jueves, 7 de enero de 2010

es para bien




Guadalupe vino a visitarnos con su familia en los primeros días de enero. Llegó una mañana nublada y calurosa en un coche que más bien parecía un barco; a nosotros (a mi hermano y a mí) nos llamó la atención los auriculares inmensos que la chica tenía en las orejas; sus piernas eternas y doradas; la mirada de ojos verdes fluorescentes que parecía mirar todo de costado.

Guadalupe no sonreía. No bien llegó, se quejó de los mosquitos, de lo largo que estaba el pasto; de que en la casa no hubiera Internet. Mientras nosotros le mostrábamos los cuartos hizo una sola pregunta:

–¿Acá siempre hace tanto calor?

Un rato después mi madre me mandó a buscar una bolsa de hielo al pueblo. Cuando volví, ya había una jarra de jugo de limón en la mesa, y nos sentamos todos en la galería a conversar.

Estuvimos charlando un rato. Silvia, la madre, nos preguntaba cómo nos iba en la vida, qué nos gustaba hacer; a mi hermano Federico le dijo que era un calco del abuelo.

Yo de vez en cuando miraba a Guadalupe.

Miraba su pelo largo, lacio, rubio. Tenía unos pechos escasos, diminutos, pero bien punzantes en su lugar. Cuando su padre me miraba, yo desviaba la vista enseguida.

Pero el tipo resultó ser un hombre agradable.

–¿Te gusta jugar al fútbol? –me preguntó en cierto punto.

Yo le contesté que sí, y cuando el sol fue bajando nos jugamos un picado enfrente de la casa.


**

Esa noche el padre nos preparó asado para la cena. Fue con mi madre al pueblo y un rato después volvieron con dos bolsas de carne y gaseosas, y prepararon el fuego. Mientras tanto Guadalupe y su madre se acostaron a descansar. La señora todavía era una mujer apetecible; físicamente madre e hija eran muy parecidas. Antes de que llegaran, mi madre nos había dicho que el de Silvia era su segundo matrimonio, y que no hiciéramos preguntas al respecto.

Iban a quedarse algunos días; tengo entendido que tenían que hablar con mi madre sobre el asunto de una herencia. Para nosotros fue toda una novedad tener visitas de gente que vivía en la capital; imagino que para ellos también habrá sido una experiencia novedosa conocer nuestra casa y el campo.

Mi madre también nos había dicho que Marcelo, su primo lejano, iba a venir con su hija. A Federico y a mí nos gustan mucho las mujeres, y mi madre lo sabe: Ojo con lo que hacen, nos avisó.

Guadalupe, al final, rebasó nuestras expectativas. Tenía solamente diecisiete años, pero ya estaba hecha toda una mujer. Incluso mi hermano, que es más grande y tiene más dominio que yo en el asunto, se sintió intimidado cuando la vio. Pero un rato más tarde, mientras mi madre y Marcelo estaban de compras, se animó a acercarse. Le preguntó si le gustaba ir a bailar.

–Yo solamente salgo con mis amigas –le contestó ella.

Después bostezó y preguntó si podíamos llevarle un ventilador a la pieza porque tenía ganas de dormir y no soportaba el calor.


**

Para cuando esa noche nos sentamos en la galería a comer el asado que preparó Marcelo, yo ya sabía que estaba enamorado de ella. Tengo debilidad por las mujeres como Guadalupe. Cada vez que pasaba cerca suyo respiraba hondo para atrapar ese perfume intenso, el olor de su piel. Mi hermano me dijo en voz baja:

–Es una arisca.

–Quizás no está acostumbrada al calor –le dije.

–No importa. No me gustan las ariscas. No veo la hora de que se vaya.

Mi hermano se da mucha maña con las mujeres; en el pueblo tiene popularidad de don Juan. Pero, nadie lo entiende, no le gustan las lindas. Dice que son muy vanidosas, que actúan como si el mundo les debiera veneración por el solo hecho de ser lindas; como si eso fuera algo que se pudiera merecer.

