sábado, 26 de junio de 2010

truco



En la cocina hay un lío tremendo. Tapitas, corchos, atados vacíos; puchos y botellas de cerveza y vino por todas partes. Después de tomar un poco de agua, agarro una bolsa, empiezo a juntar la basura de la mesa, y estoy a punto de dejar todo para ordenarlo más tarde cuando encuentro el papel. Me llama la atención, se destaca del resto, porque veo que tiene las estrellas que dibujó Milagros anoche.

Entonces me acuerdo de que habíamos estado jugando al truco. Milagros y Pablo en mi equipo. En el otro, Luciana, el Gordo y Ezequiel. Teníamos pensado salir, pero a eso de las dos se largó a llover y hacía un frío de morirse, así que nos quedamos tomando lo que había y jugando a las cartas en la cocina.

Hacía tiempo que no veía a Milagros. La excusa de la reunión era el cumpleaños de Eze; yo sabía que él era amigo de ella, pero no imaginé que la iba a traer. Milagros se peinaba diferente y también se vestía de otra forma. Tenía un look más sencillo, como si no hubiera pensado mucho qué ropa se iba a poner.

–Truco –gritó el Gordo.

Yo miré a mis compañeros de equipo.

–Quiero.

Eran las tres de la mañana, el Gordo ya estaba pasado, y soltó el tres de basto con un golpazo en la mesa. Tomá, botón. Era el segundo partido que nos ganaba en la última mano y Milagros tiró las cartas: No, es increíble la suerte que tiene este pibe. Esto no es suerte, le contestó el Gordo, esto es saber jugar. Cuando estás de racha es fácil, Gordo, me metí yo. No, morsa, nada de rachas, en el truco la suerte es lo de menos, esto se trata de saber mentir, dijo levantando el índice, hay que saber mentir en el momento justo.

Hicimos una revancha más. A esas alturas solamente nos quedaban dos cervezas bien tibias, de las especiales, y en el aire flotaba una humareda que casi se podía empujar. Milagros se había puesto la campera. ¿Tenés frío?, le pregunté. Un poco, me contestó ella. Después sacudió la cabeza con un gestito de lástima, como diciendo, en realidad tengo mucho frío, mucho frío, y yo la hubiera abrigado, la hubiera abrazado toda la noche si no hubieran estado los pibes en casa. 

En ese momento me di cuenta de que Milagros me sigue gustando de una manera misteriosa. Aunque se vista y peine y hasta hable de forma diferente, es como si no hubiera pasado un minuto. Cada vez que me hacía la seña del dos, yo sentía que me volvía loco. Y el silencio con que nos mirábamos para pasarnos las señas, era algo cómplice; nos juntaba en una dimensión paralela, lejos del partido, de mi casa, del resto del mundo.

Un rato más tarde vi que Milagros levantaba el papel donde estaban anotados los puntos del partido y empezaba a dibujar estrellas. El Gordo y Pablo jugaban el pica-pica, y yo miraba a Milagros. Ella pareció darse cuenta. Levantó el papel y me preguntó: ¿Te gusta mi obra? Sí, le contesté; ¿pero cuánto vamos? Milagros bajó el papel. Perdemos once a seis. ¿Once a seis ya?; está complicado el asunto. Sí, pero todavía hay chances, me dijo Milagros, creo que vamos a tener que hacerle caso al Gordo. ¿Al Gordo? Y sí, hay que empezar a mentir.    

En la mano siguiente canté real envido con veinticuatro. El Gordo tenía treinta y dos. Después también los quise apurar en el truco, pero Eze puso en la mesa un tres de espada doloroso. Ahí tendrías que haber retrucado, me dijo el Gordo, sirviéndose un vaso de cerveza, si mentís, tenés que mentir con ganas, sin miedo. Pasa que él es un desafortunado en el juego, dijo Eze. Sí, porque en el amor es todo fortuna, me miró de reojo el Gordo con su sonrisita irónica.  

Yo no sabía cómo hacer para que se fueran, para que me dejaran solo con Milagros. Eran las cuatro, ya no había nada de alcohol, y Luciana empezaba a bostezar. En cualquier momento se iban a ir de mi casa, se iban a llevar a Milagros, y yo seguía sin hacer nada.

