lunes, 25 de octubre de 2010

cintia




Con mis compañeros de séptimo grado siempre jugábamos a la botella. Nos sentábamos en un rincón bien escondido del patio, a un costado de los baños. A veces la botella me apuntaba a mí. ¿Verdad o consecuencia?, me preguntaban. Verdad, contestaba yo. Todos sabían los rumores que se corrían, así que la pregunta era siempre la misma: Mauro, ¿es verdad que te gusta Cintia? Cintia estaba ahí, con las piernas dobladas en el piso, las manos apoyadas en las rodillas, y yo les decía: No, no me gusta. Lo decía mirando el piso, y después hacía girar la botella de nuevo.

A mí Cintia me gustaba desde hacía rato; sobre todo desde que algunas compañeras me habían dicho que ella también gustaba de mí. Pero yo estaba preocupado por algo que no tenía forma de disimular. Cuando empezaron las clases, a casi todos mis amigos ya les había cambiado la voz. Pero a mí no. Yo seguía teniendo voz de nene. De nena.

Yo hablaba de todas estas cosas con mi hermano mayor. Él ya estaba de novio, trabajaba; siempre había tenido éxito con el sexo opuesto. Una tarde le confesé: Maxi, me gusta mucho una chica. Él me contestó: Eso es bueno. Sí, le dije, pero no sé qué hacer. Recién ahí mi hermano dejó de mirar la tele. Está bien, a ver, contame cómo se llama. Cintia. ¿Vos ya le dijiste que te gusta? No, todavía no. Tenés que decírselo. Es que no sé. ¿Qué no sabés? No sé si le gusto. Mi hermano se enderezó en el sillón. Mirá, esto es más simple de lo que parece, me dijo, se lo decís, le decís a esta chica todo lo que te pasa, le endulzás el oído, y si ella está con vos, bien, pero si no, nada de tangos; te olvidás y a probar por otro lado.

Yo medité las palabras de mi hermano durante las vacaciones de invierno, y cuando las clases volvieron a empezar, yo ya me sentía preparado para decirle todo a la chica. Eran las siete de la mañana, hacía frío; en el cielo todavía se veían estrellas. Mientras subían la bandera, busqué a Cintia en la fila de mujeres. Ella era de las más bajitas, y hasta ese momento siempre había estado en la parte de adelante. Pero esta vez no la encontré ahí, sino en la parte de atrás. Cintia ahora estaba anteúltima.

Me costó reconocerla en la oscuridad del patio. La chica se había vuelto otra. Tenía pintados los ojos y las pestañas. Dos esferas gigantes le inflaban el buzo del uniforme. Se peinaba de otra forma, con el flequillo suelto para un costado. Su espalda ahora tenía forma de guitarra.

A las pocas semanas todo el colegio se sabía su nombre. En los asaltos los muchachos hacían fila para bailar con ella. Cintia sabía que era el centro de atención, y eso no parecía incomodarle. Cuando algo se le caía al piso, se agachaba en medio del aula, arqueaba la columna, y se quedaba ahí varios segundos, humillándonos. Yo la miraba con disimulo. Todavía no me había cambiado la voz.

Un martes mi hermano me sorprendió haciendo flexiones en la pieza. ¿Para quién te estás preparando, gordito?, me dijo. Cuando vio que yo no contestaba, dejó de reírse. Che, al final no me contaste qué pasó con esa Romina. Se llama Cintia. Sí, con Cintia, ¿qué pasó?, ¿le hablaste? No, todavía no pude. Apurate que se acaba el mundo, gordo. Es que cada vez que me acerco, me tiembla la voz. Entonces escribile una carta. ¿Una carta? Una carta, sí, si no te animás a decírselo en la cara, decíselo por escrito, a algunas mujeres les gusta. Yo no sé escribir cartas. Es muy fácil, me contestó él, lo único que tenés que hacer es poner todas las cosas que te gustan de la mina. ¿Nada más? Nada más, después vas y se la regalás con un chocolate.

