viernes, 14 de mayo de 2010

lo que hace la gente






En pleno junio me escapé. Me desperté de muy mal humor un viernes, llamé al trabajo, dije que me sentía mal del estómago, siempre la misma excusa; ayer comí unas empanadas, me parece que estaban pasadas, le dije a Walter, apretando la voz. Walter ya no me cree, pero hace como si sí; se ahorra la incomodidad de incomodarme; una vez ya me lo dijo: Hacé lo que quieras, pibe; total el que acumula laburo sos vos.

Así que no bien cortamos, salí de casa, me fui a una agencia de viajes, acá, por el barrio, y saqué un pasaje hasta Rosario. Mi tía abuela hace años que me viene pidiendo que la visite. Entonces la llamé por teléfono y le dije de una: Tía, hoy voy para allá.

Me fui sin avisarle nada a nadie, ni a mis amigos, ni a mi novia, ni a mis viejos; todos se enteraron recién cuando ya estaba en la terminal. Loco de mierda, me dijeron los pibes, esta noche te tocaba hacer el asado. Ay Javier, me dijo mi vieja, ¿en serio te vas a la casa de esa mujer? No me sorprende que no me acompañes mañana, fue el comentario de mi novia: Desde que te conozco que únicamente pensás en vos.

Cuando bajé del micro en Rosario lo primero que hice fue ir a un bar. Me tomé un porroncito diminuto, para no llegar con olor a la casa de mi tía; brindé solo, mirando mi reflejo en la ventana; me dije: Ésta va por vos.

Después me subí a un taxi, era de noche, y para no estar callado tuve la mala idea de comentarle al taxista que Rosario era una ciudad mucho más chica de lo que imaginaba, lo cual por supuesto lo ofendió. Así que se la pasó hablándome de todas las maravillas rosarinas sin darse un respiro hasta que llegamos a la casa de mi tía.

Mi tía abuela vive en un edificio del centro, departamento relativamente amplio, piso octavo; la encontré muy vieja, el pelo bien blanco, casi pelada; su casa tenía un olor muy singular, no desagradable, sino más bien intenso.

Qué tal tu viaje. Bien, por suerte, le contesté. Yo me estaba muriendo de sueño, pero mantuve los párpados bien separados todo el tiempo que pude, mientras ella me contaba sus planes para el fin de semana. Mañana tempranito te llevo a recorrer la ciudad. ¿A qué hora? A las ocho te despierto. Bueno, le dije, entonces mejor que me vaya a descansar.


**


Dormí en una habitación que ella me había preparado especialmente, sin ventanas, sin adornos, sin nada; tiré el bolso en el piso y abrí un libro que me había comprado para leer en el viaje; quería avanzar por lo menos un capítulo, pero no sé cómo fue que se me cerraron los ojos, y cuando los volví a abrir tenía el libro abierto encima del pecho, y mi tía me miraba desde la puerta, con un mechón de pelo levantado en forma de cuerno: Arriba, hombre, que nos vamos a pasear.

Desayuné en el comedor, mirando la ciudad. La mañana en el departamento de mi tía era de lo más silenciosa. De vez en cuando se escuchaba el zumbido de los ascensores, subiendo, bajando, bajando, subiendo; en cierto punto escuché a mi tía entrar al baño y mear sonoramente; era un chorro fuerte, como echado desde una manguera a presión, lo que de entrada me pareció un signo de buena salud.

Y no me equivocaba en mi diagnóstico; en qué buen estado estaba esta mujer; cómo caminaba, se puso un conjuntito de gimnasia, zapatillas deportivas, parecía un conejo, andaba sin parar, las piernitas diminutas una atrás de la otra, a una velocidad prodigiosa, con los pelos al viento, esa miniatura que era mi tía.

Primero me llevó a recorrer la costanera. De vez en cuando frenaba y me señalaba algún edificio o algún monumento, y me describía sucintamente la historia y el motivo de su construcción, y yo le prestaba suma atención porque me interesaba, por un lado, y por otro para que siguiera hablando y me dejara oxigenar.