La miré de reojo. Milagros en un rincón de la mesa seguía dibujando con concentración, o muy aburrida. Yo fui al baño y me miré en el espejo. Ése era yo, ésos eran mis ojos, mi nariz y mi boca, y Milagros estaba en mi casa otra vez, de nuevo había aparecido en mi vida. Pudo ser cualquier otra, pero fue ella, y qué es lo que tengo que hacer. Mentí, cagón, le dije al espejo, mentí. Después tomé un trago de agua de la canilla y abrí la ventana y apoyé la cara en el viento frío.

Cuando volví a la cocina todos estaban atentos a la última ronda. Yo le chisté a Milagros, en voz baja: A ver, prestame la hoja un segundo. Y ella me la alcanzó, también me dio la birome, y yo di vuelta el papel y dibujé dos ojos. Dos ojos grandes, claros, con pestañas largas y onduladas. Cuando le mostré el dibujo, Milagros sonrió. Entonces le dije sin hablar, solamente gesticulando: Son los tuyos.

A la media hora se fueron todos. Ella también. Antes de irse me dijo: La próxima vamos a ganar. Ojalá, le contesté yo, y después me fui a acostar a la pieza sin ordenar nada.

Cuando me desperté a la mañana me zumbaba la frente. Lo primero que vi fue la luz encendida. Después sentí que tenía las medias puestas. Poco a poco me fui acordando de quién era, y a ese ritmo volvieron los recuerdos de la noche anterior. Me acordé, sobre todo, de que Milagros había estado en mi casa, y de que yo no le había hablado. La de anoche había sido una oportunidad inmejorable, quizás irrepetible, y yo la había dejado pasar. Por qué no te las arreglaste para estar solo con ella. Por qué no te las arreglaste para decirle todo.

Así que ahora, en la cocina, me sorprende encontrar el papel con las estrellas. No me acordaba de esa parte de la noche. Después lo doy vuelta, y ahí están los ojos, los ojos grandes y claros de Milagros; tampoco me acordaba de eso. Pero lo que más me llama la atención es el número. Hay un número de teléfono, el de un celular, escrito al lado. Llamame, dice.

Miro el papel un segundo, después me acerco a la heladera y lo pego en la puerta. Intento ignorarlo, concentrarme por el momento en limpiar. Pero cada tanto me doy vuelta, como si alguien me tocara el hombro, y me reconforta ver que los ojos siguen ahí, vigilándome sin parpadear mientras ordeno mi casa.







la empresa



La contadora nos volvía locos. Llegaba siempre muy arreglada, con la boca y los ojos pintaditos, el pelo planchado, tacos altos y polleritas, y un perfume importado que se podía respirar estando a varios metros. Se llamaba Adriana, y había empezado a trabajar en la empresa el año anterior. No debía tener más de veinticinco, veintiséis años; según la data que nos tiró Walter, terminaba de recibirse.

Era simpática, sí, nos saludaba, nos sonreía, hacía algún que otro comentario sobre el peinado de éste o de aquel otro, con una naturalidad que era como si nos sobrara; como si se tomara la libertad de ser extrovertida con nosotros justamente porque no teníamos chances de estar con ella.

Durante la jornada desfilábamos por su oficina para acercarle facturas, recibos, boletas. Pero había uno que iba todo el tiempo, que siempre le llevaba café, medialunas, que le hacía chistes en voz alta, y nosotros veíamos que ella lo festejaba, que se reía con los ojitos brillantes, del otro lado del vidrio.

Era un gordo alto con cara de bonachón. Ropero, le decíamos con los muchachos. Antes era común que a la salida del laburo Ropero viniera con nosotros a brindar hasta tarde; pero desde que Adriana había llegado nos dejó de lado para empezar a irse con ella. La acompañaba hasta la estación todos los días; a nosotros ya casi no nos hablaba.

Cuando Adriana estaba a punto de cumplir su primer año en la empresa, empezaron también a llegar juntos a la oficina. Me acuerdo cómo me temblaron las piernas cuando vi a la contadora, cerca de las siete de la mañana, en el asiento del acompañante de la camioneta de Ropero. A los pocos días se confirmó lo que ya se rumoreaba: Ropero estaba saliendo con la contadora de nuestros sueños desde hacía un mes.

