jueves, 29 de julio de 2010

sur



Aunque ya hayan pasado muchos años, Roberto la sigue llamando por teléfono. La llama desde el sur y le pregunta por el trabajo, por Alejandra, por el resto de la familia. De su propia vida habla poco; Roberto nunca tiene mucho que contar. Todo en orden - dice cuando Marta le pregunta por él-, todo bien, como siempre. Marta es, por lo general, la que lleva el peso de la conversación durante esos llamados.

Hablan dos o tres veces por año. Roberto siempre la llama cuando Marta cumple años, todos los veintidós de abril, y también para las fiestas. Él siempre se despide diciéndole: Mandele saludos a Alejandra de mi parte. Dígale que gracias a Dios todo está bien por acá. Y que también espero que esté bien ella.

Roberto le habla a Marta en ese tono, pero a veces también se las arregla para decirle: Su hija es la mujer de mi vida. No me volví a enamorar de otra mujer, señora. No volví a estar con otra mujer después de estar con ella. Marta, reclinada en el sillón, se rasca la rodilla con el índice. Después le dice: Mi hija está bien, gracias a Dios. Mi hija sigue trabajando con Lucho, Roberto. También ella te manda saludos. 

Cuando cuelgan, Roberto se acerca a la heladera y saca una botella de vino tinto. Toma despacio, mirando la pared. Después sale con la botella a la puerta y toma sentado en el escalón del umbral, mirando el bosque. A la intemperie hace frío, y Roberto en medio del silencio del bosque piensa. Piensa en Alejandra, y no puede asegurar que sea ella la mujer de su vida. Pero sabe que a Marta le gusta escucharlo, y por eso se lo dice cada vez que puede. Sigue queriendo a Marta tanto como lo hizo mientras salía con su hija. Marta es la primera persona a la que él llama cuando llegan las fiestas.

Roberto salió con Alejandra durante diez años. Nunca estuvo tanto tiempo con una mujer, y nunca sintió ganas de convivir con ella. Alejandra todavía vivía en la casa de sus padres, y Roberto la veía ahí. Pasaba todos los días después del trabajo, y cenaban juntos. Alejandra a veces le decía: Quiero irme de mi casa. Quiero irme a vivir con vos y quiero que tengamos hijos. Roberto miraba el piso sin decir nada y ella le preguntaba: ¿Pero qué es lo que querés vos, Roberto? Necesito saber qué es lo que querés vos.

–No sé –le contestaba él, con el cigarrillo apagado en la mano–. No sé. 

Roberto la quería, pero no estaba seguro de querer estar con ella. Pensaba mucho en otras mujeres, y eso le hacía desconfiar. Pero Alejandra era la que había aparecido en su vida, era la que lo había elegido y se había quedado en su vida, y Roberto se llevaba muy bien con ella y con sus padres. Se llevaba muy bien, sobre todo, con Marta. Marta le decía: hijo, y Roberto valoraba mucho ese gesto, y la quería como a una madre. Roberto estaba seguro de odiar a su madre.

Siempre que piensa en esa época, no sabe cómo hizo Alejandra para sostener la relación durante tanto tiempo. Era ella la que llevaba el peso de la relación, y la que lo contenía.

Pero un verano todo se derrumbó. Alejandra quería ir al mar, como todos los años, pero él le dijo que esta vez prefería viajar solo. Discutieron durante toda la noche, y él al final viajó. Viajó a Córdoba, en su auto. Vivió dos semanas en una cabaña de madera, en medio de un cerro. Cuando volvió, Alejandra le dijo: No te voy a esperar. Nos podemos tomar un tiempo, le dijo Roberto.

–No –contestó Alejandra–. Ya está; yo no te voy a esperar.

A mediados de ese mismo año, a Roberto le ofrecieron un traslado hacia el sur. El estudio de arquitectura donde trabajaba le ofrecía casa y un ascenso. Roberto no tardó mucho en aceptar la oferta. Antes de viajar, pasó por la casa de Alejandra para despedirse de ella. Hacía meses que no la veía. Me voy a vivir al sur, le dijo. Mientras la abrazaba, Roberto sintió que a Alejandra le temblaban los brazos y la espalda. Nunca quise a nadie como vos, le dijo Roberto en voz baja.

