jueves, 25 de marzo de 2010






Me enamoré de Magaly Solier. Cómo canta esta chica. Es la protagonista de "La teta asustada" (la que compitió por el oscar con "El secreto de sus ojos"), de Claudia Llosa; muy, pero muy buena película, no solamente por la historia sino también por los cuadros, lo que es lo visual.

Eso sí, es preferible verla estando uno bien descansado, porque la directora se toma su tiempo para todo.

Pero la recomiendo, por supuesto. Magaly Solier tiene una voz que hechiza.













miércoles, 17 de marzo de 2010





Garúa al final


En el hospital oigo el paso de sillas de ruedas.

Me he vuelto un hombre viejo con lentitud.

Mi madre ya no está en la casa.

Mi padre nunca me ha pedido perdón.

No he tenido hijos ni he convivido con mujer alguna.

Oigo llantos de niños

que podrían apagarse con almohadas.

He tenido la oportunidad de ser padre

una vez

pero golpeé a mi regia Hilda querida

y le he dicho que no la amo

y hemos decidido

abortar.


En el hospital me late tanto el hígado

que es como si tuviera un cuchillo imbricado sobre él

y el diablo lo removiera.


He bebido más de la cuenta.

He bebido solo.

Y el que solo bebe

solo muere.


Y aquí estoy

solo

muriendo.


En el hospital no está permitido fumar.

Pero yo igual he de buscarlos en mi bolsillo,

la costumbre

la fría costumbre del tabaco.

Y la culpa,

esta hilera de gritos en la cara que me escupen,

me arden las vértebras cada vez que me inclino

para revisar los bolsillos en busca de mi ilusión.


En el hospital, hace breves instantes, me han dado morfina.

Temen que ya no vuelva a despertar.

La adivino, en todo caso, a esa verdad en sus rostros.

Su obra social, señor, no lo cubre.

Lo lamento, realmente lo lamento.

Esto no está cubierto.

Pero yo no tengo dinero.

Un día más un día menos.

No me hablen de destino.

La vida es un trámite.

Mi obra social

no la cubre.

Yo no tengo dinero.


Yo no pienso en la muerte, en mi muerte

mientras me quedo dormido, no pienso

en la posibilidad de que esta sea mi última noche en el mundo.

Pero es inevitable no pensar en mi muerte

y sentir algo de miedo

y una curiosidad abrazada.


Usted no me dejará nunca, susurra Hilda soltando

un delgado e invisible hilo de saliva

a través de su lengua, su lengua diminuta y rosada que me roza los

labios.

Nunca la dejaré, amada mía, he de rezarle yo

en la oreja perfumada

mientras a sus espaldas

nos vigila un cristo barnizado de madera.


























miércoles, 10 de marzo de 2010

el colectivo




Yo estaba con los auriculares puestos, sentado en la parada del colectivo, cuando vi a la viejita cruzando la calle. Tenía puesta una chalina de lana, incomprensible a esas alturas de enero, y caminaba muy, pero muy despacio; como la aguja del minuto en el reloj. No bien llegó a la parada, me corrí a un costado para dejarle espacio en el asiento. Ella se sentó.

Antes de que apareciera la viejita, yo estaba pensando en una mujer, en una mujer muy hermosa, que no veía desde hacía tiempo. Miré a la viejita de reojo. Calculé que debía tener unos noventa años, como mínimo; tenía arrugas en las arrugas, y le temblaban las manos. Su olor intenso, no desagradable, me inflaba la nariz. Me pregunté si no habría sido una mujer hermosa en su juventud. Intenté imaginar cómo habría sido en su juventud. Pensar en mujeres hermosas es mejor que tener la mente dispersa. Tener la mente dispersa es peligroso. En cualquier momento pueden aparecer recuerdos muy jodidos, muy puntuales, y ta, el estado de ánimo es otro.

A todo esto, hacía más o menos unos quince minutos que esperaba el colectivo. Pero no me sentía impaciente. Ya había terminado de hacer los trámites; mi jefe no iba a tener de qué quejarse. Así que no había problema si me demoraba un rato, escuchando música ahí.

