y espero con impaciencia
ese sueño,
en el que volveré
a ser niño
y volveré a sentirme
feliz sabiendo
que lo tengo todo por delante,
que aún todo es posible".


Lo de arriba son los subtítulos de la primera parte de esta escena en la película El espejo, de Andréi Tarkovski. Después, el asunto se pone en blanco y negro, y Tarkovski visualiza el sueño que antes describió. Es un viento, antes que nada, el sueño. Un viento empieza a soplar, y la imagen lo sigue, sigue al viento, mientras las plantas y las ramas de los árboles se sacuden, a medida que el viento pasa, y yo me digo cómo hace una cámara para seguir al viento que pasa; cómo hizo Tarkovski, en definitiva, para visualizar todo esto. 
Y entonces el chico. El chico que corre, como corro yo cuando corro soñando, escapándole a eso que se acerca, que envuelve, que tira; pero que no se ve, que no se deja ver; el viento es un brazo invisible, como la muerte, como el minuto, como los sueños ajenos. 
Pero puedo salvarme, porque ahí está la casa en la que nací. La casa de madera descascarada donde nací de mi madre. Yo me acerco, me acerco a la puerta, quiero entrar, tiro del picaporte, quiero meterme antes de que llegue el viento. Pero no; la puerta no se abre. Insisto, pero no hay caso; no puedo.  
Así que me voy. Se ve mi sombra diminuta proyectada en la puerta de la casa de madera, mientras me voy, mientras de a poco, en cámara lenta, me alejo. Y no bien me alejo, justo en ese momento, la puerta se abre. La puerta se abre, y ella, la mujer, asoma su mirada desde la casa para vigilarme, o para llamarme,  o nada más para hacerme saber que está ahí, que está acá, acá en el mundo.
De adentro de la casa en el sueño de Tarkovski también sale caminando un perro.


 


   

viernes, 10 de diciembre de 2010

luz



Analía siempre me invitaba a cenar a su casa. No teníamos nada formal en concreto, pero nos veníamos viendo desde hacía un año y la madre me quería conocer. Yo hacía todo lo posible por postergar ese momento. Pero una tarde, en tono de broma, Analía me dijo: O venís a casa o se acabó. La miré de reojo y ella sonreía. Pero Analía siempre sonreía cuando decía lo que pensaba en serio.

Así que el jueves a la noche estaba parado en la esquina de su casa. Le mandé un mensaje de texto. Hasta que no la vi salir a la puerta no me acerqué. Analía me saludó con un beso distraído y después se quedó quieta mirando mi chomba. Qué pasa, le pregunté. Nada, ¿pero hacía falta traer eso? Yo miré mi chomba blanca, con el escudo de Boca en el pecho. ¿Qué tiene?, ¿no te gusta? Sí, me contestó ella, sí. Se dio vuelta y avanzó por el pasillo que llevaba hasta la casa. Yo la seguí de atrás.

Durante el trayecto, mirando la espalda de Analía, tuve una conciencia clara de mis pensamientos: Qué carajo estoy haciendo acá. Ella me miró la frente, antes de abrir la puerta: Vamos a cenar carne con papas, ¿está bien? Sí, le dije yo. Entramos a un comedor grande, con cuadros de paisajes en las paredes, y una biblioteca colmada de libros viejos. Giré la vista y al final del comedor estaba la puerta que daba a la cocina. Y adentro de la cocina (por un segundo los vi), los padres.

El padre leía el diario, con los brazos cruzados encima de la mesa. La madre, sentada enfrente de él, levantaba un vaso de agua acercándoselo a la boca. Esa imagen fue lo último que alcancé a ver de ellos. En ese momento sentí un pum, un chispazo invisible de energía raspando el aire, y todas las luces de la casa se apagaron. Analía, que caminaba adelante mío, desapareció. Yo tardé medio segundo en darme cuenta de que se había cortado la luz.

Analía, dije con los brazos estirados, ¿dónde estás? Acá estoy, me contestó ella. Apreté los ojos en la oscuridad y vi el contorno de su sombra acercándose. ¿Qué pasó? Se cortó la luz, nene. ¿Y ahora? Ahora esperame que ya vengo. Entonces una voz de mujer habló desde la cocina: Ana, ¿estás ahí? Sí, mamá. ¿Por qué no traés velas de la despensa, hija? Es lo que estaba a punto de hacer. El contorno de Analía se alejó, y yo le dije en voz baja: Esperá, no te vayas. Es un segundo, Mauro, me contestó ella, esperame acá que enseguida vuelvo.

Me apoyé de espaldas en la pared, casi acurrucado, a esperarla. Mientras estaba ahí, podía escuchar las puteadas del padre en la cocina. El viejo de Analía era gallego, pero se desenvolvía en un castellano perfecto. Para qué carajo pagamos los impuestos, ineptos de mierda y la puta que los parió. Bicho, le decía la mujer en voz baja, basta. Pensé que por una cuestión de educación me convenía saludarlos. Pero el viejo de Analía se desahogaba como si yo no estuviera ahí, o quizás sin saber que yo estaba ahí, así que elegí no interrumpirlo.

A los pocos segundos Analía volvió al comedor. Me buscó con la luz de su celular, me dio la mano y me dijo que la siguiera. En ningún momento me avisó que en la puerta de la cocina había un escalón. Yo trastabillé, di dos pasos torpes y me llevé por delante un cuerpo. El cuerpo soltó un chillido: Qué susto, Dios. Mil disculpas, señora, le dije yo. Mamá, dijo Analía, él es Mauro. Qué tal Mauro, dijo la mujer, lamento mucho que tengamos que recibirte así. No se preocupe, señora, en mi casa también la luz se corta dos por tres.

Cuando Analía encendió las velas, las caras de los padres fueron apareciendo en la oscuridad. Primero la de la madre, enfrente mío; después, alta y con canas, la del padre, un poco más atrás. Las dos caras me miraban con fijeza, titilantes a la luz de las velas. Yo me acerqué a la madre y la saludé con un beso en la mejilla: Mucho gusto. El gusto es mío, Mauro. Después me acerqué al viejo y él se apuró en darme la mano. Mi mano era una cosa toda húmeda y blanda, pero no tuve otra opción. Buenas noches, le dije. Buenas noches, me contestó él, y la re puta madre que se cortó la luz. Bicho, le dijo la mujer, no lo asustes. Yo me reí en voz alta, con un espasmo agudo, y Analía me miró extrañada desde la mesa. Pero su cara se veía un poco difusa, y no puedo estar seguro de que realmente me haya mirado así.

Aunque Analía y el padre insistieron en cenar en la cocina, por decisión de la madre terminamos cenando en el comedor: En la cocina no, señores; hoy tenemos visitas. Puedo venir otro día, le dije a Analía al oído. Ella me contestó: No, mamá ya preparó todo; no te preocupes que enseguida vuelve la luz. La ayudé a poner la mesa, y los padres de Analía se sentaron de un lado, y nosotros dos del otro. En el medio estaban encendidas las velas. En otro momento, el ambiente podría haberme parecido romántico. Pero esa noche lo sentí más bien tétrico. Cada vez que una llama flameaba, las caras de los padres de Analía se llenaban de gestos oscuros. Cenamos carne al horno, con unas pelotitas amarillas que en mi vida había visto. Analía me dijo: Son ricas, probá; adentro tienen puré.