Y viajó. A los pocos días, ya estaba instalado en una cabaña de madera, en medio del bosque. Por la ventana podían verse las montañas y también los bordes de un lago. Le gustó su nueva casa en el sur desde la primera vez que la vio.

Y sigue viviendo ahí, hoy por hoy. Cuando vuelve de su trabajo siempre es de noche, y Roberto se sienta en la cocina con un libro y lee tomando una botella de vino tinto o de whisky, dependiendo del frío que haga. Muchas veces se queda dormido ahí, con la cabeza entre los brazos, y el libro todavía abierto en la mesa.

En Alejandra piensa muy de vez en cuando. Piensa en ella, sí, cuando Marta cumple años, o cuando se acercan las fiestas, y él hace su llamado de todos los años. Nunca tiene muchas novedades que contar; es Marta, por lo general, la que habla durante esos llamados. Su hija es la mujer de mi vida, le dice a veces Roberto, con el vaso de vino en la mano. 

Pero con Alejandra ya no habla; Alejandra nunca está en la casa cuando él llama. Ella se casó hace seis años, y ahora vive con su marido en otro barrio, y tiene dos hijos. Roberto no lo sabe. Marta prefirió decirle que su hija ahora vive sola en un departamento en capital. Roberto sigue llamando todos los años, y todos los años Marta piensa alguna forma de decírselo. Pero hasta ahora no se animó, y Roberto desde el sur todavía la sigue llamando para saludarla y preguntarle por su hija.








solipsismo



Estamos acostados en la oscuridad. Hace un ratito Marina me había dicho que tenía sueño, pero ahora no deja de dar vueltas, de acomodarse, de interrumpir mi sueño. La cama es de una plaza y tenemos que hacer malabares para no caernos. ¿No podés dormir?, le pregunto. Le acaricio los rulos en la sombra, tanteo con una mano su cara; sus ojos están cerrados.

–No –me contesta.

–¿Por?

–No sé. Creo que porque no puedo dejar de pensar. ¿Me hacés un lugar? Voy un segundo al baño.

Enciendo la lámpara en la mesita. Entonces, en el piso, aparecen los libros de Marina; un pilón desordenado y heterogéneo de la altura de un nene. La mayoría están leídos a la mitad; hay papelitos, servilletas y hasta pañuelos de tela saliendo de entre las páginas.

Marina tiene los ojos achinados por el sueño. Se los refriega y me mira a la luz de la lámpara. El ventilador mueve las cortinas y sacude sus rulos revueltos de un lado para el otro. ¿Me querés?, me pregunta. Mucho, le contesto, y le beso el mentón. Ella se levanta y pone sus pies en mis zapatillas. Sale del dormitorio arrastrándolas por el suelo.

Estiro un brazo sin bajarme de la cama y tanteo el piso buscando el cenicero. Lo encuentro a un costado de los cigarrillos y el encendedor. Fumo mirando el techo. El humo entra a mi organismo como un agua cálida y pesada. Quizás porque todavía sigo medio dormido, tengo una lucidez que rebasa por lejos la que tengo cuando estoy despierto. Los pensamientos y las visiones más disparatadas se me pueden instalar en la cabeza sin que venga mi sentido común a filtrarlos. Tengo que aprovechar esta modorra para intuir por qué me siento incómodo conmigo mismo. Encontrar un pensamiento que me lo explique. Y lo tengo que hacer antes de que vuelva Marina y su presencia me distraiga.

La noche flota del otro lado de la ventana; son las tres y media de la madrugada. Todavía un hilito de humo sube del cenicero; el ventilador está al máximo y lo dispersa antes de que llegue a la cima del pilón de libros. El tiempo no parece fluir en este dormitorio. La imagen del humo dispersándose se mimetiza con la del hilito que sube desde el cenicero en un solo instante congelado.

Todavía no puedo encontrar la causa de este humor oscuro. Por un segundo se me ocurre que quizás no la haya. La nostalgia podría ser como esas bolitas de algodón que andan flotando por el aire al azar; a veces se apoya en uno, otras en otro, y quizás no haya más explicación que ésa. En todo caso, si es que sí hay una causa, no está a mi alcance encontrarla. ¿Cómo se puede sistematizar toda esta corriente de visiones y de frases que se empujan, rebotan, que chocan contra las paredes de mi cráneo? Yo no puedo ponerle una etiqueta a mi inquietud. Quizás me convendría dejarme estar.