Miralo vos al gordo, eh, era lo que se decía entre los muchachos. Ningún boludo, Ropero. La hizo más que bien.

Adriana tampoco nos saludaba como antes; ya no se quedaba a charlar. Nomás hacía un gestito con la cabeza, a veces sonreía; después seguía de largo.

Para nosotros era un hecho que se lo había pedido Ropero. Más teniendo en cuenta la cantidad de veces que nos colgamos con él hablando de las polleritas de la contadora, en los viejos tiempos, cuando todavía Adriana era la fantasía general de todos, una propiedad exclusiva de nadie.

Y sí. El gordo no es ningún boludo.

Ese mismo otoño, una tarde de lluvia, el tipo pasó por el depósito y le contó a Walter la buena nueva: En septiembre me caso, che.

Todos los que estuvimos ahí lo felicitamos, por supuesto. Pero pensando por adentro: Hijo de puta. Este gordo de mierda nos robó la ilusión.


**

Mi permanencia en la empresa se hizo insostenible a mediados de julio. Todo empezó un viernes. Adriana se había acercado al depósito y como yo era el único que estaba libre me pidió que por favor la acompañara al sótano.

En la empresa había un sótano inmenso donde se guardaban los archivos antiguos. Más de treinta años de facturas y demás amontonados en cajas polvorientas. La leyenda decía que el sótano había servido de centro de detención durante la dictadura, y que los fantasmas de los verdugos todavía andaban dando vueltas por los pasillos. Adriana había escuchado hablar de esta leyenda, y fuera supersticiosa o no, no quiso bajar sola.

De verdad parecía un sepulcro ese sótano. No bien bajamos la escalera, sentimos el olor a humedad, a encierro, a falta de humanos. Hacía también un frío de morirse. Cuando me acerqué al generador eléctrico, a un costado de la escalera, y lo encendí, aparecieron adelante nuestro unos cincuenta metros de cemento desnudo, con paredes manchadas y focos titilantes, y columnas grises y oscuras. Parecía un estacionamiento sin autos, el estacionamiento subterráneo de una ciudad arrasada.

–Esto es tétrico –dijo Adriana.

El depósito de los archivos estaba a un lado de la estructura, cruzando una puerta. Cuando entramos, ella se metió entre los estantes y volvió con una caja. Qué necesitás, le pregunté. Una factura del noventa y dos, me contestó la contadora. Querés que te ayude. Dale.

Me indicó el nombre de la empresa y empezamos a revisar los papeles en silencio. Uno al lado del otro. El perfume importado de Adriana chocaba, empujaba al olor que flotaba en el aire. Era la primera vez que estábamos solos. Para no quedarme callado, le dije: Así que te casás. Sí, me dijo Adriana. Imaginé que iba a decir algo más, pero ahí se quedó.

–Qué lástima que te arruines la vida así –le dije entonces–. Tan jovencita que sos.

La miré sonriendo, pero Adriana solamente me hizo una mueca y siguió revisando los papeles. Quizás por la incomodidad, en ese momento me subió a la garganta un eructo de los hondos, que soplé con disimulo para un costado. La noche anterior había ido a bailar y todavía tenía la boca pastosa por el vino espumante.

–Esta bendita factura no aparece –me dijo Adriana–. ¿Me hacés un favor? ¿Me traés la caja del noventa y tres? Quizás se traspapeló.

Sí, le dije, y fui a buscar la caja. Cuando volví, Adriana estaba agachada a un lado de la mesa, buscando un papel que se le había caído, con su culo protuberante apuntando en mi dirección a mi persona. Pensé que no podía ser casual eso, que nada en la contadora podía ser casual.

–Acá está la caja.

Ella se dio vuelta y me dijo: A ver. La abrió, empezó a sacar las facturas. De golpe me preguntó en voz baja, como pensando en otra cosa: Contame, ¿hace mucho que trabajás acá? Seis años y medio, van a ser. ¿Seis años y medio?, un montón. Sí, en cualquier momento me voy a la mierda. ¿Por?, ¿no estás contento en la empresa? No, no por eso, yo para cambiar, no quiero estar toda mi vida acá adentro, siempre en lo mismo. Qué bueno eso, es bueno que te interese conocer otras cosas, me dijo Adriana, sin dejar de revisar los papeles.