Di una mirada circular; de vez en cuando hago eso, mirar lo que hay a mi alrededor, a mis espaldas, lo que mi mirada de ciento ochenta grados no alcanza. Yo nunca había estado en ese barrio. Era un barrio común. Casas bajas, algunos árboles. Las calles estaban desiertas. Un perro bostezó en una esquina, a lo lejos. Los vecinos debían estar durmiendo la siesta.

En ese momento, mientras miraba lo que había a mis espaldas, sentí que me palmeaban el hombro. Me di vuelta. Era la viejita, agarrándome el codo con fuerza.

–Muchacho, oíme, ¿cuál es tu destino?

Yo me saqué los auriculares, a ver si la entendía mejor.

–¿Qué, señora?

–¿Sos sordo vos, querido? –arrugó la frente ella–. ¿Cuál es tu destino?

Me quedé callado unos segundos, mirándola. Ella se había puesto un dedo en la nariz, y la hurgaba con vehemencia, como buscando oro. Entonces vi de casualidad el cartel de la parada, y razoné.

–Voy a San Cristóbal –le contesté, señalando el cartel–. Por acá pasa el veintidós. ¿Usted adónde va?

Pero ella negó con la cabeza, se sacó el dedo de la nariz, y me retorció la mejilla con un pellizco intenso.

–No, muchacho, no. Oíme bien. Lo que yo te pregunto es cuál es tu destino.

–Señora, voy a San Cristóbal –le contesté, acariciándome el dolor de la cara–. A San Cristóbal. Por acá pasa el veintidós.

La viejita me miró con una mueca de disgusto. Por un instante tuvo la mirada como perdida, como si más que mirarme a mí estuviera vigilando un recuerdo suyo.

–Qué muchacho tonto que sos. Qué muchacho tonto. Vos no me entendiste nada.

La viejita se levantó y se fue por la vereda en silencio. Se fue despacio, abajo del sol. Su pellizco todavía me dolía, y yo la seguí con la mirada hasta que ella dobló la esquina y desapareció del paisaje.

Podría haberme largado a reír, en ese momento. Podría haberme dicho: Qué vieja loca. Hay gente para todo.

Pero no me reí. Pero no me dije nada.

Una extraña me había pellizcado la cara porque yo no había podido entenderla. Le podría haber pasado a cualquiera, sí; pero me había pasado a mí. Una mujer con mucha experiencia de vida me había dicho que yo era un tonto, y que no la había entendido. Y eso me había pasado a mí.

Me sentí abrumado, de golpe. Si yo no había podido entender a esa viejita, ya nunca más iba a poder entender nada.

Gracias a Dios, el colectivo, destartalado, en sus últimas, escupiendo una espuma inmensa de humo, apareció a los pocos minutos. Frenó en el semáforo y yo me subí de un salto.

Un cartelito, en la máquina de boletos, decía: Indique su destino al conductor.

–¿Cuánto hasta San Cristóbal, maestro?

–Uno veinticinco.

Me senté contra la ventanilla, en la fila de butacas individuales. Recién después de acomodarme, de aclimatarme al espacio, miré a mi alrededor.

Había un chico, con la camiseta de Boca, durmiendo en la parte de atrás. Una señora de anteojos, inmóvil a pocos asientos del mío, leía. Un hombre, con un bolso entre los brazos, miraba el paisaje que se escurría por las ventanillas desde sus mansos ojos santiagueños. Y había también una chica, una oficinista, parecía, con sus zapatitos negros y diminutos, y su aroma fluvial que empalagaba el ámbito.

Y yo los miraba, miraba a los que había a mi alrededor, y me preguntaba qué será de sus vidas, de dónde vienen, adónde irán; adónde iremos todos, todos los que viajamos en este colectivo.

