lunes, 8 de noviembre de 2010

nadar



Tres veces por semana, de cinco a siete, voy a nadar a un club. Empecé este año, cuando todavía era invierno, y a esas alturas mi marido me tenía que venir a buscar a la salida en su coche. Pero ahora, que ya es verano y oscurece más tarde, vuelvo a casa caminando sola. Me gusta ese momento de paz. Cuando salgo del agua me siento ligera, y camino pensando en las cosas que tengo que hacer como si fueran asuntos de otra persona.

En mis horarios siempre coincido con un hombre de canas. Es un tipo muy particular. Parece tener una especie de obsesión conmigo. La primera vez que lo vi fue en uno de los pasillos del club. Él estaba apoyado en la pared, hablando por teléfono, y a mí me llamó la atención enseguida porque tuve la sensación de que lo conocía de algún lado. Recién cuando lo vi en la pileta, ya con la gorra y las antiparras puestas, me di cuenta de porqué: el hombre tenía facciones idénticas a las de mi suegro. La nariz ancha, los pómulos salientes; hasta la pronunciación del mentón. Era un calco de él.

Yo me quedé mirándolo algunos segundos. Lo miraba más que nada por curiosidad. Pero él quizás entendió otra cosa, porque a partir de ese momento no me dejó de mirar. Me vigila cada vez que entro o salgo de la pileta, o mismo mientras estoy nadando. Yo no nací ayer y puedo reconocer qué tipo de intenciones hay en esa mirada. Aunque cargo con tres embarazos en mi haber, sé que sigo siendo una mujer, de alguna manera, sensual.

Una tarde el hombre y yo chocamos. Yo iba para un lado, con los ojos cerrados; él venía en sentido contrario. Nadábamos algo rápido, así que fue un choque bastante brusco. Sentí todo su cuerpo impactándome. Y puedo jurar que él también sintió el mío. Disculpame, me dijo, sacando la cabeza afuera del agua. No se preocupe, le contesté yo. Y esas fueron las únicas palabras que cruzamos en todo este tiempo.

El hombre nunca conversa con nadie. Llega solo, nada durante media hora, descansa; después nada otra media hora y se va. Es en sus descansos cuando aprovecha para mirarme. Se sienta en el borde de la pileta y yo puedo ver cómo me mira desde ahí. Sé que me muevo con mucha torpeza en el agua, y me siento cohibida sabiendo que él puede verlo, porque nada muy bien. Se nota que hace tiempo que viene a nadar al club.

Cuando el verano está a punto de empezar, me compro una malla nueva. Es roja, con tiras blancas a los costados; debo reconocer que me expone mucho más que la anterior. La misma tarde en que me decido a estrenarla, sorprendo al hombre mirándome el escote. Yo me doy vuelta, algo incómoda. El hombre se debe estar haciendo expectativas, y yo no tengo forma de explicarle que no quiero decirle nada con esta malla, que simplemente no encontré otra que fuera de mi talle.

Pero un lunes él llega más temprano que de costumbre. Apenas entro, nos cruzamos en el pasillo donde están los vestuarios. Hola, le digo por cortesía. Hola, me contesta él. Pero no llego a bajar la mirada, que el hombre se frena. Deja de caminar y se queda inmóvil, al lado mío, mirando el ventanal. Su movimiento es el que uno hace cuando se predispone a conversar con alguien. Pero él sigue ahí, parado enfrente mío, y no abre la boca. Yo no sé qué hacer. No sé si pretende que sea yo la que hable primero, o si simplemente se detuvo para mirar la pileta en el ventanal. Estamos los dos solos, quietos, en el pasillo. El hombre al final gira la cabeza y me dice: Me interesa mucho el color de tu malla. Después se va. Ni siquiera me deja contestar. Hay gente para todo, me sonrío unos segundos después, mientras me cambio sola en el vestuario.

