sábado, 26 de junio de 2010

la empresa



La contadora nos volvía locos. Llegaba siempre muy arreglada, con la boca y los ojos pintaditos, el pelo planchado, tacos altos y polleritas, y un perfume importado que se podía respirar estando a varios metros. Se llamaba Adriana, y había empezado a trabajar en la empresa el año anterior. No debía tener más de veinticinco, veintiséis años; según la data que nos tiró Walter, terminaba de recibirse.

Era simpática, sí, nos saludaba, nos sonreía, hacía algún que otro comentario sobre el peinado de éste o de aquel otro, con una naturalidad que era como si nos sobrara; como si se tomara la libertad de ser extrovertida con nosotros justamente porque no teníamos chances de estar con ella.

Durante la jornada desfilábamos por su oficina para acercarle facturas, recibos, boletas. Pero había uno que iba todo el tiempo, que siempre le llevaba café, medialunas, que le hacía chistes en voz alta, y nosotros veíamos que ella lo festejaba, que se reía con los ojitos brillantes, del otro lado del vidrio.

Era un gordo alto con cara de bonachón. Ropero, le decíamos con los muchachos. Antes era común que a la salida del laburo Ropero viniera con nosotros a brindar hasta tarde; pero desde que Adriana había llegado nos dejó de lado para empezar a irse con ella. La acompañaba hasta la estación todos los días; a nosotros ya casi no nos hablaba.

Cuando Adriana estaba a punto de cumplir su primer año en la empresa, empezaron también a llegar juntos a la oficina. Me acuerdo cómo me temblaron las piernas cuando vi a la contadora, cerca de las siete de la mañana, en el asiento del acompañante de la camioneta de Ropero. A los pocos días se confirmó lo que ya se rumoreaba: Ropero estaba saliendo con la contadora de nuestros sueños desde hacía un mes.

Miralo vos al gordo, eh, era lo que se decía entre los muchachos. Ningún boludo, Ropero. La hizo más que bien.

Adriana tampoco nos saludaba como antes; ya no se quedaba a charlar. Nomás hacía un gestito con la cabeza, a veces sonreía; después seguía de largo.

Para nosotros era un hecho que se lo había pedido Ropero. Más teniendo en cuenta la cantidad de veces que nos colgamos con él hablando de las polleritas de la contadora, en los viejos tiempos, cuando todavía Adriana era la fantasía general de todos, una propiedad exclusiva de nadie.

Y sí. El gordo no es ningún boludo.

Ese mismo otoño, una tarde de lluvia, el tipo pasó por el depósito y le contó a Walter la buena nueva: En septiembre me caso, che.

Todos los que estuvimos ahí lo felicitamos, por supuesto. Pero pensando por adentro: Hijo de puta. Este gordo de mierda nos robó la ilusión.


**

Mi permanencia en la empresa se hizo insostenible a mediados de julio. Todo empezó un viernes. Adriana se había acercado al depósito y como yo era el único que estaba libre me pidió que por favor la acompañara al sótano.

En la empresa había un sótano inmenso donde se guardaban los archivos antiguos. Más de treinta años de facturas y demás amontonados en cajas polvorientas. La leyenda decía que el sótano había servido de centro de detención durante la dictadura, y que los fantasmas de los verdugos todavía andaban dando vueltas por los pasillos. Adriana había escuchado hablar de esta leyenda, y fuera supersticiosa o no, no quiso bajar sola.

De verdad parecía un sepulcro ese sótano. No bien bajamos la escalera, sentimos el olor a humedad, a encierro, a falta de humanos. Hacía también un frío de morirse. Cuando me acerqué al generador eléctrico, a un costado de la escalera, y lo encendí, aparecieron adelante nuestro unos cincuenta metros de cemento desnudo, con paredes manchadas y focos titilantes, y columnas grises y oscuras. Parecía un estacionamiento sin autos, el estacionamiento subterráneo de una ciudad arrasada.

–Esto es tétrico –dijo Adriana.

El depósito de los archivos estaba a un lado de la estructura, cruzando una puerta. Cuando entramos, ella se metió entre los estantes y volvió con una caja. Qué necesitás, le pregunté. Una factura del noventa y dos, me contestó la contadora. Querés que te ayude. Dale.