Intento objetivar mi punto de vista, mirarme desde unos ojos que no sean los míos. ¿Qué es lo que vería una persona de afuera; una, por ejemplo, en la ventana? Vería a un tipo acostado en una cama, mirando el techo. Si fuera la escena de una película, hace rato que los espectadores hubieran empezado a moverse en sus asientos. Pero yo no soy esos espectadores; yo estoy en ese tipo, yo puedo escuchar sus pensamientos, ver lo que él ve, mover sus piernas, sus manos; yo soy él. Y no sólo él, en un sentido estricto, sino que también soy una síntesis de la humanidad entera. Todas las figuras, desde Adán hasta Jesús, pasando por Hitler y Napoleón, o incluso la prístina Eva, también la Duarte, y Juana de Arco, y Madonna, las Madonnas; todo de alguna manera existió o se inventó por mí, para mí; en mí. Yo, desde mi pensamiento, soy el que les otorga vida. No tengo prueba alguna de que existan por sí mismos, allá afuera; la única evidencia que tengo de ellos reside en el hecho de que ahora los puedo pensar. Levanto el primer libro del edificio; es “Los hermanos Karamazov”, de Dostoievski. ¿Para qué se gastó en escribir semejante Biblia Dostoievski sino para que, dos siglos después, yo, encerrado en un cuartito con olor a humo y acostado en una cama con las sábanas revueltas, pueda levantarla y leer la primera oración? Las enciclopedias, las películas, los libros de Historia; Mozart, Lescano. Yo soy el resultado de todo lo que hizo y hace y proyecta hacer la humanidad. Soy el punto en el que todo confluye. Así que no es un hombre más, el que está acostado en la cama, el que miro del otro lado de la ventana. Nadie, quiero decir, es una persona más.

Ahora que lo pienso, no sé cómo hace Marina para leer a Dostoievski. Admiro su admiración por los rusos; pero reniego de que únicamente lea a los muertos. No leo literatura contemporánea, me dijo cuando la conocí. Miro su pilón de libros y es verdad; la chica es consecuente con sus principios. Ni un solo escritor vivo. La muerte debe esconder un atractivo a sus ojos; la muerte inunda este cuartito de dos por dos; no hay tiempo, nomás un movimiento congelado que fluye sin desbordarse a sí mismo, como un cuadro acuoso y distorsionado. Este cuadro: la muerte: un hombre encerrado para siempre en un cuartito de dos por dos.

Marina todavía no vuelve del baño y yo sigo sin comprender la razón de ser de este agujero en mi modorra por el que se fugan ideas, pensamientos, convicciones al azar. En el silencio solamente se suspende el zumbido del ventilador. Eso diría si pudiera acallar el murmullo que resuena en mi frente. La voz que habla, que insiste, que no se deja avasallar. Mi sombra, es esta voz. Mis límites. Al principio, presupongo, fue un ruido amorfo, un murmullo continuo. Después, en un día imposible de evocar (¿cómo?, ¿cuándo? ¿a razón de qué?), el verbo se hizo carne y mi yo original se partió en dos. Quiero decir, me metieron en el idioma y en ese acto automático y milenario me separaron del mundo. De ese mismo mundo que antes formaba parte de mí. Sin lenguaje, yo era uno con todo. Sin lenguaje, yo podría volver a ser uno con todo de nuevo. No podría diferenciar mi cuerpo, por ejemplo, de esta cama, del cenicero en el piso, de aquel ventilador que zumba. No podría porque sencillamente no habría palabras para hacerlo. No habría forma de señalarlos, de darles un contorno, de separarlos de mí. El ventilador, el cenicero y yo seríamos entonces una sola masa deforme, encerrados para siempre en la imagen. Tampoco nada me separaría de Marina, si no hubiera lenguaje. En ese caso, Marina también sería una conmigo.