Cuando voy a la pileta y empiezo mi rutina, el hombre no me mira en ningún momento. Descansa como siempre sentado en el borde de la pileta, con las manos abajo de las piernas, pero esta vez se vigila los pies. Sus pies entran y salen del agua; parece un nene pataleando. Yo estoy cada vez más convencida de que algo en ese tipo no funciona bien.

Tampoco me dirige la mirada el miércoles. Ni tampoco el viernes. Pero ese mismo día pasa.

A eso de las siete de la tarde, mientras estamos en el natatorio, se larga una lluvia torrencial. Podemos sentir cómo la lluvia rebota en el tinglado del club. Cuando salgo a la calle y saco el paraguas de mi bolso, me encuentro con que el hombre está en la vereda, abajo del toldo de la entrada. Fuma un cigarrillo, mirando el diluvio. Me saluda con un gesto de la cabeza y yo también lo saludo. Pero cuando paso a un lado de él, se endereza en la vereda y me agarra un brazo. ¿Querés que te alcance?, me dice. Yo me doy vuelta y lo miro. Su mano me aprieta sin fuerza; pero me aprieta. No hace falta, le contesto, vivo a pocas cuadras. El hombre me mira a los ojos. Me dice: Dejame que te lleve igual. Cuando le sostengo la mirada unos segundos, él desvía la suya con rapidez. Pero sigue sin soltarme el brazo. Puedo sentir la presión suave pero firme de su mano en mi muñeca. Miro la calle, y el agua cae encima del asfalto como una cascada. Está bien, le digo, si quiere puede llevarme hasta la ruta. Se lo digo consciente de que mi respuesta lo humilla; de que lo desarma escuchar que todavía lo sigo tratando de usted.

El hombre trota abajo de la lluvia y vuelve manejando su coche. El coche está recién lavado; lo puedo notar a pesar de la lluvia. Cuando me subo, en el interior siento aroma a perfume. El tablero está lustrado; no hay papeles ni porquerías sueltas. Es un hombre prolijo, al parecer. Lo que, debo decir, no me sorprende. No esperaba encontrar su auto en otras condiciones que estas.

El hombre arranca y avanzamos dos cuadras sin dirigirnos palabra. Él maneja prestando atención a los movimientos del coche. En la que viene por favor doble a la izquierda, le aviso cuando nos estamos acercando a la avenida. Pero mientras se lo digo, sospecho que no va a doblar. Y en efecto, no lo hace.

Por qué no dobló, le pregunto. Él no contesta. Cuando lo miro, su expresión es seria, reconcentrada. Avanza dos cuadras más y estaciona en una esquina. Enfrente hay paredones de fábricas, y no se ve nadie a nuestro alrededor. Entonces el hombre apaga el motor.

Por qué no dobló, insisto. Quiero darle a entender que está cometiendo un error conmigo; pero el tono de mi voz no lo trasluce de esa manera. Él se rasca la frente, y después baja su mano de golpe, con brusquedad, y la apoya en mi rodilla. Es un movimiento muy forzado, muy intencionado, y por la humedad en la palma de su mano entiendo que él es consciente de su torpeza.

Soy una mujer casada, le digo. En ese momento vuelve a sorprenderme la debilidad de mi voz. Él entonces aprieta su mano en mi rodilla, suspirando, y después empieza a acariciarme el muslo por abajo de la pollera. Lo hace sin ninguna sensualidad; su mano va y viene como si mi pierna fuera un mueble y él quisiera sacarle brillo.

Yo miro fijamente el agua que rebota contra el parabrisas. Sé que él ahora me está examinando. De reojo puedo intuir que su mirada va de mi cara a la pierna que me toca; de mi pierna a mis pechos. Cuando me palpa un pecho, le digo: ¿Cómo se llama usted? Pero en lugar de contestar el hombre se estira en el asiento y me besa.