Así que trabajás de cadete, me preguntó en cierto punto la madre. Yo la miré de reojo a Analía. Sí, desde hace un mes. Qué bueno, y me contó Analía que también estás estudiando, ¿no?, ¿qué era lo que estudiabas? Economía. Economía, qué interesante. Sí, siempre me gustaron los números. Yo con los números siempre fui muy despistada, me sonrió la mujer, a matemática siempre me la llevaba a marzo. A mí en el colegio tampoco me iba muy bien, le contesté, pero después del secundario me empezó a interesar, me intrigan las leyes que rigen a los números, todo en la sociedad actual se ordena de acuerdo a cifras, y a mí lo que me interesa es encontrar ese orden, descubrir sus causas, estudiarlo. La madre miró su reloj pulsera tomando un sorbo de agua, y le dijo al viejo: Bicho, ¿querés más papas? Yo saqué los codos de la mesa y miré al padre de Analía, que durante la cena no había dejado de masticar un segundo. El viejo le contestó sin mirarla: No, ya está.

Cuando Analía y la madre llevaron los platos y los cubiertos a la cocina, el viejo y yo quedamos solos, en el comedor, sentados uno enfrente del otro. Yo crucé los brazos. Después los descrucé. Podía ver la cabeza del viejo proyectada en la pared, moviéndose al vaivén de las llamas. Lo miré a la cara, de golpe: ¿Me dijo Analía que usted es de Boca? El viejo se rascó el mentón: Por supuesto. Ah, le dije, porque ahora en un rato jugamos, ¿no? ¿También sos de Boca, vos? Me acaricié la manga de la chomba. Sí, de Boca en las buenas y también ahora, en las malas. ¿En las malas?, me miró el viejo, pero si no vamos tan mal. No, tan mal no, pero podríamos ir mejor, con los jugadores que tenemos. No, pero si no vamos tan mal, me dijo el viejo.

Cuando vi que Analía entraba de nuevo, el padre y yo nos habíamos quedado sin temas de conversación. Ella dio una vuelta alrededor de la mesa, levantó las fuentes y me guiñó un ojo. Me lo guiñó desde atrás de la silla del padre. ¿Querés que te ayude?, le pregunté levantándome. No, no hace falta, me contestó ella, vos quedate a conversar.

Apenas Analía se fue, el padre vació su vaso de vino de un sorbo, se levantó y cruzó el pasillo. Escuché el ruido de una puerta abriéndose, después cerrándose, y al final un chorro de meo fuerte, como echado desde una manguera a presión. En la mesa todavía quedaba la fuente de papas. Yo la levanté y la llevé hasta la cocina.

En la cocina solamente había encendida una vela. Analía estaba de espaldas a mí, acomodando los platos en la pileta. Yo me acerqué. Nena, le dije, qué onda con tu papá. Cuando el contorno se dio vuelta, vi que era la madre. Qué, me preguntó. Perdón, señora, pensé que era Analía. Analía ahora está en el baño, me sonrió la mujer. Después se dio vuelta y siguió acomodando los platos. Me preguntó: ¿Te gustan las frutillas? Sí. ¿Y la crema? También. Bueno, andá yendo al comedor que ahora llevo el postre para allá.

Comimos el postre en unas copas de vidrio redondas. Mientras tanto, Analía y la madre eran las que llevaban el peso de la conversación. Cada vez que se quedaban calladas, se escuchaba en el silencio el murmullo viscoso de las lenguas degustando las frutillas. Yo todavía me sentía en deuda con la madre. ¿Esos cuadros los eligió usted? Ahá, los pintó mi hermana, ¿te gustan? Sí, están muy buenos; sobre todo me gusta aquél, el del bote. Cuando dije la palabra aquél, un pedazo de frutilla se me escapó de la boca y fue a parar a la mesa. La madre estaba atenta al bote de acuarela y no lo vio. Pero sí lo vio Analía. Limpió el proyectil con una servilleta y después me dio una palmadita en el muslo. Yo la miré de reojo enseguida. Casi lo sentí una agresión. Pero ella había vuelto a comer de su copa y ya no me miraba.

A los pocos minutos los padres de Analía dijeron que se iban a dormir. Se levantaron y la madre me despidió con un beso en la mejilla, y lo mismo el viejo. Muy rico todo, le dije a la mujer, y al padre: Esperemos que esté ganando Boca. Se fueron los dos, por el pasillo, y Analía y yo quedamos solos a la luz de las velas. Me dio un beso. Me abrazó. Yo le dije: Tengo ganas de fumar.

Nos sentamos en el escalón de la puerta. La luna flotaba entre los árboles. Yo miraba la luna, de vez en cuando, y Analía de vez en cuando se ponía a bostezar. La miré de reojo no bien terminé el pucho. Oíme, Ana. Sí. Hoy vine, comí con tus viejos, la pasé bien; pero de verdad no quiero mezclar las cosas. Ella se enderezó en el escalón: Está bien, Mauro, yo tampoco quiero mezclar las cosas. Bueno, yo solamente necesitaba aclararlo. Es que no hace falta que me lo aclares, me dijo, yo ya sé lo que querés. Analía cruzó los brazos encima de las rodillas, bostezando. Pero qué mala suerte tenemos, ¿no?, me sonrió. Yo volví a mirarla. Qué querés decir. Ella me puso una mano en el brazo. Eso, qué mala suerte tenemos; justo cuando venís a mi casa se corta la luz.

Cuando me despedí de ella volví a casa mirando baldosas. Yo vivía en el mismo barrio que Analía, a unas pocas cuadras, así que en mi casa tampoco había luz. Mi hermano estaba despierto, fumando en la cocina, con la notebook prendida. Yo seguí de largo sin saludarlo, me encerré en la pieza y me acosté. Me quedé dormido a los pocos minutos.

Me despertó, en medio de la madrugada, un zumbido en la mesita de luz. Abrí los ojos y vi que se estaba moviendo el celular. Estiré un brazo desde la cama y lo levanté. Era un mensaje de texto de Analía. Decía: Gracias por venir hoy. Sé lo difícil que fue para vos. Te quiero.

Leí el mensaje de nuevo, con un ojo cerrado. Después me fijé en la hora. Eran las dos. Qué hacés despierta a esta hora, le contesté el mensaje. Ella me lo respondió enseguida. Me puso: Recién volvió la luz y me desperté. No te quise molestar. Besito.

Yo estiré la mano hasta la mesita de luz. Cuando apreté el botón de la lámpara, hubo una explosión silenciosa, un chispazo invisible, y el foco se encendió. Y no bien el foco se encendió, aparecieron las formas de la mesita y de la cama en la que yo estaba, y de la silla que había en un rincón del dormitorio, y los colores del póster de Boca en la pared y también el de las cortinas blancas. Vi todo desde mi modorra, desde mi entresueño, acurrucado en la cama. Entonces agarré el celular y escribí: Yo también te quiero. De verdad. Le mandé el mensaje de texto a Analía, y después apagué la lámpara y solté el celular en la mesita. Y al otro día, cuando me desperté, no me acordaba del mensaje que le había mandado a la noche, ni del mensaje que me había mandado ella apenas había vuelto la luz.
 
 
 
 
 
 
 
 

miércoles, 8 de diciembre de 2010



"UNA FOTO

¿Dónde está la mujer que en esta foto
se ríe con su vida brillándole en la risa
por algo que le dije en ese instante
en la luz del mediodía,
bajo unos paraísos que dejaban
caer el sol de mayo en nuestra mesa,
iluminando el pan, un vaso y un cuchillo
y al fondo unos barquitos que se duermen
en una playa pobre de juncos y sauzales
donde unos pescadores diminutos
caminan sin moverse hacia su pelo
desparramado al viento
sobre el suéter azul con el que cruza
los brazos y levanta los hombros por la risa?"






