jueves, 29 de abril de 2010

la foto




Silvina no me hablaba nunca. Yo a veces me acercaba, le preguntaba qué tal, cómo te anda tratando la vida, y ella levantaba los hombros, o miraba para otro lado, o me contestaba con monosílabos. Mi madre siempre se cuidaba de aclararme que su hija era así con todo el mundo, que no me lo tomara como una cuestión personal. Lo que pasa es que es muy tímida, me decía. Para mí es una histérica, le contestaba yo.

Pero, no tengo por qué negarlo, Silvina siempre me gustó; y me sigue gustando, sí, en la misma medida en que a uno le puede gustar lo imposible.

Una tarde, hace poco, me la encontré por capital. Le pregunté qué estaba haciendo, y ella me contestó como apurada que tenía que pasar por una librería, y que después iba a sacar unas fotos. Yo sabía que a ella le gustaba mucho la fotografía, que eso y los libros eran su verdadera pasión. Le pregunté: ¿Te acompaño? Ella se rascó el mentón, entre incómoda y sorprendida; pero al final me contestó que no había problema.

Así que la acompañé hasta los bosques de Palermo. Silvina parecía enamorada de los patos, de los árboles, de las estatuas y los edificios. Sacale fotos a la gente, le dije yo, cansado de dar vueltas. Sacale una foto a ese viejo, ¿ves?, y le señalé a un viejo en un banco que se miraba el pie.

Pero ella no estuvo de acuerdo. Mejor te saco una foto a vos, me dijo. No, a mí no me saques, no me gustan las fotos. No digas pavadas, me contestó Silvina. Y me sacó una foto mientras yo miraba para otro lado.

A mi papá tampoco le gustan las fotos, me confesó ella, un rato después, mientras nos tomábamos una cerveza en un bar. Dice que prefiere los recuerdos tal como son, en su memoria. Es un místico, tu viejo, entonces. No, es un boludo, igual que vos, levantó las cejas ella, ¿hay algo más noble que una foto?, todo un instante eternizado, congelado para siempre.

Me di cuenta de que a Silvina la cerveza la ponía locuaz. Así que pedí otra, y charlamos un rato de cualquier cosa, sentados en la vereda abajo del sol, y después la miré a los ojos y le dije:

–Oíme, Silvina, ¿vos me odiás, no cierto?

Ella se largó a reír. Me preguntó cómo se me podía ocurrir eso, y yo le dije lo que los dos sabíamos: por mamá.

Mi madre había quedado embarazada de mi viejo estando casada con el papá de Silvina. Fue un desliz que le salió caro, tenerme a mí. Pero el marido, después de un tiempo, la perdonó. Y no sólo eso, sino que durante mi infancia hasta admitió mandarme algunos pesos por mes para mantenerme. Mi viejo cambiaba de laburo todo el tiempo y no era raro que alguna que otra vez no tuviéramos qué comer.

Yo nunca había hablado con Silvina de esto. Como dije, las veces que pasaba por su casa para ver a mamá, ella me esquivaba. Se quedaba muda, o salía, o se encerraba en su habitación. Cuando empecé a trabajar y a tener mi propia plata, me acostumbré a regalarle cosas. Le llevaba libros, cds de música; una vez hasta le llevé un mono de peluche. Pero no había caso. Silvina siempre se alejaba de mí.

–Mirá, pavo –me sonrió Silvina en el bar–, antes sí te odiaba, pero ahora ya no; ya fue.

–¿Segura?

–Sí, eso era un mambo que yo tenía de chica; ahora ya está.

–Bueno, me quedo más tranquilo entonces.

Hubo un silencio. Lo único que no me explico, apagó el pucho después, fue que mamá se metiera con un tipo como tu viejo. Qué tiene mi viejo. No te ofendas, pero es un animal. No me ofendo, yo sé que mi viejo es medio bruto, pero, fijate, por algo mamá lo eligió. No lo eligió, fue un polvo nada más. Y vos qué sabés. Yo lo sé, ella me lo dijo, que en ese tiempo estaba mal, y que ahí apareció tu viejo; fue algo totalmente casual. Te está mintiendo, entonces. No, mamá no me miente. ¿Estás segura?, a mí mi viejo me contó que la vio varias veces; me contó que ella hasta se había enamorado; pasa que, ya sabés, mi viejo no tiene dónde caerse muerto, y mamá puede ser buena persona y todo, pero boluda no es. Estás sugiriendo que se quedó con mi papá por la guita. Otra cosa no se me ocurre. Quizás deberías pensar en que mamá es una mujer lúcida, con inclinaciones intelectuales, en eso se habrá sentido mucho más identificada con mi papá, un hombre culto, inteligente. La inteligencia no tiene nada que ver en esto, nena. Bueno, no pretendo que lo entiendas, pero la afinidad intelectual sí tiene mucho que ver.

Yo me recliné en la silla y la miré negando con la cabeza. Pensé: Qué puede saber de la vida una mina que le saca fotos a un pato.

Pero la verdad, hay que decirlo, es que durante muchos años me incomodó la idea de que mi madre y Silvina me creyeran igual de bruto que mi viejo. Mi madre siempre venía y me contaba: No sabés cómo le gusta leer a Silvina, no sabés qué chica inteligente que es. Entonces yo hacía todo lo posible para conseguir los mismos libros que leía su hija, y después me los devoraba en un rincón, mientras mi viejo miraba la tele chupando vino. A veces él se acercaba y me palmeaba el hombro con orgullo: Seguí así que vas a aprender muchas palabras, campeón. Y yo leía y leía, y después me apuraba en dejar los libros en el auto para que los viera mi madre.

Si de algo me sirvió leer tanto en la adolescencia, es que gracias a eso tuve la posibilidad de conversar con Silvina de literatura mientras volvíamos del bar. Cuando llegamos a la parada del colectivo, me dijo: La pasé bien, nene. Yo también, le contesté.

El otro día me mandó un mail. Era una foto, la foto que me había sacado en los lagos de Palermo. Yo salí mirando para otro lado, con un gesto de sufrimiento. Abajo había una inscripción: Te quiero, pavo.

Entonces me quedé un rato pensativo, mirando la pantalla, buscando el sentido oculto de ese mail. Después lo imprimí, me levanté del escritorio y lo primero que hice fue ir a mostrárselo a mi viejo.









2 comentarios:

Paula Sol dijo...

me gustó, me levantó un poco che, la ternura del relato a mi em encanta como escribis, no me hace falta que le agregues nada de suarez! ja!
gracias por venir el sábado... me puse las pilas y escribi algo nuevo... volvio algo de inspiracion

Un desvarío por jueves dijo...

gracias muchacha!!

siempre tan dadivosa, ud

cuidese!