viernes, 9 de julio de 2010

el departamento



Es el único edificio de la manzana. Un índice largo y acusador apuntando al cielo. Milagros sube el escalón del umbral y revisa su bolso buscando las llaves. Son las diez de la noche. Recién llega de trabajar.

En el ascensor siempre se mira al espejo. Se peina, se acomoda el flequillo. Cuando está de buen humor, hasta se pone a hacer muecas. Pero hoy no. Hoy Milagros se mira de reojo un segundo, después se fija la hora en el celular, y se queda mirando el suelo.

Cuando entra en el departamento todo está en su lugar. La cama. Las sillas. La mesa a un lado de la heladera. En la mesita de luz, un portarretrato con la cabeza de Marcos. Su perro aparece con la lengua afuera de la boca, como si sonriera. No hay otras fotos visibles en el departamento.

Milagros deja el bolso en su silla y saca de la heladera una botella de jugo de naranja y una porción de tarta de verdura. Acomoda un plato y un vaso en la mesa, y antes de cenar camina hasta el rincón donde está el escritorio y enciende la computadora. Después vuelve a la mesa y empieza a masticar en silencio, sintiendo a sus espaldas los zumbidos del monitor y la pc encendiéndose.

En ese momento escucha el ascensor. Mira el despertador en la mesita y son, tal como esperaba, las diez y media. Es la hora en que su vecina acostumbra a llegar todas las noches. Ahora las puertas del ascensor van a abrirse y unos pasos lentos van a cruzar el pasillo. Después va a haber un ruido de llaves, un ruido de picaporte girando, y el chirrido de la puerta raspando el piso al abrirse.

Las paredes de los departamentos son muy delgadas, y Milagros cada noche escucha todos los ruidos que hace su vecina cuando llega a la casa. Puede escuchar los movimientos que hace como si estuviera ahí, mirándolos. Puede verla dejando el bolso en la silla, puede verla abriendo la heladera, después sacándose los zapatos, después encendiendo la computadora; por último, sentándose a cenar.

Milagros no se acuerda de cómo es la cara de su vecina. Se cruzó con ella solamente una vez, la mañana en que se mudó al departamento. Después pasaron cuatro meses, y durante todo ese tiempo nunca volvieron a coincidir ni en el pasillo ni en el ascensor. A Milagros le extrañó ese detalle, hasta que con el correr de los días se dio cuenta de que tenían horarios distintos; apenas distintos. Cuando ella sale de su casa para ir al trabajo, recién ahí su vecina empieza a desayunar. Y al final de la jornada, cuando ella vuelve, su vecina todavía no está en el edificio. Llega siempre, sin excepciones, media hora después.

En ese horario, de diez y media de la noche en adelante, hay entre las vecinas un momento de comunión. Aunque Milagros ya haya terminado de cenar, nunca se levanta de la mesa hasta que lo haga también su vecina. Mientras tanto, se queda en silencio, escuchando los ruidos de los cubiertos y el tuc que hace el vaso cuando su vecina lo apoya en la mesa. Su vecina, a su vez, cuando termina de cenar también se queda en silencio, esperando a que sea Milagros la que se levante primero. Las dos dejan los platos en la pileta casi al mismo tiempo. Después caminan hasta sus respectivos escritorios, se sientan de cara a la computadora, y entonces las teclas empiezan a soltar en el silencio ese ruidito como de lluvia plástica. Son como dos pianistas tocando al unísono, cada una desde su escritorio.

Después, generalmente promediando las doce, se levantan. A veces por iniciativa de Milagros, otras por decisión de su vecina, depende del humor o del cansancio que tenga cada una. Se levantan de sus sillas, van al baño, a veces lavan los platos; después se acuestan. En el silencio pueden escuchar el ruido que hacen los colchones mientras buscan la posición más cómoda para el sueño. Se quedan dormidas, las dos, a los pocos minutos.

Así fueron sus noches durante los últimos cuatro meses.

Pero un martes, y de forma inesperada, hay un cambio brusco. Milagros ya terminó de cenar, son pasadas las once, y su vecina todavía no vuelve al departamento. Se acerca al escritorio sintiéndose sola. Lee unos textos de historia en la computadora. Fuma un cigarrillo. No encuentra a nadie que le interese en el chat. Después se acuesta en la cama y apaga la luz.

