lunes, 27 de septiembre de 2010




Subida


Salgo a andar en bicicleta

todos los días. No voy a ningún

lugar en especial. Esquivo

pozos, paso despacio

por encima de las piedras; aunque en la ruta

los colectivos y los autos

me rocen el manubrio

mi tarea es mantener el equilibrio,

andar siempre

en la misma dirección

recta, mirando

para adelante.


Cuando estoy agitado, y me arde

la boca de sed, y mis pulmones

silban con una punzada

aguda, se me ocurren

pensamientos aislados que

por lo general no tengo.


Pienso: la mujer que me espera

usa una hebilla azul

en el pelo.

Pienso: la mujer que buscás

y en algún lugar de la tarde

te espera,

cuando duerme

tiene sueños oscuros

en los que aparecen

tu cara

y tus complejos sanados.


Cuando estoy en una calle

que desciende de una loma, dejo

de empujar los pedales, y puedo tener

un momento de descanso

y paz

que no se va a volver a repetir

en el día.

Entonces el viento en la cara

no me dice nada, es solamente un vidrio blando

que me deja respirar, y yo

creo en la buena fe de esa inercia.


Pero cuando la calle está en subida

y el peso de mi cuerpo

y el de la bicicleta

abajo de mi cuerpo

se triplican,

siento un cansancio

que me quema,

en mi frente

se acumulan

pensamientos sin orden,

que giran y chocan

entre sí, y lo único que puedo

esperar

es que al final de la loma,

cuando llegue al punto

en que la gravedad

se equilibre, tenga el corazón

preparado

para enfrentar

lo que mis pensamientos

resolvieron sin mí.


Cuando dejo

la bicicleta apoyada

en el patio de mi casa,

tengo la sensación

de estar dejando

lo que amo.


Pienso: mañana.

es ella.

Mañana

va a existir.

Mañana

me espera su vida.