Después nos encontramos con unas escaleras inmensas. Mi tía subió los escalones de dos en dos. Estás en muy buen estado, tía, le dije. Todos los días salgo a caminar, me contestó ella, antes de apurarme: Dale, subí que en un rato nos vamos para el monumento, y yo le dije, adelantate que ahí voy, pero ella no estuvo de acuerdo:

–No, subí que te espero. La verdad es que no te tengo confianza.

Y sonreía, mientras me lo decía, no te tengo confianza, no había razón para que me lo dijera, pero yo sabía con quién estaba lidiando, la ermitaña de la familia, la caracúlica proverbial, una vez lo agravió de arriba abajo a mi viejo porque él tuvo el desatino de sacarle una foto mientras ella almorzaba; mi tía salió sosteniendo el tenedor, con un ojo cerrado, la boca abierta, bien visibles todas sus muelas, y eso la exasperó; usted es un maleducado, un maleducado, y mi viejo miró para abajo, todo colorado, no sabía qué decir, lo cual es bastante raro, que mi viejo se quedara sin nada que decir.

Después nos sentamos en un banco de la costanera, frente al río. Veíamos el puente, a lo lejos; las lanchas iban y venían por el Paraná. Yo encendí un cigarrillo, te hace mal eso, no importa, le dije yo, y mi tía empezó a contarme la historia de mi familia, los orígenes, se explayó por más de dos horas, yo le daba pie para que lo hiciera, realmente estaba interesado, los orígenes de uno, quizás me ayudaban a entender muchas cosas de mí mismo que en ese momento escapaban a mi comprensión.

–La energía se salta una generación –me dijo ella, que al parecer era, además de docente de lengua retirada, una mística–. Yo durante mucho tiempo me sentí culpable por mi desidia; hasta que gracias a la teosofía descubrí que no, que simplemente no había nacido con la misma energía que mi padre.

Hice un cálculo sencillo, y el resultado era poco alentador: según esa teoría, yo tampoco había nacido con las baterías llenas.

–Tu bisabuelo, mi padre, siempre tuvo un buen manejo de los números. Hacía mentalmente cálculos matemáticos harto complejos que vos y yo, o cualquier otro, solamente podría hacer por escrito. Vino desde España sin nada, y acá pudo construir su casa, abrir su propio negocio, y le fue muy bien. Tenía buen ojo para los asuntos comerciales. Y bebía mucho, muchísimo.

–¿Ah sí? –le pregunté, con particular interés.

Mi tía me hablaba con los ojos brillantes, sonriendo, de cara al río, mientras yo fumaba un pucho atrás del otro.

–Muchísimo, sí. Mi madre siempre me mandaba a buscarlo al bar, cuando vivíamos en el pueblo. Una noche se desmayó en la calle y lo tuve que arrastrar por el barro, al muy truhán –se largó a reír a carcajadas mi tía abuela.


**


Después de conocer el monumento a la bandera, nos subimos a una de las lanchas que recorren el río. Almorzamos tostadas de jamón y queso. Había muchos turistas de otros países, conversando en voz alta en el comedor. En cierto punto pasó al lado nuestro una alemana alta y dorada que me dio escalofríos. Mi tía me contaba una anécdota de Fontanarrosa, al que me dijo había tenido el honor de conocer unos años atrás; pero yo no podía seguirle el hilo por esa visión nórdica que tomaba jugo de naranja ahí, a escasos metros de mi nostalgia.

Mi tía pareció darse cuenta de que yo no le prestaba atención.

–¿Y tus cosas cómo están? –me preguntó de golpe.

–Bien –le dije–. Bien. Vine para verte, porque te lo debía y no conocía Rosario, y además porque necesito ordenar mis ideas. Necesito pensar.

–¿Hay algo que te molesta en concreto?

–No. Es un conjunto de cosas. Últimamente se me están acumulando muchos pensamientos a la vez. Estoy cansado de mi trabajo. De mi novia. De todo. Quiero renunciar, cambiar de vida.

Mientras le hablaba a mí tía, tenía los ojos fijos en la alemana, que ya había terminado de tomar su jugo de naranja y ahora conversaba con el papá; supongo que debía ser el papá, sino todo iba a ser una desilusión muy grande.

–¿Estás cansado de tu trabajo? Entonces podés buscar otra cosa. Todavía sos joven. Tenés otras posibilidades.

