jueves, 15 de abril de 2010

fractura




Estoy parado en la esquina, tomando un poco de aire, cuando veo el auto de Laura frenando a un costado de la vereda. La ventanilla del acompañante se baja.

–¿Adónde vas? –me dice.

–A comprar cigarrillos.

–Subí que te alcanzo.

Me acerco al auto con lentitud, fijándome bien dónde apoyo las muletas. Todavía no me puedo acostumbrar. Me duelen los brazos, tardo el doble en hacer las tareas más simples, y mi pierna es un dispositivo inútil y pesado que estoy obligado a llevar a todos lados.

Laura me saluda con un beso en la mejilla. De entrada me sorprenden su pollerita azul, diminuta, bien alejada de las rodillas, y su musculosa blanca y apretada.


–Qué mala pata, che –me dice–. Yo había escuchado por ahí que te habías quebrado. ¿Cómo fue?

–Jugando al fútbol.

–Ay, nene, te lo dije mil veces; ya estás grandecito para jugar al fútbol.

–Fue una jugada desafortunada. Nada más.

–Pero por qué no hacés natación, o vas al gimnasio, o cualquier otra cosa –Laura me pasa una mano por la pierna enyesada–. Pobrecito, cómo te gusta lastimarte.

–Fui imprudente –le contesto–. ¿Podés mirar para adelante cuando manejás?

–¿Y cuándo fue que te quebraste?

–En abril. A principios de abril.

–¿A principios de abril?

–Sí.

Laura me mira de reojo. Casualmente, a principios de abril también nos separamos. Por eso me debe mirar así.

–Veo que te afeitaste.

–Sí. Ya estaba cansado, tantos pelos.

–Está bien. De vez en cuando es bueno cambiar.

–Igual a vos te gustaba mi barba.

–Porque nunca te había visto afeitado.

–Sabés que yo también te noto distinta. No sé si es por el peinado, o por la ropa.

–¿Qué tiene mi ropa?

–No, nada. Pero estás cambiada con otro estilo. Como más expuesta.

Ella sonríe.

–Hace calor –me dice–. Pero contame cómo estás. Hace mucho que no tengo novedades tuyas.

–Todo en orden, todo en orden. Al trabajo hace rato que no voy. Estoy todo el día en casa. Ya no sé qué hacer. ¿Vos?

–También, todo bien. Ahora mucho mejor.

–Mucho mejor.

–Sí, mucho mejor. Escuchame, me parece que este kiosco está cerrado. ¿Hay algún otro por acá?

–Qué macana. Sí, seguí derecho. Hay otro a media cuadra de la plaza.

Laura vuelve a poner en marcha el auto y sin querer mi mirada se apoya en su escote. Hay un silencio.

–Che, Lau, ¿tenés algo que hacer ahora?

–¿Por?

–¿No querés venirte a casa un rato?

Ella me mira.

–¿A tu casa?

–Digo, para charlar. Hago una pizza. Tomamos una cerveza. Lo que quieras.

–¿Podés cocinar así?

–Y sí. No me rompí los brazos.

–Está bien, pero ahora, justo ahora, no puedo.

–Es un ratito.

–No, en serio, no puedo –me dice–; tengo cosas que hacer.

–Tenés cosas que hacer.

–Sí –hay otro silencio. En la radio la voz de una mujer nos cuenta el pronóstico. Veintidós grados. Probabilidad de lluvias–. Además no sé si es conveniente. Me estoy viendo con alguien, yo.

–¿Ah si?

–Sí. Hace poco, igual.

–¿Y por eso no querés venir?

Ella abre la boca, pienso que va a decir algo, pero al final no dice nada. Solamente levanta los hombros. Yo tengo ganas de desaparecer.

–Escuchame, estás muy linda.

–Gracias.

–¿Y de dónde lo conocés?

–¿A quién?

–A tu amigo.

–No, no importa.

–Dale, ¿dónde lo conociste?

–En Japón, Gonzalo.

–¿Venís a casa un ratito?

–Cómo sos. En serio no puedo.

–¿Qué tenés que hacer?

–Tengo otro compromiso.

–¿En dónde?

–En Japón.

–¿Y vas a ir hasta allá vestida así? ¿Tenés que ir a ver a tu amigo? ¿Ése es tu compromiso?

Hay un silencio de Laura.

–Contestame.

–No voy a contestarte.

–Podés decírmelo tranquilamente. No me voy a enojar.

–Es que no me importa si te enojás. No tenés derecho a eso. Simplemente no quiero contestarte.

Cuando llegamos a la avenida, los dos estamos callados. Laura frena el coche en el semáforo. Sus piernas blancas y suaves titilan a la luz del sol.

