jueves, 29 de julio de 2010

sur



Aunque ya hayan pasado muchos años, Roberto la sigue llamando por teléfono. La llama desde el sur y le pregunta por el trabajo, por Alejandra, por el resto de la familia. De su propia vida habla poco; Roberto nunca tiene mucho que contar. Todo en orden - dice cuando Marta le pregunta por él-, todo bien, como siempre. Marta es, por lo general, la que lleva el peso de la conversación durante esos llamados.

Hablan dos o tres veces por año. Roberto siempre la llama cuando Marta cumple años, todos los veintidós de abril, y también para las fiestas. Él siempre se despide diciéndole: Mandele saludos a Alejandra de mi parte. Dígale que gracias a Dios todo está bien por acá. Y que también espero que esté bien ella.

Roberto le habla a Marta en ese tono, pero a veces también se las arregla para decirle: Su hija es la mujer de mi vida. No me volví a enamorar de otra mujer, señora. No volví a estar con otra mujer después de estar con ella. Marta, reclinada en el sillón, se rasca la rodilla con el índice. Después le dice: Mi hija está bien, gracias a Dios. Mi hija sigue trabajando con Lucho, Roberto. También ella te manda saludos. 

Cuando cuelgan, Roberto se acerca a la heladera y saca una botella de vino tinto. Toma despacio, mirando la pared. Después sale con la botella a la puerta y toma sentado en el escalón del umbral, mirando el bosque. A la intemperie hace frío, y Roberto en medio del silencio del bosque piensa. Piensa en Alejandra, y no puede asegurar que sea ella la mujer de su vida. Pero sabe que a Marta le gusta escucharlo, y por eso se lo dice cada vez que puede. Sigue queriendo a Marta tanto como lo hizo mientras salía con su hija. Marta es la primera persona a la que él llama cuando llegan las fiestas.

Roberto salió con Alejandra durante diez años. Nunca estuvo tanto tiempo con una mujer, y nunca sintió ganas de convivir con ella. Alejandra todavía vivía en la casa de sus padres, y Roberto la veía ahí. Pasaba todos los días después del trabajo, y cenaban juntos. Alejandra a veces le decía: Quiero irme de mi casa. Quiero irme a vivir con vos y quiero que tengamos hijos. Roberto miraba el piso sin decir nada y ella le preguntaba: ¿Pero qué es lo que querés vos, Roberto? Necesito saber qué es lo que querés vos.

–No sé –le contestaba él, con el cigarrillo apagado en la mano–. No sé. 

Roberto la quería, pero no estaba seguro de querer estar con ella. Pensaba mucho en otras mujeres, y eso le hacía desconfiar. Pero Alejandra era la que había aparecido en su vida, era la que lo había elegido y se había quedado en su vida, y Roberto se llevaba muy bien con ella y con sus padres. Se llevaba muy bien, sobre todo, con Marta. Marta le decía: hijo, y Roberto valoraba mucho ese gesto, y la quería como a una madre. Roberto estaba seguro de odiar a su madre.

Siempre que piensa en esa época, no sabe cómo hizo Alejandra para sostener la relación durante tanto tiempo. Era ella la que llevaba el peso de la relación, y la que lo contenía.

Pero un verano todo se derrumbó. Alejandra quería ir al mar, como todos los años, pero él le dijo que esta vez prefería viajar solo. Discutieron durante toda la noche, y él al final viajó. Viajó a Córdoba, en su auto. Vivió dos semanas en una cabaña de madera, en medio de un cerro. Cuando volvió, Alejandra le dijo: No te voy a esperar. Nos podemos tomar un tiempo, le dijo Roberto.

–No –contestó Alejandra–. Ya está; yo no te voy a esperar.

A mediados de ese mismo año, a Roberto le ofrecieron un traslado hacia el sur. El estudio de arquitectura donde trabajaba le ofrecía casa y un ascenso. Roberto no tardó mucho en aceptar la oferta. Antes de viajar, pasó por la casa de Alejandra para despedirse de ella. Hacía meses que no la veía. Me voy a vivir al sur, le dijo. Mientras la abrazaba, Roberto sintió que a Alejandra le temblaban los brazos y la espalda. Nunca quise a nadie como vos, le dijo Roberto en voz baja.

Y viajó. A los pocos días, ya estaba instalado en una cabaña de madera, en medio del bosque. Por la ventana podían verse las montañas y también los bordes de un lago. Le gustó su nueva casa en el sur desde la primera vez que la vio.

Y sigue viviendo ahí, hoy por hoy. Cuando vuelve de su trabajo siempre es de noche, y Roberto se sienta en la cocina con un libro y lee tomando una botella de vino tinto o de whisky, dependiendo del frío que haga. Muchas veces se queda dormido ahí, con la cabeza entre los brazos, y el libro todavía abierto en la mesa.

En Alejandra piensa muy de vez en cuando. Piensa en ella, sí, cuando Marta cumple años, o cuando se acercan las fiestas, y él hace su llamado de todos los años. Nunca tiene muchas novedades que contar; es Marta, por lo general, la que habla durante esos llamados. Su hija es la mujer de mi vida, le dice a veces Roberto, con el vaso de vino en la mano. 

Pero con Alejandra ya no habla; Alejandra nunca está en la casa cuando él llama. Ella se casó hace seis años, y ahora vive con su marido en otro barrio, y tiene dos hijos. Roberto no lo sabe. Marta prefirió decirle que su hija ahora vive sola en un departamento en capital. Roberto sigue llamando todos los años, y todos los años Marta piensa alguna forma de decírselo. Pero hasta ahora no se animó, y Roberto desde el sur todavía la sigue llamando para saludarla y preguntarle por su hija.








2 comentarios:

Anónimo dijo...

una nueva casa en el Sur.
Estefa

Un desvarío por jueves dijo...

gracias por pasar, fita