**





"CUANDO LA LENGUA ECLIPSA

Cuando la lengua eclipsa este presente,
cuando cubre las cosas
con un color grisáceo y nominal,
hay un ácido al fondo de la experiencia fresca,
porque es aquí y ahora pero en el verbo rancio,
en la estructura fúnebre del habla.

La fronda del verano, el aire inédito
atraviesan el viejo pulmón occidental.
La vida inaugurada,
el sol contemporáneo vistos siempre
con el anteojo fijo, mortal, judeocristiano;
o el transcurrir adánico, las moscas,
todo cautivo en este latín erosionado.
El colibrí veloz entorpecido
por este carromato colonial
que rueda lentamente en sus vocales,
esta siesta sintáctica en el polvo del aire castellano.

El cansancio de la filología
espanta la inocencia de esta luz,
agrava los objetos, va imponiendo
la herencia de las manos sobre el tacto,
el andamiaje helénico a los vientos,
fuerza a la sangre a andar en su adjetivo,
a la noche a estrellarse acordemente
con su cosmogonía.

Cayendo como un párpado, el imperio
cae en la voz, ahora, mientras digo
la arena de la piedra de mi nombre."











(Dos poemas que encontré en Consumidor final, de Pedro Mairal. "El mejor de los escritores argentinos vivos", me dijo un amigo el otro día.)




miércoles, 1 de diciembre de 2010

 

Revés


Hay

en la dimensión de cada segundo

un espacio

secreto

que se esconde

atrás de lo que nombro

o considero

en tu lengua

ancestral.


Es como si en el todo

que día a día vivo

hubiera un revés

más real

que lo que tus manos

tocan

y que nunca,

ya que estamos,

recuerdo.


Porque cuando pasa,

pasa siempre

de golpe.

Un silencio hondo

vela la foto

de lo cotidiano,

se cuela por entre

los ríos

de los lunes, y es un silencio

al que involuntariamente

vuelvo cada vez que siento

el peso

viscoso

de tanta

costumbre.


En este silencio

hay una paz

húmeda

y antigua

que lo disculpa todo; es como mirar

el almanaque

de un año anterior, poner

el dedo en un día

y preguntarse qué pasó

con los ojos cerrados.


Es un silencio, éste,

que se abre,

se expande

hasta abarcar

todo lo que tengo establecido

acerca de mí, de la

gente, y otros

prejuicios.


No soy hombre

ni animal,

ni árbol ni

piedra.

El silencio

del lenguaje

es un foso oscuro

en el que no tengo más forma

que la que me da la nada.

Soy una masa en la nada sin forma

hecha de pura

energía inexplicable.

Una luz que

en el recuerdo

oscila

a la manera de un brazo

que me barre.


Así, y siempre

involuntariamente

yo vuelvo

a ese silencio

como se vuelve

a la casa en la que uno

vivió en la infancia

con la esperanza de que nadie

pueda explicarme ahí

de qué se trata

vivir.










jueves, 25 de noviembre de 2010



"Noticias


Cuando la comedia humana se pone movida
los periódicos
abundan en golpes de estado, huelgas generales,
crímenes, bodas, insurrecciones y muertes terribles.
Del basurero de la historia no colman la medida.
Sin embargo,
¿quién consagró estos hechos?

Esta mañana el viento
golpeó en algunas ventanas.
Un hombre y un perro cruzaron la calle.
María reclinó la cabeza a las tres de la tarde.
Nadie contó estas verdades.

No hay sucesos pequeños.
En el taller de mi esquina, cuando amanecía,
un obrero puso en marcha un motor.
Nadie habló de ese gesto oscuro.
Pero a partir de entonces
infinitas cosas se pusieron a funcionar a causa suya.
Así, de simple y rico,
y tan fecundo hacia distintas direcciones
el menor movimiento de tu mano."





(J. Giannuzzi. En Señales de una causa personal.)




sábado, 20 de noviembre de 2010



Arte

Probablemente una de las escenas más punzantes del cine contemporáneo. De un lado, la opresión. Del otro, lo oprimido. En el marco de la pantalla, el paradigma de esta confrontación durante la segunda guerra mundial. Un nazi y un judío. Mediados del siglo XX. Te tiemblan las manos, te morís de hambre y de terror, pero vos sobrevivís. Vos te sentás, tocás, y sobrevivís. El gesto sale de tu sangre. La tensión, la angustia, la incomprensión agazapada durante años, siglos, milenios, que poco a poco emerge en la violencia de tu sangre, en la sangre de lo que tus manos tocan. Una sangre que no se puede abarcar, solamente sentir. La música es una onda de vidrio que se tensa, que oscila y se astilla. No tengo moral, no tengo textos ni pretextos. Esto es lo que me pasa, lo que siento, lo que sale de mi sangre. El opresor se queda callado a un costado y mira. Escucha. Siente. Oprimido en la verdad que el absurdo no vela. Hay más humanidad en la perseverancia de tu sangre que en la Historia, que en lo que me puedas explicar. La escena está en El pianista, de Roman Polanski. 






martes, 16 de noviembre de 2010




"De Spatio

Uno acá, otro allá.
Allá y acá pueden ser otra cosa de lo que parecen ser,
si es que son donde estás vos y donde estoy yo.
Allá y acá pueden convertirse en un más acá y en un menos allá.
O a la inversa.
Acá es este lugar, pero en un momento particular.
Acá es acá ahora. Más tarde, acá es en otro lado.
Pero allá, por ahora sigue siendo allá, estés o no estés vos.
Simplemente porque lo enuncio yo, y yo estoy acá, no allá,
como siempre.
Acá entonces depende de una situación particular,
de espacio y tiempo. Allá también, pero eso ahora no importa.
Allá dejará de ser allá, pero en otro momento.
Cuando allá sea acá, o mejor dicho, allá deje de ser lo que es
y pase a ser completamente otra cosa.
En fin, quisiera decirte que aunque estés allá,
y yo acá, pero para vos mi acá sea tu allá,
te siento un poquito acá. Y aunque el acá sea íntimo de cada yo,
y el allá de cada vos, va a ser muy bueno que el acá y no el allá,
nos contemple a los dos".







(De mi estimada dionisíaca. El poema está en La inmortalidad del cangrejo)





sábado, 13 de noviembre de 2010




"No quiero la belleza, quiero la identidad. La belleza sería un añadido y ahora voy a tener que prescindir de ella". 


"Desistir tiene que ser una elección. Desistir es la elección más sagrada de una vida. Desistir es el verdadero instante humano".


"Sólo son humillados los que no son humildes, y en lugar de humillación yo debería hablar de mi falta de humildad; y la humildad es mucho más que un sentimiento, es la realidad vista por el mínimo sentido común".


"Lo que los otros reciben de mí se refleja de nuevo en mí, y forma la atmósfera de lo que se llama: yo".


"También para mi llamada vida interior adopté, sin sentirlo, mi reputación: me trato como me tratan las personas, soy aquello que ven los otros de mí".




(algunas frases que encontré en La pasión según G.H, de Clarice Lispector.)




lunes, 8 de noviembre de 2010

nadar



Tres veces por semana, de cinco a siete, voy a nadar a un club. Empecé este año, cuando todavía era invierno, y a esas alturas mi marido me tenía que venir a buscar a la salida en su coche. Pero ahora, que ya es verano y oscurece más tarde, vuelvo a casa caminando sola. Me gusta ese momento de paz. Cuando salgo del agua me siento ligera, y camino pensando en las cosas que tengo que hacer como si fueran asuntos de otra persona.

