jueves, 29 de julio de 2010

solipsismo



Estamos acostados en la oscuridad. Hace un ratito Marina me había dicho que tenía sueño, pero ahora no deja de dar vueltas, de acomodarse, de interrumpir mi sueño. La cama es de una plaza y tenemos que hacer malabares para no caernos. ¿No podés dormir?, le pregunto. Le acaricio los rulos en la sombra, tanteo con una mano su cara; sus ojos están cerrados.

–No –me contesta.

–¿Por?

–No sé. Creo que porque no puedo dejar de pensar. ¿Me hacés un lugar? Voy un segundo al baño.

Enciendo la lámpara en la mesita. Entonces, en el piso, aparecen los libros de Marina; un pilón desordenado y heterogéneo de la altura de un nene. La mayoría están leídos a la mitad; hay papelitos, servilletas y hasta pañuelos de tela saliendo de entre las páginas.

Marina tiene los ojos achinados por el sueño. Se los refriega y me mira a la luz de la lámpara. El ventilador mueve las cortinas y sacude sus rulos revueltos de un lado para el otro. ¿Me querés?, me pregunta. Mucho, le contesto, y le beso el mentón. Ella se levanta y pone sus pies en mis zapatillas. Sale del dormitorio arrastrándolas por el suelo.

Estiro un brazo sin bajarme de la cama y tanteo el piso buscando el cenicero. Lo encuentro a un costado de los cigarrillos y el encendedor. Fumo mirando el techo. El humo entra a mi organismo como un agua cálida y pesada. Quizás porque todavía sigo medio dormido, tengo una lucidez que rebasa por lejos la que tengo cuando estoy despierto. Los pensamientos y las visiones más disparatadas se me pueden instalar en la cabeza sin que venga mi sentido común a filtrarlos. Tengo que aprovechar esta modorra para intuir por qué me siento incómodo conmigo mismo. Encontrar un pensamiento que me lo explique. Y lo tengo que hacer antes de que vuelva Marina y su presencia me distraiga.

La noche flota del otro lado de la ventana; son las tres y media de la madrugada. Todavía un hilito de humo sube del cenicero; el ventilador está al máximo y lo dispersa antes de que llegue a la cima del pilón de libros. El tiempo no parece fluir en este dormitorio. La imagen del humo dispersándose se mimetiza con la del hilito que sube desde el cenicero en un solo instante congelado.

Todavía no puedo encontrar la causa de este humor oscuro. Por un segundo se me ocurre que quizás no la haya. La nostalgia podría ser como esas bolitas de algodón que andan flotando por el aire al azar; a veces se apoya en uno, otras en otro, y quizás no haya más explicación que ésa. En todo caso, si es que sí hay una causa, no está a mi alcance encontrarla. ¿Cómo se puede sistematizar toda esta corriente de visiones y de frases que se empujan, rebotan, que chocan contra las paredes de mi cráneo? Yo no puedo ponerle una etiqueta a mi inquietud. Quizás me convendría dejarme estar.

Intento objetivar mi punto de vista, mirarme desde unos ojos que no sean los míos. ¿Qué es lo que vería una persona de afuera; una, por ejemplo, en la ventana? Vería a un tipo acostado en una cama, mirando el techo. Si fuera la escena de una película, hace rato que los espectadores hubieran empezado a moverse en sus asientos. Pero yo no soy esos espectadores; yo estoy en ese tipo, yo puedo escuchar sus pensamientos, ver lo que él ve, mover sus piernas, sus manos; yo soy él. Y no sólo él, en un sentido estricto, sino que también soy una síntesis de la humanidad entera. Todas las figuras, desde Adán hasta Jesús, pasando por Hitler y Napoleón, o incluso la prístina Eva, también la Duarte, y Juana de Arco, y Madonna, las Madonnas; todo de alguna manera existió o se inventó por mí, para mí; en mí. Yo, desde mi pensamiento, soy el que les otorga vida. No tengo prueba alguna de que existan por sí mismos, allá afuera; la única evidencia que tengo de ellos reside en el hecho de que ahora los puedo pensar. Levanto el primer libro del edificio; es “Los hermanos Karamazov”, de Dostoievski. ¿Para qué se gastó en escribir semejante Biblia Dostoievski sino para que, dos siglos después, yo, encerrado en un cuartito con olor a humo y acostado en una cama con las sábanas revueltas, pueda levantarla y leer la primera oración? Las enciclopedias, las películas, los libros de Historia; Mozart, Lescano. Yo soy el resultado de todo lo que hizo y hace y proyecta hacer la humanidad. Soy el punto en el que todo confluye. Así que no es un hombre más, el que está acostado en la cama, el que miro del otro lado de la ventana. Nadie, quiero decir, es una persona más.