Pero Marina habla, escucha, nombra, piensa; también Marina está separada del mundo. Escucho el eco de sus últimas palabras: ¿Me querés? Yo después le había contestado. ¿Pero qué le había contestado? ¿Mucho? ¿O creo que sí? El eco de sus últimas palabras zigzaguea en el aire, mechado con el zumbido del ventilador que está a full. Las palabras de Marina ahora parecen remotas. En esta modorra el tiempo tiene otra dimensión; estoy lleno del presente; un abismo separa a cada instante del otro. Cierro los ojos y me digo: Sí, este momento es nuevo. Es único. Este momento se traga a la Historia completa. Este momento se traga también al futuro. Este momento es como un cuadro de luz rectangular; fuera de sus marcos lo único que hay es sombra; en esa sombra Marina me dijo: ¿Me querés? Palabras de otro tiempo, de otro espacio; otro espacio con su  tiempo. Me querés me dijo Marina, y eso ya era en otro momento de la humanidad.

Quizás todas estas inquietudes se traten de algo que haya soñado. Tengo la seguridad de que soñé de a intervalos, durante la noche. Después me despertaba el roce de un codo; los movimientos de Marina que seguía sin poderse dormir. Pero, por más esfuerzos que haga, no puedo acordarme qué sueños tuve. Decir que los sueños no influyen en el estado de ánimo del que se despierta es una ingenuidad en la que no pretendo caer. Me vienen imágenes fugaces, como chispazos. Hago un esfuerzo de concentración, y al fin puedo retener una de esas imágenes.

Es la cara de una mujer. Sí; en mi sueño hubo una mujer. No era Marina, doy fe de eso. Aunque, ahora que lo pienso, también puede tratarse de un desplazamiento. Quizá mi conciencia, que ya tantas veces me traicionó, bloqueó lo que mi subconsciente tenía para decirme y me hizo soñar con otra. Como un mecanismo de defensa, para ahorrarme la nostalgia. La conciencia no se apaga ni siquiera cuando uno duerme. Y dicen que el sueño, mientras uno está despierto, tampoco.

Ahondo ahora en mi sueño. Esta mujer, a primera vista, parece ser una extraña. Sí; no conozco su cara. Sus facciones resultan ignotas; cabe la posibilidad de que mi subconsciente las haya inventado. Pero, por otra parte, somos más de seis mil millones de personas en este mundo, ¿no?; más de seis mil millones y cada uno con un rostro diferente; no hay una sola cara que sea idéntica a otra. En este sentido, ¿tan fino pudo haber sido mi sueño? ¿No existe la posibilidad de que la cara con la que termino de soñar pudiera ser la de una mujer de otro país, de otro continente? Por no decir que viva en esta ciudad, incluso en este barrio, nada más que nunca tuve la oportunidad de cruzármela por la calle, o en algún banco, o en algún tren. Todo esto sin aducir el problema del tiempo; puede ser, de hecho, que esta cara que vi en mi sueño no exista ahora, pero que sí lo haya hecho hace dos mil años, en el imperio persa, por ejemplo. O que lo haga en un futuro remoto, en países o continentes que quién sabe qué nombre tendrán, a esas alturas.

Parecen inquietudes triviales; es un sueño, chabón, nada más, la cara con la que de repente parecés obsesionado solamente forma parte de un sueño. Pero a medida que me anego de estas preguntas, otros lapsos del sueño y de mis sensaciones al tenerlo empiezan a esclarecerse, a crecer, a aumentar, y su influencia se expande en mi interior al punto de sospechar que la incomodidad y el desarraigo de los que soy objeto en este instante, en esta piecita llena de humo, tienen inevitablemente que estar ligados a ese sueño, a la cara de esa mujer extraña.

Si solamente pudiera saber quién es. Si solamente pudiera saber por qué motivo vino a mi sueño. Pienso en ella y entonces ella existe, es real; me cuesta estar tranquilo mientras la pienso. Tengo párpados en los ojos, y venas en los brazos, y uñas en las puntas de los dedos de las manos y los pies, y el sueño, poco a poco, empieza a abrirse en mi conciencia, y puedo ver también su cuerpo, el cuerpo de esta mujer milagrosa que existe en mi pensamiento como existen las rodillas en mis piernas y los codos en mis brazos. Es una madrugada silenciosa.