En mis horarios siempre coincido con un hombre de canas. Es un tipo muy particular. Parece tener una especie de obsesión conmigo. La primera vez que lo vi fue en uno de los pasillos del club. Él estaba apoyado en la pared, hablando por teléfono, y a mí me llamó la atención enseguida porque tuve la sensación de que lo conocía de algún lado. Recién cuando lo vi en la pileta, ya con la gorra y las antiparras puestas, me di cuenta de porqué: el hombre tenía facciones idénticas a las de mi suegro. La nariz ancha, los pómulos salientes; hasta la pronunciación del mentón. Era un calco de él.

Yo me quedé mirándolo algunos segundos. Lo miraba más que nada por curiosidad. Pero él quizás entendió otra cosa, porque a partir de ese momento no me dejó de mirar. Me vigila cada vez que entro o salgo de la pileta, o mismo mientras estoy nadando. Yo no nací ayer y puedo reconocer qué tipo de intenciones hay en esa mirada. Aunque cargo con tres embarazos en mi haber, sé que sigo siendo una mujer, de alguna manera, sensual.

Una tarde el hombre y yo chocamos. Yo iba para un lado, con los ojos cerrados; él venía en sentido contrario. Nadábamos algo rápido, así que fue un choque bastante brusco. Sentí todo su cuerpo impactándome. Y puedo jurar que él también sintió el mío. Disculpame, me dijo, sacando la cabeza afuera del agua. No se preocupe, le contesté yo. Y esas fueron las únicas palabras que cruzamos en todo este tiempo.

El hombre nunca conversa con nadie. Llega solo, nada durante media hora, descansa; después nada otra media hora y se va. Es en sus descansos cuando aprovecha para mirarme. Se sienta en el borde de la pileta y yo puedo ver cómo me mira desde ahí. Sé que me muevo con mucha torpeza en el agua, y me siento cohibida sabiendo que él puede verlo, porque nada muy bien. Se nota que hace tiempo que viene a nadar al club.

Cuando el verano está a punto de empezar, me compro una malla nueva. Es roja, con tiras blancas a los costados; debo reconocer que me expone mucho más que la anterior. La misma tarde en que me decido a estrenarla, sorprendo al hombre mirándome el escote. Yo me doy vuelta, algo incómoda. El hombre se debe estar haciendo expectativas, y yo no tengo forma de explicarle que no quiero decirle nada con esta malla, que simplemente no encontré otra que fuera de mi talle.

Pero un lunes él llega más temprano que de costumbre. Apenas entro, nos cruzamos en el pasillo donde están los vestuarios. Hola, le digo por cortesía. Hola, me contesta él. Pero no llego a bajar la mirada, que el hombre se frena. Deja de caminar y se queda inmóvil, al lado mío, mirando el ventanal. Su movimiento es el que uno hace cuando se predispone a conversar con alguien. Pero él sigue ahí, parado enfrente mío, y no abre la boca. Yo no sé qué hacer. No sé si pretende que sea yo la que hable primero, o si simplemente se detuvo para mirar la pileta en el ventanal. Estamos los dos solos, quietos, en el pasillo. El hombre al final gira la cabeza y me dice: Me interesa mucho el color de tu malla. Después se va. Ni siquiera me deja contestar. Hay gente para todo, me sonrío unos segundos después, mientras me cambio sola en el vestuario.

Cuando voy a la pileta y empiezo mi rutina, el hombre no me mira en ningún momento. Descansa como siempre sentado en el borde de la pileta, con las manos abajo de las piernas, pero esta vez se vigila los pies. Sus pies entran y salen del agua; parece un nene pataleando. Yo estoy cada vez más convencida de que algo en ese tipo no funciona bien.

Tampoco me dirige la mirada el miércoles. Ni tampoco el viernes. Pero ese mismo día pasa.

A eso de las siete de la tarde, mientras estamos en el natatorio, se larga una lluvia torrencial. Podemos sentir cómo la lluvia rebota en el tinglado del club. Cuando salgo a la calle y saco el paraguas de mi bolso, me encuentro con que el hombre está en la vereda, abajo del toldo de la entrada. Fuma un cigarrillo, mirando el diluvio. Me saluda con un gesto de la cabeza y yo también lo saludo. Pero cuando paso a un lado de él, se endereza en la vereda y me agarra un brazo. ¿Querés que te alcance?, me dice. Yo me doy vuelta y lo miro. Su mano me aprieta sin fuerza; pero me aprieta. No hace falta, le contesto, vivo a pocas cuadras. El hombre me mira a los ojos. Me dice: Dejame que te lleve igual. Cuando le sostengo la mirada unos segundos, él desvía la suya con rapidez. Pero sigue sin soltarme el brazo. Puedo sentir la presión suave pero firme de su mano en mi muñeca. Miro la calle, y el agua cae encima del asfalto como una cascada. Está bien, le digo, si quiere puede llevarme hasta la ruta. Se lo digo consciente de que mi respuesta lo humilla; de que lo desarma escuchar que todavía lo sigo tratando de usted.

El hombre trota abajo de la lluvia y vuelve manejando su coche. El coche está recién lavado; lo puedo notar a pesar de la lluvia. Cuando me subo, en el interior siento aroma a perfume. El tablero está lustrado; no hay papeles ni porquerías sueltas. Es un hombre prolijo, al parecer. Lo que, debo decir, no me sorprende. No esperaba encontrar su auto en otras condiciones que estas.

El hombre arranca y avanzamos dos cuadras sin dirigirnos palabra. Él maneja prestando atención a los movimientos del coche. En la que viene por favor doble a la izquierda, le aviso cuando nos estamos acercando a la avenida. Pero mientras se lo digo, sospecho que no va a doblar. Y en efecto, no lo hace.

Por qué no dobló, le pregunto. Él no contesta. Cuando lo miro, su expresión es seria, reconcentrada. Avanza dos cuadras más y estaciona en una esquina. Enfrente hay paredones de fábricas, y no se ve nadie a nuestro alrededor. Entonces el hombre apaga el motor.

Por qué no dobló, insisto. Quiero darle a entender que está cometiendo un error conmigo; pero el tono de mi voz no lo trasluce de esa manera. Él se rasca la frente, y después baja su mano de golpe, con brusquedad, y la apoya en mi rodilla. Es un movimiento muy forzado, muy intencionado, y por la humedad en la palma de su mano entiendo que él es consciente de su torpeza.

Soy una mujer casada, le digo. En ese momento vuelve a sorprenderme la debilidad de mi voz. Él entonces aprieta su mano en mi rodilla, suspirando, y después empieza a acariciarme el muslo por abajo de la pollera. Lo hace sin ninguna sensualidad; su mano va y viene como si mi pierna fuera un mueble y él quisiera sacarle brillo.

Yo miro fijamente el agua que rebota contra el parabrisas. Sé que él ahora me está examinando. De reojo puedo intuir que su mirada va de mi cara a la pierna que me toca; de mi pierna a mis pechos. Cuando me palpa un pecho, le digo: ¿Cómo se llama usted? Pero en lugar de contestar el hombre se estira en el asiento y me besa.

Es curioso, pero mientras el hombre me está besando solamente puedo pensar en que es la primera vez en mucho tiempo, casi veinte años, calculo, que me besan unos labios que no sean los de mi marido. Yo empujo al hombre, me lo saco de encima con el codo. Quiero saber tu nombre, le digo. Cuando me dice que se llama Juan, siento muchas ganas de ponerle un bife. Y no me demoro un segundo en hacerlo. Él no llega a esquivar el golpe; mi mano lo impacta de lleno, y a los pocos segundos una mancha colorada empieza a nacer en su mejilla derecha.

