jueves, 18 de febrero de 2010







Nadie me creería si dijera lo que vi

la primera vez que vi

la desnudez de una mujer.

Su espalda se alargaba

como un desierto de nieve húmeda

en este colchón solitario

acostumbrado a mis olores,

a mi frente,

a mi cansancio.

Yo lo vi con mis propios ojos,

la espalda de una mujer que se reía

y me miraba

y su risa de perfil,

sus pómulos y su boca diminuta abierta

harían morir de lástima a las piedras

que no tienen manos para acariciarla.

Yo vi su espalda y su risa y vi la luna en la ventana

y juro por todas las cruces y muertes de la tierra

que mi amor fue una luz titilante,

como una invasión de bichitos de luz que la rodeaba,

que la abrazaba y alumbraba en la oscuridad de mi pieza

como un vendaval de luciérnagas

creciendo alrededor de su desnudez sonámbula.

















miércoles, 10 de febrero de 2010






"[...] Pero por sobre la cháchara literaria yo seguía escuchando el ruido de los zapatos sin tacones de mi mujer que recorría su zona de reparto una y otra vez, silenciosa, arrastrando su bolsón amarillo o su carrito amarillo, eso dependía del grueso de la correspondencia a entregar, y entonces me desconcentraba, mi lengua, segundos antes ingeniosa, punzante, se volvía de trapo y me sumía en un hosco e involuntario silencio que los demás, incluido nuestro Maestro, solían interpretar, por suerte para mí, como una muestra de mi talante reflexivo, reconcentrado, filosófico".










(En Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. La chispa.)