No sé su nombre. No sé su edad. No sé de dónde viene y ni lo que le gusta hacer en su tiempo libre. Es solamente una cara y un cuerpo. Está sentada en una silla. Desnuda. Atrás de ella, un mar. Agua revuelta, salada, sucia; del mar la separa un ventanal inmenso. Ella tiene los ojos cerrados. No me había apercibido de ese detalle. No sé el color de sus ojos. Pareciera que duerme, pero yo en mi sueño sé que está despierta. Me gustaría decirle algo, cualquier cosa, y abro la boca, puedo sentir cómo la abro, pero de mi boca no sale sonido alguno. Solamente aire. No puedo hablar. Es siniestro.

Pero yo, ¿dónde estoy? ¿Dónde encajo en esa escena? No soy el que mira. No soy la lente por la cual hago foco en la imagen. Sé que estoy en algún punto de esa habitación donde está la mujer que veo y miro en este instante, pero es nefasto, porque no son mis ojos, estoy seguro de que yo, mi cuerpo, están en otro punto de la habitación, en un punto ciego, que no puedo ver, que no puedo mirar.

La mujer sigue inmóvil, con los brazos cruzados sobre una mesa, mientras el mar se sacude a sus espaldas. La lente se enfoca. Es un atardecer nublado. Llovizna. Hay gotitas en la arena. Pero no, no llovizna. Es un diluvio. Las olas alborotadas se llevan por delante las rocas; el agua que cae del cielo choca y rebota formando burbujas gruesas contra el agua del mar. Y el viento; el viento silba por los recovecos de la casa desierta (¿cómo sé que es una casa?, ¿cómo sé que está desierta?), hace temblar los vidrios del ventanal que se levanta a espaldas de la mujer. La violencia del paisaje contrasta con su paz, con su manera indolente de cruzar los brazos y mantener los ojos cerrados. Esta mujer está ahí, cerca mío, pero yo siento que la extraño, que está lejos, porque puedo verla pero no saber dónde estoy. Tiemblo. Estoy en algún lugar, pero no puedo verme a mí mismo. No entiendo por qué. Por qué no me dieron ojos para poder mirarme a mí mismo. No puedo hacer eso, pero sí, en cambio, escuchar cómo silba el viento y sentir el diluvio en la arena y mirar a la mujer sentada en la mesa.

Entonces, no sé hace cuánto tiempo, ella se levanta. A sus espaldas, no hay mar alguno. Solamente un ventanal. Un vidrio vacío. Opaco. Quizás hace horas que la mujer está levantada. Quizás hace horas que tiene los ojos abiertos. Pero yo sigo sin saber de qué color son sus ojos. La mujer avanza. Mejor dicho, se desliza; no parece caminar. Flota, se suspende, ya no está en la habitación. Ya no está en la escena. No está físicamente, quiero decir, porque todavía puedo percibir su presencia. Es su voz. Puedo escucharla. No puedo verla, pero puedo escuchar su voz. Una voz honda, secreta, como si viniera desde el fondo de un pozo. Tan honda es esa voz que dudo, empiezo a creer que son sus pensamientos. Me hablan, pero yo no los entiendo. No los descifro; son claros, es mi idioma; pero no puedo interpretarlos. Le digo desde donde estoy: No te entiendo. Me hablás y te escucho, pero no puedo entenderte. Entonces algo se rompe. Algo, entre nosotros, se parte. La mujer ya no me habla y yo tampoco puedo verla.

Cuando escucho un ruido abro los ojos. Me doy vuelta en la cama, la mujer ahora está en mi habitación. Deja mis zapatillas a un lado del pilón de libros y se saca el pantalón de joggins. La miro con los ojos entrecerrados; me siento con un cansancio inmenso, creo que podría dormir durante años. Ella se acuesta y apaga la lámpara de la mesita. Vuelvo a cerrar los ojos. Tengo un cansancio inmenso, sí, pero todavía puedo pensar. Un hilo de lucidez me arrastra todavía a través de mi ensueño, y entonces entiendo que Marina nunca volvió. De repente sé que Marina nunca volvió a este cuarto. Puedo intuirlo desde mi cansancio, desde mi modorra infinita; es una extraña la que ahora termina de acostarse conmigo. Estamos de nuevo en la oscuridad y yo pienso un instante en Marina, antes de quedarme dormido, como si fuera ella la que se aprieta contra mi cuerpo en la cama.  









viernes, 9 de julio de 2010

el departamento



Es el único edificio de la manzana. Un índice largo y acusador apuntando al cielo. Milagros sube el escalón del umbral y revisa su bolso buscando las llaves. Son las diez de la noche. Recién llega de trabajar.