El hombre apoya una mano en el volante y se queda mudo, mirando la lluvia. Yo sé que le dolió, que le sigue doliendo, y no puedo evitar sentirme culpable. Me siento injusta y mezquina con este hombre que se ofreció a llevarme a mi casa en su auto. Con este extraño que me mira como un nene cuando me acomodo el pelo a un costado de la pileta. Me inclino en el asiento y empiezo a desabrocharle el cinturón. El hombre se resiste unos segundos; nuestras manos forcejean, pero yo ya me siento decidida. La perseverancia, esa es mi mejor cualidad. Cuando me decido a algo, no paro hasta conseguirlo.

El sexo del hombre está fláccido, caído. Supongo que por eso se habrá resistido. Yo me agacho y se lo beso despacio. Mientras lo hago, reconozco el olor del cloro; el olor a cloro que tiene el agua de la pileta del club. Después se lo chupo. Él empieza a resoplar. Escucho la lluvia que retumba contra el techo del auto, mezclada con los resoplidos del hombre. Después él me levanta la cabeza, me la sostiene del cuello con las dos manos, y me besa. A mi marido le da asco besarme cuando se lo hago. A este Juan no. Este Juan me besa en la boca y me abraza de una manera que casi no me deja respirar. Y a los pocos minutos ya no diluvia, solamente llovizna, y hay un viento tibio sacudiendo los árboles.

Volvemos por la avenida sin hablar. El hombre me deja en la ruta tal como se lo pedí. Lo despido con un beso en la mejilla. Cómo te llamás, me pregunta. Yo no contesto. Me bajo de su auto y cierro la puerta con fuerza. Después cruzo la ruta trotando, esquivando los charcos en los pozos. Cuando me doy vuelta, el auto ya no está.

En casa encuentro a mi marido y a los chicos mirando la tele. Llegué media hora más tarde que de costumbre, pero ninguno parece darse cuenta de eso, o ninguno por lo menos me lo señala. Hoy puedo considerar un alivio que sea así.

Durante la noche me da fiebre. Tengo sueños confusos, y me despierto sobresaltada cada media hora. Hay un punto en que no sé si estoy soñando o pensando. Mi marido a un costado sigue durmiendo. Durante un mes dejo de ir a nadar.

Cuando vuelvo al club me siento fuera de estado. Me agito más rápido; ya no puedo moverme en el agua como antes. Voy a los horarios de siempre y hasta me quedo algunos minutos de más, para recuperar todos esos días perdidos.

Pero al hombre no lo vuelvo a encontrar. No lo veo en toda esa semana, ni en la siguiente; ni tampoco en la otra. Eso me extraña, al principio. Saco la cabeza afuera del agua, y los ojos no están. Me ato el pelo estirando los brazos, y ya no hay nadie vigilándome desde el borde de la pileta.

Sigo yendo algunas semanas más, siempre al mismo horario, hasta que me termino por acostumbrar a esa falta. Y cuando lo hago, cuando por fin me acostumbro a mi rutina, dejo de ir. Dejo de ir a nadar al club. Siento que no es para mí. No sé qué esperaba encontrar volviendo. Pero ya no me siento cómoda nadando sola.






lunes, 1 de noviembre de 2010




Sentido


Federico tiene fe

de rico.

Leandro lee

literatura andrógina.

Diego

muere y va

a lo gentleman.

Marcelo

está celoso

de la ola.

A Julio

le gusta el verano.

Soledad

es toda ella

un canto

a sí misma.

Mara

pondría en el principio

el final

para amar

bien anacrónica.

Nicolás

se salva

por un acento.

Poesía

todo fraude

de lo escondido.

Palabra

pa

labrar

no

más.







lunes, 25 de octubre de 2010

cintia




Con mis compañeros de séptimo grado siempre jugábamos a la botella. Nos sentábamos en un rincón bien escondido del patio, a un costado de los baños. A veces la botella me apuntaba a mí. ¿Verdad o consecuencia?, me preguntaban. Verdad, contestaba yo. Todos sabían los rumores que se corrían, así que la pregunta era siempre la misma: Mauro, ¿es verdad que te gusta Cintia? Cintia estaba ahí, con las piernas dobladas en el piso, las manos apoyadas en las rodillas, y yo les decía: No, no me gusta. Lo decía mirando el piso, y después hacía girar la botella de nuevo.

A mí Cintia me gustaba desde hacía rato; sobre todo desde que algunas compañeras me habían dicho que ella también gustaba de mí. Pero yo estaba preocupado por algo que no tenía forma de disimular. Cuando empezaron las clases, a casi todos mis amigos ya les había cambiado la voz. Pero a mí no. Yo seguía teniendo voz de nene. De nena.

Yo hablaba de todas estas cosas con mi hermano mayor. Él ya estaba de novio, trabajaba; siempre había tenido éxito con el sexo opuesto. Una tarde le confesé: Maxi, me gusta mucho una chica. Él me contestó: Eso es bueno. Sí, le dije, pero no sé qué hacer. Recién ahí mi hermano dejó de mirar la tele. Está bien, a ver, contame cómo se llama. Cintia. ¿Vos ya le dijiste que te gusta? No, todavía no. Tenés que decírselo. Es que no sé. ¿Qué no sabés? No sé si le gusto. Mi hermano se enderezó en el sillón. Mirá, esto es más simple de lo que parece, me dijo, se lo decís, le decís a esta chica todo lo que te pasa, le endulzás el oído, y si ella está con vos, bien, pero si no, nada de tangos; te olvidás y a probar por otro lado.

Yo medité las palabras de mi hermano durante las vacaciones de invierno, y cuando las clases volvieron a empezar, yo ya me sentía preparado para decirle todo a la chica. Eran las siete de la mañana, hacía frío; en el cielo todavía se veían estrellas. Mientras subían la bandera, busqué a Cintia en la fila de mujeres. Ella era de las más bajitas, y hasta ese momento siempre había estado en la parte de adelante. Pero esta vez no la encontré ahí, sino en la parte de atrás. Cintia ahora estaba anteúltima.

Me costó reconocerla en la oscuridad del patio. La chica se había vuelto otra. Tenía pintados los ojos y las pestañas. Dos esferas gigantes le inflaban el buzo del uniforme. Se peinaba de otra forma, con el flequillo suelto para un costado. Su espalda ahora tenía forma de guitarra.

A las pocas semanas todo el colegio se sabía su nombre. En los asaltos los muchachos hacían fila para bailar con ella. Cintia sabía que era el centro de atención, y eso no parecía incomodarle. Cuando algo se le caía al piso, se agachaba en medio del aula, arqueaba la columna, y se quedaba ahí varios segundos, humillándonos. Yo la miraba con disimulo. Todavía no me había cambiado la voz.

Un martes mi hermano me sorprendió haciendo flexiones en la pieza. ¿Para quién te estás preparando, gordito?, me dijo. Cuando vio que yo no contestaba, dejó de reírse. Che, al final no me contaste qué pasó con esa Romina. Se llama Cintia. Sí, con Cintia, ¿qué pasó?, ¿le hablaste? No, todavía no pude. Apurate que se acaba el mundo, gordo. Es que cada vez que me acerco, me tiembla la voz. Entonces escribile una carta. ¿Una carta? Una carta, sí, si no te animás a decírselo en la cara, decíselo por escrito, a algunas mujeres les gusta. Yo no sé escribir cartas. Es muy fácil, me contestó él, lo único que tenés que hacer es poner todas las cosas que te gustan de la mina. ¿Nada más? Nada más, después vas y se la regalás con un chocolate.