Ahora que lo pienso, no sé cómo hace Marina para leer a Dostoievski. Admiro su admiración por los rusos; pero reniego de que únicamente lea a los muertos. No leo literatura contemporánea, me dijo cuando la conocí. Miro su pilón de libros y es verdad; la chica es consecuente con sus principios. Ni un solo escritor vivo. La muerte debe esconder un atractivo a sus ojos; la muerte inunda este cuartito de dos por dos; no hay tiempo, nomás un movimiento congelado que fluye sin desbordarse a sí mismo, como un cuadro acuoso y distorsionado. Este cuadro: la muerte: un hombre encerrado para siempre en un cuartito de dos por dos.

Marina todavía no vuelve del baño y yo sigo sin comprender la razón de ser de este agujero en mi modorra por el que se fugan ideas, pensamientos, convicciones al azar. En el silencio solamente se suspende el zumbido del ventilador. Eso diría si pudiera acallar el murmullo que resuena en mi frente. La voz que habla, que insiste, que no se deja avasallar. Mi sombra, es esta voz. Mis límites. Al principio, presupongo, fue un ruido amorfo, un murmullo continuo. Después, en un día imposible de evocar (¿cómo?, ¿cuándo? ¿a razón de qué?), el verbo se hizo carne y mi yo original se partió en dos. Quiero decir, me metieron en el idioma y en ese acto automático y milenario me separaron del mundo. De ese mismo mundo que antes formaba parte de mí. Sin lenguaje, yo era uno con todo. Sin lenguaje, yo podría volver a ser uno con todo de nuevo. No podría diferenciar mi cuerpo, por ejemplo, de esta cama, del cenicero en el piso, de aquel ventilador que zumba. No podría porque sencillamente no habría palabras para hacerlo. No habría forma de señalarlos, de darles un contorno, de separarlos de mí. El ventilador, el cenicero y yo seríamos entonces una sola masa deforme, encerrados para siempre en la imagen. Tampoco nada me separaría de Marina, si no hubiera lenguaje. En ese caso, Marina también sería una conmigo.

Pero Marina habla, escucha, nombra, piensa; también Marina está separada del mundo. Escucho el eco de sus últimas palabras: ¿Me querés? Yo después le había contestado. ¿Pero qué le había contestado? ¿Mucho? ¿O creo que sí? El eco de sus últimas palabras zigzaguea en el aire, mechado con el zumbido del ventilador que está a full. Las palabras de Marina ahora parecen remotas. En esta modorra el tiempo tiene otra dimensión; estoy lleno del presente; un abismo separa a cada instante del otro. Cierro los ojos y me digo: Sí, este momento es nuevo. Es único. Este momento se traga a la Historia completa. Este momento se traga también al futuro. Este momento es como un cuadro de luz rectangular; fuera de sus marcos lo único que hay es sombra; en esa sombra Marina me dijo: ¿Me querés? Palabras de otro tiempo, de otro espacio; otro espacio con su  tiempo. Me querés me dijo Marina, y eso ya era en otro momento de la humanidad.