En el ascensor siempre se mira al espejo. Se peina, se acomoda el flequillo. Cuando está de buen humor, hasta se pone a hacer muecas. Pero hoy no. Hoy Milagros se mira de reojo un segundo, después se fija la hora en el celular, y se queda mirando el suelo.

Cuando entra en el departamento todo está en su lugar. La cama. Las sillas. La mesa a un lado de la heladera. En la mesita de luz, un portarretrato con la cabeza de Marcos. Su perro aparece con la lengua afuera de la boca, como si sonriera. No hay otras fotos visibles en el departamento.

Milagros deja el bolso en su silla y saca de la heladera una botella de jugo de naranja y una porción de tarta de verdura. Acomoda un plato y un vaso en la mesa, y antes de cenar camina hasta el rincón donde está el escritorio y enciende la computadora. Después vuelve a la mesa y empieza a masticar en silencio, sintiendo a sus espaldas los zumbidos del monitor y la pc encendiéndose.

En ese momento escucha el ascensor. Mira el despertador en la mesita y son, tal como esperaba, las diez y media. Es la hora en que su vecina acostumbra a llegar todas las noches. Ahora las puertas del ascensor van a abrirse y unos pasos lentos van a cruzar el pasillo. Después va a haber un ruido de llaves, un ruido de picaporte girando, y el chirrido de la puerta raspando el piso al abrirse.

Las paredes de los departamentos son muy delgadas, y Milagros cada noche escucha todos los ruidos que hace su vecina cuando llega a la casa. Puede escuchar los movimientos que hace como si estuviera ahí, mirándolos. Puede verla dejando el bolso en la silla, puede verla abriendo la heladera, después sacándose los zapatos, después encendiendo la computadora; por último, sentándose a cenar.

Milagros no se acuerda de cómo es la cara de su vecina. Se cruzó con ella solamente una vez, la mañana en que se mudó al departamento. Después pasaron cuatro meses, y durante todo ese tiempo nunca volvieron a coincidir ni en el pasillo ni en el ascensor. A Milagros le extrañó ese detalle, hasta que con el correr de los días se dio cuenta de que tenían horarios distintos; apenas distintos. Cuando ella sale de su casa para ir al trabajo, recién ahí su vecina empieza a desayunar. Y al final de la jornada, cuando ella vuelve, su vecina todavía no está en el edificio. Llega siempre, sin excepciones, media hora después.

En ese horario, de diez y media de la noche en adelante, hay entre las vecinas un momento de comunión. Aunque Milagros ya haya terminado de cenar, nunca se levanta de la mesa hasta que lo haga también su vecina. Mientras tanto, se queda en silencio, escuchando los ruidos de los cubiertos y el tuc que hace el vaso cuando su vecina lo apoya en la mesa. Su vecina, a su vez, cuando termina de cenar también se queda en silencio, esperando a que sea Milagros la que se levante primero. Las dos dejan los platos en la pileta casi al mismo tiempo. Después caminan hasta sus respectivos escritorios, se sientan de cara a la computadora, y entonces las teclas empiezan a soltar en el silencio ese ruidito como de lluvia plástica. Son como dos pianistas tocando al unísono, cada una desde su escritorio.

Después, generalmente promediando las doce, se levantan. A veces por iniciativa de Milagros, otras por decisión de su vecina, depende del humor o del cansancio que tenga cada una. Se levantan de sus sillas, van al baño, a veces lavan los platos; después se acuestan. En el silencio pueden escuchar el ruido que hacen los colchones mientras buscan la posición más cómoda para el sueño. Se quedan dormidas, las dos, a los pocos minutos.

Así fueron sus noches durante los últimos cuatro meses.

Pero un martes, y de forma inesperada, hay un cambio brusco. Milagros ya terminó de cenar, son pasadas las once, y su vecina todavía no vuelve al departamento. Se acerca al escritorio sintiéndose sola. Lee unos textos de historia en la computadora. Fuma un cigarrillo. No encuentra a nadie que le interese en el chat. Después se acuesta en la cama y apaga la luz.