Todavía está despierta, a eso de la una, cuando siente el ruido del ascensor. Es su vecina, sí. Pero esta vez es diferente. Son los pasos de dos personas los que están cruzando el pasillo. Después escucha voces. Hacía varias semanas que Milagros no escuchaba hablar a su vecina. La otra voz que habla es de hombre.

–Me gusta tu casa –dice el hombre, cuando entran al departamento.

Su vecina le contesta:

–Shh, hablá más despacio.

Lo dice en voz baja, pero Milagros igual alcanza a escucharlo.

A partir de ahí, en el silencio solamente flota un murmullo. Un murmullo como algodonado de susurros, de roces, que Milagros no llega a descifrar. Se cubre la cabeza con la almohada, pero no hay caso. No puede dejar de escuchar los ruidos silenciosos del otro lado de la pared, y de tener los ojos abiertos.

Un rato después decide encender la lámpara. Se cuida de hacer el menor ruido posible, pero no bien la perillita hace clic, los ruidos en el departamento vecino paran. Es un silencio tenso, expectante, el que se suspende durante unos cuantos segundos. Milagros, inmóvil, con un codo en la almohada, y el otro brazo estirado hasta la mesita de luz, espera a escuchar un ruido del otro lado para moverse. Pero es como si del otro lado estuvieran justamente esperando a que sea ella la que se mueva primero. Así que, después de vacilar unos segundos, se decide. El colchón se infla no bien levanta su cuerpo, y sus pasos cruzan el departamento hasta la heladera, y se siente el sonido de un líquido llenando un vaso. Milagros escucha los sonidos de lo que hace consciente de que en el otro departamento están escuchando exactamente lo mismo.

Parece aliviada cuando en la casa vecina renace el murmullo. Mira, sin moverse, el reloj en la pared. Son las dos de la mañana. Mañana tenés que trabajar, piensa. Se acuesta con ese mismo pensamiento, y por eso se sorprende cuando escucha la voz de su vecina que dice, del otro lado de la pared:

–Mañana tengo que trabajar.

Después se siente el ruido de unos pasos, el chirrido de la puerta que se abre, la maquinaria del ascensor que desciende. Su vecina está sola otra vez. Milagros espera a escuchar el clic de la lámpara en la otra casa y recién entonces apaga la luz en la suya. Se queda dormida al instante.

Al día siguiente, son las diez y treinta y cinco minutos de la noche cuando su vecina vuelve al departamento. Entonces lo de ayer fue una anormalidad, piensa Milagros. Solamente eso, piensa.

La rutina está de nuevo en su lugar.

Y lo sigue estando durante el resto de la semana. Hasta que el viernes vuelve a pasar.

Es otra vez la voz del hombre. Otra vez el murmullo de roces, de susurros, de resortes de colchón crujiendo. Los amantes hablan en voz muy baja, pero Milagros no puede dormir. En cierto punto, con la almohada tapando sus oídos, escucha: Sos vos. Es la voz del hombre que dice, en voz alta: Sos vos. Milagros no llega a escuchar el resto de la conversación, así que no entiende a colación de qué vienen las palabras del hombre, ni qué es lo que le está queriendo decir a su vecina con eso. Sos vos.

Poco a poco, con el correr de las semanas, el hombre empieza a irrumpir cada vez más seguido en sus rutinas. Cuando él viene, la situación del murmullo sigiloso se repite, y Milagros no puede dormir. En muchas ocasiones, incluso, su vecina directamente no llega a la casa. Se puede pasar días, y hasta semanas enteras sin volver.

Milagros sigue desenvolviéndose en su rutina con normalidad. Cuando su vecina está en la casa, tampoco lo deja de hacer. Pero ahora la mujer ya no la espera en sus quehaceres. Toma la iniciativa en todo sin esperar a que Milagros la siga, y una noche hace algo totalmente desacostumbrado: empieza a dar vueltas por el departamento conversando sola, abriendo cajones, removiendo ropa. Milagros, sentada en el escritorio, se siente desconcertada.

Al día siguiente, como lo hace todos los sábados, Milagros sale a correr. Sale bien temprano a la mañana; su vecina, por lo general, a esas alturas duerme. Pero esta vez, mientras espera a que llegue el ascensor, Milagros se encuentra con una imagen que la descoloca: su vecina, con dos cajas en los brazos y un bolso lleno colgado del hombro, está en el pasillo. El ascensor llega, las puertas se abren, y Milagros la ve acercarse y entra al ascensor con ella. ¿A planta baja?, pregunta. Sí, contesta su vecina.