Las moscas durante la cena atacaron sin piedad la piel suave y delicada de Guadalupe, y ella le preguntó a mi madre con una mueca de asco:

–¿Siempre son tan insoportables?

–Pasa que vos las estás invadiendo –le contestó mi hermano-. Fijate que a nosotros no nos pican.

Los padres de Guadalupe se miraron.

–Fede –dijo mi madre.

Marcelo entonces sonrió y se apuró en cambiar de tema.


**

Al día siguiente mi hermano y yo nos despertamos temprano y fuimos a llenar el bebedero de los caballos. Acá siempre hay cosas que hacer en la mañana. Los caballos son de un tipo del pueblo que los alquila para la doma. Son ariscos. Sobre todo uno musculoso y negro; cada vez que nos acercamos a la cerca empieza a pisotear el suelo, con la cabeza levantada y el pecho inflado.

Los caballos fueron lo único que pareció llamarle la atención a Guadalupe. Esa tarde se acercó mientras yo estaba apoyado en la cerca, intentando conversar al caballo negro.

–¿Cómo se llama? –me preguntó.

–No sé.

–¿Por qué le hablás?

–Porque me escucha.

Yo iba todas las tardes a conversarlo y el caballo ya tenía alguna confianza conmigo; pero, no bien la vio a Guadalupe, retrocedió un paso y nos empezó a mirar de reojo.

–Lo pongo incómodo –dijo ella.

–No, él es así; medio jorobado. Con mi hermano también.

Guadalupe se acercó unos pasos más y estiró el brazo para acariciarlo; pero no llegó a tocarlo que el caballo pegó un salto impresionante y dio un cabezazo en el aire, arqueando la columna vertebral, como si estuviera buscando un centro.

Cuando la polvareda que el impulso de sus patas había levantado del piso se terminó de asentar, Guadalupe tenía un gesto de horror.

–Este bicho está loco.

Le expliqué que se portaba así porque era caballo de doma, y la naturaleza de esos caballos es así, arisca. Pero eso no quitaba que fuera un animal noble y digno de admiración. Mirá qué músculos que tiene, le dije. Sí, todo lo que quieras, pero este bicho está loco, volvió a decirme ella.


**

Mi hermano volvió del pueblo borracho. Nadie se dio cuenta porque lo disimula muy bien. Se pone serio y habla poco, y se mueve muy despacio. Imaginé que debió haber parado con los vagos de la esquina Güemes, como ellos mismos la nombraron; se quedan hasta el atardecer tomando cerveza en la persiana de una ferretería que fundió el año pasado y después van para la plaza del centro a conversar con las chicas.

Yo fui un par de veces con ellos, pero Federico no se siente cómodo cuando estoy ahí; no me lo dijo, pero uno se da cuenta; no le gusta que me haga amigo de sus amigos. Así que casi siempre me quedo acá, en casa. Y como mi compinche Juan en enero siempre se va a Rosario, durante estos días lo único que hice en mi tiempo libre fue ir a ver y charlar a los caballos.

Esta tarde además de eso junté las ramas caídas de los eucaliptos y corté leña con la remera arremangada, por si pasaba Guadalupe, para que me viera los músculos. Pero ella se fue a recorrer con mi madre y sus padres los campos de la zona, en el coche de Marcelo, y no me vio. Así que hinché venas al divino botón.

Volvieron un rato antes de que llegara Federico. Él entró a la casa bastante picado. Nadie pareció darse cuenta menos yo, que lo conozco, que sé sus mañas para disimular la borrachera.

Igual no lo disimuló tanto como él mismo hubiera querido, porque miraba a Guadalupe con una fijeza y una alevosía tal que me dio vergüenza ajena. Se llevaba el tenedor a la boca, y mientras digería el bocado la miraba con unos ojos inexpresivos, como desenfocados, pero fijos. Cuando seguí el hilo de su mirada, me encontré con el dibujo de una estrella que la chica tenía tatuado en el cuello.