Así que esa misma noche esperé a que todos se quedaran dormidos, y en el silencio de la casa escribí la primera carta de mi vida. Cintia, le puse, me gustan tus ojos. Me gustan tus manos. Me gusta tu hebilla azul. Me gustan tus pómulos y tu voz, y también me gusta tu frente. Después doblé la carta en dos, la guardé adentro de un sobre, y al otro día, antes de salir del colegio, se la regalé a Cintia con un alfajor de chocolate.

Durante el resto de la semana con la chica no cruzamos palabra. En los recreos yo hacía todo lo posible para alejarme. Cintia a veces me miraba de reojo, y yo sentía que se me sacudía el pecho como si adentro tuviera un tambor. Recién el viernes la volví a tener a cara a cara. En el recreo uno de los compañeros propuso jugar a la botella, y nos sentamos todos en el lugar de siempre, donde no nos veía nadie. 

A los pocos minutos de empezar a jugar, el pico de la botella quedó apuntando a Cintia. ¿Verdad o consecuencia? Ella eligió consecuencia. Uno de los muchachos entonces hizo girar la botella otra vez, y le dijo: Vas a tener que besar al que te toque. Está bien, dijo Cintia. La botella me terminó apuntando a mí. Mis compañeros me miraron con envidia. Pero Cintia dijo: No, a él no lo beso. Vos elegiste consecuencia, le dijo una de las chicas. Sí, pero a él no lo quiero besar; él escribe cartas.

Cuando volví a casa pasé una de las noches más largas de mi vida. Mi hermano se levantó en medio de la madrugada a mear y me descubrió con los ojos abiertos. ¿Pasa algo, macho? Yo no tenía ganas de hablar, pero le dije: Nada, pero tenés razón, las minas son todas putas. Epa, me miró él, ¿con tu amiga te fue mal? Mal, la verdad es que a esta chica no la entiendo. Contame qué pasó. Nada, le escribí una carta, se la regalé el otro día, pero no le gustó. ¿Una carta, boludo?, ¿pero por qué no le hablaste? Vos me dijiste que le escribiera una carta. No, a las minas hay que hablarles siempre a la cara, sin miedo, aunque te caigas, aunque te tiemble la voz. No importa, le dije, ahora ya sé que yo no le gusto.

Mi hermano se quedó callado, mirándome. Después se sentó en el borde de la cama y me palmeó el hombro. No quiero desalentarte, me dijo, pero andá acostumbrándote a esto desde ahora, a las minas que te gustan nunca vas a poder entenderlas. La lámpara le alumbraba un solo lado de la cara. Las mujeres son terribles cuando te gustan, me dijo.

Yo tenía doce años, pero me acuerdo de todo. Me acuerdo que cuando terminaron las clases todos nos cambiamos de colegio, nos dispersamos por distintos secundarios, y de Cintia no volví a tener noticias en mucho tiempo. Hasta que hace poco, en la casa de un amigo, vi una foto suya en el facebook. La chica estaba teñida de rubia, tenía argollas en las orejas; en la foto aparecía abrazada a un tipo de rulos. Mi amigo me dijo: Es el marido.

Cintia casada, pensé. Cintia sonriendo en la foto, con cara de mujer casada. Yo la prefería como en mi recuerdo, una morochita que iba de acá para allá, por el colegio, sin mirarme nunca. Cintia de perfil, sentada en la primera hilera de bancos, escuchando con atención a la maestra.

Hace un mes cumplí treinta años. La voz me cambió hace rato; hasta me dejé larga la barba. Pero todavía no me puedo acostumbrar a esto. Todavía no lo puedo entender. Tiemblo como a los doce cuando me acuerdo de Cintia.








miércoles, 13 de octubre de 2010

llavero



Era la primera vez que salía con Belén. La había conocido en el trabajo, unos meses atrás, y al principio no me había parecido nada fuera de lo común. Pero a medida que la fui conociendo me empezó a gustar. Belén tenía detalles que no me hacían acordar a ninguna. Yo no se lo decía porque no estaba seguro de que a ella le pasara algo parecido conmigo. Así que decidí esperar a que terminara mi contrato temporal. Entonces podía decírselo sin importarme lo que viniera después, porque ya no iba a volver a verla. 

Y mi paciencia fue eficaz. Justo en mi última semana en la oficina, uno de los muchachos nos invitó a todos a su despedida de soltero. La iba a festejar en un bar del centro, conjuntamente con la futura esposa, así que también estaban invitadas las mujeres de la oficina.

Yo le pregunté a Belén si quería ir conmigo. Vamos, me dijo ella, ¿pero no te jode que venga también mi novio? Para nada, le contesté yo, traelo que no pasa nada.

Estuve el resto de la semana pensando en cómo hacer para cancelar la cita, pero cuando llegó el viernes todavía no me había animado. Le estuve hablando a mi novio de vos, me dijo Belén, quiere conocerte, ¿esta noche pasás a las diez? Por supuesto, le dije, a las diez estoy allá.

A las diez y media toqué el timbre en la casa de Belén. Estuve un rato esperando en la puerta, pero no salió nadie. Toqué el timbre dos veces más; nada. Al final la llamé por teléfono. Tuve que salir de urgencia, pero en cinco minutos estoy ahí, me contestó Belén, ¿pero Pepe no te abrió? ¿Qué Pepe? Mi novio, está en mi casa él, ¿no te abrió? No, acá no sale nadie. Puta madre, dijo Belén.

Cuando llegó, a la chica se le notaba la bronca en la forma de caminar. Este tipo es un desastre, dijo antes de saludarme. Después apretó el timbre durante varios segundos. El perro en la casa del vecino empezó a ladrar. Este pelotudo tiene mis llaves y debe estar durmiendo, me dijo Belén. Volvió a tocar el timbre. Después probó de nuevo, con los ojos colorados. Así tres veces más.

¿Pero teléfono no tiene?, le pregunté. No, él celular no usa; pero escuchame, hay otra posibilidad. Sí. ¿Te animás a treparte? Qué. Si te animás a subirte a la pared; cuando estés adentro, buscás la llave y me abrís. ¿Decís que me trepe? Sí, Pepe ya lo hizo un par de veces, te tenés que trepar por ahí, ¿ves?

Yo miré para un lado, después para el otro, en la calle no había un alma, y le dije: Está bien. Me subí a la medianera del vecino. El perro que ladraba pegó un salto y con los dientes me rozó una zapatilla. Este bicho está endemoniado, dije. Belén me contestó: Vos seguí que no pasa nada.

De la medianera me trepé a la pared, y de ahí me solté en el patio de su casa. Todo estaba oscuro. ¿Y ahora? Ahora fijate si alguna de las ventanas está abierta. Di una vuelta alrededor de la casa. Todas las ventanas estaban cerradas. No me vas a creer, están todas cerradas. No me digas. Sí te digo. Te juro que lo voy a matar, me dijo Belén, te juro que lo voy a matar.

Me quedé inmóvil en la oscuridad del patio hasta que a Belén se le ocurrió una idea. Gastón: gritale. Qué. Gritale a Pepe por la ventana de la pieza, a ver si lo despertás. No sé si da. Vos haceme caso, gritale que otra no nos queda.

Así que fui hasta el final del pasillo, apoyé la cara contra el vidrio de la ventana y empecé a gritarle a Pepe. Pepe, Pepe, abrí. Más fuerte, me dijo Belén, con más ganas. Yo volví a gritar más fuerte, con más ganas, apretando el estómago: Pepe, Pepe, abrí. Todos los perros de la manzana empezaron a ladrar. ¿Y?, me preguntó Belén. No pasa nada, le dije yo.