Durante el descenso, las dos están paradas la una al lado de la otra. Las dos calladas, mirando de vez en cuando el espejo que las enfrenta. Solamente se escucha el zumbido de la maquinaria accionándose, los engranajes oxidados que crujen, el ascensor que las traslada lentamente hacia abajo. Milagros no se siente segura, pero al final le dice:

–¿Vas a mudarte?

Su vecina levanta la mirada y ve que Milagros la está mirando en el espejo. Cuando gira la cara, Milagros también lo hace, y ahora se están mirando directamente a los ojos. Sí, dice la mujer, me mudo. Hay un silencio.

–Pero quizás es temporal –dice la mujer después.

Milagros no contesta. Mira el marcador de pisos. Están llegando a la planta baja. Su vecina también mira el marcador de pisos, y cuando ve que ya tienen que bajar, se acerca a la puerta y sin querer choca con una de las cajas el codo de Milagros. Entonces le dice: Perdoname. Se lo dice en voz baja, como distraída, pedir perdón es una de esas formalidades necesarias; pero hace varios segundos que lo dijo, perdoname, y la palabra todavía sigue rebotando en el silencio del ascensor, en los pensamientos de Milagros. Perdoname, escucha Milagros. Perdoname.

Cuando salen del edificio, hay un taxi esperando en la puerta. La mujer deja las cajas en el asiento de atrás y se despide: Hasta luego. Milagros, mientras se aleja por la vereda, le contesta: Hasta luego.

Pasa un mes. Durante todo ese tiempo, Milagros se acostumbra a sentir el silencio en el departamento de al lado. Sigue llegando a las diez, sigue estudiando en la computadora después de cenar, sigue acostándose alrededor de las doce. Pero muchas veces interrumpe lo que está haciendo, y se queda inmóvil escuchando con atención porque le parece sentir ruidos de movimiento en el departamento vecino. Pero siempre es una ilusión; del otro lado de la pared lo único que hay es silencio. Solamente silencio.

Hasta que un día pasa. Milagros ya está en su casa, cenando, cuando escucha el ruido del ascensor. Después siente unos pasos cruzando el pasillo; el ruido del picaporte que gira; el raspón de la puerta abriéndose despacio. Alguien termina de entrar al departamento vecino, y esta vez no se trata de ninguna ilusión; Milagros puede escuchar los ruidos con nitidez, como si estuviera viendo los mismos movimientos que los producen.

Volvió, piensa. Volvió.

Y da una vuelta alrededor de la cama y apoya el oído en la pared para escuchar más de cerca. Sí, volvió.

Pero mientras está ahí, a un lado de la pared, no tarda en darse cuenta de que algo anda mal. Siente como un rasguño, como un malestar que no puede explicarse de dónde le sale. Se mira la mano, se mira los pies, descalzos en la alfombra. Después mira la computadora, la mesa, las sillas; la cama deshecha en un rincón. Sabe que ésa es su casa y que ése es su cuerpo, pero de golpe, mientras los mira, no le parece que sean suyos. Se siente una presencia extraña, una intrusa en su propia casa ahora que después de tanto tiempo su vecina está de vuelta.

El ruido de un plato que se apoya la distrae de esa sensación. Milagros se da vuelta y mira la pared blanca y desnuda. La mira unos segundos, y entonces tiene ganas de decirle a su vecina cuánto la extrañó. Tiene ganas de decirle que está contenta con que haya vuelto. Quiere hablarle, saludarla de alguna manera; dejar de sentirse una extraña.

Levanta un brazo, duda un instante; pero al final da un golpecito.

¿Volviste?, pregunta. Del otro lado todo queda en silencio. Pero Milagros insiste: ¿Sos vos?

Sigue quieta, con la mano apoyada en la pared, y nadie contesta. Pero al final lo hacen. ¿A quién buscás?, le contesta una voz de hombre del otro lado. Milagros retrocede y escucha los pasos del hombre arrimándose a la pared. Lentamente los pasos se arriman. Hola, habla el hombre de nuevo. ¿A quién buscás?, pregunta.




3 comentarios:

Dionisia dijo...

ese departamento habla...

se te extraña compañero!

Lau dijo...

"Levanta un brazo, duda un instante; pero al final da un golpecito.

¿Volviste? (...)"

tk :)

Lar dijo...

ME GUSTÓ MUCHO!!! :)
GRACIAS POR PUBLICARLO!
A VER CUANDO SACÁS COSAS EN PAPEL!