–No tan joven. Y está difícil la situación. El que tengo ahora es un trabajo estable, hay viejos que entraron a mi edad, y como yo, pensaban que era pasajero. Pero todavía ahí están. Yo no sé si quiero eso para mí. Tengo la sensación de que si no me voy ahora, no me voy a ir más.

–Qué drástico –me dijo mi tía–. Pero pensalo, pensalo bien. Pensar y tomar decisiones coherentes es lo que te convierte en adulto.

–Es que lo pienso, lo pienso, y no me decido. Mis pensamientos se contradicen entre sí. Tengo un desorden en la cabeza, como una calesita, no deja de girar, de carburar.

–Entonces no lo pienses más, Javier. No pienses. Que lo procese tu inconsciente, y que después la decisión emerja sola. Que salga solo el impulso.

La alemana cruzó el comedor y subió la escalera que llevaba a la proa.

–¿Qué mirás tanto? –me preguntó mi tía.

Me lo preguntó sonriendo con un gesto pícaro, y ahí, a la luz de la tarde, su sonrisa fue joven; vi la cara de una quinceañera, escondida atrás de una multitud de arrugas.

–Esa chica parece ser alemana –le contesté–. Cuando cadeteo por el centro siempre veo extranjeros, y les adivino la nacionalidad. Después me acerco y escucho en qué idioma hablan. Para mí esa chica es alemana.

–Es muy linda –dijo mi tía.

Yo le contesté que sí mirando el agua.


**


Cuando bajamos de la lancha en el muelle, mi tía me llevó a conocer una de las plazas del centro que acostumbraba a frecuentar. No bien entramos por el caminito de piedras, se nos acercó una jauría de perros. Yo me asusté; son impredecibles los perros, casi tanto como la gente, diría, si no fuera por el hecho de que con los perros uno no tiene chances de dialogar. Si uno les gusta, bien, y si no, no hay arreglo. Con los perros no hay posibilidad de mentir.

–No te asustes. Yo siempre les traigo de comer.

En efecto, mi tía sacó de su bolsillo una bolsa de galletitas y otras sobras que empezó a repartir ecuánimemente entre los perros. Eran unos seis, siete, y la rodeaban guardando una distancia prudencial, casi con respeto. A veces les traigo guiso, pasó a contarme ella, los vecinos ya me conocen, vengo a esta plaza todas las mañanas. Éste se llama Manchita, es el más pícaro, se empezó a reír mi tía. Son como personas, me dijo después, vos fijate que miran como personas.

Manchita era una mezcla bastante rara, parecía un ovejero alemán por el porte, pero tenía la dimensión de un pequinés, y era negro de cuerpo entero, salvo por una solitaria manchita marrón encima de los ojos. Viven acá, en la plaza, los alimento yo sola, me decía mi tía. Manchita apoyó las dos patas delanteras en la rodilla de mi tía y ella le devolvió el gesto acariciándole las orejas.

Al fondo de la plaza había un bosque, y para allá fuimos una vez la bolsa de las galletitas estuvo vacía. Eran unos eucaliptos altos, perfumados, con estatuas al final de las grutas; los turistas iban y venían, a la par de los vecinos que salían a correr. Con mi tía fuimos hasta el final del bosque, donde había una maleza impenetrable, con una sola abertura hacia el borde del terreno.

La abertura daba a un puente minúsculo, de cemento descascarado, sobre el cual solamente se podía pasar de a uno. Abajo estaba el río, más bien los desagües del Paraná, y del otro lado del puente, una hilera interminable de casitas de madera con techos de chapa. Unos pibes jugaban al fútbol, allá, en un descampado de tierra. Estaban lejos; solamente se les escuchaban los gritos. Acá únicamente se puede venir de día, me dijo mi tía; de noche es peligroso.

–Me llama la atención el contraste –le contesté–. De un lado del puente todo tan cuidado, el bosque, la plaza, la ciudad, la costanera. Y del otro. Es como una contradicción.

–Y del otro lado esas casas. De noche es muy peligroso venir –me dijo ella–. De día, no tanto. La gente que vive allá cruza siempre este puente para ir a trabajar al centro.