Marcelo tosió fuerte, después se aclaró la garganta, pero mi hermano no le sacaba a su hija los ojos de encima.

Estaba evidentemente pasado.


**

Esa noche mi hermano roncó como un dragón. Se durmió no bien se acostó y en pocos minutos sus alaridos guturales habían infestado de olor a tinto fermentado el aire caliente del comedor. Casi no se podía respirar. Yo lo odié con pasión, tirado en el colchón a un lado del sofá donde él resoplaba con la boca abierta. La luna flotaba en la ventana y dibujaba el perfil de su cuerpo y del sofá, y del resto de los muebles.

En cierto punto se abrió la puerta de nuestro dormitorio. Salió Guadalupe. Fue como una aparición. Me conmovió ver en vivo y en directo la figura de la persona en la que había estado pensando desde hacía horas. Entorné los ojos lo suficiente como para parecer dormido, por un lado, y poder ver lo que hacía, por otro.

Ella cruzó el pasillo en dirección al baño. Salió unos minutos después. La vi volver hasta la puerta de la habitación y, cuando yo ya pensaba que iba a entrar, la chica se dio vuelta y se quedó unos segundos ahí, inmóvil, mirándonos. No había tanta luz como para distinguir a quién o qué estaba mirando, pero era un hecho que miraba para el lugar donde dormíamos nosotros. Después volvió a girar. Entró al cuarto y cerró la puerta.

Esa imagen de Guadalupe, inmóvil en el pasillo, casi fantasmal a la luz de la luna, me persiguió durante toda la noche. ¿Me miraba a mí? ¿Puede ser que le guste? Cuando se hizo de día yo todavía no había pegado un ojo.

Mientras desayunábamos, unas horas más tarde, me dio la sensación de que Guadalupe ya no era la misma que la del día anterior. Parecía de mejor humor y ya no se quejaba ni de los bichos ni del calor. Incluso me acompañó a darle agua a los caballos.

Mi hermano seguía durmiendo, roncando de dolor, y no lo desperté hasta el mediodía, cuando Marcelo nos invitó a todos a almorzar a una parrilla del pueblo.

Federico se levantó mareado. En la parrilla comió mucho, sin hablar. Después se tomó un vaso de cerveza, imagino que para aliviar la resaca; pero después se tomó un segundo vaso, como para aliviar el gusto amargo del primero, y entonces ya estaba borracho de nuevo.

Guadalupe conversaba conmigo mientras Marcelo, a mis espaldas, le decía a mi madre:

–Ya sabés, Marta. Son campos inútiles. No hicieron bien la rotación. Esas son tierras que ya no sirven.

Recién me di vuelta cuando mi hermano se enderezó en su silla y dijo con una voz ronca:

–No. No. Son buenas tierras, ésas. No las vamos a regalar.

–Nadie habla de regalar, Fede –dijo mi madre.

Pero mi hermano ya estaba borracho de nuevo.

–No las vamos a regalar –repitió. Repetía–: No las vamos a regalar.

Después tomó otro sorbo de su vaso y mi madre lo vigiló con atención mientras él lo soltaba en la mesa y terminaba de pelar la costilla que había en su plato. Los padres de Guadalupe se miraron entre ellos y después desviaron los ojos.


**

Esa tarde invité a Guadalupe al estanque donde siempre nadamos con mi amigo Juan. Ella dijo que le parecía bien broncearse y accedió ir conmigo un rato. Mientras cruzábamos el descampado le hablé de las iguanas que dormían en las cuevas. Le dije que había que tener cuidado con pisar alguna porque las iguanas salían medio jorobadas y empezaban a tirar coletazos. Pensé que ese detalle podía impresionarla. Pero Guadalupe caminaba distraída.

–¿Cuántos años tiene tu hermano? –me preguntó de repente.

