lunes, 14 de junio de 2010



El buen cine: una espontaneidad artificiosa


En “El quimérico inquilino”, de Roman Polanski, hay una escena muy curiosa que nos llamó la atención. Todas las escenas de esta película, en realidad, son curiosas. Es un filme de los que inquietan, de los que te sugestionan de una manera extraña. Pero nosotros nos quedamos con una escena en particular, porque es muy ilustrativa en cuanto al tema que hoy nos convoca.

La acción transcurre en la casa de Stella. El protagonista, Trelkovski, y la ya mencionada Stella (Isabelle Adjani, pelo oscuro, ondulado; despampanantes ojos zarcos) brindan en una habitación. Vienen de una fiesta. Trelkovski le pide algo de tomar. A estas alturas, está evidentemente borracho.

¿Cómo es que inferimos la embriaguez de este varón? No sólo por su monólogo tan lúcido como poco oportuno, dada la situación, sobre el vínculo que occidente establece entre la cabeza y el Yo (reflexiona Trelkovski: si me arrancan un brazo, puedo decir: mi brazo y yo; en cambio, si me cortan la cabeza, ¿alguien puede decir mi cabeza y yo?, ¿o más bien se tiene que hablar de mi cabeza y mi cuerpo?, ¿qué derecho tiene mi cabeza a llamarse Yo?); sino también por un movimiento bastante torpe que Trelkovski efectúa al querer brindar con Stella.

Es esta torpeza la que queremos subrayar. Las dos copas están en la mesa. Él las llena, levanta la suya, y brinda con la otra copa sin esperar a que Stella la levante. Al chocar entonces la otra copa, ésta vacila, parece a punto de caer, pero justo cuando va a hacerlo interviene Stella con un manotazo certero y la levanta. La imagen de la copa que vacila sin caerse es de una espontaneidad redonda.

Pero es también, y sobre todo, una espontaneidad premeditada. En el cine, en el buen cine, hasta el más mínimo detalle forma parte de un plan. Nada es dejado a la deriva. Los directores más lúcidos (y no dudamos de la lucidez de Polanski) son detallistas obsesivos que consideran que cada elemento, sea formal o narrativo, contribuye a crear una atmósfera cuya función es la de servir a los fines que conscientemente este director se propone. La copa que vacila es un ejemplo tan sutil como descarado. Parece un movimiento mínimo, dispensable, pero sin duda colabora en instalar un clima de realismo, de naturalidad en la escena.

Porque, bien mirado, es un movimiento complejo. Prueben de hacerlo en sus casas. Hacer vacilar una copa en la mesa como si realmente quisieran hacerla caer. Que venga otra mano y la alce justo un segundo antes de que se desplome parece un milagro. Un milagro que en la película de Polanski, a través de la premeditación y el artificio, se vuelve efectivo.

En “Rescatando al soldado Ryan”, de Steven Spielberg, hay un ejemplo similar. Upham, el soldado tímido, es presentado al capitán hosco que interpreta Tom Hanks. Esta película la tienen que haber visto, marketing aparte: es la cumbre moderna en cuanto a realismo bélico. Los propios veteranos de guerra supieron afirmar que nunca ninguna película había reproducido con tanta exactitud, desde la imagen, desde la representación, desde el sonido, lo que ellos habían experimentado en la guerra. Pero nosotros nos quedamos, para acotar, con la escena de Upham. Cuando el soldado quiere levantar su máquina de escribir, tira los bolsos de una repisa. Se da vuelta al instante, para levantarlos, pero preso de los nervios, al saber que el capitán lo está observando, se le cae el bolso del hombro, el cual a su vez nuevamente golpea la repisa. En cuestión de segundos, con una economía de recursos sorprendente, se nos devela el carácter del personaje: Upham es tímido, es torpe, es inseguro. Justo tres de las cualidades que un soldado norteamericano hecho y derecho no debería tener.

Al igual que en la imagen de la copa vacilante, la escena en que Upham se nos presenta es efectiva en tanto representa en un plano visual lo que es producto de un estado interno. Upham está asustado, sí; pero no hay ninguna voz que lo explicite: la peli simplemente lo muestra. De forma análoga se comporta la buena literatura: antes que escribir Fulano está feliz, el escritor lúcido escribe Fulano silba. Siguiendo el hilo de estos criterios, y volviendo a “El quimérico inquilino”, la copa que se cae podría realizar una alusión sesgada al impulso erótico de Trelkovski; Stella, atenta, segura de sí misma, es la que incorpora la copa antes de su inminente destrucción. Pero no podrá hacer lo mismo unos segundos después con la libido de su compañero mismo: Trelkovski, ya inevitablemente mamado, se queda dormido en la cama.

Es de considerar, entonces: la espontaneidad en el cine sólo se alcanza ocultando el artificio a través del artificio. Paradójico, sí; pero cierto. Cuando vemos una escena en la que los personajes se desenvuelven con naturalidad, como si no estuvieran actuando, o en que las cosas suceden azarosamente, como si nunca hubieran sido calculadas, la artificiosidad desaparece, las costuras se invisibilizan, y consideramos que eso que se nos cuenta es real. Nos sentimos, entonces, como empapados de la película; la identificación con los personajes y los hechos se vuelve natural y fluida. Conseguir esta empatía no es sencillo, por supuesto. Estamos de acuerdo con ese pensador que afirmaba: “La naturalidad es la pose más difícil”.




Marcos Leumas