Quizás todas estas inquietudes se traten de algo que haya soñado. Tengo la seguridad de que soñé de a intervalos, durante la noche. Después me despertaba el roce de un codo; los movimientos de Marina que seguía sin poderse dormir. Pero, por más esfuerzos que haga, no puedo acordarme qué sueños tuve. Decir que los sueños no influyen en el estado de ánimo del que se despierta es una ingenuidad en la que no pretendo caer. Me vienen imágenes fugaces, como chispazos. Hago un esfuerzo de concentración, y al fin puedo retener una de esas imágenes.

Es la cara de una mujer. Sí; en mi sueño hubo una mujer. No era Marina, doy fe de eso. Aunque, ahora que lo pienso, también puede tratarse de un desplazamiento. Quizá mi conciencia, que ya tantas veces me traicionó, bloqueó lo que mi subconsciente tenía para decirme y me hizo soñar con otra. Como un mecanismo de defensa, para ahorrarme la nostalgia. La conciencia no se apaga ni siquiera cuando uno duerme. Y dicen que el sueño, mientras uno está despierto, tampoco.

Ahondo ahora en mi sueño. Esta mujer, a primera vista, parece ser una extraña. Sí; no conozco su cara. Sus facciones resultan ignotas; cabe la posibilidad de que mi subconsciente las haya inventado. Pero, por otra parte, somos más de seis mil millones de personas en este mundo, ¿no?; más de seis mil millones y cada uno con un rostro diferente; no hay una sola cara que sea idéntica a otra. En este sentido, ¿tan fino pudo haber sido mi sueño? ¿No existe la posibilidad de que la cara con la que termino de soñar pudiera ser la de una mujer de otro país, de otro continente? Por no decir que viva en esta ciudad, incluso en este barrio, nada más que nunca tuve la oportunidad de cruzármela por la calle, o en algún banco, o en algún tren. Todo esto sin aducir el problema del tiempo; puede ser, de hecho, que esta cara que vi en mi sueño no exista ahora, pero que sí lo haya hecho hace dos mil años, en el imperio persa, por ejemplo. O que lo haga en un futuro remoto, en países o continentes que quién sabe qué nombre tendrán, a esas alturas.

Parecen inquietudes triviales; es un sueño, chabón, nada más, la cara con la que de repente parecés obsesionado solamente forma parte de un sueño. Pero a medida que me anego de estas preguntas, otros lapsos del sueño y de mis sensaciones al tenerlo empiezan a esclarecerse, a crecer, a aumentar, y su influencia se expande en mi interior al punto de sospechar que la incomodidad y el desarraigo de los que soy objeto en este instante, en esta piecita llena de humo, tienen inevitablemente que estar ligados a ese sueño, a la cara de esa mujer extraña.

Si solamente pudiera saber quién es. Si solamente pudiera saber por qué motivo vino a mi sueño. Pienso en ella y entonces ella existe, es real; me cuesta estar tranquilo mientras la pienso. Tengo párpados en los ojos, y venas en los brazos, y uñas en las puntas de los dedos de las manos y los pies, y el sueño, poco a poco, empieza a abrirse en mi conciencia, y puedo ver también su cuerpo, el cuerpo de esta mujer milagrosa que existe en mi pensamiento como existen las rodillas en mis piernas y los codos en mis brazos. Es una madrugada silenciosa.

No sé su nombre. No sé su edad. No sé de dónde viene y ni lo que le gusta hacer en su tiempo libre. Es solamente una cara y un cuerpo. Está sentada en una silla. Desnuda. Atrás de ella, un mar. Agua revuelta, salada, sucia; del mar la separa un ventanal inmenso. Ella tiene los ojos cerrados. No me había apercibido de ese detalle. No sé el color de sus ojos. Pareciera que duerme, pero yo en mi sueño sé que está despierta. Me gustaría decirle algo, cualquier cosa, y abro la boca, puedo sentir cómo la abro, pero de mi boca no sale sonido alguno. Solamente aire. No puedo hablar. Es siniestro.

