miércoles, 10 de marzo de 2010

el colectivo




Yo estaba con los auriculares puestos, sentado en la parada del colectivo, cuando vi a la viejita cruzando la calle. Tenía puesta una chalina de lana, incomprensible a esas alturas de enero, y caminaba muy, pero muy despacio; como la aguja del minuto en el reloj. No bien llegó a la parada, me corrí a un costado para dejarle espacio en el asiento. Ella se sentó.

Antes de que apareciera la viejita, yo estaba pensando en una mujer, en una mujer muy hermosa, que no veía desde hacía tiempo. Miré a la viejita de reojo. Calculé que debía tener unos noventa años, como mínimo; tenía arrugas en las arrugas, y le temblaban las manos. Su olor intenso, no desagradable, me inflaba la nariz. Me pregunté si no habría sido una mujer hermosa en su juventud. Intenté imaginar cómo habría sido en su juventud. Pensar en mujeres hermosas es mejor que tener la mente dispersa. Tener la mente dispersa es peligroso. En cualquier momento pueden aparecer recuerdos muy jodidos, muy puntuales, y ta, el estado de ánimo es otro.

A todo esto, hacía más o menos unos quince minutos que esperaba el colectivo. Pero no me sentía impaciente. Ya había terminado de hacer los trámites; mi jefe no iba a tener de qué quejarse. Así que no había problema si me demoraba un rato, escuchando música ahí.

Di una mirada circular; de vez en cuando hago eso, mirar lo que hay a mi alrededor, a mis espaldas, lo que mi mirada de ciento ochenta grados no alcanza. Yo nunca había estado en ese barrio. Era un barrio común. Casas bajas, algunos árboles. Las calles estaban desiertas. Un perro bostezó en una esquina, a lo lejos. Los vecinos debían estar durmiendo la siesta.

En ese momento, mientras miraba lo que había a mis espaldas, sentí que me palmeaban el hombro. Me di vuelta. Era la viejita, agarrándome el codo con fuerza.

–Muchacho, oíme, ¿cuál es tu destino?

Yo me saqué los auriculares, a ver si la entendía mejor.

–¿Qué, señora?

–¿Sos sordo vos, querido? –arrugó la frente ella–. ¿Cuál es tu destino?

Me quedé callado unos segundos, mirándola. Ella se había puesto un dedo en la nariz, y la hurgaba con vehemencia, como buscando oro. Entonces vi de casualidad el cartel de la parada, y razoné.

–Voy a San Cristóbal –le contesté, señalando el cartel–. Por acá pasa el veintidós. ¿Usted adónde va?

Pero ella negó con la cabeza, se sacó el dedo de la nariz, y me retorció la mejilla con un pellizco intenso.

–No, muchacho, no. Oíme bien. Lo que yo te pregunto es cuál es tu destino.

–Señora, voy a San Cristóbal –le contesté, acariciándome el dolor de la cara–. A San Cristóbal. Por acá pasa el veintidós.

La viejita me miró con una mueca de disgusto. Por un instante tuvo la mirada como perdida, como si más que mirarme a mí estuviera vigilando un recuerdo suyo.

–Qué muchacho tonto que sos. Qué muchacho tonto. Vos no me entendiste nada.

La viejita se levantó y se fue por la vereda en silencio. Se fue despacio, abajo del sol. Su pellizco todavía me dolía, y yo la seguí con la mirada hasta que ella dobló la esquina y desapareció del paisaje.

Podría haberme largado a reír, en ese momento. Podría haberme dicho: Qué vieja loca. Hay gente para todo.

Pero no me reí. Pero no me dije nada.

Una extraña me había pellizcado la cara porque yo no había podido entenderla. Le podría haber pasado a cualquiera, sí; pero me había pasado a mí. Una mujer con mucha experiencia de vida me había dicho que yo era un tonto, y que no la había entendido. Y eso me había pasado a mí.

Me sentí abrumado, de golpe. Si yo no había podido entender a esa viejita, ya nunca más iba a poder entender nada.

Gracias a Dios, el colectivo, destartalado, en sus últimas, escupiendo una espuma inmensa de humo, apareció a los pocos minutos. Frenó en el semáforo y yo me subí de un salto.

Un cartelito, en la máquina de boletos, decía: Indique su destino al conductor.

–¿Cuánto hasta San Cristóbal, maestro?

–Uno veinticinco.

Me senté contra la ventanilla, en la fila de butacas individuales. Recién después de acomodarme, de aclimatarme al espacio, miré a mi alrededor.

Había un chico, con la camiseta de Boca, durmiendo en la parte de atrás. Una señora de anteojos, inmóvil a pocos asientos del mío, leía. Un hombre, con un bolso entre los brazos, miraba el paisaje que se escurría por las ventanillas desde sus mansos ojos santiagueños. Y había también una chica, una oficinista, parecía, con sus zapatitos negros y diminutos, y su aroma fluvial que empalagaba el ámbito.

Y yo los miraba, miraba a los que había a mi alrededor, y me preguntaba qué será de sus vidas, de dónde vienen, adónde irán; adónde iremos todos, todos los que viajamos en este colectivo.

Y entonces pensé de nuevo en la viejita, que cuál es mi destino, ¿mi destino?, mi destino, señora, es el de ellos, vamos para San Cristóbal, vamos todos juntos, viajando, para allá; es nuestro destino, el de todos, ¿me entiende?, vamos para San Cristóbal, y no falta mucho; en un rato estaremos por llegar.





















3 comentarios:

Gus dijo...

Iba manejando y en cada semáforo leía un poquito de "la viejita del destino", lo terminé no tan lejos de San Cristóbal. Te felicito, está lleno de vida el relato. Abrazo.

Un desvarío por jueves dijo...

Gracias, gustavo, maestro, por leerlo!

Y muy bueno su blog, che; yo también lo ando leyendo.

Cuidese y saludos por allá

Dionisia dijo...

hermoso relato!!