Al final la factura no apareció.

–Bueno, la buscaremos el lunes –me dijo la contadora.

Y yo, cosa rara, estuve todo el fin de semana esperando el lunes para ir a trabajar.


**


El lunes, a eso de las diez de la mañana, Adriana volvió a acercarse al depósito. Yo me las había arreglado para estar cerca de la puerta, cosa de que me viera a mí, de que no le pidiera a otro que la acompañara.

¿Tenés unos minutos, Javier? Por supuesto, le contesté.

En el sótano abrimos la caja de los años noventa, noventa y uno, noventa y cuatro y noventa y cinco. Es una factura muy importante, me dijo Adriana, la tengo que encontrar sí o sí.

De vez en cuando yo la miraba de reojo. La contadora se había puesto una pollerita oscura, unas botas ruidosas de taco alto; su blusa tenía un escote doloroso.

Escuchame, yo te quería pedir disculpas por lo que te dije el otro día, no sé si te lo tomaste a mal. Qué cosa, me miró ella. Eso de que es una lástima que te cases.

Por la cara que me puso entendí que no tenía ni idea de lo que yo le estaba hablando. Pero me preguntó: ¿Y por qué es una lástima? No, por nada; yo te lo había dicho en broma. En broma, en broma, negó con la cabeza Adriana, mirá, yo no creo en las bromas, por algo lo dijiste.

Yo miré el piso sin contestar. Adriana sonrió apoyando los brazos en la mesa: Qué tímidos que estamos hoy, el otro día parecías más vivo, ¿o sos así nada más cuando estás en pedo? ¿De qué hablás? Tenías un olor, papi; ahora, lo que no entiendo es para qué me venís a pedir perdón, sé hombre y bancate lo que decís. Me lo banco, nena. ¿Ah sí?, ¿te lo bancás?, entonces no te perdono nada.

Adriana se levantó el pelo negro y lacio y se lo acomodó atrás del cuello. Había dejado descubierta la mejilla que apuntaba a mi lado, y yo me incliné y se la besé. Ella giró la cara, me miró con seriedad, por un segundo, y después se acercó achicando los ojos. Tenía los labios dulces, frescos. Mientras nos besábamos escondí mi chicle de menta atrás de los dientes, y le tanteé los pechitos escasos, diminutos, apretados por el push up. Entonces tuve un momento de euforia y quise levantarle la pollera, pero Adriana me retó con un mordisco suave:

–No; te estás confundiendo.

Pero a los dos minutos era ella la que se estaba alzando la pollera, y ya no hubo vuelta atrás.

Cuando subimos las escaleras me dijo: Bueno, Javier, mañana vemos si encontramos la factura. Yo le contesté que viniera cuando se le diera la gana, esperando un guiño, alguna sonrisa de complicidad; pero ella ya había vuelto a ser la mujer seria, comprometida que era; la inalcanzable potranca de los números.


**

Al otro día Adriana tardaba en venir. Yo la esperaba contando ovejas en un rincón del depósito. Por un segundo se me dio por pensar que no venía porque la había decepcionado mi actuación. Pero fue una idea fugaz, se me fue de la mente enseguida.

Al final vino después del almuerzo. Cuando me vio, siguió de largo. Yo la seguí bajando las escaleras.

–¿Vamos a buscar la factura?

–No, Javier, no.

–Qué pasa.

Ella me hizo un gesto para que bajáramos. Cuando estuvimos en el sótano, me dijo en voz muy baja: Escuchame, lo de ayer fue un error. Ya sé que fue un error, pero una macana más, una menos. No, Javier, fue una cagada en serio, no me vas a creer, pero se lo tuve que contar a Julián. Qué. Estábamos discutiendo, últimamente discutimos mucho, y en un momento de calentura se lo dije, me quiero matar. Pero sos boluda, Adriana, el gordo me va a matar. No te preocupes, yo le dije que fue mi culpa. No, el gordo es re calentón, yo lo conozco, me va a matar en serio. Por Dios, Javier, no seas cagón. Qué fácil que lo hacés, ¿y ahora? Ahora nada, se suspendió el casamiento, Julián ya no quiere saber nada conmigo, pero está bien, yo también estaba harta de ese trolo. No, digo ahora qué pasa con nosotros. Mirá, no sé, yo ya no necesito la factura, vine nada más para decirte esto, ahora me tengo que ir. ¿Te vas? Sí, disculpá, pero ando con mucho laburo.