Pero no lo había terminado de decir, que una figura oscura, de metro noventa, apareció en la ventana. La ventana se abrió. ¿Qué pasa, loco?, me dijo la sombra. Yo tuve que contestar mirando para arriba: Hola, soy el compañero de trabajo de Belén. ¿Qué querés? Nada, pero Belén está afuera y no tiene las llaves. 

La sombra me miró en silencio. Después se alejó con pasos lentos, torpes, y encendió la luz. Entonces vi a Pepe con claridad. Era flaco, flaquísimo, y muy narigón. Tenía ojeras violetas, y una melena inmensa de rulos afroamericanos, artificiales, cuidados con mucho esmero. Decile a Belén que ya voy, me dijo bostezando.

Yo volví a la puerta y a los pocos minutos Pepe salió de la casa con las llaves en la mano. Che, disculpame que te haya gritado, pero no sabía cómo despertarte. No te preocupes, loco, me contestó él, todavía medio dormido. 

Cuando abrió la puerta de la calle, Belén entró gritando. Nunca más, forro, nunca más. Lo empujó y le sacó las llaves de la mano. Perdoná, morocha, le dijo Pepe, me tiré un rato y palmé. Sos de lo peor, le gritó ella, de lo peor. Después entró a la casa y Pepe la siguió de atrás. Yo me quedé un rato afuera, escuchando cómo discutían. Cuando los gritos de Belén se callaron, Pepe sacó la cabeza por la ventana y me buscó en la oscuridad. Che, loco, disculpá por todo esto. No te hagas drama, le dije. Bueno, pero no te quedes ahí, entrá un cacho que Belén se está bañando.

En la cocina Pepe me convidó un cigarrillo. ¿Tomás vino?, me preguntó. Un vaso me tomo, le dije. Él trajo una damajuana. Después del tercer vaso yo ya me sentía mareado. Belén está medio loca, me dijo Pepe, disculpá por todo esto, de verdad. No te preocupes, le dije yo, los viernes uno está cansado. Pasa que la mina me echa la culpa, pero ella también tiene sus llaves, haceme caso que está pirada. Mientras me lo decía, Pepe se peinaba los rulos con un palito, de cara al espejo.

Cuando Belén volvió del baño, salimos. Yo manejé apurado porque a las doce teníamos que estar en el bar. En cierto punto, mientras viajábamos, Pepe me preguntó: Loco, ¿te molesta que fume? Yo había lavado el coche esa tarde, pero le dije que fumara tranquilo. Pepe sacó el fuego y una espuma de humo llegó hasta el asiento de adelante. Yo bajé la ventanilla cuando me di cuenta de que había prendido un porrito. Pasame un poco, dijo Belén. Pepe se lo alcanzó y después se tomó un trago de cerveza interminable. Por el espejo retrovisor vi cómo su nuez subía y bajaba, bajaba y subía. Menos mal que traje esta fresca, dijo Pepe, hoy la marihuana está áspera. Belén empezó a toser y después me puso el porrito en la cara. Gastón, ¿querés? Yo fumé dos pitadas para no desentonar. Al final llegamos al bar a las doce y diez.

En la puerta estaban todos nuestros compañeros del laburo, esperándonos. Uno me preguntó: ¿Qué te pasó, hermano? Yo pensé que se había dado cuenta de que estaba drogado, pero cuando vi que me señalaba el pantalón, bajé la mirada y descubrí que tenía una mancha de cal en la rodilla. Me caí en la esquina, le dije. ¿Te caíste?, me preguntó. Yo no contesté. Vi que Belén se iba con Pepe y los seguí de atrás.

En el bar habían juntado varias mesas. Los amigos y conocidos del novio nos sentamos por un lado, y los amigos y conocidos de la novia por otro. Durante la cena desfilaron los vinos, las cervezas y los tragos. A eso de las tres yo ya veía todo lleno de colores. 

Pepe se iba cada tanto al baño y volvía rascándose la nariz. Yo aproveché una de sus fugas para acercarme a Belén. Belén, le dije, ahora que ya no voy a volver a la oficina, tengo que confesarte algo. Decime. Te amo, estoy loco por vos. La chica me miró de reojo. Por las dudas de que no me hubiera entendido, se lo repetí en voz alta: Te amo, me volvés loco. Ella me apretó el brazo. Ya te escuché, Gastón, hablá despacio. Lo único que me motivaba de ir al trabajo era verte, le dije. Bueno, me contestó ella, mejor salgamos así lo hablamos afuera.

Le dijimos al muchacho de la puerta que íbamos a comprar cigarrillos, y con Belén nos acomodamos en la esquina. ¿Qué es lo que querés?, me preguntó. Un beso, le dije yo. Belén me besó la mejilla. ¿Listo? No, yo quiero uno acá, le dije, poniéndome el índice en la boca. Belén miró para todos lados. La calle estaba llena de gente, pero no nos conocía nadie. Así que me besó un rato. ¿Ahora sí? Ahora sí, le dije, y volvimos al bar caminando pegados.

Cuando entramos Pepe todavía no había vuelto a la mesa. Belén se sentó y yo fui al baño con cuidado de que no me viera nadie. Pero en la puerta del baño me crucé con Pepe. Él me agarró un hombro, con los ojos medio salidos para afuera. Gracias por traernos hoy, me dijo, ahí te portaste, loco, te portaste. No te hagas problema, Pepe, para mí no fue nada. Pero en serio te digo, sabés que Belén me hablaba de vos y yo de prejuicioso pensaba que eras un boludo, pero ahora que te conozco me doy cuenta de que sos un maestro. El maestro sos vos, Pepe. Él sonrió y se puso a bailar de cara a la pared. Yo le palmeé el hombro y entré al baño.

A eso de las cinco de la mañana se armó. El que se estaba por casar se puso a hablar con una chica en la barra de la otra pista, bien escondido, pero la novia lo vio. Discutieron, ella tiró una botella al piso; los vidrios saltaron por todas partes. Yo miré a Pepe y a Belén; los dos bailaban distraídos, apretados, a un costado de la pista. Apenas se soltaron, les dije: ¿Vamos?

Volvimos por la autopista a cincuenta kilómetros por hora. Belén tarareaba la canción que sonaba en los parlantes del coche, y Pepe en el asiento de atrás tocaba una guitarra imaginaria con los ojos cerrados. En cierto punto, sin previo aviso, Belén se puso a llorar. ¿Qué pasa, morocha?, le preguntó Pepe. Nada, que soy una boluda, una boluda tremenda, le contestó Belén. ¿Por? Por lo que te hice.

Belén se quedó en silencio y yo la miré tragando saliva. Me tranquilicé cuando vi que tenía la cartera abierta, y que en una de las manos sostenía un llavero. Tenía mis llaves en la cartera, dijo llorando, soy una boluda. No te preocupes, morocha, le contestó Pepe, ya fue. Pero soy una boluda, tanto que te cagué a pedos, y las tenía acá. Quedate tranquila, morocha, en serio.

Pero cuando llegamos a la casa Belén todavía seguía llorando. Se bajó del auto sin saludarme y Pepe se inclinó en el asiento: Maestro, ¿no te querés bajar un rato?, en la heladera hay un par de cervezas. Ya era de día y Belén terminaba de entrar a la casa. No, genio, perdoná pero no puedo. Pepe me dio una palmada en el pecho: Dale, vos no le hagas caso a esta loca, que se le pasa enseguida. No, en serio, mañana tengo que levantarme a las once. Pepe al final me despidió con un apretón de manos. Cuando se bajó, la puerta de la casa de Belén ya estaba cerrada. Yo subí el volumen de la música, arranqué el coche y me fui.