Todavía está despierta, a eso de la una, cuando siente el ruido del ascensor. Es su vecina, sí. Pero esta vez es diferente. Son los pasos de dos personas los que están cruzando el pasillo. Después escucha voces. Hacía varias semanas que Milagros no escuchaba hablar a su vecina. La otra voz que habla es de hombre.

–Me gusta tu casa –dice el hombre, cuando entran al departamento.

Su vecina le contesta:

–Shh, hablá más despacio.

Lo dice en voz baja, pero Milagros igual alcanza a escucharlo.

A partir de ahí, en el silencio solamente flota un murmullo. Un murmullo como algodonado de susurros, de roces, que Milagros no llega a descifrar. Se cubre la cabeza con la almohada, pero no hay caso. No puede dejar de escuchar los ruidos silenciosos del otro lado de la pared, y de tener los ojos abiertos.

Un rato después decide encender la lámpara. Se cuida de hacer el menor ruido posible, pero no bien la perillita hace clic, los ruidos en el departamento vecino paran. Es un silencio tenso, expectante, el que se suspende durante unos cuantos segundos. Milagros, inmóvil, con un codo en la almohada, y el otro brazo estirado hasta la mesita de luz, espera a escuchar un ruido del otro lado para moverse. Pero es como si del otro lado estuvieran justamente esperando a que sea ella la que se mueva primero. Así que, después de vacilar unos segundos, se decide. El colchón se infla no bien levanta su cuerpo, y sus pasos cruzan el departamento hasta la heladera, y se siente el sonido de un líquido llenando un vaso. Milagros escucha los sonidos de lo que hace consciente de que en el otro departamento están escuchando exactamente lo mismo.

Parece aliviada cuando en la casa vecina renace el murmullo. Mira, sin moverse, el reloj en la pared. Son las dos de la mañana. Mañana tenés que trabajar, piensa. Se acuesta con ese mismo pensamiento, y por eso se sorprende cuando escucha la voz de su vecina que dice, del otro lado de la pared:

–Mañana tengo que trabajar.

Después se siente el ruido de unos pasos, el chirrido de la puerta que se abre, la maquinaria del ascensor que desciende. Su vecina está sola otra vez. Milagros espera a escuchar el clic de la lámpara en la otra casa y recién entonces apaga la luz en la suya. Se queda dormida al instante.

Al día siguiente, son las diez y treinta y cinco minutos de la noche cuando su vecina vuelve al departamento. Entonces lo de ayer fue una anormalidad, piensa Milagros. Solamente eso, piensa.

La rutina está de nuevo en su lugar.

Y lo sigue estando durante el resto de la semana. Hasta que el viernes vuelve a pasar.

Es otra vez la voz del hombre. Otra vez el murmullo de roces, de susurros, de resortes de colchón crujiendo. Los amantes hablan en voz muy baja, pero Milagros no puede dormir. En cierto punto, con la almohada tapando sus oídos, escucha: Sos vos. Es la voz del hombre que dice, en voz alta: Sos vos. Milagros no llega a escuchar el resto de la conversación, así que no entiende a colación de qué vienen las palabras del hombre, ni qué es lo que le está queriendo decir a su vecina con eso. Sos vos.

Poco a poco, con el correr de las semanas, el hombre empieza a irrumpir cada vez más seguido en sus rutinas. Cuando él viene, la situación del murmullo sigiloso se repite, y Milagros no puede dormir. En muchas ocasiones, incluso, su vecina directamente no llega a la casa. Se puede pasar días, y hasta semanas enteras sin volver.

Milagros sigue desenvolviéndose en su rutina con normalidad. Cuando su vecina está en la casa, tampoco lo deja de hacer. Pero ahora la mujer ya no la espera en sus quehaceres. Toma la iniciativa en todo sin esperar a que Milagros la siga, y una noche hace algo totalmente desacostumbrado: empieza a dar vueltas por el departamento conversando sola, abriendo cajones, removiendo ropa. Milagros, sentada en el escritorio, se siente desconcertada.

Al día siguiente, como lo hace todos los sábados, Milagros sale a correr. Sale bien temprano a la mañana; su vecina, por lo general, a esas alturas duerme. Pero esta vez, mientras espera a que llegue el ascensor, Milagros se encuentra con una imagen que la descoloca: su vecina, con dos cajas en los brazos y un bolso lleno colgado del hombro, está en el pasillo. El ascensor llega, las puertas se abren, y Milagros la ve acercarse y entra al ascensor con ella. ¿A planta baja?, pregunta. Sí, contesta su vecina.