Adriana se fue saltando los escalones de dos en dos y me dejó más solo que nunca en el sótano desierto.


**


Anduve con los hombros tensos durante el resto del día. Cada vez que sentía unos pasos a mis espaldas, pensaba que venía Ropero. Pero no, Ropero no apareció en el depósito.

Ropero fue inteligente y me esperó a la salida.

Había frenado la camioneta en la esquina de la parada. No hace mucho, tomábamos el mismo colectivo, él y yo. Después, a los pocos meses de que la contadora llegara a la empresa, lo ascendieron. Ropero se sabía acomodar con la lengua, y le dieron el puesto de vendedor, y entonces pudo comprarse la camioneta que siempre había soñado.

–Cómo estás, loco –me dijo.

El gordo se había bajado de la camioneta, se había acercado a la esquina.

–Todo bien, Ropero, ¿vos?

En la parada había también una señora mayor, con un nene que debía ser el nieto. Pensé: Ropero no se va a mandar ninguna mientras la señora esté acá. Señora, por favor, quédese. Señora, por favor, no se vaya nunca de acá.

Pero la vieja se fue enseguida. Se tomó el primer colectivo que pasó, y me quedé solo con el gordo en la esquina.

Ropero no hablaba, no se movía. Estaba ahí, con las manos en los bolsillos, apoyado en la pared. Yo también estaba apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos. En cierto punto Ropero sacó una mano para rascarse la frente, y yo hice exactamente lo mismo. Parecía un espejo de él, nada más que con cincuenta kilos y dos cabezas menos.

–¿Te acordás cuando nos tomábamos este bondi? –me dijo Ropero de golpe.

El colectivo que me tocaba tomar pasó por la parada despacio, pero yo no moví un pelo.

–Me acuerdo –le dije.

–Adriana me dejó –dijo Ropero.

Lo miré de reojo. El gordo tenía los ojos colorados. Estuve a punto de decirle: No te preocupes, loco, es lo mejor que te pudo pasar. Pero elegí seguir mirándolo en silencio.

La turra me dejó, dijo Ropero, se suspendió el casorio, no sé qué hacer. Qué garrón, le dije. En serio no sé qué hacer, me miró el gordo, ¿a vos se te ocurre algo? Tragué saliva. Mirá, yo sé que es una situación de mierda, pero éstas son las cosas que tenés que enfrentar. No seas hijo de puta. ¿Por qué, gordo? Mierda que sos un hijo de puta; y pensar que hubo un tiempo; no, mejor no te lo digo. Yo me quedé callado. Bueno, te lo digo, me miró él: Durante mucho tiempo vos me gustaste.

Ropero se largó a llorar. Una señora que se acercaba por la vereda, apenas lo vio, cruzó la calle.

¿Qué estás diciendo, gordo? Que por mucho tiempo me gustaste, gil; y lo peor de todo es que ahora, sabiendo el moco que te mandaste, me gustás todavía más. Ropero, yo no; ¿me estás hablando en serio? Perdoname, pero tenía que decírtelo. Gordo, no sé qué decirte; yo no sabía, te juro que.

Pero no pude terminar la frase. Ropero se había enderezado en la vereda, y me miraba con los ojos empapados, la nariz chorreante, los hombros más anchos que nunca.

–No importa si sabías. La verdad es que me importa un carajo –y se sonó el cuello–. Ahora no me va a quedar otra que cagarte a trompadas.

Sentí cómo, gradualmente, se achicharraba toda mi humanidad. Toda. Gordo, reflexioná, no hace falta eso. Haceme caso que sí, loco.

Ropero se perfiló de costado y no le dio tiempo a mi reacción. Pum. Vi blanco. Cuando abrí los ojos, ya estaba tirado en el piso.

Te amo, me decía el gordo, una y otra vez, mientras me pateaba las costillas con sus relucientes zapatos de cuero.