El lunes ya no me tocó volver a la oficina. Pero me llegó un mail, a los pocos días; mi colega decía que al final se había arreglado con la novia, después del desliz en el bar, y que se casaban a fines de septiembre. Yo lo llamé para felicitarlo después del casamiento. Él me habló un rato de la fiesta, y después me actualizó de cómo estaba todo en la oficina. ¿Y Belén en qué anda?, le pregunté. Ahí está, me contestó, haciendo quilombo, como siempre; dicen que ahora se peleó con el novio. ¿Con el que fue a la despedida? Con ése, sí; se peleó no bien te fuiste vos, la morocha está solterita, ahora, me dijo.

Yo no me aguanté la ansiedad y esa misma noche le mandé un mensaje de texto a Belén. Como no me lo contestó, a las dos semanas le mandé otro. Lo que te dije en el bar es verdad, le escribí. Ella me lo contestó al otro día. Me puso: Ya no tenés que verme todos los días, Gastón. Nada más que eso. Ya no tenés que verme todos los días. Yo leí su mensaje varias veces. Lo leía, me quedaba dando vueltas, y al final siempre me terminaba acordando de Pepe. Pensaba en lo perdido que debía sentirse el tipo, ahora que no estaba con ella. No ver más a una mujer como Belén puede desorientar a cualquiera.




miércoles, 6 de octubre de 2010


En "Un verano con Mónica", Harriet Andersson raja la tierra. Cuando una mujer te mira así, ¿qué hacés?  




sábado, 2 de octubre de 2010





Mañana


Cuando en el silencio de la mañana

tu cuerpo se mueve desestabilizando

la quietud, y se estira en la cama revuelta

con la columna vertebral arqueada,

rozándome las piernas

abajo de las sábanas,

y la blancura de un pecho tuyo

aparece a la luz

del único rayo de sol

que se descuelga de la ventana

del dormitorio de tu casa,

y tus ojos se abren mirando

durante un segundo todavía para adentro,

apretados, azulados, como separándose

todavía de lo que vieron adentro del sueño;

después de todo eso, quiero decirte,

cuando te despertás a la mañana

siempre hay un momento

en que girás la cabeza 

y me mirás como extrañada, 

como sin entender quién soy,

qué hago,

qué estoy haciendo en tu cama,

mientras yo

acurrucado en la sombra

te miro esperando que te acuerdes,

que de a poco me veas,

que me reconozcas.








lunes, 27 de septiembre de 2010




Subida


Salgo a andar en bicicleta

todos los días. No voy a ningún

lugar en especial. Esquivo

pozos, paso despacio

por encima de las piedras; aunque en la ruta

los colectivos y los autos

me rocen el manubrio

mi tarea es mantener el equilibrio,

andar siempre

en la misma dirección

recta, mirando

para adelante.


Cuando estoy agitado, y me arde

la boca de sed, y mis pulmones

silban con una punzada

aguda, se me ocurren

pensamientos aislados que

por lo general no tengo.


Pienso: la mujer que me espera

usa una hebilla azul

en el pelo.

Pienso: la mujer que buscás

y en algún lugar de la tarde

te espera,

cuando duerme

tiene sueños oscuros

en los que aparecen

tu cara

y tus complejos sanados.


Cuando estoy en una calle

que desciende de una loma, dejo

de empujar los pedales, y puedo tener

un momento de descanso

y paz

que no se va a volver a repetir

en el día.

Entonces el viento en la cara

no me dice nada, es solamente un vidrio blando

que me deja respirar, y yo

creo en la buena fe de esa inercia.


Pero cuando la calle está en subida

y el peso de mi cuerpo

y el de la bicicleta

abajo de mi cuerpo

se triplican,

siento un cansancio

que me quema,

en mi frente

se acumulan

pensamientos sin orden,

que giran y chocan

entre sí, y lo único que puedo

esperar

es que al final de la loma,

cuando llegue al punto

en que la gravedad

se equilibre, tenga el corazón

preparado

para enfrentar

lo que mis pensamientos

resolvieron sin mí.


Cuando dejo

la bicicleta apoyada

en el patio de mi casa,

tengo la sensación

de estar dejando

lo que amo.


Pienso: mañana.

es ella.

Mañana

va a existir.

Mañana

me espera su vida.











jueves, 23 de septiembre de 2010





Ingeniería


La mano que le dio forma a la vida

fue ocurrente y práctica

por donde se la mire.


Que una mujer pueda

tragarse, devorarse al hombre

que se acomoda en ella

como una planta carnívora

absorbe a su presa

es de una ingeniería magistral.


Fue una mano

de lo más prodigiosa; a mí no podría habérseme ocurrido

la forma de un pecho, de unas piernas

o de una boca, no podría haber imaginado nunca

la sensación del placer

si no la hubiera conocido primero.


La mano que hizo el boceto de todo

lo hizo cuando no había nada,

empezó de cero, de un cero

anterior al cero; y en su creación

tuvo la ocurrencia

plástica, concreta

de que la mujer

y el hombre

fueran diseñados

para volverse una sola masa apretada.

La mano

los aprieta en su palma. 















miércoles, 8 de septiembre de 2010





Viento


En algún momento,

en algún lugar del planeta, quizás

en el medio del mar, o

en una isla despoblada, hubo

una explosión.

En ese lugar y en ese momento

se desbocó una energía masiva

salida del misterio, del enigma

y un viento único

nació destinado a tocarnos.


Este viento recorrió

miles de kilómetros, muchos días,

hasta semanas

para hoy empujar

las ramas de los árboles en la vereda.


Un papelito se mueve por la calle

empujado por el viento.

El pelo lacio de una mujer

también se sacude y baila

con este viento.


El viento me sopla en la cara,

mi remera se ondula, el viento

que toca el pelo de la mujer

y hace bambolear los árboles

ahora está en mí.


Puedo respirarlo,

puedo pensarlo,

pero no saber su secreto.

Aunque pueda respirarlo,

no puedo entender

lo que significa el viento.


El viento tiene un nombre,

vigila el mundo, lo

recorre, es un avión invisible

sin dirección planeada. Nunca un viento

es el mismo que el anterior.

Un viento nace

por primera vez,

y también por primera vez

muere.

Su destino es ir, siempre ir,

sin que nadie

llegue a entender qué es.


Es como una persona transparente,

el viento, que nos cruza.


El viento es el nombre

de esa energía secreta, divina

que ahora sacude el pelo de la mujer.






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Chica


Leo: la belleza no está

en las cosas,

la belleza está en la mirada

del que mira.

Y levanto los ojos y no puedo, ya no hay

una palabra

belleza

ni una palabra

cosa,

solamente espacio y una chica que titila

al fondo

del vagón

en el tren

que oscila,

atrás de mi mirada, que no se nombra;

no tiene forma, esta chica

explota,

ruptura

de ella, en el paisaje

que se expande

constante,

sin desbordarse

la chica

a sí misma,

no sé si son

los ojos

o las piernas

cruzadas,

o la hebilla

en el pelo,

o el pelo

en el hombro

como una cascada,

porque, inmóvil, la

chica

no tiene forma,

su belleza

explota,

devora

energías, la velocidad

expansiva, la gravedad

de la tierra

que rota, que gira,

mientras miro

a la chica

no tengo nada

en los ojos,

no tengo

mirada,

no estoy

en mi vista,

esta chica

me traga.