Así que esa misma noche esperé a que todos se quedaran dormidos, y en el silencio de la casa escribí la primera carta de mi vida. Cintia, le puse, me gustan tus ojos. Me gustan tus manos. Me gusta tu hebilla azul. Me gustan tus pómulos y tu voz, y también me gusta tu frente. Después doblé la carta en dos, la guardé adentro de un sobre, y al otro día, antes de salir del colegio, se la regalé a Cintia con un alfajor de chocolate.

Durante el resto de la semana con la chica no cruzamos palabra. En los recreos yo hacía todo lo posible para alejarme. Cintia a veces me miraba de reojo, y yo sentía que se me sacudía el pecho como si adentro tuviera un tambor. Recién el viernes la volví a tener a cara a cara. En el recreo uno de los compañeros propuso jugar a la botella, y nos sentamos todos en el lugar de siempre, donde no nos veía nadie. 

A los pocos minutos de empezar a jugar, el pico de la botella quedó apuntando a Cintia. ¿Verdad o consecuencia? Ella eligió consecuencia. Uno de los muchachos entonces hizo girar la botella otra vez, y le dijo: Vas a tener que besar al que te toque. Está bien, dijo Cintia. La botella me terminó apuntando a mí. Mis compañeros me miraron con envidia. Pero Cintia dijo: No, a él no lo beso. Vos elegiste consecuencia, le dijo una de las chicas. Sí, pero a él no lo quiero besar; él escribe cartas.

Cuando volví a casa pasé una de las noches más largas de mi vida. Mi hermano se levantó en medio de la madrugada a mear y me descubrió con los ojos abiertos. ¿Pasa algo, macho? Yo no tenía ganas de hablar, pero le dije: Nada, pero tenés razón, las minas son todas putas. Epa, me miró él, ¿con tu amiga te fue mal? Mal, la verdad es que a esta chica no la entiendo. Contame qué pasó. Nada, le escribí una carta, se la regalé el otro día, pero no le gustó. ¿Una carta, boludo?, ¿pero por qué no le hablaste? Vos me dijiste que le escribiera una carta. No, a las minas hay que hablarles siempre a la cara, sin miedo, aunque te caigas, aunque te tiemble la voz. No importa, le dije, ahora ya sé que yo no le gusto.

Mi hermano se quedó callado, mirándome. Después se sentó en el borde de la cama y me palmeó el hombro. No quiero desalentarte, me dijo, pero andá acostumbrándote a esto desde ahora, a las minas que te gustan nunca vas a poder entenderlas. La lámpara le alumbraba un solo lado de la cara. Las mujeres son terribles cuando te gustan, me dijo.

Yo tenía doce años, pero me acuerdo de todo. Me acuerdo que cuando terminaron las clases todos nos cambiamos de colegio, nos dispersamos por distintos secundarios, y de Cintia no volví a tener noticias en mucho tiempo. Hasta que hace poco, en la casa de un amigo, vi una foto suya en el facebook. La chica estaba teñida de rubia, tenía argollas en las orejas; en la foto aparecía abrazada a un tipo de rulos. Mi amigo me dijo: Es el marido.

Cintia casada, pensé. Cintia sonriendo en la foto, con cara de mujer casada. Yo la prefería como en mi recuerdo, una morochita que iba de acá para allá, por el colegio, sin mirarme nunca. Cintia de perfil, sentada en la primera hilera de bancos, escuchando con atención a la maestra.

Hace un mes cumplí treinta años. La voz me cambió hace rato; hasta me dejé larga la barba. Pero todavía no me puedo acostumbrar a esto. Todavía no lo puedo entender. Tiemblo como a los doce cuando me acuerdo de Cintia.








2 comentarios:

silbando bajito dijo...

muy tierno, me transporté a la infancia.
lindo como escribís!
saludos!

Un desvarío por jueves dijo...

eu! gracias por su comentario, silbando bajito, una grata sorpresa. me estaré dando una vuelta por su blog, buen finde para ud! saludoss