**


Al otro día no fui a trabajar. En lugar de eso, caminé hasta el correo y le envié mi renuncia a la empresa. Algunos de los muchachos me llamaron para ver qué bicho me había picado. Yo no les conté nada, solamente dije que estaba cansado de ese lugar, que no quería quedarme toda la vida en lo mismo, que me quería conseguir otra cosa. Está bien, me dijeron los muchachos, te entendemos.

Mi jefe me llamó recién un par de días después. Me dijo que la empresa me necesitaba, que si quería podía tomarme un tiempo y volver, que yo para él siempre había sido como un hijo. Yo me di cuenta enseguida de que el viejo estaba cagado de que le hiciera algún juicio. Me voy porque quiero, lo tranquilicé, me voy sin dramas. Bueno, me contestó él, lo único que te pido es que no mees afuera del tarro.

Y nos despedimos. Nunca más volví a ver a mi jefe.

A los pocos meses me conseguí otro laburo. Cambiar de aires me hizo bien. Durante algún tiempo seguí en contacto con los muchachos del depósito, viéndonos de vez en cuando; pero ya no era lo mismo. Ya no estaba de por medio todo el folclore de la empresa, y en eso se basaba nuestra amistad. Así que poco a poco dejaron de llamarme, y yo también dejé de llamarlos a ellos.

No volví a tener novedades de nadie durante mucho tiempo. Hasta que hace poco, hará unos dos o tres días atrás, me crucé con una imagen que me descolocó. Eran Ropero y Adriana. Juntos, de la mano, caminando por la vereda de una plaza. Me vieron, sé que me vieron, y por un segundo estuve a punto de pegar la vuelta y cruzar la calle. Pero no lo hice porque hubiera sido muy obvio. Así que seguí caminando, y cuando pasé por al lado de ellos levanté la mirada por las dudas de que quisieran saludarme, o putearme, o lo que sea.

Pero me preocupé al divino botón, porque ninguno de los dos hizo nada. Pasaron conversando en voz alta, mirando los árboles, haciéndose los distraídos. Como si yo fuera un extraño más; como si nunca hubiera existido mi etapa en la empresa. Cuando llegué a la parada del colectivo me di vuelta, y vi que se subían a una camioneta gris, una chata nueva, importada, mucho más grande que la anterior. Después el gordo la arrancó y se fueron a los pedos de esa plaza, de mi vida.







viernes, 18 de junio de 2010






"Fue a la cocina, encendió una cerilla, una humilde cerilla, ella que podría deshacer el papel con una mirada, reducirlo a un impalpable polvo, ella que podría pegarle fuego sólo con el contacto de los dedos, y era una simple cerilla, una cerilla común, la cerilla de todos los días, la que hacía arder la carta de la muerte, esa que sólo la muerte podía destruir. No quedaron cenizas. La muerte volvió a la cama, se abrazó al hombre, y, sin comprender lo que le estaba sucediendo, ella que nunca dormía, sintió que el sueño le bajaba suavemente los párpados. Al día siguiente no murió nadie."






(en Las intermitencias de la muerte, de José Saramago. Una voz entrañable que no se apaga. Ojalá sea placentero el abrazo.)






lunes, 14 de junio de 2010



El buen cine: una espontaneidad artificiosa


En “El quimérico inquilino”, de Roman Polanski, hay una escena muy curiosa que nos llamó la atención. Todas las escenas de esta película, en realidad, son curiosas. Es un filme de los que inquietan, de los que te sugestionan de una manera extraña. Pero nosotros nos quedamos con una escena en particular, porque es muy ilustrativa en cuanto al tema que hoy nos convoca.

La acción transcurre en la casa de Stella. El protagonista, Trelkovski, y la ya mencionada Stella (Isabelle Adjani, pelo oscuro, ondulado; despampanantes ojos zarcos) brindan en una habitación. Vienen de una fiesta. Trelkovski le pide algo de tomar. A estas alturas, está evidentemente borracho.

¿Cómo es que inferimos la embriaguez de este varón? No sólo por su monólogo tan lúcido como poco oportuno, dada la situación, sobre el vínculo que occidente establece entre la cabeza y el Yo (reflexiona Trelkovski: si me arrancan un brazo, puedo decir: mi brazo y yo; en cambio, si me cortan la cabeza, ¿alguien puede decir mi cabeza y yo?, ¿o más bien se tiene que hablar de mi cabeza y mi cuerpo?, ¿qué derecho tiene mi cabeza a llamarse Yo?); sino también por un movimiento bastante torpe que Trelkovski efectúa al querer brindar con Stella.