–¿Vos lo cruzaste alguna vez?

–No. No conozco a nadie del otro lado. Se dice que hay muchos delincuentes, y que venden droga.

Nos apoyamos en una de las barandas del puente, sin adentrarnos mucho, y miramos para abajo en silencio. Había mucha basura acumulada, botellas, bolsas, cartones, hasta muebles, flotando en el agua estancada.

–¿Sabés lo que me parece a mí? –me dijo ella de golpe–. Te veo obsesionado con las formas. Me parece que estás obnubilado por el mundo exterior. Lo que tenés que entender es que son formas solamente. Son colores, son cosas. Lo importante, lo que trasciende, está atrás de las formas.

–Puede ser –le dije.

Después de escuchar durante más de diez horas hablar sin parar a mi tía, yo ya me había acostumbrado a usar esa frase: puede ser, puede ser.

–No te quedes en la superficie, como hace el resto del mundo. Intentá profundizar, mirar las cosas con atención, con lucidez, sin hacerle caso a lo que te dice el resto del mundo.

–Está bien.

–¿Viste? Un día conmigo y ya te di vuelta. Yo a los jóvenes los doy vuelta –se largó a reír mi tía. Y me apoyó una mano en el codo–. Pero me tenés paciencia, me tenés paciencia. Escuchás mis sermones y no te enojás. Sos un joven muy paciente. Hay que soportarme a mí.

–La estoy pasando bien –le sonreí–, no te preocupes –y después de un silencio, nos bajamos del puente en dirección al bosque.


**


Cuando llegamos a la casa empezaba a oscurecer. La noche caía y con la noche también el frío. Entré a la habitación para buscar una campera.

–Voy a dar una vuelta.

–¿Ahora? Pero a las ocho es la reunión. ¿No vas a venir?

Mi tía me había invitado a la reunión de la iglesia teosófica, que ella frecuentaba dos días a la semana. Te va a gustar, me había dicho, son todos intelectuales, como vos, y el que dicta la sesión es un hombre muy culto, venite que va a ser interesante. Se había pasado un rato convenciéndome, y yo le había dicho que sí, que iba a ir, pero sabiendo en el fondo que no, que no lo iba a hacer.

–Mirá, tía, si no te enojás, ahora preferiría dar una vuelta. Caminar un rato.

–Pero venite, en serio, haceme caso que te va a gustar. La teosofía filosofa sobre el espíritu. Te va a cambiar la perspectiva, son conceptos distintos, es una religión diferente.

Yo le había dicho que no creía en las religiones, en ninguna, soy agnóstico, no niego que haya algo divino, pero si lo hay, yo no lo puedo conocer, nadie lo puede conocer, así que a mi ver son todas hipótesis, le dije. Está bien, me había contestado ella, en el barco, pero la diferencia es que para mí lo que propone la teosofía no es una hipótesis, yo no la considero una hipótesis, la teosofía es una realidad, una realidad efectiva argumentada intelectual y conceptualmente.

–No te enojes, tía, pero en serio prefiero salir a caminar.

Ella levantó las cejas.

–Está bien. En esta casa lo que se privilegia es la libertad.

Me dio unas llaves, por las dudas de que yo volviera de mi caminata antes que ella de su reunión, y me puse la campera que había entrado a buscar a la habitación y salí a la calle.

Afuera ya había oscurecido. Los postes de luz estaban encendidos en las veredas de la peatonal, aunque todavía se veía una franja de cielo celeste en el horizonte. Paré en un kiosco y compré dos latitas grandes de cerveza y un atado de cigarrillos. Después recorrí la costanera, que ya se había empezado a vaciar, y me senté en un banco bien apartado, a pocos metros del río.

Me senté ahí para poder fumarme un porrito tranquilo, mirando el agua, escuchando mi mp3. Cada vez que había una ráfaga de viento me ponía a tiritar; pero entre el humo y la cerveza casi no me daba cuenta del frío. Solamente miraba el agua encorvado, buscando algún pensamiento honesto, milagroso; alguna respuesta drástica y duradera sobre lo que tenía que hacer de mi vida.