Y entonces pensé de nuevo en la viejita, que cuál es mi destino, ¿mi destino?, mi destino, señora, es el de ellos, vamos para San Cristóbal, vamos todos juntos, viajando, para allá; es nuestro destino, el de todos, ¿me entiende?, vamos para San Cristóbal, y no falta mucho; en un rato estaremos por llegar.





















lunes, 8 de marzo de 2010

la felicidad de los locos




Siempre me creí el único loco de la familia. Hasta que hace poco me di cuenta de que no, de que éramos dos. Lo cual para mí no significó ningún alivio. No está entre mis intenciones, hoy por hoy, echarle la culpa de lo que soy a nadie. Quiero hacerme cargo de mí mismo, asumir la persona que fui y en la que me convertí. Digamos, si estoy loco, no tengo por qué negarlo. Pero ahora me siento menos solo sabiendo que soy producto de una locura parecida a la mía.

Antes que nada, voy a hablar un poco de mí. Nací en Santa Fe. Mi padre es peruano, pero nunca llegué a conocerlo. A mí me crió mi madre, una poeta empedernida y muy talentosa; la mujer más hermosa que nunca vieron mis ojos. Cuando yo tenía doce años, se fue a recorrer Europa con un escritor que la amó intensamente, quizás demasiado, y yo me quedé viviendo con Marcelo, mi hermano mayor. Marcelo tampoco conoció a su padre. Una vez por mes, generalmente antes de cada cinco, nos llegaba un cheque de tres mil pesos que mi madre nos enviaba desde el exterior para que nos mantuviéramos.

Marcelo era un estudiante de medicina eximio. Se recibió con honores, en menos de cinco años de estudio. Yo quise seguir su camino, pero para cuando estaba en el secundario empezaron a despuntar en mí los primeros síntomas de mi enfermedad. No puedo distinguir la realidad externa, la realidad en la que todo el mundo anda, de las situaciones que imagino en mi interior. Ése, un poco hablando a grandes rasgos, vendría a ser mi problema.

Cuando mi madre volvió de su viaje, alertada por unos parientes y amigos suyos sobre mi estado, mis ataques ya se habían vuelto una cuestión con la que yo tenía que lidiar día a día. Interrumpía las clases gritando incoherencias; tiraba a la basura objetos de mucho valor; de golpe empezaba a correr en medio de una multitud porque tenía la sensación de que me estaban persiguiendo.

Dos por tres encontraba a mi madre llorando en la cocina. Ella me abrazaba y me decía al oído: Espero que un día puedas perdonarme. Vos no tenés la culpa de nada, ma, le contestaba yo. Soy así. Yo sabía muy bien que tenía actitudes de loco, y que lo más probable era que, si dejaba de tenerlas, ya no lo fuera. Pero no podía evitarlo.

A las pocas semanas un especialista en la materia le puso un nombre a mi crisis: resulté tener un trastorno de personalidad fronterizo. Empezaron a doparme con todos los remedios habidos y por haber. Tuve más de quince psiquiatras en seis meses. Mi madre dilapidó la mitad de su herencia buscando resolver mi problema. Pero no hubo caso. A los psiquiatras les mentía y los sedantes que me recetaban empeoraron el asunto, porque ya no se me paraba, y el sexo, preferentemente ocasional, e inevitablemente pago, siempre me había servido para canalizar energías.

Así que a los diecinueve, veinte años, desorientado como me sentía, empecé a delinquir. Le arrebataba las carteras a las viejas, o las bicis a los pibitos, o las cadenas a las minitas, o los portafolios a los abogados; y después corría, corría, corría; corría llevándome por delante a la multitud, gritando que eran todos unos ciegos y unos putos, todo lo cual me producía un descargue, una efervescencia tal de adrenalina que únicamente se podía comparar a la resultante de una noche de amor desenfrenado.

Corría como un loco, valga la redundancia, pero en mi barrio había policías por todos lados y me agarraban enseguida. No tardé en visitar comisarías, juzgados, cárceles. Finalmente, mano de la ley mediante, me internaron en un psiquiátrico cerca de un año.