–En serio me gustaría que vengas.

–No, Gonzalo. Yo no soy tu putita.

–Si pensás que eso es lo que busco de vos, me estás subestimando. Quiero que hablemos, nada más.

–Hablá ahora, entonces. Te escucho.

–No, quiero que hablemos tranquilos.

Ella me mira a los ojos.

–No.

–Dale.

Laura me sigue mirando a los ojos, me examina, me estudia. Parece como si supiera algo de mí que yo no. Después se da vuelta, mira el volante. Tiene una mirada inexpresiva.

–Haceme un favor. ¿Me alcanzás la pinza?

–¿Qué?

–Si me alcanzás la pinza de depilar. Está en la guantera.

–¿No vas a venir a mi casa, entonces?

–La semana que viene voy. ¿Me alcanzás la pinza, por favor?

–Está bien. Nunca creí que íbamos a llegar a esto.

Me inclino y reviso la guantera. Perfumes, pañuelitos, papeles, un alfajor comido a la mitad. Al final, adentro de un espejito, encuentro la pinza. Se la doy.

–No, no, tenela vos un segundo –me dice.

Entonces apaga la radio y se alza la pollera. Se alza la pollera a plena luz del día, en plena calle, adelante mío.

–Me salió un pelito, acá –me dice, y veo el índice que baja, que apunta a uno de sus muslos, a escasos centímetros del centro del mundo–. ¿Me lo sacás?

–¿Qué?

–Si me sacás este pelito, éste de acá, ¿ves?

–¿Me estás hablando en serio?

–¿Lo vas a hacer o no?

Nos miramos unos segundos. Sí, esta mujer ya no es la misma. Dos meses es mucho tiempo, pero tampoco tanto. Pienso en decírselo, por un segundo, pero no tengo ganas de polemizar. Así que, así, todavía en silencio, acerco la mano, con la pinza entre los dedos. Una señora que pasa por la senda peatonal nos mira. Yo trago saliva. Mi nuez sube y baja, y Laura lo ve, y con toda seriedad me dice dale, dale, y aprieta mi mano entre sus muslos.

Suena un bocinazo largo y sostenido. El semáforo ya está en verde y los muchachos de la camioneta de atrás se impacientan. Laura pone primera. Cruzamos la avenida. Mi mano sigue ahí. Mi mano lucha entre sus muslos dos, tres; no tengo idea de cuántas cuadras, mientras ella maneja respirando cada vez un poco más agitada.

–Esto es lo que querías –me dice–, dale.

Yo no contesto; no puedo dejar de pensar en lo que estoy haciendo, en lo que ella se está dejando hacer. La nenita de mamá y papá, siempre tan recatada, no quiere que hablemos. No quiere venir a mi casa.

Tengo los ojos bien abiertos, a todo esto, atentos a los movimientos de mi mano, a los párpados de Laura, que suben y bajan con lentitud. Tengo los ojos bien abiertos, y por eso puedo ver cómo el coche poco a poco se va desviando para un lado. Después es el bum, el terremoto del coche entero, las estalactitas de vidrio que me salpican el brazo.

Laura grita. El auto termina de rebotar contra una camioneta estacionada y la puerta al lado mío, intacta hasta hace medio segundo, ahora está hundida encima de mi pierna enyesada. Cuando el auto deja de moverse, de temblar sobre sí mismo, corro la pierna a un costado. Recién ahí siento el latido, el desgarro de la carne fría, los músculos removiéndose contra el hueso nuevamente sacado de lugar. Es un dolor tan asfixiante que no tengo fuerzas para respirar; mucho menos para gritar. Solamente cierro los ojos y gimo profunda y placenteramente.

Laura llora a los gritos.

–Gonza, perdoname, ¿estás bien?, ¿estás bien?

Escucho su voz, su llanto, como si vinieran de lejos.

–Me duele mucho –le digo. Tengo en la boca una sonrisa, una mueca de dolor que parece una sonrisa–. Realmente me duele.










7 comentarios:

GP dijo...

Grosso

Tamarae dijo...

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
ME ENCANTO
ME ENCANTO
muchas veces decitelo en la cabeza!


te salio perfecto tremendo!

Dionisia dijo...

hey! en cada detalle...

Lar dijo...

"mi mirada se apoya en su escote" CARADURA!

Anónimo dijo...

cambiaste el final :)....

a.

Un desvarío por jueves dijo...

gracias gente !!

gustavo, muy bueno lo último que subiste


tam, una genia...

Paula Sol dijo...

sorprendente el final me encanto, no pense que iba para ese lado... muy atrapante