Es curioso, pero mientras el hombre me está besando solamente puedo pensar en que es la primera vez en mucho tiempo, casi veinte años, calculo, que me besan unos labios que no sean los de mi marido. Yo empujo al hombre, me lo saco de encima con el codo. Quiero saber tu nombre, le digo. Cuando me dice que se llama Juan, siento muchas ganas de ponerle un bife. Y no me demoro un segundo en hacerlo. Él no llega a esquivar el golpe; mi mano lo impacta de lleno, y a los pocos segundos una mancha colorada empieza a nacer en su mejilla derecha.

El hombre apoya una mano en el volante y se queda mudo, mirando la lluvia. Yo sé que le dolió, que le sigue doliendo, y no puedo evitar sentirme culpable. Me siento injusta y mezquina con este hombre que se ofreció a llevarme a mi casa en su auto. Con este extraño que me mira como un nene cuando me acomodo el pelo a un costado de la pileta. Me inclino en el asiento y empiezo a desabrocharle el cinturón. El hombre se resiste unos segundos; nuestras manos forcejean, pero yo ya me siento decidida. La perseverancia, esa es mi mejor cualidad. Cuando me decido a algo, no paro hasta conseguirlo.

El sexo del hombre está fláccido, caído. Supongo que por eso se habrá resistido. Yo me agacho y se lo beso despacio. Mientras lo hago, reconozco el olor del cloro; el olor a cloro que tiene el agua de la pileta del club. Después se lo chupo. Él empieza a resoplar. Escucho la lluvia que retumba contra el techo del auto, mezclada con los resoplidos del hombre. Después él me levanta la cabeza, me la sostiene del cuello con las dos manos, y me besa. A mi marido le da asco besarme cuando se lo hago. A este Juan no. Este Juan me besa en la boca y me abraza de una manera que casi no me deja respirar. Y a los pocos minutos ya no diluvia, solamente llovizna, y hay un viento tibio sacudiendo los árboles.

Volvemos por la avenida sin hablar. El hombre me deja en la ruta tal como se lo pedí. Lo despido con un beso en la mejilla. Cómo te llamás, me pregunta. Yo no contesto. Me bajo de su auto y cierro la puerta con fuerza. Después cruzo la ruta trotando, esquivando los charcos en los pozos. Cuando me doy vuelta, el auto ya no está.

En casa encuentro a mi marido y a los chicos mirando la tele. Llegué media hora más tarde que de costumbre, pero ninguno parece darse cuenta de eso, o ninguno por lo menos me lo señala. Hoy puedo considerar un alivio que sea así.

Durante la noche me da fiebre. Tengo sueños confusos, y me despierto sobresaltada cada media hora. Hay un punto en que no sé si estoy soñando o pensando. Mi marido a un costado sigue durmiendo. Durante un mes dejo de ir a nadar.

Cuando vuelvo al club me siento fuera de estado. Me agito más rápido; ya no puedo moverme en el agua como antes. Voy a los horarios de siempre y hasta me quedo algunos minutos de más, para recuperar todos esos días perdidos.

Pero al hombre no lo vuelvo a encontrar. No lo veo en toda esa semana, ni en la siguiente; ni tampoco en la otra. Eso me extraña, al principio. Saco la cabeza afuera del agua, y los ojos no están. Me ato el pelo estirando los brazos, y ya no hay nadie vigilándome desde el borde de la pileta.

Sigo yendo algunas semanas más, siempre al mismo horario, hasta que me termino por acostumbrar a esa falta. Y cuando lo hago, cuando por fin me acostumbro a mi rutina, dejo de ir. Dejo de ir a nadar al club. Siento que no es para mí. No sé qué esperaba encontrar volviendo. Pero ya no me siento cómoda nadando sola.






3 comentarios:

Humberto Dib dijo...

Hola, Ezequiel. Me habías comentado hace un tiempo que andabas sin inspiración, pero me parece que hay un rastro de engaño... o tal vez era la pausa necesaria para que algo bueno apareciera.
Un gran abrazo.
Humberto.

Un desvarío por jueves dijo...

Gracias Humberto! Honrado por su visita. Aguante el proyecto Babel.

Dionisia dijo...

Al fin te leo, grande! Me encantó.