Pero yo, ¿dónde estoy? ¿Dónde encajo en esa escena? No soy el que mira. No soy la lente por la cual hago foco en la imagen. Sé que estoy en algún punto de esa habitación donde está la mujer que veo y miro en este instante, pero es nefasto, porque no son mis ojos, estoy seguro de que yo, mi cuerpo, están en otro punto de la habitación, en un punto ciego, que no puedo ver, que no puedo mirar.

La mujer sigue inmóvil, con los brazos cruzados sobre una mesa, mientras el mar se sacude a sus espaldas. La lente se enfoca. Es un atardecer nublado. Llovizna. Hay gotitas en la arena. Pero no, no llovizna. Es un diluvio. Las olas alborotadas se llevan por delante las rocas; el agua que cae del cielo choca y rebota formando burbujas gruesas contra el agua del mar. Y el viento; el viento silba por los recovecos de la casa desierta (¿cómo sé que es una casa?, ¿cómo sé que está desierta?), hace temblar los vidrios del ventanal que se levanta a espaldas de la mujer. La violencia del paisaje contrasta con su paz, con su manera indolente de cruzar los brazos y mantener los ojos cerrados. Esta mujer está ahí, cerca mío, pero yo siento que la extraño, que está lejos, porque puedo verla pero no saber dónde estoy. Tiemblo. Estoy en algún lugar, pero no puedo verme a mí mismo. No entiendo por qué. Por qué no me dieron ojos para poder mirarme a mí mismo. No puedo hacer eso, pero sí, en cambio, escuchar cómo silba el viento y sentir el diluvio en la arena y mirar a la mujer sentada en la mesa.

Entonces, no sé hace cuánto tiempo, ella se levanta. A sus espaldas, no hay mar alguno. Solamente un ventanal. Un vidrio vacío. Opaco. Quizás hace horas que la mujer está levantada. Quizás hace horas que tiene los ojos abiertos. Pero yo sigo sin saber de qué color son sus ojos. La mujer avanza. Mejor dicho, se desliza; no parece caminar. Flota, se suspende, ya no está en la habitación. Ya no está en la escena. No está físicamente, quiero decir, porque todavía puedo percibir su presencia. Es su voz. Puedo escucharla. No puedo verla, pero puedo escuchar su voz. Una voz honda, secreta, como si viniera desde el fondo de un pozo. Tan honda es esa voz que dudo, empiezo a creer que son sus pensamientos. Me hablan, pero yo no los entiendo. No los descifro; son claros, es mi idioma; pero no puedo interpretarlos. Le digo desde donde estoy: No te entiendo. Me hablás y te escucho, pero no puedo entenderte. Entonces algo se rompe. Algo, entre nosotros, se parte. La mujer ya no me habla y yo tampoco puedo verla.

Cuando escucho un ruido abro los ojos. Me doy vuelta en la cama, la mujer ahora está en mi habitación. Deja mis zapatillas a un lado del pilón de libros y se saca el pantalón de joggins. La miro con los ojos entrecerrados; me siento con un cansancio inmenso, creo que podría dormir durante años. Ella se acuesta y apaga la lámpara de la mesita. Vuelvo a cerrar los ojos. Tengo un cansancio inmenso, sí, pero todavía puedo pensar. Un hilo de lucidez me arrastra todavía a través de mi ensueño, y entonces entiendo que Marina nunca volvió. De repente sé que Marina nunca volvió a este cuarto. Puedo intuirlo desde mi cansancio, desde mi modorra infinita; es una extraña la que ahora termina de acostarse conmigo. Estamos de nuevo en la oscuridad y yo pienso un instante en Marina, antes de quedarme dormido, como si fuera ella la que se aprieta contra mi cuerpo en la cama.  









2 comentarios:

Dionisia dijo...

Genial. Mi solipsismo me impide decir más.

Un desvarío por jueves dijo...

¿Además de dionisíaca sos solipsista? Qué sincretismo el suyo (viste cómo uso todas palabras de filo). Gracias por comentar, genia. Lindo lo que está saliendo en su blog.