Pero lo que me distrajo de esa empresa fue un instante de iluminación; un instante frágil y fugaz en el que alcancé la comprensión de todo. Pasó cuando un barco que cruzaba el río coincidió con el acorde de una guitarra en mis auriculares. No puedo explicar lo que sentí en ese momento. El barco de carga se deslizaba lentamente sobre el río, como una aparición de otra época, de otro universo, mientras de la guitarra salía un movimiento también lento, agudo, un sonido hondo que dibujaba rayas de vidrio en el aire, y la luna flotaba en un ángulo de la noche fosforescente, colmada de estrellas.

Cuando el barco se fue, intenté comprender lo que había sentido en ese instante; intenté evocarlo, analizarlo, como para poder sentirlo de nuevo. Pero no hubo caso. Fue ese instante, ese barco, ese acorde, esa luna; esa carencia disgregadora de pensamientos; me di cuenta de que estaba bastante drogado.

No bien volví a caminar, el ejercicio me calentó la sangre y me aclimató los músculos, y empecé a sentir menos el frío. Los edificios se levantaban altos, miles de luces en las ventanas, alumbrando la ciudad. ¿Y si me quedara a vivir acá?, me dije. Dejar Buenos Aires atrás, toda esa vida que me hastiaba. Empezar de cero, convertirme en una persona distinta.

Unos minutos más tarde llegué al departamento. Mi tía todavía no había llegado. Por las dudas me perfumé las manos y la cara, y me comí un caramelo de menta.


**


Escuché que la puerta se abría.

–No me digas que estás acá.

Mi tía entró a la habitación y me encontró despatarrado en la cama, con un libro entre las manos. Yo no lo estaba leyendo, más bien lo estaba mirando; mirando las palabras, las letras, las formas que tenían.

–¿A qué hora llegaste? Hubieras ido a la reunión. La sala está acá nomás, a dos cuadras.

–Pasa que recién llego.

Ella soltó un resoplido, mientras se iba por el pasillo.

–Mal, muy mal lo tuyo.

De cenar me preparó un bife y arroz con morrón y espinaca. Comimos silenciosamente. Había un televisor, en el modular. Yo lo miraba por reflejo. ¿Querés que encienda el televisor? Como quieras vos, le dije. Bueno, entonces prefiero que siga apagado.

Así que seguimos comiendo en silencio.

Mi tía digería tan rápido como caminaba, hablaba y meaba. A los cinco minutos ya estaba en la pileta, lavando su plato.

–Tengo una tarea para vos, para cuando termines de comer.

–Dale –le dije–, no tengo problema.

Cuando terminé de cenar, en efecto, mi tía me acercó una carpeta.

–¿Y esto?

–Son mis cuentos, los que me pediste. Leelos ahora, que tenés tiempo.

Mi tía los había escrito en su juventud. Algunos eran buenos. Yo los leía combinando concentración con velocidad, para impresionarla con mi capacidad de lectura. Tan concentrado estaba, que no me di cuenta de que mi tía había ido apagando, una a una, todas las luces de la casa. El departamento, salvo por el velador antiguo que brillaba en la mesa, había quedado a oscuras.

Ella se acomodó a mis espaldas. Decime, ¿este cuento que te pareció?, me preguntó, apoyando el índice en la carpeta. Mi tía me hablaba en voz muy baja, como si de repente le hubiera dado sueño. Está bueno, le dije, éste es uno de los que más me gustó. ¿Pero qué entendiste, qué es lo que significa para vos? Lo que yo entendí es que el tipo está escribiendo su presente sin darse cuenta, está escribiendo un cuento sobre el mismo instante en que escribe; por eso, al final, él mismo es el personaje que termina matando el asesino de su cuento. Muy bien, ¿sabés en quién me basé? ¿En un cuento de Cortazar, puede ser? Muy bien, acertaste.

Yo me sentía incómodo porque mi tía se había inclinado tanto por atrás de mi silla que sus pechos me apretaban la espalda. Pasaba las hojas de la carpeta con lentitud, y cada vez que lo hacía yo sentía esas dos bolsas girando y girando, retorciéndose en mi espalda. Al mismo tiempo, la escuchaba respirar con rapidez, por encima de mi hombro.