Fue uno de los periodos más tranquilos y felices de mi vida. Ahí tenía de todo; comida, cama, paz; en las tardes pintaba verdaderas obras maestras en acuarela que el resto de los internos admiraba con un silencio serio y reflexivo.

Si no fuera porque no había alcohol ni mujeres con las que pasar las noches, podría haber creído que estaba en el cielo.


**

Cuando en el hospital me dieron de alta, a comienzos del verano, tuvieron que sacarme a la fuerza. No me gustó el mundo que encontré allá afuera. Mi hermano no sabía apreciar el valor artístico de mis pinturas, lo cual me afectó tanto que dejé de pintar. Mi madre, por su parte, se la pasaba yendo a cenáculos con sus amigos poetas, y yo estaba solo casi todo el día, sin saber qué hacer.

Así que no pasó mucho tiempo antes de que empezara a desenvolverme adrede como un demente, a ver si me internaban de nuevo. Pero en el hospital ya no querían saber nada conmigo. Su hijo finge, le dijo a mi madre el doctor; su hijo lo que necesita es un trabajo, ganarse el pan, hacerse hombre, y que usted lo deje de consentir.

Ella había vuelto a llorar. Todos los días yo sacaba plata de su cartera y la invitaba a tomar un café con anís, el trago que a ella tanto siempre le había gustado, para que pudiera aliviar sus penas. Te quiero, le decía yo, ¿vos me querés? Por supuesto que te quiero, Gonzalo, me decía mi madre; sos mi vida, vos sos todo para mí.

Teníamos escenas cariñosas de ese tipo, en el bar de la esquina, al punto de que muchos pensaban que éramos pareja. Mi madre parecía mucho más joven de lo que en realidad era, y era muy hermosa, y siempre se vestía muy llamativamente.

De a poco mi situación empezó a mejorar. A veces tenía la tentación de mandarme macanas, sobre todo cuando viajaba en colectivo y veía a los tipos callados, pensativos, mirándose con desconfianza entre ellos mismos, como unos estúpidos, pero reprimía mis impulsos para no traerle más disgustos a mi madre, para no verla llorar de nuevo, lo cual me deprimía sinceramente.

El problema vino cuando a ella comenzaron a escasearle los recursos y tuvo que pedirle ayuda pecuniaria a mi hermano. Marcelo por entonces era un profesional reputado, muy insigne en su rubro; yo no tenía dudas de que se limpiaba el culo con billetes. Al final, mal que bien, decidió colaborar con nuestra causa; pero a condición de que yo me consiguiera un laburo en un corto plazo.

Así que salí a trabajar. Un amigo de mi madre me tomó en su oficina, y yo concurrí a mi primer día de trabajo inflado por la curiosidad de saber cómo era vivir regido por horarios y obligaciones, como el resto de las personas que conocía.

Lamentablemente, ese trabajo no estaba diseñado para mí. Al segundo día, el despertador me pareció el invento humano más exasperante y ridículo. Para peor, mi jefe era un estúpido. ¿Pretendía que obedeciera todas sus órdenes por el solo hecho de que se me pagara un sueldo? ¡Metete la plata en el culo!, le grité. Mi madre hizo uso de todos sus encantos para conseguir que me disculparan el exabrupto, pero debido a mis constantes desobediencias, a mi impuntualidad crónica, a mis enojos súbitos, a mi falta de todo aliño y tacto social, según se cuidó de detallarle formalmente el gerente, no les iba a quedar otra opción que prescindir de mis servicios.

Situación igual de desfavorable se dio en mis trabajos subsiguientes: en la verdulería de la esquina, en una fábrica de televisores, en una tornería, en el depósito de un local de ropa. Cambiaba de trabajo como de pantalón. Al poco tiempo me resigné al hecho de que la sociedad despreciara a un valor como yo, y en vez de salir a buscar trabajo me quedaba dando vueltas por el barrio.