–Veintidós, ¿por?

Ella levantó los hombros.

–Parece de menos.

Llegamos al estanque unos minutos después. Guadalupe se sacó la remera y el pantalón corto que tenía puestos y estiró una toalla en el piso. No sé cómo podía soportar ese sol tan picante. Hacía cuarenta y cinco grados. Ni los pájaros se movían de la sombra. Yo me tiré al agua y nadé un rato, y después me acerqué al borde y le tiré agua a ella, que tomaba sol con los ojos cerrados.

–Sos tarado, nene –me miró sobresaltada.

Después de un rato me dijo que le había empezado a doler la cabeza y se levantó y volvimos a la casa.

Todavía no habíamos llegado cuando vimos desde lejos la figura de mi hermano. Federico estaba llenando el bebedero de los caballos. Guadalupe se acercó a la cerca y yo la seguí de atrás.

El imponente caballo negro pastaba alrededor de un árbol.

–Hoy está más tranquilo –dijo Guadalupe, señalándolo.

Pero yo vi que miraba a mi hermano.

Federico se dio vuelta y nos miró de reojo. Ella entonces le contó lo que había pasado el día anterior. Lo del cabezazo del caballo. A mi hermano le causó gracia la anécdota, y después pasó a explicarle lo mismo que yo ya le había comentado acerca de que eran caballos que se usaban para la doma porque tenían una naturaleza arisca. Encendió un cigarrillo, mientras se lo contaba, y Guadalupe le preguntó si no tenía uno para convidarle. Él dijo que era el último, pero que tenía un paquete entero en la casa.

–Ay, ¿me los irías a buscar?

Guadalupe me lo preguntó mirándome a los ojos, y yo, que soy un caballero, por supuesto, se los fui a buscar.


**

Fue una cena tensa. No sabría explicar por qué; era solamente el clima que envolvía la mesa en la que cenábamos. Las mujeres eran las únicas que conversaban con fluidez; Marcelo hacía un comentario de vez en cuando, pero después se quedaba callado. Imaginé que era el cansancio.

Mientras levantábamos la mesa, unos minutos más tarde, un relámpago alumbró la oscuridad del campo. Durante el atardecer, el cielo se había ido llenando de nubes y un vapor caliente y denso flotaba en la atmósfera. Ahora se estaba por largar.

Cuando nos íbamos a acostar, explotó el primer trueno. Guadalupe y su madre se acercaron a la ventana. Entonces un rayo eléctrico bajó del cielo negro como una espada, se lo vio nítido, por la ventana, clavándose en la tierra. Silvia se asustó porque le pareció que había caído muy cerca de la casa; pero mi hermano le dijo que en realidad había caído a varios kilómetros. A los pocos segundos cayó otro rayo, y otro trueno explotó, haciendo temblar los vidrios.

Guadalupe sonrió entre la fascinación y el susto.

–En serio parece que caen acá cerca.

–No, caen lejos, bien lejos –le contestó Federico.

Él ya se había acercado y puesto a un lado de ella, mirando los relámpagos que de tanto en tanto alumbraban la inmensidad del campo desierto. Me pareció que le rozaba la cintura con una mano, en un momento. Pendejo de mierda, mastiqué en voz baja.

Cuando se largó a llover, todos en la casa ya estábamos acostados.

Esta vez fui yo el que me dormí enseguida. No bien me acosté, palmé. Escuchaba mientras soñaba el ruido de la lluvia, así que adentro de mi sueño también estaba lloviendo. No me acuerdo qué fue lo que soñé, pero en cierto punto de la madrugada me desperté conmovido, como si hubiera soñado algo grave. Abrí los ojos y afuera todavía estaba lloviendo. Cuando un relámpago volvió a estallar, vi que el sofá donde dormía mi hermano estaba vacío.