Y este cuento, susurró de golpe, decime qué te parece este cuento. Éste también me gustó, pero no entendí mucho el final. Es más sencillo de lo que parece, me contestó, es una historia de amor, en realidad, vos fijate que los dos personajes están juntos hasta el último momento. Sí, es verdad, no me había dado cuenta.

Mi tía me pidió un análisis de dos cuentos más, y después yo le dije que estaba cansado y que me quería ir a dormir.

–Está bien. Mejor descansá que mañana nos tenemos que levantar temprano.

Cuando me acosté ni siquiera me saqué las medias. Cerré los ojos y me quedé dormido enseguida.


**


Al día siguiente volvimos a dar un paseo por Rosario. Mi tía me llevó a plazas que no habíamos llegado a visitar el día anterior, y también fuimos a darles de comer a los perros. Quise acariciar a Manchita, en la plaza, pero el perro me esquivó.

–Creo que le caes mal –arrugó las cejas mi tía.

Tenía la misma bolsa del día anterior, llena de galletitas y otras sobras, y las fue repartiendo entre los perros.

–Hay que cuidar la ecología. Yo nunca tiro una bolsa. Uso la misma para todo. El otro día la chica de la verdulería me quiso dar una y se tuvo que aguantar un sermón. ¿Vos sabés lo que tarda en descomponerse una bolsa? Hasta trescientos años, tarda. Mucho más de lo que pueden vivir tus hijos, y los hijos de tus hijos, y así. Es una locura que nadie tome conciencia sobre el problema de la basura y la contaminación. Yo le dije todo esto a la chica, y me miraba con una cara. Se habrá pensado que era una loca –se largó a reír mi tía–. Pero a mí no me importa. Yo sé que tengo razón.

–Sí, es todo un problema el de la contaminación. Pasa que hay mucha gente que, entre laburo y familia y demás, no tiene tiempo para pensar en eso. Vivimos llenos de ocupaciones y preocupaciones, y en lo último que uno piensa es en el medio ambiente.

–Bueno, pero para mí es lo primero en lo que se debería pensar. Me parece egoísta no pensar en eso. Si no te interesa el problema de la ecología, es que sos un egoísta.

Me quedé en silencio un segundo.

–Puede ser –le contesté sin mirarla.

La mañana estaba helada. Nosotros dimos un paseo por la catedral, por la casa de gobierno; después fuimos a un museo que quedaba sobre la costanera. Durante el camino la que más hablaba era ella. Yo todavía estaba medio dormido, y me dolía un poco la cabeza, efecto de un par de cigarrillos mañaneros que tendría que haberme ahorrado.

Un rato después del mediodía iba a salir mi micro a Buenos Aires. Mi tía estaba enterada de eso. Así que cuando volvimos del museo en dirección a la casa nuestra conversación ya tenía aires de despedida.

–Tía, dentro de un par de semanas es tu cumpleaños, ¿no? ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a venir a Buenos Aires?

–No, ni loca, ¿para qué? Me quedaré festejando acá.

–No sé. Se me ocurría –levanté los hombros–. Para que no lo festejes sola.

–Es que no me importa festejarlo sola. Yo me llevo muy bien conmigo misma. Además, no me gusta la gente. El año pasado, el día del amigo, ¿sabés lo que hice? Me quedé en casa y no llamé a nadie para ver quién me llamaba. ¿Sabés cuántos me llamaron? Dos personas. Solamente dos. La chica que me ayuda en casa y una señora de la iglesia. Ahí me di cuenta de que la amistad no existe. No, señor, yo prefiero estar sola.

Cada vez que mi tía terminaba una frase, asentía con la cabeza, apretando la boca en una mueca de desdén.

–Para mí, todo lo que hace la gente es para sentirse querida. Yo no necesito eso. Yo me quiero a mí misma, y con eso me alcanza.

Unos minutos después llegamos al departamento, los dos callados, pensando cada uno por su lado.


**


¿No querés que te haga algo de almorzar? No, tía, en serio, no tengo hambre.

Ella me miraba parada en la puerta de la habitación. Yo guardaba mis cosas en el bolso.

–¿En serio no querés que te haga nada?

–En serio, tía, no te preocupes. Cualquier cosa como algo en el micro.