A todo esto, cada dos semanas Marcelo venía religiosamente al departamento y nos dejaba un sobre inflado con plata. Éste es el último sobre que dejo, decía siempre; este pibe va a tener que laburar. Pero mi madre entonces insistía, mis medicamentos eran muy caros, demasiado como para poder ser solventados por su módica remuneración de docente, y Marcelo finalmente cedía, no sin antes aclarar, mientras me apuntaba con su índice minúsculo y blanquito, que yo era lo peor que les había pasado.

Soporté sus oprobios sin más, en parte porque necesitábamos la plata, en parte por no darle un disgusto a mi madre; pero un día estallé. Vino este doctorcito a repetir por enésima vez su sermón acerca de mi evidente improductividad social, moral, económica, incluso afectiva, y me habrá agarrado de mal humor, esa tarde (creo que no fumaba desde el lunes), porque me levanté y lo agarré de las solapas y empecé a zamarrearlo por toda la casa. Sos livianito, Marcelito, sos livianito, pensaba yo, mientras al mismo tiempo le gritaba: Si no te callás te voy a matar, puto, qué te pensás, que sos mi papá; y él se pegó un susto de la puta madre, se creyó que de verdad lo iba a matar; loco de mierda, me gritaba, soltame, loco de mierda; y cada palabra que él me decía contribuía a exasperar toda la locura y el rencor agazapados en mí durante los últimos meses, qué digo meses, años, años de tortura durante la infancia en los que él me oprimía valiéndose de su superioridad física y de su asfixiante soberbia mental; doctorcito, doctorcito recibido con honores, acá tenés al hombre que buscabas, pensaba yo, mientras lo sacudía por toda la casa; y no sé, le habré dado dos cachetazos, pero sin medir la fuerza, tengo que decir que de tantos años de callejear y cagarme a palos me convertí en todo un mono, porque de dos cachetazos lo di vuelta, lo senté de culo en el piso, todo lo cual me vino al pelo como catarsis, incluso mi madre pudo apercibirse de quién era el verdadero hombre de la familia, pero que a su vez trajo aparejado el que Marcelo dejara de traernos dos veces por mes su bendito sobre inflado con plata.


**

Así que a partir de ese día ya no hubo más medicamentos para mí. El Estado decidió que mi cuestión era menos drástica que otras de la época, por lo cual se negaron a asistirme, y los innumerables amigos de juventud de mi madre, todos esos escritores y poetas y artistas de la mediocridad, hicieron oídos sordos a sus pedidos. Tu hijo no está loco. Tu hijo es un vago.

Yo al principio pensaban que tenían razón, que no estaba loco y que todo lo anterior solamente lo había soñado; pero, a las dos semanas de estar sin medicamentos, mi enfermedad resurgió como nunca.

Fue un martes. Ese día a la tarde yo me había ido a acostar, como siempre, para dormir mi siesta sagrada; pero un rato después, cuando abrí los ojos, me sorprendí a mí mismo sentado en un rincón del comedor. En ese momento supe que algo raro estaba pasando, pero igualmente no me moví durante horas.

Cuando mi madre volvió del trabajo, ya de noche, yo todavía estaba en ese lugar.

–¿Qué estás haciendo ahí, Gonzalo? –me preguntó asustada.

–Me están buscando, ma –le expliqué yo.

–¿Quién? ¿Quién te busca?

Yo la miré a los ojos, pero no contesté. En lugar de eso, la agarré de la mano y la hice recorrer toda la casa, revisando los rincones, abriendo los roperos, mirando abajo de las mesas y las sillas. Cuando llegamos a su habitación, yo ya me había olvidado de lo que estaba buscando. Pero ella todavía estaba ahí, con su mano en mi mano, y me miraba.

–Hijo, ¿quién te busca? –me preguntó, con los ojos empañados–. ¿Quién te persigue?

Entonces, no puedo explicármelo, sentí un odio intenso por ella. La agarré de los brazos y empecé a empujarla por todo el dormitorio, y después la tiré a la cama. Si no hacés algo te voy a matar, puta, le gritaba yo. Cuando me calmé, le solté los brazos y le pedí perdón de rodillas. Ella me acarició la frente y sus lágrimas me salpicaron el pelo. Encontrate, hijo, por favor te lo pido, me decía. Encontrate y nunca más te hagas esto.