**

¿Qué era lo que me había despertado? ¿Un trueno? ¿Un golpe? ¿Unos pasos? Recién cuando se me pasó la modorra del entresueño, escuché unas voces viniendo desde la entrada de la cocina. No eran voces; eran más bien gritos. Alguien gritaba, y no estaba en la cocina, sino afuera de la casa. El murmullo de la lluvia seguía siendo ensordecedor; viento, agua, truenos; los gritos venían apagados. Estaba seguro de no haber dormido mucho tiempo, pero cuando miré el reloj eran las cuatro. Me levanté, crucé el pasillo; un nuevo relámpago volvió a alumbrar la ventana y vi que las puertas de mi cuarto y el de mi madre estaban abiertas. No parecía haber nadie adentro y seguí avanzando por el pasillo.

En ese momento se encendió la luz de la cocina. Vi a mi madre. Estaba con su ropa de dormir, despeinada, pero con los ojos bien despiertos y lúcidos. Tenía cara de asustada. Miraba para afuera.

–¿Qué pasa, ma?

Pero ella no contestó. Salió por la puerta. A esas alturas, los gritos habían cobrado fuerza y nitidez. Eran insultos. Cuando me asomé por la puerta, atrás de mi madre, vi que Marcelo y mi hermano discutían abajo de la lluvia. Los dos, empapados, se insultaban apuntándose con el dedo. Parecía que iban a pegarse en cualquier momento. Mi madre había salido y estaba empujando a Marcelo para un lado. Pero mi hermano seguía arrimándose, y ella se dio vuelta y también empezó a empujarlo a él.

Yo salí. La lluvia estaba helada. Un nuevo trueno explotó al mismo tiempo que un relámpago, y vi los caballos saltando y trotando del otro lado de la cerca, como fantasmas a trasluz llevándose por delante el diluvio. Y vi también a Guadalupe, llorando abajo de la galería de la entrada. Su madre la sostenía de un brazo. Gritaba como una loca, Silvia. No sé si a su hija, o si a mi hermano, o si a su marido. O si a la tempestad. Yo seguía sin entender lo que estaba pasando.

–Nos vamos ahora mismo –gritó Marcelo.

–Marce, no digas locuras, mirá lo que es esta tormenta –le decía mi madre.

Pero igual no lo pudo convencer.


**

Mi hermano y yo nos quedamos en la galería mientras Marcelo y su mujer buscaban sus cosas adentro de la casa. A Guadalupe la metieron de un brazo. Salieron unos pocos minutos después, sosteniendo bolsos y valijas mal armadas; incluso con ropa en las manos. Tiraron las cosas en el baúl y en el asiento de atrás del coche. Mi madre seguía a Marcelo, imagino que para hacerlo entrar en razón. Pero él negaba con la cabeza, gritaba, y después nos señalaba a nosotros. Federico lo miraba sonriendo, y lo saludaba con la mano.

Marcelo al final se subió al coche sin despedirse, y lo sacó de la entrada del campo arando. Varios pedazos de pasto y de barro volaron por el aire. Dio una vuelta alrededor de la casa, y después encaró el auto en dirección al caminito afilado de tierra que partía la plantación en dos y desembocaba en la ruta.

Nosotros vimos cómo el coche se alejaba, desde la galería. Mi madre se refugió de la tormenta con nosotros.

–¿Qué pasó? –le pregunté al oído a Federico.

Él negó con la cabeza, sonriendo:

–Nada, nada –dijo.

Mi madre también lo miraba, con rencor. O resignación.

–¿Qué querés? –le sonrió él, mirándola.

El auto se alejaba, se hacía diminuto por el caminito lleno de barro y de lluvia, y él le puso una mano en el hombro a mi madre.

–Aparte, es para bien.

–¿Para bien? –preguntó ella, negando con la cabeza.

–Por supuesto que es para bien –le dijo él–. Haceme caso que sí.

A lo lejos, varios kilómetros allá, los rayos seguían cayendo y los truenos seguían explotando.


















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