Yo quería irme lo más rápido posible, y supuse que ella era consciente de eso. Pero cuando salí de la habitación la encontré en la cocina preparándome un churrasco. Tía, voy a llegar tarde a la terminal. Es un churrasquito, nada más, me contestó, comé tranquilo.

Yo me senté y comí apurado, casi sin masticar. Durante ese lapso ella no dejó de dar vueltas por el departamento. Apareció con un libro, en cierto punto. Tomá, me dijo, te lo regalo. Era un manual de gramática. ¿En serio? Sí, llevalo, yo no lo necesito.

Lo ojeé despacio, comiendo al mismo tiempo.

–Ya sabés, si algún día necesitás ayuda en gramática, podés venir a verme. Yo te daría clases gratis –sonrió–. Eso sí, a mí las cosas me gustan con disciplina. Que estudies en serio. Y por supuesto, ahí tendrías tu habitación.

–Bueno, lo voy a considerar.

Me fui un rato después. Mi tía insistió para acompañarme hasta la terminal, pero yo le confesé sin muchos remordimientos que prefería ir solo. Me despedí de ella en la puerta del departamento. Bueno, ha sido un gusto. El gusto fue mío, me contestó ella. No me devolvió el abrazo algo forzado que le di, lo cual adjudiqué a su corazón corroído, en un comienzo, para adjudicarlo a su timidez después.

Salí del edificio con una sensación de paz. Afuera era un mediodía soleado, radiante; algo frío; pero así y todo inmejorable. Caminé hasta la parada del colectivo y encendí un cigarrillo. Entonces la vi. Era mi tía, otra vez ella, acercándose desde la vereda de enfrente.

Vine por las dudas de que no supieras qué colectivo tomar, sonrió, los jóvenes de hoy son tan disparatados. Está bien, no te preocupes, recién igual le pregunté al muchacho del kiosco, me dijo que el nueve pasaba por acá. Sí, pero el tuyo es el del cartel rojo. Sí, ya sé, me lo dijo el muchacho, andá tranquila. No, para mí no es problema, prefiero esperar acá.

Así que se quedó ahí, y estuvimos en silencio, los dos, mirando la calle, hasta que el nueve providencial, con el cartelito rojo en la ventana, apareció en la esquina. Bueno, tía, ahora sí, gracias por todo. Buen viaje, me tocó el hombro ella, como si estuviera empujando una puerta, saludos a tus papás.

Mientras sacaba el boleto, miré por la ventanilla y encontré a mi tía cruzada de brazos, parada en la vereda, mirándome. Le sonreí y ella me hizo un gesto con la mano, un saludo que se estiró hasta que el colectivo dobló por la avenida y agarró velocidad.

Desaparecí del paisaje de mi tía, en ese momento, sí. Pero ella, tengo que decirlo, no desapareció del mío. Por lo menos en una primera instancia, no fue así. Sentía su presencia, su presencia física, rodeándome por todas partes. No entendía cómo podía ser eso, hasta que, sentado en el fondo del colectivo, me dio algo de frío. Entonces saqué la campera del bolso, y ahí lo encontré: Era el olor. El olor de la casa de mi tía, se me había pegado en la campera, en el buzo; hasta lo tenía en el pantalón. Cuando volví a mi casa, cuando dejé mi ropa en la cama para bañarme, todavía estaba ahí, con toda su atmósfera, el olor, no desagradable, sino más bien intenso que despedía mi tía.















3 comentarios:

Lar dijo...

que copada la novela corta, míster jueves!
me hizo reír mucho lo del comentario al tachero sobre rosario ciudad chica jajaja.
me encantó xq fue como volver a visitar la ciudad por un rato :)
tiempo de lectura: 45 min,
hora actual:3 de la madrugada.

Un desvarío por jueves dijo...

novela corta?? me pegó heine, parece!

derrapé con la extensión, esta vez, así que le agradezco su generosa paciencia (de hasta tres cuartos de hora), y por supuesto una alegría que le haya gustado

saludosss

Lar dijo...

si... creo que fue heine... a quien todavía NO leí... si, debió ser... malditos alemanes...no tengo nada contra ellos... pero a heine no lo leí todavía y... no llego... buaaaaa