Pero yo no me encontré. De nuevo empecé a fugarme de la casa. Me iba un lunes, a comprar porritos, y volvía recién el viernes. Nunca me acordaba de qué era lo que hacía cuando me iba, pero no era raro que volviera lastimado, o con ropa de otras personas, o con un cansancio tan inmenso que me acostaba y me ponía a dormir tres días seguidos. De vez en cuando me parecía ver que mi madre entraba al dormitorio y me vigilaba silenciosamente desde la puerta. Yo entonces le hacía un gesto con la mano, le decía algo entre sueños, y después volvía a quedarme dormido.

En un escape de ésos me apresaron. Yo ya me conocía a todos los muchachos de la comisaría, de tanto verlos; ellos me querían, les caía bien; algunos hasta me preguntaban por mi madre; yo también les preguntaba cómo los trataba la vida a ellos. Pero no sé qué había pasado en el país por esos días, que me retuvieron, me metieron en un calabozo una semana, y me dieron una paliza que me peló hasta los huesos.

Soy el Gonza, muchachos, soy el Negro, les decía yo, a ver si se calmaban. Algunos me miraban con lástima, casi con amor, y yo pensaba en mi madre, y entonces uno decía: Déjenlo, está loco éste, vive en una nube de pedos, no tiene nada que ver. A lo cual yo respondía: No, viejo, yo no estoy nada loco, comprendo todo mucho mejor que vos. Qué comprendés, loquito. El problema de este país, le dije, levantando el índice a la manera de mi hermano, es que está partido entre negros y chetos. Partido, bien partidito, agregué, como una naranja al medio. Y entonces entraba otro, uno que yo no conocía, y me hacía preguntas que yo respondía con toda sinceridad; me hacía preguntas muy básicas, se ve que era un ignorante de mierda; y después, si había alguna de la cual yo tenía respuesta, me palmeaba el hombro y se iba, y pumba, venían otros monos a cagarme a palos de nuevo.

Recién me soltaron el jueves. Uno de los muchachos me abrió la puerta del calabozo mientras no lo miraba nadie, y me dijo: Andate y no aparezcas más. Y me agarró del hombro: Pero antes escuchame, loco de mierda, escuchame bien lo que te voy a decir: Que ni se le ocurra venir a tu vieja.

Cuando salí de la comisaría, en las calles me encontré un lío tremendo. Había gente corriendo a los gritos, y se escuchaban tiros, bombas y canciones por todos lados. Recién cuando llegué a la puerta del departamento respiré en paz.

A todo esto, durante mi ausencia mi madre había removido tierra y cielo buscándome. Así que no bien me vio entrar a la casa, escuálido, todo roto, con los brazos y el pecho llenos de puntitos rojos, los ojos le brillaron con un agua helada y me preguntó dónde había estado durante todos esos días y decime quién carajo te hizo todo esto.

–Los muchachos de la dieciséis, ma –le contesté yo.

Ella entonces empezó a caminar en círculos alrededor de la mesa, pensando en voz alta, y levantó una lámpara de mármol y la lámpara hizo pum contra el piso, y gritó ya van a ver, estos hijos de puta, ya van a ver. Pero entonces yo me acordé de lo que me había dicho el tipo antes de salir de la comisaría, y se lo reproduje a mi madre palabra por palabra; después de lo cual ella cerró los ojos, se sentó en el piso, a un lado de la lámpara, y permaneció inmóvil durante unos cuantos minutos.

Al día siguiente se puso en contacto con Silvia, una prima suya que vivía en el sur; me dio un fajo de plata, y un pasaje, y un abrazo fuerte y largo, y me dijo: Viajá.


**

Dos días después llegué a mi nuevo destino. Había montañas y pinedos y lagos; un paraíso despoblado y tranquilo donde adquirí costumbres diferentes y eventualmente conocí a mi actual mujer.

