martes, 31 de agosto de 2010









"Habrá carácter en un drama si (como se ha observado) lo que el personaje dice o realiza revela cierto designio moral, y un buen carácter si el propósito así revelado es bueno. Puede haber bondad en toda clase de personajes, hasta en una mujer o un esclavo, aunque la primera quizás es inferior y el otro un ser totalmente sin valor. [...] El carácter ante nosotros debe ser, digamos, viril; pero no es apropiado en el carácter de una mujer ser viril o inteligente".





(Fragmento del capítulo XV en Poética, de Aristóteles. Dicen que la antigua Grecia es la cuna del pensamiento occidental.)











martes, 17 de agosto de 2010






"Bebiendo solo a la luz de la luna



Si el Cielo no tuviera amor por el vino,

No habría una Estrella del Vino en el cielo.

Si la Tierra no tuviera amor por el vino,

No habría una ciudad llamada Fuentes de Vino.

Como el Cielo y la Tierra aman el vino,

Puedo amar el vino sin avergonzar al Cielo.

Dicen que el vino claro es un santo,

El vino espeso sigue el camino (Tao) del sabio.

He bebido profundamente de santo y de sabio,

¿Qué necesidad entonces de estudiar los

espíritus y los inmortales?

Con tres copas penetro el Gran Tao,

Tomo todo un jarro, y el mundo y yo somos

uno.

Tales cosas como las que he soñado en vino,

Nunca les serán contadas a los sobrios."













(De Li Po, poeta chino que vivió hace más o menos mil trescientos años. La poesía china tiene mucho que ver con lo que hoy hacen Durand y Casas, entre otros; fíjense en el ritmo lento, pausado, lo que algunos llaman la "ociosidad" del arte oriental. Parece que los poetas chinos le daban duro al escabio: la leyenda reza que Li Po murió ahogado al caerse de su bote en una noche de borrachera por querer abrazar el reflejo de la luna en el río Yangzi.)









martes, 3 de agosto de 2010

tormenta



Encontré a la nena a unos pocos metros del portón. Estaba en una especie de huertita, haciendo pozos con un rastrillo. Yo me apoyé en la reja y aplaudí. Ella se dio vuelta y me miró sin moverse.  

–Hola, linda –le hice un gesto con la mano.

Era una tarde nublada, hacía un calor espeso, sin viento, y la nena tenía el flequillo pegado a la frente. ¿Está tu papá en la casa, linda? -me incliné yo-, necesitaba hablar con él. Quién sos, me miró ella. Yo vengo de la municipalidad, me llamo Mara, ¿vos cómo te llamás? Julia. Julia, ¿te gustan los caramelos? Abrí la cartera, saqué uno y se lo alcancé. Ella se acercó al portón para agarrarlo. ¿No tenés calor, Julia?, tengo un poco de agua, si querés. No quiero, me dijo ella. Yo miré la casa que había al fondo del terreno y me sequé la frente. Linda, necesito hablar con tu papá, o con tu abuela, ¿están ellos en la casa? La nena se dio vuelta y me señaló la casa: Sí, mi papá está allá. Muchas gracias, voy a hablar con él un minutito y vuelvo, ¿está bien? Sí, dijo la nena, y levantó el rastrillo del piso mientras yo destrababa la reja.  

La casa estaba rodeada de yuyales. Tenía una sola ventana y una sola puerta. Yo golpeé la puerta y esperé. Esperé un rato, pero nadie me atendió. Después volví a golpear, y siguieron sin sentirse movimientos del otro lado. Yo miré a la nena desde lejos. ¿Hay alguien? Sí, me contestó ella, levantando el índice, ahí está mi papá.

Dudé unos segundos, con la mano en el picaporte; pero al final abrí. Abrí y el calor que salió de adentro de la casa me hizo apretar los ojos. Vi la cama matrimonial, con una silla al costado. Encima de la cama estaba acostado el hombre. Tenía puesto un pantalón corto. Tenía los brazos estirados a lo largo del cuerpo.

–¿Señor Peralta? –lo llamé desde la puerta–, ¿señor Peralta?

El hombre no contestó. Cuando avancé dos pasos me di cuenta de que estaba durmiendo. El estómago desnudo y chupado del hombre, quieto, duro, no se movía. ¿Señor Peralta?, me incliné, ¿señor Peralta? Pero él seguía sin reaccionar. El techo de chapa ardía, soltaba ondas calientes en el aire, y sentí que la boca se me llenaba de saliva. A mi alrededor empezó a verse todo amarillento y salí de la casa apurada. En la puerta trastabillé. Me apoyé en un árbol que había a pocos metros.