Durante el descenso, las dos están paradas la una al lado de la otra. Las dos calladas, mirando de vez en cuando el espejo que las enfrenta. Solamente se escucha el zumbido de la maquinaria accionándose, los engranajes oxidados que crujen, el ascensor que las traslada lentamente hacia abajo. Milagros no se siente segura, pero al final le dice:

–¿Vas a mudarte?

Su vecina levanta la mirada y ve que Milagros la está mirando en el espejo. Cuando gira la cara, Milagros también lo hace, y ahora se están mirando directamente a los ojos. Sí, dice la mujer, me mudo. Hay un silencio.

–Pero quizás es temporal –dice la mujer después.

Milagros no contesta. Mira el marcador de pisos. Están llegando a la planta baja. Su vecina también mira el marcador de pisos, y cuando ve que ya tienen que bajar, se acerca a la puerta y sin querer choca con una de las cajas el codo de Milagros. Entonces le dice: Perdoname. Se lo dice en voz baja, como distraída, pedir perdón es una de esas formalidades necesarias; pero hace varios segundos que lo dijo, perdoname, y la palabra todavía sigue rebotando en el silencio del ascensor, en los pensamientos de Milagros. Perdoname, escucha Milagros. Perdoname.

Cuando salen del edificio, hay un taxi esperando en la puerta. La mujer deja las cajas en el asiento de atrás y se despide: Hasta luego. Milagros, mientras se aleja por la vereda, le contesta: Hasta luego.

Pasa un mes. Durante todo ese tiempo, Milagros se acostumbra a sentir el silencio en el departamento de al lado. Sigue llegando a las diez, sigue estudiando en la computadora después de cenar, sigue acostándose alrededor de las doce. Pero muchas veces interrumpe lo que está haciendo, y se queda inmóvil escuchando con atención porque le parece sentir ruidos de movimiento en el departamento vecino. Pero siempre es una ilusión; del otro lado de la pared lo único que hay es silencio. Solamente silencio.

Hasta que un día pasa. Milagros ya está en su casa, cenando, cuando escucha el ruido del ascensor. Después siente unos pasos cruzando el pasillo; el ruido del picaporte que gira; el raspón de la puerta abriéndose despacio. Alguien termina de entrar al departamento vecino, y esta vez no se trata de ninguna ilusión; Milagros puede escuchar los ruidos con nitidez, como si estuviera viendo los mismos movimientos que los producen.

Volvió, piensa. Volvió.

Y da una vuelta alrededor de la cama y apoya el oído en la pared para escuchar más de cerca. Sí, volvió.

Pero mientras está ahí, a un lado de la pared, no tarda en darse cuenta de que algo anda mal. Siente como un rasguño, como un malestar que no puede explicarse de dónde le sale. Se mira la mano, se mira los pies, descalzos en la alfombra. Después mira la computadora, la mesa, las sillas; la cama deshecha en un rincón. Sabe que ésa es su casa y que ése es su cuerpo, pero de golpe, mientras los mira, no le parece que sean suyos. Se siente una presencia extraña, una intrusa en su propia casa ahora que después de tanto tiempo su vecina está de vuelta.

El ruido de un plato que se apoya la distrae de esa sensación. Milagros se da vuelta y mira la pared blanca y desnuda. La mira unos segundos, y entonces tiene ganas de decirle a su vecina cuánto la extrañó. Tiene ganas de decirle que está contenta con que haya vuelto. Quiere hablarle, saludarla de alguna manera; dejar de sentirse una extraña.

Levanta un brazo, duda un instante; pero al final da un golpecito.

¿Volviste?, pregunta. Del otro lado todo queda en silencio. Pero Milagros insiste: ¿Sos vos?

Sigue quieta, con la mano apoyada en la pared, y nadie contesta. Pero al final lo hacen. ¿A quién buscás?, le contesta una voz de hombre del otro lado. Milagros retrocede y escucha los pasos del hombre arrimándose a la pared. Lentamente los pasos se arriman. Hola, habla el hombre de nuevo. ¿A quién buscás?, pregunta.