Se llama Laura. Era la chica encargada de limpiar la casa de Silvia; iba dos veces por semana; la primera vez que me vio me encontró en una situación bastante incómoda.

Yo estaba apoyado en un pino, tomando whisky del pico, enroscado abajo de la nieve. Qué estás haciendo, me preguntó. Escucho, le contesté. Ella miró a mi alrededor, y a mi alrededor no había nadie, y todo estaba silencioso, solamente árboles, la nieve cayendo; pero yo no quería decirle que me sentía de mal humor porque extrañaba a mi madre. Mientras la miraba, sentí la picazón del deseo por primera vez en meses, resurgiendo de entre mis piernas como una chispa de calor en medio de aquella gélida intemperie invernal. Me di cuenta de que era una chica única.

Laura habló con Silvia esa misma tarde. Le contó cómo me había encontrado, y Silvia le contestó que según ella yo me estaba dejando morir. Que no comía y que solamente chupaba. Que dormía días enteros y después me pasaba varias noches sin pegar un ojo. ¿Qué le pasa?, preguntó Laura. Tiene un problema, él, le contestó Silvia. ¿Un problema? Sí; está medio pirucho.

Yo justo estaba escuchando del otro lado de la puerta. Cuando ellas se quedaron calladas, pegué media vuelta y me quedé dormido en el piso.

Como en Laura yo había visto una oportunidad única para el amor, hice todo lo que pude para no perder el barco. Me recompuse. Volví a comer. Conseguí trabajo en una constructora y empecé a comprarme los medicamentos, esta vez en menos dosis. No dejé el alcohol, porque me relajaba. Pero así y todo la situación era inmejorable.

Creo que me ayudó mucho el trabajo; poder vivir haciendo con gusto lo que el destino me había mandado a hacer. Desde bien temprano a la mañana, hasta casi entrada la noche, con los muchachos construíamos cabañas en las montañas y alrededores. Era un laburo ideal. Maderita por maderita, ladrillito por ladrillito, y ahí ya estaba una pared; después, de a poco, el techo; y, en cuestión de meses, la casa.

Por las noches volvía a la casa de Silvia y, como ella no tenía televisor, sino libros, leía mucho. Pero después sus libros me aburrieron, y empecé a pintar. Pintaba como en el hospital donde estuve internado, pero nada de jeroglíficos surrealistas con algunos ápices de impresionismo, tal cual era mi estilo, sino simplemente casas, casas en montañas llenas de bosques con puertas a cuyos pies siempre aparecía mi madre.

A Silvia mis cuadros le encantaban. La extrañás a tu mamá, ¿no cierto?, me preguntó una noche. Como no tenía motivos para resultarle atractivo, le dije la verdad: Sí, la extraño. Empecé a contarle todas las cosas que ella había hecho por mí. Todos los esfuerzos y sacrificios; toda la pena que yo le había costado. Después pasé a recuerdos más amenos, recuerdos de mi infancia, a los de cuando mi madre me bañaba, por ejemplo, con una esponja, muy áspera y molesta, y yo le pedía que usara directamente el jabón. Le conté también lo didáctica que era, que muchas veces se desnudaba frente al espejo y me indicaba con el índice cuáles eran los lugares del cuerpo que yo tenía que tocarle a una mujer cuando hiciera por primera vez el amor. Silvia me miró extrañada y yo le confesé, a su vez, ya que estaba, que hacía bastante tiempo que no cojía con nadie. Silvia levantó las cejas y me preguntó qué me hacía pensar que eso podía interesarle. Yo la miré y le pedí por favor que no se ofendiera, pero que no iba a poder acostarme con ella porque me estaba reservando para una mujer que me amara de verdad. Silvia entonces me dijo que no sea pelotudo, que no tenía ninguna intención ni ningún deseo de acostarse conmigo. Esta vez yo asentí, pero le dije que no hacía falta que me mintiera; que, en última instancia, si quería y si quedaba entre nosotros, una alegría, o dos, podía darle.