La nena había vuelto a rastrillar. Julia, le dije, ¿hace cuánto que tu papá está ahí? La nena no me escuchó. El cielo estaba negro y nublado. ¿Y tu abuela, linda? -me acerqué-, ¿y tu abuela dónde está? La nena se dio vuelta y me señaló una maleza alta, del otro lado de la casa: Mi mamá esta allá. ¿Allá?, le pregunté. La nena, con el rastrillo en la mano, levantó la cabeza y después la bajó.

En medio de la maleza había un caminito. Yo lo crucé hasta llegar al borde de un estanque. Ahí encontré a la mujer, sentada en un tronco, mirando el piso. Era una señora mayor. Estaba en bombacha y tenía puesta una remera verde. ¿Señora Peralta?, le dije, ¿señora Peralta? La llamé varias veces, pero ella recién levantó los ojos cuando me vio los pies. Entonces empezó a murmurar. Tenía los ojos diminutos, casi hundidos en las arrugas, y mientras murmuraba me miraba, pero yo no podía entender lo que me decía.

La mujer se levantó. Cuando quiso avanzar un paso sus piernas vacilaron y tuve que ayudarla a cruzar la maleza. La mujer caminaba muy despacio, encorvada entre las moscas. Sus pies descalzos pisaban las piedras. Yo sentía las piedras clavándose en las plantas de mis zapatos mientras caminaba con ella. 

Señora Peralta, ¿me escucha?, ¿hace cuánto que su hijo está ahí? Le señalé la cama matrimonial y ella miró a su hijo dormido. Después volvió a murmurar, a hablar en su idioma incomprensible. Bebe, me pareció escuchar en cierto punto. ¿Bebe?, le pregunté. Pero la mujer hablaba sin mirarme y no parecía entender lo que yo le decía.

En ese momento sonó un trueno. Un trueno inmenso cruzó el cielo agrietándolo. La nena se acercó a la casa con el rastrillo en la mano. Qué hacés, me preguntó. Julia, le dije: Yo quiero ayudarte. Saqué una silla de la casa y se la di a la mujer. Después me alejé unos pasos y busqué el celular en la cartera.

En la oficina me atendió Laura. Aquélla era mi segunda semana como trabajadora social, y hasta ese martes todavía no había tenido que llamarla. Laura, estoy en la casa de los Peralta, en la ruta seis. Tengo un problema. El tipo está acostado y no se mueve. No reacciona. Están también la nena y la abuela. Decime, Laura, qué hago. Estoy en medio de la ruta seis.  

Mientras hablaba por teléfono, un viento espeso había empezado a bambolear los árboles. Pero yo no me di cuenta hasta que una ráfaga me llenó de tierra la boca. Entonces miré para arriba, y vi que dos o tres relámpagos explotaban entre los nubarrones bajos, bien bajos, casi encima de la casa donde estaban las mujeres, una al lado de la otra, mirando también para arriba. Laura me dijo: Ahora mandamos un médico. Vos avisales, y despedite, y después te venís para acá.

Guardé el celular y me acerqué a la casa. Julia, linda, escuchame, mañana vuelvo. Mañana vengo a saludarte otra vez. En un rato van a venir a ver a tu papá, ¿está bien? No te asustes. Solamente lo van a ver.

Ayudé a la mujer a entrar a la casa. La nena no quiso entrar. Le di un beso y ella no se movió. Se quedó mirándome mientras yo cruzaba el terreno. Le hice un saludo con la mano, antes de cerrar el portón. Después caminé hasta el auto.

Cuando cayeron las primeras gotas yo ya estaba andando en la ruta. Era una llovizna suave. Las gotas rebotaban contra el parabrisas y se deslizaban por el vidrio en zigzag. Pero después no; después explotó un trueno, y el agua empezó a caer como a baldazos contra la ruta seis. Ya no se veían autos ni gente por ninguna parte. De un lado de la ruta era todo campo, y del otro la gente ya se había refugiado en la hilera de casas que se extendía varios kilómetros.

De vez en cuando caían rayos. Con un tiempo como ése no convenía manejar; a nadie se le ocurriría andar en la ruta con una tormenta como ésa. Pero yo ya estaba ahí, y manejaba despacio abajo de la tormenta, sintiendo cómo rebotaba la lluvia contra la chapa del techo en el auto.













"Insisto en que una muchacha

desnuda hasta la cintura
es el primer y el último milagro,

que el viejo que en su lecho de muerte
pidió ver los senos de su mujer
por última vez
es el mayor poeta que ha existido.

Oh, mis queridas, mis pensativas gaitas.
Miren, todos duermen en la tierra.

Ahora, en la absoluta inmovilidad
del tiempo, acercando la cintura
de la que amo hacia la mía

verteré cada seno
como una pesada uva oscura
dentro del panal
de mi boca somnolienta."






(Fragmento de "Senos", de Charles Simic. Leyendo poesía minimalista.)