Es esta torpeza la que queremos subrayar. Las dos copas están en la mesa. Él las llena, levanta la suya, y brinda con la otra copa sin esperar a que Stella la levante. Al chocar entonces la otra copa, ésta vacila, parece a punto de caer, pero justo cuando va a hacerlo interviene Stella con un manotazo certero y la levanta. La imagen de la copa que vacila sin caerse es de una espontaneidad redonda.

Pero es también, y sobre todo, una espontaneidad premeditada. En el cine, en el buen cine, hasta el más mínimo detalle forma parte de un plan. Nada es dejado a la deriva. Los directores más lúcidos (y no dudamos de la lucidez de Polanski) son detallistas obsesivos que consideran que cada elemento, sea formal o narrativo, contribuye a crear una atmósfera cuya función es la de servir a los fines que conscientemente este director se propone. La copa que vacila es un ejemplo tan sutil como descarado. Parece un movimiento mínimo, dispensable, pero sin duda colabora en instalar un clima de realismo, de naturalidad en la escena.

Porque, bien mirado, es un movimiento complejo. Prueben de hacerlo en sus casas. Hacer vacilar una copa en la mesa como si realmente quisieran hacerla caer. Que venga otra mano y la alce justo un segundo antes de que se desplome parece un milagro. Un milagro que en la película de Polanski, a través de la premeditación y el artificio, se vuelve efectivo.

En “Rescatando al soldado Ryan”, de Steven Spielberg, hay un ejemplo similar. Upham, el soldado tímido, es presentado al capitán hosco que interpreta Tom Hanks. Esta película la tienen que haber visto, marketing aparte: es la cumbre moderna en cuanto a realismo bélico. Los propios veteranos de guerra supieron afirmar que nunca ninguna película había reproducido con tanta exactitud, desde la imagen, desde la representación, desde el sonido, lo que ellos habían experimentado en la guerra. Pero nosotros nos quedamos, para acotar, con la escena de Upham. Cuando el soldado quiere levantar su máquina de escribir, tira los bolsos de una repisa. Se da vuelta al instante, para levantarlos, pero preso de los nervios, al saber que el capitán lo está observando, se le cae el bolso del hombro, el cual a su vez nuevamente golpea la repisa. En cuestión de segundos, con una economía de recursos sorprendente, se nos devela el carácter del personaje: Upham es tímido, es torpe, es inseguro. Justo tres de las cualidades que un soldado norteamericano hecho y derecho no debería tener.

Al igual que en la imagen de la copa vacilante, la escena en que Upham se nos presenta es efectiva en tanto representa en un plano visual lo que es producto de un estado interno. Upham está asustado, sí; pero no hay ninguna voz que lo explicite: la peli simplemente lo muestra. De forma análoga se comporta la buena literatura: antes que escribir Fulano está feliz, el escritor lúcido escribe Fulano silba. Siguiendo el hilo de estos criterios, y volviendo a “El quimérico inquilino”, la copa que se cae podría realizar una alusión sesgada al impulso erótico de Trelkovski; Stella, atenta, segura de sí misma, es la que incorpora la copa antes de su inminente destrucción. Pero no podrá hacer lo mismo unos segundos después con la libido de su compañero mismo: Trelkovski, ya inevitablemente mamado, se queda dormido en la cama.

Es de considerar, entonces: la espontaneidad en el cine sólo se alcanza ocultando el artificio a través del artificio. Paradójico, sí; pero cierto. Cuando vemos una escena en la que los personajes se desenvuelven con naturalidad, como si no estuvieran actuando, o en que las cosas suceden azarosamente, como si nunca hubieran sido calculadas, la artificiosidad desaparece, las costuras se invisibilizan, y consideramos que eso que se nos cuenta es real. Nos sentimos, entonces, como empapados de la película; la identificación con los personajes y los hechos se vuelve natural y fluida. Conseguir esta empatía no es sencillo, por supuesto. Estamos de acuerdo con ese pensador que afirmaba: “La naturalidad es la pose más difícil”.




Marcos Leumas