La vieja al final se fue de mi dormitorio puteando. Perdoname, Silvia, pero ya sabés, estoy medio pirucho, alcancé a excusarme yo.


**

A los pocos meses me fui a vivir con Laura. Nos instalamos en una casita de madera, diminuta, en medio del bosque. Cuando llueve, no hay manera de tapar las goteras; es una cascada. No tenemos ni tele ni libros ni radio. Durante las noches la pinto a ella desnuda, y después hacemos el amor.

Mi problema de la locura no está totalmente superado. A veces veo cosas que no son, me pierdo en lo que imagino; derrapo. Pero los muchachos de la construcción saben con quién están lidiando, y me comprenden, y Laura también me comprende, y puede decirse que sobrevivo día a día.

Pero hace poco, una noche, me desperté en medio de la madrugada sintiéndome pésimamente. Me levanté con cuidado de no despertar a Laura y salí de la casa y me apoyé en un árbol. Sentí arcadas, pero no vomité. Cerré los ojos, respiré el aire helado, escuché el silencio; hasta que, no sé cuánto tiempo había pasado, Laura se acercó y me llamó del hombro: ¿Qué te pasa, amor? Me buscan, le contesté yo; alguien me persigue. ¿Quién?

Yo no contesté. En lugar de eso, la agarré de la mano y la llevé de vuelta por el bosque hacia el interior de la casa. Mientras caminábamos, parpadeé dos veces y los ojos se me empaparon de lágrimas calientes. Cuando Laura me vio los ojos, también se puso a llorar. ¿Quién te persigue, amor?, Gonzalo, decime, por favor te lo pido, decime. Pero yo seguí callado hasta que estuvimos en el dormitorio. Entonces la desnudé muy despacio, con suavidad, como si tuviera miedo de romperla, como si su cuerpo fuera una reliquia muy frágil y antigua, y después me incliné encima de ella y acomodé mi cuerpo en el suyo. Hicimos un amor lento y silencioso y nos quedamos dormidos abrazados abajo de las sábanas.

Al día siguiente me enteré de que mi madre se había suicidado durante la noche. Me llamó Silvia, contándome que le había llegado un fax urgente de Buenos Aires. Su cuerpo había aparecido en la mañana, desnudo y sucio, inerte en la vereda. En su departamento encontraron la ventana abierta; pero ninguna nota, ningún mensaje de explicación o despedida.

Cuando viajé a Buenos Aires, algunos amigos de mi madre me dieron más detalles sobre el asunto. Parece que Marcelo había desaparecido unos meses atrás, y que desde entonces mi madre había estado sumamente deprimida. Al punto de que, en los últimos tiempos, había perdido el sentido de la realidad. Escuché a los vecinos comentar que salía a la calle en camisón y cantaba. Que durante las noches daba vueltas en su departamento, hablando sola, riéndose, y llamando a Marcelo. Que la escuchaban repetir ese nombre, una y otra vez. Marcelo. Marcelo. Marcelo.

Después del funeral, me llevé algunas cosas de su departamento, más precisamente unas fotos y sus cuadernos de poesía, y dije que con el resto hicieran lo que quisieran.

Pasé una época dura, cuando volví de la despedida de mi madre; pero ahora estoy un poco mejor. Todas las noches leo sus cuadernos en voz alta, para que Laura aprecie lo que es la verdadera poesía. Después me siento inspirado y me quedo hasta tarde pintando. Pinto el cuerpo desnudo de Laura, que sonríe y posa para mí, y también a veces, cuando ella se queda dormida, pinto casas, casas grandes, con árboles y montañas, y también lagos alrededor, y ventanas en donde siempre procuro que aparezcan las figuras de mi madre y de Marcelo. Los dibujo bien sombreados, diminutos, conversando entre ellos.


















jueves, 4 de marzo de 2010




"El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto sólo para que no creas haber omitido algún esfuerzo".








(Ante la ley, de Kafka. Qué buena respuesta. Parece argentina.)