Me indicó el nombre de la empresa y empezamos a revisar los papeles en silencio. Uno al lado del otro. El perfume importado de Adriana chocaba, empujaba al olor que flotaba en el aire. Era la primera vez que estábamos solos. Para no quedarme callado, le dije: Así que te casás. Sí, me dijo Adriana. Imaginé que iba a decir algo más, pero ahí se quedó.

–Qué lástima que te arruines la vida así –le dije entonces–. Tan jovencita que sos.

La miré sonriendo, pero Adriana solamente me hizo una mueca y siguió revisando los papeles. Quizás por la incomodidad, en ese momento me subió a la garganta un eructo de los hondos, que soplé con disimulo para un costado. La noche anterior había ido a bailar y todavía tenía la boca pastosa por el vino espumante.

–Esta bendita factura no aparece –me dijo Adriana–. ¿Me hacés un favor? ¿Me traés la caja del noventa y tres? Quizás se traspapeló.

Sí, le dije, y fui a buscar la caja. Cuando volví, Adriana estaba agachada a un lado de la mesa, buscando un papel que se le había caído, con su culo protuberante apuntando en mi dirección a mi persona. Pensé que no podía ser casual eso, que nada en la contadora podía ser casual.

–Acá está la caja.

Ella se dio vuelta y me dijo: A ver. La abrió, empezó a sacar las facturas. De golpe me preguntó en voz baja, como pensando en otra cosa: Contame, ¿hace mucho que trabajás acá? Seis años y medio, van a ser. ¿Seis años y medio?, un montón. Sí, en cualquier momento me voy a la mierda. ¿Por?, ¿no estás contento en la empresa? No, no por eso, yo para cambiar, no quiero estar toda mi vida acá adentro, siempre en lo mismo. Qué bueno eso, es bueno que te interese conocer otras cosas, me dijo Adriana, sin dejar de revisar los papeles.

Al final la factura no apareció.

–Bueno, la buscaremos el lunes –me dijo la contadora.

Y yo, cosa rara, estuve todo el fin de semana esperando el lunes para ir a trabajar.


**


El lunes, a eso de las diez de la mañana, Adriana volvió a acercarse al depósito. Yo me las había arreglado para estar cerca de la puerta, cosa de que me viera a mí, de que no le pidiera a otro que la acompañara.

¿Tenés unos minutos, Javier? Por supuesto, le contesté.

En el sótano abrimos la caja de los años noventa, noventa y uno, noventa y cuatro y noventa y cinco. Es una factura muy importante, me dijo Adriana, la tengo que encontrar sí o sí.

De vez en cuando yo la miraba de reojo. La contadora se había puesto una pollerita oscura, unas botas ruidosas de taco alto; su blusa tenía un escote doloroso.

Escuchame, yo te quería pedir disculpas por lo que te dije el otro día, no sé si te lo tomaste a mal. Qué cosa, me miró ella. Eso de que es una lástima que te cases.

Por la cara que me puso entendí que no tenía ni idea de lo que yo le estaba hablando. Pero me preguntó: ¿Y por qué es una lástima? No, por nada; yo te lo había dicho en broma. En broma, en broma, negó con la cabeza Adriana, mirá, yo no creo en las bromas, por algo lo dijiste.

Yo miré el piso sin contestar. Adriana sonrió apoyando los brazos en la mesa: Qué tímidos que estamos hoy, el otro día parecías más vivo, ¿o sos así nada más cuando estás en pedo? ¿De qué hablás? Tenías un olor, papi; ahora, lo que no entiendo es para qué me venís a pedir perdón, sé hombre y bancate lo que decís. Me lo banco, nena. ¿Ah sí?, ¿te lo bancás?, entonces no te perdono nada.

Adriana se levantó el pelo negro y lacio y se lo acomodó atrás del cuello. Había dejado descubierta la mejilla que apuntaba a mi lado, y yo me incliné y se la besé. Ella giró la cara, me miró con seriedad, por un segundo, y después se acercó achicando los ojos. Tenía los labios dulces, frescos. Mientras nos besábamos escondí mi chicle de menta atrás de los dientes, y le tanteé los pechitos escasos, diminutos, apretados por el push up. Entonces tuve un momento de euforia y quise levantarle la pollera, pero Adriana me retó con un mordisco suave:

–No; te estás confundiendo.

Pero a los dos minutos era ella la que se estaba alzando la pollera, y ya no hubo vuelta atrás.

Cuando subimos las escaleras me dijo: Bueno, Javier, mañana vemos si encontramos la factura. Yo le contesté que viniera cuando se le diera la gana, esperando un guiño, alguna sonrisa de complicidad; pero ella ya había vuelto a ser la mujer seria, comprometida que era; la inalcanzable potranca de los números.


**

Al otro día Adriana tardaba en venir. Yo la esperaba contando ovejas en un rincón del depósito. Por un segundo se me dio por pensar que no venía porque la había decepcionado mi actuación. Pero fue una idea fugaz, se me fue de la mente enseguida.

Al final vino después del almuerzo. Cuando me vio, siguió de largo. Yo la seguí bajando las escaleras.

–¿Vamos a buscar la factura?

–No, Javier, no.

–Qué pasa.

Ella me hizo un gesto para que bajáramos. Cuando estuvimos en el sótano, me dijo en voz muy baja: Escuchame, lo de ayer fue un error. Ya sé que fue un error, pero una macana más, una menos. No, Javier, fue una cagada en serio, no me vas a creer, pero se lo tuve que contar a Julián. Qué. Estábamos discutiendo, últimamente discutimos mucho, y en un momento de calentura se lo dije, me quiero matar. Pero sos boluda, Adriana, el gordo me va a matar. No te preocupes, yo le dije que fue mi culpa. No, el gordo es re calentón, yo lo conozco, me va a matar en serio. Por Dios, Javier, no seas cagón. Qué fácil que lo hacés, ¿y ahora? Ahora nada, se suspendió el casamiento, Julián ya no quiere saber nada conmigo, pero está bien, yo también estaba harta de ese trolo. No, digo ahora qué pasa con nosotros. Mirá, no sé, yo ya no necesito la factura, vine nada más para decirte esto, ahora me tengo que ir. ¿Te vas? Sí, disculpá, pero ando con mucho laburo.

Adriana se fue saltando los escalones de dos en dos y me dejó más solo que nunca en el sótano desierto.


**


Anduve con los hombros tensos durante el resto del día. Cada vez que sentía unos pasos a mis espaldas, pensaba que venía Ropero. Pero no, Ropero no apareció en el depósito.

Ropero fue inteligente y me esperó a la salida.

Había frenado la camioneta en la esquina de la parada. No hace mucho, tomábamos el mismo colectivo, él y yo. Después, a los pocos meses de que la contadora llegara a la empresa, lo ascendieron. Ropero se sabía acomodar con la lengua, y le dieron el puesto de vendedor, y entonces pudo comprarse la camioneta que siempre había soñado.

–Cómo estás, loco –me dijo.

El gordo se había bajado de la camioneta, se había acercado a la esquina.

–Todo bien, Ropero, ¿vos?

En la parada había también una señora mayor, con un nene que debía ser el nieto. Pensé: Ropero no se va a mandar ninguna mientras la señora esté acá. Señora, por favor, quédese. Señora, por favor, no se vaya nunca de acá.

Pero la vieja se fue enseguida. Se tomó el primer colectivo que pasó, y me quedé solo con el gordo en la esquina.

Ropero no hablaba, no se movía. Estaba ahí, con las manos en los bolsillos, apoyado en la pared. Yo también estaba apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos. En cierto punto Ropero sacó una mano para rascarse la frente, y yo hice exactamente lo mismo. Parecía un espejo de él, nada más que con cincuenta kilos y dos cabezas menos.

–¿Te acordás cuando nos tomábamos este bondi? –me dijo Ropero de golpe.

El colectivo que me tocaba tomar pasó por la parada despacio, pero yo no moví un pelo.

–Me acuerdo –le dije.

–Adriana me dejó –dijo Ropero.

Lo miré de reojo. El gordo tenía los ojos colorados. Estuve a punto de decirle: No te preocupes, loco, es lo mejor que te pudo pasar. Pero elegí seguir mirándolo en silencio.

La turra me dejó, dijo Ropero, se suspendió el casorio, no sé qué hacer. Qué garrón, le dije. En serio no sé qué hacer, me miró el gordo, ¿a vos se te ocurre algo? Tragué saliva. Mirá, yo sé que es una situación de mierda, pero éstas son las cosas que tenés que enfrentar. No seas hijo de puta. ¿Por qué, gordo? Mierda que sos un hijo de puta; y pensar que hubo un tiempo; no, mejor no te lo digo. Yo me quedé callado. Bueno, te lo digo, me miró él: Durante mucho tiempo vos me gustaste.

Ropero se largó a llorar. Una señora que se acercaba por la vereda, apenas lo vio, cruzó la calle.

¿Qué estás diciendo, gordo? Que por mucho tiempo me gustaste, gil; y lo peor de todo es que ahora, sabiendo el moco que te mandaste, me gustás todavía más. Ropero, yo no; ¿me estás hablando en serio? Perdoname, pero tenía que decírtelo. Gordo, no sé qué decirte; yo no sabía, te juro que.

Pero no pude terminar la frase. Ropero se había enderezado en la vereda, y me miraba con los ojos empapados, la nariz chorreante, los hombros más anchos que nunca.

–No importa si sabías. La verdad es que me importa un carajo –y se sonó el cuello–. Ahora no me va a quedar otra que cagarte a trompadas.

Sentí cómo, gradualmente, se achicharraba toda mi humanidad. Toda. Gordo, reflexioná, no hace falta eso. Haceme caso que sí, loco.

Ropero se perfiló de costado y no le dio tiempo a mi reacción. Pum. Vi blanco. Cuando abrí los ojos, ya estaba tirado en el piso.

Te amo, me decía el gordo, una y otra vez, mientras me pateaba las costillas con sus relucientes zapatos de cuero.


**


Al otro día no fui a trabajar. En lugar de eso, caminé hasta el correo y le envié mi renuncia a la empresa. Algunos de los muchachos me llamaron para ver qué bicho me había picado. Yo no les conté nada, solamente dije que estaba cansado de ese lugar, que no quería quedarme toda la vida en lo mismo, que me quería conseguir otra cosa. Está bien, me dijeron los muchachos, te entendemos.

Mi jefe me llamó recién un par de días después. Me dijo que la empresa me necesitaba, que si quería podía tomarme un tiempo y volver, que yo para él siempre había sido como un hijo. Yo me di cuenta enseguida de que el viejo estaba cagado de que le hiciera algún juicio. Me voy porque quiero, lo tranquilicé, me voy sin dramas. Bueno, me contestó él, lo único que te pido es que no mees afuera del tarro.

Y nos despedimos. Nunca más volví a ver a mi jefe.

A los pocos meses me conseguí otro laburo. Cambiar de aires me hizo bien. Durante algún tiempo seguí en contacto con los muchachos del depósito, viéndonos de vez en cuando; pero ya no era lo mismo. Ya no estaba de por medio todo el folclore de la empresa, y en eso se basaba nuestra amistad. Así que poco a poco dejaron de llamarme, y yo también dejé de llamarlos a ellos.

No volví a tener novedades de nadie durante mucho tiempo. Hasta que hace poco, hará unos dos o tres días atrás, me crucé con una imagen que me descolocó. Eran Ropero y Adriana. Juntos, de la mano, caminando por la vereda de una plaza. Me vieron, sé que me vieron, y por un segundo estuve a punto de pegar la vuelta y cruzar la calle. Pero no lo hice porque hubiera sido muy obvio. Así que seguí caminando, y cuando pasé por al lado de ellos levanté la mirada por las dudas de que quisieran saludarme, o putearme, o lo que sea.

Pero me preocupé al divino botón, porque ninguno de los dos hizo nada. Pasaron conversando en voz alta, mirando los árboles, haciéndose los distraídos. Como si yo fuera un extraño más; como si nunca hubiera existido mi etapa en la empresa. Cuando llegué a la parada del colectivo me di vuelta, y vi que se subían a una camioneta gris, una chata nueva, importada, mucho más grande que la anterior. Después el gordo la arrancó y se fueron a los pedos de esa plaza, de mi vida.







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