jueves, 15 de abril de 2010






La solidaridad del texto

Diría que amo escribir si hoy no me hubiera despertado con tantas ganas de serme honesto. No, señor, no es amor esto; más bien se trata de una necesidad, un llamado apremiante del ego, que necesita manipularse a sí mismo en el acto de manipular las palabras, el discurso, o, en definitiva, la siempre rebelde recepción del otro.

El texto, en este sentido, es un cofrade solidario. Lo que uno escribe emerge de la pantalla plagado de flechas, de señales que le indican a uno: Esto suena bien; esto otro no tanto. El inconsciente y la conciencia se debaten por alcanzar ese momento de resignación en el que el escritor finalmente se dice: Ya está, voy a dejar mi escrito así.

¿Qué son estas señales, estas flechas que la inconciencia le imprime al texto mientras uno escribe desaforado, dándole rienda suelta a lo que tiene apretado en el pecho?

Digamos: se las encuentra por todos lados. El narrador de un cuento, por ejemplo, dice:

“Fulano da vueltas alrededor de la mesa sin saber qué responderle a Mengana. Finalmente se da vuelta, y mirándola a los ojos, le dice: Usted puede pensar lo que quiera de mí. Sin embargo, Fulano se da cuenta al instante de que su respuesta es poco convincente, que de haber pensado algunos segundos más, podría haber elaborado una respuesta más idónea para sus propósitos”.

Situaciones de este tipo abundan en la literatura. Un personaje que duda, que no sabe qué responder, pero que finalmente responde, para un instante después arrepentirse de lo que dijo.

Si uno sigue el hilo de la historia inocentemente, sin fijarse en los parches, en el gigantesco y oscuro artificio que todo arte comporta, quizás no caiga en la cuenta de la fuerte carga autorreferencial que otro lector más desconfiado y menos ingenuo habría seguramente encontrado en el fragmento citado.

Me explico: este lector desconfiado, prejuicioso, se diría intolerante, enseguida habría advertido la mano del escritor vacilando en el texto, arrancándolo de la ficción, retrotrayéndolo a la realidad de la escritura física:

“Fulano da vueltas alrededor de la mesa sin saber qué responderle a Mengana”.

Porque este lector se preguntaría: ¿Quién es el que no sabe qué responder a la pregunta de Mengana? ¿Fulano, el personaje, o más bien el escritor que, detrás de Fulano, imbricado en Fulano, es el responsable de elaborar su respuesta?

Entonces este lector dudaría: ¿Puede ser que la vacilación del escritor se haya impreso en la obra sin que éste fuera conciente de ello?

Sí, este lector desconfiado rescindiría el contrato para empezar a entrometerse en el proceso de producción. Claro, esto no es ficción, se diría. Del otro lado de este texto, hubo una mente que vacilaba, un hombre, como vos o como yo, o como cualquier otro, que no sabía qué palabras poner en boca de Fulano.

Pero Fulano, finalmente, responde. Los escritores son valientes; deciden y avanzan, muchas veces sin importar las consecuencias; procuran dejar su zozobra atrás.

Pere hete aquí que, un sintagma después, el efecto de esta valentía, de este avanzar del escritor en el texto más allá de las consecuencias, comparece a sus anchas:

“Sin embargo, Fulano se da cuenta al instante de que su respuesta es poco convincente, que de haber pensado algunos segundos más, podría haber elaborado una respuesta más idónea para sus propósitos.”

Entonces el lector desconfiado, decididamente intransigente en cuanto a cuestiones retóricas, no le disculpa al escritor semejante ligereza.

Y sí. La respuesta de Fulano no sólo es poco convincente, sino que si el escritor hubiera pensado algunos segundos más, podría haber elaborado una respuesta más idónea para sus propósitos; ¿qué propósito?, el de lograr, por ejemplo, una escena eficaz.

Nuevamente el escritor se habla a sí mismo a través del texto. O, mejor expresado, es el texto el que le está indicando al escritor que la respuesta de Fulano merecería pulirse, trabajarse, pensarse más, si su pretensión es que la tensión de la escena no decaiga. El texto, evidentemente, guarda una relación de solidaridad con el escritor: el texto le habla y lo anima y le indica los pasos a seguir, así como también cuándo es conveniente retroceder.

Ser conciente de esta carga autorreferencial del texto es muy, pero muy importante para el que escribe, a fin de que éste pueda separar aquellas señales que son inherentes y funcionales a la narración de aquellas otras que únicamente están dirigidas a él durante el proceso mismo de escritura.

Para el lector, por el contrario, ser consciente de esta autorreferencialidad puede llegar a ser funesto. El texto, de un momento a otro, pierde su cualidad fantástica. El artificio y las costuras de la obra emergen desde el fondo de la narración en detrimento de la fantasía. Y la fantasía, virtud dadivosa, si las hay, en tanto idealización de un instante o de un carácter o de un pensamiento, resulta indispensable a la hora de entablar un romance íntegro y genuino con el libro de turno.








(texto de marcos leumas